

Desde que la noticia del regreso del Emperador de su cautiverio en Elba, fugado a bordo del Inconstante, recorriese Europa entera -por supuesto, hasta los Urales- , las monarquías absolutas, los grandes Imperios del mundo: el incipiente británico, el viejo imperio ruso y el austríaco, comenzaron a movilizarse para detener nuevamente a Napoleón.
Así en pocas semanas, ejércitos enormes se dirigieron contra Francia.
Las ideas de la Revolución, los Derechos del Hombre, la Ilustración inoculada ya en el fermento social de Francia, se aprestaron para la defensa, para la última batalla. Nunca un pueblo estuvo tan unido ni tan sólidamente resuelto a todo como el francés en aquel tiempo. Este periodo histórico de incalculables repercursiones, que media entre marzo y junio de 1815, se conoce como LOS CIEN DIAS.
Nada hemos encontrado que pueda transmitirnos la emoción de aquella vivencia, que culmina en el terrible desastre de Waterloo, como la novela de Erkmann y Chatrian que lleva este nombre, Waterloo. En sus páginas alcanzamos una vivida emoción, raras veces alcanzada en la literatura universal. Leamos alguna de sus páginas:
"Cruzamos el Mosa el 12; el 13 y el 14 continuamos marchando por malos caminos a través de campos de trigo, de cebada, de avena, de cáñamo, que no concluian nunca. Hacía un calor extraordinario; el sudor me corría por debajo de la mochila y la cartuchera hasta los riñones...
Aquel mismo día, a eso de las siete, llegamos a Roly. El pueblo estaba ya ocupado por los húsares y nos hicieron vivaquear en un camino hondo, a lo largo de la vertiente.
Apenas habíamos puesto los fusiles en pabellones llegaron varios oficiales superiores. El comandante Gemeau, que acaba de apearse, montó otra vez a caballo y corrió a su encuentro; hablaron un instante y bajaron al camino, donde todo el mundo miraba, diciéndose:
-¡Algo ocurre!
Uno de los oficiales superiores, el General Pecheus, que conocimos después, mandó tocar llamada y nos gritö:
-¡Formad círculo!
Pero como el camino era demasiado angosto, los soldados subieron por los dos lados del talud; otros se quedaron abajo. Todo el batallón miraba, y el general se puso a desplegar un papel diciéndonos:
-¡ Proclama del Emperador!
En cuanto dijo eso, reinó un silencio tan profundo, que se hibiera dicho que el general estaba solo en medio del campo. Desde el último quinto hasta el comandante Gemeau, todo el mundo escuchaba: y aun hoy, cuando después de cincuenta años me acuerdo de ello, mi corazón se estremece: era una escena grande y terrible.
Vease lo que nos leyó el general:
"¡Soldados! Hoy es el aniversario de Marengo y de Friedland, que decidieron dos veces la suerte de Europa. Entonces, como después de Austerlitz, como después de Wagram, fuimos demasiado generosos, creímos en las protestas y en los juramentos de los príncipes a quienes dejamos en sus tronos. Hoy, empero, coaligados entre sí atacan la independencia y los más sagrados derechos de Francia. Han iniciado una agresión injustísima; marchemos a su encuentro; ellos y nosotros ¿no somos ya los mismos hombres?
Todo el batallón se estremeció y se puso a gritar: ¡Viva el Emperador! El general levantó una mano y nos callamos, escuchando con más avidez aún.
"¡Soldados! En Jena, contra esos mismos prusianos, tan arrogantes hoy, éramos uno contra tres, y en Montmirail uno contra seis. Aquellos de vosotros que han sido prisioneros de los ingleses, que os describan los pontones y los males horribles que allí han sufrido.
Los sajones, los belgas, los hannoverianos, los soldados de la Confederación del Rhin, gimen al verse obligados aprestar sus brazos a la causa de los príncipes, enemigos de la justicia y de los derechos de todos los pueblos; saben que la coalición es insaciable; después de haber devorado doce millones de polacos, doce millones de italianos, un millón de sajones, seis millones de belgas, devorará los estados de segundo orden de Alemania.
¡Insensatos! Una propseridad momentánea los ciega: la opresión y la humillación del pueblo francés están fuera de su poder. Si entran en Francia, encontrarán aquí su tumba.
Soldados: Tenemos que hacer marchas forzadas, dar batallas, correr peligros; pero con nuestra constancia lograremos la victoria, reconquistaremos los derechos del hombre y la felicidad de la Patria. Para todo francés que tenga corazón ha llegado la hora de vencer o morir."
Napoleón
Nadie puede imaginarse el clamoreo que entonces se levantó; era un espectáculo que engrandecía el alma; hubiérase dicho que el emperador nos había infundido su espíritu batallador, y no pedíamos más que ir al combate."