



MEMORIA DE SOMOSIERRA
A unos 90 kilómetros de Madrid, en la localidad
situada a más altura de la región central de España, 1.490 metros, se encuentra Somosierra. Situada en el
punto culminante de la sierra de Guadarrama, al extremo de un desfiladero
abierto entre montañas, Somosierra es lugar obligatorio en el acceso a la
Capital de España. Tanto los antiguos caminos Reales como posteriores autopistas atravesaban el desfiladero o
cruzan, mediante modernos túneles, sus estribaciones. Aquí, en la madrugada del
30 de noviembre de 1808, el emperador Napoleón I, dispuesto a “poner orden”en
los asuntos de España, ordenó el combate a la caballería ligera de su guardia,
dando lugar a un episodio militar que ha pasado a los anales más gloriosos del
arma de caballería, y que forma parte ya de la historia inmortal de la
epopeya.
Estamos viendo los ocho kilómetros del camino recorrido por la caballería ligera polaca, cuesta arriba, en pendiente pronunciadísima, evitando los disparos de los enemigos que ocupaban las cimas, en un ejercicio de enorme esfuerzo tanto para las pobres cabalgaduras como para los jinetes, enarbolando la lanza o el sable, (empleando, con escasas variaciones, las mismas armas con las que César atravesó el Rubicón), montaña arriba, en medio de la niebla y la pólvora. Cuatro baterías compuestas por cuatro cañones cada uno, eran empleadas por los españoles para atormentar las columnas de infantería francesa que vacilantes escalaban las escarpadas laderas que bordean Somosierra. Caían los pobres infantes a centenares, rodando por el embarrado terreno, cuando Napoleón a golpe de catalejo vislumbró una inmediata solución: la caballería ligera debía cargar sobre aquellas mortíferas bocas de fuego, situadas escalonadamente a lo largo de un terrible camino ascendente. La caballería polaca estaba impaciente por mostrar su valor al emperador, y comenzó aquella carga heroica y terrible.
Es emocionante encontrarse en Somosierra, al pié de la ermita, porque en éste lugar se encontraban emplazados los últimos cañones y allí el emperador se desprendió de ruz de la Legión de Honor, y la cinta roja quedó prendida en el pecho del oficial polaco que coronó la carga. No fueron más de quinientos los muertos de la acción y los cuarenta mil hombres que componían el ejército francés atravesaron sin mas complicaciones el terrible paso montaraz, pero la gloria de aquella carga de la caballería ligera permanecerá para siempre en la historia del arma ecuestre.
Hoy, casi doscientos años después, Somosierra sigue siendo un pequeño pueblo. Incluso posee actualmente menos habitantes que los existentes en el momento de la batalla. Asombra al visitante mirar desde el punto de la Ermita en dirección a Boceguillas, inicial cuartel general francés durante la acción, y observar el tremendo desnivel, que casi en forma de rampa, se extiende ante nuestros ojos. Ahí fue la batalla y ahí ascendieron los jinetes en medio de la niebla. Hasta el emperador, tan poco dado al asombro, con seguridad quedó sorprendido de la proeza desarrollada por su Guardia. Descendemos hasta el lugar que se supone fue punto de partida de la carga y descubrimos las ruinas de un puente de piedra labrada, hoy oculto entre la hiedra. Un camino para vacas y ovejas cubre hoy la ruta inicial y árboles y maleza se han apoderado de todos los lugares.
A los pocos años del suceso, pintores de origen polaco y francés, recorrieron Somosierra, visitaron su modestísimas ermita e iglesia, y recorrieron los caminos, bordeados de pinos y encinares. Escrutaron en la búsqueda de recuerdos de aquella terrible lucha, pero a veces el destino de la gloria es inexorable: nada pudo encontrarse conmemorativo o mero recordatorio de la batalla. A los pocos años, apenas quedan testimonios físicos no ya tanto del combate, como de la posterior presencia de la avanzadilla francesa que quedó encomendada de custodiar el punto que tanto esfuerzo había costado ganar. Hermosos cuadros que reflejan distintos aspectos de la peripecia , hoy se encuentran en diversos museos europeos, siendo los que se hallan en tierra polaca, indudablemente, los de mayores valores artisticos. Entre ellos destaca uno en el que el motivo central son los jinetes polacos, cabalgando cuesta arriba en un contraluz en el que las sombras y las luces asemejan ser evocaciones de El Greco.
El alma de aquella España herida en su corazón por el rayo de la tormenta europea que se abatió sobre ella, posee aún en la pintura que intuye la acción de Somosierra, una magia de aquelarre y de autos de fé desgarrada y doliente. Aquéllos españoles, reflejados por la imaginación de los artistas, (también por el genio de muchos escritores) como fanáticos intransigentes y desharrapados, frailes que empuñan la cruz en la zurda, mientras con la diestra abren fuego, chiquillos que alegres pretenden arrebatar las armas al enemigo caído, son los mismos que aparecen en los cuadros de Goya y de Lucas, ora apuñalando un mameluco, ora desjarretando un toro o azuzándole al paso de una procesión. Así, en Somosierra, aquellos españoles de aquella hora, mas tarde asesinos del propio general que los mandaba, no pudieron detener el empuje magnífico de los jinetes polacos, quedando para hora postrera el triunfo reaccionario del último Fernando y con él, el retorno de los mismos cuadros imponentes que conforman mil desgracias nacionales.
D. José Medina, cura párroco de Somosierra , es el hombre que desde hace más de cuarenta años está trabajando por conservar la memoria de éstos acontecimientos históricos. Sonriente, comenta que Napoleón se cruza en su camino desde hace muchos años, y ello no ha sido precisamente una fuente de especiales satisfacciones. En la casa parroquial, un edificio pobre y desgalichado, (existente cuando la batalla) él ha ido guardando los pequeños tesoros que unos y otros han conseguido rescatar del olvido común que sumerge a las cosas. Hoy una bala de cañón, ayer, el botón de una casaca, mañana… quién sabe. Diferentes visitantes, algunos miembros de asociaciones culturales napoleónicas de diferentes partes, viajeros polacos retornados al lugar en que combatieron sus antepasados o incluso alguna asociación de reconstrucción histórica han pasado por la casa aportando diferentes objetos, escritos y recuerdos. Nosotros, admiradores de Napoleón, y sobre todo, de su época irrepetible, nos presentamos como asociación allí, pero… qué pequeños son nuestros medios y con cuanta facilidad enmudecemos, casi de impotencia, en aquellos escenarios del pasado. Advertimos nuestra debilidad de medios e incluso de conocimientos ante la tarea de contribuir, que es obviamente nuestro deseo ferviente, a la creación de éste museo, único probablemente en el mundo, erigido a la presencia del Emperador en España.
Por eso, con toda humildad, nuestra asociación se pone en contacto con las Instituciones que forman el universo Napoleónico con el objeto de solicitar todas las colaboraciones posibles para la consolidación de éste proyectado Museo que venga a rendir homenaje en un país, geográficamente tan próximo a Francia, pero de la que los avatares históricos tanto nos han alejado. Si pensamos que la historia militar de Polonia tiene aquí un bastión de glorias cimeras, que aquí Napoleón estableció la abolición del Tribunal de la Inquisición, de tan cruel memoria para muchas generaciones de españoles, que aquí el Emperador, con su decisión, abrió una brecha en uno de los obstáculos naturales más colosales de Europa, que él estuvo aquí, respirando el aire perfumado de encinares y colmó de honores a uno de los regimientos mas fieles de la historia, frente a ésta humilde ermita, en éstas alturas coronadas de cielos azules y tan propios del Greco como de Velázquez, el corazón se estremece y no nos duele pedir la ayuda de todos los enamorados de Napoleón y su epopeya, para el desarrollo de esta casita-museo que vio el paso de aquellas legiones de gigantes comandadas por –nos acordamos de Mezherovski- la posible recreación del sol olímpico en su camino hacia el ocaso. El miedo, el frío, el cansancio, el olor a la pólvora y la muerte, fueron presentes –aún presentidos- también en la vieja calzada de Somosierra, como eternos componentes de la guerra, pero en éste caso, era la mano del Emperador la que dirigía, mandaba y alentaba. Una de las más conocidas representaciones gráficas de la batalla reproduce la imagen de Napoleón pasando revista a las tropas vencedoras con las manos a la espalda, según su costumbre. Las manos nerviosas aparecen apretadas con gesto nervioso, y sobre las bocamangas ,los símbolos imperiales. Magnífico, cómodo, con su célebre sombrero rematando la imagen del héroe dentro del modelo clásico que conocemos. Napoleón en persona: todo un acontecimiento, el hombre cuya presencia añadió a la historia el aliento de una nueva modernidad e hizo del viejo fantasma de la guerra un instrumento de libertad, aunque no menos doliente y temible por ello, pero ésta vez al servicio de las nacionalidades y los pueblos. Nuevo vino en odres nuevos. También esto se presiente en los viejos muros y en los campos de éste severo, trágico y casi intemporal escenario.
El Círculo Napoleón, pequeña sociedad europeísta española que tiene como principal objetivo recuperar la memoria del gran emperador de Europa, el que buscó la unidad del continente y muchas veces hubo de hacerlo en medio de las batallas, solicita de todas las instituciones del Mundo Napoleónico, con muchas de las cuales está relacionado, o de personas particulares interesadas en el tema, que presten su apoyo, en la medida que puedan hacerlo, a este buen sacerdote católico que necesita cualquier tipo de recuerdo, libro, cuadro u objeto relacionado con el Emperador o con la batalla, con el objeto de aportar algo a ésta pequeña casa-museo bicentenaria, casi perdida en la montañas de Somosierra, en que se quiere guardar la memoria del hombre y su época. Para ello rogamos se pongan en contacto con nosotros o con él en las direcciones que indicamos. Piensen que ésta aportación contribuirá tal vez a mejorar el conocimiento de las generaciones venideras acerca de éste hombre, que tantas veces prefirió las duras rutas de campaña a los jardines elegantes y el sonido marcial de las trompetas -recreación del romano cuerno cabrío - a las músicas y murmullos de la corte palaciega, y que tal vez por ello, en esta austera y recia casa de montaña que vió su paso, encuentre digno acomodo a su memoria.