El pelmazo de Gerva
Gervasio
Sánchez me ha mandado su último libro de fotos, cuarenta imágenes sobre la
tragedia de Kosovo. Ustedes a lo mejor ya no se acuerdan de Kosovo, porque fue
antes de Chechenia y de Timor, e igual la confunden con Bosnia; pero Bosnia fue
antes de Ruanda y justo después de Croacia, de la que ya no me acuerdo ni yo
mismo. Ahora que lo pienso, no es mala lista en sólo ocho años: Croacia,
Bosnia, Ruanda, Kosovo, Timor, Chechenia. Eso sin contar las otras guerras de
segunda, sin derecho a abrir telediario.
Y seguro que todavía olvido alguna. Al fin y al cabo se parecen mucho unas a
otras, las guerras; y al final Gervasio, Gerva, las resume siempre en la misma
foto. Un tipo muerto, una mujer aterrada, un niño que llora, un cabrón con
metralleta. A veces cambian los factores, y el muerto es el niño, la aterrada
es la mujer y quien llora es el tipo, o viceversa. Pero el cabrón de la
metralleta siempre sigue ahí. Ése no falla nunca.
El caso es que Gerva, gran fotógrafo, buena persona y además amigo mío, acaba
de reventar la paz de mi jubilación postbélica con su envío envenenado. En
otros tiempos lo cuento en Territorio comanche, Gerva y el arriba firmante
compartimos guerras ajenas, ilusiones perdidas y amigos muertos. Yo me salí, y
él sigue. Ahora, por no tener, uno no tiene en su casa apanas nada que le
recuerde aquellos tiempos del cuplé, y vive entre un velero y una biblioteca
diciéndose que veintiún años dentro de las fotos de Gerva, poniendo nombres y
apellidos y voces y lágrimas a todos esos rostros que ahora aparecen en las páginas
en blanco y negro de su libro sobre Kosovo, son ración suficiente para una
vida. Uno se alegra de no tener que vivir ya entre dos aviones, cruzando
fronteras a base de sobornar aduaneros, pisando cristales rotos en amaneceres
grises, peleando por una conexión vía satélite, puesto contra una pared con
un Kalashnikov apoyado en la espina dorsal o echando carrerillas por Sniper
Alley mientras se siente como un pichón en el tiro de pichón y Márquez,
Betacam al hombro, protesta porque te metes en cuadro. Ahora puedo mentarle la
madre al Javier Solana de turno sin que mis jefes amenacen con ponerme de
patitas en la calle, entre otras cosas, porque ya no tengo jefes. Estoy fuera.
Tuve la suerte de poder salirme a tiempo, y ya no arriesgo los huevos para que
doña Lola y Borja Luis hagan zapping entre Corazón Corazón y Al salir de
clase. Y sin embargo..
Ése es el problema. Al recibir el libro de Gerva, me he sentido mal. Me he
sentido extraño. Pasaba las páginas y el horror volvía una y otra vez. yo me
jubilé en 1994 y ya no hice Kosovo; y sin embargo reconocía cada cara, cada
escena, cada cadáver. El rostro de mujer angustiada que huye con su hijo
dormido a la espalda en la contratapa del libro lo había visto tantas veces
que, apenas lo tuve delante, pude reconstruir sin esfuerzo la situación. Aún
conserva a su hijo pensé y va en grupo con otras mujeres y niños. Su marido
quedó atrás, y a estas horas está luchando o abona una fosa común. Ella
tiene suerte, porque no la han violado. Lo sé porque está en la frontera pese
a ser guapa y joven, y en los Balcanes a las guapas y jóvenes casi nunca las
violan una sola vez, sino que las llevan a burdeles para soldados y las violan
cada día y cada noche, y al final las matan cuando quedan preñadas. He visto
esa historia en el acto, como he visto otras historias igual de corrientes y
conocidas de sobra en las fotos muscadas entre casquillos de bala, en el reparto
de pan a los refugiados, en los cadáveres devorados por los perros. Creía
estar ya a salvo y lejos de todo eso, y mira. De pronto llega Gerva y me
recuerda que ése es el único mundo real verdaderamente real que existe, y que
esto otro de aquí sólo es un camelo, una tregua, y que mañana el muerto de la
foto puedo ser yo, o la que corre con el niño a la espalda puede ser mi hija.
Una noche de 1991, bajo las bombas serbias en Vukovar, Gerva me dijo: "Si
me matan por tu culpa, no te lo perdonaré nunca". No lo mataron esa noche,
pero por visto me la guarda. Así que ahora el muy aguafiestas ha venido a
irrumpir en mi conciencia con recuerdos y con fantasmas que nadie le ha pedido
que me trajera. Se cree que porque él siga teniendo fe en el ser humano, y no
se resigne a envejecer, y continúe pateando el mundo con sus abolladas Nikon y
su deshilachado chaleco antibalas de segunda mano, tiene derecho a quitarnos el
sueño a los demás con sus putas fotos. Pero Gerva siempre fue así. Un Pepito
Grillo insoportable. Un maldito pelmazo.
El semanal, 23 de Enero de 2000