Cuentos de Campania
 
ANDA PINCHANDO

En los pagos de Batoví, vivía Teodoro, un paisano muy querido por todos quienes lo conocieron.
“El Negro Teodoro”, como todos lo llamaban, desde muy pequeño se había curtido en los trabajos rurales, era “grande como un cerro” y con una fuerza que no sabía medir, de un andar manso pero siempre activo, de cara y manos marcadas por el viento, sol y frío de las sierra.
Cuentan que en una ocasión, enojado con un bagual que estaba redomoneando porque no se dejaba apretar la cincha, voltearon la pared de terrón del galpón “abrazados en una lucha cuerpo a cuerpo”.

Changueaba en las ferias de ganado como tropero, como peón de estancia, o cualquier otro trabajo que apareciera; a decir de hombre campero, “No le hacía asco a nada”.
Un día saltó una changa muy buena dentro de su rubro, pero algo diferente a lo habitual y a Teodoro le gustaban los desafíos. Un escritorio rural de Tacuarembó estaba comprando capones gordos para exportar a Medio Oriente.
“El Negro”, tropero de confianza de la firma, arrimaba con otros paisanos los animales comprados a la estación de ferrocarril en Tambores de donde serían embarcados hacia el puerto de Montevideo.
Después de varias semanas tropeando lanares, finalmente se cargaron en el tren rumbo a la Capital.

Advertido de lo bravo que eran para “la carneada” en la ciudad, Teodoro se embarcó junto con los lanudos rumbo al puerto.
Eran tantas las recomendaciones que le habían dado, que al llegar a destino después de un largo y hediondo viaje, este resolvió acampar pegado a los corrales improvisados sobre la vasta explanado de caliente hormigón frente a la “monumental aguada”.
En la noche el paisano dormía como la liebre, “con un ojo abierto”, y durante el día no perdía de vista la tropa ni siquiera cuando churrasqueaba o mateaba.

Pero las cosas tienen que pasar, sino este cuento no tendría fin.
Una noche, Teodoro sintió un revuelo machazo en la caponada, sin hacer barullo se arrimó gateando entre los animales y de golpe se abalanzó sobre una sombra que encontró en medio de un corral.
Era un ratero de ciudad, que sorprendido y pensando que iba a asustar al “pobre gaucho”, sacando una navaja le dijo, “Soltame porque te pincho”, a lo que Teodoro, recostándole una “fariñera machaza en el garguero” respondió, -“Andá pinchando nomá', que yo ya te voy degollando…!!”-.


COMO CONEJERA

En la estancia “El Cerro” en los pagos de Conchillas vastas costas del Río de la Plata, era encargado de uno de los tantos puestos, el mas alejado del casco principal, “El Tartamudo Moreira”.

El puestero y su compañera eran famosos por la cantidad de hijos que tenían.
Era hasta gracioso llegar a aquel remoto puesto y como conejera ver aparecer caritas sucias y sonrientes por todas las puertas y ventanas.
Curiosos rodeaban y observaban a quien arribara, a veces hasta en forma inconsciente arrimándose demasiado a las patas de los caballos.

Charo, la señora ya estaba tan acostumbrada, que cuando comenzaban los dolores de parto se apartaba de las casas a un cañaveral, donde haciendo un pozo en la tierra y poniendo en él una sábana limpia, pujaba prendida de las tacuaras.
Su amiga Susana, partera y curandera vivía muy lejos y a veces no daba el tiempo para llegar, -Cuando se les da por salir, no esperan…-, decía riéndose, cuando contaba estas anécdotas.
Pasado algunos días y estando “el crío tarudito”, la dura madre prendía el tordillo viejo en el charrete y marchaba al pueblo para que la comadre revisara al nuevo peonsito.
Viaje que no se perdían el resto de los hermanitos que aprovechaban para pasear.

Era costumbre del patrón, cuando llegaba a la estancia, ensillar su mimoso y salir a recorrer las haciendas, las majadas, y por supuesto llegar a los puestos.
En esta ocasión y en compañía de Don Dionisio el capataz, el estanciero llegó al que ocupaba Moreira.
Mayúscula fue su asombro cuando otra vez encontró a Doña Charo embarazada.

Viendo la cara del patrón, al que estimaba mucho, inmediatamente lo invitó a desmontar y arrimar a la cocina a compartir unos amargos.
Ya rodeando el fogón, sentados en pequeños bancos de madera de confección casera, trató de desviar la atención del visitante hablando del clima, el estado de los ganados y las majadas, pero el hombre no pudo aguantarse y sorpresivamente interrumpió la charla y dijo, -Otra vez Moreira…-, a lo que este queriendo atajarse y mas tartamudo que lo de costumbre contestó, -Queee, que quiere que haga patrón, queee sacudo el calzoncillo y la Cha, Charito queda preñada!-


QUIEN LE DICE

Como todas las madrugadas del año, la gente de “El Sauce” ya estaba en movimiento.
Fogón prendido, una paleta de oveja chorreando, un mate en la vuelta, pocas palabras, algún reto de Mascota a Perico que se pela por pegarle un tajo a la carne que todavía esta cruda.
Lo de siempre, para ganar tiempo el joven se va a ordeñar y después comerá.
Mientras “pulla la teta” tararea una de “Los Chalchaleros”, conversa con las vacas y los terneros, “Vinieron cargaditas hoy, voy a dejarles bastante para los hijos…”
Luego le arrima el balde a Mascota que espera tomando algún amargo más y contemplando el amanecer sobre el Queguay a través de la ventana.

“La Negra Mascota”, era criada de Doña Teresa, la patrona.
Era muy menuda y activa como una hormiguita, pero tenía sus días, era porfiada como una mula y cuando se retobaba no había quien la hiciera entrar en razón.

Una mañana de primavera Perico le alcanzó el balde con mas leche de lo normal.
Había parido una vaquillona nueva que “daba jugo a lo loca”.
La criada, como siempre, cuanto el muchacho asomó en la puerta, le manoteo el recipiente y enfiló derecho a la olla para volcar la leche y hervirla.
La sorpresa fue que no entró toda así que pasó el líquido nuevamente al balde y enseguida volvió a intentarlo.
Así la leche fue y vino del balde a la olla y de la olla al balde varias veces.

Tan mala y concentrada estaba Mascota que no notó la presencia de La Patrona que la observaba desde la puerta que unía la sala con la cocina.
-M'ija, no te das cuenta que no entra toda la leche, porqué seguís insistiendo?- intentó explicarle entre sonrisa y paciencia.
A lo que la pequeña hormiguita respondió con prisa, -Y quien le dice que en una de esas no dentre …-


PICARDIA CRIOLLA

En los llanos pagos de Chuy donde la frontera entre Uruguay y Brasil es solo una calle, donde se confunden nacionalidades y se cruzan culturas, donde nos separan y unen bañados, vivía “El Curinga”, criado por …, hijo de… Siempre en la vuelta, manso como gato de boliche.
De bombacha y chinelas de dedo, de gorrito de visera y pucho colgando del labio inferior, nuestro amigo recorría las polvorientas calles castellanas y brasileñas sin que nadie le dijera nada.

El oficial Nuñez, recién promovido a Comisario por sus méritos y actuación en pro de la justicia, había llegado de la Capital y sin conocer para nada las costumbres del pago, se ponía al frente del Destacamento de Frontera.
Milicos del pago poca prenda le soltaban y aprovechaban para en silencio burlarse y hacerle pagar derecho de piso al nuevo “Manda Más”.

Pronto conoció al Curinga, ya que le comenzó a llamar la atención verlo pasar temprano con una guadaña al hombro hacia el lado brasilero y luego de algunas horas volver con una carretilla cargada de pasto apretado con la herramienta.

Al tercer día de ver suceder lo mismo, el oficial celoso de sus deberes le salió al cruce para revisar debajo del verde, tratando de descubrir que era lo contrabandeaba.
Nada, otra vez nada, nada y nada.
Varios fueron los intentos bajo la mirada de reojo de los subordinados y la indisimulable sonrisa de estos que se volvió carcajada cuando Nuñez no aguantó más y… -Mire compañero, no le voy a quitar nada, pero usted me tiene que decir que es lo que bagayea-
El paisano manso como siempre le respondió: “Carretillas…”.


PASANDO AL FONDO

Por qué será que en todos los pueblos de campaña siempre existe un loco ?
Un loco bueno, a quien todos quieren y cuidan.
Un loco a quien en parte todos envidiamos, por su frescura, honestidad, inocencia, simpatía.
Todo lo que la vida poco a poco nos va quitando y en él siguen intactos a pesar del paso de los años.
Siempre anda en la vuelta, siempre saluda a todos con una gran sonrisa.

Este era un pequeño pueblito que serpenteaba entre las sierras sobre alguna ruta nacional, donde La Onda hacía una breve parada de ida o regreso a la capital.
Los viejos GM eran la única vía de transporte motorizada que tenían los pueblerinos, por lo que todo prácticamente se centraba en su agencia local.
Ahí se sabía todo, quien llegaba quien se iba, las despedidas, los reencuentros, los diarios capitalinos, las cartas.
Un pequeño pueblo donde nunca pasaba nada, donde todo era un acontecimiento social desde la llegada del ómnibus hasta un velorio.

El Loco Pocho, como siempre, esperaba el arribo de sus amigos, el chofer y guarda de La Onda, a quienes ayudaba a descargar y cargar bultos.
La parada era muy breve por lo que ni siquiera se apagaba el motor, el tiempo suficiente para los trámites pertinentes y mientras, alguna charla o chiste con Pochito que siempre decía:-En mi otra vida yo fui chofer de camiones…-, afirmación a la cual nadie prestaba atención y le contestaban que sí “como a los locos”.

La policía pasaban al igual que el resto, una vida tranquila, salvo alguna intervención en el boliche por algún “mamado empalagoso", o las rondas y urgencias habituales, el tiempo daba hasta para jugar a la conga o truco por las copas en la guardia.
Pero un día se armó el alboroto, alguien llegó a la comisaría gritando que habían secuestrado La Onda.
Inmediatamente el Comisario sacudió la modorra de la militada y montó un operativo para rescatar el ómnibus, que para sorpresa de todos no había salido a la ruta sino que andaba dando vueltas por las angostas calles del pueblo.
Al fin, en una esquina, nerviosos por no saber a que se enfrentaban, lograron interceptarlo.

Grande fue la sorpresa de estos cuando, el Loco Pocho, sentado al volante les abrió la puerta y les dijo: -Los uniformados al fondo que no pagan boleto-


EL CORREO

En épocas no muy remotas, en la mayoría de nuestros hermosos pagos, la vida social se centraba en el boliche de la zona.
Almacén de ramos generales, bar, barraca de cueros y lanas, parada de ómnibus, correo, etc.
En los pagos de Santa Adelaida, departamento de Flores, el boliche era el de Doña Marina, donde eran infaltables los fútbol y truco de los Domingos, o alguna tabeada en las noches de verano, acompañadas de asado y vino, alguna guitarra y cantarolas.
También no menos famosos era los sobrinos de la dueña, siempre sentados a la sombra de los paraísos, o contra la pared de terrón del rancho, al solcito y al reparo, inventando alguna diablura.

Don Ramirez, el empleado del correo de Trinidad, llegaba una vez por semana con la correspondencia.
Tenía un hermoso Ford T que cuidaba más que a nada en el mundo, la pintura relucía como espejo, los cromados no menos, los rayos de madera de las ruedas siempre bien barnizados, tapizado y capota impecable.
Como decía Angelito, un asiduo concurrente al Boliche, “una pinturita la máquina”.
Celoso de su Forchela, no había cosa que le enojara más al cartero que los perros le dejaran sus firmas en las ruedas ni bien llegara, o que los gurises se arrimaran a ella, intentando usarla por un rato como juguete.
Por eso al arribar atracaba frente a la puerta, pegado a un arranque de alambrado que rodeaba el patio prolijamente carpido y adornado con flores en macetas de viejas latas y frutales enmarcados en cubiertas en desuso pintadas de blanco.
En esa posición estratégica no la perdía de vista mientras realizaba las tareas pertinentes.

Pero un mediodía de verano, con una cerveza de por medio y gran prosa, Ramirez desatendió la parte exterior del recinto por unos instantes, momento que aprovecharon los arteros menores.
Se le había pasado la hora, la charla estaba muy linda pero tenía que seguir.
Apurando el tranco salió sin darse cuenta lo que los sobrinitos habían hecho.
Le dio un manijazo a la cachila, se subió y marchó.

Se sintió un gran estruendo, los menores disparaban, “por aquí que no hay espinas”, los parroquianos en el boliche ganaron la puerta para ver que pasaba.
El pobre Cartero lloraba desconsolado mientras apreciaba el eje trasero de su mimosa desprendido de la misma y maneado con alambre al poste principal del arranque.


EUVIN

Cuando comienza la zafra de arroz, no solo los criollos buscan la buena paga en las arroceras del norte y este del país, también son muchos los brasileños que, buscando juntar unos buenos morlacos, cruzan la frontera.
Entre estos, un año, llegó al arrozal Santa María en el Paso del Dragón, un bayanito de apariencia muy humilde y sencillo, de confección pequeña de pocas y atravesadas palabras.

Todos anotados por el Escribiente de la firma, el capataz reparte las tareas y a doblar el lomo sin descanso para sumar jornales.
Tierra, barro, calor, pala al hombro, de a pie por el agua de riego, cruceras, mordedura para algunos desafortunados, más calor, tierra, barro, más mordeduras, trabajo duro el de peón de arrocera.
Al fin, después de un mes de “baile”, llega la primer paga.
En la tardecita todos los peones se juntan frente a la puerta del Escritorio.
Tomando algún mate, fumando un armado de chala, charlando anécdotas de esa zafra o de alguna otra historia de sus vidas, esperan ser llamados para el cobro.
Uno a uno van pasando.

Es el turno del pequeño bayano.
Al recibir la plata y el recibo para firmar, el peón revisa y le dice al escribiente, viejo de pocas pulgas, -Disculpe Seu, mais esto está mal-
La mirada del otro no fue nada linda, pensando que este le reclamaba alguna diferencia en la plata. -¿Que fue?-, preguntó de mala manera.
-Meu nome no se Euvin Gomez-, respondió.
Todos lo conocían y lo llamaban así, por lo que más grande fue la sorpresa cuando prosiguiendo el brasileño le dijo: -Meu verdadeiro nome e, Eu vine a o mundo gracias a Deus, Gomez-


SERA QUE ES

El temor y la desconfianza a lo desconocido es común en nuestra gente.
El paisano es por naturaleza receloso, quizás la dureza de la vida rural lo ha moldeado así.
Tienen más confianza en el “decir” de los animales o de la naturaleza, que en la palabra de otro cristiano.

Don Pancho era encargado de una estancia muy grande, enclavada en las sierras, donde “cuchilaba la oveja”, por lo que los trabajos en los bretes eran frecuentes y a veces de varios días.
Doña Rosa, su esposa, siempre en la cocina y las tareas de la casa, era gran cocinera, su especialidad muy esperada durante los trabajos en los corrales, eran las tortas fritas.
Las charlas eran largas mientras se agachaba el lomo, quizás en una desojada o una dada de toma.
Don Pancho, muy querido y respetado por todos era la palabra autorizada para las consultas, la radio da muchas noticias, algunas incomprensibles para quien vive en medio del campo.

-¿Es verdad Capataz que los gringos llegaron a la Luna?-; preguntó un día El Cucho, paisano desconfiado “como burro tuerto”.
A lo que el hombre contestó sin darle mucha trascendencia, porque sabía que el comentario de este traería cola -Sí, dicen que sí-.
Como un resorte saltó El Lalo, gurí criado por Don Pancho y Doña Rosa.
Enderezándose con un quejido, producto del dolor en la espalda por estar tanto rato encorvado y largando la tijera como queriendo mostrar su desacuerdo, replicó: -Mire si van a llegar a la Luna, no sea bruto compañero !-.
-M'ijo no sea inorante y escuche a un viejo, los rubios tienen máquinas que quien sabe a donde pueden llegar-; volvió a intervenir Don Pancho.
El Lalo no conforme otra vez arremetió: -Habrán embocao un día de luna llena, porque si la agarran en nueva, minga la van a encontrar-
El viejo con la paciencia que lo caracterizaba y conociendo a su criado, trató de explicarle: -Siendo llena o nueva, la luna siempre está, y te vuelvo a repetir, esa gente sabe lo que hace, estudiaron mucho pa' eso-.
Cucho, alentado por las afirmaciones de Don Pancho, quiso aportar más datos: -Si hasta sacaron fotos de La Tierra desde allá arriba, ¿Cómo habrán hecho, no?-
Y Lalo, viendo que quedaba atrás y atropellado como siempre contestó rápidamente sin dejar siquiera respirar a su padre: -Muy fácil, se habrán tirao de panza en el borde y apuntaron con la máquina pa' bajo !!-


ENAMORAO

A todos nos llega “la primavera”, los gurises crecen y “les comienza a picar el bichito”.
Ya la ha visto varias veces, siempre de cruce, pocas palabras pero lindas miradas, pequeñas sonrisas que se le escapan, lo que alientan al galán.
Es como subir un bagual por primera vez, poca experiencia pero mucho coraje (o inconciencia).

-Don Pancho, le via' pedir permiso pa' salir el domingo-; dijo El Lalo bajito, con vergüenza, sin levantar la cabeza, mientras mete un pedazo de galleta en la boca, seguido de una exagerada cucharada de ensopado.
Don Pancho, viejo zorro, se sonrió y preguntó: -¿A donde va dir M'ijo ?, que yo sepa no hay carreras ni fúbol- Aún sin levantar la vista y hablando casi susurrando el muchacho contestó: -Via' visitar a la hija de Venancio, el puestero.- -Muy bien compañero, pero demás está decirle que se comporte, el hombre es un amigo.-

Doña Rosa, preocupada porque su hijo hiciera un buen papel, lo instruía en modales, en como tratar a una dama.
Emocionada, le lavaba y zurcía la bombacha blanca, alpargatas y mejor camisa.
El Domingo bien temprano Lalo ya andaba en la vuelta “como galleta en boca de vieja.” Nervioso ensillaba su “flete” con las mejores pilchas. Un buen baño, la ropa preparada por Doña Rosa, una peinada como “lambetazo de vaca”, y al trillo rumbo a la cita.

A media tarde el capataz y su patrona tomaban unos amargos en la cocina de la estancia, cuando sintieron el trote de un caballo llegando, y seguido la voz de Lalo que los llamaba. Al salir a la galería, ambos sonrieron al verlo muy bien acompañado.

Todos los colores y calores pasaron por la cara de los veteranos, cuando Lalo, haciendo gala de su brutalidad y poca baquía en estos asuntos, apartó a la moza hacia un lado, y como quien alaba a un animal gordo y hermoso dijo; -Mírela Don Pancho, mire si no está como pa' rajar con la uña!-


PURE DE ZAPALLO

Que año bueno había sido aquel para plantar zapallo.
Don Cardona, chacrero de la zona de Cuchilla del Ombú, temprano en la zafra logró cosechar una cantidad de cabutias de excelente calidad y se disponía a partir pa'l pueblo con el camioncito tupido.
El popular Ney,”su secretario”, era el encargado de llevar la carga.
Personaje pintoresco y atravesado para hablar como todo bien criado en algún pago fronterizo.
Joven y sin compromiso, era a decir del paisano, “enamorao como capón loco”.
No había prienda que pasara frente a él que se salvara del rosario de piropos.
Mientras el patrón ajustaba los últimos detalles y le gritaba para que se apurara, este se peinaba frente a un viejo pedazo de espejo colgado en la pared de su pieza.
Una ida al pueblo no se daba todos los días.

Don Cardona se adelantó en su auto para llegar primero e ir arreglando todo.
Había que negociar mucho para conseguir buen precio por la mercadería.
De las negociaciones dependía conseguir una buena paga y así coronar el esfuerzo hecho.
Ya había calentado el sol de mediodía y del Ney ni rastro, habían salido juntos, el camión era lento pero no podía demorar tanto.
El viejo se variaba frente a la barraca, mirando de continuo hacia el final de la calle por donde supuestamente debía aparecer.
Maldecía entre dientes, se echaba las culpas, suponía que algo había pasado, no podía haber dejado que el gurí viniera solo.
Difícil era que llegara, si a la entrada del pueblo, por meterse con una muchacha de blusa ajustada y minifalda que caminaba al costado de la calle, había mordido la banquina, y el camión se tumbó de lado, desparramando zapallos por todos lados.

Al fin, por la dichosa calle apareció el perdido, a pie y como cuzco que cometió una macana, “con la cola entre las patas”.
-!¿Que pasó con el camión?!-; preguntó Don Cardona, avanzando a pasos agigantados sobre el acusado.
Ney, sin levantar la cabeza contestó: -No se enoje patrón…, o contenido esta tudu, o que perdeu um poco a forma-.


NOSTALGIAS

Don Julián, ya apartado de las tareas rurales a las cuales dedicó su vida entera, solía sentarse en la galería del frente de su humilde rancho, esperando alguna visita para poder prosear un rato.
No existía cosa que le gustara más que recordar viejas andanzas, yerras, jineteadas, gente que conoció, y a sus relatos adornarlos con grandes exageraciones y alguna “mentirita”.

-Buen día Don Julian, ¿tomando el fresco de la mañana?-, saludó un joven mientras desmontaba del caballo frente a la casa.
-Buen día Juan, pasa y arrima una cabeza de vaca que tengo el mate recién ensillao-, invitó el veterano al visitante.
-Está brava la calor, y hace días que no llueve, ¿será que se va a plantar una seca?-, comentó Juan.
-Quién sabe m'ijo?. Dios quiera que no. Pero si es seca que no vaya a ser como la del 69, esa si que fue machaza.
Mire como habrá sido mi amigo, que se secaron las cañadas y arroyos y las tarariras galopeaban en la arena de las barrancas.- -¿No estará exagerando, Don Julian?-, sonriendo preguntó el muchacho, sabiendo que de esta manera lo provocaba y ahora se venía lo bueno, ya había tema para inspirarse.
-Ahí está Don Carmelo que no me deja mentir.
El era tratorista en la estancia que trabajábamos, y un día que estaba mecaneando un trator al borde de una chacra, llegué en la recorrida a ver si precisaba algo.
Porque yo de mecánica también entiendo…, pero no viene al caso…, la cuestión fue que, al estar trabajando se le resbaló una llave y se fue por una rajadura que había en la tierra…, y después de un rato se sentía como pegaba en las paredes de esta mientras llegaba al fondo.-
-Qué barbaridad!-, asintió Juan, no muy convencido.

-Si compañero-, continuó el veterano.
La cosa no era changa, cuando había viento teníamos que recorrer montaos de espaldas sino la tierra no nos dejaba ver nada…
-Pero, ¿tan grande fue la cosa?, intervino el joven.-
-Usted no se imagina, pa' juntar los ganaos solo bastaba sacudir una rama e' paraíso, y estos locos de hambre, se venían como chiflete.-

Para cambiar, porque la cosa ya venía espesa, Juan buscó otro tema; -Mire, ahí va Martincho en su auto nuevo…-
Y como para todo tenía historias y recuerdos, el viejo dejando el mate a un lado dijo:
-¿Usted sabe que yo tuve el primer auto del pago? Era una preciosura, la envidia de todos, y a pesar de que yo era buen jinete, una vuelta tuve un accidente.-
¿Qué fue lo que pasó? preguntó el visitante esperando lo inimaginable.
-Tomese otro mate y le cuento.-

Una noche volvía pa' las casas del boliche… no había tomao más que un par de cañas… y el desgracio, de golpe, le saco el cuerpo a una osamenta que había en el trillo… a pesar que intenté sujetarlo, nos volcamos por una barranca.
Siempre dije, el auto no es lo mesmo que el caballo, este siempre te trae sanito p'al rancho.
-Me parece que usted se había tomao alguna de más- replicó Juan.
¿Usted está queriendo decir que yo estaba borracho? Pa' que sepa, no había cristiano que me aguantara el trote acodado a un mostrador.
Con decirle que una vuelta llego al boliche de Jiménez un mentao tomador de caña y pasó quince días tratando de voltearme.
El terminó en el hospital del pueblo y yo hice un solo viaje al escusao.
¿Y nunca le cayó mal tomar tanto? continuó preguntando el mozo, a ver si en alguna se pisaba el palito y lo podía agarrar.
Nooo, nunca… Bueno, tal vez si.
En una ocasión por tomar tanta caña con limón, me dió un ataque al hígado que quedé amarillo como flor e' girasol.
Pero me curé enseguida… tomé una caña con huaco y santo remedio.

Se hizo un alto en “la conversa”, Juan se revolvía la vieja boina en la cabeza y se reía, Don Julian aprovechó para pararse y estirar las piernas.
-Si estoy mucho sentao me duelen las tabas, ya estoy viejo, que lo peló, mire si yo joven iba a estar domando banco a esta hora- dijo en tono quejoso el paisano.
¿Usted siempre trabajo en el campo, no Don Julian?; preguntó Juan buscando más charla.
Si m'ijo, trabajé de todo, siempre en la campaña, hasta que entré de puestero en “La Soledad”, la estancia más grande que había en el pago.
Ahí crié a mis hijos.
Mire si sería grande, que era imposible conocer a todos los peones que trabajaban.
Al cruzarse con alguno en la recorrida se saludaba; Buen día, mucho gusto.
Era bravo acordarse de todos, por eso, por las dudas, siempre al saludar me presentaba.
Si le digo que yo vine a conocer al patrón ya casi cuando estaba por jubilarme.
-No exagere Don Julian, la cosa no puede haber sido tan así- replicó Juan tratando de inhibir al relator, que por lo contrario siguió su relato con “más pruebas”
¿No me cree, jovencito? Pregúntele a Doña Luisa, la viuda de Machado, que en aquella época eran los caseros de la estancia. Revolvían la olla con los remos de un bote viejo, de tan grande que era. Los peones comían en dos tandas pa' que dieran las mesas y la campana que servía pa' avisar la hora de descanso la había conseguido el patrón en una iglesia que se había quedao sin cura.
-Pare, pare abuelo, no puede existir algo así- saltó Juan.
-Créalo m'ijo, no le exagero, he visto cosas grandes y de no creer.

-Si le cuento lo machaza que fue la malaria después de la guerra, la gente se queja ahora, pero esto no es nada al lao de aquello.
Mire si habrá sido grande que no teníamos ni un níquel p'al tabaco.
Secábamos gramilla y armábamos cigarro en papel de almacén.
Comíamos salteao como “caballo de ajedrez” y estábamos “mas enterraos que cucharón en el guiso”, tuve que empeñar hasta el facón en el boliche, y pa' disimular me pinté uno en la bombacha.
Ahora mal o bien, todos tienen una moto y radio.
Nosotros nos juntábamos alrededor de una transistor que andaba cuando quería pa' escuchar a Chicotazo, cuando la época de oro del Ruralismo.
La gurisada se queja de llena, no saben lo que es pasar trabajo y no valoran las costumbres y tradiciones del hombre de campo que fue quien forjó este bendito país- replicó bastante enojado Don Julian.
Juan entendiendo lo que el hombre intentaba explicarle reconoció: -Tiene mucha razón abuelo, pero gracias a gente como usted esas cosas nunca se van a perder.
Ahora me tengo que ir, pero le prometo que mañana vuelvo y seguimos proseando.-


PORFIAO EL PAISANO

Camejo, fue un casero que trabajó durante años al lado de mi abuelo en su estancia “El Gruñido”, en los pagos de Santa Adelaida en el departamento de Flores.
Difícil de calcular su edad, yo lo recuerdo viejo, de ropas gastadas, pelo y barba plateada, con tintes amarillentos en el bigote, causado por el tabaco.
Hombre dispuesto para toda tarea, siempre a las órdenes y muy celoso de su trabajo.
Nadie podía madrugar mas que él.
Para cuando el resto amaneciera, él tenía las lecheras ordeñadas, los termos con agua caliente, una cebadura de su mate ya tirada y el fuego dorando una paleta de capón “p'al churrasqueo antes de salir p'al campo”.
Sólo para judearlo, en una ocasión, todo el personal se levantó a media noche, prendieron el fuego, prepararon el mate y churrasco en silencio, y una vez que estuvo todo pronto, comenzaron a conversar fuerte, a reír y escuchar radio como cualquier madrugada normal.
Sorpresa se llevó. ¿Se habría dormido? No solo no dijo buen día cuando entró apurado a la cocina, agarró los baldes de ordeñar y salió perdiendo las chancletas rumbo al corral de ordeñe, sino que su silencio duró como quince días cuando se dio cuenta de que era una broma.

Recien aparecidas las botas de goma, un buen día, cargándole las cosas al abuelo en la vieja Bedford, porque iba al pueblo, le encargó le comprara un par.
Difícil fue conseguir número, ya que producto de andar toda la vida de alpargatas, Camejo tenía un pie no solo grande, sino ancho y deformado.
Al fin, en la vieja Cooperativa Rural, el abuelo logró conseguir el único par enorme que quedaba.
Fachero con su compra, no se las sacaba ni para dormir, pasaba por el medio de cuanto charco encontrara en su camino, aunque lo pudiera esquivar.
Después de uno cuantos días de uso, cuando llegaba la noche y este las dejaba al borde de la galería, para que se orearan, los peones se las tiraban al medio del patio, acusando era insoportable el olor.
No faltaba un cachorro que las encontrara y en su juego las llevara para el galpón.
Menudo trabajo pasaba para encontrarlas en las madrugadas oscuras.

En ocasión de una tropa de ganado a “La Tablada”, mi abuelo le pidió que acompañara a Don Juan Díaz, el capataz, porque faltaba gente y era un ganado arisco.
Camejo, muy servicial marchó, por supuesto con sus botas calzadas.
Fueron varios los días de marcha, en pleno verano, con un sol que “rajaba la tierra”.
Al principio desconfiado que los otros se las escondieran, y después porque ya no pudo, el improvisado tropero nunca se sacó las botas hasta llegar a destino.
Don Juan no salía de su asombro cuando el Casero le mostró lo que pasaba, las botas negras, producto de la hinchazón de los pies, ya eran blancas en el empeine de tan estirados que estaban.
A cuchillo y agua tibia se las quitaron, para luego terminar en el doctor.

Después de tan triste experiencia, ya no pudiendo calzar otra cosa que alpargatas, Camejo siempre decía:
“No hay como el mocasín rural…”


SEU PERDO

Otro personaje de los pagos de frontera era Seu Pedro, nacido, criado y envejecido en la estancia “Santa María” en el Rincón de Ramirez, propiedad de una familia brasileña de Yaguarón.
Había trabajado con “el patrón viejo”, y hoy con el hijo tenía un trato especial.
Se dedicaba a los mandados, a pequeñas tareas en la arrocera, como llevar y traer gente de las chacras, criar gallinas y plantar algo para él.

A decir del personal, “lambeta del brasilero”, cosa que por supuesto a él no le gustaba nada, y cada vez que se lo decían, quedaba “mascando el freno” y murmurando en “portuñol”.
A decir de su compañera, Doña Olga, “viejo gruñón, baboso y machete”.
Motivos tenía, el murmullo era continuo de la mañana a la noche, se teñía el pelo para disimular las canas, se metía con cuanta “guría” se cruzara en el pueblo, y no se desprendía de nada ni que lo mataran.
Un domingo tranquilo en el que éramos pocos en el casco de la arrocera, Doña Olga lo convenció que matara una gallina y hacer un buen puchero para los presentes.
Después de varias horas de hervor “del gallo viejo”, la cocinera terminó tirándoselo a los gatos y pidiéndome que fuera a Pueblo Rincón a buscar algo que comer.

Nosotros no habíamos podido comer gallina, pero había un zorro que si, varias noches seguidas había logrado entrar al gallinero y manyarse alguna “mimosa gorda”.
Esto lo tenía sin dormir y más malhumorado que nunca, por lo que se propuso casarlo como fuera.
En la noche, preparó una trampa y se sentó a esperar.
Para no dormirse se llevó a su escondite un gran termo de café negro frío y un pedazo de chancho asado.
Ya entrada la madrugada y cuando el sueño lo tenía casi dominado, sintió el escándalo de las carcutas, saltó como un resorte y corrió linterna en mano a la búsqueda del ladrón.
Su trampa había dado resultado, un gran zorro estaba atrapado.
Después de asegurarse que no se pudiera escapar, fue al galpón y del viejo Dodge, sacó un bidón de keroseno con el que roció al animal y prendiéndolo fuego vivo, lo largo al campo, riéndose a carcajadas mientras miraba a la bola de fuego disparar sin rumbo.
Esa risa fue cambiando a gritos y después a llanto cuando vio al zorro rumbear en su desesperada carrera hacia un hermoso y seco maizal que él había plantado y estaba pronto para cosechar.

En el desespero, Seu Pedro de rodillas le gritaba al pobre animal “Meu deus pra ahá nao, pra dereita zorriño, pra dereita….!!!!”


NOSTALGIAS DE INVIERNO

Llegó el invierno, los dias se acortan, el campo ya no luce su verde esmeralda.
A la entrada del sol, animales y hombres buscan refugio, el frío se hace sentir.
Don Julian cambia las tardecitas en el alero del rancho por la pequeña cocina petisa, donde la económica humea suave y se siente el chisporroteo de la leña de monte.
Al tradicional mate amargo, agrega un pequeño vaso de grapa con miel, al que de vez en cuando entre mate y mate le da un beso.
Sobre la cocina, una olla tiznada va calentando un guisito que perfuma el ambiente con su exquisito olor.

-Buenas tardes Don Julian. ¿Cómo anda?- saludó Juan, agachándose para poder entrar por la pequeña puerta.
-Pero m'ijo que alegría, hace tiempo que no venía. Pase y arrime una cabeza de vaca- saludó el veterano dándole el último sorbo al mate, para cebarle uno al recién llegado.
-Andaba por los pagos de Arerunguá, changueando en una desojada grande- contó el muchacho acomodándose en un banco petizo de asiento de lonja.
-Si me habrá tocao ese laburito cuando era mozo. En “La Soledad”, se pasaba el año redondo en los bretes- recordó el hombre entrando en conversación.
¿Había mucha oveja por allá? preguntó curioso Juan.
-Había cabras que ni se imagina. Con decirle que cuando se hacía la limpieza pa' la parición, eran tantos días que en las últimas metidas había que tener cuidado de no rellunarle la oreja a algún cordero que venía naciendo- afirmó Julian.
-Epa viejo, no sea tan exagerao- replicó Juan.

-No crea si no quiere compañero, pero la cosa era así.
A alguno que lo agarrara medio flojo de cintura, al terminar el día salía del galpón como buscando vintén y dispués había que colgarlo pa' enderezarlo- contestó el experiente sin inmutarse, sereno como nado de caballo sabino, mientras le alcanzaba el vaso de grapa al joven para que templara el cuerpo.
-Que helada va a caer, no va a ser changa este invierno- comentó Juan, buscando nueva prosa.
-No sea flojo compañero, sangre nueva no puede achicarse con heladitas.
Mire si yo le iba a sacar el cuerpo a la madrugada por el frío.
Una vuelta que había salido temprano del puesto a recorrer, blanqueaba una helada machaza.
No exagero si le digo que cuando el matungo que andaba sacudía la cola mojada por el rocío, sonaba como cascabeles.
De repente “el barcino” se puso como loco toreando un zorrillo al que había agarrao el amanecer al descubierto, se le encresparon los pelos del lomo y ya no los pudo bajar hasta el medio día, se le habían congelao… Y había que aguantar nomá, como se pudiera, uno medio pobretón, andaba livianito de ropa y escaso de billetes pa' comprar poncho patria- relató el hombre viejo con lujo de detalles, como era su costumbre.
-Inviernos eran los de antes…- continuó Juan esperando con esta afirmación, contentar al viejo.
Pero este replicó enseguida: -No m'ijo, los inviernos son los mesmos, los que han cambiao son los hombres, ya naides quiere trabajar en campaña, toditos disparan p'al pueblo-.

-No hable por todos Don Julian, yo quiero seguir en el campo como mi abuelo y mi padre; contestó orgulloso el muchacho.
-Su abuelo…, que paisano duro p'al trabajo.
Si habremos tropeao juntos, recorriendo pagos que ni se imagina.
Una vuelta salimos de Artigas con una tropa de novillos que nos habían mandao a buscar el patrón.
Yo no soy muy baquiano en los números, pero le puedo decir que era tantos que Don Soria me mandó a la puntera y ya no los vi más hasta que llegamos a La Soledad.
Solo sentía los gritos de este y los demás arreando del fondo, cuando el viento estaba de ese lao.
No había pastoreos en el camino, por lo que dormíamos en la calle y por eso nunca abandonábamos la puntera.
Los últimos días ya venía pasando hambre, había liquidao el charque y la galleta de la maleta… a mate y cigarro era la cosa- seguía sus relatos Don Julian, sin abandonar el mate y tomando algún traguito de vez en cuando.
¿Cuándo no trabajaba en estancias, como se revolvía? preguntó Juan ansioso por escuchar más historias.
-En lo que fuera m'ijo, como quien dice nunca le hice asco a nada…, agarraba algún crudo pa' domar, contrabandeaba, o hasta ganaba el monte pa' cazar algo.
Recuerdo una vuelta que la lluvia estaba emperrada y no quería venir. Había una seca machaza y resolví salir pa'l monte en busca de hacer tumba pa' llevar pa'l rancho.
Era tan grande la seca que en el camino me llamó la atención una vaca reseca recostada contra el arranque de un alambrao, apuré mi lobuno viejo pa' espantarla y al querer moverse, a la pobre se le descoyuntaron todos los huesos, iba perdiendo hasta las costillas mientras intentaba disparar- retomó sus anécdotas el viejo, con una pícara sonrisa en la cara.
-Ya se afirmó de vuelta… replicó Juan.

-Pare que le sigo contado, la cosa no termina ahí, dentré en el monte con mi escopete vieja de un tiro solo.
La llevaba por costumbre porque no tenía plata ni pa' las municiones.
De repente vi un capibara distraído tomando agua en el finito hilo que quedaba en el arroyo.
Metí la mano en el bolsillo y lo único que encontré fueron un montón de clavos viejos que me habían sobrado del arreglo de unos bretes.
Cargué la herrumbrada vieja con estos y un poco de pólvora y sobre la corrida del animal disparé…, justo cuando pasaba frente a un enorme algarrobo.
Fue fácil degollarlo ya que había quedao clavao del garrón al árbol.
-Con esta me mató, no va pretender que crea esa historia- le dijo el mozo riendo, lo que le dió ánimo a Don Julian para seguir.

-Le voy a contar la última por hoy, ya es tarde y mañana hay que madrugar.
Cuando domaba, un día el patrón me encargó un petiso zaino pa'l gurí de él.
El chongo era malo como yara, al montarlo daba vueltas como cusco abichao en la oreja, y como no pudo hacerme comer pasto la primera vez que lo subí, el muy desgraciao disparó por la cuchilla y nos perdimos.
Pa' que no me perdieran el rastro, cuando el petiso paraba pa' dar un resuello, de arriba noma, pa' que no me fuera a dejar de a pié, con la espuela escribía en la tierra; Julian va con salú-.
-Ta mañana Don Julian…, esta si no se la llevo…!- se despidió Juan en una carcajada sola que le hacía doler la panza y perder lágrimas una tras otra.


BRUTAZO

Quizás hoy ya no se vean muchos como en otras épocas. Pequeños chacareros en la vuelta de los pueblos o ciudades que en forma casi artesanal, plantaban verduras, hacían conservas, ordeñaban alguna vaca, y lo producido lo vendían ahí mismo.
Trabajando la familia de sol a sol, daban vuelta el terrón con arado de manera, tirado por bueyes o caballos, sembraban a mano la semilla cosechada por ellos mismos, a los gurises era común verlos sentados a la orilla de los caminos, pastoreando las lecheras, sentados a la sombra, mascando algún pastito y con una piedra siempre a mano por si alguna mañosa buscaba subir a la calle.
Un toscaso certero en la guampa era santo remedio.

Don Olivera era uno de estos, famoso por lo trabajador pero también por lo bruto.
Invierno y verano, siempre livianito de ropa, con una boina negra calzada hasta las orejas, de pantalón remangado hasta la rodilla y alpargatas.
De pocas palabras pero siempre amable y servicial, cualquier vecino sabía que contaba con él en cualquier emergencia.

Había tenido mala suerte con los animales de tiro, el viejo frizón lo había tenido que jubilar y conseguir alguno tan noble como aquel era difícil.
Probó de todo pero nada lo conformaba y esto lo ponía de muy mal humor.
En una ocasión compró una mula a una fábrica que estaba lindera a su chacra.
Estas las usaban para tirar de grandes y pesados carros cargados de mercadería o material que se acarreaba de un lado a otro del predio.
El vecino las veía todo el día en ese trajín y convencido que era la solución, se decidió por una de ellas.

Contento con su compra, a la mañana siguiente, preparó los arreos y prendió el animal al arado.
Surco va surco viene, todo marchaba bien, hasta que sonó el silbato de hora de descanso en la fábrica.
Para sorpresa del chacrero, la muchacha se plantó en medio de la chacra y no hubo de cinchones, de gritos ni arreador, no caminó más hasta sentir nuevamente el sonido de aviso.

Vos sos porfiada, yo te acomodo….!!! pensó el hombre mientras se dirigió al galpón, para luego retornar al trabajo con una horquilla en la mano.
Cuentan los vecinos que nunca más se supo de la mula, después que, al sonar el silbato otra vez, sobre el plantón de la mañosa, el hombre la pinchó con la horquilla en el vacío.


Soldadito de Plomo

La noche es negra, el aire que se respira espeso, el terreno escabroso.
El escuadrón se mueve despacio, en silencio, con dificultad, sólo se escucha el golpear de los cascos de los caballos en la tierra que pisan con desconfianza buscando firmeza, golpear monótono que a veces se mezcla con el tosido de algún jinete o el resoplar de asombro de los mismos fletes.
Sólo se ve de vez en cuando, el rojo intenso de alguna brasa de cigarro cuando algún soldado aprovecha para pitar, y en forma intermitente, el resplandor de relámpagos en el horizonte, última señal de la tormenta que los ha acosado durante horas.

La marcha es segura, el baqueano conoce el rumbo sin precisar luz, el destino es incierto.
Quizás algunas leguas adelante se encuentren con el enemigo, los rebeldes, golpeados, heridos y con hambre, pero sin intención de rendirse, esperando el momento justo para el enfrentamiento, o no, quizás marchan lo más rápido posible buscando la frontera para estar a salvo.

Machado y Ojeda van en medio del pelotón, poco se conocen, lo suficiente para saber cómo llegaron ambos allí.
Al igual que la mayoría de sus compañeros, ninguno eligió ese destino.
Mientras juega con el soldadito de plomo en la mano, Machado piensa, se enoja consigo mismo, pero la impotencia lo hace volver a la realidad, pocas opciones da la vida al gaucho pobre en estas tierras hostiles.
Enrolados por la fuerza, arrancados de sus ranchos, de sus mujeres e hijos y algunos hasta de sus padres, jóvenes hechos hombres por las circunstancias, pelean por defender su vida y por no envejecer calaboceados en un cuartel, lejos de la pradera, el monte, los ríos y arroyos, las sierras, que son su vida y el verlos todos los días los mantiene vivos.

El primer resplandor del alba asoma sobre la cuchilla, regalando a la vista un hermoso color mezcla rojo y amarillo. Las figuras poco a poco van tomando forma, caras con rasgos de fatiga, heridas sangrantes, ropas rasgadas, signos de reciente batalla comienzan a verse con claridad.
El oficial al mando trata de disimularlo manteniéndose erguido sobre su cabalgadura y aprovechando las primeras luces para acomodarse la chaqueta y el sable.
Joven, flaco, de piel muy blanca, ojos pequeños, luce su bigote renegrido y prolijo como sus botas.
Machado lo mira mientras marchan, sabe que intenta mostrar seguridad, firmeza y experiencia, pero que no la tiene.
Observa su juguete como comparándolos, seguro ambos se derretirían ante la menor presencia de fuego.
Poco conoce de su jefe y de cómo llegó el soldadito a sus manos, solo recuerda que fue cuando era niño, mientras vivía con sus padres y que lo guardó como un tesoro, quizás por haber sido el único juguete en su vida.

La distracción del gaucho es interrumpida cuando Ojeda le llama la atención golpeándole el hombro y haciéndole una seña hacia un baqueano que regresa al galope desde el monte que se ve al frente.
Ambos observan e intentan escuchar las novedades que reciben el oficial y sus segundos.
La conversación va levantando de tono hasta transformarse en discusión.
Evidentemente internarse en la espesa vegetación por una única y angosta picada es muy arriesgado.
El baqueano intenta advertir en vano que los rebeldes conocen bien el territorio y éste es el lugar ideal para emboscar.

El soldadito de plomo tiene órdenes precisas y no las desobedecerá, debe continuar y no perder el rastro de los perseguidos, el grueso del ejército viene atrás, a poca distancia y pronto se unirán a ellos.
Su orgullo, soberbia y ansiedad no lo dejan razonar, quiere “atrapar la presa” antes que lleguen sus superiores.
No admite más discusiones y manda enérgicamente avanzar al galope.

La boca oscura del monte se va tragando uno a uno a los jinetes como si fuera un monstruo hambriento.
Machado y Ojeda, ante una órden del oficial, quedan en su custodia al borde de la entrada.
Por un instante se siente un silencio escalofriante, sus caballos remolinean como presagio de algo malo.
De golpe el monstruo comienza a rugir y sus fauces parecen cerrarse impidiendo la retirada.
Se confunde el ruido del choque de aceros con el zumbido de las moras, el quebrado de ramas con el chapoteo del agua, el grito de los paisanos con el relincho agónico de los animales.
El soldadito, nervioso, intercambia rápidas miradas entre la picada y los dos gauchos; estos bajan la cabeza escondiendo los ojos tras el ala del sombrero, evitándolo.
Machado aprieta con furia el juguete en su mano, casi hasta romperlo.
Ojeda busca la empuñadura de su facón.
Llegó el momento de hacer lo que ambos muchas veces habían pensado, no precisan hablarse, no hay tiempo para titubear.
Quizás la vida de matrero no sea peor que ésta….

…Sin mirar atrás, cerrando espuelas, paladeando un sabor amargo en la boca, galopan en dirección contraria al monte, mientras, a su sombra yacen, sobre un charco de sangre, el oficial con su garganta abierta y el soldadito de plomo.

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