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Una biografía de Julián Besteiro, de Patricio de Blas Zabaleta y Eva de Blas Martín-Meras

Nadar contra corriente

Por Eduardo Sotillos

Una profunda sensación de tristeza  y una rabia difícilmente soportable son los sentimientos convergentes al concluir la lectura de estas páginas que recorren la trayectoria humana, intelectual y política de una de las personalidades que deberían ser más respetadas en la memoria de la España democrática.

Tristeza, porque sigue estremeciendo el relato de sus últimas horas con vida en una prisión de Carmona, víctima de la cobardía de quienes pudieron atenuar sus sufrimientos y de la crueldad de los que dificultaron la presencia de su propia esposa junto al catre del moribundo y, luego, obligaron a un entierro clandestino en un rincón del cementerio de aquel pueblo sevillano, prohibiendo durante años hasta el anónimo homenaje de unas flores sobre su tumba.    

Rabia, porque aquel hombre íntegro, inteligente, radical en sus más profundas convicciones, sufrió la injusta condena de los vencedores de la Guerra Civil a una pena de treinta años de cárcel, a pesar de ser incapaces de demostrar que sus manos estuvieran teñidas de sangre y pese a los testimonios a su favor de personalidades como los profesores Luna y de Sosa, comprometidos con la rebelión franquista, que bien sabían de los esfuerzos de Besteiro por defender su libertad en los momentos más duros, en los que a los fusilamientos de la llamada zona nacional se correspondía con paseos en el campo republicano.

Según queda ampliamente demostrado en este libro, Julián Besteiro fue condenado a muerte aunque, quizás para evitar el bochorno y el escándalo de una sentencia sin la menor base jurídica, incluso con la supuesta legalidad de los vencedores, se disfrazara con una pena –treinta años– que comportaba la desaparición de un hombre que rondaba los setenta y con una salud quebrantada.

A Julián Besteiro, presidente de las Cortes Españolas tras el advenimiento de la República, no le quiso perdonar Franco, pero tampoco le mostraron su generosidad ni su calor durante muchos años, quienes –con él– perdieron la guerra. Su larga trayectoria de luchador por el socialismo, que le llevó a ocupar las máximas responsabilidades tanto en el PSOE como en la UGT, estuvo marcada permanentemente por su confrontación con personalidades como la de Largo Caballero y, desde luego, con los comunistas. Defendía Besteiro, con intransigencia, una práctica democrática, parlamentaria, que excluía el recurso a acciones revolucionarias que supusieran el uso de la violencia, y esto hizo que se viera desbordado y convertido en un elemento sospechoso por quienes habían alentado la Revolución de Octubre. Para entender cabalmente ese proceso resulta muy esclarecedor el recuerdo que hacen los autores de esta biografía a la intervención de Besteiro en la escuela de verano de las Juventudes Socialistas en Torrelodones, en agosto de 1933. Besteiro, que estaba preocupado por la entrada en tropel de nuevos militantes del partido y el sindicato sin la formación que se había exigido hasta ese momento, pronunció un discurso que, forzosamente, iba a producir el rechazo de quienes estaban siendo alentados a una radicalización que los coetáneos asimilaban al bolchevismo. Su mensaje final, que vale la pena reproducir, provocó el rechazo de sus jóvenes oyentes: “Es muy fácil sentirse sumamente radical y decir: ‘La democracia no nos sirve para nada; vamos a la dictadura, se acabó’. Quiero que reflexionéis que la obra toda del Partido Socialista, desde que se fundó, y la teoría de Marx, consiste en recalcar a los proletarios que el ser revolucionarios no es cosa fácil, ni está al alcance de cualquier indigente espiritual; que es preciso antes sufrir mucho, trabajar mucho, meditar mucho para saber ser revolucionario, y que muchas veces se es más revolucionario resistiendo una de esas locuras colectivas que dejándose arrastrar por ellas, dejándose arrastrar por las masas para cosechar triunfos próximos y aplausos seguros, a riesgo de que después sean las masas las que cosechen los desengaños y los sufrimientos”. No gustaron estas reflexiones de Besteiro ni unas posteriores de Indalecio Prieto, en una línea similar, con lo que la conferencia de Largo Caballero, en la que defendía la tesis de que el socialismo no podía desarrollarse en plenitud en el seno de una sociedad burguesa y que al poder podía llegarse por cualquier medio si se demostrara imposible hacerlo la vía legal y parlamentaria, se convirtió en el programa de acción política, por aclamación.

Nadar contra corriente es el acertado título de esta obra, porque refleja, con perspectiva histórica, la tragedia vivida por Besteiro que, quizás, no supo o, tal vez, no quiso adecuar los mandatos de su conciencia crítica a los vaivenes de una realidad en la que los enemigos de la democracia y del socialismo habían renunciado expresamente a asumir los cambios estructurales que demandaban las clases trabajadoras a quienes, con el advenimiento de la República, les habían prometido algo más que la desaparición de la Monarquía: una auténtica justicia social. El tiempo ha engrandecido la figura de Julián Besteiro y ha demostrado que su concepción del socialismo democrática es la que ha terminado por imponerse, al menos en Europa, pero en los años treinta resultaba casi imposible trasladar esa ideas gradualistas a unos españoles que veían con desesperación que grandes lemas como el de la Reforma Agraria se iban difuminando en la práctica política y que el nazismo se imponía por las urnas en Alemania y, como recuerdan oportunamente los autores de la biografía de Besteiro, Dollfuss había acabado traumáticamente con los socialistas austríacos.

La victoria de las tesis defendidas por Largo Caballero condujo inexorablemente al compromiso mayoritario del PSOE con el movimiento revolucionario de octubre de 1934. Aún hoy es difícil determinar si se trató de una estrategia ofensiva contra el sistema o un acto de legítima defensa ante la actitud de los partidos de significación fascista que, simultáneamente, estaban recabando, y consiguiendo, apoyos económicos de la Italia de Mussolini para organizarse como movimientos armados. Resulta también comprensible que encontraran terreno abonado las ideas revolucionarias tras la formación de un gobierno en el que el peso de la CEDA de Gil Robles, contrario a la Constitución de la República, y que, como recuerdan los autores de Nadar contra corriente, confesaba, una vez concluida la feroz represión contra los revolucionarios: “En aquellos momentos en que yo veía la sangre que se iba a derramar, me hice esta cuenta: puedo dar a España tres meses de aparente tranquilidad si no entro en el Gobierno. ¡Ah!, pero entrando, ¡revienta la revolución! Pues entonces, que estalle”. La ruptura de Besteiro con la dirección socialista se consumó en aquellos meses y los enfrentamientos no hubieron de limitarse a la confrontación dialéctica, sino que hasta su propio domicilio sufrió el asalto por parte de un grupo de jóvenes del partido, que fueron repelidos por otros, simpatizantes de la causa de don Julián. A pesar de ello, habría de ser Besteiro quien asumiera la responsabilidad de conseguir del presidente de la República, Alcalá Zamora, el indulto para los compañeros condenados a muerte. Logrado su objetivo, un efecto derivado fue el abandono del gobierno por parte de los ministros de la CEDA, como protesta por la medida de gracia. Antes y después del proceso revolucionario, Besteiro sostuvo con firmeza que la participación en esa aventura, “nos amargaría toda la vida”.

Desde luego, al propio Besteiro no le sirvió esa actitud en el treinta y cuatro, ni siquiera su agónica intervención junto al coronel Casado en la Junta de Defensa de Madrid que negoció (¿?) con Franco la rendición de la República, para lograr por parte de los vencedores cualquier tipo de indulgencia. No la personal, que siempre rechazó, como había rechazado todas las proposiciones para abandonar Madrid junto a la mayoría de los responsables republicanos, sino la que figuró hasta el último momento en las capitulaciones formales y que el propio Franco eliminó de un plumazo, dispuesto a admitir únicamente la rendición incondicional.

A pesar las muchas décadas transcurridas desde aquellas trágicas jornadas, la fractura entre distintos sectores de la izquierda española no se ha cerrado por completo. Besteiro sigue siendo para algunos de los cada vez más escasos protagonistas vivos de la contienda, con responsabilidades en el campo de la República, un traidor que impidió que la inminente guerra en Europa impidiera la derrota. Muchos otros valoran que, al menos, se impidiera una masacre absolutamente inútil para los objetivos de la democracia. Besteiro no se arrepintió nunca, en los pocos meses que pudo sobrevivir a la represión, de la decisión adoptada. Y hoy nadie puede negarle la consecuencia entre sus ideas y sus actos. Elegido por los madrileños, siempre, con el mayor número de votos, permaneció junto a sus electores hasta el último momento, y quiso seguir su misma suerte.

Con toda legitimidad podía escribir en su carta-testamento dirigida a Lolita, su mujer: “...yo, que nunca hubiese podido dejarte cuantiosos bienes de fortuna, te dejo, en cambio, un nombre respetable que algún día, creo yo, habrá de imponerse a la consideración de las gentes”.

A que sea así contribuye decisivamente este trabajo biográfico de Patricio de Blas y su hija Eva.