Austerlitz

 

 

 

 

    Entretanto, el príncipe Andrés yacía en las alturas de Pratzen, en el mismo sitio donde había caído con el asta de la bandera en la mano. Desangrábase y profería gemidos débiles como los de un niño.

    Al atardecer dejó de quejarse: había perdido el conocimiento. De pronto, volvió a abrir los ojos. No se daba cuenta del tiempo transcurrido y sentíase de nuevo renacer a la vida a causa de una dolorosa herida que le martilleaba las sienes.

    "¿Dónde  está aquel cielo sin fondo que he visto esta mañana y que antes no conocía?...-fué su primer pensamiento. Y también estos sufrimientos me eran desconocidos. Sí, no sabía nada, nada hasta ahora. Pero ¿dónde estoy?"

    Aguzó el oído y oyó el ruido de varios caballos y de voces que iban acercándose hacia él. Al oír que hablaban francés no se atrevió a volver la cabeza. Seguía mirando a aquel cielo tan alto encima de él, cuyo azul insondable asomaba a través de ligeras nubecillas.

Aquellos ginetes eran Napoleón y dos ayudantes de campo. Bonaparte hacía una visita de inspección por los campos de batalla y había dado órdenes para reforzar las baterías emplazadas en dirección a la presa de Auhest. En aquel momento examinaba a los heridos y muertos abandonados sobre el terreno.

-Voilá une belle mort-dijo Napoleón mirando a Bolkonski.

    El príncipe Andres comprendió que era el propio Napoleón quien pronunciaba aquellas palabras que indudablemente se referían a él. Sin embargo, no lograron despertar en él ningún interés y en seguida las olvidó. Su cabeza ardía. A medida que iba perdiendo sangre sentía debilitárse sus fuerzas y no veóa ante él más que aquel cielo lejano y eterno. Había reconocido a Napoleón, su héroe, pero en aquel momento ¡que pequeño e insignificante le parecía aquel hombre en comparación con lo que pasaba entre en su alma y aquel cielo sin límites! Érale ya indiferente que  se detuviera alguien cerca de él y lo que pudieran hablar, pero, no obstante, se alegraba de que aquellos hombres hubiesen hecho alto a su lado y deseaba que lo auxiliaran y lo volviesen a la vida, que tan bella le parecía ahora que la comprendía de otro modo. Hizo acopio de todas sus fuerzas para moverse un poco y articular algún sonido; levantó ligeramente una pierna y lanzó un débil gemido.

-¡Ah, está vivo! -Dijo Napoleón. Levantad a este joven hombre y llevadlo al puesto de socorro. Y acto seguido se dirigió Napoleón a recibir al general Lannes que, sonriendo, se descubrió ante el Emperador y le felicitó por la victoria.

 

Lev Tostoi. Guerra y Paz

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