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FRAGMENTO de la OBRA
- Traslado de Julian Besteiro a CARMONA
Aquel insólito paréntesis en una España desgarrada por la venganza duró poco.
No era la vida saludable, la lectura y el contacto con la naturaleza lo que el
nuevo régimen destinaba a sus presos. El día 30 de agosto, tras una verdadera
odisea, Besteiro y los sacerdotes vascos llegaron a Carmona, en la provincia de
Sevilla, en cuya prisión local fueron literalmente arrojados, después que
hubieran trasladado a Sevilla a los presos de la localidad. «El viaje es largo y
hemos llegado bastante cansados. Mañana te escribiré más despacio. Lo que he
visto de la ciudad es muy pintoresco», esa era la versión escueta que Besteiro
dio a su esposa en una postal escrita apresuradamente el día 30. Habían salido
de Dueñas el lunes 28 a las cinco de la tarde y llegaron a Carmona el miércoles
30 a las siete de la tarde, en unos camiones que los llevaron desde Guadajoz,
donde habían bajado del tren. El padre Ugarte, uno de los curas vascos que
acompañaron a Besteiro, dejó escrita una versión más completa del viaje que nos
muestra un cuadro de la España negra de 1939
El padre Ugarte escribe del teniente al que, con catorce guardias
civiles, le encomendaron la misión de llevar a los presos desde Dueñas hasta la
estación del Norte, en Madrid, en que un nuevo pelotón se haría cargo de los
presos, del desconcierto del teniente al llegar a Madrid, a las ocho de la
mañana, y comprobar que nadie sabía de él ni de sus presos¡ de cómo cargó a los
presos en dos camiones que recorrieron de punta a punta la ciudad, tratando de
encontrar una cárcel para ellos y de cómo, «recorridas en vano todas las
prisiones de la capital y habiéndose llamado a andanas la Dirección General,
decidió continuar el viaje llevándonos acto seguido a la estación». Entre
tanto,«pudo contemplar atónito el pueblo de Madrid el ir y venir de dos camiones
abiertos y exhibiendo una extraña mercancía: catorce carmelitas, un pasionista y
varias decenas de sacerdotes rodeando al ex presidente de las Cortes
Constituyentes». En aquella espera, «nuestra libertad de movimientos durante las
horas que faltaban para la salida del tren fue absoluta. Hubo varios que, en
busca de melones, se adentraron por las calles hasta perderse de vista. Los más
anduvimos entre el andén y el bar luchando a golpe de refrescos inocuos contra
un sol de justicia, mientras don Julián sentado estoicamente en un rincón del
vagón esperaba meditando, sin duda, en el homenaje silencioso de tantas gentes
que, al reconocerlo, no habían podido reprimir un gesto de adhesión emocionada y
dolorida. Fue un detalle que se me metió muy adentro, pues aquellas caras
trascendían más a devoción religiosa que a partidismo político».
Aquella experiencia, que para los sacerdotes vascos constituyó una
«aventura veraniega» que el padre Ugarte relata con un punto de humor negro,
para Besteiro debió representar un episodio amargo Y una humillación añadida. En
aquel ambiente de aventura veraniega, continúa el sacerdote cronista, «solo nos
faltaba un elemento para sentimos felices: la cerveza. Dada su escasez, estaba
reservada, seguramente, para ciertos jerarcas Y era inútil insistir a unos
camareros que se sabían el disco de memoria: "no hay". El disco se fue
repitiendo hasta que al llegar al mostrador alguien pensó: estos nos han tomado
por curas del montón... ¡Oiga!, somos curas presos. Con nosotros viene D. Julián
Besteiro, ¿no podría usted darme una cerveza para él? Ni el "Sésamo ábrete" de
Alí Babá hubiera superado en eficacia a semejante talismán. Como por arte de
magia, los camareros se liaron a cometer delitos de «auxilio a la rebelión» y la
cerveza corrió a caño libre». Besteiro, recluido en un rincón del vagón,
renunció a hacer llegar a su casa la noticia de que se encontraba allí para que
fueran a estar con él. Prefirió evitarles el mal rato y permaneció allí hasta
que, a las 18.45 de la tarde, salió el tren para Carmona. Días después, escribió
a Dolores: «Ya me temía yo que llegase a ti la noticia de nuestro paso por
Madrid. Es la cosa un poco difícil de explicar. Pero prefería no verte aun
estando tan cerca y habiendo pasado tantas horas en Madrid, tan cerca de
vosotros».
Las condiciones de aquel antro eran deplorables. No había camas,
salvo si la traían los presos, y Besteiro hubo de dormir en el suelo de una
enorme cripta, cubierta por una bóveda de arcos cruzados, sobre una piel de
cordero que le dejó el médico de la prisión. Sin embargo, en su correspondencia,
se esfuerza por ocultar estos datos y no añadir más preocupaciones a las muchas
que tenía su esposa. «Lo mejor que hay aquí es la fruta (uvas, melones, sobre
todo) de la cual hago un gran consumo. Una de las ventajas de aquí es que la
prisión tiene un médico que viene todos los días -poco tardaría en comprobar que
aquel médico no era una ventaja para la cárcel- y se interesa por los
reclusos»39. «El régimen se parece más al de Madrid que al de Dueñas. El
edificio está en la población y no hay más comunicación con la Naturaleza que la
atmosférica, por medio de un patio en el cual hacemos la mayor parte de nuestra
vida. Las provisiones y toda la relación comercial se verifica por una especie
de mercadillo a través de una reja (...). Por esa reja venden la fruta, los
huevos, la caza (...). Mis compañeros, grandes organizadores, corren con la
compra y preparación de la base de la alimentación que es común. Después cada
individuo o grupo de individuos, añade lo que quiere» 4°. Además, en los
primeros meses pudo contar con la valiosa ayuda de Carmelo Antomás, un compañero
preso, que hacía las veces de ordenanza: «Yo tengo un ordenanza que es un lince
y me resuelve muchos problemas prácticos para los cuales confieso que estoy mal
dotado. La reglamentación de la vida es la general de las prisiones. Así, la
comunicación es el domingo; hay doble reja. La expedición de cartas es el
miércoles». Poco a poco le fue comunicando la realidad en que se encontraba:
«¿Cómo quieres, Lolita -le decía el 14 de noviembre-, que cuando la cosa no
tenía remedio te fuese a notificar que dormía en el suelo?». Cuando los curas
vascos recibieron los colchones y camas que habían dejado en Dueñas, uno de
ellos, el padre Ganchagui, le cedió el suyo a Besteiro. Más tarde, le prestaron
una cama de hierro, de manera que, mes y medio después de su llegada, podía
dormir en cama. Con el fin de devolver el colchón a su dueño, pidió a Dolores
que le enviara uno junto con una almohada. Entonces pudo contarle las
penalidades por las que había pasado.
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