Vida y obra de Carlos Torre Repetto

VIDA Y OBRA DE CARLOS  TORRE REPETTO

Principal vida y obra     Una partida lleva su nombre      Patriotismo a toda prueba    Un maestro que aprendía enseñando     La modestia como bandera

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La modestia como bandera


   ¡Te voy a masacrar!, grita un pequeño a otro mientras levanta con gesto amenazador un alfil para dar jaque a la descubierta. ¡No me vas a dar ni para el arranque!, responde el otro, en actitud no menos fanfarrona, mientras desliza su rey para ponerse a salvo. Escenas como esta se repiten a diario en prácticamente en todo club a lo largo y ancho de todo el país. Todos los pequeños, incluso de jugadores de menos de 10 años, lanzan similares exclamaciones imitándonos a nosotros los adultos.

   Lejos, muy lejos estamos -lo reconozcamos o no- de ofrecerles a los niños, con la fuerza demoledora del ejemplo, una de las más valiosas enseñanzas del gran maestro Carlos Torre Repetto:
La modestia como carta de presentación.

   Precisamente una de las virtudes que más distinguió al maestro fue su modestia, dentro y fuera del tablero. Humildad sencillez y respeto supuestamente más fuertes, o por lo menos de más fama, y similar dosis ante los ajedrecistas más débiles.

   El carácter de campechano de torre, no sólo su fuerza de juego, le granjearon la simpatía general.

   Quienes tuvimos el honor de conocer en vida al genio peninsular pudimos comprobar, cuantas veces lo tuvimos enfrente, su modestia proverbial, de la cual dan cuenta algunos autores de libros, pero sin darle la importancia que verdaderamente tiene para el ajedrez.

   Torre Repetto no perdía ocasión de elogiar a sus adversarios -¡qué contraste con tantos jugadores de ahora!- y de subrayar sus aciertos minimizando sus imprecisiones. Las criticas las guardaba para sí mismo, para su juego.

   En cierta ocasión, después de leer en cierto libro que {el le había ganado una famosa partida a Adams cuando tenía solo 15 años -en contradicción de otros libros que lo dan como perdedor- preguntamos al maestro qué había sucedido en realidad. Sin perder ni un instante, Torre puso fin a toda duda aclarando que él había perdido esa partida y virtió elogios a su vencedor.

   En otra oportunidad, durante una de las conferencias que ofreció en la Universidad de Yucatán, explicó paso a paso la única partida que jugó con Alekhine, quien le ofreció empate en la movida 14.

   Cuando alguien le preguntó por qué acepto el empate cuando parecía estar en posición ligeramente mejor, Torre se limitó a contestar: "Si, pero Alekhine ya era practicamente el retador del campeón mundial". No sólo a los jugadores consagrados demostraba respeto el mexicano. Frente a cualquiera ofrecía lecciones de modestia.

   En contraste, nunca se elogiaba a sí mismo. Si acaso, y cuando era verdaderamente inevitable, subrayaba la fuerza de determinada jugada suya sobre el tablero, pero la jugada en sí, el ajedrez, nunca un autoelogio personal.

   Qué diferencia con el ejemplo general que los jugadores mayores ofrecemos y que los jóvenes copian con tanta facilidad, contaminando a su vez a nuestros niños. Qué satisfacción tan grande nos daría a los ajedrecistas mexicanos, y de todo el mundo, que algún día, con nuestro ejemplo, logremos que los ajedrecistas infantiles, en vez de externar exclamaciones amenazantes contra sus rivales - aunque sólo sea en broma-, elogien las jugadas del contrario y no presten tanta importancia a la brillantez de sus propias maniobras.

   En la
EDARAYS (Yucatán) -donde, como hemos señalado ya, se rinde culto cotidiano al maestro Torre- se esta intentando ya algo al respecto. Ojalá que se logre concreto y que se copie el ejemplo en los demás centros ajedrecísticos. El maestro solía inaugurar los torneos con la frase " Deseo que hagan sus mejores combinaciones para que Caissa les sonría". ¿Habrá acaso alguna combinación que satisfaga más a la diosa del ajedrez que cultivar la modestia en nuestros ajedrecistas?.

Principal vida y obra     Una partida lleva su nombre      Patriotismo a toda prueba    Un maestro que aprendía enseñando     La modestia como bandera