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En
el agitado Dublín de 1922, Gypo Nolan, un tipo sin
oficio ni beneficio, expulsado del Ejército de Liberación
Irlandés y con tendencia a empinar el codo, sueña con
viajar a Estados Unidos en compañía de su novia, Katie,
que se gana la vida como prostituta. Animado por la
recompensa que ofrecen las autoridades, Gypo delata el
paradero del activista Frankie McPhillip, un viejo amigo
y compañero. Cuando los ingleses se disponen a
detenerle, Frankie intenta huir y muere acribillado a
balazos. Gypo comienza a sentir el peso del
remordimiento, pero lo alivia con monumentales
borracheras. Su comportamiento, y el dinero que
imprudentemente derrocha en bebida y juergas, levantan
las sospechas de sus ex-compañeros.
| EL DELATOR (THE
INFORMER, 1935) por Fernando Hugo Rodrigo |
A
la hora de contemplar un film antiguo, la tendencia
natural del espectador aficionado al cine es la del
respeto bien intencionado. Si uno es capaz de no
informarse de antemano sobre la película en cuestión,
y, por tanto, de no facilitar el prejuicio (ni positivo,
ni negativo), es muy probable que no se requiera esa
buena fe, e incluso que se lleve una sorpresa. El delator
(The Informer) es una obra del año 1935 y, sin embargo,
el lenguaje cinematográfico está ya casi plenamente
logrado. En los primeros cinco minutos ya tenemos
expuesto, sin apenas palabras, el tema y la situación.
El delator trata de la situación conflictiva de Dublín
en los años veinte, y lo hace a través de la sencilla,
y a la vez compleja historia de Gypo, un ex-colaborador
del IRA cuya delicada situación le lleva a traicionar a
un amigo por dinero.
La sencillez viene derivada del primitivo arco de
sentimientos de ese protagonista, rudo, emocional; la
complejidad, procede de que ninguna de estas características
le privan del remordimiento por lo cometido, ni del amor
cierto que ha movido sus acciones. Un personaje
atormentado pero perdido, enmarcado y enfrentado a unas
circunstancias donde parecen imposible los tonos grises (o
se está del lado de los "patriotas" del IRA, o
del de los ingleses) ya facilitarían el inevitable drama.
Pero en el momento en que se convierte al traidor en
protagonista, aquí subyace una intención de análisis,
y esto, más allá de las posibles intenciones del
director, John Ford, de expresar las simpatías por sus
raíces irlandesas. Tanto es así, que el resultado, poco
amable tanto para el fondo como para el protagonista,
hicieron que la RKO tuviera comprensibles dudas acerca de
la producción del film.
Hay quien afirmaría que hay ribetes expresionistas en
esta película. No iría yo tan lejos, pero es obvio que,
por medio del rodaje en estudios, la fotografía y la
ambientación, la noche dublinesa en la cual se
desarrolla toda la historia, apoya los claroscuros de ese
marco social y político: pobreza, calles oscuras, bares
donde apenas pueden servir copas que nadie puede pegar,
mujeres que han de prostituirse, juicios sumarísimos
llevados a cabo por la organización terrorista... No nos
situamos en el realismo habitual, sino en un tipo de cine
que utiliza todos sus medios para reconstruir un
ambiente, una atmósfera. De hecho, mucho de la primera
parte del film tiene poco que ver con el estilo habitual
de Ford, que posteriormente se definiría por ese tipo de
director que no se hace notar. Los efectos ópticos
utilizados para enfatizar ese cartel donde se expone la
recompensa por la entrega del militante del IRA, y sus
efectos como tentación (y luego como culpabilidad) en el
protagonista podrían juzgarse hoy como ingenuos. Pero
nos habla de un modo de comunicar sentimientos por el
lenguaje de la pura imagen, sin intervención de diálogos.
Tanto énfasis en la cantidad de la recompensa, veinte
libras, viene bien justificado, ya que facilita
precisamente un tipo de suspense peculiar, uno de los
elementos que mejor funcionan en esta película. A partir
de que a Gypo se le encarga, por parte de los gerifaltes
de la organización terrorista, el descubrimiento de quién
ha sido el delator, el espectador sabe que sospechan de
él. Van a vigilar cada uno de sus movimientos. Y, sin
embargo, Gypo se deja llevar por su simpleza. En lugar de
acudir a hablar con Katie, su novia, y darle las veinte
libras que ha obtenido de recompensa para ese soñado
viaje a América lejos de la pobreza, inicia una ronda de
alcohol, invitaciones colectivas, y demostración pública
de la fortuna recién conseguida. La continua alusión a
la cantidad de dinero que va gastando en sus copas (cálculo
que también realizan los agentes del IRA que le vigilan)
crea una sensación de irremediable pérdida de
oportunidades (ni siquiera le va a quedar para que Katie
pueda marcharse a América) en el espectador. Es la clase
de suspense en que sufrimos tanto por la decisión errónea
del protagonista que deseamos sacudirle y hacerle ver su
error. Intuimos por adelantado cómo va a acabar su
periplo por la noche de Dublín, pero sólo podemos
soportarlo...
Por supuesto, esto implica el riesgo de que acabemos
juzgando al protagonista como demasiado estúpido. En
cierto modo, una serie de casualidades impiden el ansiado
encuentro con Katie, pero no podríamos afirmar que es sólo
el azar el que le mueve en ese movimiento irreparable
hacia su propia perdición. No estamos, pues, ante una
tragedia: el destino de Gypo procede, como mucho, de sus
propias limitaciones psicológicas. No hablamos, claro
está, de un error de configuración del personaje por
parte del guionista o de la puesta en escena del director:
es claro que ambos intencionadamente nos ofrecen un
protagonista así de contradictorio. Lo que podemos
preguntarnos es si es excesivamente arriesgado, a pesar
de que el guión no nos oculte y justifique los orígenes
de su comportamiento. Así, si bien la traición tiene
motivaciones honradas, como su amor sincero por Katie o
su situación financiera delicada (justo por haber sido
repudiado por el IRA al no querer asesinar a un
prisionero inglés), lo que será su caída en el alcohol
nos enfrenta con más problemas. Es en donde más
chocamos con lo irresponsable y poco consecuente de sus
actos. Gypo bebe y se divierte para olvidar su condición
de Judas... y para ser aceptado. Quiere congraciarse con
todos, y a todos abraza, y a todos invita. Es una reacción
lógica, tras verse "apestado" por el IRA, por
aquel crimen que no pudo acometer. Con todo, la lógica
de una actitud ilógica tiene sus riesgos, y aquí ya
entraría la percepción personal de cada espectador. La
comprensión de Gypo es bien subjetiva, si bien hay
momentos en que la balanza se inclina claramente hacia
uno de sus extremos. Por eso es posible sentir ya asco,
cuando delata falsamente a un inocente sastre como el
autor de la traición, ya cierta conmiseración en la
escena en que un viejo aprovechado y tarambana, le
desprecia cuando cree que ya no le queda dinero que
"quemar", y luego regresa dócil, y simpático,
al percibir que el ya bien borracho Gypo aún tiene unas
libras que gastar.
Esto nos lleva a la interpretación de este personaje por
parte de Víctor McLanglen, actor que luego sería partícipe
de otros films de Ford, y que logró el oscar con este
papel. No hay duda de que su actuación es extrema. Gypo
golpea, grita, canta, se vitorea a sí mismo en arranques
etílicos, llora. A ratos es tan excesivo, como la
comprensión que se nos exige hacia sus actuaciones. ¿Es,
pues, una apuesta demasiado arriesgada por parte del
director?
No del todo, si nos analizamos más detenidamente el guión.
A medida que avanza la historia, el guionista Dudley
Nichols, ganador también del oscar, por esta adaptación
de una novela de Liam O´Flaherty, (y que sería
probablemente uno de los únicos cuyos méritos en la
historia del cine son innegables) nos da acceso a más
personajes y tramas. A priori esto sólo parecería
resultar en un contraste obvio entre el paralelo "viaje
etílico" de Gypo, y el drama que viven la madre y
la hermana del delatado (y asesinado por los ingleses), y
remataría la difícil identificación con el
protagonista. Pero si la película, en su primera parte,
destacaba por su sencillez de planteamiento, ahora crecen
las aristas de poner en escena la dudosa filosofía patriótica
del IRA. Por ello, lo que el film pierde de lenguaje
visual, lo gana un retrato coherentemente complejo de una
situación social y política: si el IRA no asesina al
delator Gypo, la lucha por la patria puede verse afectada.
Ya vamos intuyendo la esforzada exclusión de matices que
significa esta perspectiva, aunque es con el tremebundo
"juicio" particular del sastre acusado por Gypo
cuando ya nos topamos con su confirmación. El miedo de
este hombre corriente, sacado de la cama, y expuesto ante
unos "jueces" de la organización terrorista es
tan impactante, como el saber que todo es una mera treta
para acabar señalando a Gypo como culpable. Entonces,
aunque borracho, aunque mentiroso, no es posible no
sentir algo de empatía por nuestro protagonista, sobre
todo indefenso ante unas fuerzas mayores que no comprende...
pero que el propio espectador puede ver mejor no
comprender. Porque la cantinela del líder del IRA, del
sacrificio de Gypo por la causa es algo que se la repite
a la hermana del traicionado, pero es justo esta derivación
del guión hacia esta historia de amor la que permite una
visión distinta: ella pregunta, con tanta emoción como
sentido, de qué sirven tantas muertes... Y, al tiempo,
sabe que si Gypo queda indemne, puede que el precio sea
que el líder del IRA, o sea, su amado, muera o sea
detenido.
Llegado a este punto del film, cabe hablar del tono
religioso católico que Ford enfatiza. Hay quien afirma
que es éste su film más claro en un aspecto de su
ideología que nunca ocultó. Lo cierto es que el tema
del perdón gana protagonismo. Es a lo que apela Katie,
una vez averigua lo que Gypo ha hecho por ella; es a lo
que apela el propio Gypo, al final, ante la madre del
amigo traicionado y muerto. Este final es dramático pero
también coherente, y considero que el escenario (una
iglesia) está utilizado de forma coherente, pero sin un
posible énfasis que lleve a extremos de religiosidad
insultantes o meramente sentimentaloides.
Próximamente
Manuel
Castro - / 10 |
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