La Leyenda Napoleónica
A
la caída definitiva de Napoleón siguieron años de
existencia oscura y triste. Sólo su recuerdo, llevado de aldea en aldea
por los veteranos supervivientes del Gran Ejército, contribuían a
hacer llevadera una existencia cimentada en el recuerdo de las glorias
alcanzadas y los sufrimientos
padecidos.
Los nombres de las victorias iniciales, de los tiempos en que las fronteras se
ensanchaban cada día , pronto comenzaron a suplir la memoria de las
postreras derrota y humillaciones, en el corazón de los franceses. Por otra parte, en
toda Europa, aun en vida del propio Napoleón, aun los países que
le combatieron, comenzaron a admirar, incluso más que temieron, la figura del proscrito emperador.
En Inglaterra, fue el propio Wellington quien dedicó sus esfuerzos a
magnificar la memoria del Emperador a quien de forma tan aleatoria venciera en
las colinas de Waterloo, incluso dedicando a su rival un museo que aún
permanece. En España, las cortes de Cádiz comenzaron a rehabilitar
a los tan perseguidos “afrancesados” dotando a la nación de una
Constitución de signo liberal, tan próxima a los empeños
del buen Rey José. En Rusia, las sociedades secretas preparaban la
revolución liberal que pretendía dotar a la patria de elementos
europeos de progreso y abolir la servidumbre,
y que habría de desembocar en el movimiento decembrista, tan
sentido y elogiado por Pushkin. En Italia, se preparaban los grandes temas
nacionales y la “cuestion romana” iniciaba su largo periplo de vicisitudes
que conduciría en la revolución garibaldina. En América,
Bolívar, asistente a la coronación de Napoleón, soñaba
con un panorama de libertades, que habría de alumbrar a tantas y tanto
importantes como pequeñas Repúblicas. En Austria, la burguesía conspiraba ya
contra las pretensiones de la Santa Alianza, en tanto Alemania, imbuída
de las ensoñaciones románticas de Goethe y Beethoven vivía
el período de su afirmación nacional.
leyenda crecía y crecía...
Cuando Les Cases, tras regresar de la isla , hizó públicos en Europa sus "Máximas y Pensamientos del Prisionero de Santa Elena", un año escaso antes de la muerte de Napoleón, la Leyenda era tan importante que asustaba a los políticos europeos, aún no repuestos de las terribles convusiones vividas. En ellas el Emperador, exagerando un tanto muchos presupuestos, se manifestaba al mundo como benefactor, protector de los pueblos de Europa frente a los abusos del absolutismo, de la sociedades frente a sus gobernantes, del orden que conduciría al bienestar de una Europa unida y feliz, como el soñó... Cuando el 5 de Mayo de 1821, a las cinco de la tarde,Napoleón expiraba en su lejana prisión oceánica del hemisferio sur, la Leyenda afirma que un trueno espantoso , acompañado de rayos, paralizó la ciudad de París.
Tan lejos de la teatralidad de la corte borbónica, culpable de dos invasiones de la Coalición enemiga, culpable del asesinato legal del mariscal Ney, valiente entre los valientes, tan amado por los viejos veteranos sin empleo; régimen culpable de haberse mofado públicamente de la Legión de Honor, la medalla de los bravos y los espíritus insignes, instituída por el emperador; régimen responsable de aquel aburrido devenir de tan pobres expectativas, ... Napoleón había muerto alejado de su amada capital, sólo, asesinado según su propia estimación. La leyenda se agigantaba. Lo mismo en las tabernas como en las Academias de ciencias, entre los juristas, admiradores del Código Civil que tan magistralmente definiera, entre los militares profesionales, en las plazas, en las escuelas como en las casas, Napoleón vivía en las conversaciones, en las canciones, en las recién inventadas litografías que adornaban las paredes de las más modestas habitaciones...
Cuando
los detalles dolorosos del cautiverio de Napoleón y de las afrentas que
su grado recibiera del gobernador británico de Santa Elena, Hudson
Lowe, fueron conocidos por la opinón pública, así
como la consciencia general existente, que la realidad habría de
confirmar , de que su hijo, el Rey de Roma, permanecía prácticamente
prisionero en la adversaria Austria alejado de la memoria de su Padre, el amor y
el respeto hacia Napoleón se sacralizaron en Francia y otros países,
un clamor de indignadas desafecciones iban preparando el camino hacia las
llamadas revoluciones románticas, hijas del bonapartismo y auténticas
madres del pensamiento europeo.
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Así describe un testigo el momento del regreso del cuerpo de Napoleón a su capital, el 14 de Diciembre de 1840, tras una emotiva travesía de dos meses :
"El cañón ruge, doblen los campanas, las banderas se inclinan. Al filo del mediodía entre un frío que recuerda la retirada de Rusia, pero bajo un sol que evoca el de Austerlitz, avanza la carroza arrastrada por dieciséis caballos cubiertos de terciopelo violeta con las armas del Imperio. ¡ Bajo la cúpula de oro formada por los emblemas, las guirnaldas, los trofeos soportando la corona de gloria y de espinas, el emperador, oculto, es visible no obstante! Sí, se le ve oficial pobre, general, cónsul, vencedor, vencido, cautivo, siempre grande. Con su murmullo recogido, la multitud, como en éxtasis, parece aclamarle todavía, pero suavemente, para no turbar su descanso: su última conquista..."

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