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Francisca Martín-Cano Abreu
Introducción
Nuestros ancestros de la
Prehistoria no veían la relación entre el acto sexual
humano y la fecundación, por lo que se desligaba la sexualidad
de la reproducción, que se creía asexuada. El
varón (se creía que) no tenía responsabilidad en
la procreación del nuevo ser. La mujer (se creía)
concebía a sus hijos sin el concurso del varón de
manera virginal. La reproducción (creían) se realizaba
por partenogénesis / virginal / agámica / afrodita: sin
cooperación del sexo masculino (E. U., T. 3, 1988: 231) /
bisexual / hermafrodita.
Las que tenían hijos se
creían ser madres vírgenes.
Ser «madre virgen», en la
visión arcaica y de pueblos primitivos, no implica que la
mujer «fuera virgen» en el sentido de que «no
conociese varón», como tradujo de forma interesada la
visión cristiana. Sino que implica la idea de el varón
no la fecundaba al introducirle el pene, independientemente de que
realizase numerosos actos carnales. Por lo que (creían)
sólo la madre tenía el poder de transmitir la vida, era
la única fuente de toda vida, que expresaba la creencia
arcaica de que la mujer sola creaba al nuevo ser.
Algunos investigadores siguen creyendo que el hombre de la Edad de Piedra no asociaba el sexo con lo que podía llegar nueve meses más tarde. (Frade 1996, 14)
Creencia que parece absurda, pero que pervivía hasta hace poco en muchísimos pueblos primitivos.
Razones de la creencia en la ausencia de poder procreador del varón
Hay varias razones por las que
nuestros ancestros no viesen la relación entre sexualidad y
procreación:
1º - La razón principal
es que, mientras en los animales mamíferos la
fecundación se produce siempre tras la actividad sexual, en
los humanos puede no acaecer la concepción, a pesar de un gran
número de actos sexuales, si casualmente éstos no se
producen en los días fértiles femeninos.
Al comparar la conducta sexual de
la mujer con las hembras de otras especies de mamíferos, se
descubre que mientras la relación sexual entre los humanos es
muy frecuente, en las demás especies de mamíferos es
muy poco frecuente. Y esa poco frecuencia es la causa de que la
naturaleza haya asegurado la fecundación animal tras cada acto
sexual, para preservar la supervivencia de la especie.
Así las hembras de los
animales mamíferos, en general (ya que excepcionalmente en la
mayor parte de las especies primates y sobre todo en los bonobos,
pasa otra cosa), sólo están dispuestas a copular en el
estro anual, por lo que las hembras sólo tienen
relación sexual durante el período de apareamiento, una
vez al año.
Las hembras de los primates tienen
relaciones sexuales aún con menor frecuencia. Las primates
aceptan al macho sólo durante el período mensual de
celo, que al ser seguida de la cópula y del embarazo y del
período de lactancia de su bebé, período durante
el cual su actividad sexual se paraliza, no volverá a copular
hasta el destete de su bebé transcurridos unos dos
años.
(...) como resulta que las
crías de los primates son amamantadas durante meses e incluso
años, una hembra madura puede estar en condición de
aparear solamente durante un breve período cada uno o dos
años. (Ehrlich 1978: 126)
Mientras que la mujer (primate de
la especie humana) está dispuesta a copular en cualquier
momento, la relación sexual humana no tiene relación
con la ovulación femenina. Y dada esta conducta femenina, no
tiene nada de extraño que haya sido calificada de atleta
sexual, según referencia de la antropóloga Helen Fisher
(del Museo Americano de Historia Natural).
Es lo que diferencia la conducta
sexual humana de la de los otros mamíferos: la conducta sexual
humana está vinculada al placer, mientras que la del resto de
los mamíferos está vinculada a la fecundación, a
la supervivencia.
[Aunque esta creencia ha sido
invalidada por nuevos descubrimientos. Observaciones realizadas por
Nancy Thompson-Handler entre los chimpancés pigmeos / enanos /
bonobos de la República de Zaire han venido a negar la
creencia de que en todos las especies de primates, la relación
sexual estuviese vinculada a la supervivencia. En los bonobos, la
práctica sexual está vinculada al placer, al igual que
la humana.
Los bonobos nuestros más
inteligentes parientes primates y más semejantes a nosotros
según lo afirmaba Karen Baad en 1995, hacen muchísimo
el amor, lo hacen continuamente. Para tranquilizarse, relajarse,
aliviar tensiones, relacionarse y fortalecer los lazos
sociales.
Los bonobos son los animales que
más hacen el amor, incluso mucho más que los humanos,
ya que ellos no limitan la sexualidad con normas morales, ni tampoco
eliminan el derecho al placer como los humanos aún
hacen.
La conducta sexual de los bonobos
se imagina que mostraría el comportamiento de los
prehomínidos: Los antepasados humanos debieron de comportarse
también así -señala Frans de Waal,
etólogo del Centro de Investigación de Primates de la
Universidad de Emory-. Más adelante empezó a restringir
el recurso al sexo para estos propósitos y su uso quedó
reducido sobre todo al medio familiar. (Small 1996: 115)
Las hembras bonobos no presentan
estro (período definido para la procreación) y siempre
están dispuestas a aparearse con cualquiera, a
excepción del tabú madre-hijo. Forman parejas
indistintamente de hembras con machos o de hembras o machos entre
sí. Este emparejamiento evidencian que la utilización
del sexo se ha desvinculado de la procreación mucho más
que entre los humanos. Y además daría incluso un
fundamento biológico a la homosexualidad.]
Dado que la relación sexual
humana era muy frecuente, la naturaleza no tuvo necesidad de asegurar
la fecundación para preservar la supervivencia de la
especie.
Y esta ausencia de
fecundación tras cada acto sexual, está en el origen de
la creencia ancestral arcaica de que no existía
relación entre copulación y procreación.
2º - Otra razón para no
viesen nuestros antepasados la relación entre sexualidad y
procreación era que, en sus circunstancias, la mujer gozaba de
gran libertad sexual, era libre de elegir pareja sexual y de limitar
los nacimientos, lo que subrayaba su posición privilegiada. Y
dada la promiscuidad femenina imposibilitaría descubrir los
rasgos heredados del hijo respecto al padre. Lo que evitaba ver la
responsabilidad masculina para engendrar.
Existencia de diferentes pueblos que tenían la creencia de que el varón no tomaba parte en la procreación de los hijos
Se acredita que en época
arcaica se desconocía el poder procreador del varón,
porque similar desconocimiento fue heredado por pueblos primitivos en
todo el universo. Así:
Todd cita algunos ejemplos de
pueblos que desconocen la intervención del varón en el
acto de la generación. (...) Algunas tribus australianas y
melanésicas suponen que el niño es el nunu o eco de
algún difunto... (...) Codrington indica que en las
Hébridas las mujeres suponen que la causa de su embarazo es
una nuez de coco o un fruto del árbol del pan, sosteniendo que
su hijo era el nunu o eco de estos objetos. (...) (Los Celtas
tenían creencias similares) .. un rey sin hijos fue avisado en
sueños de que sería padre si daba de comer a su esposa
un tipo de pescado. (...) la cocinera tocó también el
pescado milagroso antes de servirlo a la reina, y al cabo de un
año las dos mujeres dieron a luz un niño... (E. U. I.
T. 33, 1988: 1001)
Los bellonais de las isla
Salomón: ... ignoraban, hasta la llegada de los misioneros en
1838, la relación entre copulación y
procreación. Si una mujer casada quedaba embarazada, ello no
se debía a que hubiera mantenido relaciones sexuales con su
marido, sino a que los dioses y los antepasados del patrilineaje de
su esposo estaban satisfechos con dicha alianza y le daban
descendencia.... (Zonabend 1988: 70)
Los trobiandeses, matrilineales,
denegaban al marido de la madre cualquier papel en la
procreación. Se suponía que la madre por sí sola
creaba al niño.
Para los australianos, la
fecundación de las mujeres no proviene del hombre, sino de un
germen inmaterial de un antepasado, que la penetra. (Gran Larousse
Universal T. 29, 1988: 9229).
Y en otra versión se dice
que los gérmenes del bebé que iba a nacer eran enviados
al cuerpo de la madre por la Luna personificada por una Diosa.
Así los Euchlusi de Australia creían que los
gérmenes de los niños procedían de la Luna que
los enviaba a la mujer por medio de la corneja o del lagarto
según que el que fuese a nacer fuese niño o
niña. O procedían de las churingas que dejó en
la Tierra la mujer que personificaba la Estrella Vespertina de la que
emanan los gérmenes de la procreación que penetran a la
mujer que se halla en ese sitio y la hace concebir.
De los canacos de Nueva Caledonia:
Según su concepción de la vida, la mujer no es
fecundada por el hombre sino por el bosque o el arroyo que cruza: el
esperma del esposo no es una semilla, simplemente riega el
bebé que va a nacer. (Soutif, Dray y Dibie 1999: 30)
(Y posiblemente crean que la
fecundación femenina se deba a la Diosa Kabo Mandalat, en cuyo
honor realizaban ceremonias de Fertilidad).
En otros pueblos, se creía
que cuando una mujer estaba embarazada, era necesario hacer mucho el
amor para que el semen del padre «alimentase» al
bebé.
Los onas, como los tehuelches, de
la Patagonia y de la llanura pampeana, establecieron una
relación entre la unión sexual y la preñez,
creyendo que las repetidas cópulas contribuían al feliz
desarrollo del feto. (Puga 2005)
En civilizaciones Precolombinas se
creía que las almas de los recién nacidos
procedían de la Diosa Madre de la Luna.
En tribus primitivas de
África eran los antepasados residentes en la Luna los que
enviaban el germen del niño al cuerpo de la madre por
intermedio de un sacerdote o bien procedían ellos mismos a
esta reencarnación.
Pueblos africanos, eslavos del
norte de Europa, esquimales y chinos invocaban a una Diosa para que
concediese la Fertilidad femenina.
En otros pueblos africanos,
hindúes y chinos se consideraba que eran las Aguas medicinales
y sagradas, personificadas por la Diosa o por la Diosa que habitaba
lagos y ríos, las que otorgaba la bendición del
embarazo.
Entre los Jakuti, habitantes en el
Asia septentrional en el área de los Tungusi, del
Yeniséi al Pacífico: las mujeres se reúnen en la
casa de la recién parida tres días después del
parto para el almuerzo ritual en honor de la Diosa del Parto Ijehsit;
durante el almuerzo una de las convidadas se echa a reír,
todas ríen; y esto provoca en las mujeres la preñez
(Jacobelli 1991: 80)
Existe una leyenda persa que
explica la concepción humana diciendo que es un ángel
el que coge tierra y lo echa sobre el ovario femenino, que así
queda fecundado. Después cada persona tiene que ir a morir al
sitio en donde se cogió la tierra para formarlo. (E. U. I. T.
14, 1988: 914)
Pruebas de la creencia arcaica de que el varón no era responsable de la procreación
La creencia arcaica de que el
varón no participaba en la concepción se trasluce en
ciertos rituales, costumbres y mitos existentes en multitud de
culturas de los principios de tiempos históricos con
religiones Mistéricas, y de pueblos primitivos, celebrados por
mujeres y con los que creían iban a quedar fecundas.
1. Rituales propiciatorios del
Principio femenino para que la mujer quedase embarazada
Estos rituales dejan traslucir la
idea de que era gracias al Principio femenino cómo se esperaba
quedar embarazada, o era la Diosa la que propiciaba que los
antepasados se reencarnasen en un nuevo ser.
Uno de los múltiples modos en que creían que iban a quedarse «embarazadas», y que sabemos celebran mujeres de principio de época histórica y conservadas en regiones primitivas hasta hace poco, eran los ritos en los que mujeres bailaban para pedir la Fertilidad a una Diosa. Bailaban alrededor del árbol o el pilar / columna / betilos / cipo que representaba a la Diosa, mientras llevaban cálatos / calatisco / calathiskos (canastilla de mimbre donde guardaban falos) en la cabeza. Y lo practicaban en Santuarios de los bosques sagrados de Diosas. Después realizaban orgías sagradas (automasturbaciones o en ritos lésbicos) con los falos. Creían que iban a quedar fecundas con los gérmenes impregnados en su superficie, tras ser expuestos al polvo estelar que caía determinados días del año.
Las ceremonias que practicaban en
verano (1 de junio, por ejemplo las Junonias, en las que las mujeres
se imploraban a la Diosa Juno) darían significado a la
metáfora existente en occidente de que los niños los
traen las cigüeñas (1 de marzo, primavera, fiestas de las
Matralias).
En el origen estaba la
asociación de la Diosa, en cuyo honor celebran ceremonias para
propiciar el embarazo, con las aves migratorias, entre ellas las
cigüeñas. [Los rituales metafóricos nacieron
cuando la constelación Cisne reaparecía tras haber
estado oculta durante el invierno, en coincidencia con el tiempo en
que las aves migratorias retornaban de su emigración anual y
llegaba la primavera, cuando todo se renovaba. Por lo que las fiestas
de mujeres (creían que) propiciarían la llegada de la
primavera y asegurarían que las cigüeñas
retornasen de sus emigraciones. Y con ellas el buen tiempo, el
período del florecimiento vegetal y el nacimiento de
niños].
Igual significación tienen
las fiestas del país vasco llamadas Emakunde / Andrakunde. Y
las similares de Eslavonia celebradas en las calendas de primavera en
honor de la Diosa Lada / Lado, en la que se le ofrecían tortas
en forma de cigüeñas para propiciar el nacimiento de
bebés.
También vinculaba la Fertilidad al Principio femenino considerado hermafrodita, las ceremonias en las que mujeres invocaban a Diosas de la Fertilidad, del Río, del Mar y usaban el Agua Divina para que les otorgase la bendición del embarazo. Por ejemplo en Galicia en determinada noche del año, las mujeres estériles que querían descendencia se tomaban un baño de nove ondas en la playa de Alanzada, Pontevedra en determinada noche del año. Aguas sagradas del mar que creían estaban personificadas por la Diosa del Mar y que adquirían poder fecundante al quedarse impregnadas con la carga de almas inmortales de sus antepasados que caían con el polvo estelar de ciertos meteoritos. En este caso las fecundarían penetrándolas por vía vaginal.
De manera similar mujeres de otras
regiones vertían agua en cúpulas, símbolo del
Vientre de la Diosa Tierra y así esperaban quedar fecundas. En
esta ceremonia se manifiesta el simbolismo de Vulva Divina /
Útero / Seno / Vientre de la Diosa Tierra y asociado a la
Fertilidad de los petroglifos de cupulitas / agujeros / tazas /
huecos / cavidades / cazoletas ógmicas / hemisféricas /
tectiformes.
En la actualidad uno puede ver a
las mujeres hindúes llevando el agua del Ganges (las Aguas del
río sagrado del Ganges están personificadas por la
Diosa epónima Ganga / Ganges) hasta las montañas del
Pendjab, para verterlas en las cúpulas y así obtener de
la divinidad el don de la maternidad tan deseado. (Grieder cita a
Garrick Mallery 1987: 32)
De manera similar las mujeres Pomo
de los Indios de California hacían marcas de cavidades en
grandes piedras cuando deseaban concebir un hijo para que la Madre
Tierra se los concediese.
Mujeres chinas esperaban el deseado
embarazo en un rito llamada "el paso del río".
Consistía en que las mujeres se bañaban en un
río cuyas aguas estaban personificadas por un Diosa antes de
la unión conyugal, para que por el contacto con sus aguas la
mujer quedase ¡fecundada! (es obvio el despreciable papel que se
atribuye al varón en el proceso de procreación).
También mujeres
hindúes cuando querían tener descendencia
ofrecían "nagakals", monolitos de piedras grabadas con
serpientes y las ofrecían a las Diosas Naginis que habitaban
las aguas fluyentes de los ríos sagrados (femeninas), lagos,
mares y estanques para que les concediese el embarazo.
Otro tipo de ceremonia de
Fertilidad humana practicado en otros lugares consistía en
abrirse de piernas y exponerse al viento para que éste (en el
que estarían flotando las almas de los muertos cuando
caían a tierra en forma de polvo estelar determinadas noche en
que caían del cielo meteoritos) la fecundara.
También se acercaban a
ciertas plantas, piedras o a ciertos animales porque esperaban que
los gérmenes las traspasarían.
Mientras que en otras regiones, las
mujeres que querían engendrar, se comían los frutos de
los árboles, o los peces de los ríos, o se
bebían ciertas bebidas de zumos extraídos de frutos, en
los días en los que, tanto los frutos como los animales o
plantas, se habrían impregnado con las almas inmortales de los
muertos caídos del cielo. En este caso esperaban quedar
fecundas por vía digestiva.
Se creía que la Diosa les
concedería el embarazo con estos ritos, porque pensaban que en
las copas de los árboles y sus frutos, así como las
aguas de los ríos o mares y sus peces estarían
impregnados con las "semillas de vida" que se depositaban o quedaban
flotando en los mismos en determinados momentos del año,
cuando caía a tierra la lluvia de estrellas / polvo de
estrellas (por lo que se creería que dejarían en esos
lugares su carga de almas inmortales).
Otro ritual que corrobora la
creencia en la irresponsabilidad masculina en la concepción y
que la fecundación se creía que no provenía del
varón ni del acto sexual, era practicado por mujeres que
ofrecían tortas de miel a las Hadas Miras, en las grutas en
las que habitaban, para que les concediesen la Fertilidad.
Y evidencia igual creencia de la no
participación del varón en la fecundación
femenina, la conducta de las mujeres hindúes que imploraban
numerosa prole en la ceremonia Putche / Nagaputche en honor de la
Diosa Laksmi llorando copiosamente.
Algunas Diosas invocadas en
diferentes regiones para conseguir el embarazo han sido:
Afaya, Anjenu, Artemisa / Diana
Nemorense, Bambline, Derceto, Danann / Dana / Danu / Donu / Don /
Dôn / Ana / Anu / Annan, la Letona Didilia, las griegas y
romanas Ilithijia, Juno Lucina, Matrona, Februata, Elena, la japonesa
Kisi-Bogin, la china Kwan-Yin, las hindús Ganga, Laksmi y las
Naginis, la Diosa de los asirios y babilonios Ninmach, las africanas
Buanga Bua Cibola, Erinle, Gwandusu, Ogun, Oshun, Phemba, Shango,
Nimba, la Diosa de la Fertilidad de los Ashanti y los Fanti de Ghana,
la Diosa Tierra de los indígenas de Benín, ex-Dahomey,
la árabe-asiria-siria-babilónica Sin, la adorada en
culturas precolombianas Tlazoltéotl, la Madre Tierra de los
Indios Pomo de California, Thoeris, Yemoja, La Diosa de Ríos
epónimos de numerosísmos panteones denominados en
mitologías Indias y Celtas: "La Madre",...
2. Exagerado culto a los muertos
También corrobora la
antiquísima creencia y existente de manera universal, de que
la concepción no era fruto de la relación sexual, las
costumbres de enterrar a los antepasados en la casa, o en el huerto
cercano, o en cuevas cercanas a fuentes de agua, lugares por
excelencia de la madre de familia y de la Diosa.
Y se les acompañaba de
esculturas representativa de la Diosa, o sus tumbas eran presididas
por estelas funerarias representativas de la Diosa. O si el difunto
se incineraba, se guardaban sus cenizas en urnas femeninas.
En su obra «Estelas funerarias
del país Vasco» J. M. de Barandiarán ha puesto de
manifiesto la importancia de los símbolos vitales estelares
(luna, sol, lauburus, etc.), así como el sentido de la
sepultura vasca situada originariamente en la huerta de la casa, la
cual, como el posterior asiento o yarleku sepulcral de las Iglesias,
está asociada a la Etxeloadre o Señora de la casa.
(Ortiz-Osés 1982: 58)
Con ello y el exagerado culto a los
muertos desde la Prehistoria se esperaba que la Diosa propiciase la
resurrección del difunto y como "semilla de vida" se
reencarnase en el vientre de una mujer.
Se fundamentaba en la idea
metafórica de que los antepasados enterrados, actuarían
de la misma manera que la semilla: germinarían gracias a la
Diosa y Ella lo transformarían en "gérmenes de vida"
que se transformarían en descendientes tras una serie de
vicisitudes: alma del difunto ascender al cielo, viajar por la
Vía Láctea, caer por fin a tierra y fecundar a mujeres,
encarnándose en un futuro bebé.
En palabras de Frazer todos los
vivientes están animados por las almas de los muertos. Y que
muestran las creencias sobre la Inmortalidad del alma concebida como
una reencarnación continua en la que los vivos provienen de
los antepasados muertos.
Incluso algunos pueblos
consideraban a los huesos humanos como los huesos de las frutas: las
semillas que germinarían en sus descendientes. De ahí
la costumbre de descarnar a los difuntos y conservar los huesos en
relicarios, ya que sólo ellos eran semillas que se
encarnarían en el vientre de una nueva madre.
3. Costumbre de la covada
Otra costumbre que testimonia la
creencia de la falta de importancia del varón en la
procreación y que manifiesta que sólo la mujer da la
vida al nuevo ser nos la da la existencia de la covada,
práctica difundida por todo el universo desde época muy
antigua.
Consistía la covada en
imitar los varones el parto y sus dolores: el esposo se acostaba en
el lecho de su esposa como si estuviera enfermo tras ésta dar
a luz y era cuidado por ¡la esposa recién parida!.
...es un eslabón más
en la evolución de la familia matriarcal a la patriarcal. Este
eslabón sería el reconocimiento de la paternidad. La
paternidad, como institución social, no comenzó sobre
la base de la relación sexual entre los hombres y las mujeres,
sino como un juego de funciones maternales realizadas por el hombre
para con el hijo de su esposa. Comienza, pues, como una
relación social entre el marido de la mujer y los hijos de
ésta. (...) Para Evelyn Reed supone un paso decisivo en la
destrucción del sistema matriarcal... (Martínez,
1985)
4. Mitos de Madres Vírgenes
También es corriente que en
los mitos de diversos panteones, se narre que algunas Diosas tienen
descendencia virginalmente. Es decir, que se consideraba que las
Diosas daban a luz sin necesidad de fecundación del Principio
masculino. Virginidad que implica el hermafroditismo / el afroditismo
/ la bisexualidad de la Diosa Madre. Ella engendraba sola a sus
descendientes.
La Diosa (se creía)
concebía de manera milagrosa, a veces comiendo algo, o por
exponerse al viento, o al resplandor de la luz, o de la luna, o
porque le entraba algo por el útero..., (al igual que se
consideraba era la manera como concebían las mujeres en la
sociedad).
La Diosa Madre era considerada la
Causa del Principio masculino, que derivaba de Ella: el Principio
masculino procedía del femenino. El que la Diosa diese a luz
sola, pariese a solas y criase sola a su Hija Divina, y el hecho de
que ésta no tuviera ascendiente paterno, sólo Madre y
Abuela, resalta el derecho materno. Y ejemplifican las pautas
sociales matrilineales, cuando no existía la
vinculación masculina.
El sentido es: yo soy la Madre sin
esposo, la Madre Primigenia. (Cita de Heinrich Zimmer aportada por
Campbell, 1991: 88).
Algunas Diosas Madres
Vírgenes de diferentes panteones, de las que el mito narra que
dieron a luz Hijos Divinos, sin esposos, son: Adities, Afrodita /
Venus, Allat / Ilat, Amayicoyondi, Angeja, Angerboda, Arianrhop,
Aruru, Aserha, Astarté, Atabex, Ataentsic, Atugan, Belam,
Benten / Bunsio, Brigantia, Cerridwen, Cibeles, Coatlicue,
Comizahual, Cuerauáperi, Chimal-Man, Dabaida, Daksa, Danann /
Don / Ana, Dechtire, Deva-Matri, Diam, Dichita, Divas, Dugdha,
Eithinoha, Emese, Freya, Hainuwelle, Hanua, Hathor, Hebe,
Hécate, Hera / Juno, Hoa-Se, Iatiku, Ida, Ilmatar, Isis,
Ixmucana, Ixquic, La Diosa Madre Nigeriana, La Diosa Madre Virgen
australiana, La Madre de los Edo de Benín (África), La
Superior de los Ibidos africanos, Las Ondinas, Lunnotar, Llumpaca,
Magna Mater, Manoid, Mari, Marjatta, Maut / Mut, Maya, Maya, Mena,
Mezulla, Militta, Nammu, Nana, Nei Teukez, Neith, Nerthus, Nessa,
Ninchursaga, Nishtigri, Omeyateciguat, Prithá / Cunti /
Dropadi, Prthvi, Rea, Rinda, Sakaria / Sangarios, Shing-Moo, Skada,
Suria, Sutá, Taranga, Tehom, Tetevinan / Teteo Innan,
Tezé, Ti' Amat, Tlazoltéotl, Tonantzin / Toci,
Tonantzin, Udo, Zolotaya Baba.
Fueron Diosas Madres Ancestrales de
diferentes pueblos humanos (sin explicitar que hubo un padre): Yemoja
de los Yoruba africanos; la Madre Ancestral de los senufos de Costa
de Marfil; las Fravartis de Elam; Emese Madre del pueblos turcos de
Siberia y Uot-Iccitá Madre del pueblo turco Yakutu;
Histié / Tabití Antepasada de los reyes escitas; Las
Dishinas de La India; Fuji Antepasada de los Ainus del Japón;
Tsao-Wang-Nai-Nai-Hime Ancestra de los japoneses; Chang Di de China;
la Trinidad de Diosas: Filgia, Hamingia y Spadisa de Escandinava;
Gefiona de Dinamarca; Las Disir germánicas; Austeja de pueblos
eslavos; Las Bam-sidh: Bodbh y Eithne de pueblos irlandeses; Amharia
de Ásculo; Aleteia, Mania, Concordia, Vesta, Hestia, Lamia y
Alcmena de pueblos griegos y romanos; la Diosa Banda galaica; la
Madre Antepasada de los aborígenes de la isla de Hierro; la
Madre Ancestral Autidamana de pueblos de Gran Canarias; las
precolombinas Madres Ancestrales Itzapapálotl, Ixmucana,
Ixquic y Tozi; la Madre Ancestral Iatiku de los Indios Pueblo
occidentales y la Antepasada Nautsiti de los Indios Navajos del
suroeste; la Madre Ancestral de los Indios Chamacoco; la Ancestra
Virgen de pueblos de Venezuela; la Diosa Maraca de los Guaraní
brasileños; Ataentsic de los Iroqueses norteamericanos;
Kwakiutls de pueblo epónimo de Canadá; Dzuli de los
Chukchi siberianos; Pukkeenegak de los Esquimales; Moko de pueblos de
la isla de Pascua...
De estos mitos de Diosas Castas y
Vírgenes surge la palabra «casta» como
sinónima de pura, virgen y de linaje, grupo que lleva nombre
común, con el significado de una Madre Ancestral Virgen /
Diosa Casta / Diosa Virgen / Casta Diva, Madre Ancestral y Virginal
de un pueblo, que evidencia en su acepción primitiva su
asociación con el linaje / la casta / los que descienden de
forma hermafrodita de una madre común / cuando se creía
que Ella sóla daba el ser a su casta, sin que se creyera que
el Principio masculino tuviera importancia en la procreación
humana. Y extendida posteriormente al linaje / la casta
patrilineal.
Cambio de creencias del poder de procreación varón en culturas patriarcales
En las diferentes regiones a medida
que se iba produciendo la evolución hacia el patriarcado, la
Diosa dejó de ejercer el papel supremo en el panteón y
empezó a desempeñar funciones subordinadas, desbancada
por un Dios supremo.
(La revolución patriarcal se
produjo en diferentes fechas, según las regiones a las que nos
refiramos. En unas, en el año 4000 adne; en otras, en el 2500
adne; en otras, en el 1200 adne, etc...)
Y paralelo al cambio en el mundo
sobrenatural, la organización social y familiar se fue
volviendo patriarcal. Los vencedores eliminaron el monopolio femenino
e impusieron su modelo patriarcal. Y en correlación con el
régimen patriarcal se modificaron los mitos.
A partir de entonces, se
creía que el principio de la descendencia pertenecía
exclusivamente al padre. Así leemos: El dios griego Dionisios
promulgó la doctrina de divinidad de la paternidad sosteniendo
que la madre sólo es la nodriza del germen depositado en su
seno. (E. U. I. T. 33, 1988: 1002). Pero esta paternidad es
explicitada como Divina, ya que se considera que Dionisios
promulgó "la doctrina de divinidad de la paternidad", o sea
que se atribuía al Principio Divino masculino la posibildiad
de propiciarla, no al padre humano.
Nacimiento de ceremonias mágicas para que la mujer quedase embarazada asociadas al Principio masculino (no al varón)
Existen unos rituales reproductivos
sagrados de princiios de çépcoa histórica que
ponen de manifiesto que todavía se seguía ignorando el
mecanismo real de la procreación humana. Y muestran que la
evolución que pasó de creer que:
a) La fecundación de las
mujeres provenía de las «ánimas» femeninas
asociadas a los antepasados, que como espíritus inmateriales,
las penetraba haciéndolas concebir como un don, gracias al
Principio femenino / la Diosa.
b) A pensar que lo que propiciaba
el embarazo era el acto sexual con un animal, o con un Sacerdote
enmascarado de animal, representante de un Dios / del Principio
masculino.
Sabemos que existían rituales reproductivos sagrados a principios de época histórica en diferentes regiones, consistentes en relaciones sexuales de mujeres con animales. En unos casos los acoplamientos eran aparentes (con Sacerdotes enmascarados como animales), mientras que en otras ocasiones los actos de bestialismo eran reales (representantes de un Dios masculino, al que se le otorgaba el poder de «fecundar», quizás en una interpretación totémica de la descendencia proveniente del Dios carnero).
Así Herodoto (II, 46) habla
del carnero sagrado de Mendes, llamado «el señor de las
jóvenes», al que se entregaban las mujeres para tener
descendencia «divina» (Evola, 2002) en la ciudad de
Méndez en el delta del Nilo. Allí se adoraba al Dios
Pan en forma de carnero, para el que, según Píndaros
(n. 522 adne) y Plutarco de Queronea, Beocia (n. 46 dne), sólo
se elegían las más bellas mujeres.
Tales prácticas eran ya en
Roma aparentes: las mujeres que querían concebir, copulaban
con el Sacerdote Hircus, enmascarado como carnero, representante del
Dios animal.
El ayuntamiento con animales para
conseguir el embarazo tendría la finalidad mágica de
propiciar al Principio masculino, que bajo la máscara
animalística, se consideraba otorgaba el don del embarazo. Y
por tanto evidencia que se creía, que tal responsabilidad la
ejercía un Dios-animal (todavía no se creía que
fuese el varón).
Procreación atribuida a ambos sexos
No fue hasta el siglo XVIII, en que
se estudió ciertas anomalías hereditarias, cuando
tomó fuerza la teoría de que ambos sexos participaban
en la formación de un nuevo ser, ya que la apoyaron. Y
sólo por fin se observó que ambos progenitores
participaban en la formación del feto, al observarse la
unión de un óvulo con un espermatozoide en 1854.
BIBLIOGRAFÍA
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ARTÍCULOS de MARTÍN-CANO
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ARQUEOLOGÍA (Prehistoria de Chipre)(Preh. África)(África English)(Precolonial arte de África)
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