JAVIER ELZO SOCIÓLOGO «Los ciudadanos no ven la salida del túnel de la violencia, pero han aprendido a convivir con ella» «El verdadero conflicto vasco consiste en que una parte de la sociedad recurre al terrorismo para conseguir sus objetivos políticos» «El mundo del MLNV es una secta»
«No hay que intentar convencer a ETA para que deje las armas, sino conducirla a un terreno en el que compruebe que por ahí no va a ningún sitio, que debe buscar una salida y admitir que sólo podrá aplicar su proyecto político si así lo decide la mayoría de los ciudadanos en las urnas». ¿Cómo se llega hasta ese punto? Javier Elzo (Beasain, 1942), doctor en Sociología, asegura desconocer el camino. No que el trayecto será largo y plagado de baches. Profundo conocedor de la juventud vasca y sus valores, el catedrático de la Universidad de Deusto rechaza que la educación tenga una influencia determinante en la actitud ante la violencia.
-¿El enquistamiento del terrorismo tras 25 años de democracia y la tibieza en la reacción ciudadana durante largo tiempo son síntomas de una sociedad vasca enferma?
-No me gusta ese término, porque supone trasladar categorías médicas al fenómeno social. Sí creo que la sociedad está muy desesperanzada, con la sensación de que no hay nada que hacer... No ve la salida al túnel. Su tono vital, lo dicen todas las encuestas, tuvo su punto álgido en el verano de 1999, tras la tregua. Luego ha caído en picado hasta los niveles de años malos, como 1991. Yo creo que la situación es ahora peor que entonces, en el sentido de que llevamos más tiempo con esto a cuestas. La sociedad está hastiada de la violencia, sí. Pero también se ha acomodado en cierto modo a su existencia, ha aprendido a convivir con ella. Si un marciano se paseara ahora por La Concha, no concluiría que Euskadi sufre un problema de terrorismo.
-La sociedad vasca, por tanto, vive anestesiada.
-Anestesiada, sí. Como se vivía en la retaguardia en la guerra, en la posguerra... La gente asume que tiene que seguir viviendo.
-Algunos sectores hacen una lectura más cruda: una mitad de la sociedad, que no se siente amenazada, mira hacia otro lado.
-No, no... No cabe hablar de dos mitades. No nos engañemos. Es evidente que un concejal del PP, o del PSE, tiene más boletos que otra persona para ser víctima de un atentado. Pero con algunas excepciones, como Hipercor o Vic, ETA ha practicado hasta ahora lo que se llama «asesinato político selectivo». El colectivo de personas que se sienten amenazadas se ha ampliado en los últimos años. Es verdad. Pero sigue siendo relativamente reducido. El regreso del terrorismo tras la tregua ha sido un mazazo terrible. Sin embargo, me temo que estamos muy lejos de haber llegado a las situaciones peores.
-ETA ya ha demostrado que es capaz de realizar un atentado de masas: en las calles de Getxo hace un año, en el centro de Madrid... En esos casos, avisó por teléfono de la colocación de las bombas y no las explotó cuando podían causar más daños. ¿Qué le queda por hacer? La masacre de Omagh del IRA, o el atentado en los almacenes Harrods en Londres, trasladado aquí. Ése puede ser el siguiente escalón.
-¿Cómo explica a sus amigos y colegas de otras comunidades, de otros países, que Euskadi es uno de los últimos reductos de Occidente en los que se recurre a la violencia para reivindicar fines políticos?
-Desde luego, no intento explicarlo por la existencia de un conflicto político irresuelto. Hay que desterrar esa idea de la cabeza. El conflicto vasco, la confrontación de proyectos políticos distintos, existe. Pero es como el que pueden tener Gales, Escocia, Flandes... O Cataluña, sin ir más lejos. El problema es que aquí existe un colectivo que, en razón de su particular visión de lo que es la sociedad, se siente legitimado para utilizar la violencia. El verdadero problema vasco es, por tanto, la violencia. El auténtico conflicto es que una parte de la sociedad recurre a ella o la justifica para la consecución de sus objetivos. Por tanto, no se acabará con la violencia resolviendo no sé qué conflicto. Resolver el conflicto para acabar con la violencia supondría, lisa y llanamente, aceptar todos los postulados del MLNV. Todos. Es decir, una Euskadi independiente, unificada, socialista y euskaldun.
-El nacionalismo ha vinculado el final de ese conflicto y la paz.
-Es cierto que en el nacionalismo vasco ha habido mucho confusionismo. A mí me parece una barbaridad proclamar, como aún repiten hoy algunos dirigentes, que del mundo de ETA nos separan los métodos, no los fines. O decir, como en la tregua: «ahora que no hay violencia, podemos juntarnos todos los abertzales». Lo siento mucho, por ahí no paso. Yo no tengo nada que ver con eso. También digo que habría que ver hasta qué punto el nacionalismo se ha hecho más soberanista por la campaña lanzada contra él en los últimos años.
-¿Qué falla en la sociedad vasca para que una parte no desdeñable de la juventud justifique el uso de la violencia e, incluso, la practique?
-Los factores de socializacion de los jóvenes son básicamente dos: la familia y el grupo de amigos. Ahí es donde hay que abordar el problema. Todo el mundo habla de la educación. No voy a decir que no tenga influencia. Pero mucho menor. No es una cuestión de ikastolas o no ikastolas. Más importante que el profesorado y que el modelo educativo elegido es que los centros estén controlados ideológicamente; por ejemplo, por padres del entorno del MLNV. Eso puede pasar en una ikastola o en un centro de cualquier tipo.
-Los jóvenes de la ‘kale borroka’, los que han dado el salto desde ella hasta los comandos de ETA, han nacido en una Euskadi con un alto nivel de autogobierno... ¿La permanente regeneración en ese mundo, el hecho de que Batasuna sea la opción predilecta entre los muchachos de entre 15 y 19 años, constituye un fracaso del sistema?
-Yo no hablaría de fracaso. Más bien de que en Euskadi hay sociedades distintas, paralelas. Hubo un tiempo, allá por los años 80, en el que pudimos pensar (yo, entre ellos) que el logro de unas conquistas políticas, la consecución de unas instituciones propias, al menos, iba a arrebatar armas de convencimiento al mundo de ETA. Estábamos equivocados. La clave no radica ahí, sino en que en estos 40 años han sido capaces de consolidar una sociedad dentro de la sociedad con sus guetos, sus propios sistemas de valores, sus propios lugares de diversión, sus medios de comunicación... En definitiva, un círculo autorreferencial endogámico. Aunque me da miedo utilizar la expresión, técnicamente hablando, eso es una secta. Un grupo que se separa de un conjunto más amplio para formar un colectivo y cuyos integrantes se creen los únicos defensores de la verdad.
-¿Ese mundo es influenciable desde el exterior?
-Cada vez menos. A mi juicio, poco o nada se puede hacer con los chavales que están mamando en su propia familia toda la simbología del MLNV; con los hijos, los sobrinos, de gente que ha estado o está en las cárceles... Ése es el núcleo más duro, el ‘búnker’.
-¿Son ‘reinsertables’?
-Lo serán con los años. A corto plazo es muy difícil. El problema es qué hacemos con los demás: con los jóvenes que se aproximan a ese mundo y que quizás no entrarían en él si hubiese los medios adecuados. Ahí no se hace nada. Se pueden crear instancias oficiales, sin connotaciones políticas, a las que recurran de forma directa y anónima los chavales y los padres preocupados porque sus hijos han ingresado en ese mundo. Algo de ese tipo ha puesto en marcha el Defensor del Menor. También habría que extremar el trato psicológico (y, por supuesto, físico) que dispensa la Policía a los detenidos. Uno de los pasos más seguros para que un chaval dé el salto de ser un revoltoso a un terrorista es su paso por algunas comisarías. Es un error dejar la atención a los familiares de los presos exclusivamente en manos del entorno del MLNV. Incluso los padres que no son de ese mundo acaban cayendo en él. Uno de los errores que se cometieron durante la tregua fue el tratamiento a los presos; mejor dicho, el no tratamiento. ¿Qué se hace en estos campos? Nada. No hay una política antiterrorista. Sólo una política policial; y, a la vista de los resultados, no muy exitosa.
«Muchos chavales no saben dónde se han metido hasta que están en la cárcel» M. A. SAN SEBASTIÁN
-¿Qué diferencias existen, a su juicio, entre los jóvenes que practican ahora la ‘kale borroka’ y los radicales de los años 70 u 80?
-Tienen una formación más superficial, basada en eslóganes muy elementales. Se dejan llevar más por las filias y fobias emocionales que por la racionalidad. En algunos casos son incapaces de controlar sus actos. Muchos chavales no son conscientes de dónde se han metido hasta que están en la cárcel; sobre todo, si se trata de personas con falta de madurez y problemas de aceptación social, que a través de amigos entran en ese entorno y encuentran en él una consideración, un reconocimiento que será mayor cuanto más se singularicen en hechos violentos. Pueden empezar con un buzoneo. Luego, una pintada. De ahí pasan a quemar un contenedor, ya un salto cualitativo...
-Batasuna (antes HB) tiene un gran vivero en la juventud. Pero también el PP y los grupos pacifistas. ¿Cómo conviven?
-Coexisten, no conviven. No discuten entre ellos. En la Universidad he tenido alumnos en prisión y otro con escolta, contra el que han aparecido pintadas. Cuando he suscitado el tema en clase ha habido una gran resistencia a hablar. Por miedo, admitían algunos. Otros veían a decir: «¿también en clase hay que tratar esto?, ¿es que no tenemos bastante con lo de fuera?»
-¿Qué solución ve a la violencia?
-No le veo salida a corto plazo. Parece que hay movimiento interno en el MLNV. El fenómeno Aralar es importante. Y la presión social: aunque no es fácil, hacerle sentir al mundo de ETA que no estamos con ellos. Y luego, la responsabilidad de todos los partidos; la necesidad de que tiendan puentes entre ellos y asuman que el único enemigo es ETA. Y, claro, la lucha policial y la colaboración internacional, pero de verdad.