------------------------Historia 1------------------------------------------------
Un joven donostiarra vio un asesinato cometido a sangre fría, de un tiro en la nuca a bocajarro. Su espíritu cívico lo llevó a declarar ante la Policía autónoma, y ofrecer datos sobre el asesino; estatura, edad aparente, vestimenta. Al día siguiente, en las paredes de su casa aparecieron unas pintadas: «Chivato, vamos a por ti». Este muchacho hace años que desapareció del País Vasco. Hoy está en paradero que desconocen hasta sus amigos íntimos de 1993. El ejercicio de su deber cívico le volvió la vida del revés. Nadie puede afirmar que fuera la Policía autonómica la que dio el soplo a los asesinos, ni la autora de las pintadas. Lejos de mí semejante pensamiento. Lo más probable es que todo eso fuese obra del Hombre Invisible. Pero no quiero detenerme en este punto oscuro, sino en la reacción que se produjo, a raíz de las pintadas, por parte de gente que el joven suponía que estaba de su parte: «Te lo has buscado tú mismo. Con las cosas como están, lo mejor es no ver nada».
------------------------Historia 2------------------------------------------------
Un profesor universitario, también de San Sebastián, es hijo de un veterano militante nacionalista. Al cumplir más o menos la veintena, llegó a la conclusión de que no estaba de acuerdo con lo que pasaba en el País Vasco, y explicó a su padre su convicción de que el País Vasco sólo sería habitable por todos si dejaba de anclarse en la mentira histórica y cultural y asumía sus raíces españolas, y si sus gobernantes ponían por delante de la ideología la defensa de la vida y la integridad de cada individuo. La respuesta de su padre fue: «Hijo, si piensas así, creo que deberías pensar en marcharte. Serías más feliz». No se ha ido, pero sus relaciones familiares han quedado reducidas a la pura cortesía.
------------------------Historia 3------------------------------------------------
«ANÓNIMO». Una escueta nota escrita en letras mayúsculas y apostada sobre el auricular del teléfono le recuerda a José Alonso, de parte de su mujer, que no se identifique ante la periodista que le va a llamar desde España. Sin sospecharlo, aquel papel se convierte en una prueba irrefutable de que, aunque se le ponga de por medio un océano, el miedo sigue y persigue a sus víctimas. Y siempre las encuentra. «Nunca pierdes la presión», reconoce José. Pero aun conservándola, esta vez, el joven donostiarra accede a contar su historia con nombres, detalles y apellidos. «Lo hago para demostrar que, en Euskadi, existen exiliados políticos. Sólo te pido que no digas dónde estoy».
Sí permite emplazarlo en Latinoamérica, su último refugio en una huida que «no sé por dónde empezar a relatar, porque llevo con ella toda la vida»; desde que, hace 32 años, nació en una familia a la que ETA se empeña en mandar cartas contra reembolso intentando tasar su libertad. No obstante, fue el asesinato de un policía municipal con el que José coincidía en el gimnasio el que, al cumplir los veinte, le llevó a Gesto por la Paz. Otra dosis de pólvora, la que en 1995 destrozó al brigada Juan Santamaría -«también buen amigo»-, fue el detonante para afiliarse al PP y promover asociaciones desde las que «arrebatar a los radicales» los consejos escolares de las universidades.
«Allí me di a conocer al enemigo». Y el enemigo a él: «Al ir a la facultad, por la calle, me insultaban». «PP, fascista»; «os vamos a matar», le gritaban las mismas voces que rebotaban contra las paredes en forma de enormes pintadas. «No sabes hasta qué punto es una obsesión. Pero, una mañana, al bajar al portal, vi a tres personas extrañas y salí corriendo».
Por más que se le estrechara el círculo de la libertad, iba a resistir. «Tenía una misión. Quería ser político». De hecho, Gregorio Ordóñez lo había citado para almorzar el 24 de enero de 1995. Él sospecha que para anunciarle su entrada en las listas municipales. Pero, un día antes, un tiro canceló para siempre la agenda del alcaldable popular, y José Pérez se dio cuenta de que «la gente muerta no sirve para nada. Decidí hacer caso a mi familia y, forzado por mis padres, me marché un año a Madrid».
Quiso creer que «los asesinos se olvidarían de mi», pero, tan pronto regresó, volvieron a salir a su encuentro las amenazas, los insultos, las llamadas de medianoche, las cartas, las voces… Saber que «no estaba entre los primeros de la lista» fue un alivio hasta que, en julio de 1997, mientras Ermua gritaba de dolor, José se percató de que era «otro Miguel Ángel Blanco. Tenía idéntico perfil que él; el de un joven con inquietudes y sin cargo», con el agravante de que, tras el asesinato de Ordóñez, José había quedado «marcado y sin apoyo político».
«Te ves mucho más desamparado desde la base que desde la dirección del partido, más que por no llevar escolta, por la falta de respaldo público. Incluso he perdido a muchos amigos por miedo». No así a su novia, en la que halló refugio emocional y físico: llegada la hora de iniciar una vida juntos, el pasado julio, buscaron piso en el país americano donde ella había nacido; uno de los más inestables de la otra orilla del charco, pero en el que los recién casados se sienten «más seguros que nunca».
El miedo, no obstante, sigue rondando su dicha, porque «tengo muchos parientes en Euskadi», que han preferido quedarse en una ciudad «privilegiada» a la que José añora, pero que, «si no hubiera abandonado, hoy aborrecería». De hecho, «vivo con la idea en la cabeza de volver». Pero eso «sólo será» cuando pueda asomarse al balcón y, con La Concha reflejada en sus pupilas, le susurre a su mujer que «San Sebastián es tan bonita», que hasta la ha elegido para vivir la libertad.
------------------------Historia 4------------------------------------------------
«A veces, preferirías que te pegaran el tiro para acabar con esto».Ni él se llama Juan ni ella María, pero los dos forman un matrimonio guipuzcoano que, hace algo más de una década, optó por cocinarse un futuro en un restaurante costero, desde donde el nombre hasta la carta y los fogones desprendían sabor vasco. A base de letras, iban cuadrando los números del negocio, pero, aun con lista de espera para probar su marmitako, la inquietud nunca se borraba del rostro de Juan. «Es que este verano viene mal tiempo y no sé cómo cubriremos gastos», se excusaba, cada vez que su mujer lo descubría con la mirada clavada en el techo del dormitorio.
Explicaciones, pesadillas, espasmos… que María no entendió por más que consultó con un par de psicólogos. Hasta que, un mediodía, mientras servía quisquillas y percebes, el cartero le entregó un sobre dirigido a su identidad real. Dentro, ETA le aclaraba, con «repugnante chulería», el motivo de la desazón de su esposo y le pedía ayuda económica para salvar Euskadi y, de paso, la vida de su marido. «Había jurado que jamás se lo diría a ella ni pagaría un duro», aclara Juan, antes de reconocer que el silencio le iba «envenenando». «Hay días que preferirías que te pegaran el tiro para acabar con esto. Pero otros, cobras fuerza sólo por no regalarles el gusto de hundirte». Ni aunque, al pasar un paño sobre la barra, encuentres una servilleta con una diana recordando tu nombre.
Aquel papel lo había retirado a tiempo Juan dos meses antes, pero, ahora que su mujer también figuraba en el directorio de la banda, carecía de sentido seguir en Euskadi. «Aunque no sé si nos habrían matado, la vida ya te la han quitado por completo», razona ella, recordando uno de los argumentos con los que convenció a su esposo para que metiera en la maleta el txistu y la camiseta de la Real Sociedad. Otro decía algo así: «Si habíamos salido adelante en una tierra de grandes cocineros, lo haríamos fuera».
En Andalucía, por ejemplo, en un pueblo con mar cuyo nombre ni siquiera han revelado a los mejores clientes. Ofrecieron a sus tres empleados marchar con ellos, pero prefirieron recoger el finiquito de la casa y ponerse a salvo en la oficina de empleo. «Porque esa es otra: parece que te vas para hacerte de oro, sin importarte nadie, cuando es a ti a quien te han arruinado la existencia».
Con los «cuatro duros que teníamos, no más», han abierto un nuevo local en el cruce de costas donde el Mediterráneo y el Atlántico se funden sin rencor. Las especialidades son las mismas, pero las conversaciones suenan allí diferentes. «En el País Vasco, la gente sólo habla de la comida, del tiempo; pero nadie se atreve a reírse en alto de un político, ni a pedir que apaguen la ‘tele’ cuando sale Otegi. Aquí te das cuenta de lo que es la libertad». Y de que el País Vasco «se está volviendo un pueblo sombrío. No sólo a mí me cambió el carácter. Nosotros, que éramos gente campechana, nos hacemos cada vez más retraídos y desconfiados». Y eso, a quien está «cansado» de pinchar discos en euskera, le «duele» hondo.
------------------------Historia 5------------------------------------------------
«Mi tortura la juzgará algún día un tribunal de derechos humanos»
«No me quito de la cabeza mi última escena en Vizcaya. Al abrir la puerta de casa, mis dos hijas gemelas se me agarraron una a cada pierna y me suplicaron que no las dejara. Algún día, esa tortura la tiene que juzgar un tribunal de derechos humanos. Porque, si a Milosevic le ha llegado el momento, aquí también llegará».
Dos años han pasado de aquella desgarradora despedida, pero la voz de José, otro nombre disfrazado, aún no es capaz de relatarla sin detenerse a tragar saliva cada par de palabras. «Es que en Euskadi no podía seguir», agrega, como si necesitara disculparse ante su mente por tanto dolor. «Hay dos formas de matarte; en directo y no dejándote vivir; y a mí me tocó la segunda».
Oriundo de Aragón, llegó a Vizcaya en los setenta dispuesto a despertar inquietudes existenciales en los estudiantes de bachillerato. Progresó con rapidez, hasta ocupar la cátedra de Filosofía en un instituto de Basauri. Pero tan pronto empezó a ser requerido para colaborar y opinar en medios de comunicación, se dio cuenta de que «había sido muy bien recibido por mis apellidos -de clara fonética euskaldún-, pero nunca se había valorado mi saber». «Me advirtieron que, si seguía por esa línea contra el nacionalismo radical, tenía muy poco que hacer. Me arrinconaron. Hasta tenía que dar conferencias fuera del País Vasco clandestinamente».
Sintiendo «conculcados mis derechos como ciudadano», hace cinco años, llegó a la conclusión de que «prefería sobrevivir en una sociedad libre que ganar más en una dictadura». Pidió traslado y, gracias a su «máxima puntuación académica», eligió plaza en Andalucía. Sus hijos tenían unos estudios y una vida iniciados en Euskadi. Su mujer, también maestra, «se negaba a ser expulsada por la intransigencia». José tuvo que marchar solo. Desde hace dos años, habla todos los días con su familia, pero «me han robado la cotidianeidad. ¿Eso es lo que ellos llaman socializar el dolor? Aquí los únicos que sufrimos…».
Sus palabras se precipitan hasta que él las silencia de súbito. Le consta que «soy incómodo. Ya en Andalucía, empezó a comer al lado mío todos los días una chica que nunca había visto. Me causó cierta alarma. Hasta que, una tarde, el que la siguió fui yo y desapareció».
José vuelve a almorzar solo. Sospecha que, durante mucho tiempo, las comidas le seguirán sabiendo demasiado amargas.
------------------------Historia 6------------------------------------------------
Desde que Juantxu Crespo torneó la cerradura de su casa en Amurrio y arrojó al Nervión la llave de su futuro en Álava, sus tres hijos «viven mejor». Ellos siguen residiendo en el pueblo, y echan de menos a su padre, pero han dejado de ser «los chicos del concejal socialista». Un cargo que, cada cuatro años, requiere de renovación popular, pero que, a algunos, les señala en el espacio y en el tiempo. «Sí vuelvo al País Vasco, pero no estoy tranquilo. Hay gente que te recibe bien, estupendamente, pero otros te atraviesan con la mirada».
Y eso que, cuando Juantxu abandonó su casa, hará tres años en agosto, Euskadi estaba a un mes de iniciar el eclipse de la tregua. «No se metían conmigo directamente y había menos tensión que ahora. Pero el miedo siempre existe. La presión es latente. Mirar bajo el coche, precauciones…».
La naturalidad gratuita de Juantxu no se acostumbraba a desconfiar. Repetía cada mañana el mismo recorrido de casa a su puesto en Tubos Reunidos, y de la empresa al ayuntamiento. Más de doce horas de trabajo, y otras tantas de espera e incertidumbre para su mujer. Hasta que se cumplió el día en que el edil descubrió que «estaba asqueado de la vida, de presiones laborales, sociales, políticas…». Y aprovechando su prejubilación en la compañía, clausuró 16 años de dedicación municipal.
Debía marcharse, y sus dolencias en el brazo le aconsejaron Torrevieja. En la localidad alicantina, compró una casa desde la que se asoma con perspectiva a Euskadi. «Es lamentable tener que salir de una tierra desarrollada, con unas instituciones y servicios mejores que las de cualquier otro sitio… Pero sólo tenemos una vida», se consuela Crespo. De ahí nace su «total comprensión» hacia los nueve ediles del PSE-EE que han dimitido por negarse a llevar escolta.
Aunque a él no se le ofreció la posibilidad de cubrirse las espaldas, reconoce que es hoy cuando la protección se hace «imprescindible». Y más arriesgado su retorno a Amurrio. «La situación está bastante mal, por no decir muy mal. Cuando me fui, la industria iba hacia arriba, y ahora cae en picado. Nadie habla de Bilbao, ni del Guggenheim. Se ha vuelto al estigma de la metralleta». Y no sólo entre quienes conocen Euskadi en 625 líneas; también entre aquellos a quienes Juantxu regala un «agur» en el paseo marítimo de Torrevieja. «Cada vez hay más vascos viviendo aquí, aunque nadie quiere hablar de esto». Les causa menos vergüenza decir que vienen encandilados por el sol del Levante que expulsados por los nubarrones que se ciernen sobre el futuro de Euskadi.
------------------------Historia 7------------------------------------------------
Cuando una amiga le rogó que, por favor, de ahora en adelante no volviera a coger en brazos a su hijo, Izaskun Gómez lo comprendió. Empezó a entender también la soledad a la que su condición la estaba condenando. Y descubrió que los demás la veían no como una amenazada, sino como el objetivo de un atentado que podía llegar en cualquier momento. Si algo tenía que ocurrir, que no fuera con un niño en brazos.
Ella lo comprende. «Me pregunto qué derecho tengo a que otra gente esté a mi lado y por eso pueda sufrir un atentado. Me pregunto por el derecho que tengo a estar con mis amigas y sus hijos en un parque». A su lado están ahora sus escoltas. Pero eso no hace más que aumentar su soledad. Se ha convertido en una intocable. «Soy una extraña en mi propio pueblo», dice.
Tenía en Hernani un bar en el que también trabajaba su marido. «Era un local frecuentado por gente de las Gestoras pro Amnistía, hasta he atendido a Floren Aoiz como a uno más». Todo iba bien hasta que en 1999 cometió el pecado de «dejar de pasar desapercibida» y fue elegida miembro del PSE-EE en las Juntas Generales de Guipúzcoa y concejala de Pasaia, la ciudad donde había nacido.
Fue entonces cuando en Hernani alguien comenzó a cavilar. Sumó uno más uno y en algún hueco de su cabeza se instaló una conclusión. «Se fijaron en mí porque cometí la osadía de tener un negocio en un pueblo abertzale y en su territorio. Que una socialista tuviera un bar en el Casco Viejo era para ellos de poca vergüenza». La pesadilla no tardó en comenzar.
El 23 de febrero de 2000, un día después de que ETA matara con un coche bomba al socialista Fernando Buesa y a su escolta, el ertzaina Jorge Díez, aparecieron en Hernani los primeros pasquines contra Izaskun Gómez. Después llegaron las bolas de acero contra los cristales del bar, pintadas y la irrupción en el local de grupos de personas con pancartas. El 1 de mayo de ese mismo año alguien quemó el bar. Desde entonces, el establecimiento está en venta. Sólo han llegado dos ofertas, y las dos a la baja.
Los concejales no tienen sueldo. Izaskun Gómez está en paro. Colabora con el PSE-EE en la campaña electoral. Su marido también está en paro. Acude a un cursillo de soldadura, especialidad que, según dicen, tiene mucho futuro. «Los ataques fueron incesantes hasta que lograron su objetivo», afirma la concejala.
Sin embargo, el éxito de los asaltantes no fue total. El fuego y las amenazas no han conseguido que Izaskun haya vuelto a pasar desapercibida. «He perdido un negocio pero he ganado no una libertad personal, que estoy peor que antes, sino un paso adelante por la libertad de los demás».
Tratar de vivir como los demás es para ella un error, supone poner en riesgo su vida. Esa es su prisión. Izaskun Gómez no puede tomar café o comer en el mismo lugar dos días seguidos, tiene prohibido pasear por la Parte Vieja de San Sebastián, no puede quedarse demasiado tiempo en el mismo lugar y acudir a dormir a su casa, en Hernani, es todo un espectáculo de escoltas. Ni siquiera en su hogar está tranquila. «La mayoría de mis vecinos son de HB. Me han llegado a parar en el portal y a preguntarme si ese Estado policial va a durar mucho. Yo les contesté que hasta que ellos quisieran».
------------------------Historia 7------------------------------------------------
Carmen llega tarde a la cita. No es por nada extraño. A esa hora, el tráfico está colapsado en Eibar por una manifestación de empleados del sector de la limpieza y, por si fuera poco, un coche mal aparcado ha despertado los recelos de sus escoltas. Nada especial. Nada que no haya ocurrido antes.
Lo de los coches suele ser normal. Cuando Carmen pasa junto a un vehículo en segunda fila o con los intermitentes encendidos, contiene el aliento. Al alejarse del lugar, se dice: «ya he pasado». Otras veces es una bolsa junto al portal de su domicilio o un paquete postal en su buzón. Todo normal para todas las personas menos para Carmen. Para ella, cualquier situación que se salga de lo habitual es una amenaza.
Carmen Larrañaga, de 56 años, es viuda, tiene tres hijos y una nieta de tres meses con la que procura no salir a la calle. Los eibarreses la eligieron concejala por el PP en las últimas elecciones municipales. Desde hace 17 meses lleva escolta. Es una vida, pero no mucho tiempo. Su compañera de partido en la Corporación, Regina Otaola, necesita la protección de guardaespaldas desde hace varios años. Según sus enemigos, ambas son unas «torturadoras» y «asesinas» a las que hay que expulsar de Eibar.
No se arrepiente del paso que dio, pero durante estos 17 meses Carmen se ha dado cuenta de lo que significa vivir «enjaulada». Son detalles como no poder ir al estanco a por tabaco o no poder bajar la basura. Es demasiado peligroso salir del portal con una bolsa hasta un contenedor. Es jugarse la vida. Por eso, cada vez que llega a su casa y cierra la puerta, junto al extintor que ha colocado por si se la queman, se dice «qué tranquilidad». Y luego piensa que al final está «en una cárcel».
------------------------Historia 8------------------------------------------------
Mikel debe tener mucho cuidado, pero no lleva escolta. Ignacio sí la lleva, aunque a veces se pregunte si eso sirve para algo. Ambos comparten el mismo espacio, aunque en lugares y desde posiciones diferentes. Y los dos coinciden en lamentar la «indiferencia y el pecado de omisión» que existe en su lugar de trabajo: la Universidad del País Vasco.
A Mikel Durán los servicios de seguridad de la Facultad de Derecho, en San Sebastián, le prestan «especial atención». Es socialista convencido y se presenta a las listas electorales del PSE-EE en Guipúzcoa en el número doce, una posición que no le permitirá ser elegido, pero que marca mucho. Demasiado para un estudiante de Derecho de 22 años.
Estas historias, ciertas, me parece que explican bien hasta qué hondura de degradación moral ha llegado una sociedad que prefiere ignorar valores esenciales antes que hacer frente a una realidad intolerable. Y explican, además, el desánimo de los que ven cuán lentamente se avanza hacia una normalización de la vida vasca que sea merecedora de este nombre.