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La Colección presenta:
El retrato de Dorian Gray ~
Oscar Wilde
PREFACIO
El artista es el creador de cosas bellas.
Revelar el arte, ocultando al artista: tal es el fin del arte.
El crítico es aquel que puede traducir en un nuevo modo o una
materia distinta su impresión de las cosas bellas.
La más alta, como la más baja forma de critica, es siempre
una especie de autobiografia.
Los que encuentran un sentido feo en cosas bellas son corrompi-dos
sin ser seducidos. Esto es un defecto.
Los que encuentran un sentido bello en las casas bellas son los entendimientos
cultos. Para éstos todavía hay esperanza.
Son los escogidos aquellos para quienes las cosas bellas sólo
sig-nifican Belleza.
No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien o
mal escritos. Simplemente.
La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Caliban
al ver su propia faz en un espejo.
La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de
Ca-liban al no ver su propia faz en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los materiales del artis-ta;
pero la moral del arte consiste en el uso perfecto de un medio im-perfecto.
Ningún artista desea demostrar nada. Hasta las verdades pueden
ser demostradas.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía
ética en un ar-tista es un imperdonable amaneramiento del estilo.
Ningún artista es jamás morboso. El artista puede expresarlo
to-do.
Pensamiento y palabra son para el artista instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son para el artista materiales de un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el arquetipo de todas las artes
es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento,
el oficio del actor es el arquetipo.
Todo arte es ala vez superficie y símbolo.
Los que van más adentro de la superficie, hácenlo así
a cuenta y riesgo propios.
Los que descifran el símbolo, hácenlo así a cuenta
y riesgo pro-pios.
Es el espectador, y no la vida, lo que realmente el arte refleja.
Diversidad de opinión sobre una obra de arte prueba que la obra
es nueva, compleja y vital.
Cuando los críticos están en desacorde, el artista esta
de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre que haga una cosa útil, con tal
de que no la admire. La sola excusa de hacer una cosa inútil es
admirarla inmensamente.
Todo arte es completamente inútil.
CAPITULO PRIMERO
Un intenso olor de rosas llenaba el estudio, y cuando, entre los árboles
del jardín, se levantaba la brisa, llegaban por la puerta abierta
el denso aroma de las filas o el más delicado perfume de los agavanzos
en flor.
Desde el rincón del diván de alforjas persas en que yacía,
fuman-do, según costumbre, cigarrillo tras cigarrillo, Lord Henry
Wotton podía divisar el resplandor dorado de las flores color de
miel de un cítiso, cuyas ramas trémulas apenas parecían
capaces de soportar el peso de tan flamante belleza, y de cuando en cuando,
las sombras fan-tásticas de los pájaros cruzaban las largas
cortinas de seda que cubrían el ancho ventanal, produciendo una
especie de efecto japonés momen-táneo, y haciéndole
pensar en esos pintores de Tokyo, de rostro jade pálido, que por
medio de un arte forzosamente inmóvil tratan de dar la impresión
de la rapidez y el movimiento. El zumbido adusto de las abejas, abriéndose
camino a través de la alta hierba sin segar, o revo-loteando con
monótona insistencia en torno de las polvorientas cabe-nielas doradas
de una dispersa madreselva, parecía hacer aún más
abrumadora esta quietud. El sordo estrépito de Londres era como
el bordón de un órgano lejano.
En el centro de la habitación, sostenido por un caballete, veíase
el retrato, de tamaño natural, de un joven de extraordinaria belleza,
y frente a di, sentado a poca distancia, al pintor en persona, Basil Ha-llward,
cuya súbita desaparición pocos años antes había
causado tanta sensación y dado origen a tantas extrañas conjeturas.
Contemplaba el pintor la forma grácil y encantadora que tan
diestramente reflej ara su arte, y una sonrisa de satisfacción cruzó
su rostro, pareciendo demorarse en él. Pero, de pronto, estremeciéndose,
cerró los ojos y oprimióse los párpados con los dedos,
como si quisiera aprisionar en su cerebro algún extraño sueño,
del que temiera desper-tar.
—Es tu mejor obra, Basil; lo mejor que has hecho hasta ahora —dijo
Lord Henry, lánguidamente -. Debes enviarla el año próximo
ala exposición Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado
vulgar. Siempre que he ido, o había tanta gente que no he podido
ver los cuadros, cosa sumamente desagradable, o tantos cuadros que no he
podido ver la gente, cosa peor todavía. Realmente, Grosvenor, es
el único sitio.
—Creo que no lo enviaré a ninguno —contestó el pintor,
echando hacia atrás la cabeza con aquel ademán singular que
tanto hacía reír a sus condiscípulos de Oxford -.
Sí; a ninguno.
Lord Henry enarcó las cejas, mirándole con estupor a
través de las tenues espirales azules en que se rizaba caprichosamente
el humo de su cigarrillo opiado.
—~,Qué no piensas enviarlo a ningún sitio? ¿Y
por qué, puede sa-berse? ¿Tienes algún motivo? ¡Qué
gente tan absurda sois los pintores! Andáis de coronilla para haceros
una reputación, y en cuanto la conse-guís, parecéis
deseosos de echarla a rodar. Una tontería; pues sólo hay
una cosa en el mundo peor que el que se hable mal de uno, y es que no se
hable. Un retrato como éste te colocaría a cien codas por
encima de todos los pintores jóvenes de Inglaterra, y haría
rabiar de envidia a los viejos, si es que los viejos son todavía
capaces de alguna emoción.
—Sé que vas a reírte de mí- replicó el
pintor -; pero te aseguro que realmente no puedo exponerlo. He puesto demasiado
de mi mismo en él.
Lord Henry se repatingó en el diván, soltando la carcajada.
—Sí, ya sabía que te reirías; pero, a pesar de
todo, es verdad.
—~Demasiado de ti mismo en él! Palabra de honor, Basil: no sabía
que fueras tan presuntuoso. Te aseguro que no veo la menor semejanza entre
tú, con esa cara ceñuda y viril, y este joven Adonis, que
parece hecho de marfil y de rosas. ¡Caramba!, querido Basil: éste
es un narci-so, y tú... claro que tienes una expresión inteligente,
no hay que decir. Pero la belleza, la verdadera belleza, acaba donde comience
una expre-sión intelectual. La inteligencia es en sí misma
un modo de exagera-ción, y destruye la armonía de cualquier
rostro. Desde el momento en que uno se sienta para meditar, se vuelve todo
nariz, o frente, o cual-quier otra cosa horrenda. Fíjate en los
hombres que sobresalen en todas las profesiones doctas. Son, sencillamente,
repugnantes. Excepto, claro está, en la Iglesia. Pero es porque
en la Iglesia no piensan. Un obispo continúa diciendo a los ochenta
lo que le enseñaron a decir a los diez y ocho; por eso, y como consecuencia
natural, siempre resulta delicioso. Tu misterioso amigo, cuyo nombre todavía
no me has dicho, peco cuyo retrato realmente me fascina, no piensa nunca;
estoy completamente seguro. Es una criatura admirable y sin seso, para
tener en invierno, cuando no hay flores que mirar, y en verano, cuando
necesitamos re-frescar el entendimiento. No te hagas ilusiones, Basil;
no te pareces a él lo más minimo.
—No me has entendido, Hany —contestó el artista -. Naturalmente
que no me parezco a él. Lo sé de sobra. Y, realmente, sentiría
parecer-me a él. ¿Te encoges de hombros? Te estoy diciendo
la verdad. En toda preeminencia, fisica o intelectual, hay una especie
de fatalidad: esa fatalidad que parece seguir la pista, a través
de la historia, de los pasos vacilantes de los reyes. Es mejor no diferenciarse
demasiado de los demás. Les feos y los necios tienen la mejor parte
en este mundo. Pue-den sentarse a sus anchas y bostezar ante la farsa.
Y si nada saben de la victoria, tampoco tienen conocimiento de la derrota.
Viven como todos deberíamos vivir: tranquilos, indiferentes y sin
sacudidas. Ni llevan la ruina a los demás, ni la reciben de manos
ajenas. Tú, con tu posición y tu riqueza, Hany; yo, con mi
talento, con mi arte, valga mucho o poco; Donan Gray, con su belleza, todos
tendremos que sufrir por aquello que los dioses nos han concedido, y sufriremos
terriblemente.
—~,Dorian Gray? ¿Conque ése es su nombre? —preguntó
Lord Hen-ry, dirigiéndose hacia Basil Hallward.
—Sí; ése es su nombre. No pensaba decírtelo.
~Y por qué no?
—~Oh! No puedo explicártelo. Cuando quiero a alguien de verdad,
no me gusta decir su nombre a nadie. Es como ceder una parte de él.
Me he acostumbrado a amar el secreto. Es lo único que puede hacernos
la vida moderna misteriosa y sorprendente. La cosa más vulgar se
vuelve deliciosa en cuanto alguien nos la esconde. Yo, cuando me voy al
campo, nunca digo adónde. Si lo hiciera, perdería todo encanto.
Es una mala costumbre, lo confieso; pero no deja de traer cierto elemento
novelesco a la vida de uno... ¿Qué, me crees loco de remate?
—De ningún modo —replicó Lord Henry -, de ningún
modo, queri-do Basil. Pareces olvidar que estoy casado, y que el único
encanto del matrimonio es que hace absolutamente necesaria a ambas partes
una vida de superchería yo nunca sé dónde está
mi mujer, y mi mujer nun-ca sabe dónde ando yo. Cuando nos encontramos
-a veces nos encon-tramos, por casualidad, cuando comemos juntos en alguna
casa o bajamos a ver al duque -, nos contamos las historias más
absurdas, con la mayor seriedad del mundo. Mi mujer es en esto una notabilidad;
muy superior a mí. Jamás se confunde en las fechas, y yo
sí. Pero cuando me coge en alguna, no me hace escenas. A veces me
gustaría que las hiciese; pero no, se contenta con reírse
de mí.
—Detesto esa manera de hablar de tu vida conyugal, Hany —dijo Basil
Hallward, dirigiéndose hacia la puerta que conducía al jardín
-. Estoy seguro de que eres un buen marido; pero te avergüenzas de
tus propias virtudes. Eres un ser realmente extraordinario. No dices una
sola casa moral, y no haces ninguna inmoral. Tu cinismo no es más
que una pose.
—La naturalidad no es más que una pose, y la más irritante
de las que conozco —exclamó Lord Henry, echándose a reír.
Y salieron ambos al jardín, sentándose en un largo banco
de bam-bú que había a la sombra de un gran laurel. El sol
resbalaba sobre las hojas bruñidas. Unas cuantas margaritas blancas
se estremecían entre la hierba.
Al cabo de una pausa, Lord Henry miró su reloj.
—Tengo que irme, Basil —murmure; pero antes insisto en que me contestes
a la pregunta que te hice hace un rato.
—~,Qué pregunta?—-dijo el pintor, sin levantar has ojos.
—De sobra lo sabes.
—Te aseguro que no.
—Bueno, te la repetiré. Quisiera que me explicases por qué
no quieres exponer el retrato de Dorian Gray. El verdadero motivo.
—Ya te lo dije.
—No me lo dijiste. Dijiste que era a causa de lo mucho de ti mis-mo
que había en ese retrato. Pero eso es una puerilidad.
—Hany -dijo Basil Hallward, mirándole en los ojos -, todo retrato
pintado con emoción es un retrato del artista, no del modelo. Éste
no es más que el accidente, la ocasión. No es él el
revelado por el pintor, sino más bien éste quien, sobre el
lienzo pintado, se revela a sí mismo. El motivo por el que no quiero
exponer este retrato es que temo haber mostrado en él el secreto
de mi propia alma.
Lord Henry se echó a reír.
—~Y qué secreto es ése? —preguntó.
—Voy a decírtelo -dijo Hallward. Pero una expresión de
perpleji-dad cruzó su rostro.
—Soy todo oídos, Basil —exclamó su amigo, mirándole
de reojo.
—~Oh!, poco hay que contar, Hany —contestó el pintor -. Y mucho
temo que no lo entiendas. Puede que ni siquiera lo creas.
Lord Henry sonrió, e inclinándose, arrancó de
entre la hierba una margarita de pétalos rosados.
—Tengo la seguridad de que te comprenderé —replicó, contem-plando
atentamente el botón dorado con su corona de pétalos -; y
en cuanto a creerte, yo puedo creer todo, con tal de que sea increíble.
El viento desprendió algunas flores de los árboles, y
las lilas es-pesas, con sus penachos de estrellas, se balancearon en el
aire lángui-do. Un saltamontes comenzó su chirrido junto
al muro y, como una hebra azul, pasó una libélula larga y
tenue, sostenida por sus alas de gasa parda. Lord Henry creyó sentir
los latidos del corazón de Basil, y aguardó con impaciencia
lo que iba a oír.
—La historia es ésta -dijo el pintor al cabo de un rato -: Hace
dos meses fui a una de esas apreturas en casa de Lady Brandon que ésta
llama sus reuniones. Tú sabes que nosotros, pobres artistas, tenemos
que exhibirnos de cuando en cuando en sociedad, lo preciso para re-cordar
a la gente que no somos unos salvajes. Con un frac y una corbata blanca,
como tú dices, todo el mundo, hasta un agente de Bolsa, puede dárselas
de civilizado. Bueno; llevaba ya diez minutos en el salón conversando
con viudas emperifolladas y académicos aburridos, cuando, de pronto,
tuve la sensación de que alguien estaba mirándome. Me volvía
medias, y vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nues-tros ojos se encontraron,
sentí que me ponía pálido. Un extraño senti-miento
de terror se apoderó de mí. Comprendí que me hallaba
frente a alguien cuya simple personalidad fisica era tan fascinadora que,
si me abandonaba, absorbería por completo mi vida, mi alma, mi arte
mismo. Y yo no quería influencia externa alguna en mi existencia.
Tú sabes, Hany, lo independiente que soy por naturaleza. Yo siempre
he sido mi propio amo; por lo menos, hasta que encontré a Dorian
Gray. Enton-ces... Pero ¿cómo explicártelo? Algo parecía
advertirme de que me hallaba al borde de una terrible crisis en mi vida.
Tuve como el extraño presentimiento de que el Destino me tenía
reservados exquisitos delei-tes y sufrimientos exquisitos. Sentí
miedo, y me volví para salir del salón. No fue la conciencia
lo que me hizo obrar así, sino una especie de cobardía. Me
faltó la confianza en mí mismo, en mis propias fuer-zas.
—Conciencia y cobardía son realmente una misma cosa, Basil.
La conciencia es la marca de fábrica; eso es todo.
—No lo creo, Hany, y espero que tú tampoco. De todos modos,
fuera cual fuera el motivo —quizás el orgullo, porque yo era entonces
bastante orgulloso -, lo cierto es que me precipité hacia la puerta.
Allí, naturalmente, me tropecé con Lady Brandon. !?c,No pensará
usted en marcharse tan pronto, Mr. Hallward?!?, chilló. ¿Recuerdas
la voz tan estridente y tan rara que tiene?
—Sí; es un pavo real en todo, excepto en la belleza —dijo Lord
Henry, deshojando la margarita con sus dedos largos y nerviosos.
—No pude librarme de ella. Me presentó a una porción
de altezas, y a señores con grandes cruces y jarreteras, y a damas
maduras con diademas gigantescas y narices de papagayo. Habló de
mí como de su más querido amigo. No me había visto
más que una vez, pero se le metió en la cabeza lanzarme.
Creo que por entonces había obtenido gran éxito algún
cuadro mío; por lo menos se había charlado de ello en los
diarios de medio penique, que son la pauta de la inmoralidad en el siglo
XIX. De pronto, me encontré frente afrente con el joven cuyo rostro
me había tan singularmente conturbado. Estábamos muy cerca,
casi tocándonos. Nuestros ojos se encontraron de nuevo. Fue temerario
por mi parte, pero rogué a Lady Brandon que me presentara. Después
de todo, quizás no fue tan temerario. Era, simplemente, inevitable.
Nos habríamos hablado sin presentación. Estoy seguro; y Donan
me ha dicho lo mismo después. El también había sentido
que estábamos des-tinados a conocernos.
—~,Y qué te dijo Lady Brandon de ese maravilloso joven? —pre-guntó
Lord Henry -. Sé la manía que tiene de dar un rápido
compendio de todos sus invitados. La recuerdo presentándome a un
truculento y colorado anciano, todo cubierto de encomiendas y condecoraciones
y susurrándome al oído, en un trágico cuchicheo que
todo el mundo podía oír, los detalles más estupefacientes.
Claro que inmediatamente me batí en retirada. Yo soy de los que
gustan de conocer a la gente por sí mismos. Pero Lady Brandon trata
a sus invitados exactamente como un perito tasador sus mercancías.
O los explica de tal modo que los agota, o cuenta minuciosamente todo,
menos lo que a uno le interesaría saber.
—~Pobre Lady Brandon! Eres duro con ella, Hany —exclamó Ha-llward
negligentemente.
—Amigo mío, trató de fundar un salón, y no ha
conseguido más que abrir un restaurant. ¡Cómo podría
admirarla! Pero sigue, ¿qué te dijo sobre Donan Gray?
—~Oh!, vaguedades, algo por este estilo: !?Muchacho encantador... Su
pobre madre y yo absolutamente inseparables... Completamente olvidado en
qué se ocupa.. .Temo que... no se ocupe en nada... ¡Ah, sí,
toca el piano... ¿o es el violín, misto Gray?!?. Ninguno
de los dos pudi-mos contener la risa ¡ ,y, sin más, nos hicimos
amigos.
—La risa no es un mal comienzo de amistad, y es, de con mucho, el mejor
fin de cualquiera —dijo el joven lord, arrancando otra marga-rita.
Hallward sacudió la cabeza.
—Tú no sabes lo que es la amistad, Hany, ni la enemistad —mur-muró
-,sobre todo en este caso. Tú quieres a texto el mundo, lo que viene
a ser como no querer a nadie.
—~Qué horrible injusticia! —exclamó Lord Henry, echándose
hacia atrás el sombrero y levantando los ojos hacia las nubes, que,
como enmarañadas madejas de seda blanca y lustrosa, navegaban a
la deriva por la cóncava turquesa del ciclo estival.
Sí, eres horriblemente injusto. Yo establezco una gran diferencia
entre la gente. Escojo mis amigos por su buen aspecto, mis conocidos, por
su buen carácter, y mis enemigos por su buen entendimiento. Todo
cuidado es pero en la elección de enemigos. Yo, todavía no
he tenido ninguno tonto. Todos son hombres de cierta inteligencia, y, por
tanto, me aprecian. ¿Es vanidad? Sí, quizá sea vanidad.
—No te quepa duda, Hany. Pero, ateniéndonos a tus categorías,
yo debo ser simplemente un conocido.
—Querido Basil, tú eres mucho más que un conocido.
—Y mucho menos que un amigo. Una especie de hermano, ¿no?
—~Oh, hermanos! ¡Para lo que me importan a milos hermanos! Mi
hermano mayor se empeña en no morirse, y los pequeños parece
que no saben hacer otra cosa.
—~Hany! —exclamó Hallward, frunciendo el entrecejo.
—Querido Basil, ya puedes comprender que no hablo completa-mente en
serio. Pero no puedo menos de detestar a mis parientes. Pue-de que esto
provenga de que no ¡celemos soportar que tos demás tengan
los mismos defectos que nosotros. Yo simpatizo en absoluto con la rabia
de la democracia inglesa contra lo que llaman los vicios de las clases
altas. La plebe comprende que el alcoholismo, la estupidez y la inmoralidad
son de su propiedad exclusiva, y que es entrar en su vedado el que uno
de nosotros se embrutezca a semejanza de ellos. Cuando el pobre Southwark
fue a los Tribunales con motivo de su divorcio, la indignación fue
inmensa. Y, sin embargo, no creo que ni el diez por ciento del proletariado
viva muy correctamente.
—No estoy conforme con una sola palabra de las que has pronun-ciado,
y es más, Hany, estoy seguro de que tú tampoco.
Acaricióse Lord Henry la barba oscura, cortada en punta, mien-tras
con su bastón de ébano con borlas se daba unos golpecitos
en el zapato de cuero fino.
—~Cuidado que eres inglés, Basil! Es la segunda vez que me haces
esa observación. Si se ofrece alguna idea a un verdadero inglés
-cosa siempre bastante temeraria —, jamás se le ocurrirá
pensar si la idea es buena o mala. Lo único que para él tiene
importancia es si uno cree en ella. Ahora bien: el valor de una idea nada
tiene que ver con la sinceri-dad del hombre que la expone. Realmente, mientras
más insincero sea el hombre, más probabilidades hay de que
la idea sea de mayor pureza intelectual, ya que en este caso no se habrá
visto influida por sus nece-sidades, inclinaciones o prejuicios. Pero,
en fin, no me propongo dis-cutir de política, sociología,
ni metafisica contigo. Me interesan las personas más que sus principios,
y las que no tienen ninguno, más que nada en el mundo. Continúa
hablándome de Dorian Gray. ¿Le ves a menudo?
—Todos los días. No me sería posible vivir tranquilo
si no le viese todos las días. Me es completamente indispensable.
—~Extraordinario! Nunca hubiera creído que te preocupases de
otra casa que de tu arte.
—El es ahora todo mi arte —repuso el pintor gravemente -. A veces pienso,
Hany, que no hay más que dos eras de alguna importancia en la historia
del mundo. La primera, es la aparición de un nuevo medio de arte;
y la segunda, la aparición de una nueva personalidad para el arte.
Lo que la invención de la pintura al óleo fue para los venecianos,
y el rostro de Antino para la escultura griega de la decadencia, será
algún día para mi el rostro de Dorian Gray. No es que me
sirva de modelo para pintar, dibujar o imaginar. Claro que he hecho todo
esto. Pero es para mí mucho más que un modelo. No quiere
esto decir que esté descontento de mi trabajo, ni que su belleza
sea tal, que el arte no pueda expresarla. No hay nada que el arte no pueda
expresar, y yo sé que mi trabajo, desde que encontré a Dorian
Gray, es bueno, lo mejor que he hecho en mi vida. Pero, en cierto modo
—no sé si me compren-derás -, su personalidad me ha sugerido
otra manera de arte, una mo-dalidad de estilo completamente nueva. Veo
ahora las cosas de un modo distinto, las concibo diferentemente. Puedo
dirigir mi vida por un camino que hasta ahora me había estado oculto.
!?Un sueño de for-mas en días de pensamiento...!? ¿Quién
ha dicho esto? Lo he olvidado, pero esto es lo que ha sido para mi Dorian
Gray. La sola presencia de este muchacho —pues, para mi, a pesar de haber
cumplido los veinte, no pase de ser un muchacho -, su simple presencia
visible... ¡Ah! ¡Si tú supieras lo que para mí
significa! Inconscientemente define para mí las líneas de
una nueva escuela, una escuela que tuviese en sí toda la pa-sión
del espíritu romántico, toda la perfección del espíritu
griego. La armonía del cuerpo y del alma, ¡nada menos! Nosotros,
en nuestra demencia, los hemos separado, inventando un realismo que es
vulgari-dad, un idealismo que es vacío. ¡Ah, Hany, si tú
supieras lo que Donan Gray significa para mí ¿Te acuerdas
de aquel paisaje mío, por el que Agnew me ofreció un precio
tan exorbitante, y del que no quise des-prenderme? Es una de las cosas
mejores que he hecho. ¿Y sabes por qué? Pues porque, mientras
lo pintaba, Dorian Gray estaba sentado junto a mí. Alguna influencia
sutil pasaba de él a mí, pues por primera vez en mi vida
vi en el paisaje la maravilla que siempre había buscado, sin encontrarla
jamás.
—~Basil, eso que me cuentas es extraordinario! Es preciso que yo conozca
a Dorian Gray.
Haliward se levantó del banco, poniéndose a caminar de
arriba abajo por el jardín. AI cabo de unos momentos volvió.
—Hany —dijo -; Dorian Gray no es para mí más que un motivo
de arte.
Tú, es posible que novieras nada en él. Yo, lo veo todo.
Nunca está más presente en mi obra que cuando no veo ninguna
imagen suya. Es, como te he dicho, el surgimiento de una nueva modalidad.
Lo en-cuentro en las curvas de ciertas líneas, en el encanto y sutileza
de algu-nos colores. Eso es todo.
—Entonces, ¿por qué no expones su retrato? —preguntó
Lord Hen-ry.
—Porque, sin querer, he puesto en él como una expresión
de toda esta extraña idolatría artística, de la que,
naturalmente, nunca le he dicho nada a él. Él nada sabrá
nunca de ella. Pero los demás podrían adivinarla; y yo no
quiero desnudar mi alma ante ojos superficiales y fisgones. Mi corazón
no será colocado bajo su microscopio. Hay de-masiado de mí
mismo en este retrato, Hany... ¡demasiado!
—Los poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil
que es la pasión a sus libros. Hoy, un corazón destrozado
alcanza una porción de ediciones.
—Por eso los aborrezco -exclamó Hallward-. El artista debe crear—
co sas bellas; pero sin—poner en ellas n da de su propia vida. Vivimos
en una época en que los hombres tratan el arte como si no fuera
otra cosa que una forma de autobiografia. Hemos perdido el sentido abs-tracto
de la belleza. Algún día yo enseñaré al mundo
lo que es. Por esto, el mundo no verá nunca mi retrato de Dorian
Gray.
—Creo que haces mal, Basil; pero no quiero discutir contigo. Sólo
los que no tienen remedio intelectual se empeñan en discutir. Dime:
Donan Gray, ¿te tiene mucho afecto?
El pintor quedó pensativo unos instantes.
—Sí -contestó al fin -; sé que me tiene afecto.
Claro que yo le mi-mo lastimosamente. Encuentro un placer singular en decirle
cosas que sé que sentiré haberle dicho. Generalmente está
muy cariñoso conmi-go, y nos sentamos en el estudio y hablamos de
una porción de cosas. De cuando en cuando, sin embargo, es terriblemente
aturdido, y parece complacerse en hacerme sufrir. Entonces comprendo, Hany,
que he entregado mi alma entera a un ser que la trata lo mismo como si
fuera una flor que prenderse en el ojal, una condecoración que halaga
la vanidad, el adorno de un día de verano.
—Los días de verano son largos —murmuró Lord Henry -.
Quizás seas tú el primero que se canse. Es doloroso de pensar;
pero no cabe duda de que el genio dura más que la belleza. Esto
explica por qué nos tomamos tanto trabajo en instruirnos. En la
lucha sin tregua de la vida necesitamos algo que perdure; por eso llenamos
nuestra mente de ri-pios y de hechos, en la necia esperanza de conservar
nuestro sitio. El hombre enterado de todo: tal es el ideal moderno. Y el
espíritu de este hombre enterado de todo es una cosa abominable,
un baratillo, todo monstruos y polvo, todo tasado en un precio más
alto que su valor. En fin, sea lo que sea, creo que tú serás
el primero en cansarte, un día mirarás a tu amigo, y lo encontrarás
un poco desdibujado, o no te gus-tará su tono de color, o cualquier
otra cosa por el estilo. Y se lo repro-charás amargamente en tu
corazón, y creerás con toda seriedad que se ha portado muy
mal contigo. Al día siguiente estarás con él perfecta-mente
frío e indiferente. Lástima grande, porque empezarás
a cambiar. Lo que me has contado es toda una novela, una novela de arte,
por decirlo así; y lo peor de tener una novela, sea del género
que sea, es que le deja a uno tan poco novelesco...
—Harry, no hables así. Mientras viva, la personalidad de Donan
Gray me dominará. Tú no puedes sentir como yo siento. Tú
cambias con tanta, facilidad...
-~Ah, querido Basil, precisamente por eso puedo sentirlo! Los que permanecen
fieles no conocen más que el lado trivial del amor; sólo
los; infieles saben de sus tragedias.
Y sacando una cerilla de una deliciosa fosforera de plata, Lord Henry
encendió otro cigarrillo, con aire convencido y satisfecho de sí
mismo, como si hubiera resumido el mundo en una frase. Un murmullo indistinto
de píos de gorriones salía de las hojas verde laca de la
hiedra, y las sombras azulencas de las nubes se perseguían sobre
la hierba. ¡Qué delicioso estaba el jardín! ¡Y
qué deliciosas eran las emociones de los demás!... Mucho
más deliciosas, para gusto de él, que sus ideas. El alma
propia y las pasiones ajenas: tales eran las cosas sugestivas de la vida.
Con mudo deleite se representaba el lunch que se había perdido por
estar tanto tiempo con Basil Hallward. De haber ido a casa de su tía,
seguramente hubiera encontrado allí a Lord Goodbody, y toda la conversación
habría versado sobre la manutención del pobre y la nece-sidad
de asilos modelos. Cada clase habría predicado la importancia de
aquellas virtudes cuyo ejercicio no era necesario en su vida propia. El
rico hablaría del valor del ahorro, y el ocioso se volvería
elocuente al tratar de la dignidad del trabajo. ¡Qué felicidad
haber escapado de todo esto! De pronto, al pensar en su tía, se
le ocurrió una idea. Volviéndose hacia Hallward, dijo:
—Querido, acabo de acordarme...
—c~Acordarte de qué, Hany?
—De donde he oído el nombre de Dorian Gray.
—~,Dónde?—preguntó Hallward, frunciendo levemente el
ceño.
—No pongas esa cara, Basil. Fue en casa de mi tía Lady Agatha.
Me contó que había descubierto a un joven maravilloso, que
se dispo-nía a ayudarla en sus obras de caridad y que se llamaba
Donan Gray. Debo confesar que no me dijo ni una palabra acerca de su hermosura.
Las mujeres no tienen el sentido de la belleza masculina; pon lo menos,
las mujeres honradas, me dijo que era un muchacho muy formal y de muy bueno
s sentimientos. Me imaginé enseguida un ser con gafas y pelo lacio,
espantosamente pecoso y contoneándose sobre unos pies inmensos.
Me hubiera gustado saber que era tu amigo.
—Pues yo celebro en extremo que no lo supieras, Hany.
—~,Por qué?
—Porque prefiero que no lo conozcas.
—~,Qué prefieres que no le conozca?
—Sí.
—Mn. Dorian Gray está en el estudio, señor —dijo el mayordomo,
entrando en el jardín.
—Pues, ahora, no vas a tener más remedio que presentármelo
—ex-clamó Lord Henry, echándose a reír.
Volvíase el pintor hacia el criado, que permanecía de
pie en el sol, parpadeando.
—Dile a Mn. Gray que tenga la bondad de esperar, Parker, que voy en
seguida.
Inclinóse el criado y se netinó.
Entonces, mirando a Lord Henry, dijo Hallwand:
—Donan Gray es mi amigo más querido. Es una naturaleza senci-lla
y recta. Tu tía tenía razón en lo que dijo. No me
lo eches a perder. No trates de influenciarlo. Tu influencia sería
perniciosa. El mundo es ancho y lleno de senes interesantes. No separes
de mía la única persona que da a mi arte todo el encanto
que éste pueda tener; mi vida de artista depende de él. Tenlo
en cuenta, Hany; confio en ti.
Hablaba muy despacio, como si a pesar suyo se le escapasen las palabras.
—~ Qué tonterías estás diciendo! -exclamó
Lord Henry, con una sonrisa.
Y cogiendo a Hallward pon un brazo le condujo casi hacia el es-tudio.
CAPITULO II
Al entrar vieron a Dorian Gray. Estaba sentado al piano, de es-paldas
a ellos, hojeando un cuaderno de las Escenas del Bosque, de Schumann.
—Tienes que prestármelas, Basil —gritó-. Es necesario
que las aprenda. Son deliciosas.
—Depende de como poses hoy, Dorian.
—~Oh!, estoy harto de pescan. ¡Y pana la falta que me hace un
re-trato de tamaño natural! —contestó el mancebo, dando media
vuelta sobre el taburete del piano, con ademán malhumorado y voluntarioso.
Cuando vio a Lord Henry, un ligero rubor coloneó sus mejillas,
mientras se ponía en pie precipitadamente.
—Perdona, Basil, peno no sabía que tenías visita.
—Es Lord Henry Wotton, Dorian, uno de mis antiguos amigos de Oxford.
Precisamente le acababa de decir lo bien que posabas, y ahora has venido
a estropearlo.
—Peno no ha estropeado mi satisfacción de conocerle, Mn. Gray
-dijo Lord Henry, adelantándose con la mano tendida -. Mi tía
me ha hablado con frecuencia de usted. Es usted uno de sus favoritos, y
temo que también una de sus víctimas.
—SAy!, me parece que he caído en desgracia con Lady Agatha —conte
stó Dorian, con un cómico visaje de arrepentimiento -. Le
había prometido in con ella a un círculo de Whitechapel,
el jueves pasado, y me olvidé en absoluto. Teníamos que tocan
a cuatro manos una pieza; no, tres piezas, me parece. No sé lo que
va a decirme. Sólo el pensa-miento de in a verla me asusta.
—~Bah!, yo haré las paces. Ella le quiere a usted mucho. Y,
real-mente, no creo que haya tenido importancia la falta de usted. Es proba-ble
que el auditorio creyese que era a cuatro manen. Cuando mi tía Agatha
se pone al piano hace ruido pon dos.
—Es usted muy mato con ella, y no muy amable conmigo —con-testó
Donan, echándose a reír.
Lord Henry le miró con atención. Sí, ciertamente
que era de una belleza maravillosa, con sus labios rojos, deliciosamente
modelados, y sus ojos azules e ingenuos y sus rizos de oro. Había
algo en su rostro que, desde el primer momento, inspiraba confianza. Todo
el candor de la juventud y toda su apasionada pureza. Se comprendía
que aún el mundo no había contaminado. Nada tenía
de extraño el culto de Basil Hallward.
—Es usted demasiado seductor pana dedicanse a la filantropía,
Mn. Gray... demasiado seductor.
Y Lord Henry se neclinó en el diván, sacando su pitillera.
El pintor había permanecido ocupado mezclando los colores y
limpiando sus pinceles, con una cierta expresión de malestar. Al
oír las últimas palabras de Lord Henry levantó los
ojos hacia él, vaciló un instante, y al fin dijo:
—Harry, quisiera terminan hoy este retrato. ¿Sería una
impertinen-cia que te rogase nos dejaras trabajar?
Lord Henry sonrió, minando a Dorian Gray.
—~,Debo irme, Mn. Gray? —preguntó.
—~Oh!, de ningún modo, se lo ruego, Lord Henry. Veo que Basil
está hoy de mal talante, y cuando se pone así no se le puede
aguantar. Además, deseo que me explique usted pon qué no
debo dedicarme a la filantropía.
—~ Oh!, no sabría qué contestan a usted, Mn. Gray, Es
un tema tan enojoso, que tendríamos que tratarlo en serio. Peno
me quedané, ya que usted lo desea. ¿Te parece bien, Basil?
Muchas veces te he oído decir que te gustaba que tus modelos tuviesen
con quién hablan.
Hallward se mordió los labios.
—Desde el momento que Donan lo quiere, inútil decir que debes
quedarte. Los caprichos de Dorian son ley para todos, excepto para él.
Lord Henry cogió su sombrero y sus guantes.
—Enes muy amable, Basil, peno tengo que irme. Tengo una cita en el
Onléans. Hasta la vista, Mn. Gray. Venga usted a yerme una de estas
tardes. A eso de las cinco estoy casi siempre. Peno póngame usted
dos letras. Sentiría infinito que no me encontrara.
—Basil —exclamó Dorian Gray -; si Lord Henry Wotton se va, me
voy yo también. En cuanto te pones a pintan no dices esta boca es
mía, y resulta espantosamente aburrido estar de pie sobre mi tarima,
tenien-do que ponen cara sonriente. Dile que se quede. Tengo verdadero
inte-rés en que se quede.
—Quédate, Hany, haznos ese favor a Dorian y a mí —dijo
Ha-llward, sin levantar los ojos del cuadro -. Es cierto, cuando me pongo
a trabajar no hablo, ni oigo y comprendo que mis infortunados modelos se
aburran mortalmente. Te suplico que te quedes.
—Peno, ¿y mi cita?
El pintor se echó a reír.
—No creo que eso sea un inconveniente. Anda, vuelve a sentarte, Hany.
Y ahora, Dorian, sube a la tarima y no te muevas demasiado ni hagas caso
de lo que te diga Lord Henry. Su influencia es nociva para todos sus amigos,
con mi única excepción.
Subió Dorian Gray a la tarima, con el aine de un joven mártir
griego, haciendo una pequeña mueca de enfado a Lord Henry, al que
ya había tomado cierta simpatía. ¡Era tan diferente
de Basil! Hacían un contraste delicioso. ¡Y tenía una
voz tan agradable! Al cabo de pocos instantes le dijo:
—~,Es cierto que ejerce usted una mala influencia sobre sus ami-gos,
Lord Hemy? ¿Tan mala como dice Basil?
—No hay influencia buena, Mn. Grey. Toda influencia es inmo-ral...
inmoral, desde un punto de vista científico.
—~,Pon qué?
—Porque influencian a una persona es prestarle nuestra propia al-ma.
No piensa ya sus pensamientos naturales, ni ande con sus propias pasiones.
Sus virtudes dejan de ser suyas. Sus pecados, si es que hay pecados, son
de segunda mano. Se convierte en el eco de una música ajena, en
el actor de un papel que no había sido escrito para él. El
fin de la vida es el desenvolvimiento de la personalidad. Realizar nuestra
propia naturaleza cabalmente: pana esto hemos venido. Hoy los hom-bres
se asustan de sí mismos. han olvidado el más alto de sus
deberes, el deben que uno se debe a sí mismo. Sí, son caritativos;
dan pan al hambriento y vestido al mendigo. Peno sus propias almas se mueren
de hambre y van desnudas. El valor ha abandonado a nuestra raza. Quizás
nunca lo tuvimos. El temor a la sociedad, que es La base de la moral; el
temor de Dios, que es el secreto de la religión: tales son las dos
fuerzas que nos gobiernan. Y, sin embargo...
—Vuelve un poco más la cabeza hacia la derecha. Dorian; sé
buen chico -dijo el pintor, sumergido en su obra, peno dándose cuenta
de que el rostro del mancebo tenía ahora una expresión que
nunca viera hasta entonces.
—Y, sin embargo —continuó Lord Henry, con su voz queda, musi-cal,
y aquel suave ademán de la mano tan característico suyo y
que ya tenía en sus días de Eton (12 Uno de los colegios
más aristocráticos de Inglaterra, fundado en 1440 por Enrique
VI, en los alrededores de Londres, a la orilla izquierda del Támesis)
-, creo que si un hombre se atreviera a vivir su vida plena y totalmente,
a dar forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento, realidad
a cada ensueño... creo que el mundo cobra-ría de nuevo un
ímpetu tal de alegría, que olvidaríamos todas las
en-fermedades del medievalismo, y tornaríamos al ideal helénico...
a algo quizá más bello, más rico que el ideal helénico.
Peno hasta el más au-daz de nosotros tiene miedo de sí mismo.
La mutilación del salvaje tiene su trágica supervivencia
en la nenuncia de sí mismo que frustra nuestras vidas. Y somos castigadas
pon ello. Cada impulso que lucha-mos pon estrangulan, germina en el espíritu
y nos envenena. El cuerpo peca una vez, y acaba con su pecado, pues la
acción es una especie de purificación. Nada queda entonces,
excepto el recuerdo de un placer, o la voluptuosidad de un arrepentimiento.
El único medio de libranse de una tentación es ceder a ella.
Resistid, y vuestra alma enfermará de deseo pon las cosas que se
ha vedado a sí misma, de concupiscencia pon aquello que sus leyes
monstruosas han hecho ilícito y monstruoso. Se ha dicho que los
grandes acontecimientos del mundo tienen lugar en el cerebro. En el cerebro
también, y sólo en el cerebro, tienen lugar los grandes pecados
del mundo. Usted mismo, Mn. Gray, usted mismo, con su juventud colon de
rosa y su blanca infancia, usted ha tenido pasiones que le han dado miedo,
pensamientos que le han llenado de terror, sueños dormido y sueños
despierto, cuyo simple recuerdo bastaría para teñir de vergüenza
sus mejillas...
—~Basta! —balbuceó Donan Gray -, ¡basta! Me aturde usted.
No sé que decir. Siento que a todo eso hay una respuesta; peno no
puedo hallarla. No hable usted mías. Déjenle pensar. O más
bien déjeme que trate de no pensar.
Durante casi diez minutos quedó inmóvil, con los labios
entrea-biertos y en los ojos un brillo extraño. Se daba cuenta,
indistintamente, de que una influencia nueva obraba en él. Sin embargo,
le parecía como si esta influencia proviniese realmente de sí
mismo. Las pocas palabras que el amigo de Basil le había dicho —palabras
casuales, sin duda, y llenas de premeditadas paradojas- habían conmovido
en él alguna cuenda secreta, no tonada hasta entonces, peno que
ahora sentía vibrante y latiendo en extrañas pulsaciones.
La música le había conmovido ya de ese modo. La música
le ha-bía turbado muchas veces. Peno la música no es definida.
No es un mundo nuevo, sino un nuevo caos lo que crea en nosotros. ¡Palabras!
¡Simples palabras! ¡Cuán terribles son! ¡Qué
claras, y vivas, y crueles! ¡Imposible escapar de ellas! Y, sin embargo,
¡qué magia sutil reside en ellas! Parecen capaces de dar forma
plástica a cosas informes y poseen una música propia tan
dulce como la música del violín o del laúd. ¡
Simples palabras! ¿Hay acaso nada más real que las palabras?
Sí; cosas había en su infancia que él no pudo
entender. Ahora las comprendía. Súbitamente, la vida se tornaba
de colon ele fuego para él. Le parecía haber marchado hasta
entonces a través de llamas. ¿Cómo no se había
dado cuenta?
Sonriendo con su sonrisa sutil, Lord Henry le observaba. Sabía
el momento psicológico preciso en que debía guardar silencio.
Sentíase profundamente interesado. Y en extremo sorprendido de la
impresión instantánea que sus palabras produjeran; y recordando
un libro que había leído a los dieciséis años,
libro que le había revelado muchas cosas que antes ignoraba, se
preguntaba si Dorian Gray estaba pasando pon una experiencia análoga.
El no había hecho más que disparar una flecha al aine. ¿Había
dado en el blanco?... Realmente, era un mucha-cho interesante.
Hallwand seguía pintando con aquella pincelada audaz y segura
que le caracterizaba y que tenía ese refinamiento y delicadeza perfecta
que en arte, pon lo menos, solo da la fuerza. Ensimismado en su trabajo
no se daba cuenta del silencio.
—~Basil, estoy cansado de posar! —exclamó, al fin Dorian Gray
-. Me voy a sentar al jardín. Aquí hace un aine sofocante.
—Perdona, querido Dorian. Ya sabes que cuando pinto no pienso en otra
cosa. Peno nunca has ¡osado mejor. No te has movido en lo más
mínimo. Y he logrado el efecto que buscaba... los labios entrea-biertos
y la minada brillante. No sé lo que te habrá estado diciendo
Hany; peno lo cierto es que te ha hecho ponen una expresión maravillo-sa.
Supongo que habrán sido cumplidos. No debes creerle ni una sola
palabra.
—Puedes estar seguro de que no me ha dicho ningún cumplido.
Quizá sea ésa la razón de que no crea nada de lo que
me ha estado diciendo.
—De sobra sabe usted que sí -dijo Lord Henry, minándole
con sus ojos lánguidos y soñadores -. Iré al jardín
con usted. place un calor horrible en este estudio. Basil, danos algo fresco
de beben, algo con fresas.
—Con mucho gusto, Hany. Toca el timbre, y cuando venga Parker se lo
diré. Tengo que acaban este fondo; así que dentro de un rato
iré a reunirme con vosotros. No retengas demasiado tiempo a Dorian.
Nunca me he sentido tan en vena de trabajar. Esto lleva camino de ser mi
obra maestra. Sí: tal como está es ya mi obra maestra.
Cuando Lord Henry salió al jardín, encontró a
Dorian Gray con el rostro escondido entre las lilas frescas, aspirando
febrilmente su per-fume, como si bebiese: un vino exquisito. Acercándose
a él le puso una mano en el hombro.
—Hace usted bien —musitó -. Sólo los sentidos pueden
cunar el al-ma, así como el alma es lo único que puede cunar
los sentidos.
El adolescente se estremeció y volvióse hacia él.
Llevaba la cabe-za desnuda, y las hojas habían descompuesto sus
rizos rebeldes, enma-rañando sus donadas hebras. Tenía en
los ojos una expresión medrosa, como una persona a quien acaban
de despertar bruscamente. Las aletas de su nariz, finamente dibujadas,
palpitaban, y una oculta emoción hacía temblar el carmín
de sus labios.
—Sí —continuó Lord Henry -,ése es uno de los grandes
secretos de la vida: curar el alma pon medio de los sentidos, y los sentidos
pon medio del alma. Es usted un ser privilegiado. Sabe usted mas de lo
que cree saber; peno menos de lo que desea saber.
Donan Gray frunció el entrecejo, volviendo a otro lado la cabeza.
No podía menos de sentir simpatía pon aquel hombre alto,
esbelto, en pie frente a él. Su rostro aceitunado y romántico,
su expresión cansada, le interesaban. Había en su voz queda
y lánguida, un no sé qué absolu-tamente fascinador.
Sus manos frías, blancas, semejantes a llores, te-nían también
un encanto singular. Movíanse, al hablan, musicalmente, como si
tuvieran un lenguaje propio. Peno le daba miedo, y vergüenza de tener
miedo. ¿Pon qué le había sido reservado a un extraño
el reve-larle a sí mismo? A Basil Hallwand le conocía desde
hacía unos cuan-tas meses, y su amistad nunca le había turbado.
Y, de pronto, alguien se había interpuesto en su vida para revelarle
el misterio de la vida. Sin embargo, ¿qué había en
ello que pudiera asustarle? Él no era un cole-gial ni una niña.
Era absurdo tener miedo.
—Vamos a sentarnos a la sombra —dijo Lord Henry-. Parker nos ha traído
ya de beben, y si permanece usted más tiempo a este sol, se es-tropeará
usted el cutis, y Basil no volverá a pintarle. Realmente, no debe
usted dejar que el sol le queme. Sería una lástima.
~Y qué importa? -exclamó Dorian Gray, riendo y tomando
asiento en el banco que había a un extremo del jardín.
—A usted debería importarle mucho, Mn. Gray.
—~,Pon qué?
—Porque tiene usted la juventud más maravillosa, y la juventud
es la única cosa que vale la pena de ser deseada.
—No soy de esa opinión, Lord Henry.
—Sí; ahora no lo es usted. Día llegará, cuando
sea usted viejo y arrugado y feo, cuando el pensamiento le haya devastado
con sus sun-cos la frente, y la pasión quemado los labios con sus
fuegos repugnan-tes, en que lo será usted. Ahora, adonde quiera
que vaya, triunfará usted. Peno ¿será siempre así?...
Ahora tiene usted un rostro de una belleza maravillosa, Mn. Gray. No frunza
usted el ceño. Lo tiene. Y ha belleza es una de las formas del genio;
más alta, en vendad, que el genio, ya que no necesita explicación.
Es una de las grandes realidades del mundo, como la luz del sol, o la primavera,
o el reflejo en las aguas oscuras de esa concha de plata que llamamos luna.
No puede ponerse en duda. Es una soberanía de derecho divino. Hace
príncipes a quienes la poseen. ¿Sonríe usted? ¡Ah!,
cuando la haya pendido no sonreirá usted... Con frecuencia se dice
que la belleza es cosa superficial. Qui-zás. Peno, en todo caso,
no es tan superficial como el pensamiento. Para mí, la belleza es
la maravilla de las maravillas. Unicamente los superficiales no juzgan
pon las apariencias. El verdadero misterio del mundo está en lo
visible, no en lo invisible... Sí, Mn. Gray, los dioses han sido
benévolos con usted. Peno lo que los dioses dan, pronto lo quitan.
Pocos años le quedan a usted que vivir realmente, plenamente, perfectamente.
Cuando su juventud pase, su belleza pasará con ella, y entonces,
bruscamente, descubrirá usted que se acabaron los triunfos, o tendrá
usted que contentarse con esos pequeños triunfos que el recuer-do
del pasado hace más amargos que derrotas. Cada mes que transcurre
le avecina a usted un porvenir espantoso. El tiempo tiene celos de usted,
y guerrea contra sus azucenas y sus rosas. Se pondrá usted lívi-do,
y sus mejillas se hundirán, y sus ojos penderán todo su brillo.
Suffi-ná usted horriblemente... ¡Ah!, realice usted su juventud
mientras la tiene. No dispendie usted el oro de sus días, dando
oídos al necio, tra-tando de remediar su irremediable fracaso, o
arrojando su vida al igno-rante y al vulgo. Tales son los fines enfermizos,
los falsos ideales de nuestra época. ¡Viva usted! ¡Viva
esa vida maravillosa que hay en usted! ¡No deje usted penden nada...
Busque sin cesar sensaciones nue-vas. No terna usted nada... Un nuevo hedonismo:
eso es lo que ha me-nester nuestro siglo. Usted podría ser su símbolo
visible. Con su belleza, nada hay que no pudiera usted hacen. El mundo
es suyo pon una temporada. . . Desde el momento en que le vi a usted, comprendí
que usted no se daba cuenta en absoluto de lo que realmente era usted,
de lo que realmente podría ser. Había en usted tantas cosas
que me atraían, que comprendí que era necesario revelarle
a sí mismo. Pensé en lo trágico que sería que
se frustrase usted. ¡Porque es tan breve el espacio de vida que le
queda a su juventud.., tan breve! Las flores del campo se marchitan; peno
florecen de nuevo. Ese cítiso estará el pró-ximo junio
tan amarillo como ahora. Dentro de un mes, esa clemátide se cubrirá
de estrellas de púrpura, y año tras año el verde nocturno
de sus hojas sostendrá la púrpura de sus estrellas. Peno,
nosotros, jamás recobraremos nuestra juventud. El pulso de alegría
que late en nosotros a los veinte, va haciéndose cada día
más perezoso. Nuestros miembros flaquean, nuestros sentidos se estancan.
Degeneramos en muñecos repugnantes, obsesionados pon el recuerdo
de las pasiones que nos hicieron retroceden atemorizados y de las tentaciones
exquisitas a que no tuvimos el valor de ceder. ¡Juventud! ¡Juventud!
¡Nada hay en el mundo comparable a la juventud!
Con los ojos muy abiertos, absorto, Donan Gray escuchaba. La rama de
lilas le cayó de las manos sobre la grava. Una velluda abeja zumbó
un momento en torno de ella. Luego comenzó a pasean pon los globitos
ovales y estrellados de sus flores menudas. Dorian la minaba atentamente,
con ese singular interés pon las cosas triviales que trata-mos de
desarrollar cuando cosas de la más alta importancia nos sobre-cogen
o nos sentimos conmovidos pon alguna emoción nueva que no podemos
expresan, o algún pensamiento que nos espanta toma de pronto asiento
en nuestro cerebro, obligándonos a ceder a él. Al cabo dennos
instantes, la abeja levantó el vuelo y Dorian la vio posarse en
el cáliz moteado de un convólvulo tirio. La flor pareció
estremecense, y luego quedó balancéandose suavemente.
De pronto apareció el pintor en la puerta del estudio, haciéndoles
signos reiterados de que entrasen. Volviénonse uno a otro, sonriendo.
—Os estoy esperando —gritó Hallward -. Venid. Hay una luz per-fecta
en este momento. Podéis traen vuestros refrescos.
Levantánonse, y perezosamente se dirigieron hacia el estudio.
Dos mariposas, vendes y blancas, pasaron revoloteando junto a ellos, mien-tras
en el penal, que crecía en un ángulo del jardín, comenzaba
a cantar un tondo.
—~,Se alegra usted de haberme conocido? —preguntó Lord Henry,
minándole.
—Sí; ahora me alegro. Peno ¿será siempre así?
—~,Siempne? ¡Palabra tremenda! ¡Cada vez que la oigo me
estre-mezco! ¡Las mujeres son tan aficionadas a emplearla! Echan
a penden todas las novelas pon su empeño en hacerlas eternas. Pon
otra parte, es una palabra sin sentido. La única diferencia entre
un capricho y una pasión para toda la vida, es que el capricho dura
un poco más.
Al in a entrar en el estudio, Dorian Gray puso su mano en el brazo
de Lord Henry.
—En ese caso, que nuestra amistad sea un capricho —munmunó,
ru-borizándose de su atrevimiento.
Y subiendo de nuevo a la tarima recobró su pose.
Lord Henry se dejó caen en un amplio sillón de mimbre,
y quedó absorto en su contemplación. El in y venin del pincel
sobre el lienzo era el único rumor que quebraba el silencio, excepto
cuando, de tiempo en tiempo, retrocedía Hallward unos pasos para
juzgar el efecto de su trabajo. En medio de los rayos oblicuos de sol que
entraban pon la puerta abierta danzaba un polvillo donado. El aroma pesado
de las rosas parecía envolverlo todo.
Al cabo de un cuarto de hora, dejó de pintar Hallward; contempló
durante largo rato a Donan Gray, y luego el retrato, mordiscando la punta
de uno de sus grandes pinceles, las cejas contraídas.
—~Terminado! —exclamó al fin, y agachándose escribió
su nombre en el ángulo izquierdo del lienzo en grandes letras bermellón.
Acencóse Lord Henry pana examinan el retrato. Indudablemente
era una maravillosas obra de arte, y de un parecido también maravillo-so.
—Querido Basil, te felicito calurosamente —dijo -. Es el retrato más
hermoso de estos tiempos. Acénquese usted, Mn. Gray, y contémplese.
Estremecióse el adolescente, como si despertana de un sueño.
—~,Está completamente terminado? —murmunó, bajando de
la tari-ma.
—En absoluto —repuso el pintor -. Y hoy has posado espléndida-mente.
Te estoy agnadecidísimo.
—Eso me lo debes a mí —interrumpió Lord Henry -. ¿Vendad,
Mn. Gray?
Sin contestan, negligentemente, Dorian fue a situarse frente al re-trato.
Cuando lo vio dio un paso atrás, y sus mejillas enrojecieron un
momento de satisfacción. Sus ajos brillaron de alegría, como
si acabara de neconocense pon vez primera. Quedó en pie, inmóvil,
maravillado, dándose cuenta apenas de que Lord Henry le estaba hablando,
peno sin comprenden el sentido de sus palabras. La significación
de su propia belleza se apodenó de él como una revelación.
Jamás había sentido lo que ahora. Los cumplidos de Basil
Hallward le habían parecido siem-pre simples exageraciones —encantadoras,
eso sí- de la amistad. Los había escuchado, reído
de ellos e inmediatamente olvidado. No habían influido en él
lo más mínimo. Entonces había venido Lord Henry Wo-tton
con su extraño panegírico de la juventud y la advertencia
terrible de su fugacidad. El oírle, ya le había impresionado;
peno ahora, al contemplan la sombra de su propia belleza, la plena realidad
de sus palabras acababa de traspasanle. Sí, día llegaría
en que su rostro se arrugana y marchitase, y sus ojos se tornasen incoloros
y opacos, y la gracia de su figura quedara rota y deforme. El carmín
se borraría de sus labios y el oro huiría de sus cabellos.
La vida, que iba a modelar su alma, acabaría con su cuerpo. Se convertiría
en algo horrendo, repug-nante y grosero.
Al pensar en ello, una aguda congoja de dolor le traspasó como
un cuchillo, haciendo vibrar cada fibra delicada de su naturaleza. Sus
ojos se oscurecieron en un morado de amatista y una bruma de lágri-mas
los empañó. Sentía como si una mano de hielo le estrujase
el cora-zón.
—~,No te gusta? —exclamó, al fin, Hallwand, un tanto mortificado
pon el silencio de Dorian, no dándose cuenta de lo que significaba.
—Naturalmente que le gusta —dijo Lord Henry -. ¿A quién
no le va a gustar? Es una de las obras capitales del arte moderno. Te daré
pon él lo que pidas. Tiene que ser mío.
—No me pertenece, Hany.
—~A quién pertenece entonces?
—A Dorian, como es natural -contestó el pintor.
—~Dichoso él!
—~Qué cosa tan triste! —murmuró Dorian Gray, con los
ojos fijos aún en su retrato -. ¡Qué casa tan triste!
¡Pensar que yo envejecené y me pondré horrible, espantoso,
y que este retrato permanecerá siempre joven! Nunca tendrá
más edad de la que tiene en este día de junio... ¡Si
fuese siquiera al revés! ¡ Si fuera yo el que permaneciese
siempre jo-ven, y el retrato el que envejeciese! ¡No sé...
no sé lo que daría pon esto! ¡Sí, daría
el mundo entero! ¡Daría hasta mi alma!
—Me parece que el trato no te convendría mucho, ¿eh,
Basil? —ex-clamó Lord Henry, echándose a reír -. No
tardaría tu obra en empezar a cuartearse.
—Puedes estar seguro de que me opondría con todas mis fuerzas,
Hany —replicó el pintor.
Volvió se Dorian Gray hacia él.
—Lo creo, Basil. Tú quienes tu arte más que a tus amigos.
Para ti no valgo más que cualquiera de esas figulinas de bronce
vende. Y aun puede que no tanto.
El pintor le miró con asombro. ¿Cómo podía
Dorian hablan así? ¿Qué había sucedido? Parecía
profundamente irritado. Tenla el rostro encendido y las mejillas ardiendo.
—Sí —continuó—, soy menos para tí que tu Hermes
de marfil o tu fauno de plata. A ellos siempre los querrás igual.
¿Cuánto tiempo me querrás a mi? Hasta que me salga
la primera anruga, sin duda. Ahora sé que, cuando se pierde la belleza,
sea grande o pequeña, se pierde todo. Ese retrato me lo ha enseñado.
Lord Henry Wotton tiene razón. La juventud es la única cosa
del mundo digna de ser codiciada. Cuando me dé cuenta de que estoy
envejeciendo, me matané.
Hallwand palideció y le cogió la mano.
—~Dorian! ¡Dorian! —exclamó —. No hables así. Nunca
he tenido un amigo como tú, y nunca tendré otro semejante.
Tú no puedes tener celos de una cosa puramente material, ¿no
es cierto?; tú, que enes más hermoso que todas.
—Tengo celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de
ese retrato que has pintado. ¿Pon qué tiene él que
conservan lo que yo tengo que penden? Cada momento que pasa me quita algo
a mí para dánselo a él. ¡Oh, si siquiera fuese
al revés! ¡Si el retrato pudiera cam-biar en lugar mio, y
yo permanecen tal como soy ahora! ¿Pon qué lo has pintado?
¡Día llegará en que se burle de mí.. en que
se burle cruel-mente!
Sus ojos se arrasaron en lágrimas candentes, sus manos se retor-cían.
Arrojándose sobre el diván, escondió el rostro en
los almohado-nes, como si estuviese rezando.
—Mina tu obra, Hany ijo el pintor amargamente.
Lord Henry se encogió de hombros.
—Ese es el verdadero Dorian Gray, simplemente.
—No lo es.
—Si no lo es, ¿qué tengo yo que ver con ello?
—~ Si te hubieses ido cuando te lo indiqué! -dijo el pintor
entre dientes.
—Me quedé cuando me lo rogaste —replicó Lord Henry.
—Hany, no voy a reñir con mis dos mejores amigos al mismo tiempo;
peno entre ambos me habéis hecho aborrecen la obra me-jor de mi
vida, y voy a destruirla. ¿Qué es, al fin y al cabo, sino
lienzo y pintura? No quiero que venga a interponerse entre nues-tras tres
vidas y a echarlas a penden.
Donan Gray levantó la cabeza de los almohadones y, pálido
el rostro y los ojos bañados en lágrimas, te miró
diriginse hacia la mesa de pintor, situada ante el ventanal. ¿Qué
iría a hacen? Sus dedos erraban entre el desorden de tubos y pinceles,
buscando algo. Sí, era la espátu-la, de hoja larga y flexible
de acero. Al fin la encontró. ¡Iba a destrozar el lienzo!
Con un sollozo ahogado se puso en pie el adolescente, y, corrien-do
hacia Hallward, le arrancó de la mano la espátula, que tiró
al otro extremo del estudio.
—~No, Basil, no! —gritó —. ¡Sería un asesinato!
Celebro que al fin aprecies mi obra, Dorian —dijo el pintor fría-mente,
reponiéndose de la sorpresa —. Nunca lo hubiera esperado.
—~,Apnecianla? La adoro, Basil. Es como parte de mí mismo.
—Bueno, pues en cuanto estés seco, serás barnizado y
enviado a tu casa. Entonces, podrás hacen contigo lo que gustes.
Y, atravesando la habitación, tocó el timbre para que
trajesen el té.
—Tomarás una taza de té, ¿vendad, Dorian? ¿Y
tú, Hany, tam-bién? ¿O presentáis alguna objeción
a placeres tan sencillos?
—Yo adoro los placeres sencillos -dijo Lord Henry —. Son el últi-mo
refugio de los hombres complicados. Peno no me gustan las escenas fuera
del teatro. ¡Qué par de senes absurdos sois! Me asombra que
hayan definido al hombre como un animal nacional. ¡Definición
pre-matura, si las hay! El hombre es todo lo que se quiera, menos nacional.
Y yo, pon mi parte, me alegro de que no lo sea. Aunque no pon eso deje
de parecerme grotesco que os pongáis a reñir con motivo del
retrato. Habrías hecho mucho mejor en cedérmelo, Basil. Este
niño absurdo no lo necesita para nada, y yo sí.
—~ Si se los das a otro que a mí, Basil, no te lo pendonaré
en mi vi-da! --exclamó Dorian Gray -; y no tolero a nadie que me
llame niño absurdo.
—Ya sabes que el cuadro es tuyo, Donan. Te lo di antes de que existiese.
—Y también sabe usted que se ha portado como un niño
absurdo, Mn. Gray, y que no tiene usted pon qué molestarse de que
le recuerden que es sumamente joven.
—Esta mañana me habría molestado en extremo, Lord Henry.
—~Ah, esta mañana! De entonces acá ha vivido usted mucho.
Llamaron ala puerta, y entró el mayordomo con el servicio de
té, que colocó encima de una mesita de laca. Hubo un rumor
de tazas y platillos y el silban de una acanalada tetera de Georgia. Un
criado trajo dos fuentes de porcelana cubiertas. Dorian Gray se levantó
a servir el té, y los dos amigos se acercaron indolentemente a la
mesa e investiga-ron lo que había bajo las coberteras.
—Vamos al teatro esta noche —dijo Lord Henry -. Seguramente hay algo
nuevo. Yo había prometido in a cenar con los White; peno como se
trata de un amigo de confianza, puedo avisarle diciéndole que estoy
malo, o que un compromiso posterior me impide in. Sí; me pare-ce
que esta última sería una excusa divertida, con todo el encanto
de la ingenuidad.
—~ Es tan molesto tener que ponerse de frac! —murmuró Hallwand-.
¡Y está uno tan fachoso con él!
—Sí —contestó Lord Henry como en sueños -; el
traje del siglo die-cinueve es lamentable. ¡Tan sombrío, tan
deprimente! La vendad es que el pecado es el único elemento pintoresco
que ha quedado en la vida moderna.
—Cneo que no deberías decir mis cosas delante de Donan, Hany.
—~,Delante de qué Dorian? ¿El que está sirviéndonos
el té o el de ese retrato?
—Delante de los dos.
—Me gustaría in al teatro con usted, Lord Henry, ijo entonces
el adolescente.
—Pues venga usted, y tú también, ¿eh, Basil?
—Me es absolutamente impasible. Tengo una porción de cosas que
hacen.
—Bueno, en ese caso iremos los dos solos, Mn. Gray.
—~Cuánto me alegro!
Mordió se el pintor los labios, dirigiéndose, con la
taza en la ma-no, hacia el retrato.
—Yo me quedané con el verdadero Dorian —dijo tristemente.
—~,Es ése el verdadero Dorian? -exclamó el original,
avanzando hacia él —. ¿Soy, de venas, así?
—Exactamente.
—~Qué maravilla, Basil!
—Pon lo menos, así enes en apariencia. Peno éste no cambiará
nun-ca —suspinó Hallward -. ¡Ya es algo!
—~ Cuánto ruido mete la gente a propósito de la constancia!
—ex-clamó Lord Henry -. ¡ Si hasta en clamor no es más
que una cuestión fisiológica! ¿Qué tiene eso
que ver con nuestra voluntad? Los jóvenes se empeñan en ser
fieles y no lo pueden; los viejos tratan de no serlo, y tampoco pueden.
A eso se reduce todo.
—No vayas esta noche al teatro, Dorian -dijo Hallwand-. Quédate
a cenan conmigo.
—No puedo, Basil.
—~,Pon qué?
—Ya he prometido a Lord Henry acompañarle.
—No creas que te apreciará más pon cumplir tu palabra.
Él siempre falta a las suyas. Te ruego que te quedes.
Donan Gray se echó a reír, moviendo negativamente la
cabeza.
—Te lo suplico...
—Vacilante, el muchacho miró a Lord Henry, que les observaba
desude la mesa con una sonrisa divertida.
—No tengo más remedio que in, Basil -contestó.
—Perfectamente -dijo Hallwand, yendo a dejan su taza en la ban-deja
-. Es bastante tarde, y, si tenéis que vestinos, haréis bien
en no penden tiempo. Adiós, Hany. Adiós, Dorian. Ven pronto
a yerme. Ven mañana.
—Desde luego.
—~,No te olvidarás?
—Claro que no —exclamó Donan.
-Y... ¡Hany!
—~Qué, Basil?
—Acuéndate de lo que te pedí esta mañana en el
jardín.
—Lo he olvidado.
—Confio en ti.
—~Oj alá pudiera yo también confiaren mi! —dijo Lord
Henry, rien-do -. Vamos, Mr. Gray, tengo el coche a la puerta, y le dejaré
a usted en su casa. Adiós, Basil. He pasado una tarde deliciosa.
Al cerrarse la puerta, dejóse caen el pintor en el diván,
y una ex-presión de dolor contrajo su rostro.
CAPITULO III
AI día siguiente, a las doce y media, bajaba Lord Henry Wotton
pon la calle de Curzon, en dirección a la de Albany, con ánimo
de in a ver a su tío Lord Fermon, solterón bondadoso, si
bien un tanto brusco, tachado de egoísta pon la gente que no sacaba
de él provecho alguno, peno al que la buena sociedad consideraba
generoso, pon el meno hecho de dar de comen a quienes le divertían.
Su padre había sido embajador nuestro en Madrid, cuando Isabel era
joven y Prim desconocido; peno se había retirado de la diplomacia
en un momento de mal humor, por-que no le ofrecieron la embajada de París,
puesto para el que se consi-deraba especialmente designado a causa de su
nacimiento, su indolencia, el buen inglés de sus despachos y su
desordenada afición a los placeres. El hijo, que había sido
secretario del padre, presentó la dimisión al mismo tiempo,
un peco aturdidamente, según se dijo en-tonces, y pocos meses después,
habiéndole sucedido en el título, se dedicó al grave
estudio del gran arte aristocrático de no hacen absolu-tamente nada.
Tenía dos hermosas casas en la ciudad; peno, pana mayor comodidad,
prefería vivir en un pisito amueblado, comiendo habitual-mente en
su círculo. De cuando en cuando se ocupaba de la adminis-tración
de sus minas de carbón, alegando, para excusarse de esta mácula
de industria, que la única ventaja de tener carbón era que
per-mitía a un gentilhombre el lujo de hacen fuego de leña
en su propia chimenea. En política, era conservador; excepto cuando
los conserva-done s subían al poden, período durante el cual
les acusaba rotunda-mente de ser un hatajo de radicales. Era un héroe
para su ayuda de cámara, que le tiranizaba, y el terror de casi
todos sus deudos y pa-rientes, a quienes, a su vez, tiranizaba. Sólo
Inglaterra hubiera podido producirlo; y, sin embargo, continuamente repetía
que el país se iba al traste. Sus principios estaban anticuados;
peno, en cambio, mucho bueno podría decirse a favor de sus prejuicios.
Cuando Lord Henry entró en el curto encontró a su tío
sentado en un butacón, vestido con una necia cazadora, fumando un
puro y refun-fuñando sobre un número del Times.
—~Hola, Hany! —exclamó el viejo prócer -. ¿Qué
es lo que te trae a estas horas? Yo creía que los jóvenes
a la moda no os levantábais hasta las das y no estabais visibles
hasta las cinco.
—Puro amor de familia; se lo aseguro, tío Jorge. Necesito pedirle
a usted una cosa.
—Dinero, supongo -dijo Lord Fermon, torciendo el gesto -. Bueno, siéntate
y dime de qué se trata. Los jóvenes, hoy, creen que el dinero
es todo.
—Sí —murmuró Lord Henry, abotonándose la americana
-; y cuan-do llegan a viejos, lo saben. Peno no es dinero lo que necesito.
Unica-mente los que pagan sus cuentas necesitan dinero, tío Jorge,
y yo no pago las mías. El crédito es el capital de los hijos
de familia, y se puede vivir de él perfectamente. Lo que necesito
es un informe. No un infor-me útil, naturalmente, sino un informe
inútil.
—Bien; puedo decirte todo lo que se encuentra en un Libro Azul (Llámase
así, por el color de las cubiertas, el libro que desde 1681, imprime
y reparte el Gobierno inglés, conteniendo los documentos, memorias,
dictámenes e informes por él presentados a las Cámaras.)inglés,
Hany; aunque esas gentes, hoy, escriben una porción de tonte-rías.
Cuando yo estaba en la Diplomacia, las cosas iban mucho mejor. Peno, ahora,
he oído que se entra pon oposición. ¿Qué puede
espenarse de gentes así? Los exámenes, señor mio,
son una pura paparrucha, de cabo a nabo. Si un hombre es un caballero,
en toda la acepción de la palabra, ya sabe bastante; y si no lo
es, todo lo que aprenda no hará más que perjudicarle.
—Mn. Dorian Gray no tiene nada que ver con las Libros Azules, tío
Jorge —dijo Lord Henry, lánguidamente.
—~,Mn. Dorian Gray? ¿Quién es ese Mr. Dorian Gray? —preguntó
Lord Fermon, frunciendo sus espesas cejas blancas.
—Eso es lo que he venido a saber, tío Jorge. Es decir, quién
es lo sé. Es el último nieto de Lord Kelso. Su madre era
una Deveneux: Lady Margaret Deveneux. Desearía que me hablase usted
de su madre. ¿Có-mo era? ¿Con quién se casó?
Usted, que conoció a casi todo el mundo de su época, debió
conocerla a ella. Ese Mn. Gray me interesa mucho en estos momentos. Acabo
de conocerle.
—SEl nieto de Kelso! —repitió el viejo prócer -. ¡El
nieto de Kel-so!... Naturalmente... conocí mucho a su madre. Era
una muchacha extraordinariamente bonita la tal Margaret Deveneux, que dejó
furiosos a todos escapándose con un mozo que no tenía un
céntimo, un don nadie, subalterno en un regimiento de infantería,
o algo pon el estilo. Ya lo creo... Me acuerdo de toda la historia como
si fuera ayer. Al pobre chico le mataron en duelo en Spa, pocos meses después
de su matrimonio. Fue una historia bastante fea. Dicen que Kelso compró
a un aventurero de la peon especie, alguna bestia belga, para que insulta-se
en público a su hijo político —lo compró, sí
señor, lo compró —, y que el fulano ensartó a su hombre
como si fuera un pichón. Echaron tierra al asunto; peno, pon fas
o pon nefas, el caso es que Kelso, a los pocos días, tenía
que comen solo en el círculo. Recogió a su hija, me dijeron;
peno ella no volvió a dirigirle nunca la palabra. ¡Historia
fea, historia fea! La muchacha murió al cabo de un año...
¿Conque ha deja-do un hijo, eh? Había olvidado ese detalle.
¿Y qué tal es ese mucha-cho? Si se parece a su madre debe
ser un guapo chico.
—Guapísimo —asintió Lord Henry.
—Esperemos que caiga en buenas manos —continuó Lord Fermon -.
Debe tener una bonita fortuna en perspectiva, si Kelzo hizo bien las cosas.
Su madre también tenía dinero. Todas las propiedades de Selby
fueron a paran a ella, pon parte de su abuelo, que detestaba a Kelso, juzgándole
un perro tacaño. ¡Y vaya si lo era! Una vez vino a Madrid
estando yo allí. Te aseguro que me avergonzó. La reina me
preguntaba quién era aquel aristócrata inglés que
se pasaba la vida disputando con los cocheros pon unos céntimos.
Fue toda una historia; estuve más de un mes sin atneverme a asomar
la nariz pon la corte. Esperemos que haya tratado a su nieto mejor que
a aquellos bribones.
—No sé —respondió Lord Henry -. Me parece que debe haber
que-dado bien. Todavía no es mayor de edad. Sé que tiene
Selby. Pon lo menos, así me lo ha dicho. Y... su madre, ¿era
realmente bonita?
—Margaret Deveneux era una de las mujeres más encantadoras que
he visto en mi vida, Hany. Nunca he podido comprenden qué pudo inducirla
a hacen lo que hizo. Como que hubiera podido casanse con quien se le hubiese
antojado. Carlington estaba loco pon ella. Peno ella era una romántica.
Todas las mujeres de esa familia lo fueron. Los hombres eran lamentables;
peno, ¡caramba!, las mujeres eran extraor-dinarias. Carlington estaba
de rodillas ante ella; él mismo me lo ha dicho. No había
entonces una muchacha en Londres que no corriese tras él; peno ella
se le rió en sus narices. Y a propósito, Hany, ya que hablamos
de matrimonios absurdos, ¿qué paparrucha es ésa que
me ha contado tu padre de que Dartmoon quiere casarse con una americana?
¿Es que no hay ninguna muchacha inglesa digna de él?
—~ Peno si ahora está de moda casanse con una americana, tío
Jor-ge!
—~ Pues yo sostendré a las mujeres inglesas, aunque sea contra
el mundo entero, Hany! —exclamó Lord Fermon, descargando un puñeta-zo
sobre la mesa.
—Pon el momento, las americanas están en alza.
—~Bah!, me han dicho que carecen de resistencia -dijo entre dien-tes
su tío.
—Una carrera larga las deja exhaustas; peno en el steeplechase no tienen
rival. Cogen las cosas al vuelo.
—~,Y qué son los padres de ella? —gruñó el anciano
aristócrata -. ¿Los tiene siquiera?
Lord Henry sacudió la cabeza.
—Las muchachas americanas son tan hábiles pana ocultar sus pa-dres,
como las mujeres inglesas para ocultar su pasado ijo, levantán-dose
para inse.
—~Siempne serán salchicheros!
—Así lo espero, tío Jorge, pon fortuna para Dartmoon.
He oído de-cir que la salchichería es la profesión
más lucrativa en América, des-pués de la política.
—~,Y es bonita?
—Hace como si lo fuera. La mayor parte de las americanas son así.
Ese es el secreto de su encanto.
—~,Pon qué no podrán esas americanas quedanse en su país?
¿No están siempre diciéndonos que aquello es el paraíso
de las mujeres?
—Y lo es. Pon eso, como Eva, tienen tanta prisa pon salin de él
—re-puso Lord Henry -. Bueno, adiós, tío Jorge. Voy a llegar
tarde a comen si me quedo más tiempo. Gracias pon los informes que
deseaba. Me gusta siempre saber todo lo que se refiere a mis nuevos amigos,
y nada de lo que se refiere a los antiguos.
-~Dónde comes hoy, Hany?
—En casa de tía Agatha. Nos ha invitado a mí y a Mn.
Gray, que es su último protegido.
—~Jum! Haz el favor de decir a tu tía Agatha,Hany, que no me
moleste más con sus obras de caridad. Estoy de ellas hasta la coronilla.
¡Caramba!, tu tía sin duda se figura que no tengo otra cosa
que hacen que extender cheques pana satisfacen su ridícula manía.
—Bien, tío Jorge, se lo diré; peno no le hará
el menor efecto. Los filántropos pierden toda noción de humanidad.
1 5 su característica.
El anciano gruñó aprobativamente y tocó el timbre
para que vi-niera el criado.
Lord Henry tomó pon la arcada baja de la calle de Burlington,
en-caminando sus pasos hacia la plaza de Berkeley.
¡Así, ésa era la historia de los padres de Dorian
Gray! Cruda-mente, tal como le fue contada, le había, sin embargo,
impresionado como una novela extraña y casi contemporánea.
Una mujer hermosa arriesgándolo todo pon una loca pasión.
Unas cuantas semanas de di-cha, bruscamente interrumpida pon un crimen
alevoso y repugnante. Meses de agonía muda, y luego un hijo nacido
en el dolor. La madre arrebatada pon la muerte; el niño abandonado
ala soledad y a la tiranía de un viejo desalmado. Sí, era
un fondo interesante. Hacía resaltar al mancebo, le hacía
parecen más perfecto como quien dice. Detrás de todo lo que
es exquisito hay siempre algo trágico. Mundos enteros tuvieron que
ser removidos para que la más humilde planta pudiera florecen. .
. ¡Y qué encantador había estado la noche antes, en
la cena, con aquellos ojos atónitos y los labios entreabiertos de
placer y temor, sentado frente a el en el comedor del círculo, mientras
las pantallas rojas de las bujías teñían de un rusa
más intenso la sorpresa creciente de su rostro! Hablarle, era como
tocar en un violín maravilloso. Res-pondía al menor contacto
y vibración del arco... Había algo terrible-mente apasionante
en el ejercicio de la influencia. Ninguna actividad podía companánsele.
Proyectan nuestra alma en una forma atractiva, dejándola reposar
en ella pon un instante; oír uno de sus ideas devueltas en eco,
con toda la música añadida de la pasión y la juventud;
transmi-tir nuestra naturaleza a otra como si fuera un fluido sutil o un
extraño perfume. Había en todo esto un goce positivo; acaso
el más perfecto de todos los que nos ha dejado una época
tan limitada y banal como la nuestra, una época grosamente carnal
en sus placeres y groseramente vulgar en sus ideales... Vendad que era
un ejemplar maravilloso el mancebo a quien pon tan singular casualidad
conociera en el estudio de Basil; pon lo menos, podía llegar a serlo.
Encarnaba la gracia y la blan-ca pureza de la infamia y la belleza que
los antiguas mármoles griegos nos han conservado. Nada había
que no se pudiera conseguir de él. Lo mismo podría hacerse
de él un titán que un juguete. ¡Lástima que
be-lleza semejante estuviera destinada a marchitanse! ... ¿Y Basil?
Desde un punto de vista psicológico, ¡ qué interesante!
Una modalidad nueva de arte, un nuevo modo de concebir la vida, sugeridos
tan extraña-mente pon la simple presencia visible de un sen, inconsciente
de todo ella, el espíritu silencioso que moraba en los bosques umbrías,
y cami-naba invisible pon las llanuras, mostrándose súbitamente,
como una dríade sin miedo, porque en su alma que le buscaba había
sido desper-tada esa visión maravillosa, única que revela
las grandes maravillas; las simples formas y apariencias de las cosas depurándose,
pon decirlo así, y conquistando una especie de valor simbólico,
como si fueran ellas a su vez moldes de otras formas más perfectas,
cuya sombra hiciesen real: ¡qué extraño todo ello!
Algo análogo recordaba en la historia. ¿No era Platón,
aquel artista en pensamiento, quien primero lo había anali-zado?
¿No fue Buonarotti quien lo cinceló en el mármol policromo
de una serie de sonetos? Peno en nuestro siglo era realmente extraño...
Sí; él trataría de ser para Dorian Gray lo que éste,
sin saberlo, era para el pintor que había trazado el espléndido
retrato. Él intentaría dominarlo; realmente, ya lo había
conseguido a medias. El haría completamente suyo aquel admirable
espíritu. Había algo fascinante en este hijo del Amor y la
Muerte.
De pronto se detuvo, y miró las fachadas. Advirtió que
había pa-sado de casa de su tía, y sonriendo de sí
mismo, volvió atrás. Al entrar en el vestíbulo un
tanto sombrío, el mayordomo le dijo que ya se ha-bían sentado
a la mesa. Entregó a uno de los criadas el sombrero y el bastón,
y pasó al comedor.
—Tarde, como de costumbre, Hany —le gritó su tía, meneando
la cabeza.
Inventó una excusa cualquiera, y ocupando el sitio vacío,
junto a ella, paseó una minada en torno para ver quién había.
Dorian le hizo una tímida inclinación de cabeza desde un
extremo de la mesa, rubori-zándose de contento. Enfrente tenía
a la duquesa de Harley, dama de carácter afabilísimo y humor
excelente, muy querida pon cuantos la conocían, y de esas amplias
proporciones arquitectónicas que, en las mujeres, cuando no son
duquesas, nuestros historiadores contemporá-neos describen como
obesidad. Junto a ella, a su derecha, se encontra-ba Sin Thomas Burdon,
miembro radical del Parlamento, que en la vida pública iba en pos
de su jefe, y en la vida privada en pos de los buenos cocineros, comiendo
con los conservadores y pensando con los libera-les, con arreglo a una
norma discreta y conocida. El puesto de su iz-quierda lo ocupaba Mn. Enskine,
de Treadley, gentilhombre entrado en años, muy ameno y muy culto,
que, sin embargo, había dado en la mala costumbre de callan, ya
que, como explicó un día a Lady Agatha, había dicho
antes de los treinta todo lo que tenía que decir. La vecina de Lord
Henry era Mrs. Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía,
santa entre las santas; peno tan horriblemente desaliñada, que hacía
pensar en un devocionario mal encuadernado. Afortunadamente para él,
Mrs. Vandeleur tenía al otro lado a Lord Faudel, inteligentísima
mediocridad entre dos edades, tan calvo como una declaración ministe-rial
en la Cámara de los Comunes, con el que conversaba de esa mane-ra
profundamente seria que, como a menudo había observado, es el único
error imperdonable en que caen todas las personas excelentes, y al que
ninguna de ellas puede escapar pon completo.
—Estábamos hablando de ese pobre Dartmoon, Lord Henry —gritó
la duquesa, haciéndole un amable saludo con la cabeza -. ¿Cree
usted que realmente se casará con esa interesante pensonita?
—Me parece que ella tiene la intención de proponénselo,
duquesa.
—~Qué horror! -exclamó Lady Agatha -. ¡Realmente
habría que intervenir!
—Me han dicho, de buena tinta, que su padre tiene un almacén
de novedades americanas —dijo Sin Thomas Burdon, con gesto despectivo.
—Mi tío le suponía salchichero, Sin Thomas.
—~,Novedades? ¿Qué novedades americanas son ésas?
—preguntó la duquesa, levantando sus gruesas manos con ademán
de asombro.
—Novelas americanas —repuso Lord Henry, sirviéndose un trozo
de codorniz.
La duquesa pareció desconcertada.
—No le haga usted caso, querida —murmuró Lady Agatha -. Nunca
sabe lo que dice.
—Cuando América fue civilizada... —dijo el miembro radical;
y comenzó una fastidiosa disertación. Como todos los que
tratan de ago-tar un tema, acababa siempre pon agotar a sus oyentes.
La duquesa suspinó y ejerció su privilegio de interrupción.
-~Oj alá no lo hubiera sido nunca! —exclamó -. Realmente,
nues-tras hijas, hoy, tienen poca suerte. Es una injusticia.
—Quizá, después de todo, no haya sido civilizada América
-dijo Mn. Enskine -. Yo, pon mi parte, diría que no ha sido más
que descu-bierta.
—~Oh!, aquí hemos visto algunas muestras femeninas de sus ha-bitantes
—respondió vagamente la duquesa -. Y preciso es confesar que la
mayor parte de ellas son preciosas. Y se visten divinamente. Encar-gan
todos sus trajes a París. Ya quisiera yo poden hacen lo mismo.
—Dicen que cuando los americanos bueno s se mueren van a París
ijo, riendo entre dientes Sin Thomas, que tenía un guardarropa bien
surtido de desechos de ingenio.
—~,De vendad? Y los americanos malos, ¿adónde van?
—Se quedan en América —murmunó Lord Hany.
Sin Thomas frunció en cedo.
—Temo que su sobrino esté prevenido en contra de ese gran país
—dijo a Lady Agatha -. Yo lo he recorrido todo en trenes especiales y les
aseguro a ustedes que esa visita es una enseñanza.
—~,Entonces va a ser preciso que veamos Chicago para acabar nuestra
educación? —preguntó Mn. Enskine, lastimeramente -. Yo no
me siento con ánimos pana el viaje.
Sin Thomas levantó la mano.
—Mn. Enskine de Treadley tiene el mundo en sus estanterías.
No-sotros, los hombres prácticos, necesitamos ver las cosas, en
lugar de leer lo que dicen de ellas. Los americanos son un pueblo en extremo
interesante. Pueblo de razón, si los hay. Cneo que es su característica
esencial. Sí, Mn. Enskine, un pueblo con sentido común. Le
aseguro a usted que allí no se andan con sensiblerías.
—~ Qué horror! -exclamó Lord Henry -. La fuerza bruta,
todavía se concibe; peno la razón bruta es completamente
intolerable. Hay en el uso de ella algo bestial, algo que queda siempre
pon debajo de la inteli-gencia.
—No comprendo lo que quiere usted decir —repuso Sin Thomas, enrojeciendo.
—Yo, sí, Lord Henry —murmuró Mn. Enskine, con una sonrisa.
—Las paradojas están bien como pasatiempo —añadió
sin Thomas -peno..:
—~,Ena una paradoja? —preguntó Mn. Enskine -. No lo creo...
Sí; es posible que lo fuera. Al fin y al cabo, el camino de la paradoja
es el camino de la vendad. Para conocen la realidad es preciso verla en
la cuenda floja. Hasta que las verdades no se hacen acróbatas no
podemos juzgarlas.
—~Santo Dios! -exclamó Lady Agatha -. ¡Qué cosas
dicen ustedes los hombres! Estoy segura de que jamás podré
entenderlas. ¡Ah, Hany! Estoy enfadadísima contigo. ¿Pon
qué has convencido a nuestro en-cantador Mn. Dorian Gray de que
renuncie a mis sociedades obreras? Te aseguro que nos hubiera sido inapreciable,
y que habría tenido un gran éxito tocando el piano.
—Quiero que toque para mí solo —contestó Lord Henry,
sonriendo; y, minando al extremo de la mesa, recogió la respuesta
de una minada brillante.
—~Peno hay tantos desgraciados en Whitechapel! (Barrio obrero, en su
mayor parte judío, de Londres.) —replicó Lady Agatha.
—Puedo simpatizar con todo, menos con el sufrimiento -dijo Lord Henry,
encogiéndose de hombros -. Con esto no me es posible simpati-zan.
Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado deprimente. Hay algo agudamente
enfermizo en esta simpatía moderna pon el dolor. Deberíamos
simpatizar con el colon, la belleza, la alegría de la vida. Mientras
menos se hable de las miserias de ésta, mejor.
—Sin embargo, el problema de las clases pobres es un problema de suma
importancia —hizo observan Sin Thomas, con una grave inclina-ción
de cabeza.
—~Ya lo creo! —contestó Lord Henry -. Es el problema de la escla-vitud,
y tratamos de resolverlo divirtiendo a los esclavos.
El político le miró entornando los ojos.
—Entonces, ¿qué cambios propone usted, qué medidas?
Lord Henry se echó a reír.
—~ Oh! Yo no deseo cambiar nada en Inglaterra, como no sea la temperatura
-contestó -. A mí me basta y me sobra con la contempla-ción
filosófica. Peno, como el siglo XIX ha hecho bancarrota a causa
de su prodigalidad de sentimentalismo, me limitaría a proponen que
recurriésemos a la ciencia para volvernos al buen camino. La ventaja
de las emociones es que nos descarrían, y la ventaja de la ciencia
es no ser emocionante.
—~Pero tenemos responsabilidades tan graves! —se aventunó a
de-cir Mrs. Vandeleun.
—~Terriblemente graves! —hizo eco Lady Agatha.
Lord Henry dirigió una minada a Mn. Enskine.
—La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del
mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia
sería otra.
—Es muy consolador eso que usted dice —susurró la duquesa -.
Antes, siempre que venía a ver a su querida tía, casi me
sentía culpable del poco interés que me inspiraban esas clases
pobres. Desde ahora me atnevené a mirarla cara a cara, sin sonrojarme.
—El sonnojarse sienta muy bien, duquesa —observó Lord Henry.
—Cuando se es joven -contestó ella -. Peno cuando una viej a
como yo se sonroja, mal síntoma. ¡Ay, Lord Henry! Dígame
usted qué debo hacen para volver a ser joven.
Lord Henry quedó pensativo un instante.
—~,Podría usted recordar algún gran pecado de sus primeros
años, duquesa? —preguntó, minándola pon encima de
la mesa.
—SAy, temo que una porción! -exclamó la duquesa.
—Pues vuelva usted a cometerlos —dijo él gravemente -. Pana
re-cobrar la juventud no tiene uno más que repetir sus locuras.
—~Deliciosa teoría! —gritó la duquesa -. ¡Tengo
que ponerla en práctica!
—~Peligrosa teoría! -dictaminaron los labios sumido de Sin Tho-mas.
—Lady Agatha meneó la cabeza; peno no pudo abstenerse de son-reír.
Mn. Enskine escuchaba.
—Sí —continuó Lord Henry -;éste es uno de los
grandes secretos de la vida. Hoy, la mayor parte de las personas mueren
de un sentido común a ras de tierra, y descubren, cuando ya es demasiado
tarde, que lo único que se echa de menos son los propios errores.
Una risa general corrió pon toda la mesa. Lord Henry jugó
con la idea, obstinándose en ella; la arrojaba al tine, transformándola;
la deja-ba escapar, para capturarla de nuevo; la irisaba de fantasía
y le daba alas de paradoja. El elogio de la locura se elevó hasta
la filo sofia, y la filosofia misma fue rejuvenecida, y hurtando la música
caprichosa del placer, con la túnica maculada de vino y coronada
de hiedra, danzó como una bacante sobre las colinas de la vida,
haciendo burla de la sobriedad del tardo Sileno. Los hechos huían
ante ella como asustadas criaturas de la selva. Sus blancos pies hollaban
el enorme lagar a cuya orilla el sabio Oman está sentado, hasta
que el hirviente zumo de la uva inundó sus miembros desnudos con
sus olas de purpúreas burbujas, desbordando en roja espuma pon los
flancos negros, nezumantes y viscosos de la cuba. Fue una improvisación
extraordinaria. Sentía los ojos de Dorian Gray fijos en él,
y la conciencia de que entre su audito-rio se encontraba un ser cuyo espíritu
quería fascinar, parecía aguzan su ingenio y policroman su
imaginación. Estuvo brillante, fantástico, ins-pirado. Hizo
caen en éxtasis a sus oyentes, que siguieron risueños tras
su flauta. Dorian no separaba de él los ojos. Como bajo la influencia
de un hechizo, las sonrisas se sucedían en sus labios y la sorpresa
se hacía más grave en sus ojos sombríos.
AI fin, con la librea de la época, entró en el salón
la realidad, en forma de lacayo, para anunciara la duquesa que su coche
estaba aguar-dándola.
-~Qué fastidio! —exclamó la duquesa, retorciéndose
las manos con una desesperación cómica-. Tengo que ira recogen
a mi marido al cír-culo, pana llevarle a no sé qué
absurda reunión en Willis’s Rooms, que tiene que presidir. Si me
retraso, va a ponerse furioso, y con este som-brero no puedo tener una
escena. la demasiado frágil. Una palabra dura acabaría con
él. Sí; no tengo más remedio que irme, querida Agatha.
Adiós, Lord Henry; ha estado usted delicioso y terriblemente inmoral.
Temo no saber qué pensar de sus ideas. Tiene usted que venin a cenar
con nosotros cualquier noche de éstas. ¿El martes, pon ejemplo?
¿No tiene usted ningún compromiso pana el martes?
—Por usted faltaría a todos, duquesa —dijo Lord Henry, inclinán-dose.
-~Ah! Muy bien. Es decir, muy bien y muy mal —exclamó la du-quesa
-. Bueno, no se olvide usted.
Y salió apresuradamente del salón, seguida pon Lady Agatha
y las demás señoras.
Cuando Lord Henry hubo tomado asiento de nuevo, Mn. Enskine, bordeando
la mesa, fue a sentarse junto a él.
—Siempre está usted hablando de libros ijo, poniéndole
la mano en el brazo -. ¿Por qué no escribe usted uno?
—Tengo demasiada afición a leerlos para pensar en escribirlos,
Mn. Enskine. Sí, ciertamente, me gustaría escribir una novela;
una no-vela que fuese tan hermosa como un tapiz pensa, y tan irreal. Peno
en Inglaterra no hay público más que pana los periódicos,
los devociona-rios y las enciclopedias. De todos los pueblos de la tierra,
el inglés eses que tiene menos sentido de la belleza literaria.
—Es posible que tenga usted razón -contestó Mn. Enskine
-. Yo también tuve ambiciones literarias; peno hace tiempo que renuncié
a ellas. Y ahora, mi querido y joven amigo, si me permite usted llamarle
así, ¿puedo preguntarle si realmente piensa usted todo lo
que nos ha dicho mientras comíamos?
—He olvidado en absoluto lo que dije —sonrió Lord Henry -. ¿Tan
inmoral era?
—Inmonalísimo. Le considero a usted sumamente peligroso, y si
sucediera algo a nuestra buena duquesa, todos le tendríamos a usted
pon el verdadero responsable. Peno me agradaría hablar con usted
de cosas de la vida. La generación en que yo nací era extraordinariamente
aburrida. Cualquier día, que esté usted cansado de Londres,
venga a Treadley a exponerme su filo sofia del placer ante un admirable
borgo-ña que tengo la fortuna de conservar.
—Iré encantado. Una visita a Treadley es todo un privilegio.
Un huésped perfecto y una perfecta biblioteca.
—Usted completará el conjunto -contestó el anciano gentilhombre,
con un saludo cortés -. Ahora, preciso es que me despida de su exce-lente
tía. Me esperan en el Ateneo. Es nuestra hora de dormir.
—~,Todos, Mn. Enskine?
—Cuarenta de nosotros, en cuarenta sillones. Estamos trabajando pana
fundar una Real Academia Inglesa.
Lord Henry sonrió, levantándose.
—Yo me voy al Parque -dijo en voz alta.
Al salin, Dorian Gray le tocó el brazo.
—Déjeme usted que le acompañe —murmuró.
-Peno, ¿no había usted prometido a Basil in a verle?
—preguntó Lord Henry.
—Preferiría in con usted. Sí, comprendo que es preciso
que vaya con usted. Déjeme que le acompañe. Y prométame
hablan todo el tiem-po. Nadie habla tan prodigiosamente como usted.
—~Ah!, ya he hablado hoy bastante -dijo Lord Henry, sonriendo -. Todo
lo que deseo ahora es minar pasar la vida. Venga usted conmigo y mínela
pasan también, si le interesa.
CAPITULO IV
Un mes después, hallábase Dorian Gray una tarde descansando
en un mullido sillón, en la pequeña biblioteca de la casa
de Lord Henry en Mayfair.
Habitación exquisita en su género, con su zócalo
alto de noble ahumado, ffiso de colon crema y techo con molduras de estuco,
y la alfombra de fieltro colon ladrillo, sembrada de sedosos tapices de
Per-sia de largos flecos. Sobre una preciosa mesita de palo áloe
se levanta-ba una estatuilla de Clodion, y junto a ella un ejemplan de
Les Cent Nouvelles, encuadernado para Margarita de Valois pon Clovis Eve,
y salpicado de aquellas margaritas de oro que la reina eligiera para divisa
suya. Unos cuanto tibores de porcelana azul y algunos abigarrados tulipanes
adornaban la chimenea. A través de los vidrios emplomados de la
ventana entraba la luz colon de albérchigo de un día de estío
lon-dinense.
Lord Henry aún no había vuelto. Siempre llegaba tarde,
pon prin-cipio, declarando que la puntualidad es el ladrón del tiempo.
No era, pues, extraño que Dorian pareciese bastante aburrido, mientras
con dedos distraídos hojeaba una edición minuciosamente ilustrada
de Manon Lescaut que había encontrado en uno de los estantes. El
tic-tac acompasado y monótono del reloj Luis XIV le enervaba. Una
o dos veces había estado ya a punto de inse.
Al fin oyó pacos fuera, y abrió se la puerta.
—~Qué horas de venin, Hany! —murmuró.
—Temo que no sea Hany, Mn. Gray —contestó una voz aguda.
Volviéndose vivamente, Dorian se puso en pie.
—Pendón. Creí...
—Creyó usted que era mi marido. No es más que su mujer.
Tiene usted que permitir que me presente a mí misma. Yo te conozco
a usted perfectamente pon sus fotografias. Cneo que mi marido tiene unas
die-cisiete.
—~No, diecisiete no, Lady Henry!
—Bueno, pues serán dieciocho. Además, le vía usted
la otra noche con él en la Opera.
Reía nerviosamente al hablar, minándole con sus ojos
vagos de mio sotis.
Era una mujer singular, cuyos trajes parecían siempre ideados
en un acceso de rabia y puestos en una tempestad. Siempre estaba enamo-rada
de alguien y, como nunca era correspondida, había conservado todas
sus ilusiones.
Trataba de parecen pintoresca, y no conseguía más que
ser de sali-ñada. Se llamaba Victoria y tenía la invencible
manía de in a la iglesia.
—Fue en Lohengrin, Lady Henry, no?
—Sí; fue en ese querido Lohengrin. Me gusta la música
de Wagner más que ninguna. Mete tanto ruido, que se puede estar
hablando todo el tiempo sin que nadie se entere. Eso es una gran ventaja;
¿no cree usted lo mismo, Mn. Gray?
La misma risa nerviosa y entrecortada brotó de sus Labios finos,
mientras sus dedos empezaban a jugar con una larga plegadera de concha.
Donan sonrió, sacudiendo la cabeza.
—Siento no ser de esa opinión, Lady Henry. Yo, cuando oigo mú-sica,
nunca hablo. Pon lo menos, cuando oigo buena música. Claro está
que, si es mala, es un deben anegarla en la conversación.
—~Ah!, esa idea me parece que es de Hany, ¿no es cierto, Mn.
Gray? Siempre me entero de las ideas de Hany pon sus amigos. Es el único
medio que tengo de conocerlas. Peno no vaya usted a figuranse que a mí
no me gusta la buena música. La adoro, peno me da miedo. Me vuelve
demasiado romántica. He tenido una verdadera pasión pon los
pianistas. En ocasiones pon dos a la vez, al decir de Hany. No sé
qué es lo que tienen. Quizá el ser extranjeros. Todos los
son, ¿vendad? Hasta los que han nacido en Inglaterra se vuelven
extranjeros al poco tiempo, ¿no es cierto? ¡Qué inteligentes!,
¿eh? Además, es un home-naje al arte. Así acaban de
hacerlo cosmopolita, ¿vendad? Usted nunca ha venido a mis reuniones,
¿no es cierto, Mn. Gray? Tiene usted que venin. Yo no puedo permitirme
el lujo de tener orquídeas; peno no reparo en gastos tratándose
de extranjeros. ¡Adornan tanto los salones! Peno, ¡aquí
está Hany! Hany, venta a preguntarte una cosa —ya no sé cuál
—, y he encontrado aquí a Mn. Gray. Hemos tenido una conversa-ción
muy interesante sobre música. Tenemos en absoluto las mismas ideas.
Aunque, no; me parece que nuestras ideas son completamente opuestas. Peno
ha estado divertidísimo. Me alegro mucho de haberle conocido.
—Y yo encantado, amor mío —dijo Lord Henry, anqueando sus ce-jas
negras y contemplando a ambos con sonrisa jovial -. Desolado de la tardanza,
Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo a la calle de Wardour,
y he tenido que regatean hora tras hora. Hoy, la gente sabe el precio de
todo y el valor de nada.
—Tengo que irme -exclamó Lady Henry, rompiendo un silencio embarazoso
con su risa intempestiva -. He prometido ala duquesa in de paseo con ella.
Adiós, Mn. Gray. Adiós, Henry. ¿Cenarás fuera,
supon-go? Yo también. Quizá nos veamos en casa de Lady Thornbury.
—Así lo espero, querida —dijo Lord Henry, cerrando la puerta
tras ella, que, semejante a un ave del paraíso que hubiera pasado
toda la noche a la lluvia, escapó de la habitación dejando
tras sí un tenue olor a franchipán. Luego, encendió
un cigarrillo y se dejó caen en el diván.
—No te cases nunca con una mujer de cabellos pajizos, Donan —dijo después
de unas cuantas chupadas.
—~Por qué, Harry?
—Porque son demasiado sentimentales.
—Peno ¿y si a mí me gusta la gente sentimental?
—No te cases nunca, Dorian. Los hombres se casan pon fatiga; las mujeres,
pon curiosidad. Ambos sufren un desengaño.
—No creo que me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Es uno de tus
aforismos. Lo este poniendo en práctica, como hago con todo lo que
dices.
—~,Y de quién estás enamorado? —preguntó Lord
Hany, haciendo una pausa.
—De una actriz —dijo Dorian Gray, ruborizándose.
Lord Henry se encogió de hombros.
—Debut un tanto vulgar.
—No dirías eso si la vieses, Hany.
—~Quién el?
—Su nombre es Sibyl Vane
—Nunca la he oído nombrar.
—Ni nadie. Peno algún día se hablará de ella.
Es genial.
—Hijo mio, no hay mujer genial. Las mujeres son un sexo decora-tivo.
Jamás tienen nada que decir, peno lo dicen deliciosamente. La mujer
representa el triunfo de la materia sobre el espíritu, así
como el hombre representa el triunfo del espíritu sobre las costumbres.
—~,Cómo puedes decir eso, Hany?
—Es la pura vendad, querido Dorian. Precisamente ahora me ocu-po de
analizar a las mujeres; de modo que estoy fuerte en la materia. Pon otra
parte, el tema no es tan abstruso como yo creía. He llegado a la
conclusión de que no hay más que dos clases de mujeres: las
de sali-ñadas y las que se pintan. Las mujeres desaliñadas
son utilísimas. Si quienes adquirir una reputación de respetabilidad,
no tienes más que invitanlas a cenar. Las otras son encantadoras.
Sin embargo, caen en un error. Se pintan para parecen jóvenes. Nuestras
abuelas se pintaban pana hablan con ingenio. Rouge y esprit iban con frecuencia
aparejados. Todo esto ha concluido ya. Hoy, una mujer, mientras puede parecen
diez años más joven que su hija, se siente perfectamente
satisfecha. Y en punto a conversación, no hay más que cinco
mujeres en todo Lon-dres con las que valga la pena de charlar; y, de esas
cinco, dos no pue-den ser admitidas en sociedad. Peno continúa hablándome
de ese genio. ¿Desde cuándo la conoces?
—~Ah!, Harry, tus teorías me asustan.
—No hagas caso de ellas. ¿Desde cuándo la conoces?
—Desde hace unas tres semanas.
—~,Y dónde la has encontrado?
—Voy a decírtelo; peno confio en que no te reirás de
mí. Después de todo, nunca me habría ocurrido si no
te hubiese conocido a ti. Tú me infundiste el deseo frenético
de conocen la vida en su totalidad. A raíz de nuestro encuentro,
durante días y días, un no sé qué desconoci-do
parecía latir dentro de mis venas. Vagando pon el Parque, callejean-do
pon Piccadilly, me fijaba en textos los que pasaban a mi lado, pre-guntándome,
con una curiosidad loca, cómo serían sus vidas. Algunos me
fascinaban. Otros me llenaban de terror. En el aine parecía flotar
no sé qué veneno delicioso. Me sentía ávido
de sensaciones... Una noche, a eso de las siete, decidí salin en
busca de alguna aventura. Sentía como si este Londres gris y monstruoso,
con sus millones de habitantes, sus pecadores sórdidos y sus espléndidos
pecados, como tú dijiste una vez, tuviese pana mi en reserva alguna
sorpresa. Imaginaba un sin fin de casas. Sólo la sensación
del peligro me procuraba ya una sensación de deleite. Recordaba
texto lo que me dijiste aquella noche maravillosa en qué cenamos
juntos pon vez primera, sobre la persecución de la belleza, que
es el verdadero secreto de la vida. No sé qué es lo que esperaba,
peno me dirigí hacia los barrios tajos, extraviándome al
paco rato en un laberinto de callejones infectos y plazuelas negruzcas,
sin jandincillos. Las ocho y media serían cuando acerté a
pasan pon delante de un absur-do teatrucho, alumbrado profusamente con
grandes mecheros de gas y cubierto de carteles llamativos. Un repugnante
judío, con el chaleco más sorprendente que he visto en mi
vida, estaba en pié a la entrada, fumando una tagarnina. Pon debajo
del sombrero le asomaban unos rizos aceitosos, y un enorme diamante fulguraba
en la pechera de su camisa mugrienta. !?~,Un palco, milond~?!?, dijo al
yerme, descubriéndo-se con un ademán mirífico de servilismo.
Había algo en él, Hany, que me hacía gracia. Era un
verdadero monstruo. Ya sé que te reirás de mi; peno el caso
es que entré, después de pagar una guinea pon el prosce-nio.
Todavía no he conseguido explicarme pon qué lo hice; y, no
obs-tante, querido Hany, si no lo hubiese hecho, habría pendido
la más hermosa novela de mi vida. ¿Ves?, ya te estás
riendo. Encuentro eso muy feo.
—No me río, Dorian; pon lo menos, no me río de ti. Peno
no debe-rías decir la novela más hermosa de tu vida. Di,
más bien, la primera novela de tu vida. Tú siempre serás
amado, y siempre estarás enamora-do del amor. Una gran pasión
es el privilegio de la gente que no tiene nada que hacen. ES lo único
pana que sirven las clases desocupadas de un país. Puedes estar
tranquilo. Te esperan una porción de goces exqui-sitos. Esto no
es más que el comienzo.
—~,Tan superficial me crees? -exclamó Donan Gray, resentido.
—No, pon lo mismo que te creo profundo.
—~Qué quienes decir, entonces?
—Hijo mío, los que no aman más que una vez en su vida
son los verdaderamente superficiales. Lo qué llaman su lealtad y
su constancia, yo lo llamo el letargo de la costumbre o su falta de imaginación.
La fidelidad es a la vida sentimental lo que la consecuencia en las ideas
es a la vida intelectual: simplemente una confesión de impotencia.
¡ La fidelidad! Algún día la analizané. La pasión
del propietario se esconde en ella. ¡Cuántas cosas arrojaríamos
si no temiésemos que otros pudie-ran recogerlas! Peno no quiero
interrumpirte. Continúa tu historia.
—Bueno; pues me encontré sentado en un horroroso palquito inte-rior,
frente a un telón corrido, vulgarísimo. Me dediqué
a examinar la sala. Era un verdadero horror, con un decorado de lo más
charro, todos cupidos y cornucopias, como una tarta de bodas de tercer
orden. En la galería y en el patio había bastante gente;
peno las dos tilas de butacas mugrientas estaban totalmente vacías,
y apenas había un alma en lo que supongo llamarían butacas
de balcón. Pon en medio del público circulaban vendedoras
de naranjas y cerveza de jengibre, y se hacía un consumo de nueces
fenomenal.
—Nada; como en los días gloriosos de~ drama inglés.
—Pon completo, supongo. Y te aseguro que era un espectáculo
po-co grato. Empezaba ya a preguntarme qué resolución tomar,
cuando me fijé en el programa: ¿Qué obra crees que
daban, Hany?
—Supongo que El niño idiota, o Mudo, pero inocente. Nuestros
padres eran bastante aficionados a este género de obras. A medida
que vivo, Dorian, comprendo más agudamente que lo que satisfacía
a nuestros padres no puede ya satisfacernos a nosotros. En arte, como en
política, les grand-péres ont tort(Sic en el texto. Las pocas
palabras francesas del original han sido conserva-das en su mayoría.)
—La obra también podía satisfacernos a nosotros, Hany.
Era Ro-meo y Julieta. Debo confesar que la idea de ver representar Shake
spea-ne en un chamizo semejante no me hacía mucha gracia. Sin embargo,
en cierto modo, me sentí intrigado. Pon si acaso, decidí
aguardan al primer acto. Había una endiablada onquesta, dirigida
pon un joven hebreo que tocaba un piano desvencijado, y que estuvo a punto
de ponerme en fuga; peno, al fin, se levantó el telón y empezó
la obra. Romeo era un galán corpulento y entrado en años,
de cejas tiznadas con concho quemado, una voz catarrosa de tragedia y el
aspecto gene-ral de un tonel de cerveza. Mencutio era pon el estilo de
malo: uno de esos cómicos de baja estofa que meten morcillas y están
en los mejores términos con la galería. Ambos eran tan grotescos
como el decorado, y parecían recién salidos de una barraca
de feria. ¡Peno Julieta, en cam-bio! Imagínate, Hany, una
muchacha de apenas diecisiete años, con una carita en flor, una
cabecita griega con rodetes trenzados de cabello castaño, ojos como
pozos morados de pasión, labios como pétalos de rosa. Era
la cosa más bonita que había visto en mi vida. Tú
me dijiste una vez que lo patético te dejaba insensible, peno que
la belleza, la simple belleza, podía arrasarte los ojos en lágrimas.
Pues bien, Hany:
te aseguro que las lágrimas empañaron de tal modo los
míos, que ape-nas podía verla. ¡Y su voz! Jamás
he oído una voz semejante. Al prin-cipio era muy queda, con notas
profundas y melodiosas, que parecían caen una a una en el oído.
Luego se fue haciendo más alta, y sonaba como una flauta o un oboe
lejano. En la escena del jardín tuvo todo el éxtasis trémulo
que se oye poco antes del alba cuando los ruiseñores están
cantando. Hubo momentos, poco después, en que tuvo la pasión
ardorosa del violín. Tú sabes lo que una voz puede conmovernos.
Tu voz y la de Sibyl Vane son dos cosas que jamás podré olvidar.
Cuando cierro los ojos, oigo ambas, y cada una dice algo distinto. No sé
a cuál seguir. ¿Pon qué no voy a querer a Sibyl Vane?
Sí, Hany, la quiero. Es todo para mí en la vida. Noche tras
noche voy a verla representar. Una noche es Rosalinda, y a la siguiente
es Imogenia. La he visto morir en las tinieblas de una tumba italiana,
libando el veneno de labios de su amante. He seguido sus pasos pon la selva
de las Ardenas, disfrazada de mancebo, en jubón y calzas, tocada
con un lindo birrete. Ha estado loca, y ha ido a presencia de un rey culpable,
y le ha dado un manojo de ruda y otras hierbas amargas. Era inocente, y
las negras manas de los celos han estrujado su garganta, frágil
como un junco. Yola he visto en todas las épocas y en todos los
trajes. Las mujeres corrientes no excitan nuestra imaginación. Se
ven limitadas a su propio siglo. No hay hechizo ni encantamiento que las
transfigure. Se conoce su alma tan fácilmente como sus sombreros.
Se puede penetrar en ellas de conti-nuo. No hay misterio alguno en ellas.
Pasean en coche pon el Parque de mañana, y cotorrean pon las tardes
en los tés. Tienen sonrisas estereoti-padas y van siempre a la moda.
Son vacías, completamente vacías y transparentes. ¡En
cambio, una actriz! ¡Qué diferencia de una actriz! Hany, ¿cómo
no me has dicho nunca que las únicas criaturas dignas de ser amadas
son las actrices?
—Pues porque he querido a un porción de ellas, Donan.
—~Sí; mujeres horribles, con el pelo teñido y la cana
pintada!
—No hables mal del pelo teñido y las caras pintadas. Aveces,
tie-nen un encanto extraordinario —dijo Lord Henry.
—Siento ya haberte hablado de Sibyl Vane.
—No habrías podido dejan de hacerlo, Dorian. Toda la vida tendrás
ya que contarme cuanto hagas.
—Sí, Hany, tal creo. No puedo dejan de contártelo todo.
Tienes sobre mí un extraño influjo. Si alguna vez cometiese
un crimen, ten pon seguro que iría a confesártelo. Tú
me comprenderías.
—Los hombres como tú, rayos de sol caprichosos de la vida, nunca
cometen crímenes. Peno no importa; de todas modos, te quedo muy
agradecido pon la gentileza. Y ahora, dime (alcánzame las cerillas,
sé buen chico; gracias): ¿en qué estado se encuentran
actualmente tus relaciones con Sibyl Vane?
Donan Gray se puso en pie, con las mejillas cubiertas de rubor y los
ojos ardiendo.
—~Hany, Sibyl Vane es sagrada!
—Sólo las cosas sagradas valen la pena de ser conseguidas, Donan
ijo Lord Henry, con una extraña sombra de ternura en la voz -. Pero
¿a qué molestarte? Supongo que algún día, tarde
o temprano, será tuya. Cuando se está enamorado, siempre
comienza uno pon engañarse a sí propio, y siempre acaba pon
engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela.
Bueno; supongo que, pon lo menos, la cono-cerás.
—Claro que la conozco. La primera noche que fui al teatro, el ho-rrible
judío vino a rondan el palco, al final de la representación,
y me ofreció llevarme al escenario y presentarme a ella. Yo me puse
furioso, y le dije que Julieta había muerto hacía cientos
de años y que su cuerpo descansaba en una tumba de mármol
en Verona. Comprendí, pon su minada de estupefacción, que
pensaba que yo había bebido demasiado champagne, o algo pon el estilo.
—No me extraña.
—Entonces me preguntó si yo escribía en algún
periódico. Le contesté que ni siquiera los leía, cosa
que pareció producirle una terri-ble decepción. Luego me
confesó que todos los críticos dramáticos se habían
conjurado contra él, y que todos ellos eran gentes venales que no
querían más que ser comprados.
—No me sorprendería que tuviese razón. Peno, pon otra
parte, a juzgar pon las apariencias, no deben ser muy canos que digamos.
—Sí; peno sin duda él creía que no estaban a su
alcance—dijo Do-rian, riendo -. Mientras tanto, habían ido apagando
las luces, y tuve que marcharme. Quiso, entonces, hacerme probar unos cigarros,
que me recomendó con grandes elogios; peno decliné la invitación.
A la noche siguiente, como puedes suponen, volví al teatro. En cuanto
me vio me hizo una profunda nevenencia, y me asegunó que yo era
un generoso protector del arte. Es una bestia completa, a pesan de su extraordinaria
pasión pon Shakespeare. Una vez me dijo, con orgullo, que sus cinco
bancarrotas se debían pon completo al Bardo, como él se empeña
en llamarle. Sin duda considera esto como un título de gloria.
—Y lo es, mi querido Dorian; un gran titulo de gloria. La mayoría
de los que hacen bancarrota es pon haber interesado demasiado dinero en
la prosa de la vida. Haberse arruinado pon amor a la poesía, es
un honor. Peno ¿cuándo hablaste pon primera vez con Miss
Sibyl Vane?
—La tercera noche. Había hecho de Rosalinda. No pude conte-nerme.
Le había arrojado unas flores a escena, y ella me había minado;
o, pon lo menos, se me figuró. El viejo judío insistió
de tal modo, tan decidido parecía a presentarme, que al fin consentí.
Es extraña esta falta mía de deseo pon conocerla, ¿vendad?
—No; no me parece.
~Y pon qué, mi querido Hany?
—Otro día te lo explicaré. Ahora, continúa tu
cuento de la mucha-cha.
—~,De Sybil? ¡Oh, es tan tímida, tan candorosa! Hay en
ella algo de niña. Abrió los ojos de par en pan, deliciosamente
sorprendida, cuando le hablé de su talento; parecía totalmente
inconsciente de su arte. Los dos nos sentimos un poco cortados. El judío
estaba en pie a la puerta del polvoriento saloncillo, hilvanando complicados
discursos a cuenta nuestra, mientras nosotros continuábamos mirándonos
uno a otro como chiquillos. Como el judío se empeñaba en
llamarme milord, tuve que aseguran a Sibyl que no era lord ni mucho menos.
Ella me contestó con toda ingenuidad: !?Más bien parece usted
un príncipe; el príncipe de los cuentos de hadas!?.
—~Caramba, Dorian, sabes que Miss Sibyl es experta en piropos!
—No la has entendido, Hany. Ella me consideraba simplemente como un
personaje de una obra. ¿Qué sabe ella de la vida? Vive con
su madre, una vieja descolorida y mustia que representaba el papel de dama
Capuleto, la primera noche, vestida con una especie de peinador magenta,
y que tiene un aine de persona que ha venido a menos.
—Conozco ese aine. Siempre me deprime —munmunó Lord Henry, examinando
sus sortijas.
—El judío quiso contarme su historia; peno le declaré
que no me interesaba.
—Hiciste bien. Siempre hay algo mezquino en las tragedias de los demás.
—Sibyl es la única que me interesa. ¿Qué me importa
su origen? Desde su cabecita hasta sus piecesitos, toda ella es divina,
absolutamente divina. Todas las noches voy a verla representan, y cada
noche es más maravillosa.
—~Ah!, ésa es la razón, sin duda, de pon qué ahora
no cenas nunca conmigo. Supuse que tendrías alguna aventura singular
entre manos. Y la tienes; peno no es completamente lo que yo esperaba.
—~Peno, querido Hany, si todos los días comemos o cenamos juntos
y he ido contigo a la ópera una porción de veces! -exclamó
Dorian, abriendo de pan en pan sus ojos azules.
—Siempre llegas con un retraso tremendo.
—Sí, es cierto; peno no puedo dejar de ver a Sibyl, ni siquiera
en un solo acto. Tengo hambre de su presencia; y cuando pienso en el alma
maravillosa que se esconde en aquel cuerpecito de marfil, me siento lleno
de temor.
—~,Y esta noche, puedes cenan conmigo, Dorian?
—Esta noche es Imogenia —repuso, meneando la cabeza -. Y ma-ñana
será Julieta.
—~,Y cuándo es Sibyl Vane?
—Nunca.
—Te felicito.
—~Qué malo enes! Ella es todas las grandes heroínas del
mundo en una sola persona. Es más que un ser individual. Sí,
níete; peno te asegu-ro que tiene genio. La quiero, y haré
que ella me quiera. Tú, que sabes todos los secretos de la vida,
dime cómo conseguir que Sibyl Vine me quiera. Tengo que dar celos
a Romeo. Quiero que los amantes muertos de este mundo oigan nuestra risa,
y se entristezcan. Quiero que un soplo de nuestra pasión vuelva
la conciencia a sus cenizas y las des-pierte nuevamente al dolor. ¡Dios
mío, cómo la adoro, Hany!
Tascaba de un lado a otro pon la habitación, mientras hablaba.
Dos rosetones de fiebre quemaban sus mejillas. Se sentía terriblemente
sobreexcitado.
Lord Henry le contemplaba con un vago sentimiento de placer. ¡Cuán
diferente ahora de aquel muchacho tímido, asustadizo, que había
conocido en el estudio de Hallwand! Su naturaleza se había desarrolla-do
como una planta, había florecido en llores de púrpura y de
fuego. El alma había rastreado fuera de su oculto retiro, y a su
encuentro había venido el deseo.
—~,Y qué piensas hacen? —preguntó, al fin, Lord Henry.
—Quiero que tú y Basil vengáis una de estas noches a
verla traba-jan. No tengo el más mínimo temor del resultado.
Estoy seguro de que los das os daréis cuenta de su genio. Luego,
procederemos a arrancarla de las garras del judío. Ella tiene firmado
un contrato pon tres años; es decir, dos años y ocho meses
a contar desde ahora. Claro que tendré que pagan algo. Cuando todo
esté arreglado, la llevaré a un buen teatro y la daré
a conocen como es debido. Entonces enloquecerá al mundo como me
ha enloquecido a mí.
—SEsto último, hijo mío, me parece bastante dificil!
—No, ella lo hará. No es arte sólo lo que tiene, el instinto
supremo del arte, sino también personalidad; y más de una
vez te he oído decir que son las personalidades, y no los principios,
quienes mueven al mundo.
—Bueno, ¿qué noche vamos?
—Espera. Hoy es martes. Vamos mañana. Mañana hace Julieta.
—Perfectamente. En el Bristol, a las ocho. Yo necogené a Basil.
—No, a las ocho no, Harry, te lo ruego. A las seis y media. Es pre-ciso
que estemos allí antes de levantanse el telón. Tenéis
que verla en el primer acto, cuando se encuentra con Ronco.
—~A las seis y media! ¡Vaya una hora! Será como un pastel
de carne fría o la lectura de una novela inglesa. Pongamos a Lis
siete. Nadie que se estime come antes de las siete. ¿Verás
tú mismo a Basil? ¿O quienes que le escriba yo?
—~Pobne Basil! Hace una semana que no le he visto. Realmente, no está
bien. Acaba de enviarme el retrato, con un marco estupendo, dibujado especialmente
pon el; y, aunque estoy un poco celoso del cuadro, que ya tiene un mes
menos que yo, debo confesar que me entu-siasmo. Quizás sería
preferible que le escribieses. No querría verle a solas. Me dice
siempre cosas molestas. Me da buenos consejos.
Lord Henry sonrió.
—~ Qué afición tiene la gente a dar aquello de que está
más nece-sitada! Es lo que yo llamo el abismo de la generosidad.
—~Oh!, Basil es el mejor de los hombres, peno me parece un po-quitín
filisteo. Desde que te conozco, Hany, he llegado a este descu-brimiento.
—Hijo mío: Basil pone todo lo mejor de él en su obra.
El resultado es que no le quedan para la vida más que sus prejuicios,
sus principios y su sentido común. Los únicos artistas personalmente
encantadores que he conocido, son malos artistas. Los buenos, existen sólo
en lo que hacen; y, en consecuencia, canecen de todo interés como
sujetos. Un gran poeta, un verdadero gran poeta, es la menos poética
de las criatu-ras. En cambio, los poetas menores son absolutamente deliciosos.
Mientras peones son sus rimas, más pintorescos parecen ellos. El
meno hecho de haber publicado un volumen de sonetos de segunda mano, hace
irresistible a un hombre. Vive la poesía que no puede escribir.
Los otros escriben la poesía que no se atreven a llevar a cabo.
—Es posible, Hany —dijo Donan Gray, poniéndose esencia en el
pañuelo, de un panzudo frasco de tapón donado que había
sobre la mesa -. Así debe sen, cuando tú lo dices. Y, ahora,
me voy. Imogenia me aguarda. Note olvides mañana. Adiós.
Apenas hubo salido de la habitación, cerró Lord Henry
sus párpa-dos, y comenzó a meditar. Ciertamente, pocos senes
le habían interesa-do al punto que Donan Gray; y, sin embargo, la
frenética adoración del mancebo pon otra persona no le causaba
el menor sentimiento de mo-lestia ni de celos. Al contrario, le complacía.
Hacía de él un estudio más interesante. Siempre le
habían atraído los métodos de las ciencias naturales;
peno los fines propios de estas ciencias le habían parecido triviales
y sin trascendencia. Así, él había comenzado pon hacen
la vivisección de sí propio, y acabado pon hacen la de los
demás. ¡La vida humana! Esta era la única cosa que
le parecía digna de ser investigada. En su comparación, todo
el resto carecía de valor. Cierto que, para examinan la vida en
su extraño crisol de dolor y de alegría, no podía
uno ponerse la mascarilla de cristal del químico, ni impedir que
los vapores sulfurosos turbaran el cerebro y enturbiasen la imaginación
con monstruosas fantasías y sueños deformes. Había
venenos tan suti-les, que pana conocen sus propiedades era preciso experimentarlo
s en sí mismo. Había enfermedades tan extrañas, que
era preciso pasar pon ellas si se quería comprenden su naturaleza.
Y, sin embargo, ¡qué mag-nífico premio el que se recibía!
¡Cuán maravilloso se nos tornaba el mundo entero! Observar
la lógica singular e inflexible de las pasiones, y la vida emocional
y policroma de la inteligencia; ver dónde se en-cuentran y dónde
se separan, en qué punto marchan al unísono y en cuál
se muestran desacordes... ¡qué deleite en todo ello! ¿Qué
importa el coste? Ningún precio es excesivo para pagar una sensación.
Él sabía —y el pensamiento trajo un destello de placer
a sus ojos de ágata oscura— que ciertas palabras suyas, palabras
musicales, dichas musicalmente, eran las que habían hecho que el
alma de Donan Gray se hubiese vuelto hacia aquella blanca doncellita, inclinándose
en ado-ración ante ella. En gran parte, el mancebo era creación
suya. Él lo había hecho prematuro. Esto ya era algo. La mayoría
de las personas esperan que la vida vaya descubriéndoles pon sí
mismas sus secretos; peno a los menos, a los elegidos, los misterios de
la vida les son revela-dos antes de que el velo sea descorrido. A veces,
pon efecto del arte, y principalmente del arte de la literatura, que está
en relación más inme-diata con las pasiones y el entendimiento.
Peno, de vez en cuando, alguna personalidad compleja hacía las veces
y asumía el oficio del arte, siendo realmente, a su modo, una verdadera
obra de arte, porque la vida tenía también sus obras maestras,
lo mismo que la poesía, la escultura o la pintura.
Sí; el mancebo era prematuro. En primavera, entrojaba ya su
co-secha. El pulso y la pasión de la juventud latían en él,
peno ahora em-pezaba a cobrar conciencia de sí mismo. Era un gozo
el observarlo. Con su admirable rostro y su alma admirable, era algo maravilloso.
¿Qué importaba el fin de todo aquello, ni si estaba fatalmente
destina-do a tener un fin? Era como una de esas gráciles figuras
de comedia, cuyas alegrías parecen remotas de nosotros, peno cuyos
dolores susci-tan nuestro sentido de la belleza, y cuyas heridas son como
rosas rojas. ¡Alma y cuerpo, cuerpo y alma! ¡Qué hondos
misterios! También el alma tenía su animalidad, y el cuerpo
sus momentos de espirituali-dad. Los sentidos podían depuranse,
y la inteligencia podía degradanse. ¿Quién podría
decir dónde cesa el impulso carnal, y dónde el impulso psíquico
comienza? ¡Cuán vanas las definiciones arbitrarias de los
psicólogos! Y, sin embargo, ¡ qué dificil decidir entre
las pretensiones de las diversas escuelas! ¿Era el alma una sombra
neclusa en la casa del pecado? ¿O bien estaba el cuerpo en el alma
como pensaba Giondano Bruno? La separación del espíritu y
la materia era un misterio, y miste-rio también la unión
del espíritu con la materia.
Preguntábase si podríamos llegar alguna vez a hacen de
la psico-logía una ciencia tan absoluta, que los más mínimos
resortes de la vida nos fuesen revelados. Hoy pon hoy, continuamente nos
engañábamos respecto a nosotros mismos, y raramente conseguíamos
comprenden a los demás. La experiencia no tenía valor ético
alguno. Era simplemente el nombre que dábamos a nuestros errores.
Los moralistas, pon regla general, la han considerado como una especie
de advertencia, recla-mando para ella cierta eficacia moral en la formación
del carácter, preconizándola como algo que nos enseña
lo que conviene seguir y nos muestra lo que es preciso evitan. Peno la
experiencia carecía de toda fuerza motriz. Como causa activa, era
tan poca cosa como la misma conciencia. Todo lo que realmente demostraba
era que nuestro futuro sería igual a nuestro pasado, y que el pecado
que en otro tiempo come-timo s con repugnancia, volveríamos a cometerlo
una porción de veces con satisfacción.
Pana él no ofrecía duda que el método experimental
era el único pon medio del cual se podía llegar a un análisis
científico de las pasio-nes; y ciertamente que Dorian Gray era un
sujeto bien propicio, y que parecía prometen ricos y fructuosos
resultados. Su amor súbito y des-medido pon Sibyl Vane era un fenómeno
psicológico de no poco inte-rés. Desde luego que la curiosidad
había entrado pon mucho en él, la curiosidad y el deseo de
nuevas experiencias; peno, sin embargo, no era una pasión simple,
sino bien compleja. Lo que había en cita del instinto puramente
sensual de la pubertad, había sido transformado pon el tra-bajo
de la imaginación, cambiado en algo que a él mismo le parecía
extraño a los sentidos, y, pon esta razón, tanto más
peligroso. Las pa-siones sobre cuyo origen nos engañamos, son las
que nos tiranizan más duramente. Nuestros móviles más
endebles son aquellos de cuya natu-raleza nos damos cuenta. Con frecuencia
ocurre que, cuando creemos hacen una experiencia sobre los demás,
la estamos haciendo sobre nosotras mismos.
Continuaba Lord Henry meditando en estas cosas, cuando, des-pués
de llamar a la puerta, entró su ayuda de cámara a recordarle
que ya era hora de vestinse para la cena. Poniéndose en pie, echó
una mina-da hacia la calle. El ocaso inflamaba con un oro escarlata las
ventanas altas de las casas de enfrente. Los cristales centelleaban como
placas de metal candente. Encima, el ciclo era como una rosa mustia. Pensó
en la llameante juventud de su amigo, y en cómo acabaría
todo aquello.
Al volver a su casa, a eso de las doce y media, vio sobre la mesa del
vestíbulo un telegrama. Lo abrió: era de Dorian Gray, para
decirle que había dado palabra de casamiento a Sibyl Vane.
CAPITULO V
—~Madre, madre, qué feliz soy! —susurró la muchacha, escondien-do
el rostro en el regazo de la vieja descolorida y marchita, que, senta-da
en- el único sillón de la mugrienta salita, volvía
la espalda a la viva claridad que entraba pon la ventana.
—~Qué feliz soy! —repitió -. ¡Y también
usted tiene que ser feliz!
Dando un respingo en el sillón, puso la señora Vane sus
manos blanqueadas al albayalde sobre la cabeza de su hija, y exclamó:
—~Feliz! Yo no soy feliz más que cuando te veo trabajar, Sibyl.
Y no debería pensar en otra cosa que en tu arte. Mn. Isaacs ha sido
muy bueno con nosotros, y le debemos dinero.
—~ Dinero! —gritó la muchacha, levantando la cabeza con un mohín
de disgusto -. ¿Y qué importa el dinero? El amor vale más
que el dine-ro.
—Mister Isaac s nos ha adelantado cincuenta libras pena pagan nuestras
deudas y equipan decentemente a James; no lo olvides, Sibyl. Cincuenta
libras es una cantidad crecida. Mn. Isaacs ha estado muy considerado.
—No es un caballero, madre, y detesto la manera que tiene de ha-blarme
ijo la muchacha, levantándose y yendo hacia la ventana.
—Pues no sé cómo íbamos a arreglárnoslas
sin él —replicó la vieja quejumbrosamente.
Sacudiendo la cabeza echó se a reír Sibyl Vane.
—Ya no lo necesitamos para nada, madre. El príncipe se ocupará
de nosotras.
Hizo una pausa. Una ola de rubor corrió pon sus venas, tiñendo
sus mejillas. Un alentar anheloso entreabría las pétalo trémulos
de sus labios. Un vendaval de pasión sopló sobre ella agitando
los pliegues graciosos de su falda.
—Le quiero —dijo simplemente.
—~Locuela! ¡Locuela! —reconvino la vieja, acentuando grotesca-mente
la palabra con un ademán de sus dedos engarfiados, cubiertos de
sortijas falsas.
Rió de nuevo la muchacha. Había en su voz la alegría
de un pájaro enjaulado. Sus ojos recogían la melodía,
repitiéndola en resplandor; luego cerrábanse pon un instante,
como para esconder su secreto. Cuando volvía a abrirlos, la bruma
de un ensueño había por ellas.
La cordura de labios secas continuaba hablándole desde un raído
sillón, sugiriendo máximas de prudencia, tomadas de ese libro
de co-bardía, cuyo autor nemeda el nombre de sentido común.
Peno ella no escuchaba. Sentíase libre en su cárcel de pasión.
Su príncipe, el prínci-pe de los cuentos de hadas, estaba
con ella. Ella había acudido a la memoria para fingir su presencia.
En busca suya envió su alma, y ésta le había traído
consigo. De nuevo, el beso de él quemaba sus labios, y su aliento
caldeaba sus párpados.
Entonces la cordura cambió de rumbo y habló de indagación
y espionaje. Quizá aquel joven era rico. En ese caso, podía
pensarse en el matrimonio. Estrellábanse contra la concha de los
oídos de ella las olas de la malicia humana. Silbaban en torno suyo
los dardos de la astucia. Veía movense los secos labios y sonreía.
De pronto sintió la necesidad de hablar. Aquel vacío
de palabras la turbaba.
—~Madre, madre! —exclamó -. ¿Pon qué me quiere
él tanto? Yo sí sé pon qué le quiero. Le quiero
porque es como debe ser el mismo amor. Peno él, ¿qué
es lo que ve en mi? Yo no soy digna de él y, sin embargo, no sé
pon qué, aunque me siento tan pon debajo de él, no me siento
humilde. Al contrario, me siento llena de orgullo. Madre, ¿quiso
usted a mi padre tanto como yo quiero al príncipe?
Palideció la vieja bajo la espesa capa de polvos ordinarios
que enjalbegaban sus mejillas, y crispánonse sus labios en un espasmo
de dolor. Sibyl corrió hacia ella, echándole los brazos al
cuello y besán-dola.
—Pendón, mamá. Sé lo que la hace sufrir a usted
el recuerdo de padre. Y eso, precisamente, demuestra cuánto le quería
usted. No se ponga usted triste. Me siento hoy tan feliz como hace veinte
años lo era usted. ¡Ay, ojalá pueda serlo siempre!
—Hija mia: enes demasiado joven para pensar enamores. Además,
¿qué sabes tú de ese joven? Ni siquiera su nombre.
Nada de esto tiene pies ni cabeza; y la vendad es que, precisamente en
el momento en que James se marcha a Australia y tengo tantas cosas en qué
pensar, podías haber tenido un poco de consideración. Sin
embargo, como ya dije, si ese joven es nico...
-~Ah, madre, madre, déjeme usted ser feliz!
Minóla tiernamente la señora Vane, y con una de esas
falsas acti-tudes melodramáticas, que con tanta frecuencia llegan
a constituir una segunda naturaleza en la gente de teatro, la estrechó
entre sus brazos. En ese momento abrióse la puerta, y un mozo, de
pelo áspero y more-no, entró en el cuarto. Era de tipo necio
y cuadrado, torpe de movi-mientos, con pies y manos enormes, y sin la finura
y distinción de su hermana. Trabajo habría costado adivinan
el próximo parentesco que los unía; tan desemejantes eran.
La señora Vane clavó en él los ojos, y acentuó
su sonrisa. Mentalmente, elevaba a su hijo a la dignidad de público.
Estaba segura de que el cuadro era conmovedor.
—Bien podías guardan alguno de esos besos para mí, Sibyl
—dijo el mozo con un gruñido afable.
—~Peno si tú enes un oso y no te gustan los besos! -exclamó
ella corriendo a abrazarle.
James Vane miró a su hermana con ternura.
—Quisiera que vinieses conmigo a dar una vuelta, Sibyl. Me pare-ce
que no volveré a ver este condenado Londres, y a fe que no lo senti-né
mucho.
—No digas cosas tan tristes, hijo mío —murmuró la señora
Vane, suspirando; y recogiendo del suelo un traje de escena de calones
chillo-nes, se puso a nemendanlo. Le había producido una ligera
decepción que su hijo no se hubiese unido al grupo. Sin duda habría
acrecentado la fuerza teatral de la situación.
—~,Y pon qué no, madre, si así lo pienso?
—Me haces sufrir, hijo mio. Espero que podrás volver de Australia
con una buena posición. Cneo que en las colonias no se hace vida
de sociedad de ningún género; pon lo menos, nada que pueda
conceptuanse como tal; así que, cuando hayas hecho fortuna, debes
volver a e stable-certe definitivamente en Londres.
—~Vida de sociedad! —nefunfuñó el mozo —. ¿Y qué
tengo yo que ver con eso? Si yo quiero hacen algún dinero es pana
netinarlas a usted y a Sibyl del teatro. ¡Cómo lo aborrezco!
—~Qué poco amable enes, Jim! [Diminutivo de James (Jaime).]
—dijo Sibyl, riendo -. ¿Peno es de venas que quienes dar
una vuelta conmigo? ¡Eso está bien! Temia que te fueras a
despedir de algún amigote tuyo; de Tom Hardy, que te re-galó
esa horrorosa pipa; o de Ned Langton, que te hace burla cuando te ve fumar
en ella. Es una delicadeza el dedicarme tu última tarde. ¿Adónde
quienes que vayamos? ¿Te parece que al Parque?
—Voy demasiado fachoso —repuso él, frunciendo el ceño
-. Al Parque no va más que la gente elegante.
—~Qué tontería, Jim! —susurró ella, tomándole
de un brazo.
—Bueno -dijo él, al fin, después de vacilan un momento
-. Peno no tardes mucho en vestirte.
Echó ella a corren, bailando alegremente. Oyó sela cantar
escaleras arriba, y pronto resonaron sus pisadas en el piso de encima.
El dio dos o tres vueltas pon la habitación, sin despegar los
labios. Al fin, se detuvo, volviéndose hacia la figura inmóvil
en el sillón.
—~Están listas todas mis cosas, madre? —preguntó
—Todo está listo, James -contestó ella sin levantar los
ojos de su labor.
Meses hacía que experimentaba cierto malestar cuando se encon-traba
a solas con es te hijo suyo, tan serio y tan áspero. Todo su natural
frívolo y vano se turbaba al encontrar sus ojos. Preguntábase
a menudo si sospechaba algo. El silencio, pues de nuevo había caído
él en su taciturnidad, se le hizo intolerable. Empezó a lamentarse.
Las mujeres se defienden atacando, así como otras veces atacan con
súbitas y extra-ñas sumisiones.
—Espero que te sentirás a gusto en tu vida de marino, James
-dijo. No olvides que tú mismo enes quien la ha elegido. ilubicras
podi-do entrar en el estudio de un procurador. Los procuradores son una
clase muy considerada; y, en provincias, las familias más principales
les invitan a comen con mucha frecuencia.
—Detesto las oficinas, y detesto a los empleadas —contestó él
-. Pe-no tiene usted razón. Yo mismo he elegido la vida que más
me conve-nía. Todo lo que le pido a usted es que guarde bien a Sibyl.
Que no le ocurra ninguna desgracia, madre. Guándela usted bien.
—~Qué cosas dices, James! Claro que la guandané bien.
—Me han dicho que hay un señor que va al teatro todas las noches,
y habla en el saloncillo con ella. ¿Es vendad eso? ¿Está
eso bien, ma-dre?
—Estás hablando de lo que no entiendes, James. En nuestra profe-sión
estamos acostumbradas a recibir muchas atenciones. Yo misma, ¡cuántos
ramos no he recibido en otro tiempo! ¡Entonces sí que se apreciaba
nuestro trabajo! Pon lo que a Sibyl se refiere, aún no sé
si ha tomado la cosa enserio. Peno no cabe duda de que el muchacho es todo
un caballero. Siempre está muy atento conmigo. Además, todas
las apariencias son de que es rico, y las flores que envía son preciosas.
—Sí; peno todavía no sabe usted cómo se llama
-dijo él agriamen-te.
—Es cierto —replicó la madre, con semblante plácido -.
Todavía no ha revelado su verdadero nombre. Me parece que debe ser
muy ro-mántico Probablemente pertenece a la aristocracia.
James Vane mondióse los labios.
—Guarde usted bien a Sibyl, madre -exclamó -; guándela
usted bien.
—Hijo mío, me aflige tanta recomendación. Sibyl está
siempre a mi cuidado. Claro que, si ese: caballero fuese rico, no habría
razón para que dejase de contraen alianza con él. Yo creo
que es de la aristocracia. Tiene todas las apariencias. Sería un
matrimonio brillantísimo para Sibyl. Harían una pareja encantadora.
El aspecto de él no puede ser mejor; todo el mundo lo ha notado.
Murmurando unas palabras entre dientes, el mozo tamborileó un
momento con sus dedos sobre el cristal de la ventana. Volvíase de
nuevo para decir algo, cuando se abrió la puerta y entró
Sibyl corrien-do.
—~Qué serios estáis los dos! —exclamó -. ¿Qué
ocurre?
—Nada -contestó él -. Alguna vez hay que estar serio.
Adiós, ma-dre; hasta luego. Comené a las cinco. Excepto las
camisas, ya he empa-quetado todo; así que no tiene usted que molestarse.
—Adiós, hijo —contestó la señora Vane, con un
saludo de estudiada maj estad.
Sentíase considerable mente vejada pon el tono que había
adopta-do con ella, y algo creyó ver en sus ojos que le había
dado miedo.
—Deme usted un beso, madre -dijo la muchacha; y sus labios en flor
se posaron sobre la mustia mejilla, entibiando su hielo.
—~Hija mía! ¡Hija mía! -exclamó la señora
Vane, minando hacia el techo en busca de una galería imaginaria.
—~Vamos, Sibyl! —dijo el hermano, impaciente.
Detestaba los efectismos y latiguillos de su madre.
Salieron al atardecen, encendido y ventoso, bajando pon el lúgubre
paseo de Euston. Minaban los transeúntes con cierto asombro a aquel
mocetón, tasco y fornido, y un tanto astroso en efecto, en compañía
de aquella muchachita tan esbelta y distinguida. Parecía un jardinero
rús-tico paseando con una rosa.
Fruncía Jim el ceño, de cuando en cuando, al sorprenden
alguna de aquellas minadas inquisitoriales. Experimentaba esa aversión
a ser minado que se apodena de los hombres célebres al final de
su vida, y que nunca abandona al vulgo. Peno Sibyl no se daba la menor
cuenta del efecto que producía. Su amor se hacía risa en
sus labios. Iba pen-sando en su príncipe, y, para poden pensar mejor,
no hablaba de él, sino del barco en que Jim iba a embarcanse, en
el oro que seguramente en-contraría, en la maravillosa heredera
cuya vida salvaría de manos de aquellos condenados bushnangens (Bandidos
de los bosques australianos, que constituyeron una verdadera plaga del
país.) de camisas rojas. Porque él no iba a ser siempre marinero,
o sobrecargo, o cualquier otra cosa pon el estilo. ¡De ningún
modo! La vida de los marinos es horrible. ¡Estar encerrado en un
banco, con las olas roncas y encrespadas que intentan de continuo metense
dentro, y un viento del infierno que derriba los mástiles y hace
jirones las velas! No; él debía abandonar el barco en Melbourne,
des-pués de despedinse cortésmente del capitán, y
enseguida mancharse a las minas de oro. No pasaría una semana sin
que encontrase una enor-me pepita de oro puro, la pepita más grande
que se hubiese encontrado nunca, y que él conduciría hasta
la costa en un carro custodiado pon seis policías a caballo. Los
bushnangens les atacarían pon tres veces, y serían derrotados
con pérdidas tremendas. O no; mejor sería que no fuese pana
nada a las minas. Eran sitios muy malos, donde los hombres se emborrachaban,
y se mataban a tinos en las tabernas y decían pala-brotas. Él
debía ser ganadero, y una tarde, al caen la noche, cabalgando hacia
su caza, tropezaría con la rica heredera, a quien un bandido ha-bría
raptado en un caballo negro. Y él les daría caza, y la pondría
en libertad. Ella, como es natural, se enamoraría de él,
y él de ella, y se casarían, y volverían entonces
a Londres, donde vivirían en una casa espléndida. Sí;
le aguardaban muchas cosas extraordinarias. Peno él debía
ser muy bueno, y no echan a penden su salud ni gastar el dinero tontamente.
Ella no le llevaba más que un año; peno sabía mucho
mejor que él lo que era la vida. También debería escribirle
en todos los co-rreos, y rezan sus oraciones todas las noches antes de
dorminse. Dios era muy bueno, y velaría pon él. Ella también
rezaría pon él, y dentro de pocos años él volvería
rico y feliz.
Escuchábala el mozo, cejijunto, sin contestar palabra dolorido
en el fondo de tener que abandonan su hogan.
Y no era esto sólo lo que le tenía caviloso y malhumorado.
A pe-san de su inexperiencia, presentía lo peligroso de la situación
de Sibyl. Ese petimetre que le hacía el amor podía in con
mal fin. Era un señori-to, y esto bastaba para que él le
odiase, con ese singular instinto de casta, de que él no podía
danse cuenta, y que, pon esto mismo, le domi-naba más imperiosamente.
Conocía también la ffivolidad y vanidad de su madre, y veía
en ello un inmenso peligro para Sibyl y su porvenir. Los hijos comienzan
pon querer a sus padres; al hacerse mayores, los juzgan; y a veces, hasta
los perdonan.
¡ Su madre! Algo tenía él que preguntarle, algo
que, desde hacía meses, rumiaba en silencio. Una frase casual oída
en el teatro, una burla murmurada que había llegado a sus oídos
una noche en que espe-raba a la puerta del escenario, le habían
desatado un tropel de horribles pensamientos. Se acondó de ello
como de un latigazo que le hubiese cruzado el rostro. Frunciénonse
duramente sus cejas, y con un espasmo de sufrimiento mordió se el
labio inferior.
—No me escuchas ni una palabra de lo que digo, Jim —exclamó
Sibyl -. Y eso que estoy haciendo los planes más magníficos
para tu porvenir. ¡ Contesta algo!
—~Y qué quienes que conteste?
—Pues que serás bueno, y no te olvidarás de nosotros
—dijo ella, sonriéndole.
Encogióse él de hombros.
—Más fácil es que tú me olvides que yo a ti, Sibyl.
—~Qué quienes decir, Jim? —preguntó ella, poniéndose
colorada.
—Me han dicho que tienes un amigo nuevo. ¿Quién es? ¿Pon
qué no me has hablado de él? Nada bueno irá buscando.
—~No sigas, Jim! —gritó ella -. No digas nada en contra suya.
¡Le quiero!
—~,Y ni siquiera sabes su nombre? —repuso el mozo -. ¿Quién
es? Tengo derecho a saberlo.
—Se llama el Príncipe. ¿No te gusta el nombre? ¡Tonto!
No debe-rías olvidarlo. Si lo hubieses visto, dirías también
que es el ser más maravilloso del mundo. Ya lo conocerás;
cuando vuelvas de Australia. Y le querrás mucho. Todo el mundo le
quiere, y yo... ¡Yo, le adoro! ¡Ojalá pudieses venin
al teatro esta noche! ¡Allí estará él, y yo
haré Julieta! ¡Ah, cómo voy a hacerlo! ¡Figúnate,
Jim, estar enamorada y hacen Julieta! ¡Y tenerle a él enfrente!
¡Trabajar para él solo! Tengo miedo de asustan al público;
asustarlo o subyugarlo, ¡quién sabe! Estar enamorado es sobrepujarse
a sí mismo. El pobre Mn. Isaacs va a pro-clamarme un !?genio!? a
sus contertulios del bar. Ya me ha preconizado como un dogma; esa noche
me anunciará como una revelación, estoy segura. Y todo esto
es obra de él, sólo de él, de mi príncipe,
de mi maravilloso galán, de mi Dios de las mercedes. ¡Qué
pobre soy a su lado! ¿Pobre? ¿Y qué importa? Cuando
la miseria entra cautelosamente pon la puerta, el amor entra volando pon
la ventana. Hay que rehacen nuestros refranes. Fueron hechos en invierno,
y ahora estamos —en verano; para mí, en primavera: un verdadero
baile de flores en el azul del cielo...
—Es un señorito —interrumpió el hermano hoscamente.
—SUn príncipe! -exclamó ella, musicalmente -. ¿Qué
más quienes?
—Quiere hacen de ti una esclava.
—~ Sólo el pensamiento de ser libre me estremece!
—~Desconfia de él!
—Verle es amarle; conocerle, es confiar en él.
—~Estás loca, Sibyl!
Echó se ella a reír y se colgó de su brazo.
—Querido Jim, hablas como si tuvieras cien años. También
tú me enamorarás algún día. Entonces sabrás
lo que es. No pongas esa cara enfurruñada. Deberías alegrarte
al pensar que, aunque te vas, me dejas más feliz que he sido nunca.
La vida fue muy dura con los dos, muy dura y muy dificil. Peno ahora cambiará.
Tú te marchas a un mundo nuevo, y yo he descubierto ya uno. Mina,
aquí hay dos sillas; sentémo-nos y minemos pasara la gente
chic.
Sentánonse en medio de un grupo de mirones. Los macizos de tu-lipanes
llameaban como palpitantes círculos de fuego. Una nube de polvo
blanco fluctuaba en el aine abrasado. Las sombrillas de colores brillantes
iban y avenían como gigantescas mariposas.
Sibyl hizo hablar a su hermano de sí mismo, de sus esperanzas,
de sus proyectos. Hablaba él lentamente, con esfuerzo. Pasábanse
uno a otro las palabras como los jugadores se pasan las fichas. Sibyl se
sentía oprimida. No lograba comunicar su alegría. Una débil
sonrisa, dilatan-do pon un instante aquellos labios adustos, fue todo lo
que consiguió. Al poco rato quedó silenciosa. De pronto,
tuvo la visión fugacísima de unos cabellos donados y unos
labios risueños, y Dorian Gray, con dos damas, pasó en un
carruaje abierto.
De un salto se puso en pie, gritando:
—~Ahí va, ahí!
—~,Quién? —preguntó Jim Vane.
—SEl, el príncipe! -contestó ella, siguiendo el coche
con los ojos.
Levantóse él bruscamente, cogiéndola con rudeza
pon el brazo.
—~Enséñamelo! ¿Quién es? Señálamelo
con el dedo. ¡Quiero co-nocerle! —exclamó.
Peno en ese momento el carruaje del duque de Berwick se inter-puso,
y cuando hubo pasado, ya el coche de Dorian había salido del Parque.
—Se fue —murmunó Sibyl tristemente -. Me habría gustado
que lo vieses.
—Yo también me habría alegrado; pues, tan fijo hay un
Dios en el cielo, que si te trae alguna desgracia le matané.
Minóle ella aterrorizada. Repitió él sus palabras,
que cortaban el aine como un puñal. Comenzaba ya la gente a agolparse
en torno suyo. Una señora, casi al lado de ella, reía entre
dientes.
—Vamos, Jim, vamos —susurró Sibyl.
Siguió él tras ella, hendiendo la multitud, satisfecho
de lo que ha-bía dicho.
Al llegar a la estatua de Aquiles, se volvió ella. Velase en
sus ojos una compasión, que pronto se tornó en risa en sus
labios. Sacudió la cabeza.
—Estás loco, Jim, loco de remate. Un chico mal geniaso, eso
es lo que enes. ¿Cómo se te pueden ocurrir semejantes horrores?
No sabes lo que dices. Eso no son más que celos y mala intención.
¡Ah, ojalá te enamorases! El amor hace buena a la gente y
le quita esas ideas.
—Tengo dieciséis años -contestó él -, y
sé lo que me digo. Madre no te sirve de nada. No sabe cómo
debe cuidar de ti. ¡Ojalá no tuviese que irme ahora a Australia!
Note puedes figurar las ganas que me en-tran de echarlo todo a rodar. Y
de no haber firmado ya el contrato, ¡vaya si lo haría!
—~Oh, no te pongas tan serio, Jim! Pareces un héroe de esos
ab-surdos melodramas que tan aficionada era mamá a representan.
No voy a reñir contigo. ¡Le he visto! Y verle es la felicidad
absoluta. No riña-mos. Sé que tú nunca harás
daño a nadie que yo quiera, ¿vendad?
—Mientras lo quieras, no —contestó él a regañadientes.
—iLe querré siempre! —exclamó ella.
—~Y él?
—~ También siempre!
—Es lo mejor que puede hacen.
Soltóse ella vivamente. Luego, riendo, volvió a colgarse
de su brazo. ¡Qué niño era!
Al llegan a Marble Arch tomaron un ómnibus, que les dejó
en la calle de Euston, cenca de su casa. Eran las cinco pasadas, y Sibyl
tenía que dormir un par de horas antes de in al teatro. Jim insistió
para que así lo hiciera. Dijo que prefería despedinse de
ella a solas. Si su madre estaba presente, no dejaría de hacen una
escena, y él detestaba las esce-nas, fueran del género que
fueran.
En el mismo cuarto de Sibyl se despidieron. Sentía el mozo hen-chido
de celos el corazón, y un odio vehemente y homicida contra aquel
extranjero, que le parecía había venido a interponerse entre
am-bos. Sin embargo, cuando los brazos de ella rodearon su cuello, y sus
dedos le acariciaron los cabellos enternecióse y la besó
con verdadero cariño. Mojados de Lágrimas tenía los
ojos al bajar la escalera.
Su madre le esperaba abajo. Al entrar nefunfuñó algo
sobre su falta de puntualidad. Sin contestan, Jim se sentó ala mesa.
Revolotea-ban las moscas alrededor y caminaban sobre el sucio mantel. A
través del estruendo de los ómnibus y el rodar de los coches,
seguía oyendo la voz zumbadora, devorando cada uno de los minutos
que le quedaban pon vivir allí.
Al cabo de unos momentos, rechazó el plato y escondió
la cabeza entre las manos. Parecíale que tenía derecho a
saber. Antes deberían habénselo dicho, si era lo que él
sospechaba. Llena de temor, su madre le observaba, mientras las palabras
se escapaban maquinalmente de sus labios y sus dedos retorcían un
andrajoso pañuelito de encaje. Al dar las seis en el reloj, levantóse
y fue hacia la puerta. Luego, volviéndose en redondo hacia ella,
la miré fijamente. Sus ojos se encontraron. Pane-cióle ver
en los de ella una súplica desesperada. Aquello, lejos de en-ternecerle,
le inritó.
—Madre, tengo algo que preguntar a usted comenzó.
Sin despegar los labios, la señora Vane paseó los ojos
pon la ha-bitación.
—Dígame usted la vendad. Tengo derecho a saberla. ¿Estaba
usted casada con mi padre?
La señora Vane exhaló un profundo suspiro. Fue un suspiro
de alivio. El terrible momento, el momento que noche y día, durante
se-manas y meses, había temido, pon fin había llegado; y,
sin embargo, no sentía miedo. En cierto modo hasta era una decepción
para ella. La vulgaridad de la pregunta a quemarropa requería también
una respuesta rotunda. La situación no había sido traída
gradualmente. Era cruda, sin el menor arte. Parecía un primer ensayo.
—No —contestó maravillándose de la simplicidad brutal
de la vida.
—~Entonces, mi padre era un canalla! —gritó el mozo, apretando
los puños.
Ella sacudió la cabeza.
—Yo sabía que él no era libre. ¡Peno nos queríamos
tanto! De ha-ber vivido ya se habría ocupado de nosotros. No hables
mal de él, hijo mío. Era tu padre; y todo un caballero. Estaba
muy bien emparentado.
De labios del mozo brotó una blasfemia.
—No, si yo pon mi, no me preocupo —añadió -; peno ¿y
Sibyl? Tenga usted mucho cuidado con ella... ¿No es también
un caballero el que le hace el amor? Pon lo menos, así lo dice.
Y supongo que también divinamente emparentado.
Pon un momento, una horrible sensación de humillación
se apode-nó de ella. Dejó caenla cabeza sobre el pecho; en
jugóse los ojos con mano trémula.
—Sibyl tiene una madre —murmuró -. Yo no la tenía.
Conmovióse el mozo. Fue hacia ella, e inclinándose, la
besó.
—Siento haberla entristecido a usted preguntándole pon mi padre
—dijo -; peno no pude contenerme. Ahora, tengo que irme. Adiós.
No olvide usted que ya no tendrá que cuidan más que de una
hija; y tenga usted la seguridad de que si ese hombre hace algún
daño a mi hermana, sabré quién es, seguiré
su pista y lo mataré como a un perro. Lo juro.
La exagerada vehemencia de la amenaza, la gesticulación apasio-nada
que la acompañó, las palabras melodramáticas e insensatas,
hicie-ron parecen más viva la vida a los ojos de la madre. Ella
estaba familiarizada con esa atmósfera. Respinó más
libremente, y pon vez primera desde hacia meses, pudo admiran a su hijo.
Ella habría querido continuar la escena al mismo nivel emocional;
peno él cortó en seco. Había que bajar las maletas
y atar las mantas. El mozo de la casa de huéspedes no hacía
más que entrar y salin. Hubo que ajustan el precio con el cochero.
El momento se pendió en detalles vulgares. Con un nuevo sentimiento
de decepción, la señora Vane agitó pon la ventana
el andrajoso pañuelo de encaje, mientras el hijo se alejaba en el
coche. Comprendía que había pendido una magnífica
ocasión. Se consoló diciendo a Sibyl lo desolada que iba
a ser su vida, ahora que ya no tendría que cuidan más que
de una hija. Recordaba la frase, que le había gustado; peno, de
la amenaza, no dijo nada. Había sido enérgica y dramáticamente
exagerada. Día llegaría en que todos juntos la recorda-sen
riendo.
CAPITULO VI
—Supongo sabrás la noticia, ¿eh, Basil? -dijo Lord Henry
aquella noche, en el momento de entrar Hallward en el reservado del Bristol,
donde ya estaba dispuesta una mesa con tres cubiertos.
—No, Hany —repuso el artista, entregando el abrigo y el sombrero al
criado -. ¿De qué se trata? Espero que no será de
polfiiea, ¿eh? Ya sabes que. la política no me interesa.
Dificilmente se encontraría una sola persona en la Cámara
de los Comunes digna de ser pintada; aun-que a muchos de ellos no les vendría
mal un pequeño revoco.
—Donan Gray se casa —dijo Lord Henry, minándole fijamente.
Estremecióse Hallwand; luego, frunció el ceño.
—~,Que Dorian se casa? -exclamó -. ¡Imposible!
—Absolutamente exacto.
—(~Con quién?
—Con una actriz de segundo orden, o algo pon el estilo.
—No puedo creerlo. Dorian es lo bastante cuerdo.
—Dorian es lo bastante cuerdo para no hacen, de cuando en cuan-do,
tonterías, querido Basil.
—Peno el casarse no es cosa que pueda hacerse de cuando en cuando,
Hany.
—Salvo en América —replicó Lord Henry, lánguidamente
-. Peno yo no he dicho que se haya casado, sino que piensa casarse. Hay
una gran diferencia. Yo me acuerdo perfectamente de estar casado, peno
no tengo la más pequeña reminiscencia de haber pensado nunca
en casar-me. Como que me siento inclinado a creen que no pensé jamás
en tal cosa.
—Peno piensa en el nacimiento de Dorian, en su posición, en
su fortuna. Sería absurdo que contrajese un matrimonio tan desigual.
—Si quienes verle casarse con esa muchacha, no tienes más que
decirle eso, Basil. Puedes estar seguro de que lo harfa sin vacilar. Cuando
un hombre se decide a hacen una estupidez, siempre es pon los motivos más
elevados.
—Espero que, pon lo menos, esa muchacha será buena y honrada,
Hany. No querría ver a Dorian ligado a una mujerzuela, que pudiese
degradan su naturaleza y arruinar su inteligencia.
—~Oh!, es más que buena... es bonita —murmuró Lord Henry,
apu-nando a sonbitos una copa de vermouth y bitters -. Dorian dice que
es bonita, y él no suele equivocarse en estos juicios. Tu retrato
ha madu-rado su criterio respecto al fisico de la gente. Ha producido,
entre otros, ése excelente resultado. En fin, esta noche le veremos,
si es que no ha olvidado la cita.
—~,Hablas en serio?
—Completamente, Basil. Nunca he hablado más en serio.
—Peno ¿es que tú apruebas eso, Basil? —preguntó
el pintor, pa-seando de arriba abajo pon la habitación y mordiéndose
los labios -. No es posible que lo apruebes. Sería una locura.
—Yo nunca apruebo ni desapruebo nada. Es una actitud absurda en la
vida. No hemos venido al mundo pana ventilan nuestros prejuicios morales.
Yo nunca me entero de lo que dicen los necios, ni me meto en lo que hacen
los discretos. Si una persona me atrae sea cual sea el modo de expresión
que esa persona elija, siempre lo encuentro de Do-rian se enamona de una
muchacha preciosa, que representa Julieta, y decide casarse con ella. ¿Porqué
no? Aunque se casara con Mesalina, no pon eso dejaría de ser menos
interesante. Tú bien sabes que yo no soy precisamente un campeón
del matrimonio. El verdadero inconve-niente del matrimonio es que le hace
a uno altruista. Y la gente al-truista es incolora. Canece de personalidad.
Sin embargo, hay ciertos caracteres a los que el matrimonio hace más
complejos. Conservan su egotismo, y añaden a él otros varios
egos. Se ven obligados a tener más de una vida. Adquieren una organización
más elevada; cosa que, a mi entender, es pana el hombre el 6n de
la existencia. Además, toda expe-riencia tiene su valor; y, dígase
lo que se diga contra el matrimonio, siempre es una experiencia. Espero
que Dorian se casará con esa mu-chacha, la adorará locamente
seis meses, y luego, de pronto, se sentirá fascinado pon cualquier
otra. Sería un estudio maravilloso.
—No sientes ni una palabra de todo eso, Harry; de sobra lo sabes. Si
la vida de Dorian se frustrase, nadie lo lamentaría más que
tú. Enes mucho mejor de lo que pretendes.
Lord Henry se echó a reír.
La razón de que todos seamos tan amigos de pensar bien de los
demás, es que todos tememos pon nosotros mismos. La base del opti-mismo
es simplemente el miedo. Creemos ser generosos porque ador-namos al prójimo
con todas aquellas virtudes que pueden beneficiarnos. Ensalzamos al banquero,
a fin de poden confiar en él, y encontramos buenas cualidades al
salteador de caminos, en la esperan-za de que hará gracia a nuestro
bolsillo. Pienso todo lo que he dicho. Tengo el más profundo desprecio
pon el optimismo. En cuanto a lo de frustrar una vida, sólo se frustra
aquello cuyo desarrollo se estaciona. Si quienes estropear un carácter,
no tienes más que intentar rehacerlo. Respecto a ese matrimonio,
claro que sería estúpido, peno hay otros lazos más
interesantes entre el hombre y la mujer. Y yo no vacilaré en fomentarlos.
Tienen, además, la ventaja de estar de moda. Peno aquí viene
Dorian en persona. Él te dirá más de lo que yo pueda
decirte.
—~Querido Hany, querido Basil, tenéis que darme la enhorabuena!
—exclamó el joven, despojándose de su capa de soirée,
y estrechando la mano de ambos amigos -. Nunca he sido tan feliz. Claro
que es una felicidad súbita, como todas las cosas agradables. Y,
sin embargo, me panee como si fuera la única cosa que he buscado
en mi vida.
La animación y la alegría le sonrosaban el rostro, embellecién-dolo
extraordinariamente.
—Espero que serás siempre muy feliz, Dorian —dijo Hallwand -;
peno no te perdono el que no me hayas dicho nada de tu próximo ca-samiento.
A Hany bien se lo has comunicado.
—Y yo no te perdono que hayas venido tan tarde a comen —inte-rrumpió
Lord Henry, poniéndole la mano en el hombro y sonriendo -. Venid,
sentémonos; veamos de lo que es capaz el nuevo cocinero, y luego
nos contarás todo al detalle.
—~ Oh!, no hay mucho que contar —exclamó Donan, mientras los
tres tomaban asiento alrededor de la mesa -. He aquí simplemente
lo ocurrido: Anoche, cuando nos separamos, Hany, fui a vestirme, comí
en ese pequeño restaurant italiano de la calle de Rupert, al que
tú me llevaste una vez, y a las ocho me dirigí al teatro.
Sibyl representaba Rosalinda. Naturalmente, la mise en scéne era
espantosa, y el Orlando, absurdo. ¡Peno Sibyl! ¡Si la hubieses
visto! Cuando entró vestida de muchacho, estaba maravillosa. Llevaba
un jubón de terciopelo negro, con mangas canela, calzas de colon
pando, un birrete verde con una pluma de halcón prendida pon un
broche, y una capita de capucha fo-rrada de rojo mate. Nunca me había
parecido tan deliciosa. Tenía toda la gracia delicada de esa figulina
de Tanagra que tienes en tu estudio, Basil. Sus cabellos se ensortijaban
alrededor de su rostro, como hojas oscuras en torno de una rosa pálida.
En cuanto a su trabajo... Bueno, ya la veréis esta noche. Ha nacido
artista; simplemente. Sentado en el palco mugriento, la minaba como hechizado.
Olvidé que estaba en Londres y en el siglo XIX. Me sentía
lejos, con ella, en un bosque nunca contemplado pon ojos humanos. Al terminar
la representación, pasé al escenario y hablé con ella.
Estando sentados, uno al lado del otro, vi de pronto pasar pon sus ojos
una minada que no había visto hasta entonces. Mis labios se tendieron
hacia ella. Nos besamos. No puedo describinos lo que experimenté
en aquel momento. Me pareció como si toda mi vida hubiese quedado
reducida a un instante de gozo perfecto. Ella temblaba de pies a cabeza,
y oscilaba como un blanco narciso. Luego, dejándose caen de rodillas,
se puso a besar mis manos. Comprendo que no debería contanos todo
esto, peno no puedo menos. Naturalmente, nuestras relaciones son un secreto
absoluto. Ella, ni siquiera se lo ha dicho a su madre. No sé lo
que van a decir mis tutores. Lord Radley seguramente se pondrá furioso.
No me importa. Antes de un año seré mayor de edad, y podré
hacen lo que me plazca. ¿Vendad que he hecho bien, Basil, en in
á buscar mi amor a la poesía y encontrar mi mujer en las
obras de Shakespeare? Labios que Shakespeare ense-ñó a hablan
han susurrado en mi oído su secreto. He tenido, alrededor de mi
cuello, los brazos de Rosalinda, y he besado la boca de Julieta.
—Sí, Dorian, creo que has hecho bien —dijo Hallward en voz que-da.
—~,La has visto hoy? —interrogó Lord Henry.
Donan Gray movió la cabeza negativamente.
—La dejé en la selva de las Ardenas; la encontraré en
un huerto de Verona.
Lord Henry apuró su copa de champagne con aine pensativo.
—~,En qué momento pronunciaste la palabra matrimonio, Dorian?
¿Y qué te contestó ella? ¿O quizás lo
has olvidado?
—Querido Henry, yo no traté el asunto como si fuera un negocio,
ni hice ninguna proposición concreta. Le dije que la amaba, y ella
me contestó que no era digna de ser mi mujer. ¡Que no era
digna! ¡Y el mundo entero a su lado no es nada para mí!
—~Qué maravillosamente prácticas son las mujeres! —munmunó
Lord Henry -. Mucho más prácticas que nosotros. En situaciones
se-mejantes, nosotros, a menudo, olvidamos hablar de matrimonio; peno ellas
se encargan siempre de necondárnoslo.
Hallward le puso la mano en el hombro.
—Basta, Hany. Has disgustado a Dorian. Dorian no es como los demás.
Él nunca querrá hacen suffin a nadie, Es demasiado bueno.
Lord Henry miró a Dorian pon encima de la mesa.
—Dorian no puede disgustarse conmigo —dijo -. Si yo le hacía
esa pregunta era con la mejor intención; la única, realmente,
que excusa todas las preguntas: la simple curiosidad. Mi teoría
es que siempre son las mujeres las que se declaran a nosotros, y no nosotros
los que nos declaramos a ellas. Excepto, como es natural, en la clase media.
Peno la clase media no está nunca a la orden del día.
Echóse a reír. Dprian, sacudiendo la cabeza.
—No tienes arreglo, Henry; peno me tiene sin cuidado. No es posi-ble
enfadanse contigo. Cuando veas a Sibyl Vane comprenderás que pana
hacerla sufrir se necesitaría ser una fiera, una fiera sin corazón.
No puedo comprenden cómo hay quien sienta deseos de deshonrar al
ser amado. Y yo quiero a Sibyl Vane. Necesito colocarla sobre un pedestal
de oro, y ver cómo el mundo adora a la mujer que es mía.
¿Qué es el matrimonio? Un voto irrevocable. Tú te
burlas de ello. ¡Ah!, no te burles. Un voto irrevocable es el que
yo quiero pronunciar. Su confianza me hace fiel; su fe me hace bueno. Cuando
estoy con ella, deploro todo lo que me has enseñado. Me siento distinto
de lo que tú me has enseñado a sen, cambiado pon entero.
Y el simple contacto de la mano de Sibyl Vane me hace olvidarte, a ti y
tus teorías falsas, fasci-nadoras, envenenadas y deliciosas.
—~,Y son...? —interrogó Lord Henry, sirviéndose ensalada.
—~Oh!, tus teorías sobre la vida, el amor, el placer. En fin,
todas tus teorías, Hany.
—El placer es la única cosa sobre la cual vale la pena de tener
una teoría —replicó Lord Henry, con su voz queda y melodiosa
-. Peno temo no poden reivindican la teoría como propia. Pertenece
a la Naturaleza, y no a mí. El placer es el testimonio de la Naturaleza,
su signo de apro-bación. Cuando somos felices, siempre somos buenos;
peno cuando somos buenos, no siempre somos felices.
—~ Ah!, ¿peno qué entiendes tú pon bueno? —exclamó
Basil Ha-llward.
—Sí —repitió Dorian, recostándose en su silla
y minando a Lord Henry pon encima de los lirios morados que ocupaban el
centro de la mesa -; ¿qué entiendes pon bueno, Hany?
—Sen bueno es estar en armonía consigo mismo —respondió
Lord Henry, acariciando el pie frágil de su copa con los dedos pálidos
y afilados -. Sen malo es verse obligado a estar en armonía con
los de-más. La vida propia: he ahí lo importante. En cuanto
alas vidas ajenas, si nos empeñamos en ser pedantes o puritanos,
podemos desplegar nuestras ideas morales sobre ellas; peno, en realidad,
no son de incum-bencia nuestra. Además, el individualismo es el
fin más alto. La moral moderna consiste en ajustarse a la pauta
de la época. Yo, pon mi parte, considero que ajustanse ala pauta
de su época es pana un hombre culto un acto de la más crasa
inmoralidad.
—Peno, ¿no crees que a veces se paga terriblemente caro el vivir
sólo pana uno mismo, Harry? —insinuó el pintor.
—Sí; hoy nos cobran de más en todo. A veces pienso que
la verda-dera tragedia de los pobres es no poden proponcionarse más
que la abnegación. Los pecados bellos, como las cosas bellas, son
privilegio de los ricos.
—No siempre se paga en dinero...
—~,En qué entonces, Basil?
—~Qué sé yo! En remordimientos, en dolor, en... sí,
en la concien-cia de la propia degradación.
Lord Henry se encogió de hombros.
—Querido, el arte medieval es delicioso; peno las emociones me-dievales
están anticuadas. Claro que pueden usarse en literatura; peno es
que precisamente las únicas cosas que pueden usarse en literatura
son las que ha dejado uno de usan en la vida real. Créeme, ningún
hombre civilizado lamenta nunca un placer, y ninguno incivilizado llega
jamás a saber lo que es un placer.
—Yo sé lo que es el placer —exclamó Dorian Gray -. Es
adorar a alguien.
—Cosa, ciertamente, mejor que ser adorado —repuso Lord Henry, jugando
con las frutas -. Sen adorado es muy molesto. Las mujeres nos tratan lo
mismo que la humanidad trata a sus dioses. Nos adoran, peno se pasan la
vida pidiéndonos que hagamos algo pon ellas.
—Yo diría que, pídannos lo que nos pidan, antes nos lo
han dado ellas a nosotros —murmunó el mozo, gravemente -. Hicieron
nacen en nuestra alma el amor. Tienen derecho a reclamarlo.
—Completamente exacto, Donan —profirió Hallward.
—No hay nada completamente exacto —dijo Lord Henry.
—Esto lo es —intenrumpid Dorian -. Reconocerás, Hany, que las
mujeres dan a los hombres el oro mismo de su existencia.
—Es posible —suspinó Lord Henry -; peno invariablemente tratan
de ganan algo en el cambio. Esta es la lástima. Las mujeres, como
dijo un francés de mucho ingenio, nos inspiran el deseo de hacen
obras maestras, y nos impiden siempre llevarlas a cabo.
—SEnes un monstruo, Hany! No sé pon qué te tengo tanto
afecto.
—Siempre me lo tendrás, Dorian —replicó Lord Henry -.
¿Toma-réis café, vendad? ¡Mozo: café,
coñac y cigarrillos! No; cigarrillos no; todavía me quedan.
Basil, no puedo consentirte que fumes un cigarro.
Toma un pitillo. El pitillo es el tipo perfecto de un placer perfecto.
Es exquisito, y le deja a uno insatisfecho. ¿Qué más
se puede desear? Sí, Dorian, siempre me tendrás afecto. Represento
para ti todos los peca-dos que no has tenido el valor de cometen.
—~Qué tonterías dices, Hany! —exclamó el mancebo
encendiendo un cigarrillo en el dragón de plata vomitando fuego
que acababa el mozo de colocar en la mesa -. Vámonos al teatro.
Cuando aparezca Sibyl en escena concebiréis un nuevo ideal de vida.
Será para vosotros algo que no habéis todavía conocido.
—Yo he conocido todo —dijo Lord Henry, con una minada de can-sancio
—; peno estoy pronto siempre a toda emoción nueva. Temo, sin embargo,
que, para mí al menos, no exista ya tal cosa. No obstante, tu maravillosa
doncella puede todavía conmoverme. Adoro el teatro. Es mucho más
real que la vida Vamos, Dorian, tú vendrás conmigo. Lo siento
infinito, Basil, peno no hay sitio más que pana das en mi brou-gham.
Tú vendrás detrás en un hansom. [Brougham~ coche cenado
de dos o cuatro ruedas, tirado por un caballo. Trae el nombre de su inventor,
Lord Brougham (1778-1868). Hansom: coche de punto, de dos ruedas, con pescante
en la zaga.].
Levantánonse y pusiénonse los abrigos, tomando el café
en pie. El pintor estaba silencioso y preocupado. Sentíase entenebrecido.
No podía aprobar aquel matrimonio, y, sin embargo, le parecía
preferible a otras muchas cosas que habrían podido suceden. Al cabo
de unos mi-nutos bajaron todos. Hallward subió en un hansom, como
se había convenido, sin penden de vista las fulgurantes linternas
del carricoche de Lord Henry, que iba delante. Un extraño sentimiento
de vacío se apodenó de él. Comprendía que Dorian
Gray no volvería a ser nunca pana él todo lo que había
sido en el pasado. La vida se había inter-puesto entre ambos...
Sus ojos se nublaron; las calles, concurridas y resplandecientes, se tornaron
borrosas. Al detenerse el coche a la puerta del teatro, le pareció
haber envejecido unos cuantos años.
CAPITULO VII
Pon una u otra razón, la sala estaba atestada aquella noche,
y el gordo empresario judío, al que encontraron a la puerta, resplandecía
de oreja a oreja con una untuosa y temblona sonrisa. Escoltóles
hasta el palco con una especie de pomposa humildad, sacudiendo sus manos
adiposas y enjoyadas, y hablando a voz en cuello. Dorian Gray lo en-contró
más abominable que nunca. Sentía como si, habiendo venido
pana ver a Miranda, se hubiese tropezado con Caliban. Lord Henry, en cambio,
casi lo halló de su gusto. Pon lo menos, así lo declaró,
e insis-tió en estrecharle la mano, asegurándole que se sentía
orgulloso de encontrar a un hombre que había descubierto a un artista
realmente genial y hecho bancarrota pon un poeta. Hallward se distrajo
en ob ser-van los rostros del patio. Hacía un calor sofocante, y
la enorme araña del centro fulguraba como una dalia monstruosa de
amarillos pétalos de fuego. Los mozos, en la galería, se
habían despojado de chaquetas y chalecos, colgándolos de
la barandilla. Hablábanse de un lado a otro del teatro, y compartían
sus naranjas con las criaturas vestidas de colo-res chillones que tenían
al lado. Algunas mujeres reían en el patio. Sus voces eran horriblemente
agudas y discordantes. Del ban llegaba el taponazo de las botellas desconchadas.
—~ Qué sitio pana encontrar a la deidad de uno! —exclamó
Lord Hemy.
—Sí —repuso Dorian Gray -. Aquí fue donde la hallé,
más divina que todo lo existente. Cuando salga a escena lo olvidaréis
todo. Esta gente, vulgar y tosca, con sus rostros soeces y sus ademanes
brutales, en cuanto ella sale, cambia pon completo. Guardan silencio y
la con-templan. Lloran y ríen a voluntad de ella. Son, pana ella,
como un vio-lín en el cual tocase. Ella los espiritualiza y nos
hace sentir que son de la misma carne y de la misma sangre que nosotros.
—iDe la misma carne y la misma sangre que nosotros!
—~ Oh, espero que no! -exclamó Lord Henry, examinando con sus
gemelos a los espectadores de la galería.
—No le hagas caso, Dorian —dijo el pintor -: Yo comprendo lo que quienes
decir, y tengo fe en esa muchacha. Todo ser al que tú quieras tiene
que ser maravilloso; y una muchacha que produce el efecto que dices, preciso
es que sea bella y noble. Espiritualizar a nuestros con-temponáneos,
ya es tarea digna de emprendense. Si esa muchacha pue-de dar alma a los
que han vivido sin ella; si puede suscitar el sentido de la belleza en
gentes cuyas vidas han sido sórdidas y feas; si puede despojarlas
de su egoísmo y prestarles lágrimas para llorar dolores que
no son los suyos propios, realmente es digna de toda tu admiración
y digna de la admiración del mundo. Ese matrimonio es perfectamente
razonable. Al principio no lo creí así; peno ahora lo reconozco.
Los dioses han hecho a Sibyl Vane para ti. Sin ella, hubieras quedado in-completo.
—Gracias, Basil -contestó Donan Gray, estrechándole la
mano -. Estaba seguro de que tú me entenderías. Hany es tan
cínico, que me da miedo. Peno ya empieza la orque sta. Es tremenda;
peno no dura más que cinco minutos. Luego se levantará el
telón, y veréis a la mujer a quien voy a dar mi vida entera,
a la que he dado ya todo lo que hay en mí de bueno.
Un cuarto de hora después, en medio de una tempestad de aplau-sos,
entró Sibyl Vane en escena. Sí, ciertamente que era atractiva;
una de las criaturas más deliciosas que había visto nunca,
pensó Lord Hen-ry. Había algo del cervatillo en su gracia
tímida y sus ojos medrosos. Un leve rubor, semejante a la sombra
de una rosa en un espejo de plata, coloneó sus mejillas al posar
la minada en aquella multitud entusiasma-da que llenaba la sala. Retrocedió
unos pasos, y sus labios parecieron temblar. Basil Hallward, poniéndose
en pie vivamente, comenzó a aplaudir. Inmóvil, como en un
sueño, Dorian Gray permanecía sentado, contemplándola
absorto. Lord Henry requirió sus gemelos, murmuran-do: !?.Deliciosa!
¡Deliciosa!!?.
La escena era en un salón de casa de los Capuleto, y Romeo,
dis-frazado de romero, acababa de entran con Mencutio y sus otros amigos.
La banda atacó unos compases de música, y el baile empezó.
En medio de la multitud de racionistas desgarbados y fachosos, Sibyl Vane
se balanceaba, al bailar, como una planta en el agua. La curva de su cue-llo
era la curva de una blanca azucena. Sus manos parecían hechas de
frío marfil.
Sin embargo, parecía extrañamente inatenta. No mostró
señal al-guna de alegría al detener los ojos en Romeo.
Las pocas palabras que tenía que hablan:
Good pilgrim, you do wrong your hand too much,
Which mannerly devotion shows in this;
For saints have hands that pilgrims’ hands do touch.
And palm to palm is holy palmer’s kiss,
(“Buen peregrino: sois demasiado severo con vuestra mano, que en esto
muestra sólo una cortés devoción; pues manos tienen
las santas que tocan las manos de los peregrinos, y con sus palmas besa
el remero piadoso.” Acto I. Escena V.)
con el breve diálogo que sigue, fueron dichas de un modo afecta-do.
La voz era deliciosa, peno la entonación enteramente falta, equivo-cada
de colon, despojando de toda vida el verso, haciendo irreal la pasión.
Donan Gray palideció observándola, confundido, anhelante.
Nin-guno de sus dos amigos se atrevió a decirle nada. A ambos les
pareció una actriz mediocrísima, y ambos se sintieron horriblemente
defrauda-dos.
Sin embargo, sabían que la prueba decisiva de toda Julieta es
la escena del balcón en el segundo acto. Esperaron; si fracasaba
allí, es no que habla nada en ella.
Realmente estaba encantadora cuando apareció a la luz de la
luna. Esto no podía negarse. Peno su afectación era insoportable,
y pon mo-mentos iba agravándose. Su manera de accionan se resentía
de un ab-surdo amaneramiento, y a todo lo que decía le daba un énfasis
excesivo. El bellísimo pasaje:
Thou know ‘est the mask of night is on my face,
Else would a maiden blush hepaint my cheek
For that which thou hast heard me speak to-night,
(Mí rostro cubre el antifaz de la noche; de otra suerte, un
rubor virginal teñiría mis mejillas, por las palabras que
de mis labios esta noche oíste.” Acto II. Escena II.)
fue declamado con la penosa precisión de una colegiala, enseñada
a recitar pon un profesor de declamación, de segundo orden. Cuando
se inclinó sobre el balcón y llegó a aquellos versos
maravillosos:
Although I joy in thee,
J have no joy of this contract to-night:
Jt is too rash, too unadvised, too sudden,
Too like the lightning which doth cease to he
Ene one can say “Jt lightens!”Sweet, good-night!
This bud of love, by summen~s ripening breath
May prove a heauteaous flower when next we meet,
( “Aunque tu presencia sea mi alegría, este contrato nocturno
no puede albo-rozarme: es demasiado brusco, demasiado imprudente, demasiado
súbito, demasiado como el relámpago, que, antes de poder
decir. “~Relampaguea!’T, ya ha cesado... ¡Buenas noches, mi bien!
Quizás la próxima vez que nos veamos, este capullo de amor,
madurado por el soplo del estío, se habrá convertido en flor
galana...”)
pronunció las palabras como si no tuviesen sentido alguno para
ella. No era azoramiento, no. Al contrario, parecía absolutamente
due-ña de sí misma. Era, simplemente, arte malo; un completo
fiasco.
Hasta el público vulgar e ineducado del patio y de la galería
pen-dió todo interés en la obra. Comenzaron a agitanse, a
hablar alto, a
sisear. El empresario judío, de pie en el fondo de la sala,
pateaba y
juraba de rabia. La única persona tranquila era ella.
Al terminar el segundo acto, se desencadenó un huracán
de silbi-dos, y Lord Henry se levantó de su silla y se puso el gabán.
—Es preciosa, Donan —dijo -; peno no tiene idea del teatro. Vámo-nos.
—Quiero ver toda la obra -contestó el mozo, con voz sonda y
amarga -. Siento infinito haberte hecho penden la noche, Hany. A am-bos
os pido mil pendones.
—Querido Dorian, Miss Vane debe estar indispuesta —interrumpió
Hallwand -. Volveremos otra noche.
—~Pluguiena al cielo que estuviese enferma! —replicó Donan -.
Pe-no me parece, simplemente, insensible y fría. Ha dado un cambio
com-pleto. Anoche era una gran artista. Hoy, no pasa de ser una actriz
mediocre y adocenada.
—No hables así de una mujer que amas, Dorian. El amor es cosa
mucho más maravillosa que el arte.
—Ambos no son más que simples formas de imitación —hizo
ob-servar Lord Henry -. Peno salgamos. No debes permanecen aquí
más tiempo, Dorian. Ver representar mal, es sumamente pernicioso
para la moral de uno. Además, no creo que quieras que tu mujer continúe
en el teatro. ¿Qué importa, pues, que haga Julieta como una
muñeca de pa-lo? Es muy bonita, y si sabe tan poco de la vida como
del teatro, será una experiencia deliciosa. No hay más que
dos clases de personas que sean realmente sugestivas: las que lo saben
todo, y las que no saben nada en absoluto. ¡Pon Dios, hijo mío,
no pongas esa cara tan trágica! El secreto de permanecen joven es
no tener nunca una emoción desa-gradable. Ven al club con Basil
y conmigo. Fumaremos y beberemos a la belleza de Sibyl Vane. Es preciosa.
¿Qué más puedes desear?
—~Vete, Hany, vete! —gritó el mozo -. Necesito estar solo. Y
tú también, vete, Basil. ¡Ah!, ¿no veis que
se me está rompiendo el cora-zón?
Sus ojos se llenaron de lágrimas ardientes; temblánonle
los labios, y corriendo hacia el fondo del palco, se apoyó contra
la pared y escon-dió el rostro en las manos.
—Vámonos, Basil -dijo Lord Henry, con una extraña ternura
en la voz. Y ambos salieron juntos.
Pocos momentos después se encendieron las candilejas, y levan-tóse
el telón pana el tercer acto. Dorian Gray volvió a ocupar
su silla. Estaba pálido, altivo e indiferente. La obra avanzaba
penosamente, y parecía interminable. La mitad del auditorio se marchó,
con un ruido de pies pesados y riendo.
El fracaso era completo. El último acto, transcurrió
ante los ban-cos casi desiertos. El telón cayó entre upas
risitas burlonas y unos cuantos gruñidos.
Apenas hubo terminado, corrió Donan Gray hacia el saloncillo.
Allí estaba la muchacha, sola, con una expresión de triunfo.
En sus ojos brillaba un fuego intenso. Toda ella parecía resplandecen.
Sus labios entreabiertos sonreían a algún secreto sólo
de ella conocido.
Al entran Dorian, le miró con una minada de alegría infinita.
—~ Qué mal he estado esta noche!, ¿vendad, Donan? —exclamó.
—~ Horriblemente! -contestó él, contemplándola
estupefacto -. ¿Estás enferma? No tienes idea de lo mal que
has estado. No puedes figurarte cuánto he suffido.
La muchacha sonrió.
—Dorian —repuso, deteniéndose con voz musical en el nombre,
como si fuera más dulce que la miel a los pétalos rojos de
su boca -, Donan, deberías haber comprendido. Peno ahora sí
comprendes, ¿ven-dad?
—~,Compnendo, qué? —preguntó él, coléricamente.
—Pon qué he estado tan mal esta noche. Pon qué estaré
ya siempre mal. Pon qué no volveré ya nunca a trabajar bien.
Encogió se Donan de hombros.
-Quiero suponen que estás enferma. Peno, en ese caso, no debe-rías
salin a escena. Te pones en ridículo. Nos has hecho pasar un mal
nato, a mis amigos y a mí.
Ella no parecía escucharle. La alegría la transfiguraba.
Un éxtasis de felicidad se había apoderado de ella.
—~Dorian, Dorian! -exclamó -; antes de conocerte el teatro era
la única realidad de mi vida. El teatro era el único lugar
en que vivía. Creía que todo lo que en él representábamos
era vendad. Una noche era Rosalinda, y Poncia a la siguiente. La alegría
de Beatriz era mi alegría, y el dolor de Condelia (Heroínas
de dramas y comedias de Shakespeare: Rosalinda de Como gustéis;
Porcia, de El Mercader de Venecia; Beatriz, de Mucho ruido para nada; Cor-delia,
de El Real Lear.) también era el mío. Creía en todo.
La gente vulgar que trabajaba conmigo me parecía semejante a los
dioses. Las decoraciones pintadas eran mi mundo. No conocía sino
sombras, y me parecían reales. Viniste tú... —~oh amor mío!—
y libertaste mi alma de su cárcel. Me enseñaste lo que es
la realidad. Esta noche, pon primera vez en mi vida, he visto la vanidad,
la ficción y la estupidez de la farsa sin sentido en que hasta ahora
me he movido. Esta noche, pon vez primera, me he dado cuenta de que Romeo
era repugnante, y viejo y pintado, de que la luz de la luna en el huerto
era ficticia, de que el decorado era atrozmente vulgar, y de que las palabras
que tenía que pronuncian eran mentira, no eran mis palabras, no
eran lo que yo quería decir. Tú me has traído algo
más elevado, algo de que todo el arte es sólo un reflejo.
Tú me has hecho comprenden lo que realmente es el amor. ¡Amor
mío! ¡Amor mio! ¡Mi príncipe! ¡Príncipe
de mi vida! Me repugnan ya las sombras. Tú enes más para
mí que todo cuanto pueda ser el arte. ¿Qué tengo que
ver yo con los muñecos de una comedia? Cuando esta noche salí
a escena no podía comprenden cómo era que todo esto se había
ido de mí. Creí que iba a estar maravillosa, y vi que no
podía hacen nada. De pronto se hizo en mí la luz, y comprendí.
Les oía silbarme, y sonreía. ¿Qué podían
ellos saber de un amor como el nuestro? Llévame contigo, Donan...
llévame contigo, adonde podamos estar completamente solos. Odio
el teatro. Podría fingir una pasión que no sintiese, peno
no puedo simulan una que me quema como fuego. ¡ Oh Dorian, Dorian!,
¿comprendes ahora lo que esto significa? Y aunque pudiera hacerlo,
sería para mi una profanación salin a escena estando enamorada.
Tú me has hecho ver esto.
Dorian se dejó caen en el sofá, y apartando los ojos
de ella, mur-munó:
—Has matado mi amor.
Ella le miró asombrada, y se echó a reír. Él
no dijo nada. Enton-ces ella se le acercó suavemente y le acarició
con sus dedos menudos los cabellos. Luego se arrodilló y le besó
las manos. Retinólas él, es-tremeciéndose.
De pronto, levantándose, se dirigió hacia la puerta.
—Sí —gritó -, has matado mi amor. Antes excitabas mi
imagina-ción, y ahora, ni siquiera consigues despertar mi curiosidad.
Me dejas completamente frío. Yo te quería porque eras maravillosa,
porque había en ti genio y entendimiento; porque hacías realidad
los sueños de los grandes poetas, y dabas formas y sustancia a las
sombras del arte. Tú misma te has despojado de todo. Enes superficial
y tonta. ¡ Santo Dios, qué loco fui en quererte! ¡Qué
necio! En este momento, ya no enes nada pana mí. No quiero volver
a verte. No quiero pensar más en ti, ni acordarme de tu nombre.
¡Tú no sabes lo que eras antes para mí! Antes... ¡Peno
no quiero pensar más en ello! ¡Ojalá no te hubiesen
visto nunca mis ojos! Tú has destruido la novela de mi vida. ¡Qué
poco sabes del amor, si piensas que perjudica a tu arte! Sin tu arte no
enes nada. Yo te habría hecho famosa, rica y magnífica. El
mundo te habría adorado, y tu hubieses llevado mi nombre. ¿Qué
enes ahora, en cam-bio? Una actriz de tercer orden, tonta y bonita.
La muchacha palidecía y temblaba. Juntó las manos y murmuró
con una voz que parecía anudanse en la garganta:
—No es posible que hables en serio, ¿vendad, Donan? Estás
repre-sentando una comedia.
—~,Repnesentando? Eso lo dejo pana ti. ¡Lo haces tan bien! —repli-có
él, mordazmente.
Levantó se ella, y con una lastimera expresión de dolor
en el ros-tro vino hacia él. Le puso la mano en el brazo y le miró
en los ojos. El la rechazó, gritando:
—~No me toques!
Ella lanzó un sondo gemido, y se derribó a los pies de
él, quedan-do inmóvil, como una flor pisoteada.
—~Dorian, Donan, no me abandones! —musitó -. ¡Siento tanto
ha-ber estado mal esta noche! Pensaba en ti todo el tiempo. Peno yo tratané...
sí, te aseguro que trataré... ¡este amor que tengo
ha sido pana mi una cosa tan súbita! Creó que nunca lo habría
conocido si tú no me hubieses besado... si no nos hubiésemos
besado. ¡Bésame de nuevo, amor mío! Note vayas; no
me dejes. Mi hermano... No; ¿a qué pensar en ello? El no
quería decir eso. Hablaba en broma... Peno tú, tú,
¿no puedes perdonarme pon esta noche? Yo trabaj aré, estudiaré
mucho, y trataré de progresar. ¡No seas cruel conmigo, sólo
porque te quiero más que a nada en el mundo! Después de todo,
hoy es la única vez que no te he gustado. Peno tienes razón
de sobra, Dorian. Yo debería haberme mostrado más que una
artista. Fue una tontería, lo reconozco; peno no podía hacen
otra cosa... ¡Oh, no me dejes, no te vayas!
Un acceso de sollozos apasionados la sofocó. Quedó acurrucada
en tierra como una bestezuela herida.
Donan Gray la contempló un momento, y sus labios se contraje-ron
en una mueca de exquisito desdén. Siempre hay algo ridículo
en las emociones de aquellas personas que hemos dejado de querer. En aquel
instante, Sibyl Vane le parecía absurdamente melodramática.
Sus lá-grimas y sollozos le molestaban.
—Me voy -dijo al fin, con su voz clara y tranquila -. Lo siento mucho,
peno no me es posible volver a verte. Me has defraudado pon completo.
Ella lloraba silenciosamente. No dijo nada; peno se acercó,
arras-trándose, a él. Sus manecitas se tendieron como las
de un ciego, pare-ciendo buscarle. Él volvió los talones,
y salid del cuarto. Pocos segundos después estaba en la calle.
Apenas se dio cuenta del rumbo que tomaba. Se acordaba de ha-ber vagado
a través de callejuelas obscuras, pasadizos sombríos y casas
siniestras. Mujeres de voz bronca y risa agria habían siseado llamán-dole.
Borrachos, maldiciendo y monologando confusamente, habían pasado
junto a él, haciendo eses, como simios monstruosos. Había
visto niños como sabandijas, arracimados delante de algunos umbrales,
y oído chillidos y blasfemias que salían de los portales
lóbregos.
Amanecía cuando se encontró en los alrededores de Covent
Gan-den ( Principal mercado de legumbres, frutas y flores de Londres.)
Las tinieblas se iban disipando, y el cielo, encendiéndose en fuegos
tenues, iba trocándose en una perla perfecta. Grandes carretas atestadas
de cabeceantes azucenas rodaban lentamente pon las bruñidas calles
desiertas. Un aroma denso traspasaba el aine, y la belleza de las flores
pareció traen un lenitivo a su angustia. Entró en el mercado,
y miró a los hombres descargando sus carros. Uno de ellos, vestido
con una blusa blanca, le ofreció unas cerezas. Le dio las gracias,
asombra-do de que se negara a aceptar una propina, y comenzó a comerlas
dis-traídamente. Habían sido cogidas a media noche, y la
frescura de la luna las había penetrado. Una langa hilera de muchachos
con canastas de tulipanes rayados y rosas rojas y amarillas desfilaron
ante él, pon entre las enormes pirámides verde jade de las
hortalizas. En el pórtico de grises columnias, emblanquecidas pon
el sol, vagabundeaba un tropel de muchachas, sucias de tierra y sin nada
a la cabeza, esperando el final de la subasta. Otras, se apiñaban
delante de las puertas giratorias de los cafetines de la Piazza. Los pesados
caballos de los carros resba-laban sobre el adoquinado desigual, sacudiendo
sus collarones de cas-cabeles. Algunos de los conductores yacían
dormidos sobre un montón de sacos. Con sus patitas rojas y sus cuellos
irisados, corrían y revola-ban de un lado a otro los pichones, picoteando
los granos esparcidos.
Al cabo de poco rato, tomó un coche para in a su casa. Ya en
el umbral de ésta, detúvose unos momentos contemplando la
plaza silen-ciosa, las cerradas ventanas con sus persianas de colores vivos.
El cielo era ahora un puno ópalo, y los tejados brillaban como plata.
De una chimenea elevábase una tenue espinal de humo. Rizábase,
como una cinta violeta, sobre el fondo de nácar.
En la gran linterna veneciana, toda donada, despojo de la góndola
de algún Dux, que colgaba del artesonado del vasto hall revestido
de noble, ardían aún tres vacilantes mecheros, como azulosos
pétalos de llama, orillados de un fulgor blanquecino. Los apagó,
y después de arrojan sobre una mesa su capa y su sombrero, se dirigió,
atravesando la biblioteca, hacia su alcoba, ancho aposento octogonal del
piso bajo, que él mismo, en su naciente afición al lujo,
se había ocupado en deco-ran, colgándolo con unos hermosos
tapices del Renacimiento que des-cubriera en un olvidado desván
de Selby Royal. Al dar la vuelta al pomo de la puerta, cayeron sus ojos
sobre el retrato que le había hecho Basil Hallward. Asombrado, dio
un paso atrás. Enseguida, nehaciéndo-se, entró en
la alcoba un tanto desconcertado. Acababa de desabotonan-se el frac, cuando
pareció titubean. Al fin, volvió atrás, se acercó
al retrato y lo examinó. A la luz escasa que luchaba pon atravesar
los estones de seda crema, el rostro se le antojó un tanto cambiado.
La expresión parecía otra. Hubiénase dicho que había
en la boca un cierto dejo de crueldad. Realmente era extraño.
Volviéndose, se dirigió a la ventana y descorrió
el estor. La auro-ra inundó la estancia, barriendo las sombras caprichosas
a los rincones polvorientos, donde quedaron estremeciéndose. Peno
la extraña expre-sión que notana en el rostro del retrato
parecía persistir, más profunda-mente aún si cabe.
La luz viva y palpitante del sol le mostraba alrededor de la boca unas
arrugas de crueldad, con la misma claridad que si se hubiese contemplado
en un espejo después de realizar algún acto horrendo.
Retrocedió, y cogiendo de la mesa un espejito oval, enmarcado
de amorcillos de marfil, uno de los muchos regalos de Lord Henry, con-templóse
ávidamente en sus bruñidas profundidades. Ninguna amiga turbaba
la línea de sus labios rojos. ¿Qué podía, pues,
significan aque-llo?
Se restregó los ojos, y acencóse luego al retrato pana
examinarlo de nuevo. Nadie lo había tocado desde que lo trajeron;
y, sin embargo, no cabía duda de que la expresión general
había cambiado. No era una simple fantasía suya. La cosa
era espantosamente visible.
Dejándose caen en un sillón, se puso a meditan. De pronto,
le ful-gunó en la memoria lo que había dicho en el estudio
de Basil Hallwand el mismo día que éste había acabado
su retrato. Sí, se acordaba perfec-tamente. Habla formulado el deseo
absurdo de permanecen él joven, y de que envejeciera el retrato
en lugar suyo; el deseo de que su propia belleza perdurase sin mácula,
mientras el rostro pintado sobre el lienzo fuera el que llevase el peso
de sus pasiones y pecados; de que la ima-gen pintada se marchitase bajo
las arrugas del dolor y el pensamiento, mientras él conservaría
toda la delicada lozanía y el encanto de su adolescencia, ya consciente
de sí misma. ¿No le habría sido otorgado su deseo?
Peno tales cosas eran imposibles. Pensar sólo en ello, era ya monstruoso.
Y, sin embargo, allí estaba el retrato, ante él, con su som-bra
de crueldad en la boca.
¿Crueldad? ¿Había sido él cruel, acaso?
La culpa era de ella, y no suya. Él había soñado en
ella como en una gran artista, le había entre-gado su amor pon creerla
genial. Luego, ella le había desilusionado. La habla visto vulgar,
indigna de él. Sin embargo, un remordimiento infi-nito le invadía,
al recordarla caída a sus pies, sollozando como un niño.
Recordó con qué insensibilidad la habla minado entonces.
¿Pon qué sería él de ese modo? ¿Pon
qué le habría sido dada un alma semejante? Peno también
él había sufrido. Durante las tres terribles horas que había
durado la representación, había vivido siglos de dolor, eternidades
de tortura. Su vida, bien valía la de ella. Si él la había
herido para toda una vida, ella, en cambio, le había frustrado un
momento. Además, las mujeres son más aptas para soportan
el dolor que los hombres. Viven de sus emociones. No piensan más
que con sus emociones. Cuando toman un amante, no es sino para tener alguien
a quien poden hacen escenas. Así se lo había dicho Lord Henry,
que sabía a qué atenerse respecto alas mujeres. ¿Pon
qué iba él a inquietarse a causa de Sibyl Vane? Esta ya no
era nada para él.
Peno ¿y el retrato? ¿Qué decir de esto? ¿El
retrato poseía el se-creto de su vida, y contaba su historia? El
le había enseñado a aman su propia belleza. ¿Le enseñaría
también a aborrecen su alma? ¿Podría él mirarlo
de nuevo?
No; todo había sido una ilusión de sus sentidos conturbados.
Aquella horrible noche que había pasado, dejó fantasmas detrás.
De improviso, esa motita roja que vuelve dementes a los hombres, se había
deslizado en su cerebro. El retrato no había cambiado. Era locura
pen-sarlo.
Sin embargo, allí estaba minándole, con su hermoso rostro
desfi-gurado y su sonrisa cruel. Sus cabellos sedosos nebrillaban al sol
de la mañana. Los ojos azules tropezaron con los suyos. Un sentimiento
de infinita compasión, no de sí mismo, sino de la imagen
pintada, se apo-denó de él. De la imagen ya alterada, y que
cada día iría altenándose más. Su oro se marchitaría,
hasta tornanse gris. Sus rosas blancas y encarnadas morirían. A
cada pecado que cometiese, un nuevo estigma vendría a marcar y destruir
su hermosura. Peno él no quería pecar. El retrato, cambiado
o no, sería pana él el emblema visible de la concien-cia.
El resistiría las tentaciones. No volvería a ver a Lord Henry...,
no volvería, a ningún precio, a escuchan aquellas sutiles
y envenenadas teorías que, pon vez primera, en el jardín
de Basil Hallward, habían despertado en su alma el deseo de cosas
imposibles. Volvería al lado de Sibyl Vane, le pediría pendón,
se casaría con ella, trataría de que-rerla otra vez. Sí;
ése era su deben. Ella debía de haber suffido más
que él. ¡Pobre criatura! El había sido egoísta
y cruel con ella. La fascina-ción que ella había ejercido
sobre él renacería. Serían felices el uno junto al
otro. Su vida sería hermosa y pura.
Levantándose del sillón, fue a corren un alto biombo
delante del retrato, no sin estremecense al verlo de nuevo.
—~ Qué horror! —murmunó, atravesando la estancia y abriendo
la puerta acristalada que daba al jardín.
Al pisar el césped, nespinó profundamente. El aine fresco
de la mañana pareció ahuyentar todos sus pensamientos sombríos.
Pensó únicamente en Sibyl. Un eco apagado de su amor ne sonó
en él. Una y otra vez repitió el nombre de ella. Los pájaros
que cantaban en el jar-dín, empapado de rocío, parecían
estar hablando de ella a las flores.
CAPITULO VIII
Hacía tiempo que dieran las doce cuando despertó. Su ayuda
de cámara había entrado varias veces de puntillas en la alcoba
para ver si aún dormía, sorprendido de un sueño tan
prolongado. Al fin sonó la campanilla, y Víctor entró
suavemente con una taza de té y un montón de cartas encima
de una bandej ita de Sévres antigua, y fue a descorren las cortinas
de seda colon oliva, forradas de azul, que velaban los tres ventanales.
—El señor ha dormido bien esta mañana —dijo sonriendo.
—~,Qué hora es, Víctor? —preguntó Dorian, todavía
soñoliento.
—La una y cuarto, señor.
—~Qué tarde! Se incorponó, y después de tomar
unos sorbos de té, se dispuso a abrir sus cartas. Una era de Lord
Henry, traída a mano aquella misma mañana. Titubeó
un momento, y al fin la dejó a un lado. Luego abrió indolentemente
las demás. Contenían la acostumbrada colección de
tarjetas, invitaciones a comen, invitaciones pana exposi-ciones particulares,
programas de conciertos benéficos y demás impre-sas que llueven
sobre todo joven distinguido cada mañana. También había
una cuenta bastante subida pon un juego de tocador, de plata cincelada
Luis XV, cuenta que aún no había tenido valor pana enviara
sus tutores, gente muy chapada a la antigua, incapaces de comprenden que
vivimos en una época en que sólo las cosas superfluas nos
son necesarias, y unas cuantas proposiciones, redactadas en términos
obse-quio sos, de prestamistas de Jermyn Street, que se ofrecían
a adelantar-le, con intereses muy razonables, cualquier suma que le hiciese
falta.
Levantase al cabo de diez minutos, y echándose encima una bata
de casimir, bordada en seda, pasó al cuarto de baño, pavimentado
de ónice. El agua fría le tonificó después
del largo sueño. Le parecía haber olvidado todo lo ocurrido.
Una o dos veces tuvo la vaga sensación de haber tomado parte en
una singular tragedia; peno el recuerdo tenía toda la irrealidad
de un sueño.
Apenas vestido, entra en la biblioteca, donde se sentó ante
un li-geno almuerzo ala francesa, servido sobre una mesita redonda, junto
a la abierta ventana. Hacía un tiempo delicioso. El aine tibio pareció
cangado de especias. Entró una abeja, zumbando en torno del jarrón
azul que, lleno de rosas amarillo azufre, ocupaba el centro del velador.
Se sentía completamente feliz.
De pronto, sus ojos se fijaron en el biombo que colocana delante del
retrato, y se estremeció.
—~,Tiene frío el señor? —preguntó el criado, colocando
una tortilla sobre la mesa -. ¿Quiere que cierre la ventana?
Dorian meneó la cabeza.
—No; no tengo frío —murmunó.
¿Luego era cierto? ¿Habría cambiado realmente
el retrato? ¿O fue sólo su imaginación la que le hizo
ver una expresión de maldad donde hubo una expresión de alegría?
¿Podía acaso cambian un lienzo pinta-do? La cosa era absurda.
¡Bah!, una historieta divertida que contar a Basil algún día.
Seguramente le haría sonreír.
Y, sin embargo, ¡qué vivo y preciso tenía el recuerdo
de todo ello! Primero, en la penumbra de la aurora y luego ala luz de la
maña-na, habla visto aquella mueca de crueldad en torno de sus labios
sinuo-sos. Casi temía que el criado saliera de la habitación.
Sabía que al quedarse solo tendría que examinar el retrato.
Le asustaba esta certi-dumbre. Cuando el criado le hubo traído el
café y los cigarrillos, y habla dado media vuelta pana inse, sintió
un deseo frenético de decirle que se quedase. No había acabado
de cerrar la puerta, cuando, sin po-derse contener, le llamó. El
momo aguardó, en pie sobre el umbral, las órdenes. Dorian
le miró un momento. Al fin dijo, con un suspiro:
—No estoy en casa pana nadie, Víctor.
El criado saludó y se netinó.
Levantándose de la mesa, encendió Dorian un cigarrillo
y fié a echarse en un diván cubierto de suntuosos cojines
que había frente al biombo. Este era antiguo, de donado cuero de
Córdoba, estofado y labrado en estilo Luis XIV un tanto florido.
Dorian lo contempló con curiosidad, preguntándose si ya habría
escondido alguna vez el secreto de la vida de un hombre.
Y, después de todo, ¿a qué tocarlo? ¿Pon
qué no dejarlo estar allí? ¿Para qué saber?
Si la cosa era cierta, era terrible. Si no lo era, ¿a qué
inquietarse? Peno, ¿y si, pon una espantosa casualidad, otros ojos
que los suyos lo descubrían y veían el horrible cambio? ¿Qué
hacen si Basil Hallward venía alguna vez pana ver su cuadro? Y seguramente
que Basil no dejaría de hacerlo. No, no había más
remedio que ponen la cosa en claro; y sobre la marcha. Todo sería
preferible a aquel estado angustioso de duda.
Levantándose, corrió los pestillos de las dos puertas
Pon lo me-nos, vería a solas la máscara de su vergüenza
Luego, echó a un lado el biombo, y se contempló a sí
mismo cana a cara. Sí; era absolutamente cierto. El retrato había
cambiado.
Como a menudo recordaba más tarde, y siempre con no poca ex-trañeza,
se sorprendió examinando el cuadro con un sentimiento casi de interés
científico. No podía creen que hubiera tenido lugar un cam-bio
semejante. Y, sin embargo, era un hecho. ¿Había, pues, alguna
sutil afinidad entre los átomos químicos condensados en forma
y colon so-bre el lienzo y el alma que habitaba en él? ¿Era
posible que lo que esta alma pensaba, aquellos átomos lo reflejaran;
que lo que ella soñaba, ellos lo hicieran visible? ¿O habría
alguna otra y más terrible razón? Aterrado y trémulo,
retrocedió hasta el diván, donde quedó desploma-do,
contemplando el retrato con un creciente pavor.
Comprendía, sin embargo, que le debía una cosa: la conciencia
de lo cruel e injusto que había estado con Sibyl Vane. Menos mal
que aún estaba a tiempo de reparar lo hecho. Todavía podía
Sibyl ser su esposa. Su amor imaginativo y egoísta cedería
a una influencia más pura, se transformaría en una pasión
más noble, y el retrato que pintana Basil Hallward le serviría
de guía a través de la vida, sería pana él
lo que la santidad para algunos y la conciencia pana otros, y el temor
de Dios pana todos. Había narcóticos para el remordimiento,
drogas capaces de adormecen el sentido moral. Peno éste era un símbolo
visible de la degradación del pecado, una señal constante
de la ruina a que lleva el hombre su alma.
Dieron las tres, y las cuatro, y la media hizo sonar su doble juego
de campanas, sin que Donan Gray se moviera. Estaba tratando de reunir los
hilos escarlata de la vida y tejenlos en un nuevo patrón; tra-tando
de encontrar su camino en medio del ardiente laberinto de pasio-nes pon
que vagaba. No sabía ya qué hacen ni qué pensar. Al
fin, se sentó a la mesa y escribió una carta apasionada a
Sibyl Vane, implo-rando su pendón y acusándose a sí
mismo de locura. Página tras página cubrió de exaltadas
palabras de remordimiento y gritos de dolor. El auto reproche es un lujo.
Censurándonos, imaginamos que nadie tiene ya derecho a hacerlo.
Es la confesión, y no el sacerdote, lo que nos da la absolución.
Al terminar la carta, Dorian ya se sentía perdonado.
De pronto, dieron unos golpecitos en la puerta y oyó la voz
de Lord Henry.
—Necesito verte, Dorian. Ten la bondad de abrirme. No puedo so-portar
verte así encerrado.
Al principio, no contestó y permaneció completamente
inmóvil. Los golpecitos, entonces, continuaron y se hicieron más
fuertes.
¡Bah!, era preferible dejar entrar a Lord Henry y explicarle
la nueva vida que se proponía llevar, y reñir con di, si
era preciso, y rom-per de una vez, si era inevitable. Poniéndose
en pie de un salto, fue precipitadamente a corren de nuevo el biombo, y
luego abrió la puerta.
—No te puedes figurar cuánto lo he sentido, Dorian -exclamó
Lord Henry, entrando -. Peno, en fin, no debes pensar más en ello.
—~,Te refieres a Sibyl Vane? —preguntó Dorian.
—Naturalmente —contestó Lord Henry, hundiéndose en un
sillón y quitándose lentamente los guantes amarillos —. Es
horrible, desde cierto punto de vista, peno no ha sido culpa tuya. Cuéntame:
¿la fuiste a ver al terminar la representación?
—Sí.
—Estaba seguro. ¿Y tuviste con ella una escena?
—Estuve brutal, Hany... absolutamente brutal. Peno todo ha pasa-do
ya. Y no siento nada lo ocurrido. Me ha enseñado a conocerme mejor.
—~Vaya, me alegro de que lo tomes así, Dorian! Temía
encontrarte sumido en remordimientos y annancándote esos hermosos
rizos.
—~Ah, todo eso ya pasó! -dijo Dorian, moviendo la cabeza y son-riendo
-. Ahora me siento completamente feliz. Pon lo pronto, sé lo que
es la conciencia. No es lo que tú me dijiste, no. Es lo más
divino que hay en nosotros. No te burles, Hany, no te burles... pon lo
menos de-lante de mí.
Yo quiero ser bueno. No puedo soportarla idea de que mi alma se convierta
en una cosa repugnante.
—~ Encantadora base pana la moral, Dorian! Te felicito pon ella. Pe-no,
¿pon dónde vas a empezar?
—Pon casarme con Sibyl Vane.
—~,Casarte con Sibyl Vane? -exclamó Lord Henry, poniéndose
en pie y minándole estupefacto -. Peno, querido Donan...
—Sí, Hany, ya sé lo que vas a decirme. Alguna atrocidad
sobre el matrimonio. No la digas. No vuelvas a decirme nunca cosas pon
ese estilo. Hace dos días di palabra de casamiento a Sibyl, y no
voy a rom-perla ahora Será mi mujer.
—~Tu mujer! ¡Dorian! ...~,No has recibido mi carta? Te escribí
esta mañana, y te la envié a mano, pon mi propio criado.
-~,Tu carta? ¡Ah!, sí, recuerdo. Aún no la he leído,
Hany. Temí encontrar en ella algo que no fuera de mi agrado. Con
tus epigramas siempre haces trizas la vida.
—Entonces, ¿no sabes nada?
—~A qué te refieres?
Lord Henry cruzó la estancia, y sentándose al lado de
Donan Gray, le cogió ambas manos, estrechándoselas apretadamente.
—Dorian —dijo al fin -, mi carta... no te asustes... era pana decirte
que Sibyl Vane ha muerto.
Un grito de dolor se escapó de los labios del adolescente, que
saltó en pie, arrancando sus manos de las de Lord Henry.
—~Muerta! ¡Sibyl muerta! ¡No es cierto! ¡Es una mentira
abomi-nable! ¿Cómo puedes atneverte?...
—Es cierto, Dorian, demasiado cierto —repuso Lord Henry grave-mente
-. Viene en todos los periódicos de la mañana. El objeto
de mi carta era rogarte que no leyeses ninguno hasta que yo viniera. Como
es natural, la justicia hará indagaciones, y tú no debes
aparecen mezclado pana nada en el asunto. Esas cosas, en París,
pueden ponen a un hombre de moda. Peno, en Londres, la gente tiene tantos
prejuicios... Aquí, nunca se debe debutan con un escándalo.
Estos hay que reservarlos pana dar algún interés a nuestra
vejez Supongo que en el teatro no sabrán tu nombre, ¿vendad?
En ese caso todo va bien. ¿Te vio alguien entrar en su cuarto? Este
es un punto de gran importancia Dorian estu-vo unos momentos sin contestar.
Sentíase petrificado de horror. Al fin, tartamudeó con voz
ahogada:
—~Indagaciones, Hany? ¿Qué quienes decir? ¿Acaso
Sibyl?
¡Oh, no quiero pensarlo! Peno habla, habla pronto; dímelo
todo de una vez.
—No me cabe la menor duda de que no fue un accidente, Donan, aunque
se deba hacen pasar pon tala los ojos del público. Parece que, al
salin del teatro con su madre, a eso de las doce y media, con el pretexto
de que se le había olvidado una cosa, volvió a subir a su
cuarto. Des-pués de esperarla un buen rato, y viendo que no bajaba,
subieron a buscarla y la encontraron muerta, caída en el suelo,
delante de su toca-dor. Había, pon error, ingerido una substancia
venenosa; sin duda, alguna de esas porquerías que usan los cónicos.
No sé lo que sería, peno debía tener ácido
prúsico o albayalde. Más bien ácido prúsico,
pues parece que la muerte fue instantánea.
—~Qué horror, Hany, qué horror! —gimió Donan.
—Sí; realmente es muy trágico, peno tú no debes,
de ningún modo, aparecen complicado en este asunto. He leído
en The Standard que tenía diecisiete años. Hubiera jurado
que eta más joven. ¡Parecía tan niña y tan ignorante
de lo que era el teatro!.. En fin, Donan, tú no de-bes consentir
que este incidente te impresione más de lo debido. Ven a comen conmigo,
y después datemos una vuelta pon la Opera. La Patti canta esta noche,
y la sala estará brillantísima. Podemos in al palco de mi
hermana. Habrá, sin duda, unas cuantas mujeres bonitas.
—~ Luego he matado a Sibyl Vane ! —murmunó Dorian, casi para
sí
-. La he asesinado, sí; lo mismo que si la hubiese degollado
con un cuchillo. Y, sin embargo, las rosas no han pendido su hermosura.
Los pájaros siguen cantando igual en el jardín. Y esta noche
comené conti-go, y luego iremos a la Opera, y después, supongo
que a cenan a cual-quier parte. ¡ Qué extraordinariamente
dramática es la vida! Si yo hubiese leído todo esto en un
libro, Hany, creo que me habría hecho lloran. Y, sin embargo, ahora
que me ha sucedido a mí, me parece demasiado maravilloso para llorar.
Esta es la primera carta de amor que he escrito en mi vida. Es extraño,
¿vendad?, que mi primera carta de amor haya sido dirigida a una
muerta. ¿Podrá sentir ese pueblo opaco y silencioso, que
llamamos los muertos? ¡Sibyl! ¿Podrá ella sentir, oír,
danse cuenta? ¡Ah, Hany, cuánto la he querido! Hace ya años,
me parece ahora. Ella lo fue todo para mí. Luego vino esta terri-ble
noche... -~,fue, realmente, anoche?- en que ella estuvo tan mal y mi corazón
a punto de nompense. Ella me lo explicó toda Era extraordina-riamente
patético, peno yo no me conmoví lo más mínimo.
La juzgué banal, vulgarísima... De pronto, ocurrió
algo que me dejó aterrado. No puedo decirte el qué, peno
era terrible. Me prometí volver a ella. Com-prendí que había
obrado mal. ¡Y ahora me encuentro con que ha muerto! ¡Dios
mío, Dios mío! ¿Qué hacen, Hany? Tú
no sabes el peli-gro que corro, y del que nada puede salvarme. Ella era
la única que podía hacerlo. No tenía derecho a matanse.
Ha sido un egoísmo suyo.
-Querido Donan -contestó Lord Henry, sacando un pitillo y una
cerilla donada -, el único medio que puede emplear una mujer para
reforman a un hombre es fastidiarle de tal modo que le haga penden todo
posible interés en la vida. Si te hubieras llegado a casan con esa
muchacha, habrías sido desgraciado. Claro que tú te habrías
portado bien con ella. Siempre puede uno portarse bien con las personas
que le tienen sin cuidado. Peno ella no habría tardado en descubrir
que le eran completamente indiferente. Y cuando una mujer descubre esto,
o des-cuida espantosamente su toilette, o le da pon llevar sombreros elegantí-simos,
que, como es natural, tiene que pagan el marido de otra mujer. No digo
nada del error social, que habría sido lamentable, y que yo, desde
luego, no habría aprobado, peno te aseguro que, desde todos los
puntos de vista, la cosa habría resultado un fiasco completo.
—Es posible —murmuró el adolescente, horriblemente pálido,
pa-seando de arriba abajo pon el aposento -. Peno yo creía que era
mi de-ben. No es culpa mia si esta terrible tragedia me ha impedido cumplirlo.
Recuerdo haberte oído decir que siempre pesa una fatalidad sobre
las buenas resoluciones: la de tomarlas demasiado tarde. La mía
es un ejemplo.
—Las buenas resoluciones son vanas tentativas de injerencia en las
leyes científicas. Su origen es la vanidad; simplemente. Y su resultado
es siempre nulo. De vez en cuando, nos procuran alguna de esas emo-ciones
voluptuosas y estériles, que tienen cierto encanto para los débi-les.
Esto es cuanto puede decirse en favor de ellas. Son simples cheques que
el hombre expide contra un banco en el que no tiene la menor cuenta.
—Hany —exclamó Donan Gray, viniendo a sentarse junto a él
-, ¿pon qué no podré sentir esta tragedia como yo
desearía? ¿No será porque canezca de corazón,
vendad?
—Has hecho demasiados disparates en estos últimos quince días
pana tener derecho a abrigar esa sospecha, Dorian —replicó Lord
Henry, con su sonrisa suave y melancólica.
El adolescente frunció el ceño, y repuso:
—No es de mi gusto esa explicación, Hany; peno celebro que no
creas que canezco de corazón. No; yo sé que lo tengo. Y,
sin embargo, me veo obligado a reconocen que esto que ha sucedido no me
ha afec-tado como debiera. Se me antoja, simplemente, un admirable final
a un drama maravilloso. Tiene toda la terrible belleza de una tragedia
grie-ga, una tragedia en la que yo hubiera tomado gran parte, peno sin
salin herido de ella.
-Cuestión interesante —dijo Lord Henry, que encontraba un placer
exquisito en jugar con el egotismo inconsciente del mozo -, sumamente interesante.
Supongo que la verdadera explicación debe ser ésta. Sucede
casi siempre que las tragedias reales de la vida tienen lugar de un modo
tan anti artístico, que nos hieren pon su cruda violencia, su ab-soluta
incoherencia, su falta absurda de sentido, su carencia total de estilo.
Nos afectan al igual que una vulgaridad. Nos dan una impresión de
pura fuerza bruta, y nos rebelamos contra ella. A veces, sin embar-go,
una tragedia, con elementos artísticos de belleza, se cruza en nues-tra
vida. Si estos elementos de belleza son reales, el incidente suscita sólo
nuestro sentido de los efectos dramáticos. Nos encontramos, sú-bitamente,
con que ya no somos los actores, sino los espectadores del drama. O, mejor
dicho, ambos a la vez. Nos observamos a nosotros mismos, y la simple maravilla
del espectáculo basta a dominarnos. En el caso actual, ¿qué
es lo que ha sucedido realmente? Que una mujer se ha matado pon amor tuyo.
Afortunadamente, yo no he pasado pon una experiencia semejante. Me habría
hecho enamoran del amor pana el resto de mis días. las mujeres que
me han adorado —no han sido mu-chas, peno, en fin, ha habido algunas— se
han empellado siempre en continuar viviendo después de haber dejado
ya de interesarme, o yo a ellas. Se han puesto gordas e insoportables,
y en cuanto tropiezo con ellas se desbocan enseguida pon el camino de los
recuerdos. ¡Oh, esa terrible memoria de las mujeres! ¡Qué
cosa tan tremenda! ¡Y qué ab-soluto estancamiento intelectual
revela! Se debe retener y asimilar el colon de la vida, peno nunca recordar
sus detalles. Los detalles son siempre vulgares.
—Yo tendré que sembrar de adormideras mi jardín —suspinó
Do-rian.
—No es preciso —prosiguió su interlocutor -. La vida trae siempre
adormideras en sus manos. Claro que, de vez en cuando, las cosas se obstinan
en duran. Una vez, recuerdo no haber llevado más que violetas durante
toda una estación, como una forma de luto artístico pon una
novela que no quería morir. Peno, al fin, acabó pon morir.
No recuerdo lo que la mató. Me parece que fue su ofrecimiento de
sacrificar el mundo entero pon mí. Este es siempre un momento pavoroso.
Le llena a uno del terror a la eternidad. Bueno, pues -~,podrás
creerlo?- hace una semana, en casa de Lady Hampshire, comi a su lado, y
no te puedes figurar cómo insistió para que reanudáramos
la aventura; empeñada en desenterrar el pasado y enterrar el futuro.
Yo había sepultado mi no-vela en un lecho de asfódelos. Ella
pretendió exhumarlo, asegurándo-me que yo había arruinado
su vida. Debo confesar que comió una enormidad; así, que
no sentí el menor remordimiento. Peno, ¡qué falta de
buen gusto! El único encanto del pasado es que ha pasado. Peno las
mujeres nunca se dan cuenta de cuándo cae el telón. Necesitan
siempre un sexto acto, y apenas ha concluido el interés de la obra,
proponen continuarla. Si las dejáramos, toda comedia tendría
un final trágico, y toda tragedia culminaría en farsa. Son
deliciosamente artificiales, peno no tienen el menor sentido del arte.
Tú has sido más afortunado que yo. Puedo asegurarte, Dorian,
que ninguna de las mujeres que he conocido habría sido capaz de
hacen pon mí lo que Sibyl Vane acaba de hacen pon ti. Casi todas
las mujeres se consuelan pon sí solas. Algunas, vistiéndo-se
de colores sentimentales. Note fies nunca de una mujer que vaya de malva,
tenga la edad que tenga, ni de una que, cumplidos los treinta y cinco,
sea aficionada a las cintas colon de rosa. Señal infalible de que
tienen historia. Otras hallan gran consuelo en descubrir inopinada-mente
las buenas cualidades de sus maridos. Y lucen su felicidad con-yugal como
si fuera el más fascinador de los pecados. También la religión
consuela a algunas. Sus misterios tienen todo el encanto de un flint, según
me dijo en una ocasión una de ellas, cosa que comprendo perfectamente.
Además, nada le envanece a uno tanto como oírse lla-mar pecador.
La conciencia nos hace a todos egoístas. Sí, realmente son
innumerables los consuelos que ofrece a la mujer la vida moderna. Y eso
que aún no he mencionado el más importante.
—~,Y qué consuelo es ése, Harry? —preguntó Dorian
con indolen-cia.
—~Oh!, el más fácil. Tomar el adorador de otra cuando
se pierde el propio. En la buena sociedad, esto siempre rejuvenece a una
mujer. Peno, realmente, Dorian, ¡qué diferente debía
ser Sibyl Vane de todas las mujeres can que uno tropieza pon ahí!
Hay algo en su muerte que me parece de una belleza absoluta. Me alegro
de vivir en un siglo en que aún ocurren semejantes maravillas. Nos
hacen creen en la realidad de las cosas con que jugamos, tales como aventura,
pasión y amor.
—Olvidas que estuve horriblemente cruel con ella...
—Temo que las mujeres tengan una especial predilección pon la
crueldad, la buena crueldad, franca y categórica. Son de un primitivis-mo
admirable en cuestión de instintos. Nosotros las hemos emancipa-do,
peno no pon eso han dejado de ser esclavas en busca de amo. Gustan de ser
dominadas. Estoy seguro de que estuviste magnífico. Nunca te he
visto real y positivamente irritado; peno me figuro lo deli-cioso que estarías.
Pon otra parte, anteayer me dijiste algo que entonces me pareció
pura fantasía; peno ahora veo que era completamente cierto, y me
da la clave de todo.
~Y qué fue, Hany?
—Me dijiste que Sibyl Vane representaba pana ti todas las heroínas
de leyenda; que era Desdémona una noche, y Ofelia a la siguiente;
que si moría como Julieta, volvía a la vida como Imogenia.
—~Ya no volverá nunca a la vida! —murmuró el mancebo,
escon-diendo el rostro entre las manos.
—No, ya no resucitará. Ya representó su último
papel. Peno tú de-bes pensar en esa muerte solitaria en el camerino,
chillón y grotesco, como si fuera un fragmento extraño y
terrorífico de alguna tragedia jacobista, una escena maravillosa
de Webster, o Fond, o Cyril Tour-neur. Ella nunca vivió realmente;
pon lo tanto, nunca pudo morir. Para ti, al menos, fue siempre un sueño,
un fantasma que revoloteaba entre las obras de Shakespeare, acrecentando
la belleza de ellas con su pre-sencia; una flauta a través de la
cual sonaba la música de Shakespeare más rica y más
jubilosa. En el momento en que entró en la vida real, la echó
a penden, y ésta la echó a penden a ella, y tuvo que desaparecen.
Llora pon Ofefia, si quienes. Cubre de ceniza tu cabeza pon haber sido
estrangulada Condelia. Impreca contra el cielo a causa de la muerte de
la hija de Brabancio. Peno no malgastes tus lágrimas sobre la tumba
de Sibyl Vane, que era menos real que ellas.
Hubo un silencio. El crepúsculo comenzaba a ensombrecen el aposento.
Calladamente, con pies de plata, las sombras entraban del jardín.
Los colores se desvanecían cansadamente de las cosas.
Al cabo de unos minutos, Dorian Gray levantó la cabeza.
—Me has explicado a mí mismo, Hany —murmunó, con un suspiro
de alivio -. Yo sentía todo lo que tú has dicho; peno, en
cierto modo, me daba miedo, y no atinaba tampoco a expresarlo. ¡Cómo
me cono-ces! Peno no hablemos más de lo ocurrido. Ha sido una maravillosa
experiencia. Simplemente. No creo que la vida me reserve ya nada tan maravilloso.
—La vida te reserva aún todo, Dorian. Nada hay, con tu hermosu-ra,
que no seas capaz de conseguir.
—Peno piensa, Hany, que me volveré viejo, y feo, y arrugado.
¿Y entonces?
—~Ah!, entonces —respondió Lord Henry, levantándose pana
inse -, entonces, querido Donan, tendrás que luchan pon tus victorias.
Mientras que ahora vienen a ti; las ganas sin combate. No; es preciso que
con-serves tu apariencia fisica Vivimos en una edad que lee demasiado para
ser sabia, y piensa demasiado pana ser hermosa. No podemos prescin-dir
de ti, Pon lo pronto, hacías bien en vestirte para in al club. Me
pare-ce que vamos a llegar tarde.
—Prefiero in a buscarte a la Opera, Hany. Me siento demasiado cansado
para probar bocado. ¿Qué número es el del palco de
tu herma-na?
—Cneo que el veintisiete del principal. Verás su nombre en la
puerta. Peno siento que no vengas a comen.
—No me siento con fuerzas -contestó Dorian, perezosamente -.
Peno te agradezco infinito todo lo que me has dicho. Realmente, enes mi
mejor amigo. Nadie me ha entendido tan bien como tú.
—Nuestra amistad no ha hecho más que empezar, Dorian —dijo Lord
Henry, dándole un apretón de manos--. Adiós. Espero
que te veré antes de las nueve y media. Recuerda que canta la Patti.
Apenas había cerrado la puerta, cuando Dorian Gray tocaba la
campanilla, y, al cabo de pocos minutos, aparecía Víctor
con las lám-paras y cerraba las persianas. Aguardó con impaciencia
que el criado se retinase, pareciéndole que tardaba en todo una
eternidad.
En cuanto hubo salido, corrió hacia el biombo, que echó
a un la-do. No, el retrato no había sufrido ningún otro cambio.
El había sabido la muerte de Sibyl Vane antes que el mismo Donan,
como si tuviera noticia de los sucesos de la vida a medida que ocurrían.
La maligna crueldad que deformaba la línea de su boca, había
aparecido, induda-blemente, en el mismo momento en que la muchacha tomaba
el vene-no. ¿O bien era indiferente alas consecuencias, atento sólo
a lo que tenía lugar dentro del alma? Meditó en ello, con
la esperanza de ver algún día openarse este cambio ante sus
ojos; esperanza que le hizo estremecen.
¡Pobre Sibyl! ¡Qué novelesco había sido todo
ello! Con frecuen-cia había ella representado la muerte sobre la
escena. Y la Muerte misma la había cogido y llevado consigo. ¿Cómo
habría hecho aquella terrible escena postrera? ¿Le habría
maldecido al morir? No; ella había muerto pon amor de él,
y ya siempre el amor sería pana él un sacra-mento. Ella lo
había expiado todo con el sacrificio de su vida. El no quería
pensar más en lo que le había hecho sufrir aquella horrible
no-che en el teatro. Cuando la recordase, sería siempre como una
maravi-llosa figura trágica enviada al escenario del mundo pana
mostrar la suprema realidad del Amor. ¿Una maravillosa figura trágica?
Los ojos se le cuajaron de lágrimas, recordando su aine infantil
y sus caprichos de niña mimada, y su gracia tímida y temblorosa.
Restregóselos apre-suradamente, y contempló de nuevo el retrato.
Comprendió que, realmente, le había Negado el momento
de es-cogen en la vida. ¿O bien su elección había
sido ya hecha? Si, la vida había decidido pon él.. la vida,
y también su ilimitada curiosidad de vivir. Eterna juventud, infinita
pasión, placeres sutiles y secretos, ale-grías ardientes
y pecados aún más ardientes... todo esto tenía él
que conocerlo. El retrato llevaría el peso de su ignominia.
Un sentimiento de dolor se insinuó en él al pensar en
la profana-ción que aguardaba a aquel hermoso rostro pintado en
el lienzo. Una vez, en burla infantil de Narciso, había besado,
o hecho ademán de besar, aquellos labios pintados, que ahora le
sonreian tan cruelmente. Dia tras dia, se habia sentado frente al cuadro,
maravillándose de su belleza, enamorado casi de él, pensaba
a veces. ¿Tria a alterarse ahora a cada estado de alma por que él
pasase? ¿Tria a convertirse en una cosa monstruosa y repugnante
que tener escondida en un cuarto cenado, lejos de la luz del sol, que tantas
veces habia trocado en oro refulgente la ondulada maravilla de su cabellera?
¡ Qué lástima, qué lástima!
Durante un momento pensó en implorar que la espantosa afinidad
que habia entre él y el cuadro cesara de existir. ¿No habia
cambiado el retrato como resultado de un deseo? Pues acaso como resultado
de otro deseo pudiera permanecer inmutable. Y, sin embargo, ¿quién
que sú-plese algo de la vida renunciaria a la probabilidad de permanecer
siem-pre joven, por fantástica que pudiera ser tal probabilidad,
o por fatales que fuesen las consecuencias que pudiera acarrear? Por otra
porte, ¿dependeria aquello de su voluntad? ¿habria sido,
realmente, su deseo la causa de la sustitución? ¿No podria
haber alguna extraña tazón cien-tifica en todo ello? Si el
pensamiento podia ejercer su influencia sobre un organismo vivo, ¿no
podria ejercerla también sobre una cosa inor-gánica y sin
vida? ¿Y no podrian, a su vez, las cosas externas, sin pen-samiento
o intención consciente, vibrar al unisono de nuestros estados de
alma y pasiones, por un amor secreto o una extraña afinidad de átomo
con átomo? Pero ¿qué importaba la causa? El no tentaria
más con súplica alguna tan terrible poder. Si el retrato
seguia cambiando y transformándose, ¡tanto peor! ¿A
qué profundizar más?
Por otra parte, no dejaba de haber su placer en este examen y vi-gilancia.
Asi podria seguir a su espiritu en sus más escondidos replie-gues.
El retrato seria para él el más mágico de los espejos.
Lo mismo que antes le habla revelado su cuerpo, ahora le revelaria su alma.
Y cuando el invierno cayese sobre el cuadro, él seguiria aún
en el punto en que la primavera tiembla al borde del verano. Cuando la
sangre fuese huyendo del rostro pintado y dejando atrás una pálida
mascarilla de escayola, con ojos de plomo, él conservaria el hechizo
de la adoles-cencia. Ni una sola flor de su hermosura mustiariase nunca.
Ni un solo latido de su vida se debilitaria. Semejante a los dioses de
los griegos, seria fuerte, ágil y alegre. ¿Qué podia
importar lo que ocurria ala ima-gen pintada sobre el lienzo? El viviria
sano y salvo. Eso era todo.
Volvió a colocar el biombo delante del retrato, sonriendo al
ha-cerlo, y pasó a su alcoba, donde ya el criado le esperaba. Una
hora después estaba en la Opera, y Lord Hemy se apoyaba en el respaldo
de su silla. seria fuerte, ágil y alegre. ¿Qué podia
importar lo que ocurria ala ima-gen pintada sobre el lienzo? El viviria
sano y salvo. Eso era todo.
CAPITULO IX
A la mañana siguiente estaba almorzando Dorian Gray, cuando entró
Basil Hallward en la habitación.
—Me alegro de encontrarte, Dorian —dijo el pintor gravemente -. Vine
anoche, pero me dijeron que estabas en la Opera. Ya supuse que esto no
era posible; pero senti que no hubiesen dejando dicho adónde ibas
realmente. Pasé una noche espantosa, temiendo casi una segunda tragedia.
Debiste avisarme desde el primer momento. Me enteré por pura casualidad,
leyendo en el club la última edición del Globo. Vine aqui
enseguida, y senti en el alma no encontrarte. No te puedes figurar cómo
me ha sacudido todo esto. Me figuro lo que debes sufrir. Pero ¿adónde
habias ido? ¿Acaso a ver ala madre? Estuve tentado un mo-mento de
ir a buscarte alli. Sabia las señas por el periódico. Es
en Euston Road, ¿verdad? Pero temi importunar un dolor que en nada
podia aliviar. ¡Pobre mujer! ¡En qué estado debe encontrarse!
¡Ade-más, su única hija! ¿Qué dice la
infeliz?
—~,Y cómo voy yo a saberlo, querido Basil? —murmuró Dorian,
bebiendo a sorbitos un vino amarillo pálido en una copa estriada
de oro, de fino cristal veneciano, y con aire de hondo aburrimiento -.
Estuve, efectivamente, en la Opera. Deberias haber ido a buscarme alli.
Conocia Lady Gwen-dolen, la hermana de Hany. Fuimos a su palco. Es encantadora,
y la Patti cantó de un modo divino. No me hables de cosas desagradables.
Si no se habla de una casa, es como si no hubiera tenido lugar. La expresión,
como dice Harry, es la que da realidad alas cosas. Lo único que
puedo decirte es que no era hija única. Le queda un hijo, creo que
excelente muchacho, Pero no se ha dedicado al teatro. Me parece que es
marino, o algo por el estilo. Y, ahora, háblame de ti y dime qué
es lo que estás pintando.
—~,Que estuviste en la Opera? -dijo Hallward lentamente y con un leve
temblor de tristeza en la voz -. ¿Que estuviste en la Opera, mien-tras
el cadáver de Sibyl Vane yacia en un cuartucho infecto? ¿Y
puedes hablarme de que otras mujeres son encantadoras, y de que la Patti
canta de un modo divino, antes de que la muchacha a quien tanto quenas
tenga siquiera la paz de una tumba en que dormir? ¿Es posible que
no pienses en el honor que aguarda a ese blanco cuerpecito que fue el suyo?
—~Basta, Basil; no quiero oirlo! —gritó Dorian, poniéndose
en pie bruscamente -. ¿A qué hablar más de ello? Lo
hecho, hecho está. Lo pasado, pasado está.
—~,Y llamas pasado al ayer?
—~,Qué importa el tiempo transcurrido? Sólo la gente
superficial requiere años para verse libre de una emoción.
Un hombre dueño de sf mismo puede poner término a un sufrimiento
con la misma facilidad que inventar un placer. Yo no quiero estar a merced
de mis emociones. Quiero usar de ellas, gozar de ellas, y dominarlas.
—SEs horrible, Dorian! Algo te ha hecho cambiar por completo. En apariencia,
sigues siendo el mismo muchacho maravilloso, que venia todos los dias a
mi estudio para que yo pintase su retrato. Pero entonces eras sencillo,
natural y afectuoso. El ser menos echado a perder del mundo. Ahora, no
sé qué es lo que ha ocurrido, pero hablas como si carecieses
de corazón y de todo sentimiento compasivo. La influencia de Hany
ha sido; demasiado lo veo.
Sonrojóse el adolescente, y acercándose a la ventana
contempló unos momentos el jardin verde y bruñido de sol.
—Mucho le debo a Hany, Basil —dijo al fin -; más que a ti. Tú,
sólo me enseñaste a ser vanidoso.
—~,Si? Pues bien castigado me veo por ello.., o me veré algún
dia.
—No entiendo lo que quieres decir, Basil —exclamó Dorian, vol-viéndose
-. No sé a qué te refieres. Habla.
—Quisiera encontrar al Donan Gray que yo pintaba —dijo el artista con
tristeza.
—Basil -dijo el adolescente, dirigiéndose hacia di, y poniéndole
la mano en un hombro -; has llegado demasiado tarde. Ayer, cuando supe
que Sibyl Vane se habia matado...
—~ Matado! ¡ Santo ciclo!, ¿estás seguro? —gritó
Hallward, clavan-do en él los ojos con expresión de honor.
—~Querido Basil! No es posible que tú hayas creido que se trataba
de un simple accidente. Claro que se ha matado.
El pintor escondió el rostro entre las manos, y murmuró,
estreme-ciéndose:
-~Qué horror!
—No -dijo Donan Gray -; no hay en ello horror alguno. Es una de las
grandes tragedias románticas de la época. Por regla general,
nadie (leva una vida más vulgar que los actores. Son buenos maridos,
o espo-sas fieles, o cualquiera otra insipidez por el estilo. Ya sabes
lo que quiero decir... virtud clase media y compañia. ¡Qué
distinta era Sibyl! Vivió su más hermosa tragedia. Fue siempre
una heroina. La última noche —la noche que tú la viste —representó
mal, porque habia conocido la realidad del amor. Cuando conoció
su falsedad, murió como Julieta podia haber muerto. Entró
de nuevo en la esfera del arte. Hay en ella algo del mártir. Su
muerte tiene toda la patética inutilidad del martirio, toda su desolada
belleza. Pero, como te decia, no vayas a creer que yo no he sufrido. Si
hubieras entrado ayer en un momento dado —las cinco y media o seis menos
cuarto, próximamente —, me habrias encontrado anegado en lágrimas.
Ni siquiera Hany, que estaba presente, y que fue, en realidad, quien me
dio la noticia, sospechó lo más minimo de lo que pasaba por
mi. Sufri espantosamente. Luego, todo pasó. No puedo repetir una
emoción. Nadie, excepto los sentimentales, puede hacerlo. Y tú
eres horriblemente injusto, Basil. Vienes a consolarme —casa muy delicada
-; me encuentras consolado, y te pones furioso. ¡Magnifico; eso se
llama altruismo! Me recuerdas una historia que me contó Hany de
un cieno filántropo que gastó veinte años de su vida
tratando de encontrar algún agravio que deshacer, o una ley injusta
que modificar, no recuerdo a punto fijo. Al fin lo consiguió, y
nada podria pintar su desilusión. Sin nada ya que hacer, se murió
casi de tedio y volvióse un misántropo empedernido. Por otra
parte, mi querido Basil, si realmente quieres consolarme, enséñame
a olvidar lo sucedido, o a considerarlo desde un punto de vista artistico.
¿No es Gautier el que hablaba de la consolation des arts? El consuelo
de las artes. (En francés en el texto) . Recuerdo haber hojeado
un dia en tu estudio un tomito encuadernado en pergamino, y tropezado en
él, por casuali-dad, con esta frase deliciosa. No es que yo sea
como ese joven de que me hablaste cuando estuvimos juntos en Marlow; aquel
joven que decia que la seda amarilla podia consolarle a uno de todas las
miserias de la vida. Claro que me gustan las cosas bellas que se pueden
tocar y coger. Mucho puede aprenderse de los brocados viejos, los bronces
verdes, las lacas, los marfiles tallados, de todas las cosas exquisitas
que pueden rodearle a uno, y del lujo, y del refinamiento; pero el tempera-mento
artistico que estas cosas van creando, o revelando al menos, me interesa
más todavia. Convertirnos en el espectador de nuestra propia vida,
como dice Hany, es escapar al sufrimiento de la vida. Sé que te
sorprenderá oirme hablar asi. Tú no te has dado cuenta de
mi desen-volvimiento. Yo era un colegial cuando te conoci. Ahora soy ya
un hombre. Tengo nuevas pasiones, nuevos pensamientos, nuevas ideas. Soy
otro; pero no por eso debes quererme menos. He cambiado; pero tú
debes siempre ser mi amigo. Es verdad que tengo mucho afecto a Hany. Pero
sé que tú eres mejor que él. No eres más fuerte
—tienes demasiado miedo de la vida -, pero eres mejor. ¡Y qué
contentos he-mos estado siempre que hemos estado juntos! No te enfades
conmigo, Basil, ni rompas nuestra amistad. Yo soy como soy. Es todo lo
que tenia que decirte.
El pintor se sentia singularmente conmovido. Profesaba al ado-lescente
un cariño entrañable, y él habia sido el punto decisivo
en su arte. ¿A qué más censuras y reproches? Después
de todo, quizá su indiferencia no fuese más que una disposición
de ánimo pasajera. ¡ Ha-bia en él tanta bondad y tanta
nobleza!
—Bueno, Dorian —dijo al fin, sonriendo tristemente -; no volveré
a hablarte nunca de este horrible suceso. Espero que tu nombre no apare-cerá
para nada mezclado en dl. La instrucción debe tener lugar esta misma
tarde. ¿Te han citado?
Dorian movió la cabeza negativamente, haciendo una ligera mue-ca
de contrariedad al oir la palabra “instrucción” ¡ Era tan
cruda y tan vulgar aplicada a lo sucedido!
—No saben mi nombre —repuso.
—Tampoco ella lo sabia?.
—Mi nombre de pila sólo, y ése estoy seguro de que no
lo dijo a nadie. En una ocasión me dijo que todos tenian gran curiosidad
por saber quién era yo, y que ella, invariablemente, les contestaba
que mi nombre era el Principe. ¿Verdad que era delicioso? Tienes
que hacer-me un dibujo de Sibyl, Basil. Me gustará tener de ella
algo más que el recuerdo de unos cuantos besos y alguna que otra
frase patética.
—Intentaré hacer algo, Dorian, si asi lo deseas. Pero tienes
que ve-nir a servirme otra vez de modelo. No puedo prescindir de ti.
—~ Imposible, Basil, que te sirva otra vez de modelo! —exclamó
Dorian, estremeciéndose.
El pintor le miró asombrado.
—~Cómo! Eso quiere decir que el retrato que te hice no es de
tu agrado. Por cierto, ¿dónde está? ¿Por qué
lo has tapado con ese biom-bo? Déjame verlo. Es lo mejor que he
hecho hasta ahora. Quita ese biombo, Dorian. Es una descortesia de tu criado
el haber escondido asi mi obra. Ya me pareció, al entrar, que habia
algo cambiado en el cuar-to.
—Mi criado no tiene la culpa, Basil. Ya comprenderás que no
le dejo arreglar la casa a gusto suyo. A lo sumo, si se ocupa de elegir
y colocar las flores. No; he sido yo mismo. Habia demasiada luz para el
retrato.
—~Demasiada luz! De ningún modo, querido Dorian. Es un sitio
admirable. Déjame que lo vea -. Y Hallward se dirigió hacia
el retrato.
Un grito de tenor se escapó de labios de Dorian, que corrió
a in-terponerse entre el pintor y el biombo.
—No lo verás, Basil —dijo, poniéndose palidisimo -; no
quiero que lo veas.
—~Que no vea mi propia obra! No es posible que hables en serio, ¿Por
qué no voy a verla? -exclamó Hallward, riendo.
—Si tratas de verla, Basil, te doy mi palabra de honor que no vol-veré
a hablarte en la vida. Te lo digo completamente en serio. No pue-do darte
la explicación, ni tú debes pedirmela. Pero ten presente
que si tocas ese biombo, todo habrá terminado entre nosotros.
Hallward se habia quedado como petrificado. Miraba a Donan con una
estupefacción absoluta. Nunca le habia visto de aquel modo:
pálido de rabia, con los puños apretados y las pupilas
como dos discos de fuego azul, temblando de pies a cabeza.
—~Dorian!
—iNi una palabra!
—Pero ¿qué ocurre? Desde luego que no lo miraré
si no quieres —dijo con cierta frialdad, volviendo los talones y dirigiéndose
hacia la ventana -. Pero, realmente, parece un tanto absurdo que yo no
pueda ver mi propia obra, sobre todo yendo a exponerla en Paris este otoño.
Probablemente habrá que darle antes otra mano de barniz, y entonces
no tendré más remedio que verla. ¿Por qué no
ahora?
-~Exponerla! ¿Qué piensas exponerla? -exclamó
Donan Gray, presa de una extraña sensación de terror.
¿Iria, pues, el mundo a ver su secreto, a quedarse perplejo
ante el misterio de su vida? ¡Imposible! Era preciso hacer, sin demora,
algo —no sabia el qué —que lo impidiese.
—Si; supongo que no tendrás inconveniente, Georges Petit va
a reunir mis mejores cuadros para una exposición particular en su
salón de la calle de Sèze, que se abrirá en la primera
semana de octubre. El retrato estará fuera sólo un mes. Espero
que podrás separarte de él sin dificultad por ese tiempo.
Además, seguramente no estarás en Londres. Y si lo tienes
siempre detrás de un biombo, señal de que no te interesa
gran cosa.
Dorian Gray se pasó la mano por la frente, empapada en sudor.
Comprendia que estaba al borde de un gran peligro.
—Hace un mes me dijiste que no pensabas exponerlo nunca -dijo -¿Cómo
es que has cambiado de idea? Vosotros, los que presumis de consecuentes,
sois igual de caprichosos que los demás. Con la diferen-cia de que
vuestros caprichos carecen de sentido. No es posible que hayas olvidado
lo solemnemente que me aseguraste que nada en el mundo podria decidirte
a enviarlo a una exposición. Y exactamente lo mismo dijiste a Harry.
De pronto se detuvo; y por sus ojos cruzó un relámpago.
Acababa de recordar que Lord Henry le habia dicho una vez, mitad en serio,
mitad en broma: “Si quieres pasar un curioso cuarto de hora, haz que Basil
te diga por qué no quiere exponer tu retrato. El me explicó
las razones, que fueron para mi una revelación”. Si; acaso Basil
tenia tam-bién su secreto. El trataria de arrancárselo.
—Basil —dijo, acercándose a él, y mirándole bien
en los ojos -; los dos tenemos nuestros secretos. Dime el tuyo, y yo te
contaré el mio. ¿Cuál era la razón de que te
negases antes a exponer mi retrato?
El pintor no pudo contener un estremecimiento.
—Si te lo dijese, Donan, es posible que luego me quisieras menos, y
seguramente te reinas de mi. Ninguna de ambas cosas podria sopor-tarla.
Si te empeñas en no dejarme ver nunca más tu retrato, bien
está, me resigno. Siempre podré siquiera verte a ti. Si deseas
que mi mejor obra permanezca siempre ignorada del mundo, perfectamente,
lo acepto. Tu amistad me importa mucho más que la fama o la gloria.
—No, Basil; es preciso que me lo digas —insistió Donan -. Creo
que tengo derecho a saberlo. Su terror se habia ya desvanecido, y la curiosidad
ocupado su lugar. Estaba decidido a descubrir el misterio de Basil Hallward.
—Sentémonos, Dorian —dijo el pintor, al parecer turbado— Senté-monos,
y responde a una pregunta: ¿No has notado en el retrato nada extraño?
Algo que probablemente, al principio, no te llamó la atención;
pero que, de repente, te fue revelado.
—~Basil! —gritó Dorian, asiéndose a los brazos de su
sillón con manos trémulas, y mirándole con ojos ardorosos
y extraviados.
—Veo que si. No hables. Espera a oir lo que tengo que decirte. Do-rian,
desde el momento en que te conoci, tu personalidad ejerció sobre
mi la más extraordinaria influencia. Me senti dominado, alma, cerebro
y fuerza, por ti. Tú te convertiste para mi en la encarnación
de ese ideal invisible, cuyo recuerdo nos persigue a los artistas como
un sueño inefable. Te adoré. Me sentia celoso de todo aquél
a quien dirigias la palabra. Necesitaba tenerte todo para mi solo. No me
sentia feliz más que cuando estabas conmigo. Y cuando estabas lejos
de mi, estabas todavia presente en mi arte... Claro que yo no te di a entender
nunca nada de esto. Hubiera sido imposible. Tú no lo habrias comprendido.
Apenas si yo mismo lo comprendo. Sabia sólo que habia visto la per-fección,
cara a cara, y que el mundo se habia convertido en algo mara-villoso a
mis ojos... demasiado maravilloso quizá, pues en estas adoraciones
insensatas hay un peligro, el de perderlas, no menor que el peligro de
conservarlas... Pasaron semanas y semanas, y cada dia me absorbia más
en ti. Entonces comenzó una fase nueva. Yo te habia dibujado como
Paris, revestido de una delicada armadura; como Ado-nis, con la capa de
cazador y la bruñida jabalina. Coronado de pesadas flores de loto,
tú te sentaste en la proa de la barca de Adriano, con los ojos puestos
más allá del Nilo turbio y verde. Tú te inclinaste
sobre la charca tranquila de una selva griega y viste en la plata del agua
silen-ciosa el milagro de tu propio rostro. Y todo esto era como el arte
debe-ria ser: inconsciente, ideal y remoto. Un dia, dia fatal creo a veces,
decidi pintar un espléndido retrato tuyo, tal como eres en la actualidad,
no en el atavio de las edades muertas, sino en tu mismo traje y en tu propio
tiempo. Si fue el realismo del método, o el simple milagro de tu
personalidad, presentándoseme asi, directamente, sin bruma ni velo,
es cosa que no podria decir. Lo que sé es que, mientras pintaba,
cada pincelada me parecia revelar mi secreto. Empecé a temer que
los de-más se dieran cuenta de mi idolatria. Comprendi, Dorian,
que habia dicho demasiado, que habia puesto demasiado de mi mismo en esa
obra. Entonces fue cuando resolvi no permitir nunca que se expusiera el
retrato. Tú te enfadaste un poco; pero entonces tú no comprendias
todo lo que significaba para mi. Hany, a quien le hablé de ello,
se burló de mi. Pero ¿qué me importaba? Cuando conclui
el retrato y me senté para mirarlo a solas, vi que tenia yo razón...
Sin embargo, al cabo de pocos dias, cuando salió el cuadro de mi
estudio, y apenas me vi libre de la invencible sugestión de su presencia,
me pareció que habia sido una locura ver en él otra cosa
que tu belleza y que yo sabia pintar. Aun ahora, en este momento, no puedo
menos de pensar que la pasión que experimenta uno al crear, jamás
se muestra realmente en la obra creada. El arte es siempre más abstracto
de lo que nos imaginamos.
La forma y el color nos hablan de la forma y del color, simple-mente.
A veces pienso que el arte más oculta al artista que lo revela.
Asi, cuando recibi ese ofrecimiento de Paris, decidi hacer de tu retrato
el punto culminante de mi exposición. No se me pudo ocurrir que
tú te negases. Ahora veo que tenias razón. El retrato no
puede ser expuesto. No me guardes rencor, Dorian, por todo lo que te he
dicho. Como decia una vez a Hany, tú has sido hecho para ser adorado.
Dorian Gray respiró libremente. El color volvió a sus
mejillas, y una sonrisa jugueteó en sus labios. El peligro habia
pasado. Estaba a salvo por el momento. Sin embargo, no podia menos de sentir
una infinita compasión por el pintor, que acababa de hacerle esa
extraña confesión, preguntándosesi él mismo
llegaria alguna vez a verse tan dominado por la personalidad de un amigo.
Lord Henry tenia el en-canto de ser sumamente peligroso, pero nada más.
Era demasiado inte-ligente y demasiado cinico para poder quererle de veras.
¿Encontraria alguna vez a alguien capaz de inspirarle tan extraña
idolatria? ¿Seria ésta una de las cosas que le reservaba
la vida?
—Lo que me parece extraordinario, Dorian —agregó Hallward -,
es que tú hayas visto eso en el retrato. ¿Lo viste realmente?
—Algo vela en él —contestó Donan -, que, a veces, me
parecia muy singular.
—Bueno; ¿me permites ahora que lo mire?
Donan sacudió la cabeza.
—Te ruego que no insistas, Basil. No me es posible dejarte frente a
ese retrato.
—Pero algún dia me dejarás, ¿no?
—Nunca.
—Bien; acaso tengas razón. Adiós, pues, Dorian. Tú
has sido la única persona que realmente ha influido en mi arte.
Todo lo bueno que he hecho a ti te lo debo. ¡Ah!, tú no sabes
lo que me cuesta decirte todo lo que te he dicho.
—Pero, ¿y qué es lo que me has dicho, querido Basil?
-dijo Do-rian-.
Simplemente que sentias admirarme demasiado. Eso ni siquiera es un
cumplido.
—No tenia la intención de ser un cumplido. Fue una confesión.
Ahora que la he hecho, parece como si me hubiese desprendido de algo. Quizá
no deberiamos nunca traducir nuestra adoración en pala-bras.
—Ha sido una confesión que me ha defraudado.
—Pues, ¿qué era lo que esperabas, Dorian? ¿Viste
acaso algo más en el retrato? Era lo único que habia.
—No, no vi más. ¿Por qué me lo preguntas? Pero
no debes hablar de adoración. Es una tonteria. Tú y yo somos
amigos, Basil, y siempre lo seremos.
—Ya tienes a Hany —dijo el pintor tristemente.
—~Oh, Hany! —exclamó Dorian con una carcajada -. Hany se pasa
el dia en decir cosas increibles, y la noche en hacer cosas inverosimi-les.
Exactamente el género de vida que a mi me gustaria hacer. Pero no
creo que acudiese a Hany en un momento de apuro. Antes acudiria a ti, Basil.
—~,Me servirás otra vez de modelo?
—~ Imposible!
—Echas a perder mi vida de artista negándote, Dorian. Nadie
tro-pieza dos veces con su ideal, y pocos son los que tropiezan una.
—No me es posible explicártelo, Basil; pero nunca volveré
a ser-virte de modelo. En todo retrato hay algo de fatalidad. Tienen una
vida propia. Iré a tomar el té contigo, y lo pasaremos igualmente
bien.
—Tú, mucho mejor, desde luego —murmuró Hallward apesadum-brado
-. Hasta la vista, pues. Siento que no me dejes ver por última vez
el retrato. Pero ¡qué se leva a hacer! Me doy perfecta cuenta
de tus sentimientos.
Cuando se hubo marchado, Dorian se sonrió a si mismo. ¡Pobre
Basil! ¡Qué poco sabia de la causa verdadera! ¡Qué
singular que, en vez de haberse visto obligado a revelar su propio secreto,
hubiese con-seguido, casi por casualidad, arrebatar el suyo a su amigo!
¡Cuántas cosas le explicaba esta extraña confesión!
Los absurdos arrebatos de celos del pintor, su devoción frenética,
sus extravagantes panegiricos, sus extrañas reticencias, todo lo
comprendia ahora, con tristeza. Le parecia ver algo trágico en una
amistad tan novelesca.
Suspiró, y tiró de la campanilla. Era preciso, a toda
costa, ocultar el retrato. No podia exponerse otra vez al riesgo de un
descubrimiento semejante. Habia sido una locura conservarlo, una hora siquiera,
en una habitación a la que todos sus amigos tenian acceso.
CAPITULO X
Cuando entró el criado, Dorian le miró fijamente, preguntándose
si se le habria ocurrido fisgar detrás del biombo. El mozo permaneció
impa-sible, aguardando sus órdenes. Dorian encendió un cigarrillo,
dirigióse a un espejo y se contempló atentamente. En él
podia ver reflejarse con toda claridad la cara de Victor. Era como una
plácida careta de servi-lismo. Nada habia en ella de temible. Sin
embargo, juzgó prudente estar en guardia.
Hablando muy reposadamente, le dijo que avisara al ama de lla-ves que
deseaba verla, y luego a la tienda en que le hacian los marcos, para que
le enviasen inmediatamente dos empleados. Al salir el criado, le pareció
que habia lanzado una mirada en dirección al biombo. ¿0 seria
imaginación suya?
Al cabo de unos instantes, mistress Leaf, con su traje de seda ne-gra
y las manos sarmentosas enfundadas en sus mitones de punto, entraba vivamente
en la, biblioteca. Donan le pidió la llave del estudio.
—~,La antigua sala de estudio, Mr.Gray? -exclamó mistress Leaf
-. ¡Pero si está toda llena de polvo! Tengo antes que limpiarla
y ponerla en orden. Está impresentable. Le aseguro a usted que está
impresenta-ble.
—No me importa. Nada de eso hace falta. La llave es lo único
que necesito.
—Bueno, bueno; se llenará usted de telarañas. Como que
hace cer-ca de cinco años que no se ha abierto. Desde que el señor
murió.
Estremeció se Dorian a la mención de su abuelo. Conservaba
de él un pésimo recuerdo.
—No importa —repitió -. Se trata sólo de echar un vistazo.
Déme usted la llave.
—Aqui está la llave -dijo la anciana, buscando en su llavero
con dedos trémulos e inseguros -. Aqui está. Al momento la
tendrá usted. Pero no se le habrá ocurrido trasladarse allá
arriba, ¿verdad?, estando aqui tan bien instalado.
—No, no, no pase usted cuidado —exclamó él con impaciencia
-. Gracias. Puede usted retirarse.
Pero mistress Leaf se demoró unos instantes, charlando de algu-nos
detalles del manejo de la casa. Donan suspiró y le dijo que hiciera
en todo lo que creyese más conveniente. Al fin, mistress Leaf salió
de la habitación, deshaciéndose en sonrisas.
Apenas se cerró la puerta, guardóse Dorian la llave en
el bolsillo y echó una ojeada a su alrededor. Sus ojos se detuvieron
en una ampli-sima colcha de seda morada, toda bordada de oro, espléndido
trabajo veneciano del siglo XVII, que su abuelo encontrara en un convento
de las cercanias de Bolonia. Si; aquello serviria para envolver el objeto
horrendo. Quizá habria servido alguna vez de paño mortuorio.
Ahora iba a ocultar algo que también tenia su podredumbre, peor
que la mis-ma podredumbre de la muerte... algo que engendraria horrores
y, sin embargo, nunca moriria. Lo que el gusano era para el cadáver,
serian sus pecados para la imagen pintada sobre el lienzo. Ellos corromperian
su belleza y devorarian su gracia. La profanarian, la convertirian en algo
inmundo. Y, sin embargo, aquello continuaria viviendo; no mori-ria nunca.
Tuvo un estremecimiento, y por un instante sintió no haber dicho
a Basil la verdadera razón por la que deseaba ocultar el retrato.
Basil le habria ayudado a resistir la influencia de Lord Henry, y las influencias,
todavia más perniciosas, de su propia naturaleza. En el amor que
le tenia —pues realmente era amor—nada habia que no fuese noble y espi-ritual.
No era la simple admiración fisica de la belleza que nace de los
sentidos, y se extingue con el cansancio de éstos. Era un amor como
lo habian conocido Miguel Angel y Montaigne, y Winckelmann, y Sha-kespeare.
Si, Basil le habria salvado. Pero ya era demasiado tarde, El pasado podia
anularse. El remordimiento, la negación o el olvido po-dian conseguirlo.
Pero el futuro era inevitable. Habia en él pasiones que siempre
encontrarian su terrible salida, sueños que harian real la sombra
de su maldad.
Cogió la amplia colcha de púrpura y oro que cubria el
diván, y pasó con ella al otro lado del biombo. ¿Estaba
el rostro más horrendo que antes? Le pareció que no habia
sufrido ningún cambio; pero, a pesar de ello, su repugnancia creció.
Los cabellos dorados, los ojos azules, los labios purpurinos.., todo ello
estaba alli. Sólo la expresión se habia alterado. Era horrible
de crueldad.
Comparados a todo lo que veia en ella de acusación y de censura,
¡qué superficiales resultaban los reproches de Basil a propósito
de Sibyl Vane! ¡Qué superficiales y qué insignificantes!
Su misma alma estaba mirándole desde el lienzo y llamándole
a juicio. Sintió una cris-pación de dolor, y apresuróse
a arrojar el rico paño mortuorio sobre el cuadro. En aquel momento
llamaron a la puerta, y acababa de salir de detrás del biombo cuando
entró el criado.
—Ahi están los de la tienda, señor.
Le pareció que debia alejar con cualquier pretexto a aquel hom-bre.
No convenia que se enterase de adónde llevaban el cuadro. Habia
en él un no sé qué de taimado, y tenia ojos de astucia
y de perfidia. Sentándose a la mesa, puso unas lineas a Lord Henry,
rogándole que le enviase algo que leer, y recordándole que
a las ocho y cuarto estaban citados.
—Espera la contestación -dijo entregándosela -, y que
pasen esos hombres.
Al cabo de dos o tres minutos volvieron a llamar, y Mr. Hubbard, en
persona, el dueño de la famosa tienda de marcos de la calle de South
Audley, entró seguido de un joven ayudante de aspecto un tanto cerril.
Mr. Hubbard era un hombrecito vivaracho, de patillas rojas, cuya ad-miración
por el arte estaba considerablemente atenuada por la invete-rada inopia
de la mayor parte de los artistas con que trataba. Por regla general, nunca
salia de su tienda. Esperaba que la gente viniese a bus-carle a él.
Pero siempre hacia una excepción en favor de Dorian Gray, tal era
la seducción que éste ejercia sobre todo el mundo. Verle
sólo, era ya un placer.
—~,En qué puedo servirle, Mr. Gray? -exclamó restregándose
las manos gordezuelas y pecosas -. He creido de mi deber acudir en perso-na
a preguntárselo. Justamente acabo de adquirir en una subasta una
maravilla de marco. Florentino antiguo. Proveniente de Fonthiel, me parece.
Admirable para algo de asunto religioso, Mr. Gray.
—Siento infinito que se haya usted molestado en venir, Mr. Hubbard.
Desde luego pasaré a ver ese marco —aunque, por el mo-mento, el
arte religioso no me interese gran cosa -. Pero hoy no se trata más
que de transportar un cuadro al último piso. Como es bastante pesado,
se me ocurrió que usted podria prestarme un par de sus em-pleados.
—Ninguna molestia, Mr. Gray. Encantado siempre de servirle. ¿Dónde
está esa obra de arte?
—Aqui -contestó Donan, separando el biombo -. ¿Podrá
trans-portarse tal como está cubierta? Sentiria que se estropease
al subirla por la escalera.
—No hay dificultad, Mr.Gray —dijo el ilustre enmarcador, empe-zando,
con ayuda de su acólito, a descolgar el retrato de las largas cadenas
de cobre que lo sostenian -. Y ahora, ¿adónde hay que llevarlo,
Mr. Gray?
—Yo le mostraré el camino, Mr. Hubbard, si tiene usted la bondad
de seguirme. O quizá seria mejor que pasasen ustedes delante. Temo
que esté demasiado alto. Subiremos por la escalera principal, que
es más ancha.
Les abrió la puerta, atravesaron el hall y empezaron la ascensión.
El carácter ornamental del marco hacia el retrato extremadamente
voluminoso, y de cuando en cuando, a pesar de las serviciales protestas
de Mr. Hubbard, que, a fuer de verdadero comerciante, no gustaba de ver
hacer a un hombre de la alta sociedad nada útil, Dorian ponia tam-bién
manos a la obra y trataba de ayudar.
—~Uf, buena carga, Mr. Gray! —exclamó entrecortadamente el hombrecito,
al llegar al último rellano, esponjándose la frente lustrosa.
—Si, si que pesa —murmuró Dorian, abriendo la puerta de la habi-tación
que iba a guardar el extraño secreto de su vida y a esconder su
alma a los ojos humanos.
Hacia más de cuatro años que no habia entrado alli; desde
que la habia empleado: primero, como cuarto de recreo, y más tarde,
de mayorcito, como sala de estudio. Era una estancia amplia y bien propor-cionada,
que el último Lord Kelso mandara construir especialmente para uso
de su nieto, al que, debido a su singular parecido con su ma-dre y también
por otras razones, siempre habia aborrecido y deseado conservar a cierta
distancia. Poco habia cambiado desde entonces la habitación. Por
lo menos, tal le pareció ti Dorian. Alli estaba el enorme cassone
(Arcón) italiano, con sus tableros fantásticamente pintados
y sus empañados ataires dorados, en el que tantas veces se habia
escondido de niño; y la libreria de palo áloe, llena de libros
de clase con las pun-tas dobladas. Detrás, clavado en la pared,
colgaba el mismo andrajoso tapiz flamenco, en el cual un rey y una reina
jugaban al ajedrez en un jardin, mientras una compañia de halconeros
cabalgaba por las cerca-nias con las aves encapirotadas sobre el puño.
¡Cómo se acordaba de todo! Cada momento de su infancia solitaria
volvia a él mientras pa-seaba los ojos en torno. Recordaba la pureza
inmaculada de su vida de niño, y le parecia horrible que aquella
misma estancia fuera a ocultar el retrato maldito. ¡Qué lejos
estaba de pensar, aquellos dias lejanos, en todo lo que la vida le tenia
reservado!
Pero no habia otro lugar en la casa tan a cubierto de toda mirada indiscreta.
El tenia la llave, y nadie podia entrar alli. Debajo de su sudario de púrpura
el rostro pintado sobre el lienzo podia tornarse bestial, monstruoso y
repugnante. ¿Qué importaba? Nadie podia verlo. Ni él
mismo lo vena siquiera. ¿A qué espiar la odiosa corrupción
de su alma? El conservaria su juventud, que era lo importante. Además,
quién sabe, ¿no podria acaso su naturaleza mejorar y purificarse?
No habia razón alguna para que el futuro fuese sólo de vergüenza.
Algún amor podia cruzarse en su vida, y depurarle, y ponerle a salvo
de aque-llos pecados que ya parecian germinar en su espiritu y en su carne...
esos extraños pecados no descritos, cuyo mismo misterio les presta
su sutileza y atractivo. Quizá, un dia, la expresión de crueldad
se habria borrado de los tiernos labios rojos, y podia mostrar al mundo
la obra maestra de Basil Hallward.
No; esto era imposible. Hora por hora, y semana tras semana, el rostro
envejeceria sobre el lienzo. Podria escapar de la deformidad del pecado,
pero la deformidad del tiempo le aguardaba indefectiblemente. Las mejillas
quedarian sumidas y fláccidas. Las patas de gallo amari-llentas
se ensañarian alrededor de sus ojos empañados; el cabello
per-deria su brillo; la boca, entreabierta o caida, tendria esa expresión
estúpida o atontada que tienen las bocas de los viejos. Seria el
cuello arrugado, las manos fias, de abultadas venas azules, el cuerpo encor-vado,
que recordaba en el abuelo que tan duro fuera con él en su infan-cia.
Si, era preciso esconder el retrato. No habia otro remedio.
—Tengan ustedes la bondad de entrarlo, Mr. Hubbard —dijo cansa-damente,
volviéndose hacia él -. Y perdone que le haya hecho esperar.
Estaba pensando en otra cosa.
—Nunca está de más descansar un rato. Mr. Gray —repuso
el in-dustrial, que todavia estaba tomando aliento- ¿Dónde
lo ponemos?
—~Oh!, en cualquier parte. Ahi mismo. No hace falta colgarlo. Basta
con apoyarlo en la pared. Gracias.
—~,Y no podia verse esta obra de arte, Mr. Gray?
Dorian se estremeció.
—No le interesaria a usted, Mr. Hubbard —dijo, sin perderle de vista,
dispuesto a saltar sobre él y derribarlo en tierra si se atrevia
a levantar el paño suntuoso que escondia el secreto de su vida -.
Bueno, no le molesto más. Y muchisimas gracias por su amabilidad
viniendo en persona.
—De nada, de nada, Mr. Gray. Encantado siempre de servirle.
Y Mr. Hubbard empezó a bajar la escalera, seguido de su ayu-dante,
que de cuando en cuando volvia la cabeza hacia Dorian, con una expresión
de timido asombro en su rostro tosco y poco agraciado. Nunca habia visto
belleza semejante en un hombre.
Apenas se hubo apagado el ruido de los pasos, cerró Dorian la
puerta y guardó la llave en su bolsillo. Al fin se sentia en salvo.
Nadie podia contemplar ya aquel horror. Mirada alguna, excepto la suya,
podia ver su vergüenza.
Al entrar de nuevo en la biblioteca, advirtió que acababan de
dar las cinco y que el té estaba ya servido. Sobre un velador de
oscura madera odorifera, con incrustaciones de nácar, regalo de
Lady Radley, mujer de su tutor, deliciosa inválida de profesión,
que habia pasado el invierno anterior en el Cairo, encontró una
esquela de Lord Henry, con un libro de cubierta amarilla, ligeramente desgarrada,
y cortes un tanto manchados. En la bandeja del té halló un
número de la tercera edición de The St. Jame~s Gazette. Era
evidente que Victor habia vuelto. Pensó si se habria encontrado
en el hall con los hombres, al salir éstos de la casi, y si les
habria sonsacado lo que habian estado haciendo. Segura-mente echaria de
menos el retrato... mejor dicho, ya lo habria echado de menos al entrar
el té. El biombo no habia sido colocado de nuevo en su sitio, y
en la pared era bien visible el hueco. Quizás alguna noche se lo
encontrase subiendo de puntillas la escalera y tratando de forzar la puerta
del estudio. Era horrible tener un espia en la propia casa. El habia oido
hablar de gentes ricas que se habian pasado toda la vida explotadas por
un criado que leyera una carta, o sorprendiera una con-versación,
o recogiera una tarjeta con unas señas, o encontrara debajo de una
almohada una flor seca o un jirón arrugado de encaje.
Suspiró, y después de servirse una taza de té,
abrió la esquela de Lord Henry. Era simplemente para decirle que
le enviaba un periódico de la tarde y un libro que podria interesarle,
y que a las ocho y cuarto estaria en el club. Desplegó el periódico
negligentemente, y se puso a hojearlo. Una raya de lápiz rojo en
la página quinta llamó su atención. Leyó el
párrafo que señalaba:
‘Muerte de una actriz - Esta mañana se ha verificado en Bell
Ta-vern, Hoxton Road, por Mr. Danby, coroner (Funcionario judicial, cuyo
deber es instruir los casas de muerte súbita o sospechosa, en presencia
del jurado convocado con este fin.) del distrito, la instruc-ción
sobre la muerte de Sibyl Vane, joven actriz recientemente contratada en
el Royal Theatre, Holborn. Se dictó veredicto de muerte por accidente.
La made de la difunta, que se mostró grandemente afectada durante
su declaración y la del doctor Birrell, que habla efec-tuado la
autopsia de la muerta, recibió vivas muestras de simpatia.”
Frunciendo el ceño, rompió en dos el periódico,
y cruzando la ha-bitación arrojó los pedazos afuera. ¡Qué
horrible era todo aquello! ¡Y qué espantosamente real hacia
todo la fealdad! Sintió que a Lord Henry se le hubiese ocurrido
enviarle aquella re seña. Y no dejaba de ser una indiscreción
haberla marcado con lápiz rojo. Victor podia haberla lei-do. Sabia
suficiente inglés para ello.
Acaso la habia leido y empezado a sospechar algo. Sin embargo, ¿qué
importaba? ¿Qué tenia que ver Dorian Gray con la muerte de
Sibyl Vane? No habia por qué temer. El no la habla matado.
Sus ojos cayeron sobre el libro que le enviaba Lord Henry. ¿Qué
seria? Dirigióse hacia el pequeño velador octogonal de tonos
nacara-das, que siempre se le habla antojado obra de algunas singulares
abejas egipcias que trabajasen la plata, y cogiendo el volumen se acomodé
en una butaca y empezó a hojearlo. Al cabo de unos minutos se sintió
absorto. Era el libro más extraño que habia leido. Les parecia
como si, exquisitamente ataviados, y al son delicado de las flautas, desfilasen
ante él en mudo cortejo todos los pecados del mundo. Cosas vaga-mente
soñadas, de pronto se le hacian reales. Cosas nunca soñadas
se le iban revelando paulatinamente.
Era una novela sin intriga, y con un solo personaje, simple estu-dio
psicológico de un joven parisiense que empleara su vida en tratar
de realizar, en pleno siglo XIX, todas las pasiones y modalidades de pensamiento
que fueron de todos los siglos, excepto del suyo, y, como si dijéramos,
de resumir en si los diversos estados por que el mundo habla pasado, amando,
por su mismo artificio, esas renuncias que los hombres han llamado insensatamente
virtud, al igual que esas rebelio-nes naturales que los hombres sensatos
llaman todavia pecado. Todo ello escrito en ese estilo curiosamente cincelado,
a la vez oscuro y centelleante, lleno de argot y de arcaismos, de expresiones
técnicas y paráfrasis complicadas, que caracteriza la obra
de algunos de los mejo-res representantes de la escuela francesa de las
simbolistas. Habia metáforas monstruosas como orquideas, y del mismo
matizado sutil.
La vida de los sentidos era descrita en términos de filosofia
mistica. Habia momentos en que no se sabia si se estaban leyendo los éxtasis
espirituales de algún santo de la Edad Media o las confesiones morbo-sas
de un pecador de hoy dia. Era un libro ponzoñoso. El aroma pesado
del incienso parecia adherirse a sus páginas para turbar el cerebro.
La simple cadencia de la frase, la sutil monotonia de su música,
tan llena de complejos estribillos y de movimientos sabiamente repetidos,
pro-ducia en el espiritu del adolescente, a medida que se iban sucediendo
los capitulo s, una especie de divagación, de ensueño enfermizo,
que le hacia no darse cuenta del dia muriente y las sombras que nacian.
Sin nubes, y taladrado por una Sola estrella, el cielo verde cobre
lucia a través de las ventanas. A esta luz pálida leyó
hasta que no pudo más. Entonces, y tras de recordarle el criado
varias veces lo tardio de la hora, se levantó, pasó a la
estancia contigua, y dejando el libro sobre el helador florentino que le
servia de mesa de noche, empezó a vestirse para la comida.
Las nueve iban a dar cuando llegó al club, donde ya Lord Henry
le esperaba, sentado en el salón, con cara de gran aburrimiento.
—Lo siento infinito, Harry -exclamó -; pero la culpa tuya es.
Ese libro que me enviaste me fascinó de tal manera, que no me di
cuenta de la hora.
—Si -, ya sabia yo que te gustada —replicó Lord Henry, poniéndose
en pie.
—No he dicho que me gustará, Hany, sino que me ha fascinado.
Es muy distinto.
—~Ah!, ¿has hecho ese descubrimiento? —murmuró Lord Henry.
Y pasaron al comedor.
CAPITULO XI
Bastantes años tardó Dorian Gray en libertarse de la influencia
de aquel libro( Véase al fmal de la novela la nota sobre este capitulo.).
Aunque más exacto seria decir que nunca trató de ello. Nada
menos que nueve ejemplares de lujo de la primera edición hizo venir
de Paris, mandándolos encuadernar en diferentes colores, de suerte
que pudiesen avenirse con su varios estados de ánimo y las vo-lubles
fantasias de una naturaleza, sobre la cual, en ciertos momentos, parecia
haber perdido todo imperio. El héroe del libro, aquel joven y extraordinario
parisiense, en quien los temperamentos romántico y cientifico aparecian
tan singularmente fundidos, fue para él una especie de prefiguración
de si mismo. Y, en verdad, que el libro entero le pare-cia contener la
historia de su propia vida, escrita antes de haberla vivi-da. En un punto
era más afortunado que el héroe imaginario del cuento. El
nunca conoció —realmente, nunca tuvo motivo para conocerlo— aquel
horror un tanto grotesco a las espejos, superficies bruñidas de
metal y aguas quietas, que asaltara tan tempranamente al joven pari-siense,
ocasionado por la súbita ruina de una belleza en otro tiempo, al
parecer, tan singular.
Con un deleite casi cruel —es muy posible que en casi todos los deleites,
como en todo placer, la crueldad también tenga su sitio— leia siempre
aquella última parte del libro; con su relato, no por enfático
menos trágico, del dolor y la desesperación de un hombre
que pierde en si mismo lo que en los demás, y en el mundo, más
alto habia eva-luado.
Pues la milagrosa belleza que de tal modo fascinara a Basil Ha-llward,
ya tantos otros, parecia no abandonarle jamás. Hasta aquellos que
sabian los horrores que de él se contaban —pues, de cuando en cuando,
los más extraños rumores acerca de su vida intima se propala-ban
por Londres y eran la comidilla de los clubs — no podian darles crédito
cuando le veian. Su aspecto era siempre el de un hombre que ha sabido preservarse
de toda mácula del mundo. Cuando él entraba en un sitio,
todas las conversaciones licenciosas se acallaban. En la pureza de su rostro
habia algo que les hacia enmudecer. Su sola presencia parecia traerles
el recuerdo de la inocencia perdida. Todos se preguntaban cómo un
ser tan grácil y encantador podia haber escapado a la ignomi-nia
de una época a la vez sensual y sórdida.
Con frecuencia, al volver a su casa después de alguna de aquellas
prolongadas y misteriosas ausencias que provocaran tan extrañas
con-jeturas entre sus amigos —o que por tales se tenian- subia a paso de
lobo la escalera hasta la cerrada habitación, abria la puerta con
la llave que nunca le abandonaba, y alli, en pie frente al retrato obra
de Basil Hallward, con un espejo en la mano, miraba alternativamente el
rostro perverso y envejecido del lienzo y la faz joven y hermosa que le
son-reia desde el cristal. La misma violencia del contraste avivaba su
de-leite. Cada dia se sentia más enamorado de su propia belleza,
más interesado en la corrupción de su alma. Examinaba con
minucioso cuidado, y a veces con una delectación monstruosa y terrible,
los sur-cos odiosos que estigmatizaban la frente contraida o crispaban
los labios bestiales, preguntándose cuáles eran más
horribles, si las huellas de la edad o las señales del vicio. Colocaba
sus manos blancas y tersas junto alas horrendas manos hinchadas del retrato,
y sonreia. Burlábase del cuerpo deforme y tos miembros degenerados.
Claro que habia momentos, por la noche, cuando, desvelado, reposaba en
su alcoba, delicadamente perfumada, o en el sórdido cuartucho de
aquella taberna mal afamada, junto a los Docks, que, con nombre supuesto
y bajo un disfraz, solia frecuentar, en que pensaba en la ruina a que habia
llevado a su alma, con una compasión tanto más viva cuanto
que era puramente egoista. Pero esos momentos eran raros. Aquella curiosidad
por la vida que Lord Henry suscitara en él por vez primera aquella
tarde en el jardin de Basil; parecia aumentar jubilosamente. Mientras más
conocia, más deseaba conocer. Le acometian apetitos frenéticos,
más voraces cuanto más los saciaba.
Sin embargo, no por eso descuidaba sus relaciones mundanas. Una o dos
veces al mes, durante el invierno, y todo los miércoles por la noche,
mientras duraba la estación, abria a sus amigos y conocidos los
espléndidos salones de su casa y los músicos más famosos
del dia deleitaban a sus huéspedes con la maravilla de su arte.
Sus comidas intimas, en cuya confección siempre Lord Henry le ayudaba,
eran conocidas, tanto por la escrupulosa selección y colocación
de los invi-tados, como por el gusto exquisito con que estaba puesta la
mesa, con sus combinaciones sinfónicas de flores exóticas,
sus manteles bordados y sus fuentes antiguas de oro y plata. Realmente
habia muchos, espe-cialmente entre la gente joven, que veian, o creian
ver, en Dorian Gray, la verdadera realización del tipo en que tan
a menudo soñaran durante sus dias de Eton o de Oxford, tipo que
debia reunir algo de la verdade-ra cultura del sabio con toda la gracia
y distinción y modales refinados de un hombre de mundo. A éstos
pareciales Donan uno de aquellos de que habla Dante, que han tratado de
“perfeccionarse a si propios por el culto de la belleza”. Como Gautier,
él era un hombre para quien el mundo visible existia.
Y, ciertamente, la vida era en si misma para él la primera,
la más grande de las artes, y, junto a ella, todas las demás
artes parecian sólo una preparación. La Moda, por medio de
la cual lo imaginario se hace un momento universal, y el Dandismo, que,
a su modo, es una tentativa para afirmar la absoluta modernidad de la belleza,
ejercian, como es natural, cierta fascinación sobre él. Su
manera de vestir, y los diferen-tes estilos que, de cuando en cuando, adoptaba,
influian poderosamente en los jóvenes refinados de los bailes de
Mayfair y los balcones de los clubs de Pall Mall (Mayfair: el barrio más
elegante de Londres. Pall Mall: avenida en que radi-can los clubs más
distinguidos de la ciudad.), que le copiaban en todo, esforzándose
en reprodu-cir el encanto accidental de sus graciosas afectaciones, a que
di, por otra parte, no concedia mayor atención.
Pues, aunque dispuesto a aceptar la situación que apenas entrado
en su mayor edad se le ofreciera, y halagado realmente a la idea de llegar
a ser para el Londres de su tiempo lo que para la Roma neronia-na fuera
el autor del Satiricón, sin embargo, en sus adentros, él
aspira-ba a ser algo más que un simple arbiter elegantiarum y un
hombre al que se consulta arca de una joya, o el nudo de una corbata o
el manejo de un bastón.
El queria crear un nuevo modelo de vida, que tuviese su filosofia sistemática
y sus principios metódicos, a fin de encontrar en la espiri-tualización
de los sentidos su más alta realización.
El culto de los sentidos ha sido con frecuencia, y muy justamente,
vilipendiado, sintiendo como sienten los hombres un natural impulso de
terror ante pasiones y sensaciones que parecen más fuertes que ellos,
y que saben comparten con las famas menos altamente organiza-das de la
existencia. Pero pareciale a Donan Gray que la verdadera naturaleza de
los sentidas nunca ha sido comprendida, y que si perma-necen salvajes y
en estado de animalidad es simplemente porque el mundo ha tratado de someterlos
por hambreo matarlos por el dolor, en vez de intentar hacer de ellos elementos
de una nueva espiritualidad, cuya caracteristica dominante seria un instinto
sutil de la belleza. En una ojeada retrospectiva, viendo al hombre moverse
a través de la Historia, un sentimiento de pérdida le asaltaba.
¡A cuántas cosas se habia renunciado! ¡Y por qué
poco! Negativas insensatas y absurdas, formas monstruosas de apto tortura
y de renunciamiento, cuyo origen era el miedo, y cuyo resultado una degradación
infinitamente más terrible que aquella imaginaria degradación
de la que, en su ignorancia, intentaran escapar. La Naturaleza, con su
maravillosa ironia, habia impulsado al anacoreta a vivir con los animales
salvajes del desierto y habla dado al eremita las bestias del campo por
compañeras.
Si; cómo Lord Henry profetizara, un nuevo Hedonismo se acer-caba,
que forjarla de nuevo la vida, salvándola de este grosero y des-graciado
puritanismo a cuyo singular renacimiento asistimos. Ciertamente que estaria
sometido y subordinado a la inteligencia; pero jamás aceptaria ninguna
teoria o sistema que entrañase el sacrificio de un modo cualquiera
de experiencia pasional. Su fin, realmente, era la experiencia misma, y
no los frutos de la experiencia, por dulces o amargos que éstos
fuesen. Del ascetismo que amortece los sentidos, como del vulgar libertinaje
que los embota, era preciso huir. Pero, en cambio, habla que enseñar
al hombre a reconcentrarse en los momen-tos de una vida que apenas era
otra cosa que un momento.
Pocos serán los que no se hayan despertado alguna vez antes
del alba, después de una de esas noches sin sueños, que casi
nos hacen amar la muerte, o una de esas noches de horror y de deleite informe,
cuando, a través de las cámaras del cerebro se deslizan fantasmas
más terribles que la misma realidad, animados de esa vida intensa
que pal-pita en todos los grotescos, y que presta al arte gótico
su perenne vita-lidad, arte que podia imaginarse obra de aquellos cuyo
espiritu fue turbado por la enfermedad del ensueño. Poco a poco,
blancos dedos trémulos parecen insinuarse por entre los cortinones.
En negras formas caprichosas, sombras mudas se arrastran por la habitación
y agazápan-se, al fin, en los rincones. Afuera comienza la algarabia
de los pájaros entre la fronda; óyese el rumor de los obreros
que pasan hacia el tra-bajo, el suspiro y los sollozos del viento que baja
de las montañas y vaga en torno de la casa en silencio, como si
temiese despertar a los que duermen y, al mismo tiempo, se viese obligado
a hacer salir al sueño de su caverna de púrpura. Velo tras
velo de tenue gasa obscura se descorren, y paulatinamente las cosas van
recobrando sus formas y colores, y vemos cómo la aurora va rehaciendo
el mundo por el mismo patrón de antes. Los pálidas espejos
entran de nuevo en posesión de su vida mimica. Las bujias, apagadas,
están donde las habiamos dejado, y, junto a ellas, el libro a medio
abrir que leiamos, o la flor que llevamos aquella noche en el ojal, o la
carta que temiamos leer o que leimos tantas veces. Nada nos parece cambiado.
De las sombras irreales de la noche, vuelve a nosotros la vida que conociamos.
Nos vemos obliga-dos a reanudarla en el punto en que la abandonamos, y
se apodera de nosotros una terrible sensación de la necesidad de
continuar el esfuerzo en el mismo circulo tedioso de costumbres estereotipadas,
o un frenéti-co anhelar, acaso, de que nuestros párpados
se abran alguna mañana sobre un mundo forjado de nuevo en las tinieblas
para deleite nuestro, un mundo en que las cosas tuviesen formas y colores
nuevos, y fuese distinto, y guardara otros secretos; un mundo en que el
pasado apenas encontrase sitio, o, por lo menos, no sobreviviera en forma
alguna consciente de gratitud o de remordimiento, pues hasta la remembranza
de la alegria tiene su amargura, y los recuerdos del placer su pena.
La creación de semejantes mundos: tal le parecia a Dorian Gray
el verdadero, o uno de los verdaderas, fines de la vida. Y en su rebusca
de sensaciones que fuesen nuevas y deliciosas, y poseyeran ese ele-mento
de singularidad tan esencial a la imaginación, él no vacilaria
en adoptar algunas formas de pensamiento que sabia realmente ajenas a su
naturaleza, entregándose a su sutil influencia y abandonándolas,
des-pués de haber apresado, por decirlo asi, su colorido y satisfecho
su curiosidad intelectual, con esa singular indiferencia que, lejos de
ser incompatible con el ardor de temperamento, es muchas veces, según
algunos psicólogos modernos, su condición precisa.
En una ocasión se susurró que iba a convertirse al catolicismo;
y ciertamente que el ritual romano siempre tuvo para él gran atractivo.
El diario sacrificio de la misa, más espantoso en verdad que todos
los sacrificios del mundo antiguo, le conmovia, tanto por su soberbio des-dén
a la evidencia de los sentidos, como por la primitiva simplicidad de sus
elementos y el eterno sentimiento de la tragedia humana que trata-ba de
simbolizar. Gustaba de arrodillarse sobre el filo pavimento de mármol,
y de contemplar al sacerdote, en su rigida casulla floreada, descorriendo
lentamente, con sus manos pálidas, el velo del taberná-culo,
o levantando en alto la enjoyada custodia, de forma de faro, con aquella
blanca oblea que, a veces, se siente uno tentado de creer el verdadero
pan is coelestis, el pan de los ángeles, o, revestido con los atributos
de la Pasión de Cristo, rompiendo la hostia dentro del cáliz
y golpeándose el pecho por sus pecados. Los incensarios humeantes,
que los graves monaguillos, vestidos de escarlata y encajes, balanceaban
en el aire, como grandes flores doradas, ejercian sobre él una sutil
fasci-nación. Al pasar, miraba con asombro los oscuros confesionarios,
sin-tiendo no poder sentarse al abrigo de aquella penumbra para escuchara
los hombres y mujeres que venian a musitar, a través de la gastada
rejilla, la historia veridica de sus vidas.
Pero jamás cayó en el error de detener su desenvolvimiento
inte-lectual con la aceptación formal de credo ni sistema alguno,
ni de tomar por mansión en que habitar el albergue, bueno, a lo
sumo, para pasar una noche o unas cuantas horas de una noche sin estrellas
y sin luna. El misticismo, con su maravillosa facultad de transmutar a
nue s-tros ojos en casas extraordinarias las más vulgares, y las
sutiles anti-nomias que parecen acompañarlo siempre, le interesaron
una temporada; y una temporada también se sintió inclinado
alas doctrinas materialistas del darvinismo alemán, encontrando
un singular deleite en seguir la pista a los pensamientos y pasiones de
los hombres hasta alguna célula nacarina del cerebro o un blanco
nervezuelo del cuerpo, complaciéndose en la concepción de
la absoluta dependencia del e spi-ritu a ciertas condiciones fisicas, morbosas
o saludables, normales o insólitas. Sin embargo, como queda dicho,
ninguna teoria de la vida le parecia de la menor importancia en comparación
con la vida misma. El tenia conciencia de lo estéril que es toda
especulación intelectual cuan-do se la separa de la acción
y la experiencia. Sabia que los sentidos, al igual del alma, tenian sus
misterios espirituales que revelar.
Asi, se dedicó a estudiar los perfumes y los secretos de su
manu-factura, destilando aceites de aroma violento y quemando gomas odori-feras
de Oriente. Vio que no habia estado de espiritu que no encontrase su correspondencia
en la vida sensorial, y trató de descubrir sus verda-deras relaciones,
inquiriendo qué podia haber en el incienso que asi incitaba al misticismo,
y en el ámbar gris que enardecia las pasiones, y en las violetas
que despertaban el recuerdo de los amores pasados, y en el almizcle que
turbaba el cerebro, y en la champaca que pervertia la imaginación.
Intentó, con frecuencia, establecer una psicologia positiva de los
perfumes, determinar las diversas influencias de las raices bien olientes
y las flores henchidas de polen, perfumado, de los bálsamos aromáticos
y de las obscuras maderas odoriferas; del espicanardo que extenúa;
de la hovenia, que hace enloquecer a los hombres, y del áloe, que
dicen ahuyenta del alma la melancolia.
Otras veces consagrábase por completo a la música, y
en una vasta habitación artesonada de oro y bermellón, y
paredes de laca ver-de oliva, celebraba extraños conciertos, con
gitanas en delirio, que arrancaban salva. jes melodias de sus citaras,
o graves tunecinos, en sus jaiques amarillos, pulsando monstruosos laúdes,
mientras unos negros gesticulantes redoblaban monótonamente en sus
tambores de cobre, y, acurrucados sobre sus esterillas carmesies, unos
indios cence-ños, tocados con turbantes, soplaban en largas flautas
de caña o bronce, fascinando, o fingiendo fascinar, grandes serpientes
de capucha y ho-rrendas viboras cornudas. Los agrios acordes y estridentes
disonancias de aquella música bárbara, lograban sacudirle
en ocasiones, cuando ya la gracia de Schubert y las suaves tristezas de
Chopin y las armonias potentes del mismo Beethoven resbalaban por sus oidos.
Recogió de todas partes del mundo los más raros instrumentos
que pudo encontrar, bien en los sepulcros de los pueblos desapareci-dos,
bien entre las pocas tribus salvajes que han sobrevivido al con-tacto con
las civilizaciones de Occidente, y gustaba de estudiarlos y tañerlos.
Poseia el misterioso juruparis de los indios de Río Negro, que no
se permite mirar a las mujeres, y que, a los mismos mancebos, sólo
después de haber sido sometidos al ayuno y la flagelación,
les es dado contemplar; y las orzas de barro de los peruanos, que imitan
el chillar de los pájaros; y las flautas de huesos humanos, que
Alonso de Ovalle oyera en Chile; y los verdes jaspes sonoros, que se encuentran
en las cercanias del Cuzco y exhalan una nota de singular dulzura. Tenia
pintadas calabazas rellenas de guijarros, que sonaban como crótalos
al ser sacudidas; el largo clam de los mejicanos, en el que no se toca
soplando, sino aspirando el aire; la ruda tura de las tribus del Amazo-nas,
que tocan los centinelas, encaramados todo el dia en los árboles
altos, y dicen que puede oirse a tres leguas de distancia; el teponaztli,
que tiene dos lengüetas vibrantes de madera, y se percute con palillos
impregnados en una goma elástica, que se obtiene del jugo lechoso
de unas plantas; los cascabeles llamados yotl, agrupados en racimos como
de uva, y un enorme tambor cilindrico, hecho con la piel de grandes serpientes,
semejante a aquel que viera Bernal Diaz, cuando fue con Cortés al
templo de Méjico, y de cuyo lúgubre son nos ha dejado una
descripción tan viva. El carácter fantástico de estos
instrumentos le fascinaba, y sentia un deleite especial al pensar que el
arte, como la naturaleza, tiene sus monstruos, objetos de forma bestial
y voces horrendas. Sin embargo, al poco tiempo se cansaba de ellos y volvia
a su palco de la Opera, donde, solo o con Lord Henry, escuchaba extasiado
Tannhaüser, viendo en el preludio de esta obra maestra como una in-troducción
a la tragedia de su propia alma.
Aficionóse también al estudio de las joyas, y una noche
apareció en un baile de trajes disfrazado de Anne de Joyeuse, almirante
de Fran-cia, con un vestido que llevaba quinientas sesenta perlas. Esta
afición le duró bastantes años, y puede decirse que
jamás le abandonó. A me-nudo se pasaba el dia combinando
en sus estuches las piedras preciosas que habia coleccionado: los crisoberilos
verde oliva, que se tornan rojos ala luz artificial; la cimófana,
veteada de hebras de plata; el peri-doto, color de alfóncigo; los
topacios, rosados como rosas y amarillos como vino; los carbúnculo
s, en cuyo fondo se encienden estrellitas parpadeantes de cuatro puntas;
los granates cinamomos, rojos como la llama; las espinelas, moradas y anaranjadas,
y las amatistas, con sus visos alternos de rubi y zafiro. Amaba el oro
rojizo de la piedra del sol, y la blancura nacarina de la piedra de la
luna, y el quebrado arco iris del ópalo lactescente. De Amsterdam
le trajeron tres esmeraldas de tamaño y fulgor extraordinarios,
y consiguió una turquesa de la vieille roche, (Turquesas de las
antiguas minas de Oriente, rarísimas por su belleza y de gran precio.)
que era la envidia de todos los entendidos.
Descubrió también historias maravillosas de joyas. En
la Clerica-lis Disciplina, de Alfonso, se habla de una serpiente que tenia
los ojos de jacinto; y en la novelesca historia de Alejando se dice que
el con-quistador de Emathia encontró en el valle del Jordán
culebras !?con collares de esmeraldas, que les crecian en el dorso!?. Los
dragones, nos cuenta Filóstrato, recelaban en el cerebro una gema,
y !?mostrándoles unas letras de oro y una túnica de púrpura”
podia adormirseles y darles muerte. Según el gran alquimista Pierre
de Boniface, el diamante hacia invisible a un hombre, y el ágata
de la India le hacia elocuente. La cornalina apaciguaba la ira, y el jacinto
provocaba el sueño, y la ama-tista disipaba los vapores de la embriaguez.
El granate ahuyentaba a los demonios, y la hidrofana privaba de su color
a la luna. La selenita crecia y menguaba al par que la luna, y el méloceus,
que descubre a los ladones, sólo podia ser atacado por la sangre
del cabrito. Leonardo Camilo habia visto una piedra blanca extraida del
cerebro de un sapo recién muerto, que era un antidoto seguro contra
los venenos. El be-zoar, que se encontraba en el corazón del ciervo
árabe, era un remedio para la peste. En los nidos de algunas aves
de Arabia se hallaba el aspilates, que, según Demócrito,
preserva a quien lo lleva de toda inju-ria del fuego.
El rey de Ceilán, cuando se dirigia a su coronación,
atravesaba a caballo su ciudad con un enorme rubi en la mano. Las puertas
del pala-cio del Preste Juan estaban !?hechas de sardios, con el cuerno
de la vibora cornuda, incrustado en ella, de suerte que hombre alguno que
llevase consigo veneno podia franquearla!?. En el gablete veianse !?dos
manzanas de oro, con dos carbúnculos engastados en ellas!?, a fin
de que el oro brillara por el dia, y los carbúnculos por la noche.
En la singular novela de Lodge Una perla de América, se dice que
en la cámara de la reina podian verse a !?todas las honestas damas
del mundo entero, cinceladas en plata, mirando a través de unos
hermosos espejos de crisólitos, carbúnculos, zafiros y verdes
esmeradas!?. Marco Polo habia visto a los habitantes de Zipango colocar
perlas rosadas en la boca de los muertos. Un monstruo marino se habia enamorado
de la perla que un buzo trajo al rey Perozes, y en castigo mató
al ladón, y lloró durante siete lunas la pérdida.
Cuando los hunos atrajeron al rey a la gran cárcava, éste
salió volando de ella —Procopio nos cuenta el sucedido -, y no pudo
ser hallado, a pesar de haber ofrecido el empera-dor Anastasio cinco quintales
de monedas de oro a quien diese con él. El rey de Malabar habia
enseñado a un cierto veneciano un rosario de trescientas cuatro
perlas, una por cada dios que adoraba.
Cuando el duque de Valentinois, hijo de Alejando VI, visitó
a Luis XII de Francia, su caballo, según Brantôme, iba materialmente
cubierto de hojas de oro, y su sombrero guarnecido con una doble hilera
de rubies, que refulgian extraordinariamente. Carlos de Inglate-rra cabalgaba
con estribos que llevaban engastados cuatrocientos veintiún diamantes.
Ricardo II tenia una casaca tasada en treinta mil ma-reos, cuajada de rubies
balajes. Hall describe a Enrique VIII dirigién-dose hacia la Torre
antes de su coronación, vestido con !?un jabón de tisú
de oro, la pechera bordada de diamantes y otras piedras preciosas, y un
gran collar de enormes balajes sobre los hombros!?. Los favoritas de Jacobo
I llevaban pendientes de esmeraldas, engastadas en filigrana de oro. Eduardo
II regaló a Piers Gave ston una armadura completa de oro rojo, con
incrustaciones de jacintos, un collar de rosas de oro y turquesas, y un
birrete sembrado de perlas. Enrique II llevaba guantes gemados hasta el
codo, y tenia uno de cetreria con doce rubies y cin-cuenta y dos grandes
perlas. El sombrero ducal de Carlos el Temerario, último duque de
Borgoña de su linaje, estaba tachonado de perlas peri-formes y zafiros.
¡Qué deliciosa habia sido en otros tiempos la vida! ¡Cuán
magni-fica en su pompa y ornato! La sola lectura del fausto de antaño
era ya maravillosa.
Luego dirigió su atención hacia los bordados y las tapicerias
que en las heladas salas de los pueblos septentrionales de Europa hacian
las veces de frescos. Investigando la cuestión —siempre habia tenido
él una facilidad extraordinaria para absorberse por completo en
cuanto toma-ba entre manos - casi se sintió entristecido al pensar
en la ruina a que el tiempo llevaba a todo lo que era bello y prodigioso.
El, por lo menos, habia escapado a la regla. Los estios se sucedian, y
el junquillo florecia y se mustiaba, y noches de horror repetian la historia
de su vergüenza, pero él no cambiaba. Ningún invierno
dejó huella en su rostro, ni mar-chitó su lozania de flor.
¡Qué diferencia de lo que ocurria con las cosas materiales!
¿Qué habia sido de ellas? ¿Dónde estaba la
gran túnica color de azafrán, por la cual lucharon los dioses
contra los titanes, tejida por morenas doncellas para placer de Atenea?
¿Dónde el enorme velario que Nerón tendiera sobre
el Coliseo de Roma, aquella gigantes-ca vela de púrpura sobre la
cual estaba representado el cielo constelado y Apolo conduciendo su carro
tirado por blancos corceles embridados de oro? Le habria gustado ver aquellos
singulares manteles, trabajados para el Sacerdote del Sol, sobre cuya superficie
aparecian todas las viandas y golosinas que podian apetecerse para un festin;
el paño mortuorio del rey Chilperico, con sus trescientas abejas
de oro; los trajes fantásticos que provocaron la indignación
del obispo del Ponto, representando !?leones panteras, osos, perros, selvas,
peñascos, cazado-res; en una palabra, cuanto un pintor podia copiar
de la naturaleza!?; y el jubón que Carlos de Orleans lució
una vez, sobre cuyas mangas veianse bordados los versos de una canción
que comienza: Madame, je suis tout joyeux, bordado el acompañamiento
musical de las palabras con hilo de oro, y cada trota, cuadrada en aquel
tiempo, formada con cuatro perlas. Leyó la descripción de
la estancia que habia sido prepa-rada en el palacio de Reims para la reina
Juana de Borgoña, decorada con !?mil trescientos veintiún
papagayos, bordados en realce y blasona-dos con las armas del rey, y quinientas
sesenta y una mariposas, cuyas alas estaban parej amente ornamentadas con
las armas de la reina, todo ello en oro!?. Catalina de Médicis tenia
un lecho de duelo, hecho para ella, de terciopelo negro, salpicado de medias
lunas y soles. Las corti-nas eran de damasco, con coronas de hojas y festones,
labrados sobre un fondo de oro y plata, y fresadas de perlas; estaba en
un aposento tapizado con divisas de la reina, en terciopelo negro sobre
tisú de plata. Luis XIV tenia cariátides de quince pies de
altura, vestidas de oro. El lecho de aparato de Sobieski, rey de Polonia,
estaba hecho de brocado de oro de Esmirna, bordado de turquesas con versiculos
del Corán. Los soportes eran de plata dorada, delicadamente cincelada,
y con profu-sión de medallones esmaltados y de pederia. Habia sido
apresado en el campamento turco, delante de Viena, y bajo el oro de su
dosel se habia alzado el estandarte de Mahoma.
Asi, durante un año entero, se esforzó en acumular los
más raros ejemplares que pudo hallar del arte textil y del bordado:
las deliciosas muselinas de Delhi, entretejidas con palmas de hilo de oro
y alas irisa-das de escarabajo; las gasas de Dacca, conocidas en Oriente
por su transparencia con los nombres de !?aire tejido!?, !?agua que corre!?
y !?rocio de la tarde!?; extrañas telas historiadas de Java; amarillos
tapices de China, sabiamente trabajados; libros encuadernados en rasos
fulvos y sedas azules, estampados con llores de lis, pájaros y figuras;
velos de punto, de Hungria; brocados sicilianos y rigidos terciopelos españoles;
encajes del tiempo de los Jorges, con sus esquinas doradas; yfukusas japonesas,
con sus oros verdosos y sus pájaros de plumaje fantástico.
También sentia una pasión especial por las vestiduras
eclesiásti-cas, como por todo cuanto se relacionaba con el servicio
de la Iglesia. En los grandes arcones de cedro, que se alineaban a lo largo
de la gale-ria a poniente de su casa, habia reunido muchos raros y magnf6cos
ejemplares de lo que realmente constituye el atavio de la Prometida de
Cristo, que debe vestirse de púrpura y lienzos finos y joyas, que
ocul-ten el pálido cuerpo macerado por el sufrimiento voluntario
y lacerado por las torturas a que se condenó ella misma. Poseia
una suntuosa capa pluvial, labor italiana del siglo XV, de seda carme si
y damasco de oro, con diseño de granadas doradas sobre flores de
seis pétalos y franja de pidas bordadas en aljófar. La cenefa
estaba dividida en cuadros repre-sentando escenas de la vida de la Virgen,
y sobre el capillo se veia la coronación de la misma en sedas de
colores. Otra capa era de tercio-pelo verde, bordado con grupos en forma
de corazón de hojas de acanto, de los que se elevaban largos tallos
con flores blancas, som-breadas con hilo de plata y cristales de color.
En el capillo, la cabecita de un serafin en realce; y la cenefa, adamascada
en oro y seda roja, con medallones de santos y mártires, entre los
cuales se contaba San Se-bastián. Tenia también casullas
de seda ambarina y seda azul y brocado de oro y damasco amarillo y tisú
de oro, con escenas de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor,
y leones, pavos reales y otros emblemas bordados; dalmáticas de
seda blanca y ormesi rosado, decoradas con tulipanes, delfines y flores
de lis; frontales de altar, de terciopelo, car-mesi y lino awl; y un sin
fin de corporales, cubre cálices y purificado-res. Algo habia, en
los Oficios misticos que requerian estos objetos, que excitaba su imaginación.
Pues estos tesoros, y cuanto habla conseguido reunir en su casa, eran
para él medios de olvido, maneras de escapar, por algún tiempo,
al espanto que con frecuencia le atenazaba De los muros de la estancia
desierta y cerrada donde pasara casi toda su infancia, él habla
colgado, con sus propias manos, el terrible retrato cuyas facciones cambiantes
le mostraban la verdadera degradación de su vida, tendiendo sobre
él, a modo de cortina, el paño mortuorio de oro y púrpura.
Semanas enteras se pasaba sin subir hasta alli, dando al olvido aquella
cosa horrenda, recobrados su buen humor y su frivolidad maravillosa, absorbiéndose
de nuevo por entero en la felicidad de vivir. Luego, súbitamente
y con gran sigilo, salia una noche de su casa, dirigiase a uno de aquellos
antros de Blue Gate Fields, y alli se estaba, un dia y otro, hasta que
le echaban de él. De vuelta en su casa, sentábase frente
al retrato, lleno a veces de odio contra él y contra si mismo, pero
sintiendo, otras, ese orgullo de individualismo que entra por mitad en
la fascinación del pecado, y sonriendo, con secreto agrado, a la
sombra deforme que soportaba el fardo que a él corre spondia.
Al cabo de unos cuantos años encontró que no podia estar
mucho tiempo fuera de Inglaterra, y vendió la villa que compartia
con Lord Henry en Trouville y la casita de tapias encaladas de Argel, donde
más de una vez fuera a pasar el invierno. No podia resignarse a
estar sepa-rado del retrato que asi participaba de su vida, temiendo también
que durante su ausencia pudiera alguien entrar en la habitación,
a pesar de la complicada cerradura que habia mandado colocar en la puerta.
Bien sabia él que el retrato no podia decirles nada.
Verdad es que conservaba bajo la monstruosidad de sus facciones una
marcada semejanza con él; pero, aunque asi fuera, ¿qué
iba a re-velar a quienes le viesen? El se reiria en las barbas de quien
tratase de vilipendiarle. ¿Acaso lo habia él pintado? ¿Qué
podia, pues, importarle aquella apariencia de degradación y de vicio?
Y aunque les dijese la verdad, ¿podrian, acaso, creerla?
No obstante, tenia miedo. Más de una vez, en su quinta de No-ttinghams-hire,
rodeado de sus invitados, siempre jóvenes a la moda, que le reconocian
por jefe, asombrando la comarca con su lujo extra-vagante y la suntuosidad
de su tren de vida, habia abandonado, súbita-mente, a sus huéspedes
y corrido ala ciudad a asegurarse con sus propios ojos de que la puerta
no habia sido forzada y el retrato conti-nuaba en su sitio. El solo pensamiento
de que podian robarlo le horrorizaba. Seguramente el mundo penetraria entonces
su secreto. Acaso ya lo sospechaba.
Pues, aunque fascinara a muchos, no eran pocos los que descon-fiaban
de él. Una vez estuvo a punto de no ser admitido, por mayoria de
votos, en un club de West End, al cual su nacimiento y posición
parecian darle pleno derecho a pertenecer, y se dijo que en otra oca-sión,
al entrar en compañia de sus amigos en el fumoir del Churchill,
el duque de Berwick y otro socio se levantaron muy ostensiblemente y salieron
del salón. Apenas cumplidos los veinticinco años, empezaron
a circular extrañas historias sobre él. Susurrábase
que le habian visto querellándose con marineros extranjeros en uno
de esos antros equivo-cos de Whitechapel, y que frecuentaba la compañia
de ladrones y mo-nederos falsos y conocia los misterios de su arte. Sus
inexplicables ausencias comenzaron a ser notadas, y cuando reaparecia en
sociedad, la gente cuchicheaba en los rincones, o pasaban ante él
con una sonri-sita burlona, o le examinaban con ojos filos y escrutadores,
como deci-didos a descubrir su secreto.
Claro que él no prestaba la menor atención a aquellos
desprecios e impertinencias; y, a juicio de la mayoria, su aire de afabilidad
y de franqueza, su encantadora sonrisa infantil y la gracia infinita de
aquella juventud maravillosa que parecia no abandonarle, eran respuestas
más que suficiente a las calumnias —pues de tal las calificaban-
que sobre él coman. Sin embargo, no dejó de observarse que
algunos de los que le habian tratado más intimamente, al cabo de
cierto tiempo parecian rehuirle. Mujeres que le adoraran con frenesi, y
por él afrontaran todas las criticas sociales, desafiando las conveniencias,
palidecian visible-mente, de vergüenza o de horror, al entrar él.
Pero estos escándalos, contados al oido, servian sólo
para acre-centar, a los ojos de muchos, su hechizo extraño y peligroso.
Su gran fortuna era también un elemento seguro de defensa. La sociedad
—la sociedad civilizada al menos -, nunca se siente demasiado dispuesta
a creer nada en detrimento de las personas ricas y sugestivas. Compren-de,
por instinto, que los modales son de más importancia que las cos-tumbres
y, a juicio suyo, la más acendrada respetabilidad vale mucho menos
que el tener un buen cocinero. Al fin y al cabo, es muy pobre consuelo
saber que la persona que acaba de darle a uno mal de comer, o un vino mediocre,
es de una vida privada irreprochable. Las mismas virtudes teologales no
pueden servir de excusa a un plato casi frio, como en una ocasión
hacia observar Lord Henry, discutiendo el tema; y es muy posible que tuviera
razón. Pues los cánones de la buena so-ciedad eran, o deberian
ser, los mismos que los cánones del arte. La forma es absolutamente
esencial en ello. Deberian tener la dignidad de un ceremonial, y también
su irrealidad, combinando el carácter insince-ro de una comedia
romántica con el ingenio y la belleza que nos hacen deliciosas tales
comedias. ¿Acaso la insinceridad es tan terrible cosa? ¿No
seria simplemente un método merced al cual podemos multiplicar nuestra
personalidad?
Por lo menos, tal pensaba Dorian Gray. Maravillábase de la psi-cologia
superficial de quienes conciben el Yo en el hombre como una cosa simple,
permanente, segura y homogénea. Para él, el hombre era un
ser con millares de vidas y millares de sensaciones, una criatura compleja
y multiforme que llevaba en si extraños legados de pensa-miento
y pasión, y cuya carne misma estaba inficionada por las mons-truosas
dolencias de los muertos.
Gustaba de pasear por la desierta y fia galeria de retratos de su casa
de campo, contemplando las efigies de aquellos cuya sangre coma por sus
venas. Alli estaba Philip Herbert, del que Francis Osborne dice, en sus
Memorias sobre los reinados de la Reina Isabel y del Rey Jaco-bo, que fue
!?mimado por la corte a causa de la hermosura de su sem-blante, que no
le hizo compañia largo tiempo!?. ¿Seria acaso la vida del
joven Herbert la que él, a veces llevaba? ¿Se habria transmitido
algún extraño germen venenoso de cuerpo a cuerpo, hasta alcanzar
el suyo? ¿No seria alguna vaga supervivencia de aquella gracia destruida
lo que le indujera tan repentinamente, y casi sin motivo, a formular en
el estudio de Basil Hallward aquel deseo insensato, que de tal modo cam-biara
su vida? Alli, en ropilla escarlata bordada en oro, sobreveste cubierta
de pedreria, y gorguera y puños ribeteados de oro, erguiase sir
Anthony Sherard, con su armadura nielada a los pies. ¿Cuál
seria la herencia de aquel hombre? ¿Le habria dejado el amante de
Giovanna de Nápoles algún legado de vicio y de ignominia?
¿Serian sus propias acciones simplemente los sueños que aquel
muerto no se habia atrevi-do a llevar a cabo? Alli, desde el lienzo empañado
sonreia Lady Eliza-beth Devereux, con su toca de gasa, peto de perlas y
mangas acuchilladas de color rosa. En la mano derecha sostenia una flor,
y con la izquierda se cogia el collar, de rosas blancas y encarnadas. Sobre
una mesa, a su lado, se vetan una mandolina y una manzana, y dos rosetones
verdes en sus chapines puntiagudos. El conocia su vida, y las singulares
historias que se hablan contado de sus amantes. ¿Tendria él
algo del temperamento de ella? Aquellos ojos ovales de párpados
pe-sados parecian mirarle curiosamente. ¡Pues y aquel George Willou-ghby,
con su cabello empolvado y sus lunares postizos! ¡Qué equivoca
catadura la suya! El rostro era atezado y saturnino, y los labios sen-suales
parecian torcidos por el desdén. Delicados vuelillos de encaje caian
sobre las manos amarillentas y descarnadas, cargadas de sortijas. Habia
sido un pisaverde del siglo XVIII, y el amigo, en su juventud, de Lord
Ferrars. ¿Y aquel segundo Lord Beckenham, compañero del Principe
Regente en sus dias más frenéticos y testigo del matrimonio
secreto con Mrs. Fitzherbert? ¡Cuán altivo y arrogante, con
sus bucles castaños y su ademán de insolencia! ¿Qué
pasiones le habria legado? El mundo le habia tachado de infamia. El era
quien conducia aquellas famosas orgias de Carlton House. La estrella de
la Jarretera brillaba sobre su pecho. Junto a él pendia el retrato
de su esposa, muy pálida, de labios enjutos, toda vestida de negro.
También la sangre de ella coma por sus venas. ¡Qué
extraño parecia todo aquello! Y su madre, de rostro tan semejante
al de Lady Hamilton, con sus labios húmedos y rojos como el vino...
¡Ah, él sabia lo que heredara de ella! Su belleza, y su pasión
por la belleza ajena. Vestida de bacante, con los cabellos trenzados de
hojas de viña, le sonreia desde el cuadro. La copa que sostenia
en la mano desbordaba de zumo purpurino. La carnación del retrato
se habia marchitado, pero los ojos eran aún maravillosos en su profundidad
y resplandor. Parecian seguirle de un lado a otro.
Pero también en la literatura tiene uno sus, antepasados, lo
mismo que en su propio linaje, más cercanos quizás, muchos
de ellos, en tipo y en temperamento, y desde luego con una influencia más
perceptible. Momentos habia en que la historia entera se le antojaba a
Dorian Gray como una simple crónica de su misma vida, no como si
la hubiese vivido en acción y circunstancia, sino como si su imaginación
la hubie-se creado para él y hubiera sido asi en su cerebro y en
sus pasiones. Sentia como si hubiese conocido a todas aquellas extrañas
y terribles figuras que cruzaron el escenario del mundo e hicieron tan
maravilloso el pecado y el mal tan sutil. Le parecia como si de un modo
misterioso sus vidas hubieran sido la suya propia.
El protagonista de la maravillosa novela que tanto influyera en su
vida, también habia conocido estos sueñas extrañas.
En el capitulo séptimo dice cómo, coronado de laurel para
evitar el rayo, se habia sentado, a imitación de Tiberio, en un
jardin de Caprea, leyendo los libros obscenos de Elefantina en tanto que
a su alrededor se contonea-ban pavos reales y enanos y el tañedor
de flauta hacia burla del turibu-lario; y, como Caligula, se habia embriagado
con los cocheros de túnicas verdes en sus cuadras y comido en un
pesebre de marfil en compañia de un caballo de enjoyada frontalera;
y, como Domiciano, habia vagado por una galeria cubierta de espejos de
mármol, mirando en torno suyo con ojos extraviados, a la idea del
puñal que debia poner fin a sus dias, y enfermo de ese hastio, de
ese terrible tedium vitoe que salta a quienes la vida no ha negado nunca
nada; y habia contemplado a través de una clara esmeralda las rojas
matanzas del circo, y luego, en una litera de púrpura y perlas tirada
por mulas herradas de plata, habia sido llevado por la Via de las Granadas
a la Casa de Oro, oyendo gritar a su paso: ¡Nero Caesar; y, como
Heliogábalo, habiase pintado las mejillas e hilado la rueca en el
gineceo y traido la Luna de Cartago para unirla en misticas bodas al Sol.
Dorian Gray no se cansaba de leer este capitulo fantástico,
y los otros dos que le seguian, en los cuales, como en una extraña
tapiceria de medallones sutilmente trabajados, aparecian las figuras terribles
y seductoras de aquellos a quienes el Vicio, la Sangre y el Tedio habian
llevado ala monstruosidad o la demencia; Filippo, duque de Milán,
que asesinó a su mujer e impregné sus labios con un veneno
escarlata, a fin de que su amante bebiera la muerte cuando besara al ser
adorado; Pie-tro Barbi, el Veneciano, conocido por Paulo II, que intentó
en su so-berbia asumir el titulo de Formosus, y cuya tiara, valorada en
doscientos mil florines, fue comprada a costa de un terrible pecado; Gian
Maria Visconti, que cazaba hombres con sabuesos, y cuyo cadá-ver,
cuando le asesinaron, fue cubierto de rosas por una cortesana que le amaba;
el Borgia, jinete en su corcel blanco, con el Fratricidio ca-balgando a
su lado, la capa tenida por la sangre de Perotto; Pietro Ria-rio, el joven
cardenal arzobispo de Florencia, hijo y favorito de Sixto IV, cuya hermosura
sólo fue igualada por su libertinaje, y que recibió a Leonor
de Aragón en una tienda de campaña, de seda blanca y carmesi,
llena de ninfas y centauros, acariciando a un mozuelo que en los festi-nes
le servia de Ganimedes o Hylas; Ezzelino, cuya melancolia sólo podia
ser curada por el espectáculo de la muerte, y que tenia la pasión
de la sangre, como otros tienen la del vino, el hijo del Diablo, según
dijeron, que hizo trampa a su padre jugando con él a los dados su
pro-pia alma; Giambattista Cibo, que tomó por mofa el nombre de
Inocen-cio, y en cuyas venas exhaustas transfundió un doctor judio
la sangre de tres mancebos; Sigismondo Malatesta, el amante de Isotta y
señor de Rimini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de
Dios y de los hombres, que estranguló a Polissena con una servilleta,
y dio un veneno a Ginevra de Este en una copa de esmeralda, y en honor
de una nefanda pasión levantó una iglesia pagana para el
culto de Cristo; Carlos VI, que tan frenéticamente idolatró
a la mujer de su hermano, a quien un leproso advirtiera de la próxima
insania, y que, cuando en-fermó y se extravió su espiritu,
sólo podia aliviarle la vista de unos naipes sarracenos que tenian
pintada la imagen del Amor, la Locura y la Muerte; y, en su ceñido
jubón y su birrete enjoyado y rizos como hojas de acanto, Grifonetto
Baglioni, que mató a Astorre y su prometi-da, y a Simonetto y su
paje, pero cuya gracia y gentileza eran tales que cuando le hallaron moribundo
en la plaza amarillenta de Perusa, sus mismos enemigos no pudieron menos
de llorar, y Atalanta, que le habla maldecido, le bendijo.
De todos ellos emanaba una fascinación terrible. El los vela
en sueños, por la noche; y durante el dia turbaban su imaginación.
El Renacimiento conoció raras formas de envenenamiento: envenena-miento
por un casco o una antorcha encendida, por unos guantes bor-dados o un
abanico de pedreria, por una dorada buj eta, por un collar de ámbar...
Dorian Gray habia sido emponzoñado por un libro. Momentos habia
en que el mal le parecia simplemente un medio de realizar su concepción
de la belleza.
CAPITULO XII
Era un nueve de noviembre, la vispera del dia en que cumplia sus treinta
y ocho años, como a menudo recordó más tarde.
Habia salido a eso de las once de casa de Lord Henry, donde ce-nara,
y se dirigia a la suya, envuelto en un gran gabán de pieles, a cau-sa
de lo filo y brumoso de la noche. Al llegar al cruce de la plaza de Grosvenor
con la calle de South Audley, pasó junto a él, en medio de
la niebla, un hombre que caminaba muy deprisa, con el cuello de su abrigo
gris levantado y un maletin en la mano. Dorian le reconoció enseguida.
Era Basil Hallward. Una extraña sensación de miedo, que no
podia explicarse, se apoderó de él. Hizo como si no le reconociera
y apretó el paso en dirección a su casa.
Pero Hallward también le habia visto. Donan le oyó detenerse
en medio de la calle y luego precipitarse para darle alcance. A los pocos
momentos, una mano se apoyaba en su brazo.
—~ Dorian! ¡ Qué dichosa casualidad! Te he estado esperando
en tu casa desde las nueve. Al fin, me compadeci de tu criado, que se caia
de sueño, y le dejé que se fuera a la cama. Salgo para Paris
en el tren de las doce, y tenia especial empeño en verte antes.
Me pareció que eras tú, o, mejor dicho, tu gabán de
pieles, cuando pasaste junto a mi. Pero no estaba seguro. ¿Y tú,
no me reconociste?
—~,Con esta niebla, querido Basil? ¡ Si apenas reconozco la plaza
de Grosvenor! Me parece que mi casa debe estar por aqui, pero tampo-co
estoy seguro. ¡Cuánto siento que te vayas! Hace un siglo que
no nos vemos. Pero supongo que volverás pronto, ¿verdad?
—No; pienso estar fuera de Inglaterra seis meses. Tengo intención
de tomar un estudio en Paris, y de encerrarme en él hasta que haya
concluido un gran cuadro que tengo en proyecto. Pero no era de mi de quien
queria hablarte. Ya hemos llegado a tu casa. Permiteme que entre un momento.
Tengo algo que decirte.
—Encantado. Pero... ¿no perderás el tren? —preguntó
Dorian Gray negligentemente, subiendo los escalones y abriendo la puerta
con su llavin. La luz del farol luchaba contra la neblina, iluminando vaga-mente
la escena. Hallward sacó su reloj.
—Tengo tiempo de sobra -contestó -. El tren no sale hasta las
doce y cuarto, y no son más que las once. Cuando nos cruzamos me
dirigia al club a ver si te encontraba. Además, no tengo que preocuparme
del equipaje.
Los bultos grandes los he enviado ya por delante. No llevo con-migo
más que este maletin, y de aqui a la estación puedo ir perfecta-mente
en veinte minutos.
Donan le miró sonriendo.
—~Qué indumentaria de viaje para un pintor a la moda! ¡Un
male-tin Gladstone y un ulster! Entra, o va a llenarse la casa de niebla.
Y procura no hablar de cosas serias. Hoy dia no hay nada serio. Por lo
menos, no deberia de haberlo.
Hallward sacudió la cabeza y siguió a Dorian hasta la
biblioteca. Un buen fuego de leña ardia en la gran chimenea. Las
lámparas estaban encendidas, y sobre un velador de marqueteria veianse
una licorera holandesa de plata, varios sifones y unas cuantas copas de
cristal talla-do.
—Ya ves que tu criado me ha tratado bien, Dorian. Me trajo todo lo
necesario, incluso tus mejores cigarrillos de boquilla dorada. Es un individuo
muy hospitalario. Me gusta mucho más que aquel francés que
tenias antes. Por cierto, ¿qué ha sido de él?
Dorian se encogió de hombros.
—Creo que se ha casado con la doncella de Lady Radley, y que la ha
establecido en Paris como modista inglesa. Me han dicho que la anglomania
está ahora alli muy de moda. Parece mentira, ¿verdad? Pero,
mira, distaba mucho de ser un mal ayuda de cámara. A mi tam-poco
me era muy simpático, pero la verdad es que nunca tuve queja de
él. Uno a veces se figura cosas absurdas; que no son. Me era muy
adicto, y pareció sentir mucho el tener que irse. ¿Quieres
otro brandy-and-soda? ¿O prefieres vino del Rhin con seltz? Es lo
que yo tomo siempre. Seguramente que en el cuarto de al lado debe de haber.
—Gracias, no quiero nada más -dijo el pintor, quitándose
el som-brero y el abrigo, y arrojándolas encima del maletin, que
habia dejado en un rincón..
—Y ahora, querido Dorian, necesito que hablemos en serio. No frunzas
el ceño. Si te pones asi, me va a costar más trabajo decirte
lo que debo decirte.
—~,De qué se trata? —inquirió Donan, malhumorado, dejándose
ca-er en el sofá -. Espero que no será de mi. Esta noche
me siento cansado de mi persona. Me gustaria ser otro cualquiera.
—Se trata de ti —repuso Hallward, con su voz grave y profunda -; y
es mi deber decirtelo. ¡Oh!, no te molestaré más de
media hora.
Suspirando, Dorian encendió un cigarrillo.
—~Media hora! —murmuró.
—No es demasiado pedir, Dorian; y únicamente en tu propio inte-rés
lo hago. Creo conveniente que sepas los horrores que se dicen de ti en
Londres.
—Pues yo no tengo el menor interés en saberlos. Me gusta ente-rarme
de los escándalos ajenos; pero ¿los mios? No me preocupan
lo más minimo. Ni siquiera tienen el encanto de la novedad.
—Pues deben preocuparte, Dorian. Todo hombre debe preocuparse de su
buena fama. Tú no querrás que la gente hable de ti como de
un ser infame y degradado, ¿verdad? Cierto que tú tienes
posición y dine-ro, y no dependes de nadie. Pero el dinero y la
posición no lo son todo. No necesito decirte que yo no creo ninguno
de esos rumores. Por lo menos, cuando te veo, no puedo creerlos. El vicio
es algo que el hom-bre siempre lleva escrito en el rostro. Nada hay que
lo oculte. La gente suele hablar de vicios secretos. No hay tal cosa. En
cuanto un hombre tiene un vicio cualquiera, éste se delata a si
propio, en las lineas de la boca, en el caer de los párpados, en
el mismo modelado de las manos. Alguien —cuyo nombre no diré; pero
tú lo conoces- vino a mi estudio el año pasado a encargarme
su retrato. Yo no le conocia ni de vista, ni habia oido decir nada de él,
aunque desde entonces a la fecha he oido no poco. Me ofreció un
precio exorbitante. No obstante, rehusé. Habia algo en la forma
de sus dedos que me desagradó profundamente. Luego he sabido que
habla acertado en mis suposiciones. Su vida es un verdadero horror. Pero
tú, Dorian, con ese rostro tan puro e inocente, y esa juventud maravillosa
y perenne... No, no me es posible creer nada contra ti. Y, sin embargo,
apenas te veo ahora; nunca vienes a mi estu-dio, y cuando no estoy a tu
lado y oigo todas esas abominaciones que se cuchichean de ti, no sé
qué contestar. ¿Cuál es la causa, Dorian, de que un
hombre como el duque de Berwick salga del salón de un club cuando
tú entras en él? ¿Por qué hay tantas personas
en Londres que no vienen a tu casa ni te invitan a las suyas? Tú
fuiste amigo de Lord Staveley, ¿verdad? Pues la otra noche me encontré
con él en una comi-da. Casualmente, en la conversación, se
pronunció tu nombre a propó-sito de las miniaturas que enviaste
a la exposición Dudley. Stavcley torció el gesto, y dijo
que es posible que fueras muy artista, pero que no eras hombre para ser
presentado a ninguna muchacha decente ni que pudiera estar en la misma
habitación que una mujer honrada cualquie-ra. Le recordé,
entonces, que yo era amigo tuyo, y le rogué que se explicase. Lo
hizo, claramente, sin ambajes, delante de todo el mundo. ¡Fue horrible!
¿Por qué es tu amistad tan fatal a los jóvenes? ¿Te
acuerdas de aquel infeliz muchacho que servia en la Guardia y que se suicidé?
Tú eras su gran amigo. ¿Y Sir Henry Ashton, que tuvo que
irse de Inglaterra, deshonrado para siempre? Ambos érais inseparables.
¿Y aquel Adrian Singleton, que acabó tan trágicamente.
¿Y el único hijo de Lord Kent, con su carrera perdida? Ayer
me encontré a su pa-dre en la calle de St. James. Parecia destrozado
por el dolor y la ver-güenza. ¿Y el duque de Perth? ¿Cuál
es su vida ahora? ¿Qué persona honorable le quena por amigo?
—~Basta, Basil! Estás hablando de casas que no sabes —interrum-pió
Donan Gray, mordiéndose los labios, y con acento de infinito des-dén
-. Me preguntas por qué Berwick sale de un salón cuando yo
entro. Pues porque yo sé toda su vida, y no él algo de la
mia. Con una sangre como la que corre por sus venas, ¿cómo
podria ser limpia su historia? Me preguntas por Henry Ashton y el joven
Perth. ¿Le enseñé yo, aca-so, al uno sus vicios, y
su desenfreno al otro? ¿Y qué tengo yo que ver con que el
hijo idiota de Kent busque mujer en el arroyo? Si Adrian Singleton firma
un pagaré con el nombre de un amigo, ¿soy yo su guardián,
para impedirlo? Ya sé lo aficionada que es la gente en Ingla-terra
a maldecir del prójimo. Las clases medias airean sus prejuicios
morales en sus groseras sobremesas, y murmuran sobre lo que ellos llaman
el libertinaje de sus superiores, con el fin de imaginarse que están
en la alta sociedad y en las más intimas relaciones con la gente
que denigran. En este pais, basta tener entendimiento y distinguinse de
algún modo para que todas las lenguas del vulgo se desaten contra
uno. ¿Y qué vida llevan esas personas que tanto se las echan
de morales? Tú olvidas, querido, que estamos en la tierra natal
de los hipócritas.
—Dorian -exclamó Hallwand -; no se trata ahora de eso. Ya sé
que Inglaterra deja bastante que desear, y que la sociedad inglesa es la-mentable.
Pon eso mismo deseaba que tú fueras una excepción. Y, ¡
ay!, tú no lo has sido. Uno tiene derecho a juzgar a un hombre pon
la in-fluencia que ejerce en sus amigos. Los tuyos parecen haber perdido
todo sentimiento del honor, de la bondad, de la rectitud. Tú les
has inspirado la locura del placer. Todos han rodado al abismo, y en él
los has dejado. S!; tú no has hecho nada pon sacarles, y, sin embargo,
pue-des seguir sonriendo, como sonnes ahora. Todavia hay algo peor. Sé
que tú y Hany sois inseparables. Aunque sólo fuera pon esto,
no debe-rias haber hecho del nombre de su hermana un objeto de burla.
—Ten cuidado con tus palabras, Basil. Vas demasiado lejos.
—Mi deber es hablar, y el tuyo escucharme. Y me escucharás.
Cuando conociste a Lady Gwendolen, la reputación de ésta
era inta-chable. ¿Hay en Londres, hoy, una sola mujer decente que
se atreviese a pasear con ella pon el Parque? Hasta han tenido que separarla
de sus hijos. Y no es eso lo único que cuentan. Dicen también
que te han visto salir al alba de ciertas casas abyectas y entrar furtivamente,
disfrazado, en los más infames burdeles. ¿Es cierto esto?
¿Puede acaso ser cierto? La primera vez que lo oi me eché
a rein. Ahora, cuando lo oigo, me estremezco. Pues ¿y de tu casa
de campo, y de lo que alli ocurre? Do-rian, tú no sabes las cosas
que cuentan de ti. Yo note diré que no entra en mi intención
el sermonearte. Recuerdo que Hany decia una vez que todo el que se erige
en predicador empieza pon decir esto, y falta luego enseguida a su palabra.
No, yo quiero sermonearte. Quiero que tu vida sea tal que el mundo te respete.
Quiero que tengas un nombre sin má-cula y una historia limpia. Quiero
que te desembaraces de toda esa gentuza que tratas. No, no te encojas de
hombros. No seas tan despreo-cupado. Tú ejerces una extraordinaria
influencia. Que sea para el bien, y no para el mal. Dicen que corrompes
a cuantos intiman contigo, y que basta que entres en una casa pana que
la vergüenza y la desgracia te sigan. Yo no sé si es vendad.
¿Cómo podia yo saberlo? Peno eso dicen de ti. Yo he oido
cosas que parecia imposible ponen en duda. Lord Gloucester fue uno de mis
mejores amigos de Oxford. El me enseñó una carta que su mujer
le habia escrito, casi agonizante, desde su villa de Menton. Tu nombre
sonaba en la más terrible confesión que he leido nunca. Yo
le dije que era absurdo, que yo te conocia a fondo y sabia que era totalmente
incapaz de una villania semejante. ¿Conocer-te? ¿Te conozco
yo en realidad? Antes de hablar de aquel modo hu-biera sido preciso que
yo viese tu alma.
—~Ven mi alma! —murmuró Dorian Gray, levantándose trémulo
y casi livido de terror.
—Si —repuso Hallward gravemente, y con voz impregnada de tris-teza
-; ver tu alma. Peno sólo Dios puede hacerlo.
Una amarga risa de burla brotó de labios de Donan.
—~ Tú también la verás esta noche! —exclamó,
cogiendo de la mesa una lámpara -. Ven; obra tuya es. ¿Pon
qué no ibas a verla? Luego, si quienes, podrás contánselo
a todo el mundo. Nadie te creerá. Si te cre-yesen, aun me adonarian
más. Yo conozco nuestra época mejor que tú, a pesar
de todas tus palabras ociosas. Ven, te digo. Ya has disertado bastante
sobre la corrupción. Vamos ahora a verla cara a cara.
En cada palabra que proferia habla como una locura de orgullo. Con
su infantil impaciencia de costumbre golpeaba con el pie en tierra. Sentia
una terrible alegria a la idea de que iba a compartir con alguien su secreto,
y de que el hombre que habia pintado el retrato origen de su vergüenza
iba a quedan abrumado pana el resto de sus dias con el es-pantoso recuerdo
de lo que habia hecho.
—Si —prosiguió, acercándose a él y minándole
fijamente en sus ojos severos -; te mostraré mi alma. Verás
lo que crees que sólo puede ser visto pon Dios:
Hallwand dio un paso atrás.
—~ Eso es una blasfemia, Dorian! -exclamó -. No debes decir
esas cosas, que son impias y absurdas.
—~Tú crees?
Y Donan se echó a rein nuevamente.
—Estoy seguro. En cuanto a lo que te he dicho esta noche, lo dije pon
tu bien. Tú sabes que siempre fui para ti un amigo devoto.
—~No me toques! Acaba lo que tenias que decir. Una sombra de pesadumbre
nubló el rostro del pintor. Se detuvo un instante, y un hondo sentimiento
de piedad se apodenó de él. Después de todo, ¿qué
derecho tenia él a inmiscuinse en la vida de Dorian Gray? Con una
décima parte sólo que hubiera hecho de lo que le atribuian,
¡qué no habria sufrido! Levantóse, se acercó
a la chimenea, y alli permaneció, en pie, contemplando los leños
encendidos con sus cenizas como es-cancha y sus palpitantes corazones de
llama.
—Estoy aguardando, Basil -dijo Dorian, con voz dura y seca.
Hallwand se volvió hacia él.
—Acabané pronto -dijo -. Lo único que tenia que pedirte
es que me des una respuesta concreta a esas horribles acusaciones que mur-muran
contra ti. Dime que son completamente falsas, desde el princi-pio hasta
el fin, y te creené. ¡Desmiéntelas, Dorian, desmiéntelas!
¿No ves el daño que me hacen? ¡No me digas que enes
un ser perverso y corrompido y cubierto de oprobio!
Dorian Gray sonrió, con una leve mueca de desprecio en los la-bios.
—Sigueme, Basil -dijo sosegadamente -. Llevo un diario de mi vi-da,
dia pon dia, y arriba lo tengo. Jamás sale del cuarto en que lo
escri-bo. Te lo enseñané, si vienes conmigo.
—Iré, Dorian, si asi lo deseas. Veo que ya he pendido el tren.
No importa. Me iré mañana. Peno no me pidas que lea nada
esta noche. Una respuesta terminante es lo único que necesito.
—Arriba la tendrás. No me seria posible dártela aqui.
¡Oh!, no será muy larga la lectura.
CAPITULO XIII
Seguido de Basil Hallward salió de la biblioteca y empezó
la as-censión. Caminaban despacio, sin hacen ruido, como instintivamente
se camina de noche. La lámpara proyectaba sobre las paredes y la
escale-ra sombras fantásticas. Un viento naciente sacudia algunas
de las per-sianas.
Al llegan al rellano de arriba, Dorian depositó la lámpara
en el suelo y, sacando la llave, la introdujo en la cerradura.
—~,Insistes en saber la vendad, Basil? —preguntó en voz queda.
—Insisto.
—Encantado —replicó Dorian, sonriendo.
Luego, un tanto ásperamente, añadió:
—Tú enes el único hombre con derecho a saber todo lo
que a mi se refiere. Tú has tenido más importancia en mi
vida de la que crees.
Y, cogiendo de nuevo la lámpara, abrió la puerta y entró.
Una co-rriente fila de aine les envolvió, y la luz se alargó
pon un momento en una llamarada naranja. Donan se estremeció.
-Cierra la puerta —susurró, dejando la Lámpara sobre
una mesa.
Hallward paseó en torno suyo la vista con expresión perpleja.
La habitación parecia como deshabitada desde hacia muchos años.
Un mustio tapiz flamenco, un cuadro cubierto con una tela, un antiguo cassone
italiano y una estanteria casi vacia: esto era todo lo que parecia contener,
a más de una mesa y una silla. Al encender Dorian Gray una bujia
medio consumida que habia encima de la chimenea, vio el pintor que todo
ello estaba cubierto con una espesa capa de polvo, y la alfom-bra hecha
harapos. Un ratón corrió a escondense en su agujero. Habia
un olor húmedo a moho.
—~,Conque crees que sólo Dios puede ver el alma, Basil? Descorre
esa cortina, y verás la mia.
La voz que hablaba era fia y cruel.
—~,Estás loco, Dorian, o te burlas de mi? —munmunó el
pintor entre dientes, frunciendo el ceño.
—~,No te atreves? Lo haré yo entonces -dijo Dorian.
Y arrancó bruscamente la cortina, arrojándola en tierra.
Un grito de horror brotó de labios del pintor, al distinguir
en la penumbra el rostro abominable que desde el lienzo parecia hacerte
una mueca. Habia en su expresión algo que le llenó de repugnancia
y de espanto. ¡Santo ciclo! ¿No era el rostro de Dorian Gray
el que estaba viendo? La catástrofe, fuera cual fuera, no habia
conseguido arruinar pon completo aquella milagrosa belleza. Aún
quedaba un poco de oro en el cabello ya ralo, y una pincelada de rojo en
los labios sensuales. Los ojos lacrimosos habian conservado algo de la
pureza de su azul, la linea noble de la nariz aún no se habia borrado
del todo, y el cuello guardaba vestigios del firme modelado de antaño.
Si, no cabia duda de que era Dorian. Peno, ¿quién lo habria
pintado? Le pareció reconocen su propia factura, y el marco era
el que él dibuj ara. La idea era mons-truosa. No obstante sintió
miedo. Cogiendo la bujia encendida se apro-ximó al retrato. En el
ángulo de la izquierda estaba su nombre, trazado en altas letras
de bermellón puno.
¡Era una asquerosa caricatura, una sátira innoble e infame!
El no habia hecho nunca aquello... Sin embargo, si, aquél era el
retrato que él pintara. Tampoco cabia duda. Sintió, de pronto,
como si la sangre, de fuego que era, se volviese de hielo en sus venas.
¡ Su obra! ¿Qué signi-ficaba aquello? ¿Cómo
se habia alterado de aquel modo? Volviéndose, contempló a
Dorian con ojos dementes. Sus labios se crisparon, y su lengua, seca, parecia
incapaz de articular una sola palabra. Se pesó la mano pon la frente,
empapada en un sudor viscoso.
Dorian, en tanto, permanecia apoyado en la chimenea, minándole
con esa extraña expresión que se advierte en el rostro de
los que están absortos viendo representar un drama a un gran actor.
No habia en ella ni verdadero dolor ni alegria verdadera. Simplemente la
pasión del espectador, y acaso una llamita de triunfo en los ojos.
Se habia quitado del ojal la flor que llevaba, y la olia, o, pon lo
menos, fingia olerla.
—~,Qué quiere decir esto? -exclamó Hallwand al fin, con
una voz que, a él mismo, le sonó extrañamente.
—Hace años, siendo yo casi un niño -dijo Dorian, estrujando
la flor entre sus dedos -, tú me conociste, me rodeaste de halagos
y me enseñaste a envanecerme de mi belleza. Un dia me presentaste
a uno de tus amigos, que me explicó el milagro de la juventud, y
concluiste un retrato mio, que me reveló el milagro de la belleza.
En un momento de locura, que, hoy mismo, no sé si lamentar o no,
formulé un deseo, que acaso tú llamases una plegaria...
—~Me acuerdo! ¡Oh, ya lo creo que me acuerdo! ¡Peno no,
no es posible! Esta habitación es muy húmeda. Seguramente
la humedad ha atacado el lienzo. Los colores que usé debian contener
algún maldito veneno mineral. ¡Repito que es imposible!
—~Bah!, ¿qué hay de imposible? —murmunó Dorian,
yendo al bal-cón y apoyando la frente contra el frio cristal, esmerilado
pon la niebla.
—~,No me dijiste que lo habias destruido?
—Me equivoqué. Ha sido él quien me destruyó a
mi.
—No puedo creen que ése sea mi cuadro.
—~,No puedes ver en él tu ideal, eh? -dijo Dorian amargamente.
—Mi ideal, como tú lo llamas...
-Como tú lo llamabas.
—Nada malo habia en él, nada vergonzoso. Tú eras para
mi un ideal, como ya no volveré a encontrar otro. Este es el rostro
de un sáti-ro.
—Es el rostro de mi alma.
-~Dios mio! ¡Qué cosa he adorado! Tiene los ojos de un
demonio.
—Todos tenemos en nosotros un cielo y un infierno, Basil —excla-mó
Dorian, con un gesto de desesperación.
Hallward se volvió de nuevo hacia el retrato y lo contempló
lar-gamente.
—~Santo Dios, si es vendad—dijo -, y esto es lo que has hecho de tu
vida, indudablemente debes ser peon de lo que imaginan aquellos que te
acusan!
Y, levantando de nuevo la luz, examinó el lienzo con deteni-miento.
La superficie parecia no haber sufrido el menor cambio, y estaba tal como
él la dejara. Aparentemente, toda aquella abominación provenia
de adentro. Una extraña vida interior hacia que aquella lepra del
pecado fuera devorando lentamente la imagen. El pudrinse de un cadáver
en el fondo de una fosa húmeda, no era tan espantoso como aquello.
Le tembló la mano, y la bujia cayó del candelero al suelo,
donde quedó chisporroteando. La apagó, poniendo el pie encima.
Luego se dejó caen en la silla desvencijada que habia junto ala
mesa y escondió el rostro entre las manos.
—~ Santo Dios, Dorian, qué lección! ¡Qué
tremenda lección!
No hubo respuesta, peno pudo oir a Dorian sollozando junto al balcón.
—Recemos, Donan, recemos —munmunó -. ¿Qué es lo
que nos en-señaron a decir cuando niños? !?No nos dejes caen
en la tentación. Pen-dónanos nuestros pecados. Libranos de
todo mal.!? Repitámoslo juntos. La oración de tu soberbia
fue oida. También puede serlo la oración de tu arrepentimiento.
Yo te adoré demasiado, y me veo castigado pon ello. Tú te
adoraste también demasiado. Ambos hemos sido castigados.
Dorian Gray se volvió lentamente hacia él y le miró,
con los ojos empañados pon las lágrimas.
—Es demasiado tarde, Basil —balbuceó.
—Nunca es demasiado tarde, Dorian. Arrodillémonos y probemos
a acordarnos de alguna oración. ¿No hay un vensiculo que
dice: !?Aun que tus pecados sean cual la escarlata, yo los haré
blancos como la nieve!?.
—Esas palabras canecen ya para mii de sentido.
—~Oh, no digas eso! Ya llevas hecho bastante mal en tu vida. ¡Santo
Dios! ¿No ves cómo nos minan de soslayo esos ojos malditos?
Dorian Gray contempló el retrato; y, de pronto, un sentimiento
irrefrenable de odio a Basil Hallward se apodenó de él, como
si le hu-biese sido sugerido pon la imagen del lienzo y murmurado a su
oido pon aquellos labios crispados. La rabia frenética del animal
acosado se despertaba en él, y aborreció súbitamente
a aquel hombre, sentado junto a la mesa, con mayor fuerza que aborreciera
nada en su vida. Con ojos de locura miró en torno suyo. Sobre el
pintado ancón, enfrente de él, brillaba un objeto. Sus ojos
tropezaron con el. Recordó lo que era: un cuchillo que, pocos dias
antes, subiera pana cortar una cuenda, y que olvidara llevanse. Despacio,
sin hacen ruido, se dirigió hacia él, pasan-do al lado de
Hallward. Apenas se encontró detrás de éste, cogió
el cuchillo y volvióse. Hallwand hizo un movimiento, como si fuera
a levantarse. Dorian se precipitó entonces sobre él y le
hundió el cuchillo en la gran arteria que hay detrás de la
oreja, sujetando la cabeza contra la mesa y clavando una y otra vez el
cuchillo.
Hubo un gemido ahogado, y un horrible gorgoteo de sangre en la garganta.
Tres veces se levantaron los brazos, agitando grotescamente en el aine
las manos rigidas. El volvió a clavar otras dos veces el cu-chillo,
peno el cuerpo estaba ya inmóvil. Algo empezó a gotear sobre
el suelo. Aguardó todavia un momento, manteniendo la cabeza contra
la mesa. Luego arrojó encima el cuchillo y quedó escuchando.
No se oia más ruido que el lento gotean sobre la alfombra andra-josa.
Abrió la puerta y salió al rellano. La casa permanecia completa-mente
en silencio. Nadie andaba pon ella. Estuvo unos segundos inclinado sobre
la barandilla, acechando en el negro poco de sombra. Luego netinó
de la cerradura la llave, y, volviendo ala estancia, ence-rróse
pon dentro.
El cuerpo continuaba sentado en la silla, con la cabeza caida so-bre
la mesa, encorvada la espalda y unos brazos fantásticamente largos.
Si no hubiese sido pon aquella grieta roja del cuello y pon el charco de
coágulos negros que paulatinamente iba ensanchándose bajo
la mesa, hubiénase dicho que aquel hombre estaba simplemente dormido.
¡ Qué rápido habia sido todo! Sentiase extrañamente
tranquilo, y, dirigiéndose al balcón, lo abrió y salió
afuera. El viento habia disipado la niebla y el ciclo semejaba una gigantesca
cola de pavo real, conste-lada de innumerables pupilas de oro. Minando
hacia abajo vio al policia haciendo su ronda y proyectando el largo rayo
de luz de su linterna sobre la puerta de las casas silenciosas. La mancha
roja del farol de un coche brilló en una esquina y se desvaneció
enseguida. Una mujer, envuelta en un chal flotante, se desliaba lentamente
junto a las verjas, haciendo eses. De cuando en cuando deteniase y minaba
hacia atrás.
Una vez, rompió a cantan, con una voz agria. El policia se llegó
a ella y le dijo algo. Ella echó a andar de nuevo, dando traspiés
y riendo. Una ráfaga helada barrió la plaza. Los mecheros
de gas oscilaron, ponién-dose azules, y los árboles, desnudos
de hojas, entrechocaron sus ramas de aspecto metálico. Estremeciéndose,
cerró el balcón.
Después se dirigió ala puerta, que abrió, sin
una minada siquiera al muerto. Comprendia que el quid de todo aquello estaba
en no prestar demasiada realidad a la situación. El amigo que pintana
aquel retrato fatal, causa de toda su desgracia, habia desaparecido del
escenario de su vida. ¿No bastaba esto acaso?
Luego se acondó de la lámpara. Era de un curioso trabajo
moris-co, en plata mate, incrustada de arabescos de acero bruñido
y tachona-da de turquesas bastas. Acaso el criado las echara de menos y
preguntase pon ella. Vaciló unos segundos; al fin, volvió
atrás y la cogió de la mesa. No tuvo más remedio que
ver el cadáver. ¡ Que quieto estaba! ¡Qué espantosamente
blancas panecian las manos! Era como una horrenda imagen de cena.
Cerrando la puerta tras si, empezó a bajan sigilosamente la
escale-ra. La madera crujia, pareciendo quejarse. Varias veces se detuvo
y aguandó. No; todo estaba tranquilo. No era más que el resonar
de sus propios pasos.
Al llegar a la biblioteca vio la maleta y el abrigo en un rincón.
Era preciso ocultarlos. Abriendo un armario secreto, disimulado pon el
zócalo de madera, donde guardaba sus extraños disfraces,
escondió aquellos objetos. Más tarde podia quemarlos fácilmente.
Luego miró el reloj. Eran las dos menos veinte.
Tomó asiento y se puso a reflexionar. Todos los años
—todos los meses casi- ahorcaban a hombres en Inglaterra pon lo mismo que
él habia hecho. Una locura de crimen flotaba, sin duda, en el aine.
Algún rojo planeta se habia acercado demasiado a la tierra... Peno,
pon otra parte, ¿qué pruebas habia en contra suya? Basil
Hallwand salió de su casa alas once. Nadie le habla visto entrar
en ella de nuevo. Casi todos los criados estaban en Selby Royal. Su ayuda
de cámara se habia acostado... ¡Paris! Si, a Paris era donde
Basil se habia ido, y en el tren de las doce, como pensaba. Dada su habitual
reserva, pasarian meses antes de que nadie sospechase nada. ¡Meses!
Todo podia hacerse desa-parecen mucho antes.
Ocurriósele, de pronto, una idea. Se puso de nuevo el sombrero
y su gabán de pieles y salió al hall. Alli se detuvo, escuchando
el paso lento y pesado del policia en la acena, y viendo la reverberación
de la linterna en la ventana. Aguardó conteniendo el aliento.
Al cabo de unos instantes descorrió el cerrojo y se deslizó
fuera, cerrando la puerta con mucha cautela. Luego llamó, tirando
de la cam-panilla. A los cinco minutos, próximamente, apareció
su ayuda de cámara, a medio vestir, y apenas despierto.
—Siento haber tenido que despertarte, Francis —dijo Dorian, en-trando
-, peno me olvidé el llavin. ¿Qué hora es?
—Las dos y diez, señor --contestó el criado minando el
reloj y par-padeando.
—~,Las dos y diez? ¡Qué horriblemente tarde! Es preciso
que me despiertes a las nueve. Tengo mucho que hacen.
-Como el señor mande.
—~,Vino alguien esta noche?
—Mn. Hallward, señor. Estuvo aqui hasta las once y se fue para
no penden el tren.
—~Canamba, siento no haberle visto! ¿Dejó algún
recado?
—Ninguno, señor. Dijo solamente que ya le escribiria al señor
desde Paris, si no le encontraba en el club.
—Está bien, Francis. No te olvides de llamarme a las nueve.
—Descuide el señor.
Y el criado desapareció pon el pasillo, tambaleándose
de sueño y arrastrando las zapatillas.
Dorian Gray arrojó el sombrero y el abrigo encima de la mesa,
y entró en la biblioteca. Durante un cuarto de hora estuvo paseando
de arriba abajo pon el aposento, mordiéndose los labios y cavilando.
Al fin, cogió del estante la Guia y empezó a hojearla. !?Alan
Campbell, calle de Hertfond, 52, Mayfair!?. Si, aquél era el hombre
que él necesi-taba.
CAPITULO XIV
A las nueve de la mañana siguiente entró el criado con
una taza de chocolate en una bandeja, y abrió las maderas. Donan
dormia apa-ciblemente sobre el lado derecho, con la mejilla apoyada en
una mano. Parecia un niño cansado del juego o del estudio.
Dos veces tuvo que tocarle el criado en el hombro pana que se despertana,
y apenas abiertos los ojos, una vaga sonrisa cruzó pon sus labios,
como si hubiese estado pendido en algún pais delicioso del ensueño.
Sin embargo, él no habla soñado. Ninguna imagen aflictiva
o gozosa habia venido a turbarle. Peno la juventud sonne sin motivo. Es
uno de sus mayores encantos.
Dio media vuelta y, apoyado en el codo, empezó a sorben su cho-colate.
El blando sol de noviembre inundaba la estancia. El cielo estaba despejado,
y habla una confortable tibieza en el aine. Parecia casi una mañana
de mayo.
Gradualmente, los sucesos de la noche pasada se deslizaron con pies
silenciosos y teñidos de sangre en su espiritu, reconstituyéndose
con terrible claridad. Estremecióse al recuerdo de todo lo que habia
sufrido, y durante un momento volvió a apodenarse de él aquel
extraño sentimiento de odio contra Basil Hallward, que le habla
invadido la noche antes, al verle sentado en frente del cuadro, y que le
impulsara irresistiblemente a matarlo. Un calofrio le sacudió todo
el cuerpo. Arriba continuaria el cadáver, iluminado ahora pon el
sol. ¡Qué espan-toso era todo aquello! Semejantes horrores
estaban hechos para la oscuridad, no para la luz del dia.
Comprendió que, si continuaba cavilando en lo hecho, acabaria
pon enfermar o volvense loco. Habia pecados cuya fascinación más
estaba en el recuerdo que en la comisión de ellos, singulares triunfos
que halagan el orgullo más que las pasiones, y dan a la inteligencia
un vivo sentimiento de gozo, mayor que el que procuran, o pueden procu-ran
nunca, a los sentidos. Peno éste no era uno de ellos. Era algo que
debia apartarse enseguida del espiritu ser narcotizado con adormideras,
estrangulado a fin de que no le estrangulara a uno.
Al dar la media se pasó la mano pon la frente y, levantándose
lue-go apresuradamente, se vistió con más esmero aún
que de costumbre, eligiendo cuidadosamente la corbata y el alfiler con
que habia de pren-derla, y cambiando más de una vez de sortijas.
También empleó un buen rato en almorzar, probando de
todos los platos, hablando con su ayuda de cámara de la nueva librea
que tenia en proyecto para sus criados de Selby, y abriendo las cartas
recibidas. Algunas de ellas le hicieron sonnein. Tres parecieron molestarle
bas-tante. Otra la releyó varias veces, y al fin la rompió
con una leve mue-ca de hastio. !?~Qué cosa terrible es la memoria
de las mujeres!!?, como Lord Henry dijera en una ocasión.
Cuando hubo apurado su taza de café y enjugado lentamente sus
labios con una servilleta, se levantó y, mandando que aguardase
al criado, sentáse a la mesa de despacho y escribió dos cartas.
Una de ellas se la metió en el bolsillo; la otra, la entregó
al criado:
—Lleva esto al número 152 de la calle de Hertfond, Francis;
y si Mn. Campbell no estuviese en Londres, que te den su dirección.
En cuanto se quedó solo, encendió un cigarrillo, y maquinalmente
se puso a dibujar sobre una hoja de papel, trazando primero flores, motivos
arquitectónicos después, y al fin perfiles humanos. De pronto,
observó que todas las caras que dibujaba parecian tener una fantástica
semejanza con Basil Hallward. Frunciendo el ceño, se levantó
y fue ala libreria a cogen al acaso un volumen. Estaba resuelto a no pensar
en lo sucedido hasta que fuera absolutamente preciso.
Una vez echado en el diván, miró el titulo del libro.
Eran los Émaux et Camées de Gau tier, un ejemplar de la edición
Charpentier en papel Japón, con las aguas fuertes de Jacquemart.
Estaba encuadernado en piel vcnde limón, estampada con un enrejado
de oro, y unas grana-das minúsculas. Adrian Singleton se lo habia
regalado. Volviendo las hojas, tropezó su vista con la poesia sobre
la mano de Lacenaine, (Pierre François Lacenaire, ejecutado en París
el 19 de enero de 1836 por diversos asesinatos. Uno de los criminales más
favorecidos por la atención del público, que siguió
ávidamente su proceso. Escritor fracasado en vida, poco después
de su muerte apareció una recopilación de sus obras (muchas
de ellas apócrifas), titulada Mémoires, révélations
et poésies de Lacenaire, (1836, 2 vols.), la helada mano amarilla,
“du supplice encore mal lavée” , con su vello rojizo y sus dedos
de fauno. Instintivamente, se miró los dedos, afila-dos y blancos,
estremeciéndose ligeramente a pesar suyo. Continuó hojeando
el volumen, hasta que llegó a aquellas deliciosas estancias sobre
Venecia:
Sur une gammne chromatique,
Le sein de perles ruisselant,
La Venus de l’Adriatique
Sort de l’eau son cops rose et blanc.
Les dômes, sur l’azur des ondes
Suivant la phrase au pur contour,
S’enfent comete des gorges rondes
Que soulève un soupir d’amour.
L ‘ésquif aborde et me dépose,
Jetant son amarre au pilier,
Devant tuse façade rose,
Sur le marbre d un escalier
( En una gama cromática, —el seno goteando perlas, —la Venus
del Adriático —saca del agua su cuerpo blanco y rosado. —Las cúpulas,
sobre el azul de las olas—siguiendo la frase de contorno puro, —se hinchan
como redondos senos —que levanta un suspiro de amor. —El esquite aborda
y me deposita, —lanzando su amarra al pilar, —ante una fachada rosa, —sobre
el mármol de una escalinata”. —Esmaltes y Camafeos.
(Variaciones sobre el carnaval de Venecia. —En las lagunas).
¡Qué exquisitas eran! Leyéndolas, panecia bajanse
flotando pon los vendes canales de la ciudad de rosa y de nácar,
sentado en una góndola negra con proa de plata y cortinas arrastrando
sobre el agua. Las sim-ples lineas de los versos le recordaban estas estelas
azul turquesa que se dejan detrás al acencarse al Lido. Los destellos
súbitos de colon le traian a la memoria el relámpago de iris
y ópalo de los pájaros que revoloteaban en torno del Campanile,
colon de panal, o pasean, con gracia tan solemne, bajo las umbrosas y polvorientas
ancadas. Reclina-do en el diván y entornando los ojos, se nepetia
una y otra vez:
Devant una façade rose.,
Sur le marbre d’un escalier.
Toda Venecia estaba en estos dos versos. Recordó el otoño
que habia pasado alli, y un amor maravilloso que le arrastrara a toda suerte
de deliciosas locuras. En habian conservado el fondo propio a lo no-velesco;
y, para el verdadero romántico, el fondo lo es todo, o casi todo.
Basil habia pasado con él parte del tiempo, y se habia vuelto loco
con el Tintonetto. ¡Pobre Basil! ¡Qué muerte espantosa!
Suspinó, y volviendo al volumen trató de olvidar. Leyó
de las golondrinas que entran y salen volando en el cafetin de Esmirna,
donde los santones yacen en cuclillas repasando sus rosarios de ámbar,
y los mercaderes, tocados con sus grandes turbantes, fumando sus largas
pipas adornadas con borlas, y hablando gravemente entre si; leyó
del obelisco de la plaza de la Concordia, que llora lágrimas de
granito en un solitario destierro sin sol, con la nostalgia de las cálidas
riberas del Nilo, cubierto de lotos, donde hay esfinges, ibis rosados,
blancos bui-tres con garras donadas, cocodrilos de ojuelos de esmeralda,
que se arrastran entre el limo verdoso y humeante; se dejó llevar
pon aquellos versos que, trasponiendo en música un mármol
empañado pon los be-sos, hablan de aquella estatua enigmática
que Gautien compara a una voz de contralto, el monstre charmant que yace
acostado en la sala de pórfido del Louvre.., ( Ce que disent les
hirondelles, chanson d’automne. —Nostalgies d’obelisques. IL’obelisque
de París. —Contralto.)Peno, al cabo de unos momentos, le cayó
de las manos el libro. Se sentia nervioso, y un horrible acceso de miedo
se apoderó de él. ¿Y si Alan Campbell no se encontrase
en Inglaterra? Tendrían que pasar varios días antes de que
pudiese estar de vuelta. Eso si accedía a venir, que no era seguro.
¿Qué hacer entonces? Cada instante era de una importancia
vital.
Ellos habían sido muy amigos en otro tiempo, cinco años
antes; casi inseparables; realmente. Luego, la intimidad se había
roto brusca-mente. Ya, cuando se encontraban en sociedad, Donan Gray era
el único de los dos que sonreía; jamás Alan Campbell.
Este era un hombre joven, muy inteligente, a pesar de su escaso sentido
de las artes plásticas, y de su afición, igualmente moderada,
y ésa inculcada por Donan, a la belleza literaria. Su pasión
dominante era la ciencia. En Cambridge se pasaba la mayor parte del tiempo
en el laboratorio, y a fin de curso había siempre conseguido el
máximum de puntos en Ciencias Naturales. Luego, había continuado
fiel al estudio de la Química, y tenía un laboratorio particular,
en el que acostumbra-ba a encerrarse todo el día, con gran desesperación
de su madre, que se había hecho la ilusión de verle en el
Parlamento y tenía una vaga idea de que un químico era un
hombre que hacía retas. No obstante, era un músico excelente,
y tocaba el piano y el violín mejor que la mayoría de los
aficionados. Realmente, la música había sido el punto de
partida de su amistad con Donan; la música, y esa indefinible sugestión
que Do-nan parecía ejercer cuando se lo proponía, y que hasta
sin darse cuenta ejercía muchas veces. Se habían conocido
en casa de Lady Berkshire, una noche que tocaba allí Rubinstein,
y desde entonces, siempre se les veía juntos de la Opera y dondequiera
que se hacía buena música. Año y medio duró
esta intimidad. Campbell estaba siempre en Selby Royal o en la plaza de
Grosvenor. Para él, como para tantos otros, Donan Gray era el arquetipo
de cuanto había de extraordinario y de fascinador en la vida. Nadie
supo nunca si habían tenido entre sí algún motivo
de disensión y habían reñido; pero el caso es que
la gente observó que ya apenas cruzaban la palabra al encontrarse,
y que Campbell no tardaba en irse de toda reunión en que estaba
Dorian. Además, parecía haber cambiado; sufría de
cuando en cuando extrañas melancolías; había perdido
casi su afición a la música, y nunca quiso volver a tocar
en
La incertidumbre se hacía intolerable. Le parecía que
el tiempo se arrastraba con pies de plomo, mientras el viento maligno le
empujaba a él hacia el borde de un negro abismo. Sabía lo
que allí le esperaba; lo vela, y, estremeciéndose, se apretaba
con manos húmedas los párpados quemantes, como si quisiera
privar de la vida a su mismo cerebro y volver las pupilas a su cueva. Era
inútil. El cerebro tenía su propio alimento en que cebarse,
y la fantasía, que el tenor tomaba grotesca, se contorsionaba y
retorcía como un ser vivo, bailaba como un maniquí repugnante
sobre un tablado, y gesticulaba atrozmente. Luego, de pronto, detúvose
el tiempo. Sí: aquella cosa ciega y jadeante cesó de arrastrarse,
y horribles pensamientos, una vez muerto el tiempo, acu-dieron corriendo
y sacaron de su tumba un futuro espantoso, que le mostraron. Quedó
sin poder apartar de él los ojos. El mismo exceso de honor le convirtió
en piedra.
AI fin la puerta se abrió, y entró el criado. Donan volvió
hacia él los ojos vidriosos.
—Mr. Campbell, señor —anunció el ayuda de cámara.
Un suspiro de alivio brotó de sus labios secos, y el color volvió
a sus mejillas.
—Que pase enseguida, Francis.
El acceso de cobardía había pasado. Se sentía
ya otro hombre.
El ciado saludó, retirándose. Un instante después,
entraba Alan Campbell, muy serio y muy pálido, acentuada aún
más su palidez por el cabello negrísimo y las cejas oscuras.
—~ Gracias, Alan, gracias por haber venido!
—No pensaba volver a poner los pies en tu casa, Gray. Pero como decías
en tu carta que se trataba de una cuestión de vida o muerte...
Su voz era dura y glacial. Hablaba lentamente, pesando las pala-bras.
Había un no sé qué de desprecio en la mirada firme
y escrutadora que fijaba en Dorian. Conservaba las manos en los bolsillos
de su ga-bán de astracán, sin parecer haber advertido el
ademán efusivo de Do-rian.
—Sí, es una cuestión de vida o muerte, Alan; y no para
mí sólo. Siéntate.
Campbell se sentó en una mesilla, junto ala mesa, y Donan en-frente.
Los ojos de ambos se encontraron. En los de Dorian había una infinita
compasión. Sabía que lo que iba a hacer era horrible.
Al cabo de unos penosos momentos de silencio, se inclinó hacia
adelante, y dijo, muy despacio, pero acechando el efecto de cada pala-bra
sobre el rostro del recién llegado.
—Alan, en una habitación cenada que hay arriba, habitación
en que sólo yo entro, hay un hombre muerto sentado junto a una mesa.
Hará unas diez horas que ha muerto. No te muevas, ni me mires de
ese modo. Quien es ese hombre, por qué y cómo murió,
son extremos que no te conciernen. Lo que es preciso que hagas...
—~Basta, Gray! No quiero saber más. Si lo que me has dicho,
es o no cierto, allá tú. Me niego terminantemente a intervenir
de nuevo en tu vida. Guarda para ti tus horribles secretos. No me interesan
ya.
—Pues tendrán que interesarte, Ajan. Este, por lo menos. Lo
siento infinito por ti, Alan; pero no tengo otro remedio. Tú eres
el único hom-bre que puedes salvarme, y me veo obligado a acudir
a ti. Tú eres un sabio, Alan; para ti la Química no tiene
secretos; tú has hecho un sin fin de experimentos... Lo que tienes
que hacer ahora es destruir ese cuerpo que está arriba... destruirlo
por completo, sin que quede el me-nor vestigio de él. Nadie lo vio
entrar en la casa. Todo el mundo le supone a estas horas en París.
Antes de que se advierta su desaparición, pasarán meses.
Y, para entonces, no debe quedar aquí huella de di. Tú, Alan,
es preciso que lo conviertas, a él y cuanto a él pertenece,
en un puñado de cenizas que yo pueda fácilmente aventar.
—~Estás loco, Donan!
—~Ah! Esperaba que me llamases Dorian.
—Estás loco, te digo; loco, al imaginar que yo iba a mover un
dedo en tu ayuda; loco, al hacerme esa monstruosa confesión. Repito
que no quiero intervenir para nada en tu vida. ¿Crees que voy a
arriesgar mi reputación pon tu causa? ¿Qué me importa
a mi esa obra diabólica que intentas llevar a cabo?
—Fue un suicidio, Alan.
—Lo celebro. Pero, ¿quién lo trajo hasta aquí?
Tú, supongo.
—~,Te niegas, pues, a hacer esto pon mí?
—Naturalmente que me niego. Yo no tengo que ver lo más mínimo
en ello. Y se me da un ardite la vergüenza y el deshonor que te aguar-den.
Todo lo mereces. No creas que me apenaría verte cubierto de ignominia,
públicamente deshonrado. ¿Y te atreves a dirigirte a mi para
hacerme cómplice en un honor semejante? Creí que conocías
mejor a los hombres. Tu amigo Lord Henry Wotton, que ha sido tu maestro
en tantas cosas, no te enseñó mucha psicología que
digamos. Nada en el mundo podría decidirme a ayudarte. Te equivocaste
de hombre. Acude a alguno de tus amigos; y olvida que existo.
—Fue un asesinato, Atan. Yo fui quien te maté. Tú no
sabes lo que me había hecho sufrir. Sea cual sea mi vida, más
culpa ha tenido él de ella que el pobre 1 la”. Aunque no fuera esa
su intención, el resultado es el mismo.
—SUn asesinato! ¡Santo Dios, es posible que hayas llegado a eso!...
Yo no te delataré. Eso no es cosa mía. Además, ya,
sin que yo intervenga, te detendrán; puedes estar seguro. Nadie
comete un crimen sin caer en alguna torpeza. Pero yo no quiero tener nada
que ver con esto.
—Sí, tendrás que ver. Espera, espera un momento; escúchame
só-lo, Alan. Todo lo que yo te pido es que lleves a cabo un experimento
científico. Tú vas a hospitales y a depósitos de cadáveres,
y me parece que los honores que allí haces no te afectan en lo más
mínimo, ¿verdad?. Si en una sala de disección o en
un fétido laboratorio encontrases a este hombre sobre una mesa de
zinc, con goteras para dejan escurrir la sangre, te limitarías a
considerarlo como un simple motivo de expe-riencia. Ni un solo cabello
se erizaría en tu cabeza. No pensarías que ibas a hacen algo
malo. Antes bien: es muy probable que pensases que estabas trabajando en
beneficio de la humanidad, o acrecentando la suma de conocimientos del
mundo, o satisfaciendo una curiosidad intelectual, o cualquier cosa pon
el estilo. Lo que yo te pido que hagas ahora es simplemente lo que has
hecho tantas veces. Realmente, des-truir un cuerpo debe ser mucho menos
horrible que tus experimentos habituales. Y ten en cuenta que es la única
prueba contra mí. Si lo descubren, estoy pendido; y, si tú
no me ayudas, es seguro que acaba-rán pon descubrirlo.
—Olvidas que no tengo el menor deseo de ayudarte. Me es abso-lutamente
indiferente lo que pueda ocunirte. Allá tú.
—Te lo suplico, Alan. Piensa en la situación en que me encuentro.
Precisamente antes de que llegases estuve a punto de desmayarme de terror.
Algún día sabrás lo que es eso. ¡No, no pienses
en ello! Consi-dera la cuestión desde un punto de vista puramente
científico. Tú no preguntas de dónde provienen los
cadáveres que te sirven para tus experimentos. Tampoco preguntes
ahora. Ya te he dicho bastante. Peno te suplico que lo hagas. En otros
tiempos fuimos muy amigos, Alan.
—No me recuerdes esos tiempos, Dorian. Ya murieron.
—Los muertos, a veces, tardan en inse. El que está arriba no
quiere marcharse. Continúa sentado a la mesa, con la cabeza inclinada
y los brazos caldos. ¡Alan! ¡Alan! ¡Si tú no me
ayudas, estoy pendido! ¡Me ahorcarán, Alan! ¿No me
comprendes? ¡Me ahorcarán pon lo que he hecho!
—Es inútil prolongan esta escena. Me niego en absoluto a interve-nir.
Es una locura que te empeñes en ello.
—Je niegas?
—Sí.
—STe lo suplico, Alan!
—Es inútil.
La misma sombra de compasión pasó pon les ojeas de Dorian.
Extendiendo la mano cogió una hoja de papel y trazó en ella
unas cuantas palabras. Leyó dos veces lo escrito, dobló el
papel cuidadosa-mente y lo empujó hacia Campbell. Hecho esto, se
levantó y fue a la ventana.
Campbell le miró sorprendido; luego cogió el papel y
lo abrió. A medida que leía su rostro iba poniéndose
lívido. Al terminar, desplo-móse en la silla. Una horrible
sensación de malestar se apodenó de él. Le parecía
como si su corazón latiese descompasadamente en el vacío.
Al cabo de dos o tres minutos de un terrible silencio, Donan se volvió
y vino a colocarse detrás de él, poniéndole una mano
en el hombro.
—Lo siento infinito, Alan, puedes creerme —murmuró -; peno tú
no me has dejado otra altemativa. Ya tenía escrita una carta. Aquí
está. Mina la dirección. Si tú no me ayudas, la enviaré
a su destino. Ya sabes cuál será el resultado. Peno tú
me ayudarás, ¿vendad? No es posible que ahora te niegues.
Yo no quería recurrir a esto. Espero que me harás la justicia
de reconocerlo. Tú estuviste duro, despectivo, insultante. Me trataste
como nadie se ha atrevido nunca a tratarme... nadie vivo, al menos. Yo
lo soporté todo. Ahora, a mí me toca dictan condiciones.
Campbell se escondió el rostro entre las manos, y un estremeci-miento
le sacudió de pies a cabeza.
—Sí, a mi me toca dictar condiciones, Alan. Tú sabes
cuáles son. La cosa es muy sencilla. Vamos, no te agites así.
No hay más remedio que hacerlo. Ten calma, y hazlo.
Escapóse un gemido de labios de Campbell, que se puso a dar
diente con diente. El tic tac del reloj sobre la chimenea le parecía
divi-dir el tiempo en átomos separados de agonía, demasiado
terrible de soportar cada uno de ellos. Sentía como si un aro de
hierro le fuese apretando lentamente las sienes, como si el deshonor que
le amenazaba hubiera ya caído sobre él. La mano que se habla
posado encima de su hombro pesaba como una mano de plomo. Era insostenible.
Parecía aplastarle.
—Vamos, Alan, decídete enseguida.
—No puedo —dijo Campbell maquinalmente, como si las palabras pudiesen
cambiar las cosas.
—Es preciso. No puedes elegir. ¿A qué tardan, pues?
Campbell titubeó un momento.
—~,Hay fuego arriba?
—Sí, un aparato de gas.
—Tendré que in a casa pana traen algunas cosas del laboratorio.
—No, Alan, no saldrás de esta casa. Escribe en un papel lo que
ne-cesitas, y mi criado tomará un coche y te lo traerá todo.
Campbell ganapateó unas cuantas líneas, pasó el
secante sobre ellas y escribió en un sobre el nombre de su ayudante.
Dorian cogió la nota y la leyó atentamente. Luego tiró
de la campanilla y la entregó a su criado, con orden de estar de
vuelta con todo aquello lo antes posi-ble.
Al oír cenanse la puerta de la calle, levantó se nerviosamente
Campbell y se dirigió hacia la chimenea. Tiritaba como en un acceso
de fiebre. Cenca de veinte minutos transcurrieron sin que ninguno de los
dos hablase. Una mosca zumbaba ruidosamente en la estancia, y el tic tac
del reloj sonaba como el golpean de un martillo en el yunque.
Al dar la campana la una, Campbell se volvió y, minando a Do-rian,
vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Algo había en
la pureza y distinción de aquel rostro entristecido que pareció
exasperar-
le.
—SEnes un ser abyecto, completamente abyecto! —murmuró.
—~Calla, Alan! Me has salvado la vida -dijo Donan.
—Ju vida? ¡ Santo cielo, qué vida! Tú has ido de
corrupción en corrupción, hasta terminar ahora en el crimen.
Al hacen lo que voy a hacen, lo que tú me obligas a hacen, puedes
creen que no es en tu vida en lo que pienso.
—SAy, Alan! —murmuró Dorian, con un suspiro -. ¡Ojalá
tuvieses pon mi la centésima parte de lástima que yo siento
pon ti!
Y, al decir esto, le volvió la espalda y permaneció en
pie delante de la ventana, como si minase hacia el jardín.
Campbell no replicó nada.
Al cabo de otros diez minutos llamaron ala puerta y entró el
cria-do con un cofre de caoba lleno de drogas, un rollo de hilo de acero
y platino y dos grapas de hierro de forma un tanto extraña.
—~,Dejo aquí estas cosas, señor? —preguntó a Campbell.
—Sí —dijo Dorian -. Y me parece, Francis, que tengo otro recado
que mandarte. ¿Cómo se llama ese hombre de Richmond que surte
Selby de orquídeas?
—Harden, señor.
—Eso es, Harden. Pues bien: vas a in inmediatamente a Richmond a ver
a Harden en persona, y le dirás que envíe el doble de las
orquí-deas que habla encargado, incluyendo el menor número
posible de blancas. Y, mejor aún, ninguna. Hace un día soberbio,
Francis, y Richmond es un sitio precioso; de otro modo no me hubiera permitido
molestarte con esa comisión.
—Ninguna molestia, señor. ¿A qué hora quiere el
señor que esté de vuelta?
Dorian consultó con los ojos a Campbell.
—~,Cuánto tiempo emplearás en tu experimento, Alan? —preguntó
con voz tranquila e indiferente, como si la presencia de una tercera persona
le infundiese un valor extraordinario.
Campbell frunció el ceño y se mordió los labios.
—Unas cinco horas —repuso.
—Entonces será conveniente que estés de regreso a ¡as
siete y me-dia, Francis. O mina: déjame todo preparado pana vestirme,
y vete des-pués adonde quieras. Como ceno fuera de casa no te necesitaré.
—Gracias, señor —dijo el criado, saliendo de la habitación.
—Ahora, Alan, no hay un momento que penden. ¡Cómo pesa
esta caja! Yola llevaré. Carga tú con las otras cosas.
Hablaba de prisa y en tono autoritario, Campbell se sintió domi-nado
pon él. Salieron juntos del cuarto.
Al llegar al rellano de arriba, Dorian sacó la llave y la introdujo
en la cerradura. Luego, se detuvo, estremecido y turbado.
—Me parece que no voy a poden entrar, Alan —murmuró.
—No entres, Me es igual. No te necesito para nada dijo Campbell fríamente.
Dorian entreabrió la puerta. Al hacerlo pudo ver, iluminado
pon el sol, el rostro de su retrato, que parecía minarle de soslayo.
En el suelo, frente a él, yacía la cortina desganada. Recordó
que la noche anterior se había olvidado, pon primera vez en su vida,
de tapan el lienzo fatal, y estaba ya a punto de precipitanse hacia él
cuando dio un paso hacia atrás, espantado.
¿Qué horrible rocío rojo era aquel que brillaba,
húmedo y relu-ciente, sobre una de las manos, como si el lienzo
hubiese sudado san-gre? ¡Qué cosa espantosa! Más espantosa
le pareció en aquel momento que el cuerpo inerte y mudo que sabía
caído contra la mesa, aquella masa cuya sombra grotesca sobre la
alfombra manchada le mostraba que no se había movido, y seguía
allí tal como él la dejara.
Lanzó un profundo suspiro, abrió un poco más la
puerta y, con los ojos a medio cenar y apartando la cabeza, entró
rápidamente, resuelto a no dirigir una sola minada al muerto. Luego,
deteniéndose y reco-giendo la cortina de púrpura y oro, la
arrojó sobre el cuadro.
Allí permaneció, temiendo volvense, con los ojos fijos
en los ara-bescos del bordado. Oyó cómo Campbell entraba
el pesado cajón, y los hierros y todas las demás cosas necesarias
a su horrible trabajo. Pensó si él y Basil Hallward se habrían
encontrado alguna vez en sociedad y, en ese caso, qué opinión
habrían formado uno de otro.
—Déjame solo —dijo una voz dura detrás de él.
Dio media vuelta y salió apresuradamente, habiendo sólo
entre-visto el cadáver, echado ahora hacia atrás sobre el
respaldo de la silla, y a Campbell examinando aquel rostro amarillo y luciente.
Al bajar la escalera oyó girarla llave en la cerradura. Bastante
más de las siete eran cuando Campbell entró de nuevo en la
biblioteca. Estaba pálido, peno muy tranquilo.
—Hice lo que me pediste que hiciera —murmuró -. Adiós,
pues. ¡Y ojalá que no volvamos a vemos!
—~Tú me has salvado de la ruina, Alan! Jamás lo olvidaré
—dijo Donan simplemente.
Apenas hubo salido Campbell, subió. Había un espantoso
olor a ácido nítrico en la habitación. Peno aquella
cosa sentada a la mesa había desaparecido.
CAPITULO XV
Aquella misma noche, a las ocho y media, muy acicalado, con una gran
boutonnière de violetas en el frac, Dorian Gray era anunciado en
el salón de Lady Nanbonough. Las sienes le latían febrilmente,
y todo él se encontraba terriblemente excitado; peno, no obstante,
la nevenencia que hizo a la dueña de la casa, al besarle la mano,
fue tan natural y graciosa como de costumbre. Quizá nunca se siente
uno con mayor naturalidad que cuando se ve obligado a fingir. Seguramente
que nadie que hubiese visto aquella noche a Dorian Gray habría creído
que acababa de pasar pon una de las más horribles tragedias que
pue-dan encontranse en nuestros días. No era posible que aquellos
dedos tan finamente modelados hubiesen empuñado un cuchillo, para
matar, ni que aquellos labios sonrientes blasfemaran de Dios y de Su misericor-dia.
El mismo no podía menos de sorprendense de su tranquilidad, y pon
un instante sintió agudamente el terrible placer de una doble vida.
Era una reunión íntima, improvisada pon Lady Narbonough,
mujer inteligentísima, que, al decir de Lord Hcnry, todavía
conservaba restos de una notable fealdad. Se había mostrado esposa
excelente de uno de nuestros más concienzudos embajadores, y habiéndolo
ya entenado convenientemente en un mausoleo de mármol, dibujado
pon ella mis-ma, y casadas ya sus hijas con hombres ricos y un tanto maduros,
con-sagrábase ahora a los deleites de la novela francesa, la cocina
francesa y el esprit francés, cuando estaba a su alcance.
Dorian era uno de sus favoritos, y con frecuencia le decía que
se alegraba mucho de no haberle conocido en su juventud.
—Sé, amigo mío, que me habría enamorado locamente
de usted —agregaba -, y que no habría vacilado en cometen pon su
causa los mayo-res disparates. Afortunadamente, en aquel tiempo usted apenas
existía. Pon otra parte, me parece que jamás tuve ningún
flint con nadie. Culpa, al fin y al cabo, del pobre Narbonough. Era tan
corto de vista, que realmente no valía la pena de engañarle.
Sus invitados aquella noche eran poco pintorescos. El caso era, como
explicó a Donan, detrás de un abanico muy usado, que una
de sus hijas casadas había caído súbitamente sobre
ella, con intención de pasar una temporadita a su lado, y, como
si aún fuera poco, se había traído a su marido con
ella.
—Un verdadero abuso, amigo mío —cuchicheó -. Vendad es
que yo voy a su casa todos los veranos, a mi regreso de Homburg; peno hay
que tener en cuenta que una vieja como yo necesita oxigenanse de cuando
en cuando. Además, yo les despierto de la modona campestre. No puede
usted figuranse la vida que hacen allí. La vida de campo ideal.
Se levantan temprano, porque tienen tanto que hacen, y se acuestan temprano,
porque tienen tan poco en qué pensar. En toda la comarca no ha habido
un solo escándalo desde el tiempo de la reina Isabel; de modo que,
en cuanto acaban de cenar, se quedan dormidos. Tenga usted cuidado de no
sentarse junto a ninguno de los dos. Siénte-se usted aquí,
conmigo, y entreténgame.
Dorian murmuré un gracioso cumplido y paseó la minada
pon el salón. Sí, la reunión se presentaba aburrida.
Dos de los invitados le eran desconocidos, y el resto consistía
en: Emest Hanowden, una de esas medianías entre dos edades, tan
comunes en los clubs londinenses, que no tienen enemigos, peno que son
sinceramente detestados pon sus amigos; Lady Ruxton, mujer muy emperifollada,
frisando en los cua-renta y siete, con nariz de loro, que continuamente
estaba tratando de comprometense, peno que era tan irremediablemente fea
que, con gran desesperación suya, nadie quería nunca creen
nada contra ella; Mrs. Enlynne, una activísima insignificancia,
con un delicioso ceceo y cabe-llos rojo veneciano; Lady Alice Chapman,
hija de la dueña de la casa, muchacha desaliñada e insulsa,
con una de esas características fisono-mías británicas,
que, una vez vistas, no se recuerdan jamás, y su mari-do, un ser
de carrillos colorados, y patillas blancas, que, como tantos de su especie,
se figuran que una excesiva jovialidad puede compensar una carencia absoluta
de ideas.
Sentía casi haber venido cuando Lady Nanbonough, echando una
minada al gran reloj de bronce donado que sobre la chimenea vestida de
malva exhibía sus curvas aparatosas, exclamó:
—~ Qué malvado ese Henry Wotton en netrasarse de este modo!
Le avisé esta mañana, pon si acaso, y me prometió
venin sin falta.
Fue para Dorian un consuelo saber que Hany iba a venin, y ape-nas se
abrió la puerta y oyó su voz queda y musical prestando su
en-canto a una insincera lisonja, disipóse su tedio.
Peno en la mesa apenas comió bocado. Plato tras plato pasaron
sin que él los probase. Lady Nanbonough no cesó de quejarse
de lo que ella llamaba “un insulto a ese pobre Adolfo, que había
compuesto el menú exclusivamente para él”, y de cuando en
cuando Lord Henry clavaba los ojos en él, sorprendido de su silencio
y de su aine abstraído. El mayordomo llenaba con frecuencia su copa
de champagne. El bebía ávidamente, y su sed parecía
in en aumento.
—Dorian —dijo al fin Lord Henry, cuando sirvieron el chaudfroid -,
¿qué te ocurre esta noche? No pareces tú.
—Debe estar enamorado —gritó Lady Narbonough -, y teme de-círmelo,
pon medio a que me sienta celosa. Y tiene razón que le sobra. Seguramente
me sentiría.
-Querida Lady Narbonough —murmunó Dorian, sonriendo -, hace
toda una semana que no me he enamorado. Sí, desde que madame de
Fenol se fue de Londres.
—~Cómo podrán los hombres enamonanse de semejante mujer!
—exclamó la anciana señora -. Realmente no lo comprendo.
—Simplemente porque madame de Fenol le recuerda a usted aquellos tiempos
en que era usted una niña, Lady Nanbonough -dijo Lord Henry -. Es
el único lazo de unión entre nosotros y los vestiditos cortos
de usted.
—Madame de Fenol no me recuerda ni poco ni mucho mis vesti-ditos cortos,
Lord Henry. Peno yo la recuerdo en cambio a ella perfec-tamente cuando
estaba en Viena, hace ya treinta años, y los escotes que llevaba.
—Y que sigue llevando —replicó él, cogiendo una aceituna
con sus dedos afilados -. Cuando va bien vestida parece una edición
de lujo de una mala novela francesa. Realmente, es maravillosa, y llena
de sor-presas. Su capacidad de amor familiar es extraordinaria. Cuando
murió su tercer marido, sus cabellos se volvieron completamente
rubios de dolor.
-~Hany! -exclamó Dorian.
—SEs una explicación romántica! —dijo riendo Lady Nanbonough
-. ¡Peno su tercer marido, Lord Henry!
—LEso quiere decir que Fenol es el cuarto?
—Exactamente, Lady Nanbonough.
—No puedo creerlo.
—Bueno, pregúnteselo usted a Mn. Gray, que es uno de sus amigos
más íntimos.
—~,Es cierto, Mn. Gray?
—Así me lo ha asegurado ella, Lady Nanbonough —contestó
Donan
-. Yo le pregunté si, como Margarita de Navarra, conservaba
sus cora-zones embalsamados y los llevaba colgados de la cintura, y me
dijo que no, puesto que ninguno de los tres lo tenía.
—~ Cuatro maridos! ¡ Palabra, es trop de zéle!
—Trop d’audace, le dije yo —añadió Donan.
—~Qh!, ella tiene audacia pana eso y para mucho más. Y ¿cómo
es Fenol? No le conozco.
—Los maridos de las mujeres tan bonitas pertenecen a las clases criminales
-dijo Lord Henry, bebiendo a sonbitos su copa de vino.
Lady Narbonough le dio un golpecito con su abanico.
—No me extraña, Lord Henry, que el mundo diga que es usted muy
malo.
—Peno, ¿qué mundo dice eso? —preguntó Lord Henry,
levantando las cejas -. Debe ser el mundo próximo. FI actual y yo
estamos en la mejor armonía.
—Todas las personas que conozco dicen que es usted muy malo —exclamó
la anciana señora, meneando la cabeza.
Lord Henry pareció ponerse serio un momento.
—Es verdaderamente monstruosa —dijo al fin- la manera que tiene hoy
la gente de conducinse, diciendo, a espaldas de uno, cosas que son absolutamente
exactas.
—SEs incorregible! —exclamó Dorian, recostándose en la
silla.
—Espenémoslo así -dijo la ducha de la casa, riendo -.
Peno, real-mente, si todos ustedes adoran tan absurdamente a esa madame
de Fenol, no voy a tener más remedio, pana estar a la moda, que
casarme otra vez.
—Usted no puede volver a casarse, Lady Nanbonough —interrumpió
Lord Henry -. Fue usted demasiado feliz. Cuando una mujer se vuelve a casar
es porque aborrecía a su primer marido. Cuando un hombre se vuelve
a casan es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban su suerte;
los hombres arriesgan la suya.
—Nanbonough no fue perfecto —gritó la anciana señora.
—Si lo hubiese sido no le habría usted querido tanto, amiga
mía —replicó Lord Henry -. Las mujeres nos aman pon nuestros
defectos. Si tuviésemos bastantes nos lo perdonarían todo,
hasta nuestra inteligen-cia. Temo que, después de esto, no vuelva
usted a invitarme a comen, Lady Nanbonough; peno es la pura vendad.
—Naturalmente que es vendad, Lord Henry. Si las mujeres no les amásemos
a ustedes pon sus defectos, ¿dónde estarían todos
ustedes? No habría hombre que se casase. Serían ustedes una
colección de des-dichados solteros. Claro que esto no influiría
en ustedes gran cosa. Hoy todos los hombres casadas Viven como solteros,
y todos los solteros como casados.
—Fin de siécle —murmuró Lord Henry.
—Fin du globe —repuso Lady Nanbonough.
—~Ojalá fuera elfin du globe! ijo Dorian, suspirando -. La vida
es una gran desilusión.
—~ Pon favor, Mn. Gray —exclamó Lady Narbonough, poniéndose
los guantes -, no vaya usted a decirme que ha agotado la vida! Cuando un
hombre dice eso ya se sabe que es la vida la que le ha agotado a él.
Lord Henry es muy malo, y yo siento a veces no haberlo sido también;
peno usted ha nacido para ser bueno... ¡es usted tan guapo! Ya le
busca-ré yo a usted una mujer bonita. ¿No le parece a usted,
Lord Henry, que Mn. Gray debería casanse?
—Es lo que yo siempre le estoy diciendo -contestó Lord Henry,
inclinándose.
—Bueno, pues ya le buscaremos un buen partido. Esta noche me dedicaré
a estudiar el Debnett, (Guia de la aristocracia. De John Debrett, primer
autor del Pecrage of En-gland, Scotland and Ireland, y The Baronetage of
England, continuados hasta nuestros dias.), y haré una lista de
todas las muchachas elegibles.
—~,Con mención de sus edades, Lady Nanbonough? —preguntó
Do-rian.
—Naturalmente que sí; con sus edades, escritas a vuela pluma.
Pe-no no hay que precipitanse demasiado. Quiero que sea lo que The Mor-ning
Post llama una alianza adecuada, y deseo que ambos sean ustedes muy felices.
—~ Cuántas tonterías se dicen sobre los matrimonios felices!
—ex-clamó Lord Henry -. Cualquier hombre puede ser feliz con una
mujer, mientras no se enamore de ella.
—SAy, es usted un cínico tremendo! —dijo la anciana señora,
echando hacia atrás su silla, y haciendo una señal con la
cabeza a Lady Ruxton -. Vuelva usted pronto a comen conmigo. Es usted un
tónico maravilloso; mucho mejor que el que Sin Andrew me ha recetado.
Peno hágame usted una nota de invitados, de personas del agrado
de usted. Quiero que la reunión sea perfecta.
—~ Oh!, a mí me agradan los hombres que tienen un futuro y las
mujeres que tienen un pasado -contestó Lord Henry -. ¿O cree
usted que predominarían demasiado has mujeres?
—Lo temo -dijo ella riendo y poniéndose en pie -. Mil pendones,
mi querida Lady Ruxton —añadió -. No advertí que aún
no había termi-nado usted su cigarrillo.
—No se preocupe usted Lady Nanbonough. Ya, sin eso, fumo de-masiado.
No voy a tener más remedio que limitarme en lo futuro.
—No haga usted semejante cosa, Lady Ruxton —dijo Lord Henry -. La moderación
es una cesa fatal. Bastante, es tan malo como una co-mida. Más que
bastante, es tan bueno como un festín.
Lady Ruxton le miró con curiosidad.
—Venga usted a casa una tarde a explicarme eso, Lord Henry. La teoría
parece seductora —susurnó, saliendo del comedor.
—Ahora, mucho ojo con tardar demasiado hablando de política
y de escándalos —gritó Lady Narbonough desde la puerta -.
¡Qué reñimos, si no!
Los hombres se echaron a reír, y Mr. Chapman se levantó
solem-nemente del extremo de la mesa pana venin a sentarse en la cabecera.
Dorian Gray también cambió de sitio y fue a colocarse al
lado de Lord Henry. Mn. Chapman empezó a hablan en voz muy sonora
de la situa-ción en la Cámara de los Comunes, riéndose
a carcajadas de sus adver-sarios. La palabras doctrinario —palabra preñada
de terrones pana el espíritu británico— reaparecía
de cuando en cuando entre sus explosio-nes. Un prefijo reiterado servía
de adorno oratorio. Izaba el Union Jacks (Nombre familiar que se
da al pabellón de la Gran Bretaña.) sobre las cumbres del
pensamiento. La estupidez hereditaria de la raza —que él jovialmente
llamaba el profundo sentido común de los ingleses— era mostrada
como el verdadero baluarte de la sociedad.
Pon los labios de Lord Henry pasó una sonrisa, y volviéndose
mi-nó a Dorian.
—~,Te sientes mejor, querido? —preguntó —. Me pareció,
durante la cena, que no te encontrabas bien.
—Pues me encuentro perfectamente, Hany. Un poco cansado, si acaso.
—Anoche estuviste delicioso. La duque sita se quedó fascinada.
Me dijo que iría a Selby.
—Sí, me prometió venin hacia el veinte.
—~,Iná también Monmouth?
—~ Naturalmente, Harry!
—Me aburre de un modo horrible el tal Monmouth; casi tanto co-mo a
la duquesa. Esta es muy inteligente, demasiado inteligente para una mujer.
Carece de ese encanto indefinible que tienen los débiles. ¡Ah!,
los pies de arcilla es lo que hace tan precioso el oro de la estatua. Los
pies de ella son lindísimos, no cabe duda; peno no son de arcilla.
Pies de porcelana blanca, si quienes. Han pasado a través de las
llamas, y lo que el fuego no destruye, lo endurece. ¡Ah!, lo que
es experiencia no le falta.
—~,Desde cuándo está casada? —preguntó Dorian.
—Ella me ha dicho que desde hace una etemidad. Según el Pc-rage,
desde hace diez años. Peno diez años con Monmouth deben haber
sido como la etemidad; sin contar el tiempo. ¿Quién más
irá?
—~Oh!, los de costumbre: los Willoughby, Lord Rugby y su mujer, Lady
Nanbonough, Geoffrey Clouston... También he invitado a Lord Grotrian.
—Este me agnada -dijo Lord Henry -. A mucha gente no le es sim-pático;
peno yo lo encuentro encantador. Su educación siempre perfecta excusa
su toilett a veces rebuscada. Es un tipo absolutamente modemo.
—No sé si podrá venin, Hany. Es muy posible que tenga
que acompañan a su padre a Montecarlo.
—~Los parientes siempre inoportunos! Procura que venga. Y a propósito,
Dorian, ¿porqué te fuiste anoche tan temprano? Aún
no eran las once. ¿Qué hiciste después? ¿Te
fuiste a tu casa enseguida?
Dorian frunció el ceño, y pareció titubean un
momento.
—No, Harry -dijo al fin -; no volví a casa hasta eso de las
tres.
—~Estuviste en el club?
—Sí —contestó Donan. Enseguida, mordiéndose los
labios, se apresuró a añadir -: Es decir, no. No estuve en
el club. Estuve pasean-do. No recuerdo a punto fijo lo que hice... ¡Qué
curioso enes, Hany! ¡Cuánto te gusta entenarte de lo que uno
hace! Yo, en cambio, daría cualquier cosa pon olvidar lo que hago...
Volví a casa a las dos y me-dia, si te interesa saber la hora exacta.
Me había olvidado el llavín, y tuvo que abrirme el criado.
Si necesitas prueba de ello, puedes pre-guntánselo.
Lord Henry se encogió de hombros.
—~Como si a mí me importase eso algo, querido! Subamos al sa-lón...
No, gracias, Mn. Chapman, no quiero jerez... Algo te ha ocurrido a ti,
Dorian. Cuéntamelo. Esta noche, no estás en caja.
—No te preocupes pon mí, Hany. Me siento un poco nervioso, irritable;
eso es todo. Mañana o pasado iré pon tu casa. Ahora, despí-deme
de Lady Narbonough y preséntale mis excusas. Me molesta subir. Prefiero
irme a casa. Sí, debo irme a la cama.
—Como quieras, Dorian. Espero que mañana te veré en el
té. Ya sabes que irá la duquesa.
—Procuraré no faltan, Hany -contestó Dorian Gray, saliendo
de la habitación.
Volviendo hacia su casa, en el coche, sintió que el tenon, que
creía estrangulado, se había apoderado de él nuevamente.
La pregunta casual de Lord Henry le había hecho penden un momento
su sangre fría, y él necesitaba conservar muy tranquilos
sus nervios. Había algunos objetos peligrosos que destruir. Sintió
un calofrío, sólo a la idea de tocarlos.
Sin embargo, no había más remedio. Comprendiéndolo
así, en cuanto hubo cerrado la puerta de la biblioteca abrió
el armario secreto en que guardana el maletín y el abrigo de Basil
Hallwand. En la chime-nea ardía un gran fuego. Echó en él
otro leño. El olor del cuero quema-do y de las telas ardiendo era
horrible. Tres cuartos de hora tardó en consuminse todo. Al final,
se sentía mareado y desfallecido, y tuvo que quemar, en un afiligranado
braserillo de cobre, unas cuantas pastillas de Angel, y que nefrescarse
las manos y la frente con un vinagre almiz-clado.
De pronto, se estremeció. Sus ojos brillaron extrañamente,
y sus dientes mordiscaron nerviosamente el labio inferior. Entre dos de
las ventanas había un ancho escritorio florentino de ébano,
con incrusta-ciones de marfil y lapislázuli. En él tenía
Donan fijos los ojos, como si le fascinase y espantana, como si encerrase
algo que a la vez deseara y temiese. Su respiración se hizo más
precipitada. Un loco anhelo se apodenó de él. Encendió
un cigarrillo, que arrojó enseguida. Sus párpa-dos fueron
cerrándose, hasta que los largos flecos de sus pestañas toca-ron
casi las mejillas. Peno sus ojos continuaban clavados en el escrito-rio.
Al fin, se levantó del sofá en que estaba echado, dirigióse
hacia él y, después de abrirlo, tocó un oculto resorte.
Un cajoncito triangular salió lentamente. Sus dedos se hundieron
instintivamente en él y apre-saron algo. Era una cajita china, de
laca negra espolvoreada de oro, sutilmente trabajada, con un dibujo de
olas en los costados, y cuentas de cristal y borlas de hilos metálicos
colgando de los condones de seda. La abrió. Dentro había
una pasta verde con aspecto de cena y un olor penetrante.
Vaciló unos momentos, con una extraña sonrisa de éxtasis
en los labios. Luego, estremeciéndose, a pesan de que la atmósfera
del cuarto estaba terriblemente recalentada, se desperezó y miró
la hora. Faltaban veinte minutos para las doce. Volvió a dejar la
cajita en su sitio, cerró el escritorio y pasó a su alcoba.
La medianoche hacía sonar sus doce campanadas de bronce en el
aine fosco, cuando Dorian Gray, vestido pobremente, con una bufanda enrollada
al cuello, solfa sigilosamente de su casa. En la calle de Bond encontró
un hansom con un buen caballo. Lo llamó, y en voz baja dio una dirección
al cochero.
Este sacudió la cabeza, refunfuñando:
—Es demasiado lejos pana mí.
—Aquí tienes una libra esterlina —dijo Dorian -, y si vas deprisa
tendrás otra.
—Puede estar seguro el señor de que dentro de una hora estará
allí.
Y embolsando la propina hizo dar media vuelta al caballo, que arrancó
a paso largo en dirección al río.
CAPITULO XVI
Una lluvia fría empezaba a caen, y los reverberos empañados
bri-llaban mortecinamente entre la niebla. Los cafés iban cerrándose,
y a sus puertas se formaban grupos confusos de hombres y mujeres. De algunas
tabemas llegaba el eco de innobles risotadas. En otras vocife-raban y gritaban
los borrachos.
Reclinado dentro del hansom, con el sombrero calado hasta las cejas,
Donan Gray minaba con ojos indiferentes la vergüenza sórdida
de la gran ciudad, nepitiéndose de cuando en cuando a sí
mismo las palabras que le dijera Lord Henry el primer día que habló
con él: “Cu ran el alma pon medio de los sentidos, y los sentidos
pon medio del alma”. Sí, ése era el secreto. Más de
una vez lo había ensayado, y ahora lo ensayaría de nuevo.
Había fumaderos de opio donde se podía com-prar el olvido;
antros de honor, donde la memoria de los pecados pre-téritos podía
ser anulada pon la locura de los pecados presentes.
La luna pendía muy baja en el horizonte, como una amarilla cala-vera.
De cuando en cuando, una vasta nube informe extendía un brazo y
la ocultaba. Los mecheros de gas se hacían cada vez más escasos,
y las calles cada vez más estrechas y oscuras. El cochero se pendió
en aquel dédalo y tuvo que retroceden media milla para encontrar
el cami-no. Del caballo, chapoteando en los chancos, se elevaba una especie
de vaho. Los cristales laterales del hansom parecían forrados de
huata gris pon la bruma.
“Curan el alma pon medio de los sentidos, y los sentidos pon me-dio
del alma...!? ¡Cómo sonaban aquellas palabras en sus oídos!
Sí, su alma se sentía mortalmente enferma. ¿Sería
vendad que los sentidos podían curarla? El había derramado
sangre inocente. ¿Cómo expiar aquello? ¡Ay!, pana aquello
no había expiación alguna; peno, aunque el pendón
fuera impasible, aún era posible el olvido, y él estaba resuelto
a olvidar, a abolir aquello, a aplastarlo como se aplasta la víbora
que nos ha mordido. Realmente, ¿qué derecho tenía
Basil a hablarle del modo que lo hizo? Le había dicho cosas atroces,
abominables, que no podían tolenanse.
El coche avanzaba, cada vez más despacio. Pon lo menos, tal
le parecía. Abrió la trampilla y gritó al cochero
que fuese más deprisa. Una terrible necesidad de opio empezó
a remorderle. Le ardía la gar-ganta, y sus manos delicadas se crispaban
nerviosamente. Como un loco se puso a golpear al caballo con su bastón.
El cochero se echó a reír, y fustigó al animal. El,
entonces, rió contestando, y el hombre calló.
El camino parecía interminable, y las calles como la tela negra
de una anaña invisible. La monotonía se hacía insoportable,
y sintió miedo al ver espesarse la niebla.
Luego pasaron junto a unos tejares desiertos. La bruma era allí
menos densa, y dejaba ver los extraños homos en forma de botella
con sus lenguas de fuego naranja en abanico. Un peno ladró al paso
de ellos, y lejos, en la oscuridad, chilló una gaviota errante.
El caballo tropezó en un releje, se desvió a un lado bruscamente
y salid luego al galope.
Al cabo de poco tiempo salieron del camino arcilloso y volvieron a
rodar estrepitosamente sobre una calle mal empedrada. La mayoría
de las ventanas estaban a oscuras; peno de cuando en cuando se pro-yectaban
sobre algunas persianas iluminadas siluetas de sombras fan-tásticas.
El las minaba con curiosidad. Movíanse cual fantoches grotescos,
y accionaban como senes vivos. Los detestó con toda su alma. Una
rabia sonda habla invadido su corazón. AI volver una esqui-na, una
mujer les gritó algo desde el umbral de una puerta, y dos hom-bres
echaron a corren detrás del hansom cenca de doscientas yardas. El
cochero les azotó con la fusta.
Dicen que las pasiones nos hacen pensar en círculo. Y la vendad
es que los labios mordidos de Dorian, una y otra vez repetían, con
horrible insistencia, aquellas palabras especiosas sobre el alma y los
sentidos, hasta haber encontrado en ellas la expresión absoluta,
pon decirlo así, de su estado de espíritu, y justificado,
con su asentimiento intelectual, pasiones que, sin esa justificación,
le habrían dominado lo mismo. De célula en célula
se arrastraba en su cerebro un solo pensa-miento; y un frenético
deseo de vivir, el más terrible de todos los ape-titos humanos,
avivaba y encendía cada nervio y cada fibra de su ser. La fealdad
que antaño aborreciera, pon prestar realidad alas cosas, le era
ahora preciosa pon la misma razón. La fealdad era lo único
real. Las disputas y pendencias groseras, los burdeles infectos, la cruda
violencia de una vida de desorden, la misma vileza del ladrón y
el proscrito, eran más vivas, en su intensa actualidad de impresión,
que todas las formas graciosas del arte y las sombras de ensueño
de la poesía. Eran lo que él necesitaba para olvidan. En
tres días se vería libre.
De pronto, con un brusco tirón de riendas, paró el coche
a la en-trada de un sombrío callejón. Pon encima de los tejados
y de las chime-neas asomaban los mástiles negros de los barcos.
Espinales de neblina se adherían, como velas espectrales, a las
vengas.
—~,Es pon aquí, vendad? —preguntó con voz nonca el cochero
a tra-vés de la trampilla.
Dorian despertó sobresaltado de su abstracción y miró
en tomo suyo.
—Sí, aquí es —contestó, bajando apresuradamente
del coche.
Y después de pagar lo ofrecido al cochero, encaminóse
rápida-mente hacia el muelle.
De trecho en trecho brillaba una linterna en la popa de algún
enorme navío mercante. La luz se quebraba y desmenuzaba en las aguas.
A bordo de un trasatlántico, de escala hacia un puerto extranje-ro,
que estaba carboneando, velase un resplandor rojo. El pavimento, resbaladizo,
parecía un mojado capote.
Apretando el paso torció hacia la izquierda, minando atrás,
de cuando en cuando, pana ver si le seguían. Al cabo de siete u
ocho mi-nutos llegó frente a una casucha, de aspecto sórdido,
enclavada entre dos fábricas miserables. En una de las ventanas
superiores brillaba una lámpara. Se detuvo y llamó a la puerta
de un modo especial.
Al poco tiempo oyó pasos en el portal y desenganchar la cadena.
La puerta se abrió nuevamente, y Dorian entró sin decir palabra
a la vaga figura inclinada que pareció inconponarse a la sombra
para dejarle paso. Al extremo del aposento colgaba una cortina verde en
jirones, que el viento que había entrado con él de la calle
movía y agitaba. La apartó a un lado y entró en una
habitación, baja de techo y muy langa, que parecía haber
sido en otro tiempo un salón de baile de tercer orden. Todo alrededor
ardían numerosos mecheros de gas, con una luz res-plandeciente,
que apagaban y deformaban los espejos, sucios de mos-cas, que tenían
enfrente. Los mugrientos reflectores de estaño acanalado semejaban
discos rutilantes de luz. El piso estaba cubierto de un aserrín
ocre, salpicado en muchos sitios de barro y con manchones oscuros de licores
derramados. Unos cuantos malayos, en cuclillas junto a un hornillo encendido
de carbón vegetal, jugaban con fichas de hueso, enseñando
al hablar los dientes blancos. En un rincón, sobre una mesa, con
la cabeza escondida entre los brazos, yacía un marinero, y delante
del mostrador, bárbaramente pintado, que ocupaba todo un lado, estaban
dos mujeres demacradas haciendo burla de un viejo que cepillaba las mangas
de su gabán con expresión de repugnancia.
—Cree que está lleno de hormigas rojas -exclamó una de
ellas, riendo, al pasar Donan.
El viejo la miró aterrado, y se puso a lloriquear.
Al extremo de la habitación había una escalera que conducía
a otro cuarto en penumbra. Subiendo los tres peldaños desvencijados,
llegó hasta él el olor pesado del opio. Respinó profundamente,
y las aletas de su nariz palpitaron de placer. Al entrar, un joven de finos
cabellos rubios, que estaba inclinado sobre una lámpara encendiendo
una pipa larga y delgada, levantó hacia él los ojos, y después
de titu-bear un instante, le hizo una leve inclinación de cabeza.
—Jú aquí, Adrian? —murmuró Dorian.
—~,Y dónde iba a estar? -contestó el mozo con indiferencia
-. Na-die quiere tratarme ya...
—Creí que te habías manchado de Inglaterra.
—Danlington no quiere hacen nada... Mi hermano al fin aceptó
el pagaré... Jorge tampoco me dirige la palabra... Me tiene sin
cuidado —añadió con un suspiro -. Teniendo esta droga, no
hacen falta amigos. Demasiados amigos he tenido...
Dorian dio un paso atrás y miró a su alrededor aquellos
senes grotescos que yacían sobre las sucias colchonetas. Los miembros
retor-cidos, los labios caídos, los ojos fijos y opacos, le fascinaban.
El sabía en qué extraños paraísos estaban padeciendo,
y qué tenebrosos infier-nos les enseñaban el secreto de algún
nuevo goce. Todos ellos eran más dichosos que él. El estaba
aprisionado en su pensamiento. La memoria, como una horrible enfermedad,
le iba carcomiendo el alma. A veces le parecía ver los ojos de Basil
Hallward minándole. Sin em-bargo, comprendía que no podía
quedarse allí. La presencia de Adrian Singleton le turbaba. Deseaba
estar donde nadie supiese quién era. Deseaba escapan de sí
mismo.
—Me voy a otro sitio —dijo al fin, después de un silencio.
—~Al del muelle?
—Sí.
—Allí debe estar esa loca. Aquí no la quieren ya.
Dorian se encogió de hombros.
—Estoy cansado de las mujeres que le aman a uno. Las mujeres que nos
odian son mucho más interesantes. Además, el opio es mejor.
—Igual.
-Pues me gusta más. Ven a beben lo que quieras. Tengo sed.
—No me apetece nada —murmuré el meno.
—No importa.
Adrian Singleton se levantó con trabajo, y siguió a Dorian
hasta el mostrador. Un mulato, con un gabán raído y un turbante
hecho hara-pos, les saludó con una mueca innoble, y colocó
ante ellos una botella de aguardiente y dos vasos. Las mujeres se acercaron
y se pusieron a hablan. Dorian les volvió la espalda, y dijo algo
en voz baja a Adrian Singleton.
Una sonrisa aviesa como un cris malayo, contrajo el rostro de una de
las mujeres.
—~Qué orgullosos nos sentimos esta noche, amigos! -exclamó
en tono burlón.
—~Ten la bondad de no dirigirme la palabra! —gritó Dorian, dando
una patada en tierra -. ¿Qué es lo que quienes? ¿Dinero?
Ahí va. Peno no vuelvas a hablarme.
Dos chispas rojas centellearon pon un momento en los ojos mor-tecinos
de la mujer; peno enseguida se apagaron, dejándolos tan hela-dos
y opacos como antes. Inclinó la cabeza, y recogió del mostrador
las monedas con dedos ávidas. Su compañera la miró
con envidia.
—Es inútil —suspinó Adrian Singleton -. No tengo interés
en des-andan lo andado. ¿Para qué? Aquí me siento
completamente feliz.
—~,Me escribirás, si necesitas algo? —preguntó Dorian,
después de una pausa.
—Acaso.
—Buenas noches, pues.
—Buenas noches —contestó el joven, subiendo la escalerilla y
se-cándose los labios con el pañuelo.
Dorian se dirigió hacia la puerta con una expresión dolorida.
Ya levantaba, para salin, la cortina, cuando una risa soez brotó
de los la-bios pintados de la mujer que había cogido el dinero.
—~Ahí va el contrato del diablo! —aulló con voz nonca.
—~Maldita! contestó él -. ¡No me llames así!
—~Bueno; te llamaremos entonces el Príncipe! ¿No es así
como te gusta que te llamen? —chilló ella, chasqueando los dedos.
El adormilado marinero se puso en pie de un salto al oírla,
y miró salvajemente a su alrededor. A sus oídos llegó
el ruido de la puerta de la calle al cenarse. Sin vacilan, se precipitó
corriendo hacia ella.
Dorian Gray caminaba deprisa, a lo largo del muelle, a través
de la llovizna. Su encuentro con Adrian Singleton le había singularmente
conmovido, y empezaba a preguntarse si realmente la ruina de aquella vida
podría canganse en su cuenta, como Basil Hallward le dijera de un
modo tan insultante. Mordió se los labios, y pon un momento se entris-tecieron
sus ojos. Peno, después de todo, ¿qué podía
importarle aque-llo? La vida es demasiado corta pana cargar ubre nuestros
hombros los errores ajenos. Cada hombre vive su propia vida, y paga su
precio pon vivirla. La lástima es tener que pagan tan a menudo pon
una sola falta.
Una y otra vez, y siempre, nos vemos obligadas a pagan. En sus tratos
con el hombre, el Destino jamás cierra sus cuentas.
Hay momentos, nos dicen los psicólogos, cuando la pasión
del vi-cio —o lo que el mundo llama vicio- domina de tal modo nuestra natu-raleza,
en que cada fibra del cuerpo, como cada célula del cerebro, parecen
animanse con terribles impulsas. Hombres y mujeres, en esos momentos, pierden
la libertad de su albedrío. Caminan como autóma-tas hacia
su horrible fin. Les es arrebatada toda facultad de elección, y
la conciencia misma queda muerta, o, si vive, es sólo pana dar su
atrac-tivo a la rebeldía, y a la desobediencia su encanto. Pues
todos los peca-dos, como no se cansan de recordamos los teólogos,
son pecados de desobediencia. Cuando aquel espíritu soberbio, aquella
estrella matuti-na del mal cayó del ciclo, cayó pon rebelde.
Endurecido, concentrado en el mal, con el espíritu impuro y
el alma sedienta de rebelión, Donan Gray caminaba, apretando cada
vez más el paso, cuando al entran en un sombrío pasaje cubierto,
que a menudo le había servido de atajo pana in hacia aquel tugurio,
se sintió bruscamente cogido pon detrás, y antes de que pudiera
defendense se veía lanzado contra el muro, y una mano brutal le
apretaba la garganta.
Dorian Gray luchó desesperadamente pon su vida, y con un terri-ble
esfuerzo consiguió zafanse de aquellas dedos que le ahogaban. Inmcdiatamente
oyó el ruido que hace el gatillo de un revólven al montarse,
y vio el destello de un cañón bruñido apuntando a
su cabeza, y la forma oscura de un hombre bajito y fomido frente a él.
—~,Qué quiere usted? —balbuceó.
—~ Quieto! -ordenó el hombre -. ¡ Como te muevas, te mato!
—Usted está loco. ¿Qué le he hecho yo a usted?
—Tú destruiste la vida de Sibyl Vane —fue la respuesta -, y
Sibyl Vane era mi hermana. Sibyl se suicidó. Lo sé. Su muerte
es obra tuya. Juré matarte, en castigo, si algún día
te encontraba. Llevo años buscán-dote. Peno no tenía
el menor indicio, la menor huella. Las dos personas que te conocían
de vista habían muerto. Yo no sabía de ti más que
el nombre con que ella acostumbraba a llamarte: ¡el Príncipe!
Pon casua-lidad lo he oído pronunciar esta noche. Ponte bien con
Dios, que te juro que vas a morir esta noche.
Dorian Gray estuvo a punto de desmayanse de miedo.
—Yo no he conocido a esa mujer que usted dice —tartamudeó -.
En mi vida oí hablar de ella. Usted está loco.
—Más te valdría confesar tu crimen; pues tan cierto como
me lla-mo James Vane que vas a morir.
El momento era terrible. Dorian no sabía qué hacen ni
qué decir.
—~ De rodillas! —gruñó aquel hombre -. Un minuto te doy
para que reces; ni uno más. Me embanco esta noche para la India,
y antes tengo que dejar saldada esta cuenta. ¡Un minuto! ¡Ni
uno más!
Los brazos de Dorian cayeron inertes. Paralizado de tenon, no se le
ocurría nada. De pronto, una insensata esperanza fulgunó
en su espí-ritu.
—SUn momento! —gritó -. ¿Cuánto tiempo hace que
murió su her-mana? ¡Pronto!
—Dieciocho años —repuso el hombre -. ¿Pon qué
me lo preguntas? ¿Qué tienen que ver los años?
—~Dieciocho años! —exclamó Donan con una risa de triunfo-¡Dieciocho
años! Vamos hasta un farol, y vea usted mi cara.
James Vane vaciló un instante, sin comprenden qué quería
decir aquello. AI fin, cogió a Dorian Gray y lo arrastró
fuera del pasadizo.
A pesar de lo débil y oscilante, la luz del reverbero, que el
viento azotaba, le sirvió al marinero para mostrarle el terrible
error (tal le pareció, al menos) que había cometido, pues
el rostro de aquel hombre que estuviera a punto de matar, conservaba toda
la frescura de la ado-lescencia, toda la pureza inmaculada de la juventud.
Parecía un mance-bo de poco más de veinte abriles, apenas
mayor que debía ser su hermana cuando se separó de ella hacía
tantos años. Era evidente que aquél no podía ser el
hombre que él buscaba.
Le soltó, y retrocedió tambaleándose.
—~Santo Dios! ¡Santo Días! -exclamó -. ¡Y
pensar que he estado a punto de matarle!
Donan Gray nespinó.
—Sí; ha estado usted a punto de cometen un crimen espantoso,
amigo mío —dijo, minándole con severidad -. Que esto le sirva
de ad-vertencia pana no tratan de tomanse pon sí mismo la venganza.
—Pendón, pendón, caballero —balbuceó James Vane
-. Me han en-gañado. Una palabra que oí pon casualidad en
esa maldita taberna, me lanzó sobre esta pista falsa.
—Haría usted bien en inse a su casa y en guardar ese revólven,
que podría traerle a usted algún disgusto —dijo Dorian, dando
media vuelta y alejándose despacio.
James Vane se quedó aterrado, en medio de la calle. Un temblor
convulsivo le sacudía de pies a cabeza. Al cabo de un breve rato,
una sombra negra, que había venido arrastrándose pegada a
la pared, avan-zó hacia la luz y se acercó a él a
paso de lobo. De pronto, James Vane sintió una mano que se posaba
en su brazo, y volvióse sobresaltado. Era una de las mujeres que
estaban antes bebiendo en la tabema.
—~,Pon qué no lo mataste? —silbó ella entre dientes,
acercando su cana desencajada ala de él -. Comprendí que
le seguías cuando saliste corriendo. ¡Idiota! Deberías
haberle matado. Es rico, y más malo que la tiña.
—No es el hombre que yo buscaba —replicó él -, y no necesito
el dinero de nadie. ¡La vida de un hombre es lo que necesito! Peno
el hombre que yo busco debe andan cenca de los cuarenta, y éste
casi es un niño. A Dios gracias, no he llegado a manchanme las manos
con su sangre.
La mujer rió amargamente.
—~Casi un niño! -exclamó con una risita sardónica
-. ¡ Sí, sí! ¡Pronto hará dieciocho años
que el Príncipe me convirtió en lo que soy ahora!
—~Mientes! —rugió James Vane.
Ella levantó hacia el ciclo las manos, y gritó:
—~Juno ante Dios que digo la vendad!
—~Ante Dios?
—~Que me deje muda si miento! ¡Es el más infame de los
senes que vienen aquí! ¡Dicen que ha hecho un pacto con el
diablo para conservan su hermosura! Pronto hará dieciocho años
que le conocí, y está casi lo mismo que entonces. ¡En
cambio, yo!... —añadió con una minada de tristeza.
—~,Lo juras?
—Lo juro —profirieron roncamente los labios sumidos de la mujer -Peno
no vayas a delatarme a él —gimió -. Le tengo miedo... Dame
algo para pasar la noche...
James Vane se sepanó de ella con una blasfemia, y echó
a corren hacia la esquina próxima; peno ya Dorian Gray no estaba
a la vista. AI volvense, vio que la mujer también había desaparecido.
CAPITULO XVII
Una semana más tarde se encontraba sentado Dorian Gray en el
inver-nadero de Selby Royal, conversando con la bellísima duquesa
de Monmouth, que con su marido, un sesentón de aspecto cansado,
for-maba parte de sus invitados. Era la hora del té, y la luz suave
de la enorme lámpara velada de encajes que había encima de
la mesa ilumi-naba las porcelanas delicadas y la plata repujada del servicio,
que pre-sidía la duquesa.
Las blancas manos de ésta se movían graciosamente entre
las ta-zas, y sus labios purpurinos sonreían a unas palabras que
Dorian le había susurrado al oído. Lord Hcnry yacía
recostado en un sillón de mimbre tapizado de seda, contemplándoles
atentamente. Sentada en un diván colon de albérchigo, Lady
Nanbonough aparentaba escuchar la descripción que le estaba haciendo
el duque del último escarabajo brasileño con que había
enriquecido su colección. Tres jóvenes, vesti-dos de smoking
y un tanto exagerados en su toilette, ofrecían las pastas a las
señoras. La partida se componía de doce personas, y se esperaban
algunas más para el día siguiente.
—~,De qué hablan ustedes? ¿Puede saberse? —preguntó
Lord Hen-ry, acercándose a la mesa y dejando en ella su taza —.
Supongo que Dorian te habrá dicho mi proyecto de nebautizanlo todo,
Gladys. ¿Ven-dad que es una idea admirable?
—Peno yo no necesito que vuelvan a bautizarme, Hany —replicó
la duquesa, —minándole con sus ojos maravillosos -. Estoy muy contenta
con mi nombre, y me parece que Mn. Gray tampoco está descontento
del suyo.
—Pon nada del mundo querría yo, mi querida Gladys, cambiar el
nombre de vosotros dos. Ambos son perfectos. No, yo pensaba sobre todo
en las flores. Ayer corté una orquídea para mi ojal. Era
una mara-villa de flor, toda moteada, tan vistosa como los siete pecados
capita-les. En un momento de irreflexión pregunté su nombre
a uno de los jardineros, que me dijo que era un hermoso ejemplan de Rohinsoniana,
u otro honor pon el estilo. Es una triste vendad; peno no cabe duda de
que hemos pendido el don de dar nombres bellos alas cosas. Y los nombres
son todo. Yo no discuto ni me irrito nunca pon los hechos. Mi caballo de
batalla son siempre las palabras. Pon eso detesto en literatura el realismo
vulgar. El hombre capaz de llamar azada a una azada debe-ría verse
condenado a usarla. Seguramente es lo único para que sirve.
—Y a ti, ¿cómo quienes que te llamemos, Hany? —preguntó
la du-quesa.
—Su nombre es: el príncipe Paradoja -dijo Dorian.
—~Imposible confundirle! —exclamó ella.
—~No, no, de ningún modo! —protestó riendo y dejándose
caen en un sillón Lord Henry -. ¡Nada de etiquetas! No hay
quien se salve de una etiqueta. Rehuso el título.
—~Las Majestades no pueden abdicar! —advirtieron los labios pur-purinos.
—~Quienes, entonces, que defienda mi trono?
—Sí.
—Yo digo las verdades de mañana.
—Prefiero los errores de hoy —repuso ella.
—Me desarmas, Gladys —exclamó él, prosiguiendo el juego.
—Del escudo, Hany; peno no de la lanza.
—Yo no puedo justan contra la belleza —protestó él de
nuevo, agi-tándolas manos.
—Mal hecho, Hany, créeme. Colocas la belleza demasiado alta.
—~,Cómo es posible que digas eso? Confieso que me parece prefe-rible
ser hermoso a ser bueno. Peno, pon otra parte, nadie más dispuesto
que yo a reconocen que es preferible ser bueno a ser feo.
—~,Entonces la fealdad es uno de los siete pecados capitales? —ex-clamó
la duquesa -. ¿A qué queda entonces reducida la comparación
que hiciste de la orquídea?
—La fealdad es una de las siete virtudes mortales, Gladys. Tú,
co-mo buena conservadora, no debes meno spreciarlas. La cerveza, la Biblia
y las siete virtudes mortales han hecho a nuestra Inglaterra lo que es.
—~,De modo que no amas a tu país? —interrogó ella.
—En él vivo.
—Para poden censurarlo mejor.
—c,Quenrías, entonces, yerme compartir el veredicto que Europa
ha dictado sobre él?
—~,Qué dicen de nosotros?
-Que Tartufo ha emigrado a Inglaterra y ha puesto tienda en ella.
—~,Es tuya la frase, Hany?
—Te la regalo.
—Gracias, no podría usarla. Es demasiado cierta.
—No tengas miedo. Nuestros compatriotas nunca reconocen nada.
—Son prácticos.
—Más astutos que prácticos. Cuando hacen su balance compensan
la ¡estupidez con la riqueza y el vicio con la hipocresía.
—Sin embargo, hemos hecho grandes cosas.
—Esas grandes cosas nos las echaron encima, Gladys.
—Peno llevamos su peso.
—Hasta la Bolsa nada más, amiga mía.
Ella sacudió la cabeza, y exclamó:
—Yo creo en la raza.
—Representa la supervivencia de los activos.
Va en progreso.
—Me interesa más la decadencia.
—Y el Arte, ¿qué es?
—Una enfermedad.
~Y el Amor?
—Una ilusión.
—~,Y la Religión?
—El sustitutivo a la moda de la fe.
—Tú enes un escéptico.
—~ Jamás! El escepticismo es el comienzo del credo.
—~Qué enes entonces?
—Defininse es limitanse.
—Dame algún hilo que me sirva de guía.
—Los hilos se rompen. Te penderías en el laberinto.
—Me aturdes. Hablemos de otra cosa.
—Nuestro anfitrión es un tema delicioso. Hace años le
pusieron el nombre de: el Príncipe de los cuentos de hadas.
—SAy, no me recuerdes eso! —exclamó Donan Gray.
—El anfitrión no está de humor esta noche —dijo la duquesa,
rubo-rizándose levemente -. Me parece que piensa que Monmouth se
casó conmigo exclusivamente pon motivos científicos, como
el mejor ej em-plar que pudo encontrar de la mariposa moderna.
—Peno espero que no tendrá la intención de clavarla a
usted con un alfiler, duquesa —replicó riendo Donan.
—~Oh!, ya se encarga mi doncella de pincharme cuando la moles-to.
—~,Y cómo puede usted molestarla, duquesa?
—Pon las cosas más insignificantes, Mn. Gray, se lo aseguro.
Gene-ralmente porque llego a las nueve menos diez y le digo que tengo que
estar vestida pana las ocho y media.
—~ Qué poco razonable! Debería usted negañarla.
—No me atrevo, Mn. Gray; además, me inventa sombreros. ¿Re-cuerda
usted aquel que llevaba en la gandenpanty de Lady Hilstone? No, no se acuerda
usted; peno es una delicadeza el aparentarlo. Bueno, pues estaba hecho
con nada. Todos los buenos sombreros están hechos con nada.
—Como todas las buenas reputaciones, Gladys —interrumpió Lord
Henry -. Cada éxito nos trae un enemigo. Para ser popular es preciso
ser mediocre.
—No con las mujeres -dijo la duquesa, moviendo negativamente la cabeza
-. Y las mujeres gobiernan al mundo. Te aseguro que noso-tras no podemos
soportan a los mediocres. Las mujeres, como ha dicho alguien, amamos con
los oídos, así como ustedes los hombres, aman con los ojos
si es que realmente aman...
—Me parece que nunca hacemos otra cosa —susunó Dorian.
—~Ah!, entonces no debe usted haber amado de vendad nunca —re-plicó
la duquesa, fingiendo tristeza.
—Mi querida Gladys -exclamó Lord Henry -, ¿cómo
es posible que digas eso? Lo romántico vive a fuerza de nepetinse,
y la repetición convierte un apetito en un arte. Además,
cada vez que se ama es la única vez que se ha amado. La diferencia
de objeto no altena la unidad de la pasión. La intensifica, simplemente.
En la vida podemos tener, a lo sumo, una sola gran experiencia, y el secreto
de la vida consiste en reproducir esta experiencia tan a menudo como sea
posible.
—~,Hasta cuando le ha dejado a uno maltrecho, Harry? —preguntó
la duquesa, después de un momento de pausa.
—Especialmente cuando le ha dejado a uno maltrecho--contestó
Lord Henry.
La duquesa se volvió y miró a Dorian con una singular
expresión en los ojos.
—~,Qué dice usted a eso, Mn.Gnay? —preguntó.
Dorian vaciló un instante. Luego, echando hacia atrás
la cabeza, repuso riendo:
—Yo siempre estoy de acuerdo con Hany, duquesa.
—~,Hasta cundo no tiene razón?
—Hany siempre tiene razón.
—~,Y le hace a usted dichoso su filo sofia?
—Yo nunca he buscado la felicidad. ¡Qué importa la felicidad!
Yo he buscado el placer.
~Y encontrado, Mn.Gnay?
—Muchas veces. Demasiadas.
La duquesa suspinó.
—Yo busco ahora la paz —dijo -, y si no voy enseguida a vestirme, no
podré tenerla esta noche.
—Penmitame usted que le ofrezca unas orquídeas, duquesa —ex-clamó
Dorian, poniéndose en pie y dirigiéndose a un extremo del
in-vernadero.
—No estás muy acertada en tu flint —dijo Lord Henry a su prima
-. Deberías tener cuidado. Es demasiado sugestivo.
—Si no lo fuera, no habría lucha.
—~,Griegos contra griegos, entonces?
—Yo estoy del lado de los troyanos. Luchaban pon una mujer.
—Fueron vencidos.
—Hay cosas peones que la denota -contestó ella.
—Galopas a rienda suelta.
—La velocidad nos da vida.
—Lo apuntaré en mi diario esta noche.
—(~El qué?
—Que el niño que se quema ama el fuego.
—Yo, ni siquiera me he chamuscado. Mis alas permanecen intac-tas.
—Las usas para todo, menos para huir.
—El valor ha emigrado de los hombres a las mujeres. Una nueva experiencia
para nosotras.
—Tienes una rival.
—~,Quién?
—Lady Narbonough —murmuró él riendo -. Está locamente
enamo-rada de él.
—Me das miedo. El culto de la antigüedad nos es fatal a los que
somos románticos.
—~,Románticas vosotras? ¡ Si tenéis todos los métodos
de la cien-cia!
—Los hombres nos han educado.
—Peno no explicado.
—Definenos como sexo —le desafió ella.
—Esfinges... sin enigma.
Ella le miró sonriendo.
—~Cómo tarda Mr. Gray! ijo, al cabo de un momento -. Vamos a
ayudarle. Se me olvidó decirle el colon de mi traje.
—~Ah!, tú debes acomodan tu traje a sus flores, Gladys.
—Eso seria una rendición prematura.
—El arte romántico comienza pon el fin.
—Tengo que conservan una posibilidad de retinada.
—~,A la manera de los Parthos?
—Estos encontraron refugio en el desierto. Yo no podría hacerlo.
—No siempre podéis elegir las mujeres -contestó él.
Peno apenas había acabado la sentencia cuando del fondo del
in-vernadero llegó un grito ahogado, seguido del ruido que hace
al caen un cuerpo pesado. Todo el mundo se puso en pie. La duquesa quedó
petri-ficada de honor. Y Lord Henry, con ojos de susto, se precipitó
a través de las palmeras y halló a Dorian Gray, que yacía
sobre las baldosas, con el rostro contra tierra, sin dar señales
de vida.
Inmediatamente fue llevado al saloncito azul y depositado sobre uno
de los divanes. AI poco rato volvió en sí y miró en
tomo suyo con ojos extraviados.
—~,Qué ha sucedido? —preguntó -. ¡Ah!, ya recuerdo.
¿Estay en salvo aquí, Hany?
Y empezó a temblar febrilmente.
—Mi querido Donan —le tranquilizó Lord Henry -; fue un simple
desmayo. No hay pon qué asustarse. Acaso un exceso de cansancio.
No deberías bajan a cenan. Yo haré tus veces.
—No; bajané —replicó Dorian, levantándose con
un esfuerzo. Pre-fiero bajar. No quiero quedarme solo.
Y fue a vestinse a su cuarto.
Toda aquella noche, en la mesa, dio muestras de un buen humor despreocupado
y casi frenético; peno, de cuando en cuando, un calofrío
de terror le sacudía todo el cuerpo, al recordar que, pegada a un
cristal del invernadero, como un blanco pañuelo, había visto
la cara de James Vane espiándole.
CAPITULO XVIII
Al día siguiente no salid de la casa, pasando casi todo el tiempo
en su cuarto, enfermo de miedo a morir, y, no obstante, indiferente a la
vida en sí misma. El saberse perseguido, acechado, espiado, le aterraba.
Si el viento movía las cortinas, ya estaba temblando. Las hojas
secas que revolaban contra los cristales le evocaban sus bríos pasados,
sus ar-dientes remordimientos. En cuanto cenaba los ojos, volvía
a ver el rostro del marinero, minándole a través del cristal
empañado, y una vez más hacía presa el miedo en su
corazón.
Peno quizá sólo fuera su imaginación la que habla
suscitado el es-pectro de la venganza y traído a sus ojos las formas
odiosas del castigo. La vida actual era un caos; peno en la imaginación
habla algo terrible-mente lógico. La imaginación es la que
pone al remordimiento sobre la pista del pecado. La imaginación
es la que da a cada crimen su prole deforme. En el mundo común de
los hechos los malos no eran castiga-dos, ni recompensados los bueno s.
El éxito se entregaba al fuerte, el fracaso correspondía
a los débiles. Esto era todo.
Pon otra parte, si algún extraño hubiese estado rondando
la casa, los criados o los guardas no habrían podido menos de verle.
Se habrían encontrado huellas sobre las platabandas; los jardineros
habrían venido a decínselo.
Sí, no cabía duda de que era una simple ilusión.
El hermano de Sibyl Vane no había venido allí para matarle.
Se había embarcado en su barco, para in a naufragar en algún
man lejano. No tenía pon qué temen nada. Además, aquel
hombre no sabía, ni podía saber, quién era él.
La máscara de la juventud le había salvado.
No obstante, aunque aquello no hubiese sido más que una ilusión,
¿no era terrible pensar que la conciencia podía suscitar
semejantes fantasmas, y darles forma visible y hacerlos mover ante uno?
¡Qué vida la suya si, día y noche, las sombras de su
crimen venían a ace-charle desde los callados rincones, a hacerle
burla desde sus escondri-jos, susurrando a su oído al sentarse a
la mesa, despertándole de su sueño con dedos glaciales! A
esta idea, que se insinuó en su espíritu, palideció
de tenon, y el aine se le antojó de pronto más frío.
¡Ah; en qué maldita hora de locura habla matado a su amigo!
¡Qué horrendo el simple recuerdo de la escena! ¡Todavía
la estaba viendo! Cada espan-toso detalle volvía a su memoria, aumentado
en honor.
De la negra caverna del tiempo, terrible y vestida de escarlata, surgía
la imagen de su crimen.
Cuando Lord Henry vino alas seis, le encontró llorando.
Hasta el tercer día no se atrevió a salin afuera; había
algo en el ai-ne claro y saturado de olor a pino de aquella mañana
de invierno que pareció devolverle su alegría y su ansia
de vivir. Peno no fueron sólo las condiciones fisicas del medio
ambiente la causa del cambio. Su misma naturaleza acababa pon nebelarse
contra el exceso de angustia que había tratado de perturban y corrompen
la perfección de su sosiego. En los temperamentos sutiles, y de
una sensibilidad experimentada, siempre ocurre esto. Las pasiones violentas
aniquilan o ceden. O matan al hombre, o mueren ellas. Los dolore s superficiales
o los amones so-meros son los que viven. Los grandes amones y los grandes
dolores, su propia plenitud los destruye. Además, había acabado
pon convencense de que había sido víctima de su imaginación
sobreexcitada, y conside-raba ahora sus tenores pasados con cierta compasión
y un poco de desprecio.
Después de almorzar estuve paseando cenca de una hora pon el
jardín, en compañía de la duquesa. Luego montó
en su tílburi y atrave-só el parque en dirección al
coto, pana ver la cacería. La escarcha que-bradiza parecía
sal sobre la hierba. El ciclo era como una copa invertida de metal azul.
Una tenue película de hielo orlaba el lago sembrado de juncos.
En una esquina del pinar vio a Sin Geoffrey Clouston, hermano de la
duquesa, extrayendo de su escopeta dos cartuchos descargados. Saltando
de su carricoche, y diciendo al lacayo que volviera a la casa, se dirigió
hacia su huésped a través de los helechos secos y la maleza
espinosa.
—~,Ha cazado usted mucho, Geoffrey?
—No mucho, Dorian. Me parece que casi toda la caza se ha ido al llano.
Espero que después de comen, cuando cambiemos de terreno, habrá
más.
Dorian siguió andando junto a él. El aine vivo y aromático,
las lu-ces obscuras y rojizas del bosque, los gritos roncos de los ojeadores
que retumbaban de cuando en cuando, y las detonaciones secas de las escopetas,
absorbían su atención, llenándole de un delicioso
senti-miento de libertad. Se sintió dominado pon la despreocupación
del bienestar, pon la suprema indiferencia del gozo.
Súbitamente, de un montecillo de hierba, a unas veinte yardas
de distancia, tiesas las orejas rematadas de negro y extendidas las largas
patas traseras, saltó una liebre, que se precipitó a buscar
refugio en un bosquecillo de olivos. Sin Geoffrey se echó la escopeta
a la cara, peno había tal gracia en los movimientos del animal,
que Dorian Gray se sintió seducido y le gritó:
—~No tine usted, Geoffrey!, Déjela vivir.
—~ Qué tontería, Donan! -contestó riendo su compañero.
Y dispanó en el preciso momento en que la liebre alcanzaba el
bosquecillo.
Se oyeron dos gritos: el grito de una liebre herida, que es espanto-so,
y el grito de un hombre en agonía, que es peon aún.
—~ Santo ciclo! ¡ He herido a un ojeador! —exclamó Sin
Geoffrey -. ¿Cómo habrá venido ese asno a ponénseme
delante de la escopeta? ¡Alto el fuego! —gritó a voz en cuello
-. ¡Un hombre herido!
El ojeador mayor acudió corriendo con un palo en la mano.
—~,Dónde, señor? ¿Dónde está? —gritó.
Al mismo tiempo cesó el fuego.
—Aquí —indicó Sin Geoffrey, encolerizado, precipitándose
hacia el bosquecillo - ¿Cómo demonios no coloca usted mejor
a sus hombres? Ya me han estropeado el día.
Dorian les miró entran en la espesura, apartando a un lado las
ra-mas. A los pocos momentos volvieron a aparecen, trayendo entre los dos
un cuerpo. Apartó los ojos, horrorizado. Oyó cómo
Sin Gcoffrey preguntaba sí el hombre estaba muerto, y la respuesta
afirmativa del ojeador. El bosque le pareció animanse bruscamente
de rostros. Se oía el pisar de innumerables pies, y un vago zumbido
de voces. Un gran faisán, de buche donado, pasó volando pon
encima de ellos.
Al cabo de unas instantes, que, en su estado de turbación, fueron
pana él como horas interminables de sufrimiento, sintió posarse
una mano en su hombro. Volvió se con un estremecimiento.
—Donan dijo Lord Henry -. ¿No crees que debería darse
pon ter-minada la cacería de hoy? No parece bien proseguirla.
—~Ojalá se diera pon terminada pana siempre, Hany! -contestó
amargamente -. Ha sido espantoso. ¿Está?... —y no se atrevió
a concluir la frase.
—Mucho lo temo —repuso Lord Henry -. Recibió toda la carga en
mitad del pecho. La muerte debió ser instantánea. Vamos a
la casa.
Caminaron uno junto al otro, en dirección a la alameda, pon
e spa-cio de unas cincuenta yardas, sin hablar. Al fin, Dorian miró
a Lord Henry, y exclamó con un suspiro:
—~ Mal agüero, Harry, mal agüero!
—LEI qué? —preguntó Lord Hcnry -. ¡Ah!, ese incidente...
¡Qué se le va a hacen, querido! La culpa fue suya. ¿Quién
le mandó colocarse delante de la escopeta? Además, ni tú
ni yo tenemos nada que ver en ello. Claro que para Geoffrey no deja de
ser desagradable. Siempre es molesto el cazar a un ojcadon. Le gente se
figura que uno es un tirador aturdido. Y, realmente, no es éste
el caso; Geoffrey tira de un modo excelente. Peno, en fin, ¿a qué
hablar más de ello?
Donan sacudió la cabeza.
—Mal agüero, Hany. Me da el corazón que a alguno de nosotras
va a ocurrirnos una desgracia. Quizás a mí mismo —añadió,
pasándose la mano pon los ojos, con un gesto de dolor.
Lord Henry se echó a reír.
—La única desgracia de este mundo, es el hastío, Dorian.
Este es el solo pecado pana el que no hay remisión. Afortunadamente,
ambos estamos libres de él. A no ser que se empeñen en comentan
lo sucedido en la mesa. Les advertiné que queda prohibido el tema.
En cuanto a agüeros, te diré que no existen. El destino no
nos envía heraldos. Es demasiado prudente o demasiado cruel pana
hacerlo. Pon otra parte, ¿qué es lo que podría sucederte
de malo, Dorian? Todo lo que un hom-bre puede desean en el mundo, lo tienes.
No creo que haya nadie que no se cambiase de buena gana pon ti.
—No hay nadie con quien yo no me cambiaría, Hany. Note rías
así. Te estoy diciendo la vendad. Ese infeliz aldeano que acaba
de mo-rir es más feliz que yo. No es que yo tema la muerte. No;
lo que me atena son sus preliminares. ¡ Sus alas monstruosas parecen
agitarse en el aine pesado!...~Santo cielo! ¿No ves a un hombre
escondido, allí, detrás de los árboles? ¡Me
espía, me aguarda!...
Lord Henry miró en la dirección que indicaba la trémula
mano enguantada.
—Sí, en efecto —dijo sonriendo -, allí veo al jardinero
aguardándo-te. Supongo que querrá preguntarte qué
flores pone esta noche en la mesa. ¡Qué desatados tienes hoy
los nervios, querido! Debes in a con-sultan a mi médico, cuando
regreses a Londres.
Dorian exhaló un suspiro de alivio al ver acencanse al jardinero.
Este se llevó la mano al sombrero, miró un momento hacia
Lord Hen-ry, pareció titubean, y, al fin, sacó una carta
que tendió a Dorian.
—La señora duquesa me ha dicho que esperase la contestación
—munmuró.
Dorian se guardó la carta en el bolsillo.
—Dile a la señora duquesa que allá voy —dijo fríamente.
El jardinero dio media vuelta y se alejó rápidamente
en dirección a la casa.
—~Qué afición tienen las mujeres a hacen cosas arriesgadas!
—ex-clamó riendo Lord Henry -. Es una de las cualidades que más
admiro en ellas. Una mujer flirteará con quien sea, mientras la
estén minando.
—~Y qué afición tienes tú a decir cosas arriesgadas,
Hany! En este caso, pon ejemplo, vas completamente descaminado. Yo estimo
mucho a la duquesa; peno no la quiero.
—Y la duquesa te quiere mucho; peno te estima menos. De modo que os
equilibráis y haréis una excelente pareja.
—Eso ya entra en el terreno de la maledicencia, Hany, y la male-dicencia
siempre carece de base.
—La base de toda maledicencia es una certidumbre inmoral —re-plicó
Lord Henry, encendiendo un cigarrillo.
—Pon un epigrama sacrificarías a tu mejor amigo, Harry.
—La gente va al ara pon su propio pie —contestó Lord Henry.
—~Ojalá pudiese yo aman! -exclamó Dorian Gray, con acento
hondamente patético —. Peno me parece haber pendido toda pasión,
y olvidado el deseo. Estoy demasiado concentrado en mí mismo. Mi
personalidad ha llegado a convertinse en una carga para mí. Necesito
huir, irme lejos, olvidar. Ha sido una tontería al venin aquí.
Voy a tele-grafiar a Harvey para que tenga preparado el yate. En un yate
se está a salvo...
—~,A salvo de qué, Donan? Algo te pasa. ¿Pon qué
no decírmelo? Bien sabes que te ayudaría en lo que fuese.
—No puedo decírtelo, Hany -contestó Dorian con tristeza
-. Pon otra parte, es muy posible que todo sean aprensiones. Este desdichado
accidente me ha trastornado. No sé pon qué, tengo el presentimiento
de que algo parecido va a ocurrirme a mí.
—~Qué tontería!
—Así espero; peno no pon eso puedo dejar de sentirla. ¡Ah!,
ahí viene la duquesa, semejante a Artemisa en traje sastre. Ya ve
usted que hemos vuelto, duquesa.
—Sé todo lo ocurrido, Mn. Gray —contestó ella -. ¡Pobre
Geoffrey! Está disgustadísimo. Y, según parece, usted
le rogó que no tirase, ¿ven-dad? ¡Qué curioso!
—Sí, muy curioso. No sé pon qué se lo dije. Un
capricho supongo. ¡Estaba tan graciosa, tan bonita, la liebre!...
Siento que le hayan conta-do a usted el suceso. Es un tema de conversación
lamentable.
—Aburridísimo —interrumpió Lord Henry -, no tiene el
menor inte-rés psicológico. ¡Otra cosa sería
si Geoffrey lo hubiese hecho a propó-sito! Me gustaría conocen
a alguien que hubiese cometido un verdadero crimen.
—~ Qué horrores estás diciendo, Hany! —exclamó
la duquesa -. ¿Vendad, Mn. Gray? ¡ Hany, Mn. Gray vuelve a
sentir mal! ¡ Va a des-mayarse!
Dorian se rehizo, con un gran esfuerzo, y sonrió, murmurando:
—No es nada, duquesa. Los nervios, que andan un poco desquicia-dos.
Simplemente... Me parece que anduve demasiado esta mañana... No
oí lo que decía Hany. ¿Era algo malo? Ya me lo contará
usted en otra ocasión... Quizás hiciera bien en in a acostarme.
Ustedes me dis-pensarán, ¿vendad?
Habían llegado ante la gran escalinata que comunicaba al inver-nadero
con la terraza.
Apenas se hubo cenado tras Dorian la puerta de cristales, Lord Henry
se volvió hacia la duquesa, fijando en ella sus ojos adormilados.
—~,Estás muy enamorada de él? —preguntó.
Ella tardó unos instantes en contestan, absorta en la contempla-ción
del paisaje.
—~ Me gustaría saberlo! -dijo al fin.
El sacudió la cabeza.
—El conocimiento seria fatal. La incertidumbre es lo que subyuga. La
bruma hace parecen todo maravilloso.
—Peno puede hacerle penden a uno el camino.
—Todos los caminos conducen al mismo fin, mi querida Gladys.
—~Y es?
—La desilusión.
—Esa fue mi entrada en la vida —suspinó ella.
—Peno vino a ti coronada.
—Estoy cansada en las hojas de fresa (Adorno heráldico de las
coronas ducales.)
—Te sientan bien.
—En público sólo.
—Las echarías de menos —advirtió Lord Hcnry.
—No pienso desprenderme ni de un solo pétalo.
—Monmouth tiene oídos.
—La vejez es un poco sonda.
—~,Nunca se ha sentido celoso?
—~Oj alá se hubiera sentido!
Lord Henry miró en torno suyo, pon el suelo, como buscando al-go.
—~,Qué buscas? —preguntó ella.
—El botón de tu florete —contestó él -. Se te
ha caído.
La duquesa se echó a reír.
—Aún conservo la careta.
—Que presta mayor encanto a tus ojos —replicó él.
Ella rió de nuevo, mostrando los dientes, que semejaban las
pe-pitas blancas de un fruto escarlata.
Arriba, en su cuarto, yacía Dorian Gray sobre un diván,
temblan-do de miedo con todas las fibras de su cuerpo. La vida se había
vuelto de pronto una carga demasiado pesada para él. La muerte espantosa
de aquel infortunado ojeador, matado en el bosquecillo como un animal agreste,
se le antojaba una prefiguración de su muerte. Poco te había
faltado para desmayanse al oír lo que dijera Lord Hcnry bromeando
un tanto cínicamente.
A eso de las cinco llamó al criado, y le dio orden de que tuviera
listo el equipaje para el expreso de la noche, y de que estuviese el co-che
enganchado a las ocho y media. Estaba resuelto a no pasan una noche más
en Selby Royal. Era un lugar de mal agüero. La muerte rondaba pon
él libremente, sin temen siquiera la luz del sol. La hierba del
bosque había sido manchada de sangre.
Luego puso unas líneas a Lord Henry, diciéndole que se
iba a Londres a consultan a su médico, y rogándole que hiciera
los honores de la casa en su ausencia. Metiéndola estaba en el sobre
cuando llama-ron ala puerta, y el ayuda de cámara le informó
de que el ojeador ma-yor deseaba verle. Frunció el ceño y
se mordió los labios.
-Que entre —dijo al cabo de unos momentos de duda.
Apenas entró el ojeador, sacó Dorian de un cajón
de la mesa su libro de cheques y lo abrió.
—Supongo que vendrá usted con motivo del desgraciado accidente
de esta mañana, ¿no es eso, Thornton? —preguntó, cogiendo
una pluma.
—El señor lo ha dicho -contestó el guarda.
—~,Estaba casado el infeliz? ¿Tenía familia? —preguntó
Dorian con aine de hastío -. Si es así, querría que
no quedasen en la miseria, y estoy dispuesto a entregarles la cantidad
que usted estime necesaria.
—El caso es que no sabemos quién es el muerto. Pon eso me he
permitido venin a molestar al señor.
—~,Que no saben ustedes quién es? -dijo Dorian con indiferencia
-. ¿Cómo es posible? ¿No te había tomado usted?
—No, señor. En mi vida le había visto. Más bien
me parece que tiene aspecto de marinero.
La pluma resbaló de los dedos de Dorian, que sintió como
si el corazón le cesase de latir súbitamente.
—~,De marinero? —gritó -. ¿Dice usted que de marinero?
—Sí, señor. Parece como si hubiera sido marinero. Tiene
tatuados los brazos.
-~,Y no se le ha encontrado nada? —interrogó Dorian, inclinándose
hacia adelante y clavando en el hombre los ojos anhelantes -. ¿Algo
que nevelase su nombre?
—Un poco de dinero, nada más... No mucho; y un revólven
de seis tinos. Peno nada que indicase su nombre. El aspecto no parecía
malo; un poco ordinario, peno de persona decente. Un marinero seguramente.
Dorian se puso en pie de un salto. Una esperanza terrible se le ha-bía
presentado; y él se aferraba a ella desesperadamente.
-~,Dónde está el cadáver? —preguntó con
voz entrecortada. ¡Pron-to! Es preciso que yo lo vea enseguida.
—Está en uno de los establos vacíos de la granja. A nadie
le gusta tener un cuerpo desconocido en su casa. Dicen que los muertos
traen mala sombra.
—~,En la granja? Vaya usted inmediatamente, y espéneme allí.
Di-ga usted al salin, a uno de los criados, que me ensillen, sin penden
un minuto, el caballo... O no; déjelo usted. Mejor será que
vaya yo mismo a la cuadra. Así ganaremos tiempo.
Menos de un cuarto de hora después bajaba Donan Gray a todo
galope la extensa avenida. Los árboles parecían pasan junto
a él en una procesión de espectros, y sombras extrañas
venían a cortarle el camino. Una vez, la yegua se asustó
de un poste pintado de blanco, y estuvo a punto de despedirle. El le cruzó
el cuello con el látigo. Cortaban el aine de la noche como una flecha.
La grava del camino volaba bajo sus cascos.
Al fin llegaron ala granja. Dos hombres vagabundeaban pon el patio.
Saltando a tierra, le arrojó las riendas a uno. En el establo más
apartado brillaba una luz. Algo pareció advertirle de que allí
estaba el cuerpo. Precipitándose hacia la puerta, puso la mano en
el cerrojo para desconenlo.
Vaciló entonces un momento, comprendiendo que estaba al bonde
de un descubrimiento del que dependía su vida. Peno, reuniendo sus
fuerzas, abrió la puerta y entró.
Sobre un montón de sacos vacíos, en un rincón
del fondo, yacía el cadáver de un hombre, vestido con una
camisa ordinaria y un pantalón azul. Un pañuelo todo sucio
le cubría el rostro. A su lado chisporrotea-ba una vela de sebo
sujeta en una botella.
Dorian Gray se estremeció. No sintiéndose capaz de levantar
pon sí mismo el pañuelo, llamó a uno de los mozos
de la granja para que lo hiciera.
—Quita eso. Quiero verle la cara —ordenó, buscando apoyo en
el quicio de la puerta.
Cuando hubo hecho el mozo lo que le mandaban, Dorian dio un paso adelante.
Un grito de alegría irrumpió en sus labios. ¡El hombre
que habían matado en el bosquecillo era James Vane!
Permaneció todavía unos minutos contemplando el cadáver.
Al regresar a la casa, tenía los ojos llenos de lágrimas.
¡Sabía que estaba salvado!
CAPITULO XIX
—No comprendo a qué viene el decirme que quienes volverte bue-no
—exclamó Lord Henry, sumergiendo sus dedos blancos en un bol de
cobre rojo lleno de agua de rosas- ¿No enes acaso, perfecto? Ten,
pues, la bondadde no cambiar.
Donan Gray sacudió negativamente la cabeza.
—No, Hany; tú no sabes las maldades que llevo hechas en mi vi-da.
He resuelto no hacen ninguna más. Ayer comencé mis buenas
ac-ciones.
—~,Dónde estuviste ayer?
—En el campo, Hany; en una posada.
—Mi querido Donan —dijo Lord Henry sonriendo -; todo el mundo puede
ser bueno en el campo, don de no se encuentra la menor tenta-ción.
Esa es la causa de que la gente que habita fuera de las ciudades sea tan
absolutamente incivilizada. La civilización no es, ni mucho menos,
una cosa fácil de alcanzar. No hay más que dos caminos que
lleven al hombre a ella. Uno, la cultura; otro, el vicio. La gente que
vive en el campo no encuentra nunca ocasión de seguir ninguno de
ellos, y tiene forzosamente que estancarse.
—Cultura y vicio —replicó Dorian- ambas cosas las he conocido.
Y ha llegado a parecerme terrible que ambas vayan siempre unidas. Aho-ra
tengo un nuevo ideal, Hany. Me dispongo a cambiar. Hasta me parece haber
cambiado ya.
Todavía no me has dicho qué buena acción era ésa.
¿O es que has hecho más de una? —preguntó Lord Hcnry,
sirviéndose una pequeña pirámide carmesí de
fresas y espolvoneándolas de azúcar con una cu-chara agujereada,
en forma de concha.
—Voy a contártela, Hany. Es una historia que sólo a ti
me atreve-ría a contar... Tuve compasión de una mujer; eso
es todo. Dicho así, no parece nada; peno tú comprendes lo
que quiero decir. Era precia y se parecía de un modo increíble
a Sibyl Vane. Acaso fuera esto lo que me atrajo primero en ella. ¿Te
acuerdas de Sibyl? Qué lejos parece ya eso, ¿vendad?... Claro
que Hetty no era una muchacha de nuestra clase, sino una simple chica del
pueblo. Peno la quería de vendad. Sí, estoy seguro de que
la quería. Durante todo este maravilloso mes de mayo que he-mos
tenido, he estado yendo a verla dos o tres veces pon semana. Ayer nos encontramos
en una huertecilla. Las flores de los manzanos se deshojaban sobre su cabeza,
mientras ella reía. Lo habíamos arreglado todo para escaparnos
juntos esta mañana, al amanecen. Súbitamente, decidí
abandonarla, tan pura como la había encontrado.
—Supongo que la novedad de la emoción debió causarte
un verda-dero placer, Dorian —interrumpió Lord Henry -. Peno puedo
acaban tu idilio pon ti. Le diste bueno s consejos, y le destrozaste el
corazón. Tal ha sido el comienzo de tu regeneración.
—~ Qué malo enes, Hany! No deberías decir mis cosas.
El corazón de Hetty no se ha quedado destrozado, como tú
supones. Claro que ha llorado; peno eso era inevitable. El caso es que
no ha caído sobre ella ninguna deshonra. Puede vivir, como Pendita,
en su jardín de menta y de caléndulas.
—Y llorar a su ingrato Florizel (Perdita y el principe Florizel de
Bohemia, protagonistas del Cuento de in-vierno, de Shakespeare.) —agregó
Lord Henry, riendo y re-costándose en su silla -. Mi querido Dorian,
penmiteme que te diga que tienes las ocurrencias más infantiles
del mundo. ¿Es que de buena fe crees que esa muchacha va a sentinse
ya satisfecha con un galán de su clase? Es de suponen que un día
u otro acabará pon casanse con un rudo carretero, o un labriego
cazurro. Peno el hecho de haberte conocido y amado la enseñará
a despreciar a su marido, y será desgraciada. Desde un punto de
vista puramente moral, no puedo aprobar con demasiado calor tu gran sacrificio.
Hasta como comienzo es un tanto pobre. Ade-más, ¿quién
te dice que a estas horas no está Hefty flotando en alguna alberca
iluminada pon las estrellas, rodeada de nenúfares, como Ofelia?
—~ Enes insoportable, Harry! Te burlas de todo, y encima le sugie-res
a uno las tragedias más horribles. Siento ya habértelo contado.
Y me tiene sin cuidado lo que puedas decirme. Sé que hice bien en
hacen lo que hice. ¡Pobre Hetty! AI pasan esta mañana a caballo
pon delante de la granja vi su carita blanca asomada a la ventana, como
un ramo de jazmines. Bueno, no hablemos más de ello, ni trates de
convencerme de que la primera buena acción que he cometido en mi
vida, el primer asomo de sacrificio que he tenido desde hace una porción
de años, es casi un pecado. Quiero ser mejor. Y lo seré...
Cuéntame, ahora, algo de ti. ¿Qué novedades hay? Hace
días que no voy pon el club.
—La gente continúa hablando de la desaparición del pobre
Basil.
—Creí que ya se habrían cansado del tema —dijo Dorian,
sirvién-dose vino y frunciendo el ceño levemente.
—~Peno, hijo mío, si no llevan hablando de el más que
seis sema-nas! El público inglés no tiene la fuerza mental
necesaria pana soportar más de un tema de conversación cada
tres meses. Sin embargo, en estos últimos tiempos han tenido demasiada
suerte. Primero, mi divor-cio y, luego, el suicidio de Alan Campbell. Y,
pon si fuera poco, se encuentran ahora con la misteriosa desaparición
de un artista. En Sco-tland Yard siguen empeñados en que el individuo
del ulster gris que salió para París el 9 de noviembre en
el tren de la noche era el pobre Basil; peno la policía francesa
afirma rotundamente que Basil no llegó a París. Espero que
dentro de quince días nos dirán que le han visto en San Francisco
de California. Es curioso, peno todos los desaparecidos acaban pon ser
vistos en San Francisco. Debe ser una ciudad encanta-dora y poseen todas
las atracciones del mundo futuro.
—~,Y tú, qué crees que ha sucedido a Basil? —preguntó
Donan, contemplando al trasluz su copa de Borgoña, asombrado él
mismo de poden hablan de aquel asunto tan tranquilamente.
—No tengo la menor idea. Si Basil prefiere ocultarse, allá él.
Si ha muerto, prefiero a mi vez no pensar en ello. La muerte es la única
cosa que me atena. La detesto.
—~,Pon qué? —interrogó Dorian perezosamente.
—Pues porque, hoy día, se puede sobrevivir a todo, menos a ella
—dijo Lord Henry, oliendo una cajita de sales y dejándola de nuevo
sobre la mesa -. La muerte y la vulgaridad son los únicos hechos,
en el siglo XIX, que no pueden explicanse. Vamos a toman el café
en la sala de música, Donan. Tienes que tocarme algo de Chopin.
El individuo con el que se escapó mi mujer tocaba Chopin deliciosamente.
¡Pobre Victoria! Yo la quería mucho. Sin ella, la casa parece
desierta. Claro que la vida conyugal no es más que una costumbre;
una mala costum-bre. Peno hasta las peones costumbres siente uno perderlas.
Sí, acaso sean las que más se echan de menos. ¡Son
una parte tan esencial de nuestra personalidad!
Donan no dijo nada; peno, levantándose de la mesa, pasó
al apo-sento contiguo y se sentó al piano, dejando errar los dedos
sobre el marfil blanco y negro de las teclas. Cuando hubieron traído
el café se detuvo y, volviéndose hacia Lord Henry, le dijo:
—~,No has pensado nunca, Harry, que acaso Basil fuera asesinado?
Lord Henry bostezó.
—Basil era muy conocido, y llevaba siempre un reloj Waterbury (Ciudad
industrial del estado de Connecticut (Estados Unidos). Gran manu-factura
de relojes baratos.) ¿A qué santo le iban a asesinar? No
era lo bastante inteligente para tener enemigos. Lo que no quiere decir
que no fuera un genio en la pintura. Peno un hombre puede pintar como Velázquez
y ser un com-pleto majadero. Basil era un tanto insípido. Sólo
una vez consiguió interesarme, y fue cuando me dijo, hace ya años,
que sentía pon tí una verdadera idolatría y que tú
eras el motivo dominante de su arte.
—Yo también lo quise mucho a él —respondió Dorian,
con una nota de tristeza en la voz -. Peno ¿no se dice pon ahí
nada de haber sido asesinado?
—Claro que algunos periódicos lo dicen. Peno no me parece ni
re-motamente probable. Ya sé que en París hay algunos antros
peligrosos, peno no creo que Basil fuera hombre capaz de haber ido a ninguno
de ellos. No tenía la menor curiosidad. Era su principal defecto.
—~,Qué dirías tú, Hany, si yo declarase que he
asesinado a Basil?
—dijo Dorian, minándole fijamente.
—Pues diría que la tal actitud no te sentaba bien, querido Dorian.
Todo crimen es vulgar; lo mismo que toda vulgaridad es crimen. No, no enes
tú hombre para cometen un asesinato. Sentiría lastimar tu
vani-dad con esta afirmación, peno la tengo pon exacta. El crimen
pertenece exclusivamente a las clases inferiores. Cosa que yo no les echo
en cara lo más mínimo. Supongo que el crimen es para ellos
lo que pana noso-tros el arte: un método, simplemente, de procurarnos
sensaciones ex-traordinarias.
-LUn método de procuranse sensaciones? ¿Crees, entonces,
que el que ha cometido un crimen podría cometen otros? ¿Simplemente
pon gusto?
-~Oh!, todo lo que se hace muy a menudo llega a convertinse en placer
-exclamó Lord Henry, riendo -. Este es uno de los secretos más
importantes de la vida. No obstante, me atrevería casi a asegurar
que el asesinato es un error. Jamás debería de hacerse nada
de que no se pu-diera hablan de sobremesa. Peno dejemos al pobre Basil.
¡Ojalá pudiese yo creen que ha tenido un fin tan novelesco
como el que tú sugieres! Peló, realmente, no me es posible.
Más bien estoy pon decir que se cayó al Sena, desde un ómnibus,
y que el conductor lo calló, pana evi-tar el escándalo. Sí;
ése debe haber sido su fin. Desde aquí lo estoy viendo, tendido
bajo aquellas aguas verdosas y opacas, con los cabellos entrelazados de
hierbajos, y las barcazas pasando pon encima... Pon otra parte, te diré
que no creo que hubiera pintado ya gran cosa. En estos últimos diez
años había pendido mucho.
Dorian exhaló un suspiro, y Lord Henry, atravesando la estancia,
fue a nascarle la cabeza a una gran cacatúa de Java, de plumas grises,
con la cresta y la cola rosadas, que se balanceaba sobre una pencha de
bambú. Apenas la tocaron los dedos dejó caen la blanca telilla
de sus párpados arrugados y empezó a columpianse atrás
y adelante.
—Sí —continuó Lord Henry, volviéndose y sacando
el pañuelo del bolsillo -, había pendido mucho. Como que
me hacía la impresión de haber, pendido su ideal. Desde el
momento en que tú y él dejasteis de ser amigos íntimos,
dejó él de ser un gran artista. ¿A qué obedeció
aquel alejamiento? Supongo que a aburrimiento tuyo, ¿vendad? En
ese caso no ha debido pendonártelo. Es la costumbre de las personas
lato-sas. Y, a propósito, ¿qué fue de aquel maravilloso
retrato que te hizo? Me parece que, desde que lo terminó, no he
vuelto a verlo. ¡Ah!, sí, recuerdo que hace años me
dijiste que lo habías enviado a Selby, y que en el camino se había
pendido o lo habían robado. ¿No has vuelto a saber de él?
¡Lástima grande! Era una obra maestra. Recuerdo que quise
comprarlo. ¡Ojalá lo hubiese hecho! Pertenecía a la
mejor época de Basil. Desde entonces, toda su obra fue esa curiosa
mezcla de mala pintura y buenas intenciones, que permite a un hombre ser
llamado un artista inglés representativo. ¿No pusiste ningún
anuncio? Deberías haberlo hecho.
—No sé —replicó Dorian -. Supongo que así lo haría.
Peno nunca fue de mi agrado ese retrato. Y siento haber posado para él.
Hasta recordarlo me molesta. ¿A qué hablar de ello? Siempre
me traía a la memoria aquellos extraños versos.., de Hamlet,
me parece... que dicen:
Like the painting of a sorrow,
Aface without a heart...
(“Como la pintura de un dolor, una faz sin corazón”. Hamlet
Acto IV, escena VII.)
Sí, eso parecía.
Lord Henry se echó a reír.
—Cuando un hombre trata la vida artísticamente, su cerebro es
su corazón -contestó, sumergiéndose en un sillón.
Dorian Gray movió la cabeza dubitativamente y ejecutó
algunos acordes en el piano, repitiendo entre dientes:
—Like the painting of a sorrow, afase without a heart..
Lord Henry se necostó en el sillón y le miró con
los ojos entorna-dos.
—Entre paréntesis, Dorian —dijo al cabo de unos momentos —,
,de que le sirve a un hombre ganan el mundo entero, si pierde -~,cómo
era la cita? Sí, eso es -; si pierde su propia alma?”
Dorian tuvo un estremecimiento, dio unas cuantas notas falsas y, volviéndose,
miró fijamente a su amigo.
—~,Pon qué me preguntas eso, Hany?
—~,Que pon qué te lo pregunto? -dijo Lord Henry, levantando
las cejas con aine de sorpresa -. Pues porque creí que podrías
contestarme. Simplemente. El domingo pasado me fui a dar una vuelta pon
el Par-que, cuando, junto a Marble Arch, me encontré con un grupo
de gente desarrapada escuchando a uno de esos predicadores callejeros.
Al pasar oí gritar a aquel energúmeno la pregunta citada.
Me causó una impre-sión bastante dramática, Londres
es muy rico en defectos de este géne-ro. Un domingo lluvioso, un
cristiano zafio en impermeable, un cono de canas pálidas y enfermizas
al abrigo de unos paraguas chorreando agua, y una frase maravillosa lanzada
al viento pon unos labios histéri-cos; no me negarás que,
en su género, el espectáculo era bastante su-gestivo. Estuve
a punto de decirle a aquel profeta que el Arte tenía alma, peno
no el hombre. Temo, sin embargo, que no me hubiese com-prendido.
—No, Hany. El alma es una terrible realidad. Puede ser comprada, y
vendida, y malbaratada. Puede ser emponzoñada o perfeccionada. En
todos nosotros hay un alma. Yo lo sé.
—~,Estás muy seguro de ello, querido Dorian?
-Completamente seguro.
—~Ah!, entonces no cabe duda de que es una ilusión. Las cosas
de que uno está absolutamente seguro nunca son ciertas. Tal es la
fatali-dad de la Fe, y la lección de la Novela... ¡Qué
serio estás! No te pongas tan grave. ¿Qué tenemos
que ver tú ni yo con las supersticiones de nuestra época?
No; nosotros nos hemos desembarazado de la creencia en el alma... Toca
algo. Un nocturno, Dorian, y, mientras tocas, dime, en voz muy baja, cómo
has conseguido conservan tu juventud. Debes de tener algún secreto.
Yo no te llevo más que diez años, y estoy arru-gado, y gastado,
y amarillo. Realmente enes algo maravilloso, Donan. Nunca te he visto mejor
que esta noche. Me haces recordar el primer día en que te vi. Parecías
casi un niño, tímido y caprichoso al mismo tiempo, absolutamente
extraordinario. Claro que, desde entonces, has cambiado; peno no en la
apariencia. Anda, dime tu secreto. Pana reco-brar mi juventud, no hay nada
en el mundo que yo no fuera capaz de hacen, menos levantarme temprano,
hacen ejercicio o parecen respetable. ¡Juventud, juventud! Nada hay
como ella. Es absurdo hablar de la ignorancia de la juventud. Las únicas
personas cuyas opiniones escu-cho ahora con algún respeto, son mucho
más jóvenes que yo. Parecen precederme. La vida les ha revelado
su última maravilla. En cambio, a los viejos, siempre les contradigo.
Lo hago ya sistemáticamente. Si, pon casualidad, se le ocurre a
uno preguntarles su opinión sobre algo sucedido el día antes,
contestan siempre solemnemente lo que se pen-saba en 1820, cuando la gente
llevaba aún calzón corto, creía en todo y no sabía
absolutamente nada... ¡Qué delicioso es eso que estás
tocando! Acaso lo escribiera Chopin en Mallorca, con el man gimiendo en
torno de la casa y la salada espuma salpicando los cristales. Es de un
roman-ticismo maravilloso. ¡Qué felicidad que nos quede un
arte que no sea imitativo! No te detengas. Continúa. Necesito oír
música esta noche. Me parece como si tú fueras Apolo adolescente,
y yo Marsyas escu-chándote. Me siento triste, Dorian. Tristezas
que ni tú mismo conoces. La tragedia de la vejez no es ser viejo,
sino continuar siendo joven. A veces hasta me asusto de mi sinceridad.
¡Ah Dorian, qué dichoso enes! ¡Qué vida deliciosa
la tuya! Tú has bebido hasta saciarte de todos los vinos, y has
estrujado contra tu paladar las uvas maduras. Nada te ha permanecido oculto.
Y todo ha sido para ti como el sonar de la música. Nada logró
hacerte daño. Siempre enes el mimo.
—No soy el mismo, Hany.
—Sí; enes el mismo. ¿Cómo será ya el resto
de tu vida? No la eches a penden con sacrificios ni renunciaciones. Actualmente
enes un ser perfecto. No te limites ni mutiles. Puede decirse que no tienes
una sola tacha. Sí; no muevas la cabeza, de sobra lo sabes. Sin
embargo, Dorian, no vayas a engañarte. La vida no la gobiernan ni
la voluntad ni la intención. La vida es una cuestión de nervios,
de fibras, de células lentamente construidas, en que el pensamiento
se esconde y la pasión tiene sus sueños. Tú puedes
creerte en salvo e imaginarte fuerte. Peno yo te digo, Donan, que nuestra
vida depende de una porción de peque-ñas cosas a las que,
aparentemente, no concedemos importancia. ¡Qué sé yo!
De un tono de colon en una habitación, de un ciclo matinal, de un
perfume particular que en un tiempo quisimos y que nos trae consi-go recuerdos
inefables, de un verso, de un poema olvidado que leímos casualmente,
de una frase musical que ya hemos dejado de tocar... Browning ha escrito
algo sobre esto; peno nuestros sentidos bastan a comprenderlo. Hay momentos
en que el aroma de las lilas blancas me penetra de pronto, haciéndome
revivir el mes más extraño de mi exis-tencia. ¡Ojalá
pudiera yo cambiarme pon ti, Dorian! El mundo ha voci-ferado contra nosotros
dos, peno siempre te ha adorado. Tú enes el arquetipo que busca
nuestra época, y que teme haber encontrado. No sabes cuánto
me alegro de que nunca hayas hecho nada, ni modelado una estatua, ni pintado
un cuadro, ni producido otra cosa que a ti mis-mo. La vida ha sido tu arte.
Tú te has puesto a ti mismo en música. Tus días son
tus sonetos.
Dorian se levantó del piano, y, pasándose la mano pon
los cabe-llos, murmunó:
—Sí, la vida fue deliciosa; peno no puedo vivir ya la misma
vida, Hany. Y tú no debes decirme esas extravagancias. Tú
no sabes todo de mí. Me parece que, si lo supieras, te apartarías
de mí. ¿Te ríes? No, no te rías.
—~,Ponqué has dejado de tocar, Dorian? Continúa y repite
ese nocturno. Mina esa gran luna de colon tse miel que pende en el aine
obscuro. Está aguardando que tú la hechices, y si tocas,
verás cómo se acerca más a la tierra. ¿No quienes?
Vamos, entonces, al club. Ha sido una velada deliciosa y debemos terminarla
deliciosamente. Hay una persona en el White que tiene mucho interés
en conocerte: Lord Poole, el hijo mayor de Bournemouth. Ya te ha copiado
las corbatas, y me ha pedido que le presente a ti. Es un muchacho encantador,
que me re-cuerda bastante a ti hace años.
—Espero que no -dijo Dorian, con una expresión de tristeza en
los ojos -. Peno me siento cansado esta noche, Hany. Prefiero no in al
club. Son casi las once y desearía acotarme temprano.
Como quieras. Nunca has tocado tan bien como esta noche. Ha sido algo
maravilloso; con una expresión que no te conocía.
—Es porque me dispongo a ser bueno -contestó él sonriendo
-. Me encuentro ya un poco cambiado.
—Tú no puedes cambiar pana mí Donan -dijo Lord Henry
-. Tú y yo siempre seremos amigos.
—Sin embargo, tú fuiste quien me envenenó hace tiempo
con un libro. No debería pendonártelo. Prométeme que
no prestarás ya a nadie ese libro, Hany. Es pernicioso.
—Veo, querido Dorian, que estás ya empezando a moralizar. Pronto
irás pon esos mundos, como los convertido y lo predicadores, poniendo
en guardia ala gente contra aquellos pecados de que ya estás harto.
Peno tú enes demasiado sutil para imitarles. Además, sería
inútil. Tú y yo somos lo que somos, y seremos lo que seremos.
En cuanto a lo de ser envenenado pon un libro, permíteme que te
diga que no hay tal cosa. El arte no tiene la menor influencia sobre las
acciones. Anula el deseo de obrar. Es magníficamente estéril.
Los libros que el mundo llama inmorales, son libros que le muestran su
propia vergüenza. Sim-plemente. Peno no discutamos de literatura.
Ven mañana a buscarme. Saldré a dar una vuelta a caballo
a las once. Podemos pasear juntos, y luego te llevaré a comen con
Lady Bnanksome. Es una mujer encanta-dora, y desea consultarte sobre unos
tapices que piensa compran. No te olvides de venin. ¿0 prefieres
que comamos con nuestra duquesita? Dice que ahora apenas te ve. ¿O
es que te has cansado ya de Gladys? Lo esperaba. Habla demasiado, y demasiado
bien. Tanto ingenio acaba pon atacarle a uno los nervios. Bueno, sea lo
que sea, procura estar aquí a las once.
—c,Te parece imprescindible que venga?
—Naturalmente que sí. El Parque está ahora delicioso.
No creo que haya habido unas lilas tan hermosas desde el año en
que te conocí.
—Perfectamente. Aquí estaré a las once -dijo Donan -
Buenas no-ches, Hany.
Al llegar a la puerta titubeó un momento, como si tuviera algo
más que decir. Luego suspinó, y se fue.
CAPITULO XX
Hacía una noche deliciosa, tan tibia, que llevaba el gabán
al brazo y ni siquiera se puso al cuello su toquilla de seda. Se dirigía
hacia su casa, fumando un cigarrillo, cuando pasaron junto a él
dos jóvenes en un traje de soirée. Oyó como uno de
ellos susurraba al otro:
-Es Dorian Gray.
Recordó cuánto le complacía antes que le señalasen
al pasan, o le minasen curiosamente, o hablaran de él. Peno, ahora,
hasta oír pronun-ciar su nombre le cansaba. La mitad del encanto
de la aldea que tanto frecuentara en aquellos últimos tiempos, era
que nadie sabía quién era. Muchas veces le había dicho
a aquella pobre muchacha de quien se hiciera querer que era pobre, y ella
le había creído. Una vez le dijo que era malo, y ella se
echó a reír, y le contestó que los hombres malos eran
siempre muy viejos y muy feos. ¡Qué risa la suya! Hubiénase
dicho el canto de un tondo. ¡Y qué bonita estaba con su trajecito
de percal y su enorme pamela! Ella no sabía nada; peno, en cambio,
tenía todo lo que él había pendido.
Cuando llegó a su casa, encontró a su criado esperándole.
Lo en-vió a acostar y se echó sobre el diván de la
biblioteca, poniéndose a meditar en algunas de las cosas que Lord
Henry le había dicho.
¿Sería cierto, realmente, que nadie puede cambiar? Sintió
un anhelar frenético de la inmaculada pureza de su infancia, su
infancia blanca y rosada, como Lord Henry la llamana en una ocasión.
Sabía que él mismo la había empañado, llenando
su espíritu de corrupción, y de honor su pensamiento; que
había sido una influencia nociva en los demás, experimentando
una terrible complacencia en ser así, y que de las vidas que se
cruzaran con la suya habían sido precisamente las más nobles
y llenas de promesas las que había llevado a la vergüenza y
la ruina. Peno, ¿sería irreparable todo aquello? ¿No
habría para él ninguna esperanza?
¡Ah!, en qué monstruoso momento de exaltación y
de orgullo ha-bía implorado que el retrato llevase el peso de sus
días, conservando él en cambio el inmaculado esplendor de
su juventud eterna. Toda su catástrofe provenía de aquello.
Mejor hubiera sido para él que cada pecado de su vida hubiese traído
consigo su pena segura e inmediata. El castigo es una purificación.
No “pendónanos nuestros pecados”, sino “castíganos pon nuestras
iniquidades”, debería ser la plegaría del hom-bre a un Dios
justo.
El espejo cincelado que Lord Henry le negalara hacía ya tantos
años, yacía sobre la mesa, y los blancos amorcillos de marfil
juguetea-ban entorno de la luna como antaño. Lo cogió, como
hiciera aquella noche de espanto, cuando observó pon vez primera
el cambio del re-trato fatal, y con los ojos nublados pon las lágrimas
se contempló en su óvalo azogado. Una vez, una persona que
le había amado con locura le había escrito una carta absurda,
que terminaba con estas palabras de idolatría: !?El mundo ha cambiado
pon estar hecho tú de marfil y de oro. La línea de tus labios
escribe de nuevo la historia!?. La frase volvió a su memoria, y
una y otra vez se la repitió a sí mismo. De pronto sintió
asco de su belleza, y arrojando a tierra el espejo, lo desmenuzó
en añicos de cristal y plata bajo sus talones. Su belleza había
sido lo que arruinara su vida; su belleza y la juventud implorada. Si no
hubiera sido pon ambas cosas, su vida se habría visto libre de toda
mácula. Su belleza sólo había sido para él
una máscara, y su juventud una irrisión. ¿Qué
era, al fin y al cabo, la juventud? Un tiempo acerbo y prematuro, de superficialidad
y pensamientos malsanos. ¿Pon qué había querido él
llevan su librea? La juventud le había pendido.
Más valía no pensar en el pasado. Nada podía ya
cambiarlo. Era en sí mismo, en su propio futuro, en lo que debía
pensar: James Vane yacía entenado en una tumba anónima del
cementerio de Selby. Alan Campbell se había suicidado una noche
en su laboratorio, peno sin revelan el secreto que se viera obligado a
conocen. La emoción que había suscitado la desaparición
de Basil Hallward no tardaría en cal-marse. Ya iba en descenso.
Pon esta parte no tenía nada que temen. Ni, realmente, era la muerte
de Basil Hallwand el peso mayor que llevaba sobre su espíritu. La
muerte en vida de su propia alma, es lo que le preocupaba. Basil había
pintado el retrato que anuinara su vida. El no podía pendonárselo.
El retrato era la causa de todo. Basil le había dicho cosas intolerables
y, sin embargo, él las había tolerado pacientemente. El crimen
había sido una simple demencia del momento. Y pon lo que se refería
a Alan Campbell, si se había suicidado, es porque así lo
había querido. ¿Qué tenía él que ver
con aquello? El no era responsable.
¡Una vida nueva! A esto aspiraba. Esto era lo que él aguardaba.
Seguramente ya la había empezado. Pon lo menos acababa de salvar
a un ser inocente. Nunca más volvería a tentar a la inocencia.
Quería ser bueno.
Pensando en Hefty Merton, se le ocurrió preguntarse si el retrato
habría experimentado algún cambio. ¿Habría
pendido ya algo de su honor? Acaso, si su vida se volvía pura, podría
esperar que todas las huellas de las malas pasiones llegaran a bonarse
de aquel rostro. Qui-zás ya habían empezado a desaparecen.
Iría a verlo.
Cogió la lámpara de la mesa y subió cautelosamente
la escalera. Mientras abría la puerta, una sonrisa de satisfacción
cruzó su rostro juvenil, demonándose un momento en sus labias.
Sí, sería bueno; y aquella cosa abominable que había
escondido dejaría de ser para él un objeto de espanto. Sintió
se ya como aliviado del peso.
Entró despacio, cenando tras de sí la puerta, como era
su costum-bre, y descorrió la cortina de púrpura que cubría
el retrato. Un grito de dolor y de indignación se escapó
de sus labios. No veía ningún cambio, a no ser en los ojos
cierta expresión taimada, y en la boca la blanda crispatuna del
hipócrita. El rostro continuaba repugnante —más repug-nante
aun si cabe -, y el rocío escarlata que manchaba la mano parecía
más brillante, más como sangre recién derramada. Empezó
a temblar. ¿Habría sido, simplemente, la vanidad lo que le
indujera a cometen su buena acción? ¿O el deseo de una sensación
nueva, como indicara Lord Henry con su risita burlona? ¿O esa afición
a representan papeles que a veces nos impulsa a hacen cosas superiores
a nosotros? ¿O, aca-so, todo ello junto? Y ¿pon qué
se vela mayor que antes la mancha roja? Parecía haberse desarrollado
como una horrible enfermedad so-bre los dedos engarfiados. Y en los pies
de la imagen habla sangre, como si ésta hubiese goteado, y sangre
también en la mano que no había empuñado el cuchillo...
¿Confesar su crimen? ¿Querría decir aquello que iba
a confesar? ¿Entregarse, para ser condenado a muerte? Se echó
a reír. La idea sólo era monstruosa. Además, aunque
él confe-sana, ¿quién hubiera podido creerle? Del
hombre asesinado no quedaba el menor rastro. Todo lo que le pertenecía
había sido destruido. El mismo lo había quemado. La gente
diría, simplemente, que se había vuelto loco. Y le recluirían,
si se empeñaba en su historia... No obs-tante, su deben era confesar,
sufrir la vergüenza pública y hacen peni-tencia a los ojos
de todos. Había un Dios que exhortaba a los hombres a decir sus
pecados, lo mismo en la tierra que en el ciclo. Hasta que hubiese dicho
su crimen, nada podría purificanle... ¿Su crimen? Se encogió
de hombros. La muerte de Basil Hallwand le parecía una cosa sin
importancia. El pensaba ahora en Hefty Merton. Pues aquel espejo de su
alma que tenía delante, era un espejo injusto. ¿Vanidad?
¿Curio-sidad? ¿hipocresía? ¿No había
habido otra cosa que aquello en su sacri-ficio? No; algo más había
habido. Pon lo menos, así lo creía él. Peno ¿quién
hubiera podido decirlo?... No. No había habido nada más.
Pon vanidad había renunciado a ella. Pon hipocresía, se había
colocado la careta de la bondad. Pon curiosidad había intentado
aquel sacrificio. Ahora se daba cuenta de ello.
Peno aquel asesinato... ¿iría a perseguirle toda la vida?
¿Iría siem-pre a verse con su pasado a cuestas? ¿O
se decidiría, realmente, pon confesar? ¡Nunca! Sólo
una prueba podía haber contra él, y era el re-trato. El lo
destruiría. ¿Cómo se le habría ocurrido conservarlo
tanto tiempo? Al principio le interesaba ver cómo iba cambiando
y enveje-ciendo. Peno hacía ya años que no le proporcionaba
semejante placer. Al contrario, muchas noches el pensar en el le mantenía
despierto. Cuando estaba fuera, el temor de que otros ojos que los suyos
pudieran verlo, te llenaba de espanto. El había teñido de
hipocondría sus pasio-nes. Su simple recuerdo le había echado
a penden muchos momentos de alegría. Había sido para él
algo semejante a la conciencia. Sí; la con-ciencia realmente. Peno
él la destruiría. Minando en torno suyo vio el cuchillo con
que habla apuñalado a Basil Hallward. Lo había limpiado tantas
veces, que no quedaba en él la menor huella de sangre. Estaba bruñido
y resplandeciente. Del mismo modo que matara al pintor, así mataría
su obra y todo lo que significaba. ¡Mataría el pasado; y cuando
éste estuviera muerto, él se vería libre! ¡Mataría
aquella imagen mons-truosa del alma, y lejos de sus odiosas advertencias,
recobraría el so-siego! Levantando el brazo, armado con el cuchillo,
lo descargó sobre el lienzo.
Se oyeron un grito y un crujido. El grito the tan horrible en su agonía,
que los criados despertaron sobresaltados y salieron de sus cuartos. Dos
transeúntes, que pasaban por la plaza, se detuvieron a mirar la
casa. Luego, siguieron hasta encontrar un policía y lo trajeron
consigo. El policía llamó repetidamente ala puerta, sin que
nadie le conte stara. Excepto una luz que brillaba en una de las últimas
ventanas, toda la casa estaba a obscuras. Al cabo de un rato se retiró
a un portal cercano, desde el cual quedó vigilando.
—~,De quién es esta casa? —preguntó el caballero de más
edad.
—De Mr. Donan Gray —contestó el policía.
Los dos transeúntes se miraron uno a otro, y se alejaron sonriendo
sarcásticamente. Uno de ellos era el tío de Sir Henry Ashton.
Dentro, en las habitaciones de la servidumbre, los criados, a me-dio
vestir, cuchicheaban entre sí. La anciana Mrs. Leaf sollozaba, re-torciéndose
las manos. Francis estaba pálido como un muerto.
Al cabo de un cuarto de hora, el ayuda de cámara reunió
al coche-ro y a uno de los lacayos, y subió con ellos por la escalera.
Al llegar arriba llamaron a la puerta, sin obtener respuesta. Grita-ron
entonces. Todo continuó en silencio. Al fin, después de tratar
inú-tilmente de forzar la puerta, salieron al tejado y se descolgaron
al balcón. Las maderas cedieron sin dificultad; la falleba esta
comida de herrumbe.
Al entrar se encontraron, colgado del muro, un soberbio retrato de
su amo, tal como le habían visto por última vez, en todo
el esplendor de su juventud y su belleza. Caído en el suelo, había
un hombre muer-to, vestido de etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón.
Era un hombre caduco, arrugado y de rostro repulsivo hasta que se fijaron
en las sortijas que llevaba no pudieron identificarle.
FIN
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