La Colección presenta:
El retrato de Dorian Gray ~
Oscar Wilde

 
 

PREFACIO

El artista es el creador de cosas bellas.
Revelar el arte, ocultando al artista: tal es el fin del arte.
El crítico es aquel que puede traducir en un nuevo modo o una materia distinta su impresión de las cosas bellas.
La más alta, como la más baja forma de critica, es siempre una especie de autobiografia.
Los que encuentran un sentido feo en cosas bellas son corrompi-dos sin ser seducidos. Esto es un defecto.
Los que encuentran un sentido bello en las casas bellas son los entendimientos cultos. Para éstos todavía hay esperanza.
Son los escogidos aquellos para quienes las cosas bellas sólo sig-nifican Belleza.
No hay libros morales ni inmorales. Los libros están bien o mal escritos. Simplemente.
La aversión del siglo XIX por el Realismo es la rabia de Caliban al ver su propia faz en un espejo.
La aversión del siglo XIX por el Romanticismo es la rabia de Ca-liban al no ver su propia faz en un espejo.
La vida moral del hombre forma parte de los materiales del artis-ta; pero la moral del arte consiste en el uso perfecto de un medio im-perfecto.
Ningún artista desea demostrar nada. Hasta las verdades pueden ser demostradas.
Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un ar-tista es un imperdonable amaneramiento del estilo.
Ningún artista es jamás morboso. El artista puede expresarlo to-do.
Pensamiento y palabra son para el artista instrumentos de un arte.
Vicio y virtud son para el artista materiales de un arte.
Desde el punto de vista de la forma, el arquetipo de todas las artes es el arte del músico. Desde el punto de vista del sentimiento, el oficio del actor es el arquetipo.
Todo arte es ala vez superficie y símbolo.
Los que van más adentro de la superficie, hácenlo así a cuenta y riesgo propios.
Los que descifran el símbolo, hácenlo así a cuenta y riesgo pro-pios.
Es el espectador, y no la vida, lo que realmente el arte refleja.
Diversidad de opinión sobre una obra de arte prueba que la obra es nueva, compleja y vital.
Cuando los críticos están en desacorde, el artista esta de acuerdo consigo mismo.
Podemos perdonar a un hombre que haga una cosa útil, con tal de que no la admire. La sola excusa de hacer una cosa inútil es admirarla inmensamente.
Todo arte es completamente inútil.
 
 
 

CAPITULO PRIMERO

Un intenso olor de rosas llenaba el estudio, y cuando, entre los árboles del jardín, se levantaba la brisa, llegaban por la puerta abierta el denso aroma de las filas o el más delicado perfume de los agavanzos en flor.
Desde el rincón del diván de alforjas persas en que yacía, fuman-do, según costumbre, cigarrillo tras cigarrillo, Lord Henry Wotton podía divisar el resplandor dorado de las flores color de miel de un cítiso, cuyas ramas trémulas apenas parecían capaces de soportar el peso de tan flamante belleza, y de cuando en cuando, las sombras fan-tásticas de los pájaros cruzaban las largas cortinas de seda que cubrían el ancho ventanal, produciendo una especie de efecto japonés momen-táneo, y haciéndole pensar en esos pintores de Tokyo, de rostro jade pálido, que por medio de un arte forzosamente inmóvil tratan de dar la impresión de la rapidez y el movimiento. El zumbido adusto de las abejas, abriéndose camino a través de la alta hierba sin segar, o revo-loteando con monótona insistencia en torno de las polvorientas cabe-nielas doradas de una dispersa madreselva, parecía hacer aún más abrumadora esta quietud. El sordo estrépito de Londres era como el bordón de un órgano lejano.
En el centro de la habitación, sostenido por un caballete, veíase el retrato, de tamaño natural, de un joven de extraordinaria belleza, y frente a di, sentado a poca distancia, al pintor en persona, Basil Ha-llward, cuya súbita desaparición pocos años antes había causado tanta sensación y dado origen a tantas extrañas conjeturas.
Contemplaba el pintor la forma grácil y encantadora que tan diestramente reflej ara su arte, y una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro, pareciendo demorarse en él. Pero, de pronto, estremeciéndose, cerró los ojos y oprimióse los párpados con los dedos, como si quisiera aprisionar en su cerebro algún extraño sueño, del que temiera desper-tar.
—Es tu mejor obra, Basil; lo mejor que has hecho hasta ahora —dijo Lord Henry, lánguidamente -. Debes enviarla el año próximo ala exposición Grosvenor. La Academia es demasiado grande y demasiado vulgar. Siempre que he ido, o había tanta gente que no he podido ver los cuadros, cosa sumamente desagradable, o tantos cuadros que no he podido ver la gente, cosa peor todavía. Realmente, Grosvenor, es el único sitio.
—Creo que no lo enviaré a ninguno —contestó el pintor, echando hacia atrás la cabeza con aquel ademán singular que tanto hacía reír a sus condiscípulos de Oxford -. Sí; a ninguno.
Lord Henry enarcó las cejas, mirándole con estupor a través de las tenues espirales azules en que se rizaba caprichosamente el humo de su cigarrillo opiado.
—~,Qué no piensas enviarlo a ningún sitio? ¿Y por qué, puede sa-berse? ¿Tienes algún motivo? ¡Qué gente tan absurda sois los pintores! Andáis de coronilla para haceros una reputación, y en cuanto la conse-guís, parecéis deseosos de echarla a rodar. Una tontería; pues sólo hay una cosa en el mundo peor que el que se hable mal de uno, y es que no se hable. Un retrato como éste te colocaría a cien codas por encima de todos los pintores jóvenes de Inglaterra, y haría rabiar de envidia a los viejos, si es que los viejos son todavía capaces de alguna emoción.
—Sé que vas a reírte de mí- replicó el pintor -; pero te aseguro que realmente no puedo exponerlo. He puesto demasiado de mi mismo en él.
Lord Henry se repatingó en el diván, soltando la carcajada.
—Sí, ya sabía que te reirías; pero, a pesar de todo, es verdad.
—~Demasiado de ti mismo en él! Palabra de honor, Basil: no sabía que fueras tan presuntuoso. Te aseguro que no veo la menor semejanza entre tú, con esa cara ceñuda y viril, y este joven Adonis, que parece hecho de marfil y de rosas. ¡Caramba!, querido Basil: éste es un narci-so, y tú... claro que tienes una expresión inteligente, no hay que decir. Pero la belleza, la verdadera belleza, acaba donde comience una expre-sión intelectual. La inteligencia es en sí misma un modo de exagera-ción, y destruye la armonía de cualquier rostro. Desde el momento en que uno se sienta para meditar, se vuelve todo nariz, o frente, o cual-quier otra cosa horrenda. Fíjate en los hombres que sobresalen en todas las profesiones doctas. Son, sencillamente, repugnantes. Excepto, claro está, en la Iglesia. Pero es porque en la Iglesia no piensan. Un obispo continúa diciendo a los ochenta lo que le enseñaron a decir a los diez y ocho; por eso, y como consecuencia natural, siempre resulta delicioso. Tu misterioso amigo, cuyo nombre todavía no me has dicho, peco cuyo retrato realmente me fascina, no piensa nunca; estoy completamente seguro. Es una criatura admirable y sin seso, para tener en invierno, cuando no hay flores que mirar, y en verano, cuando necesitamos re-frescar el entendimiento. No te hagas ilusiones, Basil; no te pareces a él lo más minimo.
—No me has entendido, Hany —contestó el artista -. Naturalmente que no me parezco a él. Lo sé de sobra. Y, realmente, sentiría parecer-me a él. ¿Te encoges de hombros? Te estoy diciendo la verdad. En toda preeminencia, fisica o intelectual, hay una especie de fatalidad: esa fatalidad que parece seguir la pista, a través de la historia, de los pasos vacilantes de los reyes. Es mejor no diferenciarse demasiado de los demás. Les feos y los necios tienen la mejor parte en este mundo. Pue-den sentarse a sus anchas y bostezar ante la farsa. Y si nada saben de la victoria, tampoco tienen conocimiento de la derrota. Viven como todos deberíamos vivir: tranquilos, indiferentes y sin sacudidas. Ni llevan la ruina a los demás, ni la reciben de manos ajenas. Tú, con tu posición y tu riqueza, Hany; yo, con mi talento, con mi arte, valga mucho o poco; Donan Gray, con su belleza, todos tendremos que sufrir por aquello que los dioses nos han concedido, y sufriremos terriblemente.
—~,Dorian Gray? ¿Conque ése es su nombre? —preguntó Lord Hen-ry, dirigiéndose hacia Basil Hallward.
—Sí; ése es su nombre. No pensaba decírtelo.
~Y por qué no?
—~Oh! No puedo explicártelo. Cuando quiero a alguien de verdad, no me gusta decir su nombre a nadie. Es como ceder una parte de él. Me he acostumbrado a amar el secreto. Es lo único que puede hacernos la vida moderna misteriosa y sorprendente. La cosa más vulgar se vuelve deliciosa en cuanto alguien nos la esconde. Yo, cuando me voy al campo, nunca digo adónde. Si lo hiciera, perdería todo encanto. Es una mala costumbre, lo confieso; pero no deja de traer cierto elemento novelesco a la vida de uno... ¿Qué, me crees loco de remate?
—De ningún modo —replicó Lord Henry -, de ningún modo, queri-do Basil. Pareces olvidar que estoy casado, y que el único encanto del matrimonio es que hace absolutamente necesaria a ambas partes una vida de superchería yo nunca sé dónde está mi mujer, y mi mujer nun-ca sabe dónde ando yo. Cuando nos encontramos -a veces nos encon-tramos, por casualidad, cuando comemos juntos en alguna casa o bajamos a ver al duque -, nos contamos las historias más absurdas, con la mayor seriedad del mundo. Mi mujer es en esto una notabilidad; muy superior a mí. Jamás se confunde en las fechas, y yo sí. Pero cuando me coge en alguna, no me hace escenas. A veces me gustaría que las hiciese; pero no, se contenta con reírse de mí.
—Detesto esa manera de hablar de tu vida conyugal, Hany —dijo Basil Hallward, dirigiéndose hacia la puerta que conducía al jardín -. Estoy seguro de que eres un buen marido; pero te avergüenzas de tus propias virtudes. Eres un ser realmente extraordinario. No dices una sola casa moral, y no haces ninguna inmoral. Tu cinismo no es más que una pose.
—La naturalidad no es más que una pose, y la más irritante de las que conozco —exclamó Lord Henry, echándose a reír.
Y salieron ambos al jardín, sentándose en un largo banco de bam-bú que había a la sombra de un gran laurel. El sol resbalaba sobre las hojas bruñidas. Unas cuantas margaritas blancas se estremecían entre la hierba.
Al cabo de una pausa, Lord Henry miró su reloj.
—Tengo que irme, Basil —murmure; pero antes insisto en que me contestes a la pregunta que te hice hace un rato.
—~,Qué pregunta?—-dijo el pintor, sin levantar has ojos.
—De sobra lo sabes.
—Te aseguro que no.
—Bueno, te la repetiré. Quisiera que me explicases por qué no quieres exponer el retrato de Dorian Gray. El verdadero motivo.
—Ya te lo dije.
—No me lo dijiste. Dijiste que era a causa de lo mucho de ti mis-mo que había en ese retrato. Pero eso es una puerilidad.
—Hany -dijo Basil Hallward, mirándole en los ojos -, todo retrato pintado con emoción es un retrato del artista, no del modelo. Éste no es más que el accidente, la ocasión. No es él el revelado por el pintor, sino más bien éste quien, sobre el lienzo pintado, se revela a sí mismo. El motivo por el que no quiero exponer este retrato es que temo haber mostrado en él el secreto de mi propia alma.
Lord Henry se echó a reír.
—~Y qué secreto es ése? —preguntó.
—Voy a decírtelo -dijo Hallward. Pero una expresión de perpleji-dad cruzó su rostro.
—Soy todo oídos, Basil —exclamó su amigo, mirándole de reojo.
—~Oh!, poco hay que contar, Hany —contestó el pintor -. Y mucho temo que no lo entiendas. Puede que ni siquiera lo creas.
Lord Henry sonrió, e inclinándose, arrancó de entre la hierba una margarita de pétalos rosados.
—Tengo la seguridad de que te comprenderé —replicó, contem-plando atentamente el botón dorado con su corona de pétalos -; y en cuanto a creerte, yo puedo creer todo, con tal de que sea increíble.
El viento desprendió algunas flores de los árboles, y las lilas es-pesas, con sus penachos de estrellas, se balancearon en el aire lángui-do. Un saltamontes comenzó su chirrido junto al muro y, como una hebra azul, pasó una libélula larga y tenue, sostenida por sus alas de gasa parda. Lord Henry creyó sentir los latidos del corazón de Basil, y aguardó con impaciencia lo que iba a oír.
—La historia es ésta -dijo el pintor al cabo de un rato -: Hace dos meses fui a una de esas apreturas en casa de Lady Brandon que ésta llama sus reuniones. Tú sabes que nosotros, pobres artistas, tenemos que exhibirnos de cuando en cuando en sociedad, lo preciso para re-cordar a la gente que no somos unos salvajes. Con un frac y una corbata blanca, como tú dices, todo el mundo, hasta un agente de Bolsa, puede dárselas de civilizado. Bueno; llevaba ya diez minutos en el salón conversando con viudas emperifolladas y académicos aburridos, cuando, de pronto, tuve la sensación de que alguien estaba mirándome. Me volvía medias, y vi a Dorian Gray por vez primera. Cuando nues-tros ojos se encontraron, sentí que me ponía pálido. Un extraño senti-miento de terror se apoderó de mí. Comprendí que me hallaba frente a alguien cuya simple personalidad fisica era tan fascinadora que, si me abandonaba, absorbería por completo mi vida, mi alma, mi arte mismo. Y yo no quería influencia externa alguna en mi existencia. Tú sabes, Hany, lo independiente que soy por naturaleza. Yo siempre he sido mi propio amo; por lo menos, hasta que encontré a Dorian Gray. Enton-ces... Pero ¿cómo explicártelo? Algo parecía advertirme de que me hallaba al borde de una terrible crisis en mi vida. Tuve como el extraño presentimiento de que el Destino me tenía reservados exquisitos delei-tes y sufrimientos exquisitos. Sentí miedo, y me volví para salir del salón. No fue la conciencia lo que me hizo obrar así, sino una especie de cobardía. Me faltó la confianza en mí mismo, en mis propias fuer-zas.
—Conciencia y cobardía son realmente una misma cosa, Basil. La conciencia es la marca de fábrica; eso es todo.
—No lo creo, Hany, y espero que tú tampoco. De todos modos, fuera cual fuera el motivo —quizás el orgullo, porque yo era entonces bastante orgulloso -, lo cierto es que me precipité hacia la puerta. Allí, naturalmente, me tropecé con Lady Brandon. !?c,No pensará usted en marcharse tan pronto, Mr. Hallward?!?, chilló. ¿Recuerdas la voz tan estridente y tan rara que tiene?
—Sí; es un pavo real en todo, excepto en la belleza —dijo Lord Henry, deshojando la margarita con sus dedos largos y nerviosos.
—No pude librarme de ella. Me presentó a una porción de altezas, y a señores con grandes cruces y jarreteras, y a damas maduras con diademas gigantescas y narices de papagayo. Habló de mí como de su más querido amigo. No me había visto más que una vez, pero se le metió en la cabeza lanzarme. Creo que por entonces había obtenido gran éxito algún cuadro mío; por lo menos se había charlado de ello en los diarios de medio penique, que son la pauta de la inmoralidad en el siglo XIX. De pronto, me encontré frente afrente con el joven cuyo rostro me había tan singularmente conturbado. Estábamos muy cerca, casi tocándonos. Nuestros ojos se encontraron de nuevo. Fue temerario por mi parte, pero rogué a Lady Brandon que me presentara. Después de todo, quizás no fue tan temerario. Era, simplemente, inevitable. Nos habríamos hablado sin presentación. Estoy seguro; y Donan me ha dicho lo mismo después. El también había sentido que estábamos des-tinados a conocernos.
—~,Y qué te dijo Lady Brandon de ese maravilloso joven? —pre-guntó Lord Henry -. Sé la manía que tiene de dar un rápido compendio de todos sus invitados. La recuerdo presentándome a un truculento y colorado anciano, todo cubierto de encomiendas y condecoraciones y susurrándome al oído, en un trágico cuchicheo que todo el mundo podía oír, los detalles más estupefacientes. Claro que inmediatamente me batí en retirada. Yo soy de los que gustan de conocer a la gente por sí mismos. Pero Lady Brandon trata a sus invitados exactamente como un perito tasador sus mercancías. O los explica de tal modo que los agota, o cuenta minuciosamente todo, menos lo que a uno le interesaría saber.
—~Pobre Lady Brandon! Eres duro con ella, Hany —exclamó Ha-llward negligentemente.
—Amigo mío, trató de fundar un salón, y no ha conseguido más que abrir un restaurant. ¡Cómo podría admirarla! Pero sigue, ¿qué te dijo sobre Donan Gray?
—~Oh!, vaguedades, algo por este estilo: !?Muchacho encantador... Su pobre madre y yo absolutamente inseparables... Completamente olvidado en qué se ocupa.. .Temo que... no se ocupe en nada... ¡Ah, sí, toca el piano... ¿o es el violín, misto Gray?!?. Ninguno de los dos pudi-mos contener la risa ¡ ,y, sin más, nos hicimos amigos.
—La risa no es un mal comienzo de amistad, y es, de con mucho, el mejor fin de cualquiera —dijo el joven lord, arrancando otra marga-rita.
Hallward sacudió la cabeza.
—Tú no sabes lo que es la amistad, Hany, ni la enemistad —mur-muró -,sobre todo en este caso. Tú quieres a texto el mundo, lo que viene a ser como no querer a nadie.
—~Qué horrible injusticia! —exclamó Lord Henry, echándose hacia atrás el sombrero y levantando los ojos hacia las nubes, que, como enmarañadas madejas de seda blanca y lustrosa, navegaban a la deriva por la cóncava turquesa del ciclo estival.
Sí, eres horriblemente injusto. Yo establezco una gran diferencia entre la gente. Escojo mis amigos por su buen aspecto, mis conocidos, por su buen carácter, y mis enemigos por su buen entendimiento. Todo cuidado es pero en la elección de enemigos. Yo, todavía no he tenido ninguno tonto. Todos son hombres de cierta inteligencia, y, por tanto, me aprecian. ¿Es vanidad? Sí, quizá sea vanidad.
—No te quepa duda, Hany. Pero, ateniéndonos a tus categorías, yo debo ser simplemente un conocido.
—Querido Basil, tú eres mucho más que un conocido.
—Y mucho menos que un amigo. Una especie de hermano, ¿no?
—~Oh, hermanos! ¡Para lo que me importan a milos hermanos! Mi hermano mayor se empeña en no morirse, y los pequeños parece que no saben hacer otra cosa.
—~Hany! —exclamó Hallward, frunciendo el entrecejo.
—Querido Basil, ya puedes comprender que no hablo completa-mente en serio. Pero no puedo menos de detestar a mis parientes. Pue-de que esto provenga de que no ¡celemos soportar que tos demás tengan los mismos defectos que nosotros. Yo simpatizo en absoluto con la rabia de la democracia inglesa contra lo que llaman los vicios de las clases altas. La plebe comprende que el alcoholismo, la estupidez y la inmoralidad son de su propiedad exclusiva, y que es entrar en su vedado el que uno de nosotros se embrutezca a semejanza de ellos. Cuando el pobre Southwark fue a los Tribunales con motivo de su divorcio, la indignación fue inmensa. Y, sin embargo, no creo que ni el diez por ciento del proletariado viva muy correctamente.
—No estoy conforme con una sola palabra de las que has pronun-ciado, y es más, Hany, estoy seguro de que tú tampoco.
Acaricióse Lord Henry la barba oscura, cortada en punta, mien-tras con su bastón de ébano con borlas se daba unos golpecitos en el zapato de cuero fino.
—~Cuidado que eres inglés, Basil! Es la segunda vez que me haces esa observación. Si se ofrece alguna idea a un verdadero inglés -cosa siempre bastante temeraria —, jamás se le ocurrirá pensar si la idea es buena o mala. Lo único que para él tiene importancia es si uno cree en ella. Ahora bien: el valor de una idea nada tiene que ver con la sinceri-dad del hombre que la expone. Realmente, mientras más insincero sea el hombre, más probabilidades hay de que la idea sea de mayor pureza intelectual, ya que en este caso no se habrá visto influida por sus nece-sidades, inclinaciones o prejuicios. Pero, en fin, no me propongo dis-cutir de política, sociología, ni metafisica contigo. Me interesan las personas más que sus principios, y las que no tienen ninguno, más que nada en el mundo. Continúa hablándome de Dorian Gray. ¿Le ves a menudo?
—Todos los días. No me sería posible vivir tranquilo si no le viese todos las días. Me es completamente indispensable.
—~Extraordinario! Nunca hubiera creído que te preocupases de otra casa que de tu arte.
—El es ahora todo mi arte —repuso el pintor gravemente -. A veces pienso, Hany, que no hay más que dos eras de alguna importancia en la historia del mundo. La primera, es la aparición de un nuevo medio de arte; y la segunda, la aparición de una nueva personalidad para el arte. Lo que la invención de la pintura al óleo fue para los venecianos, y el rostro de Antino para la escultura griega de la decadencia, será algún día para mi el rostro de Dorian Gray. No es que me sirva de modelo para pintar, dibujar o imaginar. Claro que he hecho todo esto. Pero es para mí mucho más que un modelo. No quiere esto decir que esté descontento de mi trabajo, ni que su belleza sea tal, que el arte no pueda expresarla. No hay nada que el arte no pueda expresar, y yo sé que mi trabajo, desde que encontré a Dorian Gray, es bueno, lo mejor que he hecho en mi vida. Pero, en cierto modo —no sé si me compren-derás -, su personalidad me ha sugerido otra manera de arte, una mo-dalidad de estilo completamente nueva. Veo ahora las cosas de un modo distinto, las concibo diferentemente. Puedo dirigir mi vida por un camino que hasta ahora me había estado oculto. !?Un sueño de for-mas en días de pensamiento...!? ¿Quién ha dicho esto? Lo he olvidado, pero esto es lo que ha sido para mi Dorian Gray. La sola presencia de este muchacho —pues, para mi, a pesar de haber cumplido los veinte, no pase de ser un muchacho -, su simple presencia visible... ¡Ah! ¡Si tú supieras lo que para mí significa! Inconscientemente define para mí las líneas de una nueva escuela, una escuela que tuviese en sí toda la pa-sión del espíritu romántico, toda la perfección del espíritu griego. La armonía del cuerpo y del alma, ¡nada menos! Nosotros, en nuestra demencia, los hemos separado, inventando un realismo que es vulgari-dad, un idealismo que es vacío. ¡Ah, Hany, si tú supieras lo que Donan Gray significa para mí ¿Te acuerdas de aquel paisaje mío, por el que Agnew me ofreció un precio tan exorbitante, y del que no quise des-prenderme? Es una de las cosas mejores que he hecho. ¿Y sabes por qué? Pues porque, mientras lo pintaba, Dorian Gray estaba sentado junto a mí. Alguna influencia sutil pasaba de él a mí, pues por primera vez en mi vida vi en el paisaje la maravilla que siempre había buscado, sin encontrarla jamás.
—~Basil, eso que me cuentas es extraordinario! Es preciso que yo conozca a Dorian Gray.
Haliward se levantó del banco, poniéndose a caminar de arriba abajo por el jardín. AI cabo de unos momentos volvió.
—Hany —dijo -; Dorian Gray no es para mí más que un motivo de arte.
Tú, es posible que novieras nada en él. Yo, lo veo todo. Nunca está más presente en mi obra que cuando no veo ninguna imagen suya. Es, como te he dicho, el surgimiento de una nueva modalidad. Lo en-cuentro en las curvas de ciertas líneas, en el encanto y sutileza de algu-nos colores. Eso es todo.
—Entonces, ¿por qué no expones su retrato? —preguntó Lord Hen-ry.
—Porque, sin querer, he puesto en él como una expresión de toda esta extraña idolatría artística, de la que, naturalmente, nunca le he dicho nada a él. Él nada sabrá nunca de ella. Pero los demás podrían adivinarla; y yo no quiero desnudar mi alma ante ojos superficiales y fisgones. Mi corazón no será colocado bajo su microscopio. Hay de-masiado de mí mismo en este retrato, Hany... ¡demasiado!
—Los poetas no son tan escrupulosos como tú. Saben lo útil que es la pasión a sus libros. Hoy, un corazón destrozado alcanza una porción de ediciones.
—Por eso los aborrezco -exclamó Hallward-. El artista debe crear— co sas bellas; pero sin—poner en ellas n da de su propia vida. Vivimos en una época en que los hombres tratan el arte como si no fuera otra cosa que una forma de autobiografia. Hemos perdido el sentido abs-tracto de la belleza. Algún día yo enseñaré al mundo lo que es. Por esto, el mundo no verá nunca mi retrato de Dorian Gray.
—Creo que haces mal, Basil; pero no quiero discutir contigo. Sólo los que no tienen remedio intelectual se empeñan en discutir. Dime:
Donan Gray, ¿te tiene mucho afecto?
El pintor quedó pensativo unos instantes.
—Sí -contestó al fin -; sé que me tiene afecto. Claro que yo le mi-mo lastimosamente. Encuentro un placer singular en decirle cosas que sé que sentiré haberle dicho. Generalmente está muy cariñoso conmi-go, y nos sentamos en el estudio y hablamos de una porción de cosas. De cuando en cuando, sin embargo, es terriblemente aturdido, y parece complacerse en hacerme sufrir. Entonces comprendo, Hany, que he entregado mi alma entera a un ser que la trata lo mismo como si fuera una flor que prenderse en el ojal, una condecoración que halaga la vanidad, el adorno de un día de verano.
—Los días de verano son largos —murmuró Lord Henry -. Quizás seas tú el primero que se canse. Es doloroso de pensar; pero no cabe duda de que el genio dura más que la belleza. Esto explica por qué nos tomamos tanto trabajo en instruirnos. En la lucha sin tregua de la vida necesitamos algo que perdure; por eso llenamos nuestra mente de ri-pios y de hechos, en la necia esperanza de conservar nuestro sitio. El hombre enterado de todo: tal es el ideal moderno. Y el espíritu de este hombre enterado de todo es una cosa abominable, un baratillo, todo monstruos y polvo, todo tasado en un precio más alto que su valor. En fin, sea lo que sea, creo que tú serás el primero en cansarte, un día mirarás a tu amigo, y lo encontrarás un poco desdibujado, o no te gus-tará su tono de color, o cualquier otra cosa por el estilo. Y se lo repro-charás amargamente en tu corazón, y creerás con toda seriedad que se ha portado muy mal contigo. Al día siguiente estarás con él perfecta-mente frío e indiferente. Lástima grande, porque empezarás a cambiar. Lo que me has contado es toda una novela, una novela de arte, por decirlo así; y lo peor de tener una novela, sea del género que sea, es que le deja a uno tan poco novelesco...
—Harry, no hables así. Mientras viva, la personalidad de Donan Gray me dominará. Tú no puedes sentir como yo siento. Tú cambias con tanta, facilidad...
-~Ah, querido Basil, precisamente por eso puedo sentirlo! Los que permanecen fieles no conocen más que el lado trivial del amor; sólo los; infieles saben de sus tragedias.
Y sacando una cerilla de una deliciosa fosforera de plata, Lord Henry encendió otro cigarrillo, con aire convencido y satisfecho de sí mismo, como si hubiera resumido el mundo en una frase. Un murmullo indistinto de píos de gorriones salía de las hojas verde laca de la hiedra, y las sombras azulencas de las nubes se perseguían sobre la hierba. ¡Qué delicioso estaba el jardín! ¡Y qué deliciosas eran las emociones de los demás!... Mucho más deliciosas, para gusto de él, que sus ideas. El alma propia y las pasiones ajenas: tales eran las cosas sugestivas de la vida. Con mudo deleite se representaba el lunch que se había perdido por estar tanto tiempo con Basil Hallward. De haber ido a casa de su tía, seguramente hubiera encontrado allí a Lord Goodbody, y toda la conversación habría versado sobre la manutención del pobre y la nece-sidad de asilos modelos. Cada clase habría predicado la importancia de aquellas virtudes cuyo ejercicio no era necesario en su vida propia. El rico hablaría del valor del ahorro, y el ocioso se volvería elocuente al tratar de la dignidad del trabajo. ¡Qué felicidad haber escapado de todo esto! De pronto, al pensar en su tía, se le ocurrió una idea. Volviéndose hacia Hallward, dijo:
—Querido, acabo de acordarme...
—c~Acordarte de qué, Hany?
—De donde he oído el nombre de Dorian Gray.
—~,Dónde?—preguntó Hallward, frunciendo levemente el ceño.
—No pongas esa cara, Basil. Fue en casa de mi tía Lady Agatha. Me contó que había descubierto a un joven maravilloso, que se dispo-nía a ayudarla en sus obras de caridad y que se llamaba Donan Gray. Debo confesar que no me dijo ni una palabra acerca de su hermosura. Las mujeres no tienen el sentido de la belleza masculina; pon lo menos, las mujeres honradas, me dijo que era un muchacho muy formal y de muy bueno s sentimientos. Me imaginé enseguida un ser con gafas y pelo lacio, espantosamente pecoso y contoneándose sobre unos pies inmensos. Me hubiera gustado saber que era tu amigo.
—Pues yo celebro en extremo que no lo supieras, Hany.
—~,Por qué?
—Porque prefiero que no lo conozcas.
—~,Qué prefieres que no le conozca?
—Sí.
—Mn. Dorian Gray está en el estudio, señor —dijo el mayordomo, entrando en el jardín.
—Pues, ahora, no vas a tener más remedio que presentármelo —ex-clamó Lord Henry, echándose a reír.
Volvíase el pintor hacia el criado, que permanecía de pie en el sol, parpadeando.
—Dile a Mn. Gray que tenga la bondad de esperar, Parker, que voy en seguida.
Inclinóse el criado y se netinó.
Entonces, mirando a Lord Henry, dijo Hallwand:
—Donan Gray es mi amigo más querido. Es una naturaleza senci-lla y recta. Tu tía tenía razón en lo que dijo. No me lo eches a perder. No trates de influenciarlo. Tu influencia sería perniciosa. El mundo es ancho y lleno de senes interesantes. No separes de mía la única persona que da a mi arte todo el encanto que éste pueda tener; mi vida de artista depende de él. Tenlo en cuenta, Hany; confio en ti.
Hablaba muy despacio, como si a pesar suyo se le escapasen las palabras.
—~ Qué tonterías estás diciendo! -exclamó Lord Henry, con una sonrisa.
Y cogiendo a Hallward pon un brazo le condujo casi hacia el es-tudio.
 
 
 

CAPITULO II

Al entrar vieron a Dorian Gray. Estaba sentado al piano, de es-paldas a ellos, hojeando un cuaderno de las Escenas del Bosque, de Schumann.
—Tienes que prestármelas, Basil —gritó-. Es necesario que las aprenda. Son deliciosas.
—Depende de como poses hoy, Dorian.
—~Oh!, estoy harto de pescan. ¡Y pana la falta que me hace un re-trato de tamaño natural! —contestó el mancebo, dando media vuelta sobre el taburete del piano, con ademán malhumorado y voluntarioso.
Cuando vio a Lord Henry, un ligero rubor coloneó sus mejillas, mientras se ponía en pie precipitadamente.
—Perdona, Basil, peno no sabía que tenías visita.
—Es Lord Henry Wotton, Dorian, uno de mis antiguos amigos de Oxford. Precisamente le acababa de decir lo bien que posabas, y ahora has venido a estropearlo.
—Peno no ha estropeado mi satisfacción de conocerle, Mn. Gray -dijo Lord Henry, adelantándose con la mano tendida -. Mi tía me ha hablado con frecuencia de usted. Es usted uno de sus favoritos, y temo que también una de sus víctimas.
—SAy!, me parece que he caído en desgracia con Lady Agatha —conte stó Dorian, con un cómico visaje de arrepentimiento -. Le había prometido in con ella a un círculo de Whitechapel, el jueves pasado, y me olvidé en absoluto. Teníamos que tocan a cuatro manos una pieza; no, tres piezas, me parece. No sé lo que va a decirme. Sólo el pensa-miento de in a verla me asusta.
—~Bah!, yo haré las paces. Ella le quiere a usted mucho. Y, real-mente, no creo que haya tenido importancia la falta de usted. Es proba-ble que el auditorio creyese que era a cuatro manen. Cuando mi tía Agatha se pone al piano hace ruido pon dos.
—Es usted muy mato con ella, y no muy amable conmigo —con-testó Donan, echándose a reír.
Lord Henry le miró con atención. Sí, ciertamente que era de una belleza maravillosa, con sus labios rojos, deliciosamente modelados, y sus ojos azules e ingenuos y sus rizos de oro. Había algo en su rostro que, desde el primer momento, inspiraba confianza. Todo el candor de la juventud y toda su apasionada pureza. Se comprendía que aún el mundo no había contaminado. Nada tenía de extraño el culto de Basil Hallward.
—Es usted demasiado seductor pana dedicanse a la filantropía, Mn. Gray... demasiado seductor.
Y Lord Henry se neclinó en el diván, sacando su pitillera.
El pintor había permanecido ocupado mezclando los colores y limpiando sus pinceles, con una cierta expresión de malestar. Al oír las últimas palabras de Lord Henry levantó los ojos hacia él, vaciló un instante, y al fin dijo:
—Harry, quisiera terminan hoy este retrato. ¿Sería una impertinen-cia que te rogase nos dejaras trabajar?
Lord Henry sonrió, minando a Dorian Gray.
—~,Debo irme, Mn. Gray? —preguntó.
—~Oh!, de ningún modo, se lo ruego, Lord Henry. Veo que Basil está hoy de mal talante, y cuando se pone así no se le puede aguantar. Además, deseo que me explique usted pon qué no debo dedicarme a la filantropía.
—~ Oh!, no sabría qué contestan a usted, Mn. Gray, Es un tema tan enojoso, que tendríamos que tratarlo en serio. Peno me quedané, ya que usted lo desea. ¿Te parece bien, Basil? Muchas veces te he oído decir que te gustaba que tus modelos tuviesen con quién hablan.
Hallward se mordió los labios.
—Desde el momento que Donan lo quiere, inútil decir que debes quedarte. Los caprichos de Dorian son ley para todos, excepto para él.
Lord Henry cogió su sombrero y sus guantes.
—Enes muy amable, Basil, peno tengo que irme. Tengo una cita en el Onléans. Hasta la vista, Mn. Gray. Venga usted a yerme una de estas tardes. A eso de las cinco estoy casi siempre. Peno póngame usted dos letras. Sentiría infinito que no me encontrara.
—Basil —exclamó Dorian Gray -; si Lord Henry Wotton se va, me voy yo también. En cuanto te pones a pintan no dices esta boca es mía, y resulta espantosamente aburrido estar de pie sobre mi tarima, tenien-do que ponen cara sonriente. Dile que se quede. Tengo verdadero inte-rés en que se quede.
—Quédate, Hany, haznos ese favor a Dorian y a mí —dijo Ha-llward, sin levantar los ojos del cuadro -. Es cierto, cuando me pongo a trabajar no hablo, ni oigo y comprendo que mis infortunados modelos se aburran mortalmente. Te suplico que te quedes.
—Peno, ¿y mi cita?
El pintor se echó a reír.
—No creo que eso sea un inconveniente. Anda, vuelve a sentarte, Hany. Y ahora, Dorian, sube a la tarima y no te muevas demasiado ni hagas caso de lo que te diga Lord Henry. Su influencia es nociva para todos sus amigos, con mi única excepción.
Subió Dorian Gray a la tarima, con el aine de un joven mártir griego, haciendo una pequeña mueca de enfado a Lord Henry, al que ya había tomado cierta simpatía. ¡Era tan diferente de Basil! Hacían un contraste delicioso. ¡Y tenía una voz tan agradable! Al cabo de pocos instantes le dijo:
—~,Es cierto que ejerce usted una mala influencia sobre sus ami-gos, Lord Hemy? ¿Tan mala como dice Basil?
—No hay influencia buena, Mn. Grey. Toda influencia es inmo-ral... inmoral, desde un punto de vista científico.
—~,Pon qué?
—Porque influencian a una persona es prestarle nuestra propia al-ma. No piensa ya sus pensamientos naturales, ni ande con sus propias pasiones. Sus virtudes dejan de ser suyas. Sus pecados, si es que hay pecados, son de segunda mano. Se convierte en el eco de una música ajena, en el actor de un papel que no había sido escrito para él. El fin de la vida es el desenvolvimiento de la personalidad. Realizar nuestra propia naturaleza cabalmente: pana esto hemos venido. Hoy los hom-bres se asustan de sí mismos. han olvidado el más alto de sus deberes, el deben que uno se debe a sí mismo. Sí, son caritativos; dan pan al hambriento y vestido al mendigo. Peno sus propias almas se mueren de hambre y van desnudas. El valor ha abandonado a nuestra raza. Quizás nunca lo tuvimos. El temor a la sociedad, que es La base de la moral; el temor de Dios, que es el secreto de la religión: tales son las dos fuerzas que nos gobiernan. Y, sin embargo...
—Vuelve un poco más la cabeza hacia la derecha. Dorian; sé buen chico -dijo el pintor, sumergido en su obra, peno dándose cuenta de que el rostro del mancebo tenía ahora una expresión que nunca viera hasta entonces.
—Y, sin embargo —continuó Lord Henry, con su voz queda, musi-cal, y aquel suave ademán de la mano tan característico suyo y que ya tenía en sus días de Eton (12 Uno de los colegios más aristocráticos de Inglaterra, fundado en 1440 por Enrique VI, en los alrededores de Londres, a la orilla izquierda del Támesis)  -, creo que si un hombre se atreviera a vivir su vida plena y totalmente, a dar forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento, realidad a cada ensueño... creo que el mundo cobra-ría de nuevo un ímpetu tal de alegría, que olvidaríamos todas las en-fermedades del medievalismo, y tornaríamos al ideal helénico... a algo quizá más bello, más rico que el ideal helénico. Peno hasta el más au-daz de nosotros tiene miedo de sí mismo. La mutilación del salvaje tiene su trágica supervivencia en la nenuncia de sí mismo que frustra nuestras vidas. Y somos castigadas pon ello. Cada impulso que lucha-mos pon estrangulan, germina en el espíritu y nos envenena. El cuerpo peca una vez, y acaba con su pecado, pues la acción es una especie de purificación. Nada queda entonces, excepto el recuerdo de un placer, o la voluptuosidad de un arrepentimiento. El único medio de libranse de una tentación es ceder a ella. Resistid, y vuestra alma enfermará de deseo pon las cosas que se ha vedado a sí misma, de concupiscencia pon aquello que sus leyes monstruosas han hecho ilícito y monstruoso. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo tienen lugar en el cerebro. En el cerebro también, y sólo en el cerebro, tienen lugar los grandes pecados del mundo. Usted mismo, Mn. Gray, usted mismo, con su juventud colon de rosa y su blanca infancia, usted ha tenido pasiones que le han dado miedo, pensamientos que le han llenado de terror, sueños dormido y sueños despierto, cuyo simple recuerdo bastaría para teñir de vergüenza sus mejillas...
—~Basta! —balbuceó Donan Gray -, ¡basta! Me aturde usted. No sé que decir. Siento que a todo eso hay una respuesta; peno no puedo hallarla. No hable usted mías. Déjenle pensar. O más bien déjeme que trate de no pensar.
Durante casi diez minutos quedó inmóvil, con los labios entrea-biertos y en los ojos un brillo extraño. Se daba cuenta, indistintamente, de que una influencia nueva obraba en él. Sin embargo, le parecía como si esta influencia proviniese realmente de sí mismo. Las pocas palabras que el amigo de Basil le había dicho —palabras casuales, sin duda, y llenas de premeditadas paradojas- habían conmovido en él alguna cuenda secreta, no tonada hasta entonces, peno que ahora sentía vibrante y latiendo en extrañas pulsaciones.
La música le había conmovido ya de ese modo. La música le ha-bía turbado muchas veces. Peno la música no es definida. No es un mundo nuevo, sino un nuevo caos lo que crea en nosotros. ¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Cuán terribles son! ¡Qué claras, y vivas, y crueles! ¡Imposible escapar de ellas! Y, sin embargo, ¡qué magia sutil reside en ellas! Parecen capaces de dar forma plástica a cosas informes y poseen una música propia tan dulce como la música del violín o del laúd. ¡ Simples palabras! ¿Hay acaso nada más real que las palabras?
Sí; cosas había en su infancia que él no pudo entender. Ahora las comprendía. Súbitamente, la vida se tornaba de colon ele fuego para él. Le parecía haber marchado hasta entonces a través de llamas. ¿Cómo no se había dado cuenta?
Sonriendo con su sonrisa sutil, Lord Henry le observaba. Sabía el momento psicológico preciso en que debía guardar silencio. Sentíase profundamente interesado. Y en extremo sorprendido de la impresión instantánea que sus palabras produjeran; y recordando un libro que había leído a los dieciséis años, libro que le había revelado muchas cosas que antes ignoraba, se preguntaba si Dorian Gray estaba pasando pon una experiencia análoga. El no había hecho más que disparar una flecha al aine. ¿Había dado en el blanco?... Realmente, era un mucha-cho interesante.
Hallwand seguía pintando con aquella pincelada audaz y segura que le caracterizaba y que tenía ese refinamiento y delicadeza perfecta que en arte, pon lo menos, solo da la fuerza. Ensimismado en su trabajo no se daba cuenta del silencio.
—~Basil, estoy cansado de posar! —exclamó, al fin Dorian Gray -. Me voy a sentar al jardín. Aquí hace un aine sofocante.
—Perdona, querido Dorian. Ya sabes que cuando pinto no pienso en otra cosa. Peno nunca has ¡osado mejor. No te has movido en lo más mínimo. Y he logrado el efecto que buscaba... los labios entrea-biertos y la minada brillante. No sé lo que te habrá estado diciendo Hany; peno lo cierto es que te ha hecho ponen una expresión maravillo-sa. Supongo que habrán sido cumplidos. No debes creerle ni una sola palabra.
—Puedes estar seguro de que no me ha dicho ningún cumplido. Quizá sea ésa la razón de que no crea nada de lo que me ha estado diciendo.
—De sobra sabe usted que sí -dijo Lord Henry, minándole con sus ojos lánguidos y soñadores -. Iré al jardín con usted. place un calor horrible en este estudio. Basil, danos algo fresco de beben, algo con fresas.
—Con mucho gusto, Hany. Toca el timbre, y cuando venga Parker se lo diré. Tengo que acaban este fondo; así que dentro de un rato iré a reunirme con vosotros. No retengas demasiado tiempo a Dorian. Nunca me he sentido tan en vena de trabajar. Esto lleva camino de ser mi obra maestra. Sí: tal como está es ya mi obra maestra.
Cuando Lord Henry salió al jardín, encontró a Dorian Gray con el rostro escondido entre las lilas frescas, aspirando febrilmente su per-fume, como si bebiese: un vino exquisito. Acercándose a él le puso una mano en el hombro.
—Hace usted bien —musitó -. Sólo los sentidos pueden cunar el al-ma, así como el alma es lo único que puede cunar los sentidos.
El adolescente se estremeció y volvióse hacia él. Llevaba la cabe-za desnuda, y las hojas habían descompuesto sus rizos rebeldes, enma-rañando sus donadas hebras. Tenía en los ojos una expresión medrosa, como una persona a quien acaban de despertar bruscamente. Las aletas de su nariz, finamente dibujadas, palpitaban, y una oculta emoción hacía temblar el carmín de sus labios.
—Sí —continuó Lord Henry -,ése es uno de los grandes secretos de la vida: curar el alma pon medio de los sentidos, y los sentidos pon medio del alma. Es usted un ser privilegiado. Sabe usted mas de lo que cree saber; peno menos de lo que desea saber.
Donan Gray frunció el entrecejo, volviendo a otro lado la cabeza. No podía menos de sentir simpatía pon aquel hombre alto, esbelto, en pie frente a él. Su rostro aceitunado y romántico, su expresión cansada, le interesaban. Había en su voz queda y lánguida, un no sé qué absolu-tamente fascinador. Sus manos frías, blancas, semejantes a llores, te-nían también un encanto singular. Movíanse, al hablan, musicalmente, como si tuvieran un lenguaje propio. Peno le daba miedo, y vergüenza de tener miedo. ¿Pon qué le había sido reservado a un extraño el reve-larle a sí mismo? A Basil Hallwand le conocía desde hacía unos cuan-tas meses, y su amistad nunca le había turbado. Y, de pronto, alguien se había interpuesto en su vida para revelarle el misterio de la vida. Sin embargo, ¿qué había en ello que pudiera asustarle? Él no era un cole-gial ni una niña. Era absurdo tener miedo.
—Vamos a sentarnos a la sombra —dijo Lord Henry-. Parker nos ha traído ya de beben, y si permanece usted más tiempo a este sol, se es-tropeará usted el cutis, y Basil no volverá a pintarle. Realmente, no debe usted dejar que el sol le queme. Sería una lástima.
~Y qué importa? -exclamó Dorian Gray, riendo y tomando asiento en el banco que había a un extremo del jardín.
—A usted debería importarle mucho, Mn. Gray.
—~,Pon qué?
—Porque tiene usted la juventud más maravillosa, y la juventud es la única cosa que vale la pena de ser deseada.
—No soy de esa opinión, Lord Henry.
—Sí; ahora no lo es usted. Día llegará, cuando sea usted viejo y arrugado y feo, cuando el pensamiento le haya devastado con sus sun-cos la frente, y la pasión quemado los labios con sus fuegos repugnan-tes, en que lo será usted. Ahora, adonde quiera que vaya, triunfará usted. Peno ¿será siempre así?... Ahora tiene usted un rostro de una belleza maravillosa, Mn. Gray. No frunza usted el ceño. Lo tiene. Y ha belleza es una de las formas del genio; más alta, en vendad, que el genio, ya que no necesita explicación. Es una de las grandes realidades del mundo, como la luz del sol, o la primavera, o el reflejo en las aguas oscuras de esa concha de plata que llamamos luna. No puede ponerse en duda. Es una soberanía de derecho divino. Hace príncipes a quienes la poseen. ¿Sonríe usted? ¡Ah!, cuando la haya pendido no sonreirá usted... Con frecuencia se dice que la belleza es cosa superficial. Qui-zás. Peno, en todo caso, no es tan superficial como el pensamiento. Para mí, la belleza es la maravilla de las maravillas. Unicamente los superficiales no juzgan pon las apariencias. El verdadero misterio del mundo está en lo visible, no en lo invisible... Sí, Mn. Gray, los dioses han sido benévolos con usted. Peno lo que los dioses dan, pronto lo quitan. Pocos años le quedan a usted que vivir realmente, plenamente, perfectamente. Cuando su juventud pase, su belleza pasará con ella, y entonces, bruscamente, descubrirá usted que se acabaron los triunfos, o tendrá usted que contentarse con esos pequeños triunfos que el recuer-do del pasado hace más amargos que derrotas. Cada mes que transcurre le avecina a usted un porvenir espantoso. El tiempo tiene celos de usted, y guerrea contra sus azucenas y sus rosas. Se pondrá usted lívi-do, y sus mejillas se hundirán, y sus ojos penderán todo su brillo. Suffi-ná usted horriblemente... ¡Ah!, realice usted su juventud mientras la tiene. No dispendie usted el oro de sus días, dando oídos al necio, tra-tando de remediar su irremediable fracaso, o arrojando su vida al igno-rante y al vulgo. Tales son los fines enfermizos, los falsos ideales de nuestra época. ¡Viva usted! ¡Viva esa vida maravillosa que hay en usted! ¡No deje usted penden nada... Busque sin cesar sensaciones nue-vas. No terna usted nada... Un nuevo hedonismo: eso es lo que ha me-nester nuestro siglo. Usted podría ser su símbolo visible. Con su belleza, nada hay que no pudiera usted hacen. El mundo es suyo pon una temporada. . . Desde el momento en que le vi a usted, comprendí que usted no se daba cuenta en absoluto de lo que realmente era usted, de lo que realmente podría ser. Había en usted tantas cosas que me atraían, que comprendí que era necesario revelarle a sí mismo. Pensé en lo trágico que sería que se frustrase usted. ¡Porque es tan breve el espacio de vida que le queda a su juventud.., tan breve! Las flores del campo se marchitan; peno florecen de nuevo. Ese cítiso estará el pró-ximo junio tan amarillo como ahora. Dentro de un mes, esa clemátide se cubrirá de estrellas de púrpura, y año tras año el verde nocturno de sus hojas sostendrá la púrpura de sus estrellas. Peno, nosotros, jamás recobraremos nuestra juventud. El pulso de alegría que late en nosotros a los veinte, va haciéndose cada día más perezoso. Nuestros miembros flaquean, nuestros sentidos se estancan. Degeneramos en muñecos repugnantes, obsesionados pon el recuerdo de las pasiones que nos hicieron retroceden atemorizados y de las tentaciones exquisitas a que no tuvimos el valor de ceder. ¡Juventud! ¡Juventud! ¡Nada hay en el mundo comparable a la juventud!
Con los ojos muy abiertos, absorto, Donan Gray escuchaba. La rama de lilas le cayó de las manos sobre la grava. Una velluda abeja zumbó un momento en torno de ella. Luego comenzó a pasean pon los globitos ovales y estrellados de sus flores menudas. Dorian la minaba atentamente, con ese singular interés pon las cosas triviales que trata-mos de desarrollar cuando cosas de la más alta importancia nos sobre-cogen o nos sentimos conmovidos pon alguna emoción nueva que no podemos expresan, o algún pensamiento que nos espanta toma de pronto asiento en nuestro cerebro, obligándonos a ceder a él. Al cabo dennos instantes, la abeja levantó el vuelo y Dorian la vio posarse en el cáliz moteado de un convólvulo tirio. La flor pareció estremecense, y luego quedó balancéandose suavemente.
De pronto apareció el pintor en la puerta del estudio, haciéndoles signos reiterados de que entrasen. Volviénonse uno a otro, sonriendo.
—Os estoy esperando —gritó Hallward -. Venid. Hay una luz per-fecta en este momento. Podéis traen vuestros refrescos.
Levantánonse, y perezosamente se dirigieron hacia el estudio. Dos mariposas, vendes y blancas, pasaron revoloteando junto a ellos, mien-tras en el penal, que crecía en un ángulo del jardín, comenzaba a cantar un tondo.
—~,Se alegra usted de haberme conocido? —preguntó Lord Henry, minándole.
—Sí; ahora me alegro. Peno ¿será siempre así?
—~,Siempne? ¡Palabra tremenda! ¡Cada vez que la oigo me estre-mezco! ¡Las mujeres son tan aficionadas a emplearla! Echan a penden todas las novelas pon su empeño en hacerlas eternas. Pon otra parte, es una palabra sin sentido. La única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida, es que el capricho dura un poco más.
Al in a entrar en el estudio, Dorian Gray puso su mano en el brazo de Lord Henry.
—En ese caso, que nuestra amistad sea un capricho —munmunó, ru-borizándose de su atrevimiento.
Y subiendo de nuevo a la tarima recobró su pose.
Lord Henry se dejó caen en un amplio sillón de mimbre, y quedó absorto en su contemplación. El in y venin del pincel sobre el lienzo era el único rumor que quebraba el silencio, excepto cuando, de tiempo en tiempo, retrocedía Hallward unos pasos para juzgar el efecto de su trabajo. En medio de los rayos oblicuos de sol que entraban pon la puerta abierta danzaba un polvillo donado. El aroma pesado de las rosas parecía envolverlo todo.
Al cabo de un cuarto de hora, dejó de pintar Hallward; contempló durante largo rato a Donan Gray, y luego el retrato, mordiscando la punta de uno de sus grandes pinceles, las cejas contraídas.
—~Terminado! —exclamó al fin, y agachándose escribió su nombre en el ángulo izquierdo del lienzo en grandes letras bermellón.
Acencóse Lord Henry pana examinan el retrato. Indudablemente era una maravillosas obra de arte, y de un parecido también maravillo-so.
—Querido Basil, te felicito calurosamente —dijo -. Es el retrato más hermoso de estos tiempos. Acénquese usted, Mn. Gray, y contémplese.
Estremecióse el adolescente, como si despertana de un sueño.
—~,Está completamente terminado? —murmunó, bajando de la tari-ma.
—En absoluto —repuso el pintor -. Y hoy has posado espléndida-mente. Te estoy agnadecidísimo.
—Eso me lo debes a mí —interrumpió Lord Henry -. ¿Vendad, Mn. Gray?
Sin contestan, negligentemente, Dorian fue a situarse frente al re-trato. Cuando lo vio dio un paso atrás, y sus mejillas enrojecieron un momento de satisfacción. Sus ajos brillaron de alegría, como si acabara de neconocense pon vez primera. Quedó en pie, inmóvil, maravillado, dándose cuenta apenas de que Lord Henry le estaba hablando, peno sin comprenden el sentido de sus palabras. La significación de su propia belleza se apodenó de él como una revelación. Jamás había sentido lo que ahora. Los cumplidos de Basil Hallward le habían parecido siem-pre simples exageraciones —encantadoras, eso sí- de la amistad. Los había escuchado, reído de ellos e inmediatamente olvidado. No habían influido en él lo más mínimo. Entonces había venido Lord Henry Wo-tton con su extraño panegírico de la juventud y la advertencia terrible de su fugacidad. El oírle, ya le había impresionado; peno ahora, al contemplan la sombra de su propia belleza, la plena realidad de sus palabras acababa de traspasanle. Sí, día llegaría en que su rostro se arrugana y marchitase, y sus ojos se tornasen incoloros y opacos, y la gracia de su figura quedara rota y deforme. El carmín se borraría de sus labios y el oro huiría de sus cabellos. La vida, que iba a modelar su alma, acabaría con su cuerpo. Se convertiría en algo horrendo, repug-nante y grosero.
Al pensar en ello, una aguda congoja de dolor le traspasó como un cuchillo, haciendo vibrar cada fibra delicada de su naturaleza. Sus ojos se oscurecieron en un morado de amatista y una bruma de lágri-mas los empañó. Sentía como si una mano de hielo le estrujase el cora-zón.
—~,No te gusta? —exclamó, al fin, Hallwand, un tanto mortificado pon el silencio de Dorian, no dándose cuenta de lo que significaba.
—Naturalmente que le gusta —dijo Lord Henry -. ¿A quién no le va a gustar? Es una de las obras capitales del arte moderno. Te daré pon él lo que pidas. Tiene que ser mío.
—No me pertenece, Hany.
—~A quién pertenece entonces?
—A Dorian, como es natural -contestó el pintor.
—~Dichoso él!
—~Qué cosa tan triste! —murmuró Dorian Gray, con los ojos fijos aún en su retrato -. ¡Qué casa tan triste! ¡Pensar que yo envejecené y me pondré horrible, espantoso, y que este retrato permanecerá siempre joven! Nunca tendrá más edad de la que tiene en este día de junio... ¡Si fuese siquiera al revés! ¡ Si fuera yo el que permaneciese siempre jo-ven, y el retrato el que envejeciese! ¡No sé... no sé lo que daría pon esto! ¡Sí, daría el mundo entero! ¡Daría hasta mi alma!
—Me parece que el trato no te convendría mucho, ¿eh, Basil? —ex-clamó Lord Henry, echándose a reír -. No tardaría tu obra en empezar a cuartearse.
—Puedes estar seguro de que me opondría con todas mis fuerzas, Hany —replicó el pintor.
Volvió se Dorian Gray hacia él.
—Lo creo, Basil. Tú quienes tu arte más que a tus amigos. Para ti no valgo más que cualquiera de esas figulinas de bronce vende. Y aun puede que no tanto.
El pintor le miró con asombro. ¿Cómo podía Dorian hablan así? ¿Qué había sucedido? Parecía profundamente irritado. Tenla el rostro encendido y las mejillas ardiendo.
—Sí —continuó—, soy menos para tí que tu Hermes de marfil o tu fauno de plata. A ellos siempre los querrás igual. ¿Cuánto tiempo me querrás a mi? Hasta que me salga la primera anruga, sin duda. Ahora sé que, cuando se pierde la belleza, sea grande o pequeña, se pierde todo. Ese retrato me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene razón. La juventud es la única cosa del mundo digna de ser codiciada. Cuando me dé cuenta de que estoy envejeciendo, me matané.
Hallwand palideció y le cogió la mano.
—~Dorian! ¡Dorian! —exclamó —. No hables así. Nunca he tenido un amigo como tú, y nunca tendré otro semejante. Tú no puedes tener celos de una cosa puramente material, ¿no es cierto?; tú, que enes más hermoso que todas.
—Tengo celos de todo aquello cuya belleza no muere. Tengo celos de ese retrato que has pintado. ¿Pon qué tiene él que conservan lo que yo tengo que penden? Cada momento que pasa me quita algo a mí para dánselo a él. ¡Oh, si siquiera fuese al revés! ¡Si el retrato pudiera cam-biar en lugar mio, y yo permanecen tal como soy ahora! ¿Pon qué lo has pintado? ¡Día llegará en que se burle de mí.. en que se burle cruel-mente!
Sus ojos se arrasaron en lágrimas candentes, sus manos se retor-cían. Arrojándose sobre el diván, escondió el rostro en los almohado-nes, como si estuviese rezando.
—Mina tu obra, Hany ijo el pintor amargamente.
Lord Henry se encogió de hombros.
—Ese es el verdadero Dorian Gray, simplemente.
—No lo es.
—Si no lo es, ¿qué tengo yo que ver con ello?
—~ Si te hubieses ido cuando te lo indiqué! -dijo el pintor entre dientes.
—Me quedé cuando me lo rogaste —replicó Lord Henry.
—Hany, no voy a reñir con mis dos mejores amigos al mismo tiempo; peno entre ambos me habéis hecho aborrecen la obra me-jor de mi vida, y voy a destruirla. ¿Qué es, al fin y al cabo, sino lienzo y pintura? No quiero que venga a interponerse entre nues-tras tres vidas y a echarlas a penden.
Donan Gray levantó la cabeza de los almohadones y, pálido el rostro y los ojos bañados en lágrimas, te miró diriginse hacia la mesa de pintor, situada ante el ventanal. ¿Qué iría a hacen? Sus dedos erraban entre el desorden de tubos y pinceles, buscando algo. Sí, era la espátu-la, de hoja larga y flexible de acero. Al fin la encontró. ¡Iba a destrozar el lienzo!
Con un sollozo ahogado se puso en pie el adolescente, y, corrien-do hacia Hallward, le arrancó de la mano la espátula, que tiró al otro extremo del estudio.
—~No, Basil, no! —gritó —. ¡Sería un asesinato!
Celebro que al fin aprecies mi obra, Dorian —dijo el pintor fría-mente, reponiéndose de la sorpresa —. Nunca lo hubiera esperado.
—~,Apnecianla? La adoro, Basil. Es como parte de mí mismo.
—Bueno, pues en cuanto estés seco, serás barnizado y enviado a tu casa. Entonces, podrás hacen contigo lo que gustes.
Y, atravesando la habitación, tocó el timbre para que trajesen el té.
—Tomarás una taza de té, ¿vendad, Dorian? ¿Y tú, Hany, tam-bién? ¿O presentáis alguna objeción a placeres tan sencillos?
—Yo adoro los placeres sencillos -dijo Lord Henry —. Son el últi-mo refugio de los hombres complicados. Peno no me gustan las escenas fuera del teatro. ¡Qué par de senes absurdos sois! Me asombra que hayan definido al hombre como un animal nacional. ¡Definición pre-matura, si las hay! El hombre es todo lo que se quiera, menos nacional. Y yo, pon mi parte, me alegro de que no lo sea. Aunque no pon eso deje de parecerme grotesco que os pongáis a reñir con motivo del retrato. Habrías hecho mucho mejor en cedérmelo, Basil. Este niño absurdo no lo necesita para nada, y yo sí.
—~ Si se los das a otro que a mí, Basil, no te lo pendonaré en mi vi-da! --exclamó Dorian Gray -; y no tolero a nadie que me llame niño absurdo.
—Ya sabes que el cuadro es tuyo, Donan. Te lo di antes de que existiese.
—Y también sabe usted que se ha portado como un niño absurdo, Mn. Gray, y que no tiene usted pon qué molestarse de que le recuerden que es sumamente joven.
—Esta mañana me habría molestado en extremo, Lord Henry.
—~Ah, esta mañana! De entonces acá ha vivido usted mucho.
Llamaron ala puerta, y entró el mayordomo con el servicio de té, que colocó encima de una mesita de laca. Hubo un rumor de tazas y platillos y el silban de una acanalada tetera de Georgia. Un criado trajo dos fuentes de porcelana cubiertas. Dorian Gray se levantó a servir el té, y los dos amigos se acercaron indolentemente a la mesa e investiga-ron lo que había bajo las coberteras.
—Vamos al teatro esta noche —dijo Lord Henry -. Seguramente hay algo nuevo. Yo había prometido in a cenar con los White; peno como se trata de un amigo de confianza, puedo avisarle diciéndole que estoy malo, o que un compromiso posterior me impide in. Sí; me pare-ce que esta última sería una excusa divertida, con todo el encanto de la ingenuidad.
—~ Es tan molesto tener que ponerse de frac! —murmuró Hallwand-. ¡Y está uno tan fachoso con él!
—Sí —contestó Lord Henry como en sueños -; el traje del siglo die-cinueve es lamentable. ¡Tan sombrío, tan deprimente! La vendad es que el pecado es el único elemento pintoresco que ha quedado en la vida moderna.
—Cneo que no deberías decir mis cosas delante de Donan, Hany.
—~,Delante de qué Dorian? ¿El que está sirviéndonos el té o el de ese retrato?
—Delante de los dos.
—Me gustaría in al teatro con usted, Lord Henry, ijo entonces el adolescente.
—Pues venga usted, y tú también, ¿eh, Basil?
—Me es absolutamente impasible. Tengo una porción de cosas que hacen.
—Bueno, en ese caso iremos los dos solos, Mn. Gray.
—~Cuánto me alegro!
Mordió se el pintor los labios, dirigiéndose, con la taza en la ma-no, hacia el retrato.
—Yo me quedané con el verdadero Dorian —dijo tristemente.
—~,Es ése el verdadero Dorian? -exclamó el original, avanzando hacia él —. ¿Soy, de venas, así?
—Exactamente.
—~Qué maravilla, Basil!
—Pon lo menos, así enes en apariencia. Peno éste no cambiará nun-ca —suspinó Hallward -. ¡Ya es algo!
—~ Cuánto ruido mete la gente a propósito de la constancia! —ex-clamó Lord Henry -. ¡ Si hasta en clamor no es más que una cuestión fisiológica! ¿Qué tiene eso que ver con nuestra voluntad? Los jóvenes se empeñan en ser fieles y no lo pueden; los viejos tratan de no serlo, y tampoco pueden. A eso se reduce todo.
—No vayas esta noche al teatro, Dorian -dijo Hallwand-. Quédate a cenan conmigo.
—No puedo, Basil.
—~,Pon qué?
—Ya he prometido a Lord Henry acompañarle.
—No creas que te apreciará más pon cumplir tu palabra. Él siempre falta a las suyas. Te ruego que te quedes.
Donan Gray se echó a reír, moviendo negativamente la cabeza.
—Te lo suplico...
—Vacilante, el muchacho miró a Lord Henry, que les observaba desude la mesa con una sonrisa divertida.
—No tengo más remedio que in, Basil -contestó.
—Perfectamente -dijo Hallwand, yendo a dejan su taza en la ban-deja -. Es bastante tarde, y, si tenéis que vestinos, haréis bien en no penden tiempo. Adiós, Hany. Adiós, Dorian. Ven pronto a yerme. Ven mañana.
—Desde luego.
—~,No te olvidarás?
—Claro que no —exclamó Donan.
-Y... ¡Hany!
—~Qué, Basil?
—Acuéndate de lo que te pedí esta mañana en el jardín.
—Lo he olvidado.
—Confio en ti.
—~Oj alá pudiera yo también confiaren mi! —dijo Lord Henry, rien-do -. Vamos, Mr. Gray, tengo el coche a la puerta, y le dejaré a usted en su casa. Adiós, Basil. He pasado una tarde deliciosa.
Al cerrarse la puerta, dejóse caen el pintor en el diván, y una ex-presión de dolor contrajo su rostro.
 
 
 

CAPITULO III

AI día siguiente, a las doce y media, bajaba Lord Henry Wotton pon la calle de Curzon, en dirección a la de Albany, con ánimo de in a ver a su tío Lord Fermon, solterón bondadoso, si bien un tanto brusco, tachado de egoísta pon la gente que no sacaba de él provecho alguno, peno al que la buena sociedad consideraba generoso, pon el meno hecho de dar de comen a quienes le divertían. Su padre había sido embajador nuestro en Madrid, cuando Isabel era joven y Prim desconocido; peno se había retirado de la diplomacia en un momento de mal humor, por-que no le ofrecieron la embajada de París, puesto para el que se consi-deraba especialmente designado a causa de su nacimiento, su indolencia, el buen inglés de sus despachos y su desordenada afición a los placeres. El hijo, que había sido secretario del padre, presentó la dimisión al mismo tiempo, un peco aturdidamente, según se dijo en-tonces, y pocos meses después, habiéndole sucedido en el título, se dedicó al grave estudio del gran arte aristocrático de no hacen absolu-tamente nada. Tenía dos hermosas casas en la ciudad; peno, pana mayor comodidad, prefería vivir en un pisito amueblado, comiendo habitual-mente en su círculo. De cuando en cuando se ocupaba de la adminis-tración de sus minas de carbón, alegando, para excusarse de esta mácula de industria, que la única ventaja de tener carbón era que per-mitía a un gentilhombre el lujo de hacen fuego de leña en su propia chimenea. En política, era conservador; excepto cuando los conserva-done s subían al poden, período durante el cual les acusaba rotunda-mente de ser un hatajo de radicales. Era un héroe para su ayuda de cámara, que le tiranizaba, y el terror de casi todos sus deudos y pa-rientes, a quienes, a su vez, tiranizaba. Sólo Inglaterra hubiera podido producirlo; y, sin embargo, continuamente repetía que el país se iba al traste. Sus principios estaban anticuados; peno, en cambio, mucho bueno podría decirse a favor de sus prejuicios.
Cuando Lord Henry entró en el curto encontró a su tío sentado en un butacón, vestido con una necia cazadora, fumando un puro y refun-fuñando sobre un número del Times.
—~Hola, Hany! —exclamó el viejo prócer -. ¿Qué es lo que te trae a estas horas? Yo creía que los jóvenes a la moda no os levantábais hasta las das y no estabais visibles hasta las cinco.
—Puro amor de familia; se lo aseguro, tío Jorge. Necesito pedirle a usted una cosa.
—Dinero, supongo -dijo Lord Fermon, torciendo el gesto -. Bueno, siéntate y dime de qué se trata. Los jóvenes, hoy, creen que el dinero es todo.
—Sí —murmuró Lord Henry, abotonándose la americana -; y cuan-do llegan a viejos, lo saben. Peno no es dinero lo que necesito. Unica-mente los que pagan sus cuentas necesitan dinero, tío Jorge, y yo no pago las mías. El crédito es el capital de los hijos de familia, y se puede vivir de él perfectamente. Lo que necesito es un informe. No un infor-me útil, naturalmente, sino un informe inútil.
—Bien; puedo decirte todo lo que se encuentra en un Libro Azul (Llámase así, por el color de las cubiertas, el libro que desde 1681, imprime y reparte el Gobierno inglés, conteniendo los documentos, memorias, dictámenes e informes por él presentados a las Cámaras.)inglés, Hany; aunque esas gentes, hoy, escriben una porción de tonte-rías. Cuando yo estaba en la Diplomacia, las cosas iban mucho mejor. Peno, ahora, he oído que se entra pon oposición. ¿Qué puede espenarse de gentes así? Los exámenes, señor mio, son una pura paparrucha, de cabo a nabo. Si un hombre es un caballero, en toda la acepción de la palabra, ya sabe bastante; y si no lo es, todo lo que aprenda no hará más que perjudicarle.
—Mn. Dorian Gray no tiene nada que ver con las Libros Azules, tío Jorge —dijo Lord Henry, lánguidamente.
—~,Mn. Dorian Gray? ¿Quién es ese Mr. Dorian Gray? —preguntó Lord Fermon, frunciendo sus espesas cejas blancas.
—Eso es lo que he venido a saber, tío Jorge. Es decir, quién es lo sé. Es el último nieto de Lord Kelso. Su madre era una Deveneux: Lady Margaret Deveneux. Desearía que me hablase usted de su madre. ¿Có-mo era? ¿Con quién se casó? Usted, que conoció a casi todo el mundo de su época, debió conocerla a ella. Ese Mn. Gray me interesa mucho en estos momentos. Acabo de conocerle.
—SEl nieto de Kelso! —repitió el viejo prócer -. ¡El nieto de Kel-so!... Naturalmente... conocí mucho a su madre. Era una muchacha extraordinariamente bonita la tal Margaret Deveneux, que dejó furiosos a todos escapándose con un mozo que no tenía un céntimo, un don nadie, subalterno en un regimiento de infantería, o algo pon el estilo. Ya lo creo... Me acuerdo de toda la historia como si fuera ayer. Al pobre chico le mataron en duelo en Spa, pocos meses después de su matrimonio. Fue una historia bastante fea. Dicen que Kelso compró a un aventurero de la peon especie, alguna bestia belga, para que insulta-se en público a su hijo político —lo compró, sí señor, lo compró —, y que el fulano ensartó a su hombre como si fuera un pichón. Echaron tierra al asunto; peno, pon fas o pon nefas, el caso es que Kelso, a los pocos días, tenía que comen solo en el círculo. Recogió a su hija, me dijeron; peno ella no volvió a dirigirle nunca la palabra. ¡Historia fea, historia fea! La muchacha murió al cabo de un año... ¿Conque ha deja-do un hijo, eh? Había olvidado ese detalle. ¿Y qué tal es ese mucha-cho? Si se parece a su madre debe ser un guapo chico.
—Guapísimo —asintió Lord Henry.
—Esperemos que caiga en buenas manos —continuó Lord Fermon -. Debe tener una bonita fortuna en perspectiva, si Kelzo hizo bien las cosas. Su madre también tenía dinero. Todas las propiedades de Selby fueron a paran a ella, pon parte de su abuelo, que detestaba a Kelso, juzgándole un perro tacaño. ¡Y vaya si lo era! Una vez vino a Madrid estando yo allí. Te aseguro que me avergonzó. La reina me preguntaba quién era aquel aristócrata inglés que se pasaba la vida disputando con los cocheros pon unos céntimos. Fue toda una historia; estuve más de un mes sin atneverme a asomar la nariz pon la corte. Esperemos que haya tratado a su nieto mejor que a aquellos bribones.
—No sé —respondió Lord Henry -. Me parece que debe haber que-dado bien. Todavía no es mayor de edad. Sé que tiene Selby. Pon lo menos, así me lo ha dicho. Y... su madre, ¿era realmente bonita?
—Margaret Deveneux era una de las mujeres más encantadoras que he visto en mi vida, Hany. Nunca he podido comprenden qué pudo inducirla a hacen lo que hizo. Como que hubiera podido casanse con quien se le hubiese antojado. Carlington estaba loco pon ella. Peno ella era una romántica. Todas las mujeres de esa familia lo fueron. Los hombres eran lamentables; peno, ¡caramba!, las mujeres eran extraor-dinarias. Carlington estaba de rodillas ante ella; él mismo me lo ha dicho. No había entonces una muchacha en Londres que no corriese tras él; peno ella se le rió en sus narices. Y a propósito, Hany, ya que hablamos de matrimonios absurdos, ¿qué paparrucha es ésa que me ha contado tu padre de que Dartmoon quiere casarse con una americana? ¿Es que no hay ninguna muchacha inglesa digna de él?
—~ Peno si ahora está de moda casanse con una americana, tío Jor-ge!
—~ Pues yo sostendré a las mujeres inglesas, aunque sea contra el mundo entero, Hany! —exclamó Lord Fermon, descargando un puñeta-zo sobre la mesa.
—Pon el momento, las americanas están en alza.
—~Bah!, me han dicho que carecen de resistencia -dijo entre dien-tes su tío.
—Una carrera larga las deja exhaustas; peno en el steeplechase no tienen rival. Cogen las cosas al vuelo.
—~,Y qué son los padres de ella? —gruñó el anciano aristócrata -. ¿Los tiene siquiera?
Lord Henry sacudió la cabeza.
—Las muchachas americanas son tan hábiles pana ocultar sus pa-dres, como las mujeres inglesas para ocultar su pasado ijo, levantán-dose para inse.
—~Siempne serán salchicheros!
—Así lo espero, tío Jorge, pon fortuna para Dartmoon. He oído de-cir que la salchichería es la profesión más lucrativa en América, des-pués de la política.
—~,Y es bonita?
—Hace como si lo fuera. La mayor parte de las americanas son así. Ese es el secreto de su encanto.
—~,Pon qué no podrán esas americanas quedanse en su país? ¿No están siempre diciéndonos que aquello es el paraíso de las mujeres?
—Y lo es. Pon eso, como Eva, tienen tanta prisa pon salin de él —re-puso Lord Henry -. Bueno, adiós, tío Jorge. Voy a llegar tarde a comen si me quedo más tiempo. Gracias pon los informes que deseaba. Me gusta siempre saber todo lo que se refiere a mis nuevos amigos, y nada de lo que se refiere a los antiguos.
-~Dónde comes hoy, Hany?
—En casa de tía Agatha. Nos ha invitado a mí y a Mn. Gray, que es su último protegido.
—~Jum! Haz el favor de decir a tu tía Agatha,Hany, que no me moleste más con sus obras de caridad. Estoy de ellas hasta la coronilla. ¡Caramba!, tu tía sin duda se figura que no tengo otra cosa que hacen que extender cheques pana satisfacen su ridícula manía.
—Bien, tío Jorge, se lo diré; peno no le hará el menor efecto. Los filántropos pierden toda noción de humanidad. 1 5 su característica.
El anciano gruñó aprobativamente y tocó el timbre para que vi-niera el criado.
Lord Henry tomó pon la arcada baja de la calle de Burlington, en-caminando sus pasos hacia la plaza de Berkeley.
¡Así, ésa era la historia de los padres de Dorian Gray! Cruda-mente, tal como le fue contada, le había, sin embargo, impresionado como una novela extraña y casi contemporánea. Una mujer hermosa arriesgándolo todo pon una loca pasión. Unas cuantas semanas de di-cha, bruscamente interrumpida pon un crimen alevoso y repugnante. Meses de agonía muda, y luego un hijo nacido en el dolor. La madre arrebatada pon la muerte; el niño abandonado ala soledad y a la tiranía de un viejo desalmado. Sí, era un fondo interesante. Hacía resaltar al mancebo, le hacía parecen más perfecto como quien dice. Detrás de todo lo que es exquisito hay siempre algo trágico. Mundos enteros tuvieron que ser removidos para que la más humilde planta pudiera florecen. . . ¡Y qué encantador había estado la noche antes, en la cena, con aquellos ojos atónitos y los labios entreabiertos de placer y temor, sentado frente a el en el comedor del círculo, mientras las pantallas rojas de las bujías teñían de un rusa más intenso la sorpresa creciente de su rostro! Hablarle, era como tocar en un violín maravilloso. Res-pondía al menor contacto y vibración del arco... Había algo terrible-mente apasionante en el ejercicio de la influencia. Ninguna actividad podía companánsele. Proyectan nuestra alma en una forma atractiva, dejándola reposar en ella pon un instante; oír uno de sus ideas devueltas en eco, con toda la música añadida de la pasión y la juventud; transmi-tir nuestra naturaleza a otra como si fuera un fluido sutil o un extraño perfume. Había en todo esto un goce positivo; acaso el más perfecto de todos los que nos ha dejado una época tan limitada y banal como la nuestra, una época grosamente carnal en sus placeres y groseramente vulgar en sus ideales... Vendad que era un ejemplar maravilloso el mancebo a quien pon tan singular casualidad conociera en el estudio de Basil; pon lo menos, podía llegar a serlo. Encarnaba la gracia y la blan-ca pureza de la infamia y la belleza que los antiguas mármoles griegos nos han conservado. Nada había que no se pudiera conseguir de él. Lo mismo podría hacerse de él un titán que un juguete. ¡Lástima que be-lleza semejante estuviera destinada a marchitanse! ... ¿Y Basil? Desde un punto de vista psicológico, ¡ qué interesante! Una modalidad nueva de arte, un nuevo modo de concebir la vida, sugeridos tan extraña-mente pon la simple presencia visible de un sen, inconsciente de todo ella, el espíritu silencioso que moraba en los bosques umbrías, y cami-naba invisible pon las llanuras, mostrándose súbitamente, como una dríade sin miedo, porque en su alma que le buscaba había sido desper-tada esa visión maravillosa, única que revela las grandes maravillas; las simples formas y apariencias de las cosas depurándose, pon decirlo así, y conquistando una especie de valor simbólico, como si fueran ellas a su vez moldes de otras formas más perfectas, cuya sombra hiciesen real: ¡qué extraño todo ello! Algo análogo recordaba en la historia. ¿No era Platón, aquel artista en pensamiento, quien primero lo había anali-zado? ¿No fue Buonarotti quien lo cinceló en el mármol policromo de una serie de sonetos? Peno en nuestro siglo era realmente extraño... Sí; él trataría de ser para Dorian Gray lo que éste, sin saberlo, era para el pintor que había trazado el espléndido retrato. Él intentaría dominarlo; realmente, ya lo había conseguido a medias. El haría completamente suyo aquel admirable espíritu. Había algo fascinante en este hijo del Amor y la Muerte.
De pronto se detuvo, y miró las fachadas. Advirtió que había pa-sado de casa de su tía, y sonriendo de sí mismo, volvió atrás. Al entrar en el vestíbulo un tanto sombrío, el mayordomo le dijo que ya se ha-bían sentado a la mesa. Entregó a uno de los criadas el sombrero y el bastón, y pasó al comedor.
—Tarde, como de costumbre, Hany —le gritó su tía, meneando la cabeza.
Inventó una excusa cualquiera, y ocupando el sitio vacío, junto a ella, paseó una minada en torno para ver quién había. Dorian le hizo una tímida inclinación de cabeza desde un extremo de la mesa, rubori-zándose de contento. Enfrente tenía a la duquesa de Harley, dama de carácter afabilísimo y humor excelente, muy querida pon cuantos la conocían, y de esas amplias proporciones arquitectónicas que, en las mujeres, cuando no son duquesas, nuestros historiadores contemporá-neos describen como obesidad. Junto a ella, a su derecha, se encontra-ba Sin Thomas Burdon, miembro radical del Parlamento, que en la vida pública iba en pos de su jefe, y en la vida privada en pos de los buenos cocineros, comiendo con los conservadores y pensando con los libera-les, con arreglo a una norma discreta y conocida. El puesto de su iz-quierda lo ocupaba Mn. Enskine, de Treadley, gentilhombre entrado en años, muy ameno y muy culto, que, sin embargo, había dado en la mala costumbre de callan, ya que, como explicó un día a Lady Agatha, había dicho antes de los treinta todo lo que tenía que decir. La vecina de Lord Henry era Mrs. Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía, santa entre las santas; peno tan horriblemente desaliñada, que hacía pensar en un devocionario mal encuadernado. Afortunadamente para él, Mrs. Vandeleur tenía al otro lado a Lord Faudel, inteligentísima mediocridad entre dos edades, tan calvo como una declaración ministe-rial en la Cámara de los Comunes, con el que conversaba de esa mane-ra profundamente seria que, como a menudo había observado, es el único error imperdonable en que caen todas las personas excelentes, y al que ninguna de ellas puede escapar pon completo.
—Estábamos hablando de ese pobre Dartmoon, Lord Henry —gritó la duquesa, haciéndole un amable saludo con la cabeza -. ¿Cree usted que realmente se casará con esa interesante pensonita?
—Me parece que ella tiene la intención de proponénselo, duquesa.
—~Qué horror! -exclamó Lady Agatha -. ¡Realmente habría que intervenir!
—Me han dicho, de buena tinta, que su padre tiene un almacén de novedades americanas —dijo Sin Thomas Burdon, con gesto despectivo.
—Mi tío le suponía salchichero, Sin Thomas.
—~,Novedades? ¿Qué novedades americanas son ésas? —preguntó la duquesa, levantando sus gruesas manos con ademán de asombro.
—Novelas americanas —repuso Lord Henry, sirviéndose un trozo de codorniz.
La duquesa pareció desconcertada.
—No le haga usted caso, querida —murmuró Lady Agatha -. Nunca sabe lo que dice.
—Cuando América fue civilizada... —dijo el miembro radical; y comenzó una fastidiosa disertación. Como todos los que tratan de ago-tar un tema, acababa siempre pon agotar a sus oyentes.
La duquesa suspinó y ejerció su privilegio de interrupción.
-~Oj alá no lo hubiera sido nunca! —exclamó -. Realmente, nues-tras hijas, hoy, tienen poca suerte. Es una injusticia.
—Quizá, después de todo, no haya sido civilizada América -dijo Mn. Enskine -. Yo, pon mi parte, diría que no ha sido más que descu-bierta.
—~Oh!, aquí hemos visto algunas muestras femeninas de sus ha-bitantes —respondió vagamente la duquesa -. Y preciso es confesar que la mayor parte de ellas son preciosas. Y se visten divinamente. Encar-gan todos sus trajes a París. Ya quisiera yo poden hacen lo mismo.
—Dicen que cuando los americanos bueno s se mueren van a París ijo, riendo entre dientes Sin Thomas, que tenía un guardarropa bien
surtido de desechos de ingenio.
—~,De vendad? Y los americanos malos, ¿adónde van?
—Se quedan en América —murmunó Lord Hany.
Sin Thomas frunció en cedo.
—Temo que su sobrino esté prevenido en contra de ese gran país —dijo a Lady Agatha -. Yo lo he recorrido todo en trenes especiales y les aseguro a ustedes que esa visita es una enseñanza.
—~,Entonces va a ser preciso que veamos Chicago para acabar nuestra educación? —preguntó Mn. Enskine, lastimeramente -. Yo no me siento con ánimos pana el viaje.
Sin Thomas levantó la mano.
—Mn. Enskine de Treadley tiene el mundo en sus estanterías. No-sotros, los hombres prácticos, necesitamos ver las cosas, en lugar de leer lo que dicen de ellas. Los americanos son un pueblo en extremo interesante. Pueblo de razón, si los hay. Cneo que es su característica esencial. Sí, Mn. Enskine, un pueblo con sentido común. Le aseguro a usted que allí no se andan con sensiblerías.
—~ Qué horror! -exclamó Lord Henry -. La fuerza bruta, todavía se concibe; peno la razón bruta es completamente intolerable. Hay en el uso de ella algo bestial, algo que queda siempre pon debajo de la inteli-gencia.
—No comprendo lo que quiere usted decir —repuso Sin Thomas, enrojeciendo.
—Yo, sí, Lord Henry —murmuró Mn. Enskine, con una sonrisa.
—Las paradojas están bien como pasatiempo —añadió sin Thomas -peno..:
—~,Ena una paradoja? —preguntó Mn. Enskine -. No lo creo... Sí; es posible que lo fuera. Al fin y al cabo, el camino de la paradoja es el camino de la vendad. Para conocen la realidad es preciso verla en la cuenda floja. Hasta que las verdades no se hacen acróbatas no podemos juzgarlas.
—~Santo Dios! -exclamó Lady Agatha -. ¡Qué cosas dicen ustedes los hombres! Estoy segura de que jamás podré entenderlas. ¡Ah, Hany! Estoy enfadadísima contigo. ¿Pon qué has convencido a nuestro en-cantador Mn. Dorian Gray de que renuncie a mis sociedades obreras? Te aseguro que nos hubiera sido inapreciable, y que habría tenido un gran éxito tocando el piano.
—Quiero que toque para mí solo —contestó Lord Henry, sonriendo; y, minando al extremo de la mesa, recogió la respuesta de una minada brillante.
—~Peno hay tantos desgraciados en Whitechapel! (Barrio obrero, en su mayor parte judío, de Londres.) —replicó Lady Agatha.
—Puedo simpatizar con todo, menos con el sufrimiento -dijo Lord Henry, encogiéndose de hombros -. Con esto no me es posible simpati-zan. Es demasiado feo, demasiado horrible, demasiado deprimente. Hay algo agudamente enfermizo en esta simpatía moderna pon el dolor. Deberíamos simpatizar con el colon, la belleza, la alegría de la vida. Mientras menos se hable de las miserias de ésta, mejor.
—Sin embargo, el problema de las clases pobres es un problema de suma importancia —hizo observan Sin Thomas, con una grave inclina-ción de cabeza.
—~Ya lo creo! —contestó Lord Henry -. Es el problema de la escla-vitud, y tratamos de resolverlo divirtiendo a los esclavos.
El político le miró entornando los ojos.
—Entonces, ¿qué cambios propone usted, qué medidas?
Lord Henry se echó a reír.
—~ Oh! Yo no deseo cambiar nada en Inglaterra, como no sea la temperatura -contestó -. A mí me basta y me sobra con la contempla-ción filosófica. Peno, como el siglo XIX ha hecho bancarrota a causa de su prodigalidad de sentimentalismo, me limitaría a proponen que recurriésemos a la ciencia para volvernos al buen camino. La ventaja de las emociones es que nos descarrían, y la ventaja de la ciencia es no ser emocionante.
—~Pero tenemos responsabilidades tan graves! —se aventunó a de-cir Mrs. Vandeleun.
—~Terriblemente graves! —hizo eco Lady Agatha.
Lord Henry dirigió una minada a Mn. Enskine.
—La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia sería otra.
—Es muy consolador eso que usted dice —susurró la duquesa -. Antes, siempre que venía a ver a su querida tía, casi me sentía culpable del poco interés que me inspiraban esas clases pobres. Desde ahora me atnevené a mirarla cara a cara, sin sonrojarme.
—El sonnojarse sienta muy bien, duquesa —observó Lord Henry.
—Cuando se es joven -contestó ella -. Peno cuando una viej a como yo se sonroja, mal síntoma. ¡Ay, Lord Henry! Dígame usted qué debo hacen para volver a ser joven.
Lord Henry quedó pensativo un instante.
—~,Podría usted recordar algún gran pecado de sus primeros años, duquesa? —preguntó, minándola pon encima de la mesa.
—SAy, temo que una porción! -exclamó la duquesa.
—Pues vuelva usted a cometerlos —dijo él gravemente -. Pana re-cobrar la juventud no tiene uno más que repetir sus locuras.
—~Deliciosa teoría! —gritó la duquesa -. ¡Tengo que ponerla en práctica!
—~Peligrosa teoría! -dictaminaron los labios sumido de Sin Tho-mas.
—Lady Agatha meneó la cabeza; peno no pudo abstenerse de son-reír. Mn. Enskine escuchaba.
—Sí —continuó Lord Henry -;éste es uno de los grandes secretos de la vida. Hoy, la mayor parte de las personas mueren de un sentido común a ras de tierra, y descubren, cuando ya es demasiado tarde, que lo único que se echa de menos son los propios errores.
Una risa general corrió pon toda la mesa. Lord Henry jugó con la idea, obstinándose en ella; la arrojaba al tine, transformándola; la deja-ba escapar, para capturarla de nuevo; la irisaba de fantasía y le daba alas de paradoja. El elogio de la locura se elevó hasta la filo sofia, y la filosofia misma fue rejuvenecida, y hurtando la música caprichosa del placer, con la túnica maculada de vino y coronada de hiedra, danzó como una bacante sobre las colinas de la vida, haciendo burla de la sobriedad del tardo Sileno. Los hechos huían ante ella como asustadas criaturas de la selva. Sus blancos pies hollaban el enorme lagar a cuya orilla el sabio Oman está sentado, hasta que el hirviente zumo de la uva inundó sus miembros desnudos con sus olas de purpúreas burbujas, desbordando en roja espuma pon los flancos negros, nezumantes y viscosos de la cuba. Fue una improvisación extraordinaria. Sentía los ojos de Dorian Gray fijos en él, y la conciencia de que entre su audito-rio se encontraba un ser cuyo espíritu quería fascinar, parecía aguzan su ingenio y policroman su imaginación. Estuvo brillante, fantástico, ins-pirado. Hizo caen en éxtasis a sus oyentes, que siguieron risueños tras su flauta. Dorian no separaba de él los ojos. Como bajo la influencia de un hechizo, las sonrisas se sucedían en sus labios y la sorpresa se hacía más grave en sus ojos sombríos.
AI fin, con la librea de la época, entró en el salón la realidad, en forma de lacayo, para anunciara la duquesa que su coche estaba aguar-dándola.
-~Qué fastidio! —exclamó la duquesa, retorciéndose las manos con una desesperación cómica-. Tengo que ira recogen a mi marido al cír-culo, pana llevarle a no sé qué absurda reunión en Willis’s Rooms, que tiene que presidir. Si me retraso, va a ponerse furioso, y con este som-brero no puedo tener una escena. la demasiado frágil. Una palabra dura acabaría con él. Sí; no tengo más remedio que irme, querida Agatha. Adiós, Lord Henry; ha estado usted delicioso y terriblemente inmoral. Temo no saber qué pensar de sus ideas. Tiene usted que venin a cenar con nosotros cualquier noche de éstas. ¿El martes, pon ejemplo? ¿No tiene usted ningún compromiso pana el martes?
—Por usted faltaría a todos, duquesa —dijo Lord Henry, inclinán-dose.
-~Ah! Muy bien. Es decir, muy bien y muy mal —exclamó la du-quesa -. Bueno, no se olvide usted.
Y salió apresuradamente del salón, seguida pon Lady Agatha y las demás señoras.
Cuando Lord Henry hubo tomado asiento de nuevo, Mn. Enskine, bordeando la mesa, fue a sentarse junto a él.
—Siempre está usted hablando de libros ijo, poniéndole la mano en el brazo -. ¿Por qué no escribe usted uno?
—Tengo demasiada afición a leerlos para pensar en escribirlos, Mn. Enskine. Sí, ciertamente, me gustaría escribir una novela; una no-vela que fuese tan hermosa como un tapiz pensa, y tan irreal. Peno en Inglaterra no hay público más que pana los periódicos, los devociona-rios y las enciclopedias. De todos los pueblos de la tierra, el inglés eses que tiene menos sentido de la belleza literaria.
—Es posible que tenga usted razón -contestó Mn. Enskine -. Yo también tuve ambiciones literarias; peno hace tiempo que renuncié a ellas. Y ahora, mi querido y joven amigo, si me permite usted llamarle así, ¿puedo preguntarle si realmente piensa usted todo lo que nos ha dicho mientras comíamos?
—He olvidado en absoluto lo que dije —sonrió Lord Henry -. ¿Tan inmoral era?
—Inmonalísimo. Le considero a usted sumamente peligroso, y si sucediera algo a nuestra buena duquesa, todos le tendríamos a usted pon el verdadero responsable. Peno me agradaría hablar con usted de cosas de la vida. La generación en que yo nací era extraordinariamente aburrida. Cualquier día, que esté usted cansado de Londres, venga a Treadley a exponerme su filo sofia del placer ante un admirable borgo-ña que tengo la fortuna de conservar.
—Iré encantado. Una visita a Treadley es todo un privilegio. Un huésped perfecto y una perfecta biblioteca.
—Usted completará el conjunto -contestó el anciano gentilhombre, con un saludo cortés -. Ahora, preciso es que me despida de su exce-lente tía. Me esperan en el Ateneo. Es nuestra hora de dormir.
—~,Todos, Mn. Enskine?
—Cuarenta de nosotros, en cuarenta sillones. Estamos trabajando pana fundar una Real Academia Inglesa.
Lord Henry sonrió, levantándose.
—Yo me voy al Parque -dijo en voz alta.
Al salin, Dorian Gray le tocó el brazo.
—Déjeme usted que le acompañe —murmuró.
-Peno, ¿no había usted prometido a Basil in a verle? —preguntó Lord Henry.
—Preferiría in con usted. Sí, comprendo que es preciso que vaya con usted. Déjeme que le acompañe. Y prométame hablan todo el tiem-po. Nadie habla tan prodigiosamente como usted.
—~Ah!, ya he hablado hoy bastante -dijo Lord Henry, sonriendo -. Todo lo que deseo ahora es minar pasar la vida. Venga usted conmigo y mínela pasan también, si le interesa.
 
 
 

CAPITULO IV

Un mes después, hallábase Dorian Gray una tarde descansando en un mullido sillón, en la pequeña biblioteca de la casa de Lord Henry en Mayfair.
Habitación exquisita en su género, con su zócalo alto de noble ahumado, ffiso de colon crema y techo con molduras de estuco, y la alfombra de fieltro colon ladrillo, sembrada de sedosos tapices de Per-sia de largos flecos. Sobre una preciosa mesita de palo áloe se levanta-ba una estatuilla de Clodion, y junto a ella un ejemplan de Les Cent Nouvelles, encuadernado para Margarita de Valois pon Clovis Eve, y salpicado de aquellas margaritas de oro que la reina eligiera para divisa suya. Unos cuanto tibores de porcelana azul y algunos abigarrados tulipanes adornaban la chimenea. A través de los vidrios emplomados de la ventana entraba la luz colon de albérchigo de un día de estío lon-dinense.
Lord Henry aún no había vuelto. Siempre llegaba tarde, pon prin-cipio, declarando que la puntualidad es el ladrón del tiempo. No era, pues, extraño que Dorian pareciese bastante aburrido, mientras con dedos distraídos hojeaba una edición minuciosamente ilustrada de Manon Lescaut que había encontrado en uno de los estantes. El tic-tac acompasado y monótono del reloj Luis XIV le enervaba. Una o dos veces había estado ya a punto de inse.
Al fin oyó pacos fuera, y abrió se la puerta.
—~Qué horas de venin, Hany! —murmuró.
—Temo que no sea Hany, Mn. Gray —contestó una voz aguda.
Volviéndose vivamente, Dorian se puso en pie.
—Pendón. Creí...
—Creyó usted que era mi marido. No es más que su mujer. Tiene usted que permitir que me presente a mí misma. Yo te conozco a usted perfectamente pon sus fotografias. Cneo que mi marido tiene unas die-cisiete.
—~No, diecisiete no, Lady Henry!
—Bueno, pues serán dieciocho. Además, le vía usted la otra noche con él en la Opera.
Reía nerviosamente al hablar, minándole con sus ojos vagos de mio sotis.
Era una mujer singular, cuyos trajes parecían siempre ideados en un acceso de rabia y puestos en una tempestad. Siempre estaba enamo-rada de alguien y, como nunca era correspondida, había conservado todas sus ilusiones.
Trataba de parecen pintoresca, y no conseguía más que ser de sali-ñada. Se llamaba Victoria y tenía la invencible manía de in a la iglesia.
—Fue en Lohengrin, Lady Henry, no?
—Sí; fue en ese querido Lohengrin. Me gusta la música de Wagner más que ninguna. Mete tanto ruido, que se puede estar hablando todo el tiempo sin que nadie se entere. Eso es una gran ventaja; ¿no cree usted lo mismo, Mn. Gray?
La misma risa nerviosa y entrecortada brotó de sus Labios finos, mientras sus dedos empezaban a jugar con una larga plegadera de concha.
Donan sonrió, sacudiendo la cabeza.
—Siento no ser de esa opinión, Lady Henry. Yo, cuando oigo mú-sica, nunca hablo. Pon lo menos, cuando oigo buena música. Claro está que, si es mala, es un deben anegarla en la conversación.
—~Ah!, esa idea me parece que es de Hany, ¿no es cierto, Mn. Gray? Siempre me entero de las ideas de Hany pon sus amigos. Es el único medio que tengo de conocerlas. Peno no vaya usted a figuranse que a mí no me gusta la buena música. La adoro, peno me da miedo. Me vuelve demasiado romántica. He tenido una verdadera pasión pon los pianistas. En ocasiones pon dos a la vez, al decir de Hany. No sé qué es lo que tienen. Quizá el ser extranjeros. Todos los son, ¿vendad? Hasta los que han nacido en Inglaterra se vuelven extranjeros al poco tiempo, ¿no es cierto? ¡Qué inteligentes!, ¿eh? Además, es un home-naje al arte. Así acaban de hacerlo cosmopolita, ¿vendad? Usted nunca ha venido a mis reuniones, ¿no es cierto, Mn. Gray? Tiene usted que venin. Yo no puedo permitirme el lujo de tener orquídeas; peno no reparo en gastos tratándose de extranjeros. ¡Adornan tanto los salones! Peno, ¡aquí está Hany! Hany, venta a preguntarte una cosa —ya no sé cuál —, y he encontrado aquí a Mn. Gray. Hemos tenido una conversa-ción muy interesante sobre música. Tenemos en absoluto las mismas ideas. Aunque, no; me parece que nuestras ideas son completamente opuestas. Peno ha estado divertidísimo. Me alegro mucho de haberle conocido.
—Y yo encantado, amor mío —dijo Lord Henry, anqueando sus ce-jas negras y contemplando a ambos con sonrisa jovial -. Desolado de la tardanza, Dorian. Fui en busca de una pieza de brocado antiguo a la calle de Wardour, y he tenido que regatean hora tras hora. Hoy, la gente sabe el precio de todo y el valor de nada.
—Tengo que irme -exclamó Lady Henry, rompiendo un silencio embarazoso con su risa intempestiva -. He prometido ala duquesa in de paseo con ella. Adiós, Mn. Gray. Adiós, Henry. ¿Cenarás fuera, supon-go? Yo también. Quizá nos veamos en casa de Lady Thornbury.
—Así lo espero, querida —dijo Lord Henry, cerrando la puerta tras ella, que, semejante a un ave del paraíso que hubiera pasado toda la noche a la lluvia, escapó de la habitación dejando tras sí un tenue olor a franchipán. Luego, encendió un cigarrillo y se dejó caen en el diván.
—No te cases nunca con una mujer de cabellos pajizos, Donan —dijo después de unas cuantas chupadas.
—~Por qué, Harry?
—Porque son demasiado sentimentales.
—Peno ¿y si a mí me gusta la gente sentimental?
—No te cases nunca, Dorian. Los hombres se casan pon fatiga; las mujeres, pon curiosidad. Ambos sufren un desengaño.
—No creo que me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Es uno de tus aforismos. Lo este poniendo en práctica, como hago con todo lo que dices.
—~,Y de quién estás enamorado? —preguntó Lord Hany, haciendo una pausa.
—De una actriz —dijo Dorian Gray, ruborizándose.
Lord Henry se encogió de hombros.
—Debut un tanto vulgar.
—No dirías eso si la vieses, Hany.
—~Quién el?
—Su nombre es Sibyl Vane
—Nunca la he oído nombrar.
—Ni nadie. Peno algún día se hablará de ella. Es genial.
—Hijo mio, no hay mujer genial. Las mujeres son un sexo decora-tivo. Jamás tienen nada que decir, peno lo dicen deliciosamente. La mujer representa el triunfo de la materia sobre el espíritu, así como el hombre representa el triunfo del espíritu sobre las costumbres.
—~,Cómo puedes decir eso, Hany?
—Es la pura vendad, querido Dorian. Precisamente ahora me ocu-po de analizar a las mujeres; de modo que estoy fuerte en la materia. Pon otra parte, el tema no es tan abstruso como yo creía. He llegado a la conclusión de que no hay más que dos clases de mujeres: las de sali-ñadas y las que se pintan. Las mujeres desaliñadas son utilísimas. Si quienes adquirir una reputación de respetabilidad, no tienes más que invitanlas a cenar. Las otras son encantadoras. Sin embargo, caen en un error. Se pintan para parecen jóvenes. Nuestras abuelas se pintaban pana hablan con ingenio. Rouge y esprit iban con frecuencia aparejados. Todo esto ha concluido ya. Hoy, una mujer, mientras puede parecen diez años más joven que su hija, se siente perfectamente satisfecha. Y en punto a conversación, no hay más que cinco mujeres en todo Lon-dres con las que valga la pena de charlar; y, de esas cinco, dos no pue-den ser admitidas en sociedad. Peno continúa hablándome de ese genio. ¿Desde cuándo la conoces?
—~Ah!, Harry, tus teorías me asustan.
—No hagas caso de ellas. ¿Desde cuándo la conoces?
—Desde hace unas tres semanas.
—~,Y dónde la has encontrado?
—Voy a decírtelo; peno confio en que no te reirás de mí. Después de todo, nunca me habría ocurrido si no te hubiese conocido a ti. Tú me infundiste el deseo frenético de conocen la vida en su totalidad. A raíz de nuestro encuentro, durante días y días, un no sé qué desconoci-do parecía latir dentro de mis venas. Vagando pon el Parque, callejean-do pon Piccadilly, me fijaba en textos los que pasaban a mi lado, pre-guntándome, con una curiosidad loca, cómo serían sus vidas. Algunos me fascinaban. Otros me llenaban de terror. En el aine parecía flotar no sé qué veneno delicioso. Me sentía ávido de sensaciones... Una noche, a eso de las siete, decidí salin en busca de alguna aventura. Sentía como si este Londres gris y monstruoso, con sus millones de habitantes, sus pecadores sórdidos y sus espléndidos pecados, como tú dijiste una vez, tuviese pana mi en reserva alguna sorpresa. Imaginaba un sin fin de casas. Sólo la sensación del peligro me procuraba ya una sensación de deleite. Recordaba texto lo que me dijiste aquella noche maravillosa en qué cenamos juntos pon vez primera, sobre la persecución de la belleza, que es el verdadero secreto de la vida. No sé qué es lo que esperaba, peno me dirigí hacia los barrios tajos, extraviándome al paco rato en un laberinto de callejones infectos y plazuelas negruzcas, sin jandincillos. Las ocho y media serían cuando acerté a pasan pon delante de un absur-do teatrucho, alumbrado profusamente con grandes mecheros de gas y cubierto de carteles llamativos. Un repugnante judío, con el chaleco más sorprendente que he visto en mi vida, estaba en pié a la entrada, fumando una tagarnina. Pon debajo del sombrero le asomaban unos rizos aceitosos, y un enorme diamante fulguraba en la pechera de su camisa mugrienta. !?~,Un palco, milond~?!?, dijo al yerme, descubriéndo-se con un ademán mirífico de servilismo. Había algo en él, Hany, que me hacía gracia. Era un verdadero monstruo. Ya sé que te reirás de mi; peno el caso es que entré, después de pagar una guinea pon el prosce-nio. Todavía no he conseguido explicarme pon qué lo hice; y, no obs-tante, querido Hany, si no lo hubiese hecho, habría pendido la más hermosa novela de mi vida. ¿Ves?, ya te estás riendo. Encuentro eso muy feo.
—No me río, Dorian; pon lo menos, no me río de ti. Peno no debe-rías decir la novela más hermosa de tu vida. Di, más bien, la primera novela de tu vida. Tú siempre serás amado, y siempre estarás enamora-do del amor. Una gran pasión es el privilegio de la gente que no tiene nada que hacen. ES lo único pana que sirven las clases desocupadas de un país. Puedes estar tranquilo. Te esperan una porción de goces exqui-sitos. Esto no es más que el comienzo.
—~,Tan superficial me crees? -exclamó Donan Gray, resentido.
—No, pon lo mismo que te creo profundo.
—~Qué quienes decir, entonces?
—Hijo mío, los que no aman más que una vez en su vida son los verdaderamente superficiales. Lo qué llaman su lealtad y su constancia, yo lo llamo el letargo de la costumbre o su falta de imaginación. La fidelidad es a la vida sentimental lo que la consecuencia en las ideas es a la vida intelectual: simplemente una confesión de impotencia. ¡ La fidelidad! Algún día la analizané. La pasión del propietario se esconde en ella. ¡Cuántas cosas arrojaríamos si no temiésemos que otros pudie-ran recogerlas! Peno no quiero interrumpirte. Continúa tu historia.
—Bueno; pues me encontré sentado en un horroroso palquito inte-rior, frente a un telón corrido, vulgarísimo. Me dediqué a examinar la sala. Era un verdadero horror, con un decorado de lo más charro, todos cupidos y cornucopias, como una tarta de bodas de tercer orden. En la galería y en el patio había bastante gente; peno las dos tilas de butacas mugrientas estaban totalmente vacías, y apenas había un alma en lo que supongo llamarían butacas de balcón. Pon en medio del público circulaban vendedoras de naranjas y cerveza de jengibre, y se hacía un consumo de nueces fenomenal.
—Nada; como en los días gloriosos de~ drama inglés.
—Pon completo, supongo. Y te aseguro que era un espectáculo po-co grato. Empezaba ya a preguntarme qué resolución tomar, cuando me fijé en el programa: ¿Qué obra crees que daban, Hany?
—Supongo que El niño idiota, o Mudo, pero inocente. Nuestros padres eran bastante aficionados a este género de obras. A medida que vivo, Dorian, comprendo más agudamente que lo que satisfacía a nuestros padres no puede ya satisfacernos a nosotros. En arte, como en política, les grand-péres ont tort(Sic en el texto. Las pocas palabras francesas del original han sido conserva-das en su mayoría.)
—La obra también podía satisfacernos a nosotros, Hany. Era Ro-meo y Julieta. Debo confesar que la idea de ver representar Shake spea-ne en un chamizo semejante no me hacía mucha gracia. Sin embargo, en cierto modo, me sentí intrigado. Pon si acaso, decidí aguardan al primer acto. Había una endiablada onquesta, dirigida pon un joven hebreo que tocaba un piano desvencijado, y que estuvo a punto de ponerme en fuga; peno, al fin, se levantó el telón y empezó la obra. Romeo era un galán corpulento y entrado en años, de cejas tiznadas con concho quemado, una voz catarrosa de tragedia y el aspecto gene-ral de un tonel de cerveza. Mencutio era pon el estilo de malo: uno de esos cómicos de baja estofa que meten morcillas y están en los mejores términos con la galería. Ambos eran tan grotescos como el decorado, y parecían recién salidos de una barraca de feria. ¡Peno Julieta, en cam-bio! Imagínate, Hany, una muchacha de apenas diecisiete años, con una carita en flor, una cabecita griega con rodetes trenzados de cabello castaño, ojos como pozos morados de pasión, labios como pétalos de rosa. Era la cosa más bonita que había visto en mi vida. Tú me dijiste una vez que lo patético te dejaba insensible, peno que la belleza, la simple belleza, podía arrasarte los ojos en lágrimas. Pues bien, Hany:
te aseguro que las lágrimas empañaron de tal modo los míos, que ape-nas podía verla. ¡Y su voz! Jamás he oído una voz semejante. Al prin-cipio era muy queda, con notas profundas y melodiosas, que parecían caen una a una en el oído. Luego se fue haciendo más alta, y sonaba como una flauta o un oboe lejano. En la escena del jardín tuvo todo el éxtasis trémulo que se oye poco antes del alba cuando los ruiseñores están cantando. Hubo momentos, poco después, en que tuvo la pasión ardorosa del violín. Tú sabes lo que una voz puede conmovernos. Tu voz y la de Sibyl Vane son dos cosas que jamás podré olvidar. Cuando cierro los ojos, oigo ambas, y cada una dice algo distinto. No sé a cuál seguir. ¿Pon qué no voy a querer a Sibyl Vane? Sí, Hany, la quiero. Es todo para mí en la vida. Noche tras noche voy a verla representar. Una noche es Rosalinda, y a la siguiente es Imogenia. La he visto morir en las tinieblas de una tumba italiana, libando el veneno de labios de su amante. He seguido sus pasos pon la selva de las Ardenas, disfrazada de mancebo, en jubón y calzas, tocada con un lindo birrete. Ha estado loca, y ha ido a presencia de un rey culpable, y le ha dado un manojo de ruda y otras hierbas amargas. Era inocente, y las negras manas de los celos han estrujado su garganta, frágil como un junco. Yola he visto en todas las épocas y en todos los trajes. Las mujeres corrientes no excitan nuestra imaginación. Se ven limitadas a su propio siglo. No hay hechizo ni encantamiento que las transfigure. Se conoce su alma tan fácilmente como sus sombreros. Se puede penetrar en ellas de conti-nuo. No hay misterio alguno en ellas. Pasean en coche pon el Parque de mañana, y cotorrean pon las tardes en los tés. Tienen sonrisas estereoti-padas y van siempre a la moda. Son vacías, completamente vacías y transparentes. ¡En cambio, una actriz! ¡Qué diferencia de una actriz! Hany, ¿cómo no me has dicho nunca que las únicas criaturas dignas de ser amadas son las actrices?
—Pues porque he querido a un porción de ellas, Donan.
—~Sí; mujeres horribles, con el pelo teñido y la cana pintada!
—No hables mal del pelo teñido y las caras pintadas. Aveces, tie-nen un encanto extraordinario —dijo Lord Henry.
—Siento ya haberte hablado de Sibyl Vane.
—No habrías podido dejan de hacerlo, Dorian. Toda la vida tendrás ya que contarme cuanto hagas.
—Sí, Hany, tal creo. No puedo dejan de contártelo todo. Tienes sobre mí un extraño influjo. Si alguna vez cometiese un crimen, ten pon seguro que iría a confesártelo. Tú me comprenderías.
—Los hombres como tú, rayos de sol caprichosos de la vida, nunca cometen crímenes. Peno no importa; de todas modos, te quedo muy agradecido pon la gentileza. Y ahora, dime (alcánzame las cerillas, sé buen chico; gracias): ¿en qué estado se encuentran actualmente tus relaciones con Sibyl Vane?
Donan Gray se puso en pie, con las mejillas cubiertas de rubor y los ojos ardiendo.
—~Hany, Sibyl Vane es sagrada!
—Sólo las cosas sagradas valen la pena de ser conseguidas, Donan ijo Lord Henry, con una extraña sombra de ternura en la voz -. Pero ¿a qué molestarte? Supongo que algún día, tarde o temprano, será tuya. Cuando se está enamorado, siempre comienza uno pon engañarse a sí propio, y siempre acaba pon engañar a los demás. Esto es lo que el mundo llama una novela. Bueno; supongo que, pon lo menos, la cono-cerás.
—Claro que la conozco. La primera noche que fui al teatro, el ho-rrible judío vino a rondan el palco, al final de la representación, y me ofreció llevarme al escenario y presentarme a ella. Yo me puse furioso, y le dije que Julieta había muerto hacía cientos de años y que su cuerpo descansaba en una tumba de mármol en Verona. Comprendí, pon su minada de estupefacción, que pensaba que yo había bebido demasiado champagne, o algo pon el estilo.
—No me extraña.
—Entonces me preguntó si yo escribía en algún periódico. Le contesté que ni siquiera los leía, cosa que pareció producirle una terri-ble decepción. Luego me confesó que todos los críticos dramáticos se habían conjurado contra él, y que todos ellos eran gentes venales que no querían más que ser comprados.
—No me sorprendería que tuviese razón. Peno, pon otra parte, a juzgar pon las apariencias, no deben ser muy canos que digamos.
—Sí; peno sin duda él creía que no estaban a su alcance—dijo Do-rian, riendo -. Mientras tanto, habían ido apagando las luces, y tuve que marcharme. Quiso, entonces, hacerme probar unos cigarros, que me recomendó con grandes elogios; peno decliné la invitación. A la noche siguiente, como puedes suponen, volví al teatro. En cuanto me vio me hizo una profunda nevenencia, y me asegunó que yo era un generoso protector del arte. Es una bestia completa, a pesan de su extraordinaria pasión pon Shakespeare. Una vez me dijo, con orgullo, que sus cinco bancarrotas se debían pon completo al Bardo, como él se empeña en llamarle. Sin duda considera esto como un título de gloria.
—Y lo es, mi querido Dorian; un gran titulo de gloria. La mayoría de los que hacen bancarrota es pon haber interesado demasiado dinero en la prosa de la vida. Haberse arruinado pon amor a la poesía, es un honor. Peno ¿cuándo hablaste pon primera vez con Miss Sibyl Vane?
—La tercera noche. Había hecho de Rosalinda. No pude conte-nerme. Le había arrojado unas flores a escena, y ella me había minado; o, pon lo menos, se me figuró. El viejo judío insistió de tal modo, tan decidido parecía a presentarme, que al fin consentí. Es extraña esta falta mía de deseo pon conocerla, ¿vendad?
—No; no me parece.
~Y pon qué, mi querido Hany?
—Otro día te lo explicaré. Ahora, continúa tu cuento de la mucha-cha.
—~,De Sybil? ¡Oh, es tan tímida, tan candorosa! Hay en ella algo de niña. Abrió los ojos de par en pan, deliciosamente sorprendida, cuando le hablé de su talento; parecía totalmente inconsciente de su arte. Los dos nos sentimos un poco cortados. El judío estaba en pie a la puerta del polvoriento saloncillo, hilvanando complicados discursos a cuenta nuestra, mientras nosotros continuábamos mirándonos uno a otro como chiquillos. Como el judío se empeñaba en llamarme milord, tuve que aseguran a Sibyl que no era lord ni mucho menos. Ella me contestó con toda ingenuidad: !?Más bien parece usted un príncipe; el príncipe de los cuentos de hadas!?.
—~Caramba, Dorian, sabes que Miss Sibyl es experta en piropos!
—No la has entendido, Hany. Ella me consideraba simplemente como un personaje de una obra. ¿Qué sabe ella de la vida? Vive con su madre, una vieja descolorida y mustia que representaba el papel de dama Capuleto, la primera noche, vestida con una especie de peinador magenta, y que tiene un aine de persona que ha venido a menos.
—Conozco ese aine. Siempre me deprime —munmunó Lord Henry, examinando sus sortijas.
—El judío quiso contarme su historia; peno le declaré que no me interesaba.
—Hiciste bien. Siempre hay algo mezquino en las tragedias de los demás.
—Sibyl es la única que me interesa. ¿Qué me importa su origen? Desde su cabecita hasta sus piecesitos, toda ella es divina, absolutamente divina. Todas las noches voy a verla representan, y cada noche es más maravillosa.
—~Ah!, ésa es la razón, sin duda, de pon qué ahora no cenas nunca conmigo. Supuse que tendrías alguna aventura singular entre manos. Y la tienes; peno no es completamente lo que yo esperaba.
—~Peno, querido Hany, si todos los días comemos o cenamos juntos y he ido contigo a la ópera una porción de veces! -exclamó Dorian, abriendo de pan en pan sus ojos azules.
—Siempre llegas con un retraso tremendo.
—Sí, es cierto; peno no puedo dejar de ver a Sibyl, ni siquiera en un solo acto. Tengo hambre de su presencia; y cuando pienso en el alma maravillosa que se esconde en aquel cuerpecito de marfil, me siento lleno de temor.
—~,Y esta noche, puedes cenan conmigo, Dorian?
—Esta noche es Imogenia —repuso, meneando la cabeza -. Y ma-ñana será Julieta.
—~,Y cuándo es Sibyl Vane?
—Nunca.
—Te felicito.
—~Qué malo enes! Ella es todas las grandes heroínas del mundo en una sola persona. Es más que un ser individual. Sí, níete; peno te asegu-ro que tiene genio. La quiero, y haré que ella me quiera. Tú, que sabes todos los secretos de la vida, dime cómo conseguir que Sibyl Vine me quiera. Tengo que dar celos a Romeo. Quiero que los amantes muertos de este mundo oigan nuestra risa, y se entristezcan. Quiero que un soplo de nuestra pasión vuelva la conciencia a sus cenizas y las des-pierte nuevamente al dolor. ¡Dios mío, cómo la adoro, Hany!
Tascaba de un lado a otro pon la habitación, mientras hablaba. Dos rosetones de fiebre quemaban sus mejillas. Se sentía terriblemente sobreexcitado.
Lord Henry le contemplaba con un vago sentimiento de placer. ¡Cuán diferente ahora de aquel muchacho tímido, asustadizo, que había conocido en el estudio de Hallwand! Su naturaleza se había desarrolla-do como una planta, había florecido en llores de púrpura y de fuego. El alma había rastreado fuera de su oculto retiro, y a su encuentro había venido el deseo.
—~,Y qué piensas hacen? —preguntó, al fin, Lord Henry.
—Quiero que tú y Basil vengáis una de estas noches a verla traba-jan. No tengo el más mínimo temor del resultado. Estoy seguro de que los das os daréis cuenta de su genio. Luego, procederemos a arrancarla de las garras del judío. Ella tiene firmado un contrato pon tres años; es decir, dos años y ocho meses a contar desde ahora. Claro que tendré que pagan algo. Cuando todo esté arreglado, la llevaré a un buen teatro y la daré a conocen como es debido. Entonces enloquecerá al mundo como me ha enloquecido a mí.
—SEsto último, hijo mío, me parece bastante dificil!
—No, ella lo hará. No es arte sólo lo que tiene, el instinto supremo del arte, sino también personalidad; y más de una vez te he oído decir que son las personalidades, y no los principios, quienes mueven al mundo.
—Bueno, ¿qué noche vamos?
—Espera. Hoy es martes. Vamos mañana. Mañana hace Julieta.
—Perfectamente. En el Bristol, a las ocho. Yo necogené a Basil.
—No, a las ocho no, Harry, te lo ruego. A las seis y media. Es pre-ciso que estemos allí antes de levantanse el telón. Tenéis que verla en el primer acto, cuando se encuentra con Ronco.
—~A las seis y media! ¡Vaya una hora! Será como un pastel de carne fría o la lectura de una novela inglesa. Pongamos a Lis siete. Nadie que se estime come antes de las siete. ¿Verás tú mismo a Basil? ¿O quienes que le escriba yo?
—~Pobne Basil! Hace una semana que no le he visto. Realmente, no está bien. Acaba de enviarme el retrato, con un marco estupendo, dibujado especialmente pon el; y, aunque estoy un poco celoso del cuadro, que ya tiene un mes menos que yo, debo confesar que me entu-siasmo. Quizás sería preferible que le escribieses. No querría verle a solas. Me dice siempre cosas molestas. Me da buenos consejos.
Lord Henry sonrió.
—~ Qué afición tiene la gente a dar aquello de que está más nece-sitada! Es lo que yo llamo el abismo de la generosidad.
—~Oh!, Basil es el mejor de los hombres, peno me parece un po-quitín filisteo. Desde que te conozco, Hany, he llegado a este descu-brimiento.
—Hijo mío: Basil pone todo lo mejor de él en su obra. El resultado es que no le quedan para la vida más que sus prejuicios, sus principios y su sentido común. Los únicos artistas personalmente encantadores que he conocido, son malos artistas. Los buenos, existen sólo en lo que hacen; y, en consecuencia, canecen de todo interés como sujetos. Un gran poeta, un verdadero gran poeta, es la menos poética de las criatu-ras. En cambio, los poetas menores son absolutamente deliciosos. Mientras peones son sus rimas, más pintorescos parecen ellos. El meno hecho de haber publicado un volumen de sonetos de segunda mano, hace irresistible a un hombre. Vive la poesía que no puede escribir. Los otros escriben la poesía que no se atreven a llevar a cabo.
—Es posible, Hany —dijo Donan Gray, poniéndose esencia en el pañuelo, de un panzudo frasco de tapón donado que había sobre la mesa -. Así debe sen, cuando tú lo dices. Y, ahora, me voy. Imogenia me aguarda. Note olvides mañana. Adiós.
Apenas hubo salido de la habitación, cerró Lord Henry sus párpa-dos, y comenzó a meditar. Ciertamente, pocos senes le habían interesa-do al punto que Donan Gray; y, sin embargo, la frenética adoración del mancebo pon otra persona no le causaba el menor sentimiento de mo-lestia ni de celos. Al contrario, le complacía. Hacía de él un estudio más interesante. Siempre le habían atraído los métodos de las ciencias naturales; peno los fines propios de estas ciencias le habían parecido triviales y sin trascendencia. Así, él había comenzado pon hacen la vivisección de sí propio, y acabado pon hacen la de los demás. ¡La vida humana! Esta era la única cosa que le parecía digna de ser investigada. En su comparación, todo el resto carecía de valor. Cierto que, para examinan la vida en su extraño crisol de dolor y de alegría, no podía uno ponerse la mascarilla de cristal del químico, ni impedir que los vapores sulfurosos turbaran el cerebro y enturbiasen la imaginación con monstruosas fantasías y sueños deformes. Había venenos tan suti-les, que pana conocen sus propiedades era preciso experimentarlo s en sí mismo. Había enfermedades tan extrañas, que era preciso pasar pon ellas si se quería comprenden su naturaleza. Y, sin embargo, ¡qué mag-nífico premio el que se recibía! ¡Cuán maravilloso se nos tornaba el mundo entero! Observar la lógica singular e inflexible de las pasiones, y la vida emocional y policroma de la inteligencia; ver dónde se en-cuentran y dónde se separan, en qué punto marchan al unísono y en cuál se muestran desacordes... ¡qué deleite en todo ello! ¿Qué importa el coste? Ningún precio es excesivo para pagar una sensación.
Él sabía —y el pensamiento trajo un destello de placer a sus ojos de ágata oscura— que ciertas palabras suyas, palabras musicales, dichas musicalmente, eran las que habían hecho que el alma de Donan Gray se hubiese vuelto hacia aquella blanca doncellita, inclinándose en ado-ración ante ella. En gran parte, el mancebo era creación suya. Él lo había hecho prematuro. Esto ya era algo. La mayoría de las personas esperan que la vida vaya descubriéndoles pon sí mismas sus secretos; peno a los menos, a los elegidos, los misterios de la vida les son revela-dos antes de que el velo sea descorrido. A veces, pon efecto del arte, y principalmente del arte de la literatura, que está en relación más inme-diata con las pasiones y el entendimiento. Peno, de vez en cuando, alguna personalidad compleja hacía las veces y asumía el oficio del arte, siendo realmente, a su modo, una verdadera obra de arte, porque la vida tenía también sus obras maestras, lo mismo que la poesía, la escultura o la pintura.
Sí; el mancebo era prematuro. En primavera, entrojaba ya su co-secha. El pulso y la pasión de la juventud latían en él, peno ahora em-pezaba a cobrar conciencia de sí mismo. Era un gozo el observarlo. Con su admirable rostro y su alma admirable, era algo maravilloso. ¿Qué importaba el fin de todo aquello, ni si estaba fatalmente destina-do a tener un fin? Era como una de esas gráciles figuras de comedia, cuyas alegrías parecen remotas de nosotros, peno cuyos dolores susci-tan nuestro sentido de la belleza, y cuyas heridas son como rosas rojas. ¡Alma y cuerpo, cuerpo y alma! ¡Qué hondos misterios! También el alma tenía su animalidad, y el cuerpo sus momentos de espirituali-dad. Los sentidos podían depuranse, y la inteligencia podía degradanse. ¿Quién podría decir dónde cesa el impulso carnal, y dónde el impulso psíquico comienza? ¡Cuán vanas las definiciones arbitrarias de los psicólogos! Y, sin embargo, ¡ qué dificil decidir entre las pretensiones de las diversas escuelas! ¿Era el alma una sombra neclusa en la casa del pecado? ¿O bien estaba el cuerpo en el alma como pensaba Giondano Bruno? La separación del espíritu y la materia era un misterio, y miste-rio también la unión del espíritu con la materia.
Preguntábase si podríamos llegar alguna vez a hacen de la psico-logía una ciencia tan absoluta, que los más mínimos resortes de la vida nos fuesen revelados. Hoy pon hoy, continuamente nos engañábamos respecto a nosotros mismos, y raramente conseguíamos comprenden a los demás. La experiencia no tenía valor ético alguno. Era simplemente el nombre que dábamos a nuestros errores. Los moralistas, pon regla general, la han considerado como una especie de advertencia, recla-mando para ella cierta eficacia moral en la formación del carácter, preconizándola como algo que nos enseña lo que conviene seguir y nos muestra lo que es preciso evitan. Peno la experiencia carecía de toda fuerza motriz. Como causa activa, era tan poca cosa como la misma conciencia. Todo lo que realmente demostraba era que nuestro futuro sería igual a nuestro pasado, y que el pecado que en otro tiempo come-timo s con repugnancia, volveríamos a cometerlo una porción de veces con satisfacción.
Pana él no ofrecía duda que el método experimental era el único pon medio del cual se podía llegar a un análisis científico de las pasio-nes; y ciertamente que Dorian Gray era un sujeto bien propicio, y que parecía prometen ricos y fructuosos resultados. Su amor súbito y des-medido pon Sibyl Vane era un fenómeno psicológico de no poco inte-rés. Desde luego que la curiosidad había entrado pon mucho en él, la curiosidad y el deseo de nuevas experiencias; peno, sin embargo, no era una pasión simple, sino bien compleja. Lo que había en cita del instinto puramente sensual de la pubertad, había sido transformado pon el tra-bajo de la imaginación, cambiado en algo que a él mismo le parecía extraño a los sentidos, y, pon esta razón, tanto más peligroso. Las pa-siones sobre cuyo origen nos engañamos, son las que nos tiranizan más duramente. Nuestros móviles más endebles son aquellos de cuya natu-raleza nos damos cuenta. Con frecuencia ocurre que, cuando creemos hacen una experiencia sobre los demás, la estamos haciendo sobre nosotras mismos.
Continuaba Lord Henry meditando en estas cosas, cuando, des-pués de llamar a la puerta, entró su ayuda de cámara a recordarle que ya era hora de vestinse para la cena. Poniéndose en pie, echó una mina-da hacia la calle. El ocaso inflamaba con un oro escarlata las ventanas altas de las casas de enfrente. Los cristales centelleaban como placas de metal candente. Encima, el ciclo era como una rosa mustia. Pensó en la llameante juventud de su amigo, y en cómo acabaría todo aquello.
Al volver a su casa, a eso de las doce y media, vio sobre la mesa del vestíbulo un telegrama. Lo abrió: era de Dorian Gray, para decirle que había dado palabra de casamiento a Sibyl Vane.
 
 
 

CAPITULO V

—~Madre, madre, qué feliz soy! —susurró la muchacha, escondien-do el rostro en el regazo de la vieja descolorida y marchita, que, senta-da en- el único sillón de la mugrienta salita, volvía la espalda a la viva claridad que entraba pon la ventana.
—~Qué feliz soy! —repitió -. ¡Y también usted tiene que ser feliz!
Dando un respingo en el sillón, puso la señora Vane sus manos blanqueadas al albayalde sobre la cabeza de su hija, y exclamó:
—~Feliz! Yo no soy feliz más que cuando te veo trabajar, Sibyl. Y no debería pensar en otra cosa que en tu arte. Mn. Isaacs ha sido muy bueno con nosotros, y le debemos dinero.
—~ Dinero! —gritó la muchacha, levantando la cabeza con un mohín de disgusto -. ¿Y qué importa el dinero? El amor vale más que el dine-ro.
—Mister Isaac s nos ha adelantado cincuenta libras pena pagan nuestras deudas y equipan decentemente a James; no lo olvides, Sibyl. Cincuenta libras es una cantidad crecida. Mn. Isaacs ha estado muy considerado.
—No es un caballero, madre, y detesto la manera que tiene de ha-blarme ijo la muchacha, levantándose y yendo hacia la ventana.
—Pues no sé cómo íbamos a arreglárnoslas sin él —replicó la vieja quejumbrosamente.
Sacudiendo la cabeza echó se a reír Sibyl Vane.
—Ya no lo necesitamos para nada, madre. El príncipe se ocupará de nosotras.
Hizo una pausa. Una ola de rubor corrió pon sus venas, tiñendo sus mejillas. Un alentar anheloso entreabría las pétalo trémulos de sus labios. Un vendaval de pasión sopló sobre ella agitando los pliegues graciosos de su falda.
—Le quiero —dijo simplemente.
—~Locuela! ¡Locuela! —reconvino la vieja, acentuando grotesca-mente la palabra con un ademán de sus dedos engarfiados, cubiertos de sortijas falsas.
Rió de nuevo la muchacha. Había en su voz la alegría de un pájaro enjaulado. Sus ojos recogían la melodía, repitiéndola en resplandor; luego cerrábanse pon un instante, como para esconder su secreto. Cuando volvía a abrirlos, la bruma de un ensueño había por ellas.
La cordura de labios secas continuaba hablándole desde un raído sillón, sugiriendo máximas de prudencia, tomadas de ese libro de co-bardía, cuyo autor nemeda el nombre de sentido común. Peno ella no escuchaba. Sentíase libre en su cárcel de pasión. Su príncipe, el prínci-pe de los cuentos de hadas, estaba con ella. Ella había acudido a la memoria para fingir su presencia. En busca suya envió su alma, y ésta le había traído consigo. De nuevo, el beso de él quemaba sus labios, y su aliento caldeaba sus párpados.
Entonces la cordura cambió de rumbo y habló de indagación y espionaje. Quizá aquel joven era rico. En ese caso, podía pensarse en el matrimonio. Estrellábanse contra la concha de los oídos de ella las olas de la malicia humana. Silbaban en torno suyo los dardos de la astucia. Veía movense los secos labios y sonreía.
De pronto sintió la necesidad de hablar. Aquel vacío de palabras la turbaba.
—~Madre, madre! —exclamó -. ¿Pon qué me quiere él tanto? Yo sí sé pon qué le quiero. Le quiero porque es como debe ser el mismo amor. Peno él, ¿qué es lo que ve en mi? Yo no soy digna de él y, sin embargo, no sé pon qué, aunque me siento tan pon debajo de él, no me siento humilde. Al contrario, me siento llena de orgullo. Madre, ¿quiso usted a mi padre tanto como yo quiero al príncipe?
Palideció la vieja bajo la espesa capa de polvos ordinarios que enjalbegaban sus mejillas, y crispánonse sus labios en un espasmo de dolor. Sibyl corrió hacia ella, echándole los brazos al cuello y besán-dola.
—Pendón, mamá. Sé lo que la hace sufrir a usted el recuerdo de padre. Y eso, precisamente, demuestra cuánto le quería usted. No se ponga usted triste. Me siento hoy tan feliz como hace veinte años lo era usted. ¡Ay, ojalá pueda serlo siempre!
—Hija mia: enes demasiado joven para pensar enamores. Además, ¿qué sabes tú de ese joven? Ni siquiera su nombre. Nada de esto tiene pies ni cabeza; y la vendad es que, precisamente en el momento en que James se marcha a Australia y tengo tantas cosas en qué pensar, podías haber tenido un poco de consideración. Sin embargo, como ya dije, si ese joven es nico...
-~Ah, madre, madre, déjeme usted ser feliz!
Minóla tiernamente la señora Vane, y con una de esas falsas acti-tudes melodramáticas, que con tanta frecuencia llegan a constituir una segunda naturaleza en la gente de teatro, la estrechó entre sus brazos. En ese momento abrióse la puerta, y un mozo, de pelo áspero y more-no, entró en el cuarto. Era de tipo necio y cuadrado, torpe de movi-mientos, con pies y manos enormes, y sin la finura y distinción de su hermana. Trabajo habría costado adivinan el próximo parentesco que los unía; tan desemejantes eran. La señora Vane clavó en él los ojos, y acentuó su sonrisa. Mentalmente, elevaba a su hijo a la dignidad de público. Estaba segura de que el cuadro era conmovedor.
—Bien podías guardan alguno de esos besos para mí, Sibyl —dijo el mozo con un gruñido afable.
—~Peno si tú enes un oso y no te gustan los besos! -exclamó ella corriendo a abrazarle.
James Vane miró a su hermana con ternura.
—Quisiera que vinieses conmigo a dar una vuelta, Sibyl. Me pare-ce que no volveré a ver este condenado Londres, y a fe que no lo senti-né mucho.
—No digas cosas tan tristes, hijo mío —murmuró la señora Vane, suspirando; y recogiendo del suelo un traje de escena de calones chillo-nes, se puso a nemendanlo. Le había producido una ligera decepción que su hijo no se hubiese unido al grupo. Sin duda habría acrecentado la fuerza teatral de la situación.

—~,Y pon qué no, madre, si así lo pienso?
—Me haces sufrir, hijo mio. Espero que podrás volver de Australia con una buena posición. Cneo que en las colonias no se hace vida de sociedad de ningún género; pon lo menos, nada que pueda conceptuanse como tal; así que, cuando hayas hecho fortuna, debes volver a e stable-certe definitivamente en Londres.
—~Vida de sociedad! —nefunfuñó el mozo —. ¿Y qué tengo yo que ver con eso? Si yo quiero hacen algún dinero es pana netinarlas a usted y a Sibyl del teatro. ¡Cómo lo aborrezco!
—~Qué poco amable enes, Jim! [Diminutivo de James (Jaime).]
 —dijo Sibyl, riendo -. ¿Peno es de venas que quienes dar una vuelta conmigo? ¡Eso está bien! Temia que te fueras a despedir de algún amigote tuyo; de Tom Hardy, que te re-galó esa horrorosa pipa; o de Ned Langton, que te hace burla cuando te ve fumar en ella. Es una delicadeza el dedicarme tu última tarde. ¿Adónde quienes que vayamos? ¿Te parece que al Parque?
—Voy demasiado fachoso —repuso él, frunciendo el ceño -. Al Parque no va más que la gente elegante.
—~Qué tontería, Jim! —susurró ella, tomándole de un brazo.
—Bueno -dijo él, al fin, después de vacilan un momento -. Peno no tardes mucho en vestirte.
Echó ella a corren, bailando alegremente. Oyó sela cantar escaleras arriba, y pronto resonaron sus pisadas en el piso de encima.
El dio dos o tres vueltas pon la habitación, sin despegar los labios. Al fin, se detuvo, volviéndose hacia la figura inmóvil en el sillón.
—~Están listas todas mis cosas, madre? —preguntó
—Todo está listo, James -contestó ella sin levantar los ojos de su labor.
Meses hacía que experimentaba cierto malestar cuando se encon-traba a solas con es te hijo suyo, tan serio y tan áspero. Todo su natural frívolo y vano se turbaba al encontrar sus ojos. Preguntábase a menudo si sospechaba algo. El silencio, pues de nuevo había caído él en su taciturnidad, se le hizo intolerable. Empezó a lamentarse. Las mujeres se defienden atacando, así como otras veces atacan con súbitas y extra-ñas sumisiones.
—Espero que te sentirás a gusto en tu vida de marino, James -dijo. No olvides que tú mismo enes quien la ha elegido. ilubicras podi-do entrar en el estudio de un procurador. Los procuradores son una clase muy considerada; y, en provincias, las familias más principales les invitan a comen con mucha frecuencia.
—Detesto las oficinas, y detesto a los empleadas —contestó él -. Pe-no tiene usted razón. Yo mismo he elegido la vida que más me conve-nía. Todo lo que le pido a usted es que guarde bien a Sibyl. Que no le ocurra ninguna desgracia, madre. Guándela usted bien.
—~Qué cosas dices, James! Claro que la guandané bien.
—Me han dicho que hay un señor que va al teatro todas las noches, y habla en el saloncillo con ella. ¿Es vendad eso? ¿Está eso bien, ma-dre?
—Estás hablando de lo que no entiendes, James. En nuestra profe-sión estamos acostumbradas a recibir muchas atenciones. Yo misma, ¡cuántos ramos no he recibido en otro tiempo! ¡Entonces sí que se apreciaba nuestro trabajo! Pon lo que a Sibyl se refiere, aún no sé si ha tomado la cosa enserio. Peno no cabe duda de que el muchacho es todo un caballero. Siempre está muy atento conmigo. Además, todas las apariencias son de que es rico, y las flores que envía son preciosas.
—Sí; peno todavía no sabe usted cómo se llama -dijo él agriamen-te.
—Es cierto —replicó la madre, con semblante plácido -. Todavía no ha revelado su verdadero nombre. Me parece que debe ser muy ro-mántico Probablemente pertenece a la aristocracia.
James Vane mondióse los labios.
—Guarde usted bien a Sibyl, madre -exclamó -; guándela usted bien.
—Hijo mío, me aflige tanta recomendación. Sibyl está siempre a mi cuidado. Claro que, si ese: caballero fuese rico, no habría razón para que dejase de contraen alianza con él. Yo creo que es de la aristocracia. Tiene todas las apariencias. Sería un matrimonio brillantísimo para Sibyl. Harían una pareja encantadora. El aspecto de él no puede ser mejor; todo el mundo lo ha notado.
Murmurando unas palabras entre dientes, el mozo tamborileó un momento con sus dedos sobre el cristal de la ventana. Volvíase de nuevo para decir algo, cuando se abrió la puerta y entró Sibyl corrien-do.
—~Qué serios estáis los dos! —exclamó -. ¿Qué ocurre?
—Nada -contestó él -. Alguna vez hay que estar serio. Adiós, ma-dre; hasta luego. Comené a las cinco. Excepto las camisas, ya he empa-quetado todo; así que no tiene usted que molestarse.
—Adiós, hijo —contestó la señora Vane, con un saludo de estudiada maj estad.
Sentíase considerable mente vejada pon el tono que había adopta-do con ella, y algo creyó ver en sus ojos que le había dado miedo.
—Deme usted un beso, madre -dijo la muchacha; y sus labios en flor se posaron sobre la mustia mejilla, entibiando su hielo.
—~Hija mía! ¡Hija mía! -exclamó la señora Vane, minando hacia el techo en busca de una galería imaginaria.
—~Vamos, Sibyl! —dijo el hermano, impaciente.
Detestaba los efectismos y latiguillos de su madre.
Salieron al atardecen, encendido y ventoso, bajando pon el lúgubre paseo de Euston. Minaban los transeúntes con cierto asombro a aquel mocetón, tasco y fornido, y un tanto astroso en efecto, en compañía de aquella muchachita tan esbelta y distinguida. Parecía un jardinero rús-tico paseando con una rosa.
Fruncía Jim el ceño, de cuando en cuando, al sorprenden alguna de aquellas minadas inquisitoriales. Experimentaba esa aversión a ser minado que se apodena de los hombres célebres al final de su vida, y que nunca abandona al vulgo. Peno Sibyl no se daba la menor cuenta del efecto que producía. Su amor se hacía risa en sus labios. Iba pen-sando en su príncipe, y, para poden pensar mejor, no hablaba de él, sino del barco en que Jim iba a embarcanse, en el oro que seguramente en-contraría, en la maravillosa heredera cuya vida salvaría de manos de aquellos condenados bushnangens (Bandidos de los bosques australianos, que constituyeron una verdadera plaga del país.) de camisas rojas. Porque él no iba a ser siempre marinero, o sobrecargo, o cualquier otra cosa pon el estilo. ¡De ningún modo! La vida de los marinos es horrible. ¡Estar encerrado en un banco, con las olas roncas y encrespadas que intentan de continuo metense dentro, y un viento del infierno que derriba los mástiles y hace jirones las velas! No; él debía abandonar el barco en Melbourne, des-pués de despedinse cortésmente del capitán, y enseguida mancharse a las minas de oro. No pasaría una semana sin que encontrase una enor-me pepita de oro puro, la pepita más grande que se hubiese encontrado nunca, y que él conduciría hasta la costa en un carro custodiado pon seis policías a caballo. Los bushnangens les atacarían pon tres veces, y serían derrotados con pérdidas tremendas. O no; mejor sería que no fuese pana nada a las minas. Eran sitios muy malos, donde los hombres se emborrachaban, y se mataban a tinos en las tabernas y decían pala-brotas. Él debía ser ganadero, y una tarde, al caen la noche, cabalgando hacia su caza, tropezaría con la rica heredera, a quien un bandido ha-bría raptado en un caballo negro. Y él les daría caza, y la pondría en libertad. Ella, como es natural, se enamoraría de él, y él de ella, y se casarían, y volverían entonces a Londres, donde vivirían en una casa espléndida. Sí; le aguardaban muchas cosas extraordinarias. Peno él debía ser muy bueno, y no echan a penden su salud ni gastar el dinero tontamente. Ella no le llevaba más que un año; peno sabía mucho mejor que él lo que era la vida. También debería escribirle en todos los co-rreos, y rezan sus oraciones todas las noches antes de dorminse. Dios era muy bueno, y velaría pon él. Ella también rezaría pon él, y dentro de pocos años él volvería rico y feliz.
Escuchábala el mozo, cejijunto, sin contestar palabra dolorido en el fondo de tener que abandonan su hogan.
Y no era esto sólo lo que le tenía caviloso y malhumorado. A pe-san de su inexperiencia, presentía lo peligroso de la situación de Sibyl. Ese petimetre que le hacía el amor podía in con mal fin. Era un señori-to, y esto bastaba para que él le odiase, con ese singular instinto de casta, de que él no podía danse cuenta, y que, pon esto mismo, le domi-naba más imperiosamente. Conocía también la ffivolidad y vanidad de su madre, y veía en ello un inmenso peligro para Sibyl y su porvenir. Los hijos comienzan pon querer a sus padres; al hacerse mayores, los juzgan; y a veces, hasta los perdonan.
¡ Su madre! Algo tenía él que preguntarle, algo que, desde hacía meses, rumiaba en silencio. Una frase casual oída en el teatro, una burla murmurada que había llegado a sus oídos una noche en que espe-raba a la puerta del escenario, le habían desatado un tropel de horribles pensamientos. Se acondó de ello como de un latigazo que le hubiese cruzado el rostro. Frunciénonse duramente sus cejas, y con un espasmo de sufrimiento mordió se el labio inferior.
—No me escuchas ni una palabra de lo que digo, Jim —exclamó Sibyl -. Y eso que estoy haciendo los planes más magníficos para tu porvenir. ¡ Contesta algo!
—~Y qué quienes que conteste?
—Pues que serás bueno, y no te olvidarás de nosotros —dijo ella, sonriéndole.
Encogióse él de hombros.
—Más fácil es que tú me olvides que yo a ti, Sibyl.
—~Qué quienes decir, Jim? —preguntó ella, poniéndose colorada.
—Me han dicho que tienes un amigo nuevo. ¿Quién es? ¿Pon qué no me has hablado de él? Nada bueno irá buscando.
—~No sigas, Jim! —gritó ella -. No digas nada en contra suya. ¡Le quiero!
—~,Y ni siquiera sabes su nombre? —repuso el mozo -. ¿Quién es? Tengo derecho a saberlo.
—Se llama el Príncipe. ¿No te gusta el nombre? ¡Tonto! No debe-rías olvidarlo. Si lo hubieses visto, dirías también que es el ser más maravilloso del mundo. Ya lo conocerás; cuando vuelvas de Australia. Y le querrás mucho. Todo el mundo le quiere, y yo... ¡Yo, le adoro! ¡Ojalá pudieses venin al teatro esta noche! ¡Allí estará él, y yo haré Julieta! ¡Ah, cómo voy a hacerlo! ¡Figúnate, Jim, estar enamorada y hacen Julieta! ¡Y tenerle a él enfrente! ¡Trabajar para él solo! Tengo miedo de asustan al público; asustarlo o subyugarlo, ¡quién sabe! Estar enamorado es sobrepujarse a sí mismo. El pobre Mn. Isaacs va a pro-clamarme un !?genio!? a sus contertulios del bar. Ya me ha preconizado como un dogma; esa noche me anunciará como una revelación, estoy segura. Y todo esto es obra de él, sólo de él, de mi príncipe, de mi maravilloso galán, de mi Dios de las mercedes. ¡Qué pobre soy a su lado! ¿Pobre? ¿Y qué importa? Cuando la miseria entra cautelosamente pon la puerta, el amor entra volando pon la ventana. Hay que rehacen nuestros refranes. Fueron hechos en invierno, y ahora estamos —en verano; para mí, en primavera: un verdadero baile de flores en el azul del cielo...
—Es un señorito —interrumpió el hermano hoscamente.
—SUn príncipe! -exclamó ella, musicalmente -. ¿Qué más quienes?
—Quiere hacen de ti una esclava.
—~ Sólo el pensamiento de ser libre me estremece!
—~Desconfia de él!
—Verle es amarle; conocerle, es confiar en él.
—~Estás loca, Sibyl!
Echó se ella a reír y se colgó de su brazo.
—Querido Jim, hablas como si tuvieras cien años. También tú me enamorarás algún día. Entonces sabrás lo que es. No pongas esa cara enfurruñada. Deberías alegrarte al pensar que, aunque te vas, me dejas más feliz que he sido nunca. La vida fue muy dura con los dos, muy dura y muy dificil. Peno ahora cambiará. Tú te marchas a un mundo nuevo, y yo he descubierto ya uno. Mina, aquí hay dos sillas; sentémo-nos y minemos pasara la gente chic.
Sentánonse en medio de un grupo de mirones. Los macizos de tu-lipanes llameaban como palpitantes círculos de fuego. Una nube de polvo blanco fluctuaba en el aine abrasado. Las sombrillas de colores brillantes iban y avenían como gigantescas mariposas.
Sibyl hizo hablar a su hermano de sí mismo, de sus esperanzas, de sus proyectos. Hablaba él lentamente, con esfuerzo. Pasábanse uno a otro las palabras como los jugadores se pasan las fichas. Sibyl se sentía oprimida. No lograba comunicar su alegría. Una débil sonrisa, dilatan-do pon un instante aquellos labios adustos, fue todo lo que consiguió. Al poco rato quedó silenciosa. De pronto, tuvo la visión fugacísima de unos cabellos donados y unos labios risueños, y Dorian Gray, con dos damas, pasó en un carruaje abierto.
De un salto se puso en pie, gritando:
—~Ahí va, ahí!
—~,Quién? —preguntó Jim Vane.
—SEl, el príncipe! -contestó ella, siguiendo el coche con los ojos.
Levantóse él bruscamente, cogiéndola con rudeza pon el brazo.
—~Enséñamelo! ¿Quién es? Señálamelo con el dedo. ¡Quiero co-nocerle! —exclamó.
Peno en ese momento el carruaje del duque de Berwick se inter-puso, y cuando hubo pasado, ya el coche de Dorian había salido del Parque.
—Se fue —murmunó Sibyl tristemente -. Me habría gustado que lo vieses.
—Yo también me habría alegrado; pues, tan fijo hay un Dios en el cielo, que si te trae alguna desgracia le matané.
Minóle ella aterrorizada. Repitió él sus palabras, que cortaban el aine como un puñal. Comenzaba ya la gente a agolparse en torno suyo. Una señora, casi al lado de ella, reía entre dientes.
—Vamos, Jim, vamos —susurró Sibyl.
Siguió él tras ella, hendiendo la multitud, satisfecho de lo que ha-bía dicho.
Al llegar a la estatua de Aquiles, se volvió ella. Velase en sus ojos una compasión, que pronto se tornó en risa en sus labios. Sacudió la cabeza.
—Estás loco, Jim, loco de remate. Un chico mal geniaso, eso es lo que enes. ¿Cómo se te pueden ocurrir semejantes horrores? No sabes lo que dices. Eso no son más que celos y mala intención. ¡Ah, ojalá te enamorases! El amor hace buena a la gente y le quita esas ideas.
—Tengo dieciséis años -contestó él -, y sé lo que me digo. Madre no te sirve de nada. No sabe cómo debe cuidar de ti. ¡Ojalá no tuviese que irme ahora a Australia! Note puedes figurar las ganas que me en-tran de echarlo todo a rodar. Y de no haber firmado ya el contrato, ¡vaya si lo haría!
—~Oh, no te pongas tan serio, Jim! Pareces un héroe de esos ab-surdos melodramas que tan aficionada era mamá a representan. No voy a reñir contigo. ¡Le he visto! Y verle es la felicidad absoluta. No riña-mos. Sé que tú nunca harás daño a nadie que yo quiera, ¿vendad?
—Mientras lo quieras, no —contestó él a regañadientes.
—iLe querré siempre! —exclamó ella.
—~Y él?
—~ También siempre!
—Es lo mejor que puede hacen.
Soltóse ella vivamente. Luego, riendo, volvió a colgarse de su brazo. ¡Qué niño era!
Al llegan a Marble Arch tomaron un ómnibus, que les dejó en la calle de Euston, cenca de su casa. Eran las cinco pasadas, y Sibyl tenía que dormir un par de horas antes de in al teatro. Jim insistió para que así lo hiciera. Dijo que prefería despedinse de ella a solas. Si su madre estaba presente, no dejaría de hacen una escena, y él detestaba las esce-nas, fueran del género que fueran.
En el mismo cuarto de Sibyl se despidieron. Sentía el mozo hen-chido de celos el corazón, y un odio vehemente y homicida contra aquel extranjero, que le parecía había venido a interponerse entre am-bos. Sin embargo, cuando los brazos de ella rodearon su cuello, y sus dedos le acariciaron los cabellos enternecióse y la besó con verdadero cariño. Mojados de Lágrimas tenía los ojos al bajar la escalera.
Su madre le esperaba abajo. Al entrar nefunfuñó algo sobre su falta de puntualidad. Sin contestan, Jim se sentó ala mesa. Revolotea-ban las moscas alrededor y caminaban sobre el sucio mantel. A través del estruendo de los ómnibus y el rodar de los coches, seguía oyendo la voz zumbadora, devorando cada uno de los minutos que le quedaban pon vivir allí.
Al cabo de unos momentos, rechazó el plato y escondió la cabeza entre las manos. Parecíale que tenía derecho a saber. Antes deberían habénselo dicho, si era lo que él sospechaba. Llena de temor, su madre le observaba, mientras las palabras se escapaban maquinalmente de sus labios y sus dedos retorcían un andrajoso pañuelito de encaje. Al dar las seis en el reloj, levantóse y fue hacia la puerta. Luego, volviéndose en redondo hacia ella, la miré fijamente. Sus ojos se encontraron. Pane-cióle ver en los de ella una súplica desesperada. Aquello, lejos de en-ternecerle, le inritó.
—Madre, tengo algo que preguntar a usted comenzó.
Sin despegar los labios, la señora Vane paseó los ojos pon la ha-bitación.
—Dígame usted la vendad. Tengo derecho a saberla. ¿Estaba usted casada con mi padre?
La señora Vane exhaló un profundo suspiro. Fue un suspiro de alivio. El terrible momento, el momento que noche y día, durante se-manas y meses, había temido, pon fin había llegado; y, sin embargo, no sentía miedo. En cierto modo hasta era una decepción para ella. La vulgaridad de la pregunta a quemarropa requería también una respuesta rotunda. La situación no había sido traída gradualmente. Era cruda, sin el menor arte. Parecía un primer ensayo.
—No —contestó maravillándose de la simplicidad brutal de la vida.
—~Entonces, mi padre era un canalla! —gritó el mozo, apretando los puños.
Ella sacudió la cabeza.
—Yo sabía que él no era libre. ¡Peno nos queríamos tanto! De ha-ber vivido ya se habría ocupado de nosotros. No hables mal de él, hijo mío. Era tu padre; y todo un caballero. Estaba muy bien emparentado.
De labios del mozo brotó una blasfemia.
—No, si yo pon mi, no me preocupo —añadió -; peno ¿y Sibyl? Tenga usted mucho cuidado con ella... ¿No es también un caballero el que le hace el amor? Pon lo menos, así lo dice. Y supongo que también divinamente emparentado.
Pon un momento, una horrible sensación de humillación se apode-nó de ella. Dejó caenla cabeza sobre el pecho; en jugóse los ojos con mano trémula.
—Sibyl tiene una madre —murmuró -. Yo no la tenía.
Conmovióse el mozo. Fue hacia ella, e inclinándose, la besó.
—Siento haberla entristecido a usted preguntándole pon mi padre —dijo -; peno no pude contenerme. Ahora, tengo que irme. Adiós. No olvide usted que ya no tendrá que cuidan más que de una hija; y tenga usted la seguridad de que si ese hombre hace algún daño a mi hermana, sabré quién es, seguiré su pista y lo mataré como a un perro. Lo juro.
La exagerada vehemencia de la amenaza, la gesticulación apasio-nada que la acompañó, las palabras melodramáticas e insensatas, hicie-ron parecen más viva la vida a los ojos de la madre. Ella estaba familiarizada con esa atmósfera. Respinó más libremente, y pon vez primera desde hacia meses, pudo admiran a su hijo. Ella habría querido continuar la escena al mismo nivel emocional; peno él cortó en seco. Había que bajar las maletas y atar las mantas. El mozo de la casa de huéspedes no hacía más que entrar y salin. Hubo que ajustan el precio con el cochero. El momento se pendió en detalles vulgares. Con un nuevo sentimiento de decepción, la señora Vane agitó pon la ventana el andrajoso pañuelo de encaje, mientras el hijo se alejaba en el coche. Comprendía que había pendido una magnífica ocasión. Se consoló diciendo a Sibyl lo desolada que iba a ser su vida, ahora que ya no tendría que cuidan más que de una hija. Recordaba la frase, que le había gustado; peno, de la amenaza, no dijo nada. Había sido enérgica y dramáticamente exagerada. Día llegaría en que todos juntos la recorda-sen riendo.
 
 
 

CAPITULO VI

—Supongo sabrás la noticia, ¿eh, Basil? -dijo Lord Henry aquella noche, en el momento de entrar Hallward en el reservado del Bristol, donde ya estaba dispuesta una mesa con tres cubiertos.
—No, Hany —repuso el artista, entregando el abrigo y el sombrero al criado -. ¿De qué se trata? Espero que no será de polfiiea, ¿eh? Ya sabes que. la política no me interesa. Dificilmente se encontraría una sola persona en la Cámara de los Comunes digna de ser pintada; aun-que a muchos de ellos no les vendría mal un pequeño revoco.
—Donan Gray se casa —dijo Lord Henry, minándole fijamente.
Estremecióse Hallwand; luego, frunció el ceño.
—~,Que Dorian se casa? -exclamó -. ¡Imposible!
—Absolutamente exacto.
—(~Con quién?
—Con una actriz de segundo orden, o algo pon el estilo.
—No puedo creerlo. Dorian es lo bastante cuerdo.
—Dorian es lo bastante cuerdo para no hacen, de cuando en cuan-do, tonterías, querido Basil.
—Peno el casarse no es cosa que pueda hacerse de cuando en cuando, Hany.
—Salvo en América —replicó Lord Henry, lánguidamente -. Peno yo no he dicho que se haya casado, sino que piensa casarse. Hay una gran diferencia. Yo me acuerdo perfectamente de estar casado, peno no tengo la más pequeña reminiscencia de haber pensado nunca en casar-me. Como que me siento inclinado a creen que no pensé jamás en tal cosa.
—Peno piensa en el nacimiento de Dorian, en su posición, en su fortuna. Sería absurdo que contrajese un matrimonio tan desigual.
—Si quienes verle casarse con esa muchacha, no tienes más que decirle eso, Basil. Puedes estar seguro de que lo harfa sin vacilar. Cuando un hombre se decide a hacen una estupidez, siempre es pon los motivos más elevados.
—Espero que, pon lo menos, esa muchacha será buena y honrada, Hany. No querría ver a Dorian ligado a una mujerzuela, que pudiese degradan su naturaleza y arruinar su inteligencia.
—~Oh!, es más que buena... es bonita —murmuró Lord Henry, apu-nando a sonbitos una copa de vermouth y bitters -. Dorian dice que es bonita, y él no suele equivocarse en estos juicios. Tu retrato ha madu-rado su criterio respecto al fisico de la gente. Ha producido, entre otros, ése excelente resultado. En fin, esta noche le veremos, si es que no ha olvidado la cita.
—~,Hablas en serio?
—Completamente, Basil. Nunca he hablado más en serio.
—Peno ¿es que tú apruebas eso, Basil? —preguntó el pintor, pa-seando de arriba abajo pon la habitación y mordiéndose los labios -. No es posible que lo apruebes. Sería una locura.
—Yo nunca apruebo ni desapruebo nada. Es una actitud absurda en la vida. No hemos venido al mundo pana ventilan nuestros prejuicios morales. Yo nunca me entero de lo que dicen los necios, ni me meto en lo que hacen los discretos. Si una persona me atrae sea cual sea el modo de expresión que esa persona elija, siempre lo encuentro de Do-rian se enamona de una muchacha preciosa, que representa Julieta, y decide casarse con ella. ¿Porqué no? Aunque se casara con Mesalina, no pon eso dejaría de ser menos interesante. Tú bien sabes que yo no soy precisamente un campeón del matrimonio. El verdadero inconve-niente del matrimonio es que le hace a uno altruista. Y la gente al-truista es incolora. Canece de personalidad. Sin embargo, hay ciertos caracteres a los que el matrimonio hace más complejos. Conservan su egotismo, y añaden a él otros varios egos. Se ven obligados a tener más de una vida. Adquieren una organización más elevada; cosa que, a mi entender, es pana el hombre el 6n de la existencia. Además, toda expe-riencia tiene su valor; y, dígase lo que se diga contra el matrimonio, siempre es una experiencia. Espero que Dorian se casará con esa mu-chacha, la adorará locamente seis meses, y luego, de pronto, se sentirá fascinado pon cualquier otra. Sería un estudio maravilloso.
—No sientes ni una palabra de todo eso, Harry; de sobra lo sabes. Si la vida de Dorian se frustrase, nadie lo lamentaría más que tú. Enes mucho mejor de lo que pretendes.
Lord Henry se echó a reír.
La razón de que todos seamos tan amigos de pensar bien de los demás, es que todos tememos pon nosotros mismos. La base del opti-mismo es simplemente el miedo. Creemos ser generosos porque ador-namos al prójimo con todas aquellas virtudes que pueden beneficiarnos. Ensalzamos al banquero, a fin de poden confiar en él, y encontramos buenas cualidades al salteador de caminos, en la esperan-za de que hará gracia a nuestro bolsillo. Pienso todo lo que he dicho. Tengo el más profundo desprecio pon el optimismo. En cuanto a lo de frustrar una vida, sólo se frustra aquello cuyo desarrollo se estaciona. Si quienes estropear un carácter, no tienes más que intentar rehacerlo. Respecto a ese matrimonio, claro que sería estúpido, peno hay otros lazos más interesantes entre el hombre y la mujer. Y yo no vacilaré en fomentarlos. Tienen, además, la ventaja de estar de moda. Peno aquí viene Dorian en persona. Él te dirá más de lo que yo pueda decirte.
—~Querido Hany, querido Basil, tenéis que darme la enhorabuena!
—exclamó el joven, despojándose de su capa de soirée, y estrechando la mano de ambos amigos -. Nunca he sido tan feliz. Claro que es una felicidad súbita, como todas las cosas agradables. Y, sin embargo, me panee como si fuera la única cosa que he buscado en mi vida.
La animación y la alegría le sonrosaban el rostro, embellecién-dolo extraordinariamente.
—Espero que serás siempre muy feliz, Dorian —dijo Hallwand -; peno no te perdono el que no me hayas dicho nada de tu próximo ca-samiento. A Hany bien se lo has comunicado.
—Y yo no te perdono que hayas venido tan tarde a comen —inte-rrumpió Lord Henry, poniéndole la mano en el hombro y sonriendo -. Venid, sentémonos; veamos de lo que es capaz el nuevo cocinero, y luego nos contarás todo al detalle.
—~ Oh!, no hay mucho que contar —exclamó Donan, mientras los tres tomaban asiento alrededor de la mesa -. He aquí simplemente lo ocurrido: Anoche, cuando nos separamos, Hany, fui a vestirme, comí en ese pequeño restaurant italiano de la calle de Rupert, al que tú me llevaste una vez, y a las ocho me dirigí al teatro. Sibyl representaba Rosalinda. Naturalmente, la mise en scéne era espantosa, y el Orlando, absurdo. ¡Peno Sibyl! ¡Si la hubieses visto! Cuando entró vestida de muchacho, estaba maravillosa. Llevaba un jubón de terciopelo negro, con mangas canela, calzas de colon pando, un birrete verde con una pluma de halcón prendida pon un broche, y una capita de capucha fo-rrada de rojo mate. Nunca me había parecido tan deliciosa. Tenía toda la gracia delicada de esa figulina de Tanagra que tienes en tu estudio, Basil. Sus cabellos se ensortijaban alrededor de su rostro, como hojas oscuras en torno de una rosa pálida. En cuanto a su trabajo... Bueno, ya la veréis esta noche. Ha nacido artista; simplemente. Sentado en el palco mugriento, la minaba como hechizado. Olvidé que estaba en Londres y en el siglo XIX. Me sentía lejos, con ella, en un bosque nunca contemplado pon ojos humanos. Al terminar la representación, pasé al escenario y hablé con ella. Estando sentados, uno al lado del otro, vi de pronto pasar pon sus ojos una minada que no había visto hasta entonces. Mis labios se tendieron hacia ella. Nos besamos. No puedo describinos lo que experimenté en aquel momento. Me pareció como si toda mi vida hubiese quedado reducida a un instante de gozo perfecto. Ella temblaba de pies a cabeza, y oscilaba como un blanco narciso. Luego, dejándose caen de rodillas, se puso a besar mis manos. Comprendo que no debería contanos todo esto, peno no puedo menos. Naturalmente, nuestras relaciones son un secreto absoluto. Ella, ni siquiera se lo ha dicho a su madre. No sé lo que van a decir mis tutores. Lord Radley seguramente se pondrá furioso. No me importa. Antes de un año seré mayor de edad, y podré hacen lo que me plazca. ¿Vendad que he hecho bien, Basil, en in á buscar mi amor a la poesía y encontrar mi mujer en las obras de Shakespeare? Labios que Shakespeare ense-ñó a hablan han susurrado en mi oído su secreto. He tenido, alrededor de mi cuello, los brazos de Rosalinda, y he besado la boca de Julieta.
—Sí, Dorian, creo que has hecho bien —dijo Hallward en voz que-da.
—~,La has visto hoy? —interrogó Lord Henry.
Donan Gray movió la cabeza negativamente.
—La dejé en la selva de las Ardenas; la encontraré en un huerto de Verona.
Lord Henry apuró su copa de champagne con aine pensativo.
—~,En qué momento pronunciaste la palabra matrimonio, Dorian? ¿Y qué te contestó ella? ¿O quizás lo has olvidado?
—Querido Henry, yo no traté el asunto como si fuera un negocio, ni hice ninguna proposición concreta. Le dije que la amaba, y ella me contestó que no era digna de ser mi mujer. ¡Que no era digna! ¡Y el mundo entero a su lado no es nada para mí!
—~Qué maravillosamente prácticas son las mujeres! —munmunó Lord Henry -. Mucho más prácticas que nosotros. En situaciones se-mejantes, nosotros, a menudo, olvidamos hablar de matrimonio; peno ellas se encargan siempre de necondárnoslo.
Hallward le puso la mano en el hombro.
—Basta, Hany. Has disgustado a Dorian. Dorian no es como los demás. Él nunca querrá hacen suffin a nadie, Es demasiado bueno.
Lord Henry miró a Dorian pon encima de la mesa.
—Dorian no puede disgustarse conmigo —dijo -. Si yo le hacía esa pregunta era con la mejor intención; la única, realmente, que excusa todas las preguntas: la simple curiosidad. Mi teoría es que siempre son las mujeres las que se declaran a nosotros, y no nosotros los que nos declaramos a ellas. Excepto, como es natural, en la clase media. Peno la clase media no está nunca a la orden del día.
Echóse a reír. Dprian, sacudiendo la cabeza.
—No tienes arreglo, Henry; peno me tiene sin cuidado. No es posi-ble enfadanse contigo. Cuando veas a Sibyl Vane comprenderás que pana hacerla sufrir se necesitaría ser una fiera, una fiera sin corazón. No puedo comprenden cómo hay quien sienta deseos de deshonrar al ser amado. Y yo quiero a Sibyl Vane. Necesito colocarla sobre un pedestal de oro, y ver cómo el mundo adora a la mujer que es mía. ¿Qué es el matrimonio? Un voto irrevocable. Tú te burlas de ello. ¡Ah!, no te burles. Un voto irrevocable es el que yo quiero pronunciar. Su confianza me hace fiel; su fe me hace bueno. Cuando estoy con ella, deploro todo lo que me has enseñado. Me siento distinto de lo que tú me has enseñado a sen, cambiado pon entero. Y el simple contacto de la mano de Sibyl Vane me hace olvidarte, a ti y tus teorías falsas, fasci-nadoras, envenenadas y deliciosas.
—~,Y son...? —interrogó Lord Henry, sirviéndose ensalada.
—~Oh!, tus teorías sobre la vida, el amor, el placer. En fin, todas tus teorías, Hany.
—El placer es la única cosa sobre la cual vale la pena de tener una teoría —replicó Lord Henry, con su voz queda y melodiosa -. Peno temo no poden reivindican la teoría como propia. Pertenece a la Naturaleza, y no a mí. El placer es el testimonio de la Naturaleza, su signo de apro-bación. Cuando somos felices, siempre somos buenos; peno cuando somos buenos, no siempre somos felices.
—~ Ah!, ¿peno qué entiendes tú pon bueno? —exclamó Basil Ha-llward.
—Sí —repitió Dorian, recostándose en su silla y minando a Lord Henry pon encima de los lirios morados que ocupaban el centro de la mesa -; ¿qué entiendes pon bueno, Hany?
—Sen bueno es estar en armonía consigo mismo —respondió Lord Henry, acariciando el pie frágil de su copa con los dedos pálidos y afilados -. Sen malo es verse obligado a estar en armonía con los de-más. La vida propia: he ahí lo importante. En cuanto alas vidas ajenas, si nos empeñamos en ser pedantes o puritanos, podemos desplegar nuestras ideas morales sobre ellas; peno, en realidad, no son de incum-bencia nuestra. Además, el individualismo es el fin más alto. La moral moderna consiste en ajustarse a la pauta de la época. Yo, pon mi parte, considero que ajustanse ala pauta de su época es pana un hombre culto un acto de la más crasa inmoralidad.
—Peno, ¿no crees que a veces se paga terriblemente caro el vivir sólo pana uno mismo, Harry? —insinuó el pintor.
—Sí; hoy nos cobran de más en todo. A veces pienso que la verda-dera tragedia de los pobres es no poden proponcionarse más que la abnegación. Los pecados bellos, como las cosas bellas, son privilegio de los ricos.
—No siempre se paga en dinero...
—~,En qué entonces, Basil?
—~Qué sé yo! En remordimientos, en dolor, en... sí, en la concien-cia de la propia degradación.
Lord Henry se encogió de hombros.
—Querido, el arte medieval es delicioso; peno las emociones me-dievales están anticuadas. Claro que pueden usarse en literatura; peno es que precisamente las únicas cosas que pueden usarse en literatura son las que ha dejado uno de usan en la vida real. Créeme, ningún hombre civilizado lamenta nunca un placer, y ninguno incivilizado llega jamás a saber lo que es un placer.
—Yo sé lo que es el placer —exclamó Dorian Gray -. Es adorar a alguien.
—Cosa, ciertamente, mejor que ser adorado —repuso Lord Henry, jugando con las frutas -. Sen adorado es muy molesto. Las mujeres nos tratan lo mismo que la humanidad trata a sus dioses. Nos adoran, peno se pasan la vida pidiéndonos que hagamos algo pon ellas.
—Yo diría que, pídannos lo que nos pidan, antes nos lo han dado ellas a nosotros —murmunó el mozo, gravemente -. Hicieron nacen en nuestra alma el amor. Tienen derecho a reclamarlo.
—Completamente exacto, Donan —profirió Hallward.
—No hay nada completamente exacto —dijo Lord Henry.
—Esto lo es —intenrumpid Dorian -. Reconocerás, Hany, que las mujeres dan a los hombres el oro mismo de su existencia.
—Es posible —suspinó Lord Henry -; peno invariablemente tratan de ganan algo en el cambio. Esta es la lástima. Las mujeres, como dijo un francés de mucho ingenio, nos inspiran el deseo de hacen obras maestras, y nos impiden siempre llevarlas a cabo.
—SEnes un monstruo, Hany! No sé pon qué te tengo tanto afecto.
—Siempre me lo tendrás, Dorian —replicó Lord Henry -. ¿Toma-réis café, vendad? ¡Mozo: café, coñac y cigarrillos! No; cigarrillos no; todavía me quedan. Basil, no puedo consentirte que fumes un cigarro.
Toma un pitillo. El pitillo es el tipo perfecto de un placer perfecto. Es exquisito, y le deja a uno insatisfecho. ¿Qué más se puede desear? Sí, Dorian, siempre me tendrás afecto. Represento para ti todos los peca-dos que no has tenido el valor de cometen.
—~Qué tonterías dices, Hany! —exclamó el mancebo encendiendo un cigarrillo en el dragón de plata vomitando fuego que acababa el mozo de colocar en la mesa -. Vámonos al teatro. Cuando aparezca Sibyl en escena concebiréis un nuevo ideal de vida. Será para vosotros algo que no habéis todavía conocido.
—Yo he conocido todo —dijo Lord Henry, con una minada de can-sancio —; peno estoy pronto siempre a toda emoción nueva. Temo, sin embargo, que, para mí al menos, no exista ya tal cosa. No obstante, tu maravillosa doncella puede todavía conmoverme. Adoro el teatro. Es mucho más real que la vida Vamos, Dorian, tú vendrás conmigo. Lo siento infinito, Basil, peno no hay sitio más que pana das en mi brou-gham. Tú vendrás detrás en un hansom. [Brougham~ coche cenado de dos o cuatro ruedas, tirado por un caballo. Trae el nombre de su inventor, Lord Brougham (1778-1868). Hansom: coche de punto, de dos ruedas, con pescante en la zaga.].
Levantánonse y pusiénonse los abrigos, tomando el café en pie. El pintor estaba silencioso y preocupado. Sentíase entenebrecido. No podía aprobar aquel matrimonio, y, sin embargo, le parecía preferible a otras muchas cosas que habrían podido suceden. Al cabo de unos mi-nutos bajaron todos. Hallward subió en un hansom, como se había convenido, sin penden de vista las fulgurantes linternas del carricoche de Lord Henry, que iba delante. Un extraño sentimiento de vacío se apodenó de él. Comprendía que Dorian Gray no volvería a ser nunca pana él todo lo que había sido en el pasado. La vida se había inter-puesto entre ambos... Sus ojos se nublaron; las calles, concurridas y resplandecientes, se tornaron borrosas. Al detenerse el coche a la puerta del teatro, le pareció haber envejecido unos cuantos años.
 
 
 

CAPITULO VII

Pon una u otra razón, la sala estaba atestada aquella noche, y el gordo empresario judío, al que encontraron a la puerta, resplandecía de oreja a oreja con una untuosa y temblona sonrisa. Escoltóles hasta el palco con una especie de pomposa humildad, sacudiendo sus manos adiposas y enjoyadas, y hablando a voz en cuello. Dorian Gray lo en-contró más abominable que nunca. Sentía como si, habiendo venido pana ver a Miranda, se hubiese tropezado con Caliban. Lord Henry, en cambio, casi lo halló de su gusto. Pon lo menos, así lo declaró, e insis-tió en estrecharle la mano, asegurándole que se sentía orgulloso de encontrar a un hombre que había descubierto a un artista realmente genial y hecho bancarrota pon un poeta. Hallward se distrajo en ob ser-van los rostros del patio. Hacía un calor sofocante, y la enorme araña del centro fulguraba como una dalia monstruosa de amarillos pétalos de fuego. Los mozos, en la galería, se habían despojado de chaquetas y chalecos, colgándolos de la barandilla. Hablábanse de un lado a otro del teatro, y compartían sus naranjas con las criaturas vestidas de colo-res chillones que tenían al lado. Algunas mujeres reían en el patio. Sus voces eran horriblemente agudas y discordantes. Del ban llegaba el taponazo de las botellas desconchadas.
—~ Qué sitio pana encontrar a la deidad de uno! —exclamó Lord Hemy.
—Sí —repuso Dorian Gray -. Aquí fue donde la hallé, más divina que todo lo existente. Cuando salga a escena lo olvidaréis todo. Esta gente, vulgar y tosca, con sus rostros soeces y sus ademanes brutales, en cuanto ella sale, cambia pon completo. Guardan silencio y la con-templan. Lloran y ríen a voluntad de ella. Son, pana ella, como un vio-lín en el cual tocase. Ella los espiritualiza y nos hace sentir que son de la misma carne y de la misma sangre que nosotros.
—iDe la misma carne y la misma sangre que nosotros!
—~ Oh, espero que no! -exclamó Lord Henry, examinando con sus gemelos a los espectadores de la galería.
—No le hagas caso, Dorian —dijo el pintor -: Yo comprendo lo que quienes decir, y tengo fe en esa muchacha. Todo ser al que tú quieras tiene que ser maravilloso; y una muchacha que produce el efecto que dices, preciso es que sea bella y noble. Espiritualizar a nuestros con-temponáneos, ya es tarea digna de emprendense. Si esa muchacha pue-de dar alma a los que han vivido sin ella; si puede suscitar el sentido de la belleza en gentes cuyas vidas han sido sórdidas y feas; si puede despojarlas de su egoísmo y prestarles lágrimas para llorar dolores que no son los suyos propios, realmente es digna de toda tu admiración y digna de la admiración del mundo. Ese matrimonio es perfectamente razonable. Al principio no lo creí así; peno ahora lo reconozco. Los dioses han hecho a Sibyl Vane para ti. Sin ella, hubieras quedado in-completo.
—Gracias, Basil -contestó Donan Gray, estrechándole la mano -. Estaba seguro de que tú me entenderías. Hany es tan cínico, que me da miedo. Peno ya empieza la orque sta. Es tremenda; peno no dura más que cinco minutos. Luego se levantará el telón, y veréis a la mujer a quien voy a dar mi vida entera, a la que he dado ya todo lo que hay en mí de bueno.
Un cuarto de hora después, en medio de una tempestad de aplau-sos, entró Sibyl Vane en escena. Sí, ciertamente que era atractiva; una de las criaturas más deliciosas que había visto nunca, pensó Lord Hen-ry. Había algo del cervatillo en su gracia tímida y sus ojos medrosos. Un leve rubor, semejante a la sombra de una rosa en un espejo de plata, coloneó sus mejillas al posar la minada en aquella multitud entusiasma-da que llenaba la sala. Retrocedió unos pasos, y sus labios parecieron temblar. Basil Hallward, poniéndose en pie vivamente, comenzó a aplaudir. Inmóvil, como en un sueño, Dorian Gray permanecía sentado, contemplándola absorto. Lord Henry requirió sus gemelos, murmuran-do: !?.Deliciosa! ¡Deliciosa!!?.
La escena era en un salón de casa de los Capuleto, y Romeo, dis-frazado de romero, acababa de entran con Mencutio y sus otros amigos. La banda atacó unos compases de música, y el baile empezó. En medio de la multitud de racionistas desgarbados y fachosos, Sibyl Vane se balanceaba, al bailar, como una planta en el agua. La curva de su cue-llo era la curva de una blanca azucena. Sus manos parecían hechas de frío marfil.
Sin embargo, parecía extrañamente inatenta. No mostró señal al-guna de alegría al detener los ojos en Romeo.
Las pocas palabras que tenía que hablan:

Good pilgrim, you do wrong your hand too much,

Which mannerly devotion shows in this;

For saints have hands that pilgrims’ hands do touch.

And palm to palm is holy palmer’s kiss,
(“Buen peregrino: sois demasiado severo con vuestra mano, que en esto muestra sólo una cortés devoción; pues manos tienen las santas que tocan las manos de los peregrinos, y con sus palmas besa el remero piadoso.” Acto I. Escena V.)

con el breve diálogo que sigue, fueron dichas de un modo afecta-do. La voz era deliciosa, peno la entonación enteramente falta, equivo-cada de colon, despojando de toda vida el verso, haciendo irreal la pasión.
Donan Gray palideció observándola, confundido, anhelante. Nin-guno de sus dos amigos se atrevió a decirle nada. A ambos les pareció una actriz mediocrísima, y ambos se sintieron horriblemente defrauda-dos.
Sin embargo, sabían que la prueba decisiva de toda Julieta es la escena del balcón en el segundo acto. Esperaron; si fracasaba allí, es no que habla nada en ella.
Realmente estaba encantadora cuando apareció a la luz de la luna. Esto no podía negarse. Peno su afectación era insoportable, y pon mo-mentos iba agravándose. Su manera de accionan se resentía de un ab-surdo amaneramiento, y a todo lo que decía le daba un énfasis excesivo. El bellísimo pasaje:

Thou know ‘est the mask of night is on my face,

Else would a maiden blush hepaint my cheek

For that which thou hast heard me speak to-night,
(Mí rostro cubre el antifaz de la noche; de otra suerte, un rubor virginal teñiría mis mejillas, por las palabras que de mis labios esta noche oíste.” Acto II. Escena II.)
 

fue declamado con la penosa precisión de una colegiala, enseñada a recitar pon un profesor de declamación, de segundo orden. Cuando se inclinó sobre el balcón y llegó a aquellos versos maravillosos:

Although I joy in thee,
J have no joy of this contract to-night:

Jt is too rash, too unadvised, too sudden,

Too like the lightning which doth cease to he

Ene one can say “Jt lightens!”Sweet, good-night!

This bud of love, by summen~s ripening breath

May prove a heauteaous flower when next we meet,
( “Aunque tu presencia sea mi alegría, este contrato nocturno no puede albo-rozarme: es demasiado brusco, demasiado imprudente, demasiado súbito, demasiado como el relámpago, que, antes de poder decir. “~Relampaguea!’T, ya ha cesado... ¡Buenas noches, mi bien! Quizás la próxima vez que nos veamos, este capullo de amor, madurado por el soplo del estío, se habrá convertido en flor galana...”)
 

pronunció las palabras como si no tuviesen sentido alguno para ella. No era azoramiento, no. Al contrario, parecía absolutamente due-ña de sí misma. Era, simplemente, arte malo; un completo fiasco.
Hasta el público vulgar e ineducado del patio y de la galería pen-dió todo interés en la obra. Comenzaron a agitanse, a hablar alto, a
sisear. El empresario judío, de pie en el fondo de la sala, pateaba y
juraba de rabia. La única persona tranquila era ella.
Al terminar el segundo acto, se desencadenó un huracán de silbi-dos, y Lord Henry se levantó de su silla y se puso el gabán.
—Es preciosa, Donan —dijo -; peno no tiene idea del teatro. Vámo-nos.
—Quiero ver toda la obra -contestó el mozo, con voz sonda y amarga -. Siento infinito haberte hecho penden la noche, Hany. A am-bos os pido mil pendones.
—Querido Dorian, Miss Vane debe estar indispuesta —interrumpió Hallwand -. Volveremos otra noche.
—~Pluguiena al cielo que estuviese enferma! —replicó Donan -. Pe-no me parece, simplemente, insensible y fría. Ha dado un cambio com-pleto. Anoche era una gran artista. Hoy, no pasa de ser una actriz mediocre y adocenada.
—No hables así de una mujer que amas, Dorian. El amor es cosa mucho más maravillosa que el arte.
—Ambos no son más que simples formas de imitación —hizo ob-servar Lord Henry -. Peno salgamos. No debes permanecen aquí más tiempo, Dorian. Ver representar mal, es sumamente pernicioso para la moral de uno. Además, no creo que quieras que tu mujer continúe en el teatro. ¿Qué importa, pues, que haga Julieta como una muñeca de pa-lo? Es muy bonita, y si sabe tan poco de la vida como del teatro, será una experiencia deliciosa. No hay más que dos clases de personas que sean realmente sugestivas: las que lo saben todo, y las que no saben nada en absoluto. ¡Pon Dios, hijo mío, no pongas esa cara tan trágica! El secreto de permanecen joven es no tener nunca una emoción desa-gradable. Ven al club con Basil y conmigo. Fumaremos y beberemos a la belleza de Sibyl Vane. Es preciosa. ¿Qué más puedes desear?
—~Vete, Hany, vete! —gritó el mozo -. Necesito estar solo. Y tú también, vete, Basil. ¡Ah!, ¿no veis que se me está rompiendo el cora-zón?
Sus ojos se llenaron de lágrimas ardientes; temblánonle los labios, y corriendo hacia el fondo del palco, se apoyó contra la pared y escon-dió el rostro en las manos.
—Vámonos, Basil -dijo Lord Henry, con una extraña ternura en la voz. Y ambos salieron juntos.
Pocos momentos después se encendieron las candilejas, y levan-tóse el telón pana el tercer acto. Dorian Gray volvió a ocupar su silla. Estaba pálido, altivo e indiferente. La obra avanzaba penosamente, y parecía interminable. La mitad del auditorio se marchó, con un ruido de pies pesados y riendo.
El fracaso era completo. El último acto, transcurrió ante los ban-cos casi desiertos. El telón cayó entre upas risitas burlonas y unos cuantos gruñidos.
Apenas hubo terminado, corrió Donan Gray hacia el saloncillo. Allí estaba la muchacha, sola, con una expresión de triunfo. En sus ojos brillaba un fuego intenso. Toda ella parecía resplandecen. Sus labios entreabiertos sonreían a algún secreto sólo de ella conocido.
Al entran Dorian, le miró con una minada de alegría infinita.
—~ Qué mal he estado esta noche!, ¿vendad, Donan? —exclamó.
—~ Horriblemente! -contestó él, contemplándola estupefacto -. ¿Estás enferma? No tienes idea de lo mal que has estado. No puedes figurarte cuánto he suffido.
La muchacha sonrió.
—Dorian —repuso, deteniéndose con voz musical en el nombre, como si fuera más dulce que la miel a los pétalos rojos de su boca -, Donan, deberías haber comprendido. Peno ahora sí comprendes, ¿ven-dad?
—~,Compnendo, qué? —preguntó él, coléricamente.
—Pon qué he estado tan mal esta noche. Pon qué estaré ya siempre mal. Pon qué no volveré ya nunca a trabajar bien.
Encogió se Donan de hombros.
-Quiero suponen que estás enferma. Peno, en ese caso, no debe-rías salin a escena. Te pones en ridículo. Nos has hecho pasar un mal nato, a mis amigos y a mí.
Ella no parecía escucharle. La alegría la transfiguraba. Un éxtasis de felicidad se había apoderado de ella.
—~Dorian, Dorian! -exclamó -; antes de conocerte el teatro era la única realidad de mi vida. El teatro era el único lugar en que vivía. Creía que todo lo que en él representábamos era vendad. Una noche era Rosalinda, y Poncia a la siguiente. La alegría de Beatriz era mi alegría, y el dolor de Condelia (Heroínas de dramas y comedias de Shakespeare: Rosalinda de Como gustéis; Porcia, de El Mercader de Venecia; Beatriz, de Mucho ruido para nada; Cor-delia, de El Real Lear.) también era el mío. Creía en todo. La gente vulgar que trabajaba conmigo me parecía semejante a los dioses. Las decoraciones pintadas eran mi mundo. No conocía sino sombras, y me parecían reales. Viniste tú... —~oh amor mío!— y libertaste mi alma de su cárcel. Me enseñaste lo que es la realidad. Esta noche, pon primera vez en mi vida, he visto la vanidad, la ficción y la estupidez de la farsa sin sentido en que hasta ahora me he movido. Esta noche, pon vez primera, me he dado cuenta de que Romeo era repugnante, y viejo y pintado, de que la luz de la luna en el huerto era ficticia, de que el decorado era atrozmente vulgar, y de que las palabras que tenía que pronuncian eran mentira, no eran mis palabras, no eran lo que yo quería decir. Tú me has traído algo más elevado, algo de que todo el arte es sólo un reflejo. Tú me has hecho comprenden lo que realmente es el amor. ¡Amor mío! ¡Amor mio! ¡Mi príncipe! ¡Príncipe de mi vida! Me repugnan ya las sombras. Tú enes más para mí que todo cuanto pueda ser el arte. ¿Qué tengo que ver yo con los muñecos de una comedia? Cuando esta noche salí a escena no podía comprenden cómo era que todo esto se había ido de mí. Creí que iba a estar maravillosa, y vi que no podía hacen nada. De pronto se hizo en mí la luz, y comprendí. Les oía silbarme, y sonreía. ¿Qué podían ellos saber de un amor como el nuestro? Llévame contigo, Donan... llévame contigo, adonde podamos estar completamente solos. Odio el teatro. Podría fingir una pasión que no sintiese, peno no puedo simulan una que me quema como fuego. ¡ Oh Dorian, Dorian!, ¿comprendes ahora lo que esto significa? Y aunque pudiera hacerlo, sería para mi una profanación salin a escena estando enamorada. Tú me has hecho ver esto.
Dorian se dejó caen en el sofá, y apartando los ojos de ella, mur-munó:
—Has matado mi amor.
Ella le miró asombrada, y se echó a reír. Él no dijo nada. Enton-ces ella se le acercó suavemente y le acarició con sus dedos menudos los cabellos. Luego se arrodilló y le besó las manos. Retinólas él, es-tremeciéndose.
De pronto, levantándose, se dirigió hacia la puerta.
—Sí —gritó -, has matado mi amor. Antes excitabas mi imagina-ción, y ahora, ni siquiera consigues despertar mi curiosidad. Me dejas completamente frío. Yo te quería porque eras maravillosa, porque había en ti genio y entendimiento; porque hacías realidad los sueños de los grandes poetas, y dabas formas y sustancia a las sombras del arte. Tú misma te has despojado de todo. Enes superficial y tonta. ¡ Santo Dios, qué loco fui en quererte! ¡Qué necio! En este momento, ya no enes nada pana mí. No quiero volver a verte. No quiero pensar más en ti, ni acordarme de tu nombre. ¡Tú no sabes lo que eras antes para mí! Antes... ¡Peno no quiero pensar más en ello! ¡Ojalá no te hubiesen visto nunca mis ojos! Tú has destruido la novela de mi vida. ¡Qué poco sabes del amor, si piensas que perjudica a tu arte! Sin tu arte no enes nada. Yo te habría hecho famosa, rica y magnífica. El mundo te habría adorado, y tu hubieses llevado mi nombre. ¿Qué enes ahora, en cam-bio? Una actriz de tercer orden, tonta y bonita.
La muchacha palidecía y temblaba. Juntó las manos y murmuró con una voz que parecía anudanse en la garganta:
—No es posible que hables en serio, ¿vendad, Donan? Estás repre-sentando una comedia.
—~,Repnesentando? Eso lo dejo pana ti. ¡Lo haces tan bien! —repli-có él, mordazmente.
Levantó se ella, y con una lastimera expresión de dolor en el ros-tro vino hacia él. Le puso la mano en el brazo y le miró en los ojos. El la rechazó, gritando:
—~No me toques!
Ella lanzó un sondo gemido, y se derribó a los pies de él, quedan-do inmóvil, como una flor pisoteada.
—~Dorian, Donan, no me abandones! —musitó -. ¡Siento tanto ha-ber estado mal esta noche! Pensaba en ti todo el tiempo. Peno yo tratané... sí, te aseguro que trataré... ¡este amor que tengo ha sido pana mi una cosa tan súbita! Creó que nunca lo habría conocido si tú no me hubieses besado... si no nos hubiésemos besado. ¡Bésame de nuevo, amor mío! Note vayas; no me dejes. Mi hermano... No; ¿a qué pensar en ello? El no quería decir eso. Hablaba en broma... Peno tú, tú, ¿no puedes perdonarme pon esta noche? Yo trabaj aré, estudiaré mucho, y trataré de progresar. ¡No seas cruel conmigo, sólo porque te quiero más que a nada en el mundo! Después de todo, hoy es la única vez que no te he gustado. Peno tienes razón de sobra, Dorian. Yo debería haberme mostrado más que una artista. Fue una tontería, lo reconozco; peno no podía hacen otra cosa... ¡Oh, no me dejes, no te vayas!
Un acceso de sollozos apasionados la sofocó. Quedó acurrucada en tierra como una bestezuela herida.
Donan Gray la contempló un momento, y sus labios se contraje-ron en una mueca de exquisito desdén. Siempre hay algo ridículo en las emociones de aquellas personas que hemos dejado de querer. En aquel instante, Sibyl Vane le parecía absurdamente melodramática. Sus lá-grimas y sollozos le molestaban.
—Me voy -dijo al fin, con su voz clara y tranquila -. Lo siento mucho, peno no me es posible volver a verte. Me has defraudado pon completo.
Ella lloraba silenciosamente. No dijo nada; peno se acercó, arras-trándose, a él. Sus manecitas se tendieron como las de un ciego, pare-ciendo buscarle. Él volvió los talones, y salid del cuarto. Pocos segundos después estaba en la calle.
Apenas se dio cuenta del rumbo que tomaba. Se acordaba de ha-ber vagado a través de callejuelas obscuras, pasadizos sombríos y casas siniestras. Mujeres de voz bronca y risa agria habían siseado llamán-dole. Borrachos, maldiciendo y monologando confusamente, habían pasado junto a él, haciendo eses, como simios monstruosos. Había visto niños como sabandijas, arracimados delante de algunos umbrales, y oído chillidos y blasfemias que salían de los portales lóbregos.
Amanecía cuando se encontró en los alrededores de Covent Gan-den ( Principal mercado de legumbres, frutas y flores de Londres.) Las tinieblas se iban disipando, y el cielo, encendiéndose en fuegos tenues, iba trocándose en una perla perfecta. Grandes carretas atestadas de cabeceantes azucenas rodaban lentamente pon las bruñidas calles desiertas. Un aroma denso traspasaba el aine, y la belleza de las flores pareció traen un lenitivo a su angustia. Entró en el mercado, y miró a los hombres descargando sus carros. Uno de ellos, vestido con una blusa blanca, le ofreció unas cerezas. Le dio las gracias, asombra-do de que se negara a aceptar una propina, y comenzó a comerlas dis-traídamente. Habían sido cogidas a media noche, y la frescura de la luna las había penetrado. Una langa hilera de muchachos con canastas de tulipanes rayados y rosas rojas y amarillas desfilaron ante él, pon entre las enormes pirámides verde jade de las hortalizas. En el pórtico de grises columnias, emblanquecidas pon el sol, vagabundeaba un tropel de muchachas, sucias de tierra y sin nada a la cabeza, esperando el final de la subasta. Otras, se apiñaban delante de las puertas giratorias de los cafetines de la Piazza. Los pesados caballos de los carros resba-laban sobre el adoquinado desigual, sacudiendo sus collarones de cas-cabeles. Algunos de los conductores yacían dormidos sobre un montón de sacos. Con sus patitas rojas y sus cuellos irisados, corrían y revola-ban de un lado a otro los pichones, picoteando los granos esparcidos.
Al cabo de poco rato, tomó un coche para in a su casa. Ya en el umbral de ésta, detúvose unos momentos contemplando la plaza silen-ciosa, las cerradas ventanas con sus persianas de colores vivos. El cielo era ahora un puno ópalo, y los tejados brillaban como plata. De una chimenea elevábase una tenue espinal de humo. Rizábase, como una cinta violeta, sobre el fondo de nácar.
En la gran linterna veneciana, toda donada, despojo de la góndola de algún Dux, que colgaba del artesonado del vasto hall revestido de noble, ardían aún tres vacilantes mecheros, como azulosos pétalos de llama, orillados de un fulgor blanquecino. Los apagó, y después de arrojan sobre una mesa su capa y su sombrero, se dirigió, atravesando la biblioteca, hacia su alcoba, ancho aposento octogonal del piso bajo, que él mismo, en su naciente afición al lujo, se había ocupado en deco-ran, colgándolo con unos hermosos tapices del Renacimiento que des-cubriera en un olvidado desván de Selby Royal. Al dar la vuelta al pomo de la puerta, cayeron sus ojos sobre el retrato que le había hecho Basil Hallward. Asombrado, dio un paso atrás. Enseguida, nehaciéndo-se, entró en la alcoba un tanto desconcertado. Acababa de desabotonan-se el frac, cuando pareció titubean. Al fin, volvió atrás, se acercó al retrato y lo examinó. A la luz escasa que luchaba pon atravesar los estones de seda crema, el rostro se le antojó un tanto cambiado. La expresión parecía otra. Hubiénase dicho que había en la boca un cierto dejo de crueldad. Realmente era extraño.
Volviéndose, se dirigió a la ventana y descorrió el estor. La auro-ra inundó la estancia, barriendo las sombras caprichosas a los rincones polvorientos, donde quedaron estremeciéndose. Peno la extraña expre-sión que notana en el rostro del retrato parecía persistir, más profunda-mente aún si cabe. La luz viva y palpitante del sol le mostraba alrededor de la boca unas arrugas de crueldad, con la misma claridad que si se hubiese contemplado en un espejo después de realizar algún acto horrendo.
Retrocedió, y cogiendo de la mesa un espejito oval, enmarcado de amorcillos de marfil, uno de los muchos regalos de Lord Henry, con-templóse ávidamente en sus bruñidas profundidades. Ninguna amiga turbaba la línea de sus labios rojos. ¿Qué podía, pues, significan aque-llo?
Se restregó los ojos, y acencóse luego al retrato pana examinarlo de nuevo. Nadie lo había tocado desde que lo trajeron; y, sin embargo, no cabía duda de que la expresión general había cambiado. No era una simple fantasía suya. La cosa era espantosamente visible.
Dejándose caen en un sillón, se puso a meditan. De pronto, le ful-gunó en la memoria lo que había dicho en el estudio de Basil Hallwand el mismo día que éste había acabado su retrato. Sí, se acordaba perfec-tamente. Habla formulado el deseo absurdo de permanecen él joven, y de que envejeciera el retrato en lugar suyo; el deseo de que su propia belleza perdurase sin mácula, mientras el rostro pintado sobre el lienzo fuera el que llevase el peso de sus pasiones y pecados; de que la ima-gen pintada se marchitase bajo las arrugas del dolor y el pensamiento, mientras él conservaría toda la delicada lozanía y el encanto de su adolescencia, ya consciente de sí misma. ¿No le habría sido otorgado su deseo? Peno tales cosas eran imposibles. Pensar sólo en ello, era ya monstruoso. Y, sin embargo, allí estaba el retrato, ante él, con su som-bra de crueldad en la boca.
¿Crueldad? ¿Había sido él cruel, acaso? La culpa era de ella, y no suya. Él había soñado en ella como en una gran artista, le había entre-gado su amor pon creerla genial. Luego, ella le había desilusionado. La habla visto vulgar, indigna de él. Sin embargo, un remordimiento infi-nito le invadía, al recordarla caída a sus pies, sollozando como un niño. Recordó con qué insensibilidad la habla minado entonces. ¿Pon qué sería él de ese modo? ¿Pon qué le habría sido dada un alma semejante? Peno también él había sufrido. Durante las tres terribles horas que había durado la representación, había vivido siglos de dolor, eternidades de tortura. Su vida, bien valía la de ella. Si él la había herido para toda una vida, ella, en cambio, le había frustrado un momento. Además, las mujeres son más aptas para soportan el dolor que los hombres. Viven de sus emociones. No piensan más que con sus emociones. Cuando toman un amante, no es sino para tener alguien a quien poden hacen escenas. Así se lo había dicho Lord Henry, que sabía a qué atenerse respecto alas mujeres. ¿Pon qué iba él a inquietarse a causa de Sibyl Vane? Esta ya no era nada para él.
Peno ¿y el retrato? ¿Qué decir de esto? ¿El retrato poseía el se-creto de su vida, y contaba su historia? El le había enseñado a aman su propia belleza. ¿Le enseñaría también a aborrecen su alma? ¿Podría él mirarlo de nuevo?
No; todo había sido una ilusión de sus sentidos conturbados. Aquella horrible noche que había pasado, dejó fantasmas detrás. De improviso, esa motita roja que vuelve dementes a los hombres, se había deslizado en su cerebro. El retrato no había cambiado. Era locura pen-sarlo.
Sin embargo, allí estaba minándole, con su hermoso rostro desfi-gurado y su sonrisa cruel. Sus cabellos sedosos nebrillaban al sol de la mañana. Los ojos azules tropezaron con los suyos. Un sentimiento de infinita compasión, no de sí mismo, sino de la imagen pintada, se apo-denó de él. De la imagen ya alterada, y que cada día iría altenándose más. Su oro se marchitaría, hasta tornanse gris. Sus rosas blancas y encarnadas morirían. A cada pecado que cometiese, un nuevo estigma vendría a marcar y destruir su hermosura. Peno él no quería pecar. El retrato, cambiado o no, sería pana él el emblema visible de la concien-cia. El resistiría las tentaciones. No volvería a ver a Lord Henry..., no volvería, a ningún precio, a escuchan aquellas sutiles y envenenadas teorías que, pon vez primera, en el jardín de Basil Hallward, habían despertado en su alma el deseo de cosas imposibles. Volvería al lado de Sibyl Vane, le pediría pendón, se casaría con ella, trataría de que-rerla otra vez. Sí; ése era su deben. Ella debía de haber suffido más que él. ¡Pobre criatura! El había sido egoísta y cruel con ella. La fascina-ción que ella había ejercido sobre él renacería. Serían felices el uno junto al otro. Su vida sería hermosa y pura.
Levantándose del sillón, fue a corren un alto biombo delante del retrato, no sin estremecense al verlo de nuevo.
—~ Qué horror! —murmunó, atravesando la estancia y abriendo la puerta acristalada que daba al jardín.
Al pisar el césped, nespinó profundamente. El aine fresco de la mañana pareció ahuyentar todos sus pensamientos sombríos. Pensó únicamente en Sibyl. Un eco apagado de su amor ne sonó en él. Una y otra vez repitió el nombre de ella. Los pájaros que cantaban en el jar-dín, empapado de rocío, parecían estar hablando de ella a las flores.
 
 
 

CAPITULO VIII

Hacía tiempo que dieran las doce cuando despertó. Su ayuda de cámara había entrado varias veces de puntillas en la alcoba para ver si aún dormía, sorprendido de un sueño tan prolongado. Al fin sonó la campanilla, y Víctor entró suavemente con una taza de té y un montón de cartas encima de una bandej ita de Sévres antigua, y fue a descorren las cortinas de seda colon oliva, forradas de azul, que velaban los tres ventanales.
—El señor ha dormido bien esta mañana —dijo sonriendo.
—~,Qué hora es, Víctor? —preguntó Dorian, todavía soñoliento.
—La una y cuarto, señor.
—~Qué tarde! Se incorponó, y después de tomar unos sorbos de té, se dispuso a abrir sus cartas. Una era de Lord Henry, traída a mano aquella misma mañana. Titubeó un momento, y al fin la dejó a un lado. Luego abrió indolentemente las demás. Contenían la acostumbrada colección de tarjetas, invitaciones a comen, invitaciones pana exposi-ciones particulares, programas de conciertos benéficos y demás impre-sas que llueven sobre todo joven distinguido cada mañana. También había una cuenta bastante subida pon un juego de tocador, de plata cincelada Luis XV, cuenta que aún no había tenido valor pana enviara sus tutores, gente muy chapada a la antigua, incapaces de comprenden que vivimos en una época en que sólo las cosas superfluas nos son necesarias, y unas cuantas proposiciones, redactadas en términos obse-quio sos, de prestamistas de Jermyn Street, que se ofrecían a adelantar-le, con intereses muy razonables, cualquier suma que le hiciese falta.
Levantase al cabo de diez minutos, y echándose encima una bata de casimir, bordada en seda, pasó al cuarto de baño, pavimentado de ónice. El agua fría le tonificó después del largo sueño. Le parecía haber olvidado todo lo ocurrido. Una o dos veces tuvo la vaga sensación de haber tomado parte en una singular tragedia; peno el recuerdo tenía toda la irrealidad de un sueño.
Apenas vestido, entra en la biblioteca, donde se sentó ante un li-geno almuerzo ala francesa, servido sobre una mesita redonda, junto a la abierta ventana. Hacía un tiempo delicioso. El aine tibio pareció cangado de especias. Entró una abeja, zumbando en torno del jarrón azul que, lleno de rosas amarillo azufre, ocupaba el centro del velador. Se sentía completamente feliz.
De pronto, sus ojos se fijaron en el biombo que colocana delante del retrato, y se estremeció.
—~,Tiene frío el señor? —preguntó el criado, colocando una tortilla sobre la mesa -. ¿Quiere que cierre la ventana?
Dorian meneó la cabeza.
—No; no tengo frío —murmunó.
¿Luego era cierto? ¿Habría cambiado realmente el retrato? ¿O fue sólo su imaginación la que le hizo ver una expresión de maldad donde hubo una expresión de alegría? ¿Podía acaso cambian un lienzo pinta-do? La cosa era absurda. ¡Bah!, una historieta divertida que contar a Basil algún día. Seguramente le haría sonreír.
Y, sin embargo, ¡qué vivo y preciso tenía el recuerdo de todo ello! Primero, en la penumbra de la aurora y luego ala luz de la maña-na, habla visto aquella mueca de crueldad en torno de sus labios sinuo-sos. Casi temía que el criado saliera de la habitación. Sabía que al quedarse solo tendría que examinar el retrato. Le asustaba esta certi-dumbre. Cuando el criado le hubo traído el café y los cigarrillos, y habla dado media vuelta pana inse, sintió un deseo frenético de decirle que se quedase. No había acabado de cerrar la puerta, cuando, sin po-derse contener, le llamó. El momo aguardó, en pie sobre el umbral, las órdenes. Dorian le miró un momento. Al fin dijo, con un suspiro:
—No estoy en casa pana nadie, Víctor.
El criado saludó y se netinó.
Levantándose de la mesa, encendió Dorian un cigarrillo y fié a echarse en un diván cubierto de suntuosos cojines que había frente al biombo. Este era antiguo, de donado cuero de Córdoba, estofado y labrado en estilo Luis XIV un tanto florido. Dorian lo contempló con curiosidad, preguntándose si ya habría escondido alguna vez el secreto de la vida de un hombre.
Y, después de todo, ¿a qué tocarlo? ¿Pon qué no dejarlo estar allí? ¿Para qué saber? Si la cosa era cierta, era terrible. Si no lo era, ¿a qué inquietarse? Peno, ¿y si, pon una espantosa casualidad, otros ojos que los suyos lo descubrían y veían el horrible cambio? ¿Qué hacen si Basil Hallward venía alguna vez pana ver su cuadro? Y seguramente que Basil no dejaría de hacerlo. No, no había más remedio que ponen la cosa en claro; y sobre la marcha. Todo sería preferible a aquel estado angustioso de duda.
Levantándose, corrió los pestillos de las dos puertas Pon lo me-nos, vería a solas la máscara de su vergüenza Luego, echó a un lado el biombo, y se contempló a sí mismo cana a cara. Sí; era absolutamente cierto. El retrato había cambiado.
Como a menudo recordaba más tarde, y siempre con no poca ex-trañeza, se sorprendió examinando el cuadro con un sentimiento casi de interés científico. No podía creen que hubiera tenido lugar un cam-bio semejante. Y, sin embargo, era un hecho. ¿Había, pues, alguna sutil afinidad entre los átomos químicos condensados en forma y colon so-bre el lienzo y el alma que habitaba en él? ¿Era posible que lo que esta alma pensaba, aquellos átomos lo reflejaran; que lo que ella soñaba, ellos lo hicieran visible? ¿O habría alguna otra y más terrible razón? Aterrado y trémulo, retrocedió hasta el diván, donde quedó desploma-do, contemplando el retrato con un creciente pavor.
Comprendía, sin embargo, que le debía una cosa: la conciencia de lo cruel e injusto que había estado con Sibyl Vane. Menos mal que aún estaba a tiempo de reparar lo hecho. Todavía podía Sibyl ser su esposa. Su amor imaginativo y egoísta cedería a una influencia más pura, se transformaría en una pasión más noble, y el retrato que pintana Basil Hallward le serviría de guía a través de la vida, sería pana él lo que la santidad para algunos y la conciencia pana otros, y el temor de Dios pana todos. Había narcóticos para el remordimiento, drogas capaces de adormecen el sentido moral. Peno éste era un símbolo visible de la degradación del pecado, una señal constante de la ruina a que lleva el hombre su alma.
Dieron las tres, y las cuatro, y la media hizo sonar su doble juego de campanas, sin que Donan Gray se moviera. Estaba tratando de reunir los hilos escarlata de la vida y tejenlos en un nuevo patrón; tra-tando de encontrar su camino en medio del ardiente laberinto de pasio-nes pon que vagaba. No sabía ya qué hacen ni qué pensar. Al fin, se sentó a la mesa y escribió una carta apasionada a Sibyl Vane, implo-rando su pendón y acusándose a sí mismo de locura. Página tras página cubrió de exaltadas palabras de remordimiento y gritos de dolor. El auto reproche es un lujo. Censurándonos, imaginamos que nadie tiene ya derecho a hacerlo. Es la confesión, y no el sacerdote, lo que nos da la absolución. Al terminar la carta, Dorian ya se sentía perdonado.
De pronto, dieron unos golpecitos en la puerta y oyó la voz de Lord Henry.
—Necesito verte, Dorian. Ten la bondad de abrirme. No puedo so-portar verte así encerrado.
Al principio, no contestó y permaneció completamente inmóvil. Los golpecitos, entonces, continuaron y se hicieron más fuertes.
¡Bah!, era preferible dejar entrar a Lord Henry y explicarle la nueva vida que se proponía llevar, y reñir con di, si era preciso, y rom-per de una vez, si era inevitable. Poniéndose en pie de un salto, fue precipitadamente a corren de nuevo el biombo, y luego abrió la puerta.
—No te puedes figurar cuánto lo he sentido, Dorian -exclamó Lord Henry, entrando -. Peno, en fin, no debes pensar más en ello.
—~,Te refieres a Sibyl Vane? —preguntó Dorian.
—Naturalmente —contestó Lord Henry, hundiéndose en un sillón y quitándose lentamente los guantes amarillos —. Es horrible, desde cierto punto de vista, peno no ha sido culpa tuya. Cuéntame: ¿la fuiste a ver al terminar la representación?
—Sí.
—Estaba seguro. ¿Y tuviste con ella una escena?
—Estuve brutal, Hany... absolutamente brutal. Peno todo ha pasa-do ya. Y no siento nada lo ocurrido. Me ha enseñado a conocerme mejor.
—~Vaya, me alegro de que lo tomes así, Dorian! Temía encontrarte sumido en remordimientos y annancándote esos hermosos rizos.
—~Ah, todo eso ya pasó! -dijo Dorian, moviendo la cabeza y son-riendo -. Ahora me siento completamente feliz. Pon lo pronto, sé lo que es la conciencia. No es lo que tú me dijiste, no. Es lo más divino que hay en nosotros. No te burles, Hany, no te burles... pon lo menos de-lante de mí.
Yo quiero ser bueno. No puedo soportarla idea de que mi alma se convierta en una cosa repugnante.
—~ Encantadora base pana la moral, Dorian! Te felicito pon ella. Pe-no, ¿pon dónde vas a empezar?
—Pon casarme con Sibyl Vane.
—~,Casarte con Sibyl Vane? -exclamó Lord Henry, poniéndose en pie y minándole estupefacto -. Peno, querido Donan...
—Sí, Hany, ya sé lo que vas a decirme. Alguna atrocidad sobre el matrimonio. No la digas. No vuelvas a decirme nunca cosas pon ese estilo. Hace dos días di palabra de casamiento a Sibyl, y no voy a rom-perla ahora Será mi mujer.
—~Tu mujer! ¡Dorian! ...~,No has recibido mi carta? Te escribí esta mañana, y te la envié a mano, pon mi propio criado.
-~,Tu carta? ¡Ah!, sí, recuerdo. Aún no la he leído, Hany. Temí encontrar en ella algo que no fuera de mi agrado. Con tus epigramas siempre haces trizas la vida.
—Entonces, ¿no sabes nada?
—~A qué te refieres?
Lord Henry cruzó la estancia, y sentándose al lado de Donan Gray, le cogió ambas manos, estrechándoselas apretadamente.
—Dorian —dijo al fin -, mi carta... no te asustes... era pana decirte que Sibyl Vane ha muerto.
Un grito de dolor se escapó de los labios del adolescente, que saltó en pie, arrancando sus manos de las de Lord Henry.
—~Muerta! ¡Sibyl muerta! ¡No es cierto! ¡Es una mentira abomi-nable! ¿Cómo puedes atneverte?...
—Es cierto, Dorian, demasiado cierto —repuso Lord Henry grave-mente -. Viene en todos los periódicos de la mañana. El objeto de mi carta era rogarte que no leyeses ninguno hasta que yo viniera. Como es natural, la justicia hará indagaciones, y tú no debes aparecen mezclado pana nada en el asunto. Esas cosas, en París, pueden ponen a un hombre de moda. Peno, en Londres, la gente tiene tantos prejuicios... Aquí, nunca se debe debutan con un escándalo. Estos hay que reservarlos pana dar algún interés a nuestra vejez Supongo que en el teatro no sabrán tu nombre, ¿vendad? En ese caso todo va bien. ¿Te vio alguien entrar en su cuarto? Este es un punto de gran importancia Dorian estu-vo unos momentos sin contestar. Sentíase petrificado de horror. Al fin, tartamudeó con voz ahogada:
—~Indagaciones, Hany? ¿Qué quienes decir? ¿Acaso Sibyl?
¡Oh, no quiero pensarlo! Peno habla, habla pronto; dímelo todo de una vez.
—No me cabe la menor duda de que no fue un accidente, Donan, aunque se deba hacen pasar pon tala los ojos del público. Parece que, al salin del teatro con su madre, a eso de las doce y media, con el pretexto de que se le había olvidado una cosa, volvió a subir a su cuarto. Des-pués de esperarla un buen rato, y viendo que no bajaba, subieron a buscarla y la encontraron muerta, caída en el suelo, delante de su toca-dor. Había, pon error, ingerido una substancia venenosa; sin duda, alguna de esas porquerías que usan los cónicos. No sé lo que sería, peno debía tener ácido prúsico o albayalde. Más bien ácido prúsico, pues parece que la muerte fue instantánea.
—~Qué horror, Hany, qué horror! —gimió Donan.
—Sí; realmente es muy trágico, peno tú no debes, de ningún modo, aparecen complicado en este asunto. He leído en The Standard que tenía diecisiete años. Hubiera jurado que eta más joven. ¡Parecía tan niña y tan ignorante de lo que era el teatro!.. En fin, Donan, tú no de-bes consentir que este incidente te impresione más de lo debido. Ven a comen conmigo, y después datemos una vuelta pon la Opera. La Patti canta esta noche, y la sala estará brillantísima. Podemos in al palco de mi hermana. Habrá, sin duda, unas cuantas mujeres bonitas.
—~ Luego he matado a Sibyl Vane ! —murmunó Dorian, casi para sí
-. La he asesinado, sí; lo mismo que si la hubiese degollado con un cuchillo. Y, sin embargo, las rosas no han pendido su hermosura. Los pájaros siguen cantando igual en el jardín. Y esta noche comené conti-go, y luego iremos a la Opera, y después, supongo que a cenan a cual-quier parte. ¡ Qué extraordinariamente dramática es la vida! Si yo hubiese leído todo esto en un libro, Hany, creo que me habría hecho lloran. Y, sin embargo, ahora que me ha sucedido a mí, me parece demasiado maravilloso para llorar. Esta es la primera carta de amor que he escrito en mi vida. Es extraño, ¿vendad?, que mi primera carta de amor haya sido dirigida a una muerta. ¿Podrá sentir ese pueblo opaco y silencioso, que llamamos los muertos? ¡Sibyl! ¿Podrá ella sentir, oír, danse cuenta? ¡Ah, Hany, cuánto la he querido! Hace ya años, me parece ahora. Ella lo fue todo para mí. Luego vino esta terri-ble noche... -~,fue, realmente, anoche?- en que ella estuvo tan mal y mi corazón a punto de nompense. Ella me lo explicó toda Era extraordina-riamente patético, peno yo no me conmoví lo más mínimo. La juzgué banal, vulgarísima... De pronto, ocurrió algo que me dejó aterrado. No puedo decirte el qué, peno era terrible. Me prometí volver a ella. Com-prendí que había obrado mal. ¡Y ahora me encuentro con que ha muerto! ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué hacen, Hany? Tú no sabes el peli-gro que corro, y del que nada puede salvarme. Ella era la única que podía hacerlo. No tenía derecho a matanse. Ha sido un egoísmo suyo.
-Querido Donan -contestó Lord Henry, sacando un pitillo y una cerilla donada -, el único medio que puede emplear una mujer para reforman a un hombre es fastidiarle de tal modo que le haga penden todo posible interés en la vida. Si te hubieras llegado a casan con esa muchacha, habrías sido desgraciado. Claro que tú te habrías portado bien con ella. Siempre puede uno portarse bien con las personas que le tienen sin cuidado. Peno ella no habría tardado en descubrir que le eran completamente indiferente. Y cuando una mujer descubre esto, o des-cuida espantosamente su toilette, o le da pon llevar sombreros elegantí-simos, que, como es natural, tiene que pagan el marido de otra mujer. No digo nada del error social, que habría sido lamentable, y que yo, desde luego, no habría aprobado, peno te aseguro que, desde todos los puntos de vista, la cosa habría resultado un fiasco completo.
—Es posible —murmuró el adolescente, horriblemente pálido, pa-seando de arriba abajo pon el aposento -. Peno yo creía que era mi de-ben. No es culpa mia si esta terrible tragedia me ha impedido cumplirlo. Recuerdo haberte oído decir que siempre pesa una fatalidad sobre las buenas resoluciones: la de tomarlas demasiado tarde. La mía es un ejemplo.
—Las buenas resoluciones son vanas tentativas de injerencia en las leyes científicas. Su origen es la vanidad; simplemente. Y su resultado es siempre nulo. De vez en cuando, nos procuran alguna de esas emo-ciones voluptuosas y estériles, que tienen cierto encanto para los débi-les. Esto es cuanto puede decirse en favor de ellas. Son simples cheques que el hombre expide contra un banco en el que no tiene la menor cuenta.
—Hany —exclamó Donan Gray, viniendo a sentarse junto a él -, ¿pon qué no podré sentir esta tragedia como yo desearía? ¿No será porque canezca de corazón, vendad?
—Has hecho demasiados disparates en estos últimos quince días pana tener derecho a abrigar esa sospecha, Dorian —replicó Lord Henry, con su sonrisa suave y melancólica.
El adolescente frunció el ceño, y repuso:
—No es de mi gusto esa explicación, Hany; peno celebro que no creas que canezco de corazón. No; yo sé que lo tengo. Y, sin embargo, me veo obligado a reconocen que esto que ha sucedido no me ha afec-tado como debiera. Se me antoja, simplemente, un admirable final a un drama maravilloso. Tiene toda la terrible belleza de una tragedia grie-ga, una tragedia en la que yo hubiera tomado gran parte, peno sin salin herido de ella.
-Cuestión interesante —dijo Lord Henry, que encontraba un placer exquisito en jugar con el egotismo inconsciente del mozo -, sumamente interesante. Supongo que la verdadera explicación debe ser ésta. Sucede casi siempre que las tragedias reales de la vida tienen lugar de un modo tan anti artístico, que nos hieren pon su cruda violencia, su ab-soluta incoherencia, su falta absurda de sentido, su carencia total de estilo. Nos afectan al igual que una vulgaridad. Nos dan una impresión de pura fuerza bruta, y nos rebelamos contra ella. A veces, sin embar-go, una tragedia, con elementos artísticos de belleza, se cruza en nues-tra vida. Si estos elementos de belleza son reales, el incidente suscita sólo nuestro sentido de los efectos dramáticos. Nos encontramos, sú-bitamente, con que ya no somos los actores, sino los espectadores del drama. O, mejor dicho, ambos a la vez. Nos observamos a nosotros mismos, y la simple maravilla del espectáculo basta a dominarnos. En el caso actual, ¿qué es lo que ha sucedido realmente? Que una mujer se ha matado pon amor tuyo. Afortunadamente, yo no he pasado pon una experiencia semejante. Me habría hecho enamoran del amor pana el resto de mis días. las mujeres que me han adorado —no han sido mu-chas, peno, en fin, ha habido algunas— se han empellado siempre en continuar viviendo después de haber dejado ya de interesarme, o yo a ellas. Se han puesto gordas e insoportables, y en cuanto tropiezo con ellas se desbocan enseguida pon el camino de los recuerdos. ¡Oh, esa terrible memoria de las mujeres! ¡Qué cosa tan tremenda! ¡Y qué ab-soluto estancamiento intelectual revela! Se debe retener y asimilar el colon de la vida, peno nunca recordar sus detalles. Los detalles son siempre vulgares.
—Yo tendré que sembrar de adormideras mi jardín —suspinó Do-rian.
—No es preciso —prosiguió su interlocutor -. La vida trae siempre adormideras en sus manos. Claro que, de vez en cuando, las cosas se obstinan en duran. Una vez, recuerdo no haber llevado más que violetas durante toda una estación, como una forma de luto artístico pon una novela que no quería morir. Peno, al fin, acabó pon morir. No recuerdo lo que la mató. Me parece que fue su ofrecimiento de sacrificar el mundo entero pon mí. Este es siempre un momento pavoroso. Le llena a uno del terror a la eternidad. Bueno, pues -~,podrás creerlo?- hace una semana, en casa de Lady Hampshire, comi a su lado, y no te puedes figurar cómo insistió para que reanudáramos la aventura; empeñada en desenterrar el pasado y enterrar el futuro. Yo había sepultado mi no-vela en un lecho de asfódelos. Ella pretendió exhumarlo, asegurándo-me que yo había arruinado su vida. Debo confesar que comió una enormidad; así, que no sentí el menor remordimiento. Peno, ¡qué falta de buen gusto! El único encanto del pasado es que ha pasado. Peno las mujeres nunca se dan cuenta de cuándo cae el telón. Necesitan siempre un sexto acto, y apenas ha concluido el interés de la obra, proponen continuarla. Si las dejáramos, toda comedia tendría un final trágico, y toda tragedia culminaría en farsa. Son deliciosamente artificiales, peno no tienen el menor sentido del arte. Tú has sido más afortunado que yo. Puedo asegurarte, Dorian, que ninguna de las mujeres que he conocido habría sido capaz de hacen pon mí lo que Sibyl Vane acaba de hacen pon ti. Casi todas las mujeres se consuelan pon sí solas. Algunas, vistiéndo-se de colores sentimentales. Note fies nunca de una mujer que vaya de malva, tenga la edad que tenga, ni de una que, cumplidos los treinta y cinco, sea aficionada a las cintas colon de rosa. Señal infalible de que tienen historia. Otras hallan gran consuelo en descubrir inopinada-mente las buenas cualidades de sus maridos. Y lucen su felicidad con-yugal como si fuera el más fascinador de los pecados. También la religión consuela a algunas. Sus misterios tienen todo el encanto de un flint, según me dijo en una ocasión una de ellas, cosa que comprendo perfectamente. Además, nada le envanece a uno tanto como oírse lla-mar pecador. La conciencia nos hace a todos egoístas. Sí, realmente son innumerables los consuelos que ofrece a la mujer la vida moderna. Y eso que aún no he mencionado el más importante.
—~,Y qué consuelo es ése, Harry? —preguntó Dorian con indolen-cia.
—~Oh!, el más fácil. Tomar el adorador de otra cuando se pierde el propio. En la buena sociedad, esto siempre rejuvenece a una mujer. Peno, realmente, Dorian, ¡qué diferente debía ser Sibyl Vane de todas las mujeres can que uno tropieza pon ahí! Hay algo en su muerte que me parece de una belleza absoluta. Me alegro de vivir en un siglo en que aún ocurren semejantes maravillas. Nos hacen creen en la realidad de las cosas con que jugamos, tales como aventura, pasión y amor.
—Olvidas que estuve horriblemente cruel con ella...
—Temo que las mujeres tengan una especial predilección pon la crueldad, la buena crueldad, franca y categórica. Son de un primitivis-mo admirable en cuestión de instintos. Nosotros las hemos emancipa-do, peno no pon eso han dejado de ser esclavas en busca de amo. Gustan de ser dominadas. Estoy seguro de que estuviste magnífico. Nunca te he visto real y positivamente irritado; peno me figuro lo deli-cioso que estarías. Pon otra parte, anteayer me dijiste algo que entonces me pareció pura fantasía; peno ahora veo que era completamente cierto, y me da la clave de todo.
~Y qué fue, Hany?
—Me dijiste que Sibyl Vane representaba pana ti todas las heroínas de leyenda; que era Desdémona una noche, y Ofelia a la siguiente; que si moría como Julieta, volvía a la vida como Imogenia.
—~Ya no volverá nunca a la vida! —murmuró el mancebo, escon-diendo el rostro entre las manos.
—No, ya no resucitará. Ya representó su último papel. Peno tú de-bes pensar en esa muerte solitaria en el camerino, chillón y grotesco, como si fuera un fragmento extraño y terrorífico de alguna tragedia jacobista, una escena maravillosa de Webster, o Fond, o Cyril Tour-neur. Ella nunca vivió realmente; pon lo tanto, nunca pudo morir. Para ti, al menos, fue siempre un sueño, un fantasma que revoloteaba entre las obras de Shakespeare, acrecentando la belleza de ellas con su pre-sencia; una flauta a través de la cual sonaba la música de Shakespeare más rica y más jubilosa. En el momento en que entró en la vida real, la echó a penden, y ésta la echó a penden a ella, y tuvo que desaparecen. Llora pon Ofefia, si quienes. Cubre de ceniza tu cabeza pon haber sido estrangulada Condelia. Impreca contra el cielo a causa de la muerte de la hija de Brabancio. Peno no malgastes tus lágrimas sobre la tumba de Sibyl Vane, que era menos real que ellas.
Hubo un silencio. El crepúsculo comenzaba a ensombrecen el aposento. Calladamente, con pies de plata, las sombras entraban del jardín. Los colores se desvanecían cansadamente de las cosas.
Al cabo de unos minutos, Dorian Gray levantó la cabeza.
—Me has explicado a mí mismo, Hany —murmunó, con un suspiro de alivio -. Yo sentía todo lo que tú has dicho; peno, en cierto modo, me daba miedo, y no atinaba tampoco a expresarlo. ¡Cómo me cono-ces! Peno no hablemos más de lo ocurrido. Ha sido una maravillosa experiencia. Simplemente. No creo que la vida me reserve ya nada tan maravilloso.
—La vida te reserva aún todo, Dorian. Nada hay, con tu hermosu-ra, que no seas capaz de conseguir.
—Peno piensa, Hany, que me volveré viejo, y feo, y arrugado. ¿Y entonces?
—~Ah!, entonces —respondió Lord Henry, levantándose pana inse -, entonces, querido Donan, tendrás que luchan pon tus victorias. Mientras que ahora vienen a ti; las ganas sin combate. No; es preciso que con-serves tu apariencia fisica Vivimos en una edad que lee demasiado para ser sabia, y piensa demasiado pana ser hermosa. No podemos prescin-dir de ti, Pon lo pronto, hacías bien en vestirte para in al club. Me pare-ce que vamos a llegar tarde.
—Prefiero in a buscarte a la Opera, Hany. Me siento demasiado cansado para probar bocado. ¿Qué número es el del palco de tu herma-na?
—Cneo que el veintisiete del principal. Verás su nombre en la puerta. Peno siento que no vengas a comen.
—No me siento con fuerzas -contestó Dorian, perezosamente -. Peno te agradezco infinito todo lo que me has dicho. Realmente, enes mi mejor amigo. Nadie me ha entendido tan bien como tú.
—Nuestra amistad no ha hecho más que empezar, Dorian —dijo Lord Henry, dándole un apretón de manos--. Adiós. Espero que te veré antes de las nueve y media. Recuerda que canta la Patti.
Apenas había cerrado la puerta, cuando Dorian Gray tocaba la campanilla, y, al cabo de pocos minutos, aparecía Víctor con las lám-paras y cerraba las persianas. Aguardó con impaciencia que el criado se retinase, pareciéndole que tardaba en todo una eternidad.
En cuanto hubo salido, corrió hacia el biombo, que echó a un la-do. No, el retrato no había sufrido ningún otro cambio. El había sabido la muerte de Sibyl Vane antes que el mismo Donan, como si tuviera noticia de los sucesos de la vida a medida que ocurrían. La maligna crueldad que deformaba la línea de su boca, había aparecido, induda-blemente, en el mismo momento en que la muchacha tomaba el vene-no. ¿O bien era indiferente alas consecuencias, atento sólo a lo que tenía lugar dentro del alma? Meditó en ello, con la esperanza de ver algún día openarse este cambio ante sus ojos; esperanza que le hizo estremecen.
¡Pobre Sibyl! ¡Qué novelesco había sido todo ello! Con frecuen-cia había ella representado la muerte sobre la escena. Y la Muerte misma la había cogido y llevado consigo. ¿Cómo habría hecho aquella terrible escena postrera? ¿Le habría maldecido al morir? No; ella había muerto pon amor de él, y ya siempre el amor sería pana él un sacra-mento. Ella lo había expiado todo con el sacrificio de su vida. El no quería pensar más en lo que le había hecho sufrir aquella horrible no-che en el teatro. Cuando la recordase, sería siempre como una maravi-llosa figura trágica enviada al escenario del mundo pana mostrar la suprema realidad del Amor. ¿Una maravillosa figura trágica? Los ojos se le cuajaron de lágrimas, recordando su aine infantil y sus caprichos de niña mimada, y su gracia tímida y temblorosa. Restregóselos apre-suradamente, y contempló de nuevo el retrato.
Comprendió que, realmente, le había Negado el momento de es-cogen en la vida. ¿O bien su elección había sido ya hecha? Si, la vida había decidido pon él.. la vida, y también su ilimitada curiosidad de vivir. Eterna juventud, infinita pasión, placeres sutiles y secretos, ale-grías ardientes y pecados aún más ardientes... todo esto tenía él que conocerlo. El retrato llevaría el peso de su ignominia.
Un sentimiento de dolor se insinuó en él al pensar en la profana-ción que aguardaba a aquel hermoso rostro pintado en el lienzo. Una vez, en burla infantil de Narciso, había besado, o hecho ademán de besar, aquellos labios pintados, que ahora le sonreian tan cruelmente. Dia tras dia, se habia sentado frente al cuadro, maravillándose de su belleza, enamorado casi de él, pensaba a veces. ¿Tria a alterarse ahora a cada estado de alma por que él pasase? ¿Tria a convertirse en una cosa monstruosa y repugnante que tener escondida en un cuarto cenado, lejos de la luz del sol, que tantas veces habia trocado en oro refulgente la ondulada maravilla de su cabellera? ¡ Qué lástima, qué lástima!
Durante un momento pensó en implorar que la espantosa afinidad que habia entre él y el cuadro cesara de existir. ¿No habia cambiado el retrato como resultado de un deseo? Pues acaso como resultado de otro deseo pudiera permanecer inmutable. Y, sin embargo, ¿quién que sú-plese algo de la vida renunciaria a la probabilidad de permanecer siem-pre joven, por fantástica que pudiera ser tal probabilidad, o por fatales que fuesen las consecuencias que pudiera acarrear? Por otra porte, ¿dependeria aquello de su voluntad? ¿habria sido, realmente, su deseo la causa de la sustitución? ¿No podria haber alguna extraña tazón cien-tifica en todo ello? Si el pensamiento podia ejercer su influencia sobre un organismo vivo, ¿no podria ejercerla también sobre una cosa inor-gánica y sin vida? ¿Y no podrian, a su vez, las cosas externas, sin pen-samiento o intención consciente, vibrar al unisono de nuestros estados de alma y pasiones, por un amor secreto o una extraña afinidad de átomo con átomo? Pero ¿qué importaba la causa? El no tentaria más con súplica alguna tan terrible poder. Si el retrato seguia cambiando y transformándose, ¡tanto peor! ¿A qué profundizar más?
Por otra parte, no dejaba de haber su placer en este examen y vi-gilancia. Asi podria seguir a su espiritu en sus más escondidos replie-gues. El retrato seria para él el más mágico de los espejos. Lo mismo que antes le habla revelado su cuerpo, ahora le revelaria su alma. Y cuando el invierno cayese sobre el cuadro, él seguiria aún en el punto en que la primavera tiembla al borde del verano. Cuando la sangre fuese huyendo del rostro pintado y dejando atrás una pálida mascarilla de escayola, con ojos de plomo, él conservaria el hechizo de la adoles-cencia. Ni una sola flor de su hermosura mustiariase nunca. Ni un solo latido de su vida se debilitaria. Semejante a los dioses de los griegos, seria fuerte, ágil y alegre. ¿Qué podia importar lo que ocurria ala ima-gen pintada sobre el lienzo? El viviria sano y salvo. Eso era todo.
Volvió a colocar el biombo delante del retrato, sonriendo al ha-cerlo, y pasó a su alcoba, donde ya el criado le esperaba. Una hora después estaba en la Opera, y Lord Hemy se apoyaba en el respaldo de su silla. seria fuerte, ágil y alegre. ¿Qué podia importar lo que ocurria ala ima-gen pintada sobre el lienzo? El viviria sano y salvo. Eso era todo.
 
 
 

CAPITULO IX

A la mañana siguiente estaba almorzando Dorian Gray, cuando entró Basil Hallward en la habitación.
—Me alegro de encontrarte, Dorian —dijo el pintor gravemente -. Vine anoche, pero me dijeron que estabas en la Opera. Ya supuse que esto no era posible; pero senti que no hubiesen dejando dicho adónde ibas realmente. Pasé una noche espantosa, temiendo casi una segunda tragedia. Debiste avisarme desde el primer momento. Me enteré por pura casualidad, leyendo en el club la última edición del Globo. Vine aqui enseguida, y senti en el alma no encontrarte. No te puedes figurar cómo me ha sacudido todo esto. Me figuro lo que debes sufrir. Pero ¿adónde habias ido? ¿Acaso a ver ala madre? Estuve tentado un mo-mento de ir a buscarte alli. Sabia las señas por el periódico. Es en Euston Road, ¿verdad? Pero temi importunar un dolor que en nada podia aliviar. ¡Pobre mujer! ¡En qué estado debe encontrarse! ¡Ade-más, su única hija! ¿Qué dice la infeliz?
—~,Y cómo voy yo a saberlo, querido Basil? —murmuró Dorian, bebiendo a sorbitos un vino amarillo pálido en una copa estriada de oro, de fino cristal veneciano, y con aire de hondo aburrimiento -. Estuve, efectivamente, en la Opera. Deberias haber ido a buscarme alli. Conocia Lady Gwen-dolen, la hermana de Hany. Fuimos a su palco. Es encantadora, y la Patti cantó de un modo divino. No me hables de cosas desagradables. Si no se habla de una casa, es como si no hubiera tenido lugar. La expresión, como dice Harry, es la que da realidad alas cosas. Lo único que puedo decirte es que no era hija única. Le queda un hijo, creo que excelente muchacho, Pero no se ha dedicado al teatro. Me parece que es marino, o algo por el estilo. Y, ahora, háblame de ti y dime qué es lo que estás pintando.
—~,Que estuviste en la Opera? -dijo Hallward lentamente y con un leve temblor de tristeza en la voz -. ¿Que estuviste en la Opera, mien-tras el cadáver de Sibyl Vane yacia en un cuartucho infecto? ¿Y puedes hablarme de que otras mujeres son encantadoras, y de que la Patti canta de un modo divino, antes de que la muchacha a quien tanto quenas tenga siquiera la paz de una tumba en que dormir? ¿Es posible que no pienses en el honor que aguarda a ese blanco cuerpecito que fue el suyo?
—~Basta, Basil; no quiero oirlo! —gritó Dorian, poniéndose en pie bruscamente -. ¿A qué hablar más de ello? Lo hecho, hecho está. Lo pasado, pasado está.
—~,Y llamas pasado al ayer?
—~,Qué importa el tiempo transcurrido? Sólo la gente superficial requiere años para verse libre de una emoción. Un hombre dueño de sf mismo puede poner término a un sufrimiento con la misma facilidad que inventar un placer. Yo no quiero estar a merced de mis emociones. Quiero usar de ellas, gozar de ellas, y dominarlas.
—SEs horrible, Dorian! Algo te ha hecho cambiar por completo. En apariencia, sigues siendo el mismo muchacho maravilloso, que venia todos los dias a mi estudio para que yo pintase su retrato. Pero entonces eras sencillo, natural y afectuoso. El ser menos echado a perder del mundo. Ahora, no sé qué es lo que ha ocurrido, pero hablas como si carecieses de corazón y de todo sentimiento compasivo. La influencia de Hany ha sido; demasiado lo veo.
Sonrojóse el adolescente, y acercándose a la ventana contempló unos momentos el jardin verde y bruñido de sol.
—Mucho le debo a Hany, Basil —dijo al fin -; más que a ti. Tú, sólo me enseñaste a ser vanidoso.
—~,Si? Pues bien castigado me veo por ello.., o me veré algún dia.
—No entiendo lo que quieres decir, Basil —exclamó Dorian, vol-viéndose -. No sé a qué te refieres. Habla.
—Quisiera encontrar al Donan Gray que yo pintaba —dijo el artista con tristeza.
—Basil -dijo el adolescente, dirigiéndose hacia di, y poniéndole la mano en un hombro -; has llegado demasiado tarde. Ayer, cuando supe que Sibyl Vane se habia matado...
—~ Matado! ¡ Santo ciclo!, ¿estás seguro? —gritó Hallward, clavan-do en él los ojos con expresión de honor.
—~Querido Basil! No es posible que tú hayas creido que se trataba de un simple accidente. Claro que se ha matado.
El pintor escondió el rostro entre las manos, y murmuró, estreme-ciéndose:
-~Qué horror!
—No -dijo Donan Gray -; no hay en ello horror alguno. Es una de las grandes tragedias románticas de la época. Por regla general, nadie (leva una vida más vulgar que los actores. Son buenos maridos, o espo-sas fieles, o cualquiera otra insipidez por el estilo. Ya sabes lo que quiero decir... virtud clase media y compañia. ¡Qué distinta era Sibyl! Vivió su más hermosa tragedia. Fue siempre una heroina. La última noche —la noche que tú la viste —representó mal, porque habia conocido la realidad del amor. Cuando conoció su falsedad, murió como Julieta podia haber muerto. Entró de nuevo en la esfera del arte. Hay en ella algo del mártir. Su muerte tiene toda la patética inutilidad del martirio, toda su desolada belleza. Pero, como te decia, no vayas a creer que yo no he sufrido. Si hubieras entrado ayer en un momento dado —las cinco y media o seis menos cuarto, próximamente —, me habrias encontrado anegado en lágrimas. Ni siquiera Hany, que estaba presente, y que fue, en realidad, quien me dio la noticia, sospechó lo más minimo de lo que pasaba por mi. Sufri espantosamente. Luego, todo pasó. No puedo repetir una emoción. Nadie, excepto los sentimentales, puede hacerlo. Y tú eres horriblemente injusto, Basil. Vienes a consolarme —casa muy delicada -; me encuentras consolado, y te pones furioso. ¡Magnifico; eso se llama altruismo! Me recuerdas una historia que me contó Hany de un cieno filántropo que gastó veinte años de su vida tratando de encontrar algún agravio que deshacer, o una ley injusta que modificar, no recuerdo a punto fijo. Al fin lo consiguió, y nada podria pintar su desilusión. Sin nada ya que hacer, se murió casi de tedio y volvióse un misántropo empedernido. Por otra parte, mi querido Basil, si realmente quieres consolarme, enséñame a olvidar lo sucedido, o a considerarlo desde un punto de vista artistico. ¿No es Gautier el que hablaba de la consolation des arts? El consuelo de las artes. (En francés en el texto) . Recuerdo haber hojeado un dia en tu estudio un tomito encuadernado en pergamino, y tropezado en él, por casuali-dad, con esta frase deliciosa. No es que yo sea como ese joven de que me hablaste cuando estuvimos juntos en Marlow; aquel joven que decia que la seda amarilla podia consolarle a uno de todas las miserias de la vida. Claro que me gustan las cosas bellas que se pueden tocar y coger. Mucho puede aprenderse de los brocados viejos, los bronces verdes, las lacas, los marfiles tallados, de todas las cosas exquisitas que pueden rodearle a uno, y del lujo, y del refinamiento; pero el tempera-mento artistico que estas cosas van creando, o revelando al menos, me interesa más todavia. Convertirnos en el espectador de nuestra propia vida, como dice Hany, es escapar al sufrimiento de la vida. Sé que te sorprenderá oirme hablar asi. Tú no te has dado cuenta de mi desen-volvimiento. Yo era un colegial cuando te conoci. Ahora soy ya un hombre. Tengo nuevas pasiones, nuevos pensamientos, nuevas ideas. Soy otro; pero no por eso debes quererme menos. He cambiado; pero tú debes siempre ser mi amigo. Es verdad que tengo mucho afecto a Hany. Pero sé que tú eres mejor que él. No eres más fuerte —tienes demasiado miedo de la vida -, pero eres mejor. ¡Y qué contentos he-mos estado siempre que hemos estado juntos! No te enfades conmigo, Basil, ni rompas nuestra amistad. Yo soy como soy. Es todo lo que tenia que decirte.
El pintor se sentia singularmente conmovido. Profesaba al ado-lescente un cariño entrañable, y él habia sido el punto decisivo en su arte. ¿A qué más censuras y reproches? Después de todo, quizá su indiferencia no fuese más que una disposición de ánimo pasajera. ¡ Ha-bia en él tanta bondad y tanta nobleza!
—Bueno, Dorian —dijo al fin, sonriendo tristemente -; no volveré a hablarte nunca de este horrible suceso. Espero que tu nombre no apare-cerá para nada mezclado en dl. La instrucción debe tener lugar esta misma tarde. ¿Te han citado?
Dorian movió la cabeza negativamente, haciendo una ligera mue-ca de contrariedad al oir la palabra “instrucción” ¡ Era tan cruda y tan vulgar aplicada a lo sucedido!
—No saben mi nombre —repuso.
—Tampoco ella lo sabia?.
—Mi nombre de pila sólo, y ése estoy seguro de que no lo dijo a nadie. En una ocasión me dijo que todos tenian gran curiosidad por saber quién era yo, y que ella, invariablemente, les contestaba que mi nombre era el Principe. ¿Verdad que era delicioso? Tienes que hacer-me un dibujo de Sibyl, Basil. Me gustará tener de ella algo más que el recuerdo de unos cuantos besos y alguna que otra frase patética.
—Intentaré hacer algo, Dorian, si asi lo deseas. Pero tienes que ve-nir a servirme otra vez de modelo. No puedo prescindir de ti.
—~ Imposible, Basil, que te sirva otra vez de modelo! —exclamó Dorian, estremeciéndose.
El pintor le miró asombrado.
—~Cómo! Eso quiere decir que el retrato que te hice no es de tu agrado. Por cierto, ¿dónde está? ¿Por qué lo has tapado con ese biom-bo? Déjame verlo. Es lo mejor que he hecho hasta ahora. Quita ese biombo, Dorian. Es una descortesia de tu criado el haber escondido asi mi obra. Ya me pareció, al entrar, que habia algo cambiado en el cuar-to.
—Mi criado no tiene la culpa, Basil. Ya comprenderás que no le dejo arreglar la casa a gusto suyo. A lo sumo, si se ocupa de elegir y colocar las flores. No; he sido yo mismo. Habia demasiada luz para el retrato.
—~Demasiada luz! De ningún modo, querido Dorian. Es un sitio admirable. Déjame que lo vea -. Y Hallward se dirigió hacia el retrato.
Un grito de tenor se escapó de labios de Dorian, que corrió a in-terponerse entre el pintor y el biombo.
—No lo verás, Basil —dijo, poniéndose palidisimo -; no quiero que lo veas.
—~Que no vea mi propia obra! No es posible que hables en serio, ¿Por qué no voy a verla? -exclamó Hallward, riendo.
—Si tratas de verla, Basil, te doy mi palabra de honor que no vol-veré a hablarte en la vida. Te lo digo completamente en serio. No pue-do darte la explicación, ni tú debes pedirmela. Pero ten presente que si tocas ese biombo, todo habrá terminado entre nosotros.
Hallward se habia quedado como petrificado. Miraba a Donan con una estupefacción absoluta. Nunca le habia visto de aquel modo:
pálido de rabia, con los puños apretados y las pupilas como dos discos de fuego azul, temblando de pies a cabeza.
—~Dorian!
—iNi una palabra!
—Pero ¿qué ocurre? Desde luego que no lo miraré si no quieres —dijo con cierta frialdad, volviendo los talones y dirigiéndose hacia la ventana -. Pero, realmente, parece un tanto absurdo que yo no pueda ver mi propia obra, sobre todo yendo a exponerla en Paris este otoño. Probablemente habrá que darle antes otra mano de barniz, y entonces no tendré más remedio que verla. ¿Por qué no ahora?
-~Exponerla! ¿Qué piensas exponerla? -exclamó Donan Gray, presa de una extraña sensación de terror.
¿Iria, pues, el mundo a ver su secreto, a quedarse perplejo ante el misterio de su vida? ¡Imposible! Era preciso hacer, sin demora, algo —no sabia el qué —que lo impidiese.
—Si; supongo que no tendrás inconveniente, Georges Petit va a reunir mis mejores cuadros para una exposición particular en su salón de la calle de Sèze, que se abrirá en la primera semana de octubre. El retrato estará fuera sólo un mes. Espero que podrás separarte de él sin dificultad por ese tiempo. Además, seguramente no estarás en Londres. Y si lo tienes siempre detrás de un biombo, señal de que no te interesa gran cosa.
Dorian Gray se pasó la mano por la frente, empapada en sudor. Comprendia que estaba al borde de un gran peligro.
—Hace un mes me dijiste que no pensabas exponerlo nunca -dijo -¿Cómo es que has cambiado de idea? Vosotros, los que presumis de consecuentes, sois igual de caprichosos que los demás. Con la diferen-cia de que vuestros caprichos carecen de sentido. No es posible que hayas olvidado lo solemnemente que me aseguraste que nada en el mundo podria decidirte a enviarlo a una exposición. Y exactamente lo mismo dijiste a Harry.
De pronto se detuvo; y por sus ojos cruzó un relámpago. Acababa de recordar que Lord Henry le habia dicho una vez, mitad en serio, mitad en broma: “Si quieres pasar un curioso cuarto de hora, haz que Basil te diga por qué no quiere exponer tu retrato. El me explicó las razones, que fueron para mi una revelación”. Si; acaso Basil tenia tam-bién su secreto. El trataria de arrancárselo.
—Basil —dijo, acercándose a él, y mirándole bien en los ojos -; los dos tenemos nuestros secretos. Dime el tuyo, y yo te contaré el mio. ¿Cuál era la razón de que te negases antes a exponer mi retrato?
El pintor no pudo contener un estremecimiento.
—Si te lo dijese, Donan, es posible que luego me quisieras menos, y seguramente te reinas de mi. Ninguna de ambas cosas podria sopor-tarla. Si te empeñas en no dejarme ver nunca más tu retrato, bien está, me resigno. Siempre podré siquiera verte a ti. Si deseas que mi mejor obra permanezca siempre ignorada del mundo, perfectamente, lo acepto. Tu amistad me importa mucho más que la fama o la gloria.
—No, Basil; es preciso que me lo digas —insistió Donan -. Creo que tengo derecho a saberlo. Su terror se habia ya desvanecido, y la curiosidad ocupado su lugar. Estaba decidido a descubrir el misterio de Basil Hallward.
—Sentémonos, Dorian —dijo el pintor, al parecer turbado— Senté-monos, y responde a una pregunta: ¿No has notado en el retrato nada extraño? Algo que probablemente, al principio, no te llamó la atención; pero que, de repente, te fue revelado.
—~Basil! —gritó Dorian, asiéndose a los brazos de su sillón con manos trémulas, y mirándole con ojos ardorosos y extraviados.
—Veo que si. No hables. Espera a oir lo que tengo que decirte. Do-rian, desde el momento en que te conoci, tu personalidad ejerció sobre mi la más extraordinaria influencia. Me senti dominado, alma, cerebro y fuerza, por ti. Tú te convertiste para mi en la encarnación de ese ideal invisible, cuyo recuerdo nos persigue a los artistas como un sueño inefable. Te adoré. Me sentia celoso de todo aquél a quien dirigias la palabra. Necesitaba tenerte todo para mi solo. No me sentia feliz más que cuando estabas conmigo. Y cuando estabas lejos de mi, estabas todavia presente en mi arte... Claro que yo no te di a entender nunca nada de esto. Hubiera sido imposible. Tú no lo habrias comprendido. Apenas si yo mismo lo comprendo. Sabia sólo que habia visto la per-fección, cara a cara, y que el mundo se habia convertido en algo mara-villoso a mis ojos... demasiado maravilloso quizá, pues en estas adoraciones insensatas hay un peligro, el de perderlas, no menor que el peligro de conservarlas... Pasaron semanas y semanas, y cada dia me absorbia más en ti. Entonces comenzó una fase nueva. Yo te habia dibujado como Paris, revestido de una delicada armadura; como Ado-nis, con la capa de cazador y la bruñida jabalina. Coronado de pesadas flores de loto, tú te sentaste en la proa de la barca de Adriano, con los ojos puestos más allá del Nilo turbio y verde. Tú te inclinaste sobre la charca tranquila de una selva griega y viste en la plata del agua silen-ciosa el milagro de tu propio rostro. Y todo esto era como el arte debe-ria ser: inconsciente, ideal y remoto. Un dia, dia fatal creo a veces, decidi pintar un espléndido retrato tuyo, tal como eres en la actualidad, no en el atavio de las edades muertas, sino en tu mismo traje y en tu propio tiempo. Si fue el realismo del método, o el simple milagro de tu personalidad, presentándoseme asi, directamente, sin bruma ni velo, es cosa que no podria decir. Lo que sé es que, mientras pintaba, cada pincelada me parecia revelar mi secreto. Empecé a temer que los de-más se dieran cuenta de mi idolatria. Comprendi, Dorian, que habia dicho demasiado, que habia puesto demasiado de mi mismo en esa obra. Entonces fue cuando resolvi no permitir nunca que se expusiera el retrato. Tú te enfadaste un poco; pero entonces tú no comprendias todo lo que significaba para mi. Hany, a quien le hablé de ello, se burló de mi. Pero ¿qué me importaba? Cuando conclui el retrato y me senté para mirarlo a solas, vi que tenia yo razón... Sin embargo, al cabo de pocos dias, cuando salió el cuadro de mi estudio, y apenas me vi libre de la invencible sugestión de su presencia, me pareció que habia sido una locura ver en él otra cosa que tu belleza y que yo sabia pintar. Aun ahora, en este momento, no puedo menos de pensar que la pasión que experimenta uno al crear, jamás se muestra realmente en la obra creada. El arte es siempre más abstracto de lo que nos imaginamos.
La forma y el color nos hablan de la forma y del color, simple-mente. A veces pienso que el arte más oculta al artista que lo revela. Asi, cuando recibi ese ofrecimiento de Paris, decidi hacer de tu retrato el punto culminante de mi exposición. No se me pudo ocurrir que tú te negases. Ahora veo que tenias razón. El retrato no puede ser expuesto. No me guardes rencor, Dorian, por todo lo que te he dicho. Como decia una vez a Hany, tú has sido hecho para ser adorado.
Dorian Gray respiró libremente. El color volvió a sus mejillas, y una sonrisa jugueteó en sus labios. El peligro habia pasado. Estaba a salvo por el momento. Sin embargo, no podia menos de sentir una infinita compasión por el pintor, que acababa de hacerle esa extraña confesión, preguntándosesi él mismo llegaria alguna vez a verse tan dominado por la personalidad de un amigo. Lord Henry tenia el en-canto de ser sumamente peligroso, pero nada más. Era demasiado inte-ligente y demasiado cinico para poder quererle de veras. ¿Encontraria alguna vez a alguien capaz de inspirarle tan extraña idolatria? ¿Seria ésta una de las cosas que le reservaba la vida?
—Lo que me parece extraordinario, Dorian —agregó Hallward -, es que tú hayas visto eso en el retrato. ¿Lo viste realmente?
—Algo vela en él —contestó Donan -, que, a veces, me parecia muy singular.
—Bueno; ¿me permites ahora que lo mire?
Donan sacudió la cabeza.
—Te ruego que no insistas, Basil. No me es posible dejarte frente a ese retrato.
—Pero algún dia me dejarás, ¿no?
—Nunca.
—Bien; acaso tengas razón. Adiós, pues, Dorian. Tú has sido la única persona que realmente ha influido en mi arte. Todo lo bueno que he hecho a ti te lo debo. ¡Ah!, tú no sabes lo que me cuesta decirte todo lo que te he dicho.
—Pero, ¿y qué es lo que me has dicho, querido Basil? -dijo Do-rian-.
Simplemente que sentias admirarme demasiado. Eso ni siquiera es un cumplido.
—No tenia la intención de ser un cumplido. Fue una confesión. Ahora que la he hecho, parece como si me hubiese desprendido de algo. Quizá no deberiamos nunca traducir nuestra adoración en pala-bras.
—Ha sido una confesión que me ha defraudado.
—Pues, ¿qué era lo que esperabas, Dorian? ¿Viste acaso algo más en el retrato? Era lo único que habia.
—No, no vi más. ¿Por qué me lo preguntas? Pero no debes hablar de adoración. Es una tonteria. Tú y yo somos amigos, Basil, y siempre lo seremos.
—Ya tienes a Hany —dijo el pintor tristemente.
—~Oh, Hany! —exclamó Dorian con una carcajada -. Hany se pasa el dia en decir cosas increibles, y la noche en hacer cosas inverosimi-les. Exactamente el género de vida que a mi me gustaria hacer. Pero no creo que acudiese a Hany en un momento de apuro. Antes acudiria a ti, Basil.
—~,Me servirás otra vez de modelo?
—~ Imposible!
—Echas a perder mi vida de artista negándote, Dorian. Nadie tro-pieza dos veces con su ideal, y pocos son los que tropiezan una.
—No me es posible explicártelo, Basil; pero nunca volveré a ser-virte de modelo. En todo retrato hay algo de fatalidad. Tienen una vida propia. Iré a tomar el té contigo, y lo pasaremos igualmente bien.
—Tú, mucho mejor, desde luego —murmuró Hallward apesadum-brado -. Hasta la vista, pues. Siento que no me dejes ver por última vez el retrato. Pero ¡qué se leva a hacer! Me doy perfecta cuenta de tus sentimientos.
Cuando se hubo marchado, Dorian se sonrió a si mismo. ¡Pobre Basil! ¡Qué poco sabia de la causa verdadera! ¡Qué singular que, en vez de haberse visto obligado a revelar su propio secreto, hubiese con-seguido, casi por casualidad, arrebatar el suyo a su amigo! ¡Cuántas cosas le explicaba esta extraña confesión! Los absurdos arrebatos de celos del pintor, su devoción frenética, sus extravagantes panegiricos, sus extrañas reticencias, todo lo comprendia ahora, con tristeza. Le parecia ver algo trágico en una amistad tan novelesca.
Suspiró, y tiró de la campanilla. Era preciso, a toda costa, ocultar el retrato. No podia exponerse otra vez al riesgo de un descubrimiento semejante. Habia sido una locura conservarlo, una hora siquiera, en una habitación a la que todos sus amigos tenian acceso.
 
 
 

CAPITULO X

Cuando entró el criado, Dorian le miró fijamente, preguntándose si se le habria ocurrido fisgar detrás del biombo. El mozo permaneció impa-sible, aguardando sus órdenes. Dorian encendió un cigarrillo, dirigióse a un espejo y se contempló atentamente. En él podia ver reflejarse con toda claridad la cara de Victor. Era como una plácida careta de servi-lismo. Nada habia en ella de temible. Sin embargo, juzgó prudente estar en guardia.
Hablando muy reposadamente, le dijo que avisara al ama de lla-ves que deseaba verla, y luego a la tienda en que le hacian los marcos, para que le enviasen inmediatamente dos empleados. Al salir el criado, le pareció que habia lanzado una mirada en dirección al biombo. ¿0 seria imaginación suya?
Al cabo de unos instantes, mistress Leaf, con su traje de seda ne-gra y las manos sarmentosas enfundadas en sus mitones de punto, entraba vivamente en la, biblioteca. Donan le pidió la llave del estudio.
—~,La antigua sala de estudio, Mr.Gray? -exclamó mistress Leaf -. ¡Pero si está toda llena de polvo! Tengo antes que limpiarla y ponerla en orden. Está impresentable. Le aseguro a usted que está impresenta-ble.
—No me importa. Nada de eso hace falta. La llave es lo único que necesito.
—Bueno, bueno; se llenará usted de telarañas. Como que hace cer-ca de cinco años que no se ha abierto. Desde que el señor murió.
Estremeció se Dorian a la mención de su abuelo. Conservaba de él un pésimo recuerdo.
—No importa —repitió -. Se trata sólo de echar un vistazo. Déme usted la llave.
—Aqui está la llave -dijo la anciana, buscando en su llavero con dedos trémulos e inseguros -. Aqui está. Al momento la tendrá usted. Pero no se le habrá ocurrido trasladarse allá arriba, ¿verdad?, estando aqui tan bien instalado.
—No, no, no pase usted cuidado —exclamó él con impaciencia -. Gracias. Puede usted retirarse.
Pero mistress Leaf se demoró unos instantes, charlando de algu-nos detalles del manejo de la casa. Donan suspiró y le dijo que hiciera en todo lo que creyese más conveniente. Al fin, mistress Leaf salió de la habitación, deshaciéndose en sonrisas.
Apenas se cerró la puerta, guardóse Dorian la llave en el bolsillo y echó una ojeada a su alrededor. Sus ojos se detuvieron en una ampli-sima colcha de seda morada, toda bordada de oro, espléndido trabajo veneciano del siglo XVII, que su abuelo encontrara en un convento de las cercanias de Bolonia. Si; aquello serviria para envolver el objeto horrendo. Quizá habria servido alguna vez de paño mortuorio. Ahora iba a ocultar algo que también tenia su podredumbre, peor que la mis-ma podredumbre de la muerte... algo que engendraria horrores y, sin embargo, nunca moriria. Lo que el gusano era para el cadáver, serian sus pecados para la imagen pintada sobre el lienzo. Ellos corromperian su belleza y devorarian su gracia. La profanarian, la convertirian en algo inmundo. Y, sin embargo, aquello continuaria viviendo; no mori-ria nunca.
Tuvo un estremecimiento, y por un instante sintió no haber dicho a Basil la verdadera razón por la que deseaba ocultar el retrato. Basil le habria ayudado a resistir la influencia de Lord Henry, y las influencias, todavia más perniciosas, de su propia naturaleza. En el amor que le tenia —pues realmente era amor—nada habia que no fuese noble y espi-ritual. No era la simple admiración fisica de la belleza que nace de los sentidos, y se extingue con el cansancio de éstos. Era un amor como lo habian conocido Miguel Angel y Montaigne, y Winckelmann, y Sha-kespeare. Si, Basil le habria salvado. Pero ya era demasiado tarde, El pasado podia anularse. El remordimiento, la negación o el olvido po-dian conseguirlo. Pero el futuro era inevitable. Habia en él pasiones que siempre encontrarian su terrible salida, sueños que harian real la sombra de su maldad.
Cogió la amplia colcha de púrpura y oro que cubria el diván, y pasó con ella al otro lado del biombo. ¿Estaba el rostro más horrendo que antes? Le pareció que no habia sufrido ningún cambio; pero, a pesar de ello, su repugnancia creció. Los cabellos dorados, los ojos azules, los labios purpurinos.., todo ello estaba alli. Sólo la expresión se habia alterado. Era horrible de crueldad.
Comparados a todo lo que veia en ella de acusación y de censura, ¡qué superficiales resultaban los reproches de Basil a propósito de Sibyl Vane! ¡Qué superficiales y qué insignificantes! Su misma alma estaba mirándole desde el lienzo y llamándole a juicio. Sintió una cris-pación de dolor, y apresuróse a arrojar el rico paño mortuorio sobre el cuadro. En aquel momento llamaron a la puerta, y acababa de salir de detrás del biombo cuando entró el criado.
—Ahi están los de la tienda, señor.
Le pareció que debia alejar con cualquier pretexto a aquel hom-bre. No convenia que se enterase de adónde llevaban el cuadro. Habia en él un no sé qué de taimado, y tenia ojos de astucia y de perfidia. Sentándose a la mesa, puso unas lineas a Lord Henry, rogándole que le enviase algo que leer, y recordándole que a las ocho y cuarto estaban citados.
—Espera la contestación -dijo entregándosela -, y que pasen esos hombres.
Al cabo de dos o tres minutos volvieron a llamar, y Mr. Hubbard, en persona, el dueño de la famosa tienda de marcos de la calle de South Audley, entró seguido de un joven ayudante de aspecto un tanto cerril. Mr. Hubbard era un hombrecito vivaracho, de patillas rojas, cuya ad-miración por el arte estaba considerablemente atenuada por la invete-rada inopia de la mayor parte de los artistas con que trataba. Por regla general, nunca salia de su tienda. Esperaba que la gente viniese a bus-carle a él. Pero siempre hacia una excepción en favor de Dorian Gray, tal era la seducción que éste ejercia sobre todo el mundo. Verle sólo, era ya un placer.
—~,En qué puedo servirle, Mr. Gray? -exclamó restregándose las manos gordezuelas y pecosas -. He creido de mi deber acudir en perso-na a preguntárselo. Justamente acabo de adquirir en una subasta una maravilla de marco. Florentino antiguo. Proveniente de Fonthiel, me parece. Admirable para algo de asunto religioso, Mr. Gray.
—Siento infinito que se haya usted molestado en venir, Mr. Hubbard. Desde luego pasaré a ver ese marco —aunque, por el mo-mento, el arte religioso no me interese gran cosa -. Pero hoy no se trata más que de transportar un cuadro al último piso. Como es bastante pesado, se me ocurrió que usted podria prestarme un par de sus em-pleados.
—Ninguna molestia, Mr. Gray. Encantado siempre de servirle. ¿Dónde está esa obra de arte?
—Aqui -contestó Donan, separando el biombo -. ¿Podrá trans-portarse tal como está cubierta? Sentiria que se estropease al subirla por la escalera.
—No hay dificultad, Mr.Gray —dijo el ilustre enmarcador, empe-zando, con ayuda de su acólito, a descolgar el retrato de las largas cadenas de cobre que lo sostenian -. Y ahora, ¿adónde hay que llevarlo, Mr. Gray?
—Yo le mostraré el camino, Mr. Hubbard, si tiene usted la bondad de seguirme. O quizá seria mejor que pasasen ustedes delante. Temo que esté demasiado alto. Subiremos por la escalera principal, que es más ancha.
Les abrió la puerta, atravesaron el hall y empezaron la ascensión. El carácter ornamental del marco hacia el retrato extremadamente voluminoso, y de cuando en cuando, a pesar de las serviciales protestas de Mr. Hubbard, que, a fuer de verdadero comerciante, no gustaba de ver hacer a un hombre de la alta sociedad nada útil, Dorian ponia tam-bién manos a la obra y trataba de ayudar.
—~Uf, buena carga, Mr. Gray! —exclamó entrecortadamente el hombrecito, al llegar al último rellano, esponjándose la frente lustrosa.
—Si, si que pesa —murmuró Dorian, abriendo la puerta de la habi-tación que iba a guardar el extraño secreto de su vida y a esconder su alma a los ojos humanos.
Hacia más de cuatro años que no habia entrado alli; desde que la habia empleado: primero, como cuarto de recreo, y más tarde, de mayorcito, como sala de estudio. Era una estancia amplia y bien propor-cionada, que el último Lord Kelso mandara construir especialmente para uso de su nieto, al que, debido a su singular parecido con su ma-dre y también por otras razones, siempre habia aborrecido y deseado conservar a cierta distancia. Poco habia cambiado desde entonces la habitación. Por lo menos, tal le pareció ti Dorian. Alli estaba el enorme cassone (Arcón) italiano, con sus tableros fantásticamente pintados y sus empañados ataires dorados, en el que tantas veces se habia escondido de niño; y la libreria de palo áloe, llena de libros de clase con las pun-tas dobladas. Detrás, clavado en la pared, colgaba el mismo andrajoso tapiz flamenco, en el cual un rey y una reina jugaban al ajedrez en un jardin, mientras una compañia de halconeros cabalgaba por las cerca-nias con las aves encapirotadas sobre el puño. ¡Cómo se acordaba de todo! Cada momento de su infancia solitaria volvia a él mientras pa-seaba los ojos en torno. Recordaba la pureza inmaculada de su vida de niño, y le parecia horrible que aquella misma estancia fuera a ocultar el retrato maldito. ¡Qué lejos estaba de pensar, aquellos dias lejanos, en todo lo que la vida le tenia reservado!
Pero no habia otro lugar en la casa tan a cubierto de toda mirada indiscreta. El tenia la llave, y nadie podia entrar alli. Debajo de su sudario de púrpura el rostro pintado sobre el lienzo podia tornarse bestial, monstruoso y repugnante. ¿Qué importaba? Nadie podia verlo. Ni él mismo lo vena siquiera. ¿A qué espiar la odiosa corrupción de su alma? El conservaria su juventud, que era lo importante. Además, quién sabe, ¿no podria acaso su naturaleza mejorar y purificarse? No habia razón alguna para que el futuro fuese sólo de vergüenza. Algún amor podia cruzarse en su vida, y depurarle, y ponerle a salvo de aque-llos pecados que ya parecian germinar en su espiritu y en su carne... esos extraños pecados no descritos, cuyo mismo misterio les presta su sutileza y atractivo. Quizá, un dia, la expresión de crueldad se habria borrado de los tiernos labios rojos, y podia mostrar al mundo la obra maestra de Basil Hallward.
No; esto era imposible. Hora por hora, y semana tras semana, el rostro envejeceria sobre el lienzo. Podria escapar de la deformidad del pecado, pero la deformidad del tiempo le aguardaba indefectiblemente. Las mejillas quedarian sumidas y fláccidas. Las patas de gallo amari-llentas se ensañarian alrededor de sus ojos empañados; el cabello per-deria su brillo; la boca, entreabierta o caida, tendria esa expresión estúpida o atontada que tienen las bocas de los viejos. Seria el cuello arrugado, las manos fias, de abultadas venas azules, el cuerpo encor-vado, que recordaba en el abuelo que tan duro fuera con él en su infan-cia. Si, era preciso esconder el retrato. No habia otro remedio.
—Tengan ustedes la bondad de entrarlo, Mr. Hubbard —dijo cansa-damente, volviéndose hacia él -. Y perdone que le haya hecho esperar. Estaba pensando en otra cosa.
—Nunca está de más descansar un rato. Mr. Gray —repuso el in-dustrial, que todavia estaba tomando aliento- ¿Dónde lo ponemos?
—~Oh!, en cualquier parte. Ahi mismo. No hace falta colgarlo. Basta con apoyarlo en la pared. Gracias.
—~,Y no podia verse esta obra de arte, Mr. Gray?
Dorian se estremeció.
—No le interesaria a usted, Mr. Hubbard —dijo, sin perderle de vista, dispuesto a saltar sobre él y derribarlo en tierra si se atrevia a levantar el paño suntuoso que escondia el secreto de su vida -. Bueno, no le molesto más. Y muchisimas gracias por su amabilidad viniendo en persona.
—De nada, de nada, Mr. Gray. Encantado siempre de servirle.
Y Mr. Hubbard empezó a bajar la escalera, seguido de su ayu-dante, que de cuando en cuando volvia la cabeza hacia Dorian, con una expresión de timido asombro en su rostro tosco y poco agraciado. Nunca habia visto belleza semejante en un hombre.
Apenas se hubo apagado el ruido de los pasos, cerró Dorian la puerta y guardó la llave en su bolsillo. Al fin se sentia en salvo. Nadie podia contemplar ya aquel horror. Mirada alguna, excepto la suya, podia ver su vergüenza.
Al entrar de nuevo en la biblioteca, advirtió que acababan de dar las cinco y que el té estaba ya servido. Sobre un velador de oscura madera odorifera, con incrustaciones de nácar, regalo de Lady Radley, mujer de su tutor, deliciosa inválida de profesión, que habia pasado el invierno anterior en el Cairo, encontró una esquela de Lord Henry, con un libro de cubierta amarilla, ligeramente desgarrada, y cortes un tanto manchados. En la bandeja del té halló un número de la tercera edición de The St. Jame~s Gazette. Era evidente que Victor habia vuelto. Pensó si se habria encontrado en el hall con los hombres, al salir éstos de la casi, y si les habria sonsacado lo que habian estado haciendo. Segura-mente echaria de menos el retrato... mejor dicho, ya lo habria echado de menos al entrar el té. El biombo no habia sido colocado de nuevo en su sitio, y en la pared era bien visible el hueco. Quizás alguna noche se lo encontrase subiendo de puntillas la escalera y tratando de forzar la puerta del estudio. Era horrible tener un espia en la propia casa. El habia oido hablar de gentes ricas que se habian pasado toda la vida explotadas por un criado que leyera una carta, o sorprendiera una con-versación, o recogiera una tarjeta con unas señas, o encontrara debajo de una almohada una flor seca o un jirón arrugado de encaje.
Suspiró, y después de servirse una taza de té, abrió la esquela de Lord Henry. Era simplemente para decirle que le enviaba un periódico de la tarde y un libro que podria interesarle, y que a las ocho y cuarto estaria en el club. Desplegó el periódico negligentemente, y se puso a hojearlo. Una raya de lápiz rojo en la página quinta llamó su atención. Leyó el párrafo que señalaba:
‘Muerte de una actriz - Esta mañana se ha verificado en Bell Ta-vern, Hoxton Road, por Mr. Danby, coroner (Funcionario judicial, cuyo deber es instruir los casas de muerte súbita o sospechosa, en presencia del jurado convocado con este fin.) del distrito, la instruc-ción sobre la muerte de Sibyl Vane, joven actriz recientemente contratada en el Royal Theatre, Holborn. Se dictó veredicto de muerte por accidente. La made de la difunta, que se mostró grandemente afectada durante su declaración y la del doctor Birrell, que habla efec-tuado la autopsia de la muerta, recibió vivas muestras de simpatia.”
Frunciendo el ceño, rompió en dos el periódico, y cruzando la ha-bitación arrojó los pedazos afuera. ¡Qué horrible era todo aquello! ¡Y qué espantosamente real hacia todo la fealdad! Sintió que a Lord Henry se le hubiese ocurrido enviarle aquella re seña. Y no dejaba de ser una indiscreción haberla marcado con lápiz rojo. Victor podia haberla lei-do. Sabia suficiente inglés para ello.
Acaso la habia leido y empezado a sospechar algo. Sin embargo, ¿qué importaba? ¿Qué tenia que ver Dorian Gray con la muerte de Sibyl Vane? No habia por qué temer. El no la habla matado.
Sus ojos cayeron sobre el libro que le enviaba Lord Henry. ¿Qué seria? Dirigióse hacia el pequeño velador octogonal de tonos nacara-das, que siempre se le habla antojado obra de algunas singulares abejas egipcias que trabajasen la plata, y cogiendo el volumen se acomodé en una butaca y empezó a hojearlo. Al cabo de unos minutos se sintió absorto. Era el libro más extraño que habia leido. Les parecia como si, exquisitamente ataviados, y al son delicado de las flautas, desfilasen ante él en mudo cortejo todos los pecados del mundo. Cosas vaga-mente soñadas, de pronto se le hacian reales. Cosas nunca soñadas se le iban revelando paulatinamente.
Era una novela sin intriga, y con un solo personaje, simple estu-dio psicológico de un joven parisiense que empleara su vida en tratar de realizar, en pleno siglo XIX, todas las pasiones y modalidades de pensamiento que fueron de todos los siglos, excepto del suyo, y, como si dijéramos, de resumir en si los diversos estados por que el mundo habla pasado, amando, por su mismo artificio, esas renuncias que los hombres han llamado insensatamente virtud, al igual que esas rebelio-nes naturales que los hombres sensatos llaman todavia pecado. Todo ello escrito en ese estilo curiosamente cincelado, a la vez oscuro y centelleante, lleno de argot y de arcaismos, de expresiones técnicas y paráfrasis complicadas, que caracteriza la obra de algunos de los mejo-res representantes de la escuela francesa de las simbolistas. Habia metáforas monstruosas como orquideas, y del mismo matizado sutil.
La vida de los sentidos era descrita en términos de filosofia mistica. Habia momentos en que no se sabia si se estaban leyendo los éxtasis espirituales de algún santo de la Edad Media o las confesiones morbo-sas de un pecador de hoy dia. Era un libro ponzoñoso. El aroma pesado del incienso parecia adherirse a sus páginas para turbar el cerebro. La simple cadencia de la frase, la sutil monotonia de su música, tan llena de complejos estribillos y de movimientos sabiamente repetidos, pro-ducia en el espiritu del adolescente, a medida que se iban sucediendo los capitulo s, una especie de divagación, de ensueño enfermizo, que le hacia no darse cuenta del dia muriente y las sombras que nacian.
Sin nubes, y taladrado por una Sola estrella, el cielo verde cobre lucia a través de las ventanas. A esta luz pálida leyó hasta que no pudo más. Entonces, y tras de recordarle el criado varias veces lo tardio de la hora, se levantó, pasó a la estancia contigua, y dejando el libro sobre el helador florentino que le servia de mesa de noche, empezó a vestirse para la comida.
Las nueve iban a dar cuando llegó al club, donde ya Lord Henry le esperaba, sentado en el salón, con cara de gran aburrimiento.
—Lo siento infinito, Harry -exclamó -; pero la culpa tuya es. Ese libro que me enviaste me fascinó de tal manera, que no me di cuenta de la hora.
—Si -, ya sabia yo que te gustada —replicó Lord Henry, poniéndose en pie.
—No he dicho que me gustará, Hany, sino que me ha fascinado. Es muy distinto.
—~Ah!, ¿has hecho ese descubrimiento? —murmuró Lord Henry.
Y pasaron al comedor.
 
 
 

CAPITULO XI

Bastantes años tardó Dorian Gray en libertarse de la influencia de aquel libro( Véase al fmal de la novela la nota sobre este capitulo.). Aunque más exacto seria decir que nunca trató de ello. Nada menos que nueve ejemplares de lujo de la primera edición hizo venir de Paris, mandándolos encuadernar en diferentes colores, de suerte que pudiesen avenirse con su varios estados de ánimo y las vo-lubles fantasias de una naturaleza, sobre la cual, en ciertos momentos, parecia haber perdido todo imperio. El héroe del libro, aquel joven y extraordinario parisiense, en quien los temperamentos romántico y cientifico aparecian tan singularmente fundidos, fue para él una especie de prefiguración de si mismo. Y, en verdad, que el libro entero le pare-cia contener la historia de su propia vida, escrita antes de haberla vivi-da. En un punto era más afortunado que el héroe imaginario del cuento. El nunca conoció —realmente, nunca tuvo motivo para conocerlo— aquel horror un tanto grotesco a las espejos, superficies bruñidas de metal y aguas quietas, que asaltara tan tempranamente al joven pari-siense, ocasionado por la súbita ruina de una belleza en otro tiempo, al parecer, tan singular.
Con un deleite casi cruel —es muy posible que en casi todos los deleites, como en todo placer, la crueldad también tenga su sitio— leia siempre aquella última parte del libro; con su relato, no por enfático menos trágico, del dolor y la desesperación de un hombre que pierde en si mismo lo que en los demás, y en el mundo, más alto habia eva-luado.
Pues la milagrosa belleza que de tal modo fascinara a Basil Ha-llward, ya tantos otros, parecia no abandonarle jamás. Hasta aquellos que sabian los horrores que de él se contaban —pues, de cuando en cuando, los más extraños rumores acerca de su vida intima se propala-ban por Londres y eran la comidilla de los clubs — no podian darles crédito cuando le veian. Su aspecto era siempre el de un hombre que ha sabido preservarse de toda mácula del mundo. Cuando él entraba en un sitio, todas las conversaciones licenciosas se acallaban. En la pureza de su rostro habia algo que les hacia enmudecer. Su sola presencia parecia traerles el recuerdo de la inocencia perdida. Todos se preguntaban cómo un ser tan grácil y encantador podia haber escapado a la ignomi-nia de una época a la vez sensual y sórdida.
Con frecuencia, al volver a su casa después de alguna de aquellas prolongadas y misteriosas ausencias que provocaran tan extrañas con-jeturas entre sus amigos —o que por tales se tenian- subia a paso de lobo la escalera hasta la cerrada habitación, abria la puerta con la llave que nunca le abandonaba, y alli, en pie frente al retrato obra de Basil Hallward, con un espejo en la mano, miraba alternativamente el rostro perverso y envejecido del lienzo y la faz joven y hermosa que le son-reia desde el cristal. La misma violencia del contraste avivaba su de-leite. Cada dia se sentia más enamorado de su propia belleza, más interesado en la corrupción de su alma. Examinaba con minucioso cuidado, y a veces con una delectación monstruosa y terrible, los sur-cos odiosos que estigmatizaban la frente contraida o crispaban los labios bestiales, preguntándose cuáles eran más horribles, si las huellas de la edad o las señales del vicio. Colocaba sus manos blancas y tersas junto alas horrendas manos hinchadas del retrato, y sonreia. Burlábase del cuerpo deforme y tos miembros degenerados. Claro que habia momentos, por la noche, cuando, desvelado, reposaba en su alcoba, delicadamente perfumada, o en el sórdido cuartucho de aquella taberna mal afamada, junto a los Docks, que, con nombre supuesto y bajo un disfraz, solia frecuentar, en que pensaba en la ruina a que habia llevado a su alma, con una compasión tanto más viva cuanto que era puramente egoista. Pero esos momentos eran raros. Aquella curiosidad por la vida que Lord Henry suscitara en él por vez primera aquella tarde en el jardin de Basil; parecia aumentar jubilosamente. Mientras más conocia, más deseaba conocer. Le acometian apetitos frenéticos, más voraces cuanto más los saciaba.
Sin embargo, no por eso descuidaba sus relaciones mundanas. Una o dos veces al mes, durante el invierno, y todo los miércoles por la noche, mientras duraba la estación, abria a sus amigos y conocidos los espléndidos salones de su casa y los músicos más famosos del dia deleitaban a sus huéspedes con la maravilla de su arte. Sus comidas intimas, en cuya confección siempre Lord Henry le ayudaba, eran conocidas, tanto por la escrupulosa selección y colocación de los invi-tados, como por el gusto exquisito con que estaba puesta la mesa, con sus combinaciones sinfónicas de flores exóticas, sus manteles bordados y sus fuentes antiguas de oro y plata. Realmente habia muchos, espe-cialmente entre la gente joven, que veian, o creian ver, en Dorian Gray, la verdadera realización del tipo en que tan a menudo soñaran durante sus dias de Eton o de Oxford, tipo que debia reunir algo de la verdade-ra cultura del sabio con toda la gracia y distinción y modales refinados de un hombre de mundo. A éstos pareciales Donan uno de aquellos de que habla Dante, que han tratado de “perfeccionarse a si propios por el culto de la belleza”. Como Gautier, él era un hombre para quien el mundo visible existia.
Y, ciertamente, la vida era en si misma para él la primera, la más grande de las artes, y, junto a ella, todas las demás artes parecian sólo una preparación. La Moda, por medio de la cual lo imaginario se hace un momento universal, y el Dandismo, que, a su modo, es una tentativa para afirmar la absoluta modernidad de la belleza, ejercian, como es natural, cierta fascinación sobre él. Su manera de vestir, y los diferen-tes estilos que, de cuando en cuando, adoptaba, influian poderosamente en los jóvenes refinados de los bailes de Mayfair y los balcones de los clubs de Pall Mall (Mayfair: el barrio más elegante de Londres. Pall Mall: avenida en que radi-can los clubs más distinguidos de la ciudad.), que le copiaban en todo, esforzándose en reprodu-cir el encanto accidental de sus graciosas afectaciones, a que di, por otra parte, no concedia mayor atención.
Pues, aunque dispuesto a aceptar la situación que apenas entrado en su mayor edad se le ofreciera, y halagado realmente a la idea de llegar a ser para el Londres de su tiempo lo que para la Roma neronia-na fuera el autor del Satiricón, sin embargo, en sus adentros, él aspira-ba a ser algo más que un simple arbiter elegantiarum y un hombre al que se consulta arca de una joya, o el nudo de una corbata o el manejo de un bastón.
El queria crear un nuevo modelo de vida, que tuviese su filosofia sistemática y sus principios metódicos, a fin de encontrar en la espiri-tualización de los sentidos su más alta realización.
El culto de los sentidos ha sido con frecuencia, y muy justamente, vilipendiado, sintiendo como sienten los hombres un natural impulso de terror ante pasiones y sensaciones que parecen más fuertes que ellos, y que saben comparten con las famas menos altamente organiza-das de la existencia. Pero pareciale a Donan Gray que la verdadera naturaleza de los sentidas nunca ha sido comprendida, y que si perma-necen salvajes y en estado de animalidad es simplemente porque el mundo ha tratado de someterlos por hambreo matarlos por el dolor, en vez de intentar hacer de ellos elementos de una nueva espiritualidad, cuya caracteristica dominante seria un instinto sutil de la belleza. En una ojeada retrospectiva, viendo al hombre moverse a través de la Historia, un sentimiento de pérdida le asaltaba. ¡A cuántas cosas se habia renunciado! ¡Y por qué poco! Negativas insensatas y absurdas, formas monstruosas de apto tortura y de renunciamiento, cuyo origen era el miedo, y cuyo resultado una degradación infinitamente más terrible que aquella imaginaria degradación de la que, en su ignorancia, intentaran escapar. La Naturaleza, con su maravillosa ironia, habia impulsado al anacoreta a vivir con los animales salvajes del desierto y habla dado al eremita las bestias del campo por compañeras.
Si; cómo Lord Henry profetizara, un nuevo Hedonismo se acer-caba, que forjarla de nuevo la vida, salvándola de este grosero y des-graciado puritanismo a cuyo singular renacimiento asistimos. Ciertamente que estaria sometido y subordinado a la inteligencia; pero jamás aceptaria ninguna teoria o sistema que entrañase el sacrificio de un modo cualquiera de experiencia pasional. Su fin, realmente, era la experiencia misma, y no los frutos de la experiencia, por dulces o amargos que éstos fuesen. Del ascetismo que amortece los sentidos, como del vulgar libertinaje que los embota, era preciso huir. Pero, en cambio, habla que enseñar al hombre a reconcentrarse en los momen-tos de una vida que apenas era otra cosa que un momento.
Pocos serán los que no se hayan despertado alguna vez antes del alba, después de una de esas noches sin sueños, que casi nos hacen amar la muerte, o una de esas noches de horror y de deleite informe, cuando, a través de las cámaras del cerebro se deslizan fantasmas más terribles que la misma realidad, animados de esa vida intensa que pal-pita en todos los grotescos, y que presta al arte gótico su perenne vita-lidad, arte que podia imaginarse obra de aquellos cuyo espiritu fue turbado por la enfermedad del ensueño. Poco a poco, blancos dedos trémulos parecen insinuarse por entre los cortinones. En negras formas caprichosas, sombras mudas se arrastran por la habitación y agazápan-se, al fin, en los rincones. Afuera comienza la algarabia de los pájaros entre la fronda; óyese el rumor de los obreros que pasan hacia el tra-bajo, el suspiro y los sollozos del viento que baja de las montañas y vaga en torno de la casa en silencio, como si temiese despertar a los que duermen y, al mismo tiempo, se viese obligado a hacer salir al sueño de su caverna de púrpura. Velo tras velo de tenue gasa obscura se descorren, y paulatinamente las cosas van recobrando sus formas y colores, y vemos cómo la aurora va rehaciendo el mundo por el mismo patrón de antes. Los pálidas espejos entran de nuevo en posesión de su vida mimica. Las bujias, apagadas, están donde las habiamos dejado, y, junto a ellas, el libro a medio abrir que leiamos, o la flor que llevamos aquella noche en el ojal, o la carta que temiamos leer o que leimos tantas veces. Nada nos parece cambiado. De las sombras irreales de la noche, vuelve a nosotros la vida que conociamos. Nos vemos obliga-dos a reanudarla en el punto en que la abandonamos, y se apodera de nosotros una terrible sensación de la necesidad de continuar el esfuerzo en el mismo circulo tedioso de costumbres estereotipadas, o un frenéti-co anhelar, acaso, de que nuestros párpados se abran alguna mañana sobre un mundo forjado de nuevo en las tinieblas para deleite nuestro, un mundo en que las cosas tuviesen formas y colores nuevos, y fuese distinto, y guardara otros secretos; un mundo en que el pasado apenas encontrase sitio, o, por lo menos, no sobreviviera en forma alguna consciente de gratitud o de remordimiento, pues hasta la remembranza de la alegria tiene su amargura, y los recuerdos del placer su pena.
La creación de semejantes mundos: tal le parecia a Dorian Gray el verdadero, o uno de los verdaderas, fines de la vida. Y en su rebusca de sensaciones que fuesen nuevas y deliciosas, y poseyeran ese ele-mento de singularidad tan esencial a la imaginación, él no vacilaria en adoptar algunas formas de pensamiento que sabia realmente ajenas a su naturaleza, entregándose a su sutil influencia y abandonándolas, des-pués de haber apresado, por decirlo asi, su colorido y satisfecho su curiosidad intelectual, con esa singular indiferencia que, lejos de ser incompatible con el ardor de temperamento, es muchas veces, según algunos psicólogos modernos, su condición precisa.
En una ocasión se susurró que iba a convertirse al catolicismo; y ciertamente que el ritual romano siempre tuvo para él gran atractivo. El diario sacrificio de la misa, más espantoso en verdad que todos los sacrificios del mundo antiguo, le conmovia, tanto por su soberbio des-dén a la evidencia de los sentidos, como por la primitiva simplicidad de sus elementos y el eterno sentimiento de la tragedia humana que trata-ba de simbolizar. Gustaba de arrodillarse sobre el filo pavimento de mármol, y de contemplar al sacerdote, en su rigida casulla floreada, descorriendo lentamente, con sus manos pálidas, el velo del taberná-culo, o levantando en alto la enjoyada custodia, de forma de faro, con aquella blanca oblea que, a veces, se siente uno tentado de creer el verdadero pan is coelestis, el pan de los ángeles, o, revestido con los atributos de la Pasión de Cristo, rompiendo la hostia dentro del cáliz y golpeándose el pecho por sus pecados. Los incensarios humeantes, que los graves monaguillos, vestidos de escarlata y encajes, balanceaban en el aire, como grandes flores doradas, ejercian sobre él una sutil fasci-nación. Al pasar, miraba con asombro los oscuros confesionarios, sin-tiendo no poder sentarse al abrigo de aquella penumbra para escuchara los hombres y mujeres que venian a musitar, a través de la gastada rejilla, la historia veridica de sus vidas.
Pero jamás cayó en el error de detener su desenvolvimiento inte-lectual con la aceptación formal de credo ni sistema alguno, ni de tomar por mansión en que habitar el albergue, bueno, a lo sumo, para pasar una noche o unas cuantas horas de una noche sin estrellas y sin luna. El misticismo, con su maravillosa facultad de transmutar a nue s-tros ojos en casas extraordinarias las más vulgares, y las sutiles anti-nomias que parecen acompañarlo siempre, le interesaron una temporada; y una temporada también se sintió inclinado alas doctrinas materialistas del darvinismo alemán, encontrando un singular deleite en seguir la pista a los pensamientos y pasiones de los hombres hasta alguna célula nacarina del cerebro o un blanco nervezuelo del cuerpo, complaciéndose en la concepción de la absoluta dependencia del e spi-ritu a ciertas condiciones fisicas, morbosas o saludables, normales o insólitas. Sin embargo, como queda dicho, ninguna teoria de la vida le parecia de la menor importancia en comparación con la vida misma. El tenia conciencia de lo estéril que es toda especulación intelectual cuan-do se la separa de la acción y la experiencia. Sabia que los sentidos, al igual del alma, tenian sus misterios espirituales que revelar.
Asi, se dedicó a estudiar los perfumes y los secretos de su manu-factura, destilando aceites de aroma violento y quemando gomas odori-feras de Oriente. Vio que no habia estado de espiritu que no encontrase su correspondencia en la vida sensorial, y trató de descubrir sus verda-deras relaciones, inquiriendo qué podia haber en el incienso que asi incitaba al misticismo, y en el ámbar gris que enardecia las pasiones, y en las violetas que despertaban el recuerdo de los amores pasados, y en el almizcle que turbaba el cerebro, y en la champaca que pervertia la imaginación. Intentó, con frecuencia, establecer una psicologia positiva de los perfumes, determinar las diversas influencias de las raices bien olientes y las flores henchidas de polen, perfumado, de los bálsamos aromáticos y de las obscuras maderas odoriferas; del espicanardo que extenúa; de la hovenia, que hace enloquecer a los hombres, y del áloe, que dicen ahuyenta del alma la melancolia.
Otras veces consagrábase por completo a la música, y en una vasta habitación artesonada de oro y bermellón, y paredes de laca ver-de oliva, celebraba extraños conciertos, con gitanas en delirio, que arrancaban salva. jes melodias de sus citaras, o graves tunecinos, en sus jaiques amarillos, pulsando monstruosos laúdes, mientras unos negros gesticulantes redoblaban monótonamente en sus tambores de cobre, y, acurrucados sobre sus esterillas carmesies, unos indios cence-ños, tocados con turbantes, soplaban en largas flautas de caña o bronce, fascinando, o fingiendo fascinar, grandes serpientes de capucha y ho-rrendas viboras cornudas. Los agrios acordes y estridentes disonancias de aquella música bárbara, lograban sacudirle en ocasiones, cuando ya la gracia de Schubert y las suaves tristezas de Chopin y las armonias potentes del mismo Beethoven resbalaban por sus oidos.
Recogió de todas partes del mundo los más raros instrumentos que pudo encontrar, bien en los sepulcros de los pueblos desapareci-dos, bien entre las pocas tribus salvajes que han sobrevivido al con-tacto con las civilizaciones de Occidente, y gustaba de estudiarlos y tañerlos. Poseia el misterioso juruparis de los indios de Río Negro, que no se permite mirar a las mujeres, y que, a los mismos mancebos, sólo después de haber sido sometidos al ayuno y la flagelación, les es dado contemplar; y las orzas de barro de los peruanos, que imitan el chillar de los pájaros; y las flautas de huesos humanos, que Alonso de Ovalle oyera en Chile; y los verdes jaspes sonoros, que se encuentran en las cercanias del Cuzco y exhalan una nota de singular dulzura. Tenia pintadas calabazas rellenas de guijarros, que sonaban como crótalos al ser sacudidas; el largo clam de los mejicanos, en el que no se toca soplando, sino aspirando el aire; la ruda tura de las tribus del Amazo-nas, que tocan los centinelas, encaramados todo el dia en los árboles altos, y dicen que puede oirse a tres leguas de distancia; el teponaztli, que tiene dos lengüetas vibrantes de madera, y se percute con palillos impregnados en una goma elástica, que se obtiene del jugo lechoso de unas plantas; los cascabeles llamados yotl, agrupados en racimos como de uva, y un enorme tambor cilindrico, hecho con la piel de grandes serpientes, semejante a aquel que viera Bernal Diaz, cuando fue con Cortés al templo de Méjico, y de cuyo lúgubre son nos ha dejado una descripción tan viva. El carácter fantástico de estos instrumentos le fascinaba, y sentia un deleite especial al pensar que el arte, como la naturaleza, tiene sus monstruos, objetos de forma bestial y voces horrendas. Sin embargo, al poco tiempo se cansaba de ellos y volvia a su palco de la Opera, donde, solo o con Lord Henry, escuchaba extasiado Tannhaüser, viendo en el preludio de esta obra maestra como una in-troducción a la tragedia de su propia alma.
Aficionóse también al estudio de las joyas, y una noche apareció en un baile de trajes disfrazado de Anne de Joyeuse, almirante de Fran-cia, con un vestido que llevaba quinientas sesenta perlas. Esta afición le duró bastantes años, y puede decirse que jamás le abandonó. A me-nudo se pasaba el dia combinando en sus estuches las piedras preciosas que habia coleccionado: los crisoberilos verde oliva, que se tornan rojos ala luz artificial; la cimófana, veteada de hebras de plata; el peri-doto, color de alfóncigo; los topacios, rosados como rosas y amarillos como vino; los carbúnculo s, en cuyo fondo se encienden estrellitas parpadeantes de cuatro puntas; los granates cinamomos, rojos como la llama; las espinelas, moradas y anaranjadas, y las amatistas, con sus visos alternos de rubi y zafiro. Amaba el oro rojizo de la piedra del sol, y la blancura nacarina de la piedra de la luna, y el quebrado arco iris del ópalo lactescente. De Amsterdam le trajeron tres esmeraldas de tamaño y fulgor extraordinarios, y consiguió una turquesa de la vieille roche, (Turquesas de las antiguas minas de Oriente, rarísimas por su belleza y de gran precio.) que era la envidia de todos los entendidos.
Descubrió también historias maravillosas de joyas. En la Clerica-lis Disciplina, de Alfonso, se habla de una serpiente que tenia los ojos de jacinto; y en la novelesca historia de Alejando se dice que el con-quistador de Emathia encontró en el valle del Jordán culebras !?con collares de esmeraldas, que les crecian en el dorso!?. Los dragones, nos cuenta Filóstrato, recelaban en el cerebro una gema, y !?mostrándoles unas letras de oro y una túnica de púrpura” podia adormirseles y darles muerte. Según el gran alquimista Pierre de Boniface, el diamante hacia invisible a un hombre, y el ágata de la India le hacia elocuente. La cornalina apaciguaba la ira, y el jacinto provocaba el sueño, y la ama-tista disipaba los vapores de la embriaguez. El granate ahuyentaba a los demonios, y la hidrofana privaba de su color a la luna. La selenita crecia y menguaba al par que la luna, y el méloceus, que descubre a los ladones, sólo podia ser atacado por la sangre del cabrito. Leonardo Camilo habia visto una piedra blanca extraida del cerebro de un sapo recién muerto, que era un antidoto seguro contra los venenos. El be-zoar, que se encontraba en el corazón del ciervo árabe, era un remedio para la peste. En los nidos de algunas aves de Arabia se hallaba el aspilates, que, según Demócrito, preserva a quien lo lleva de toda inju-ria del fuego.
El rey de Ceilán, cuando se dirigia a su coronación, atravesaba a caballo su ciudad con un enorme rubi en la mano. Las puertas del pala-cio del Preste Juan estaban !?hechas de sardios, con el cuerno de la vibora cornuda, incrustado en ella, de suerte que hombre alguno que llevase consigo veneno podia franquearla!?. En el gablete veianse !?dos manzanas de oro, con dos carbúnculos engastados en ellas!?, a fin de que el oro brillara por el dia, y los carbúnculos por la noche. En la singular novela de Lodge Una perla de América, se dice que en la cámara de la reina podian verse a !?todas las honestas damas del mundo entero, cinceladas en plata, mirando a través de unos hermosos espejos de crisólitos, carbúnculos, zafiros y verdes esmeradas!?. Marco Polo habia visto a los habitantes de Zipango colocar perlas rosadas en la boca de los muertos. Un monstruo marino se habia enamorado de la perla que un buzo trajo al rey Perozes, y en castigo mató al ladón, y lloró durante siete lunas la pérdida. Cuando los hunos atrajeron al rey a la gran cárcava, éste salió volando de ella —Procopio nos cuenta el sucedido -, y no pudo ser hallado, a pesar de haber ofrecido el empera-dor Anastasio cinco quintales de monedas de oro a quien diese con él. El rey de Malabar habia enseñado a un cierto veneciano un rosario de trescientas cuatro perlas, una por cada dios que adoraba.
Cuando el duque de Valentinois, hijo de Alejando VI, visitó a Luis XII de Francia, su caballo, según Brantôme, iba materialmente cubierto de hojas de oro, y su sombrero guarnecido con una doble hilera de rubies, que refulgian extraordinariamente. Carlos de Inglate-rra cabalgaba con estribos que llevaban engastados cuatrocientos veintiún diamantes. Ricardo II tenia una casaca tasada en treinta mil ma-reos, cuajada de rubies balajes. Hall describe a Enrique VIII dirigién-dose hacia la Torre antes de su coronación, vestido con !?un jabón de tisú de oro, la pechera bordada de diamantes y otras piedras preciosas, y un gran collar de enormes balajes sobre los hombros!?. Los favoritas de Jacobo I llevaban pendientes de esmeraldas, engastadas en filigrana de oro. Eduardo II regaló a Piers Gave ston una armadura completa de oro rojo, con incrustaciones de jacintos, un collar de rosas de oro y turquesas, y un birrete sembrado de perlas. Enrique II llevaba guantes gemados hasta el codo, y tenia uno de cetreria con doce rubies y cin-cuenta y dos grandes perlas. El sombrero ducal de Carlos el Temerario, último duque de Borgoña de su linaje, estaba tachonado de perlas peri-formes y zafiros.
¡Qué deliciosa habia sido en otros tiempos la vida! ¡Cuán magni-fica en su pompa y ornato! La sola lectura del fausto de antaño era ya maravillosa.
Luego dirigió su atención hacia los bordados y las tapicerias que en las heladas salas de los pueblos septentrionales de Europa hacian las veces de frescos. Investigando la cuestión —siempre habia tenido él una facilidad extraordinaria para absorberse por completo en cuanto toma-ba entre manos - casi se sintió entristecido al pensar en la ruina a que el tiempo llevaba a todo lo que era bello y prodigioso. El, por lo menos, habia escapado a la regla. Los estios se sucedian, y el junquillo florecia y se mustiaba, y noches de horror repetian la historia de su vergüenza, pero él no cambiaba. Ningún invierno dejó huella en su rostro, ni mar-chitó su lozania de flor. ¡Qué diferencia de lo que ocurria con las cosas materiales! ¿Qué habia sido de ellas? ¿Dónde estaba la gran túnica color de azafrán, por la cual lucharon los dioses contra los titanes, tejida por morenas doncellas para placer de Atenea? ¿Dónde el enorme velario que Nerón tendiera sobre el Coliseo de Roma, aquella gigantes-ca vela de púrpura sobre la cual estaba representado el cielo constelado y Apolo conduciendo su carro tirado por blancos corceles embridados de oro? Le habria gustado ver aquellos singulares manteles, trabajados para el Sacerdote del Sol, sobre cuya superficie aparecian todas las viandas y golosinas que podian apetecerse para un festin; el paño mortuorio del rey Chilperico, con sus trescientas abejas de oro; los trajes fantásticos que provocaron la indignación del obispo del Ponto, representando !?leones panteras, osos, perros, selvas, peñascos, cazado-res; en una palabra, cuanto un pintor podia copiar de la naturaleza!?; y el jubón que Carlos de Orleans lució una vez, sobre cuyas mangas veianse bordados los versos de una canción que comienza: Madame, je suis tout joyeux, bordado el acompañamiento musical de las palabras con hilo de oro, y cada trota, cuadrada en aquel tiempo, formada con cuatro perlas. Leyó la descripción de la estancia que habia sido prepa-rada en el palacio de Reims para la reina Juana de Borgoña, decorada con !?mil trescientos veintiún papagayos, bordados en realce y blasona-dos con las armas del rey, y quinientas sesenta y una mariposas, cuyas alas estaban parej amente ornamentadas con las armas de la reina, todo ello en oro!?. Catalina de Médicis tenia un lecho de duelo, hecho para ella, de terciopelo negro, salpicado de medias lunas y soles. Las corti-nas eran de damasco, con coronas de hojas y festones, labrados sobre un fondo de oro y plata, y fresadas de perlas; estaba en un aposento tapizado con divisas de la reina, en terciopelo negro sobre tisú de plata. Luis XIV tenia cariátides de quince pies de altura, vestidas de oro. El lecho de aparato de Sobieski, rey de Polonia, estaba hecho de brocado de oro de Esmirna, bordado de turquesas con versiculos del Corán. Los soportes eran de plata dorada, delicadamente cincelada, y con profu-sión de medallones esmaltados y de pederia. Habia sido apresado en el campamento turco, delante de Viena, y bajo el oro de su dosel se habia alzado el estandarte de Mahoma.
Asi, durante un año entero, se esforzó en acumular los más raros ejemplares que pudo hallar del arte textil y del bordado: las deliciosas muselinas de Delhi, entretejidas con palmas de hilo de oro y alas irisa-das de escarabajo; las gasas de Dacca, conocidas en Oriente por su transparencia con los nombres de !?aire tejido!?, !?agua que corre!? y !?rocio de la tarde!?; extrañas telas historiadas de Java; amarillos tapices de China, sabiamente trabajados; libros encuadernados en rasos fulvos y sedas azules, estampados con llores de lis, pájaros y figuras; velos de punto, de Hungria; brocados sicilianos y rigidos terciopelos españoles; encajes del tiempo de los Jorges, con sus esquinas doradas; yfukusas japonesas, con sus oros verdosos y sus pájaros de plumaje fantástico.
También sentia una pasión especial por las vestiduras eclesiásti-cas, como por todo cuanto se relacionaba con el servicio de la Iglesia. En los grandes arcones de cedro, que se alineaban a lo largo de la gale-ria a poniente de su casa, habia reunido muchos raros y magnf6cos ejemplares de lo que realmente constituye el atavio de la Prometida de Cristo, que debe vestirse de púrpura y lienzos finos y joyas, que ocul-ten el pálido cuerpo macerado por el sufrimiento voluntario y lacerado por las torturas a que se condenó ella misma. Poseia una suntuosa capa pluvial, labor italiana del siglo XV, de seda carme si y damasco de oro, con diseño de granadas doradas sobre flores de seis pétalos y franja de pidas bordadas en aljófar. La cenefa estaba dividida en cuadros repre-sentando escenas de la vida de la Virgen, y sobre el capillo se veia la coronación de la misma en sedas de colores. Otra capa era de tercio-pelo verde, bordado con grupos en forma de corazón de hojas de acanto, de los que se elevaban largos tallos con flores blancas, som-breadas con hilo de plata y cristales de color. En el capillo, la cabecita de un serafin en realce; y la cenefa, adamascada en oro y seda roja, con medallones de santos y mártires, entre los cuales se contaba San Se-bastián. Tenia también casullas de seda ambarina y seda azul y brocado de oro y damasco amarillo y tisú de oro, con escenas de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, y leones, pavos reales y otros emblemas bordados; dalmáticas de seda blanca y ormesi rosado, decoradas con tulipanes, delfines y flores de lis; frontales de altar, de terciopelo, car-mesi y lino awl; y un sin fin de corporales, cubre cálices y purificado-res. Algo habia, en los Oficios misticos que requerian estos objetos, que excitaba su imaginación.
Pues estos tesoros, y cuanto habla conseguido reunir en su casa, eran para él medios de olvido, maneras de escapar, por algún tiempo, al espanto que con frecuencia le atenazaba De los muros de la estancia desierta y cerrada donde pasara casi toda su infancia, él habla colgado, con sus propias manos, el terrible retrato cuyas facciones cambiantes le mostraban la verdadera degradación de su vida, tendiendo sobre él, a modo de cortina, el paño mortuorio de oro y púrpura. Semanas enteras se pasaba sin subir hasta alli, dando al olvido aquella cosa horrenda, recobrados su buen humor y su frivolidad maravillosa, absorbiéndose de nuevo por entero en la felicidad de vivir. Luego, súbitamente y con gran sigilo, salia una noche de su casa, dirigiase a uno de aquellos antros de Blue Gate Fields, y alli se estaba, un dia y otro, hasta que le echaban de él. De vuelta en su casa, sentábase frente al retrato, lleno a veces de odio contra él y contra si mismo, pero sintiendo, otras, ese orgullo de individualismo que entra por mitad en la fascinación del pecado, y sonriendo, con secreto agrado, a la sombra deforme que soportaba el fardo que a él corre spondia.
Al cabo de unos cuantos años encontró que no podia estar mucho tiempo fuera de Inglaterra, y vendió la villa que compartia con Lord Henry en Trouville y la casita de tapias encaladas de Argel, donde más de una vez fuera a pasar el invierno. No podia resignarse a estar sepa-rado del retrato que asi participaba de su vida, temiendo también que durante su ausencia pudiera alguien entrar en la habitación, a pesar de la complicada cerradura que habia mandado colocar en la puerta.
Bien sabia él que el retrato no podia decirles nada.
Verdad es que conservaba bajo la monstruosidad de sus facciones una marcada semejanza con él; pero, aunque asi fuera, ¿qué iba a re-velar a quienes le viesen? El se reiria en las barbas de quien tratase de vilipendiarle. ¿Acaso lo habia él pintado? ¿Qué podia, pues, importarle aquella apariencia de degradación y de vicio? Y aunque les dijese la verdad, ¿podrian, acaso, creerla?
No obstante, tenia miedo. Más de una vez, en su quinta de No-ttinghams-hire, rodeado de sus invitados, siempre jóvenes a la moda, que le reconocian por jefe, asombrando la comarca con su lujo extra-vagante y la suntuosidad de su tren de vida, habia abandonado, súbita-mente, a sus huéspedes y corrido ala ciudad a asegurarse con sus propios ojos de que la puerta no habia sido forzada y el retrato conti-nuaba en su sitio. El solo pensamiento de que podian robarlo le horrorizaba. Seguramente el mundo penetraria entonces su secreto. Acaso ya lo sospechaba.
Pues, aunque fascinara a muchos, no eran pocos los que descon-fiaban de él. Una vez estuvo a punto de no ser admitido, por mayoria de votos, en un club de West End, al cual su nacimiento y posición parecian darle pleno derecho a pertenecer, y se dijo que en otra oca-sión, al entrar en compañia de sus amigos en el fumoir del Churchill, el duque de Berwick y otro socio se levantaron muy ostensiblemente y salieron del salón. Apenas cumplidos los veinticinco años, empezaron a circular extrañas historias sobre él. Susurrábase que le habian visto querellándose con marineros extranjeros en uno de esos antros equivo-cos de Whitechapel, y que frecuentaba la compañia de ladrones y mo-nederos falsos y conocia los misterios de su arte. Sus inexplicables ausencias comenzaron a ser notadas, y cuando reaparecia en sociedad, la gente cuchicheaba en los rincones, o pasaban ante él con una sonri-sita burlona, o le examinaban con ojos filos y escrutadores, como deci-didos a descubrir su secreto.
Claro que él no prestaba la menor atención a aquellos desprecios e impertinencias; y, a juicio de la mayoria, su aire de afabilidad y de franqueza, su encantadora sonrisa infantil y la gracia infinita de aquella juventud maravillosa que parecia no abandonarle, eran respuestas más que suficiente a las calumnias —pues de tal las calificaban- que sobre él coman. Sin embargo, no dejó de observarse que algunos de los que le habian tratado más intimamente, al cabo de cierto tiempo parecian rehuirle. Mujeres que le adoraran con frenesi, y por él afrontaran todas las criticas sociales, desafiando las conveniencias, palidecian visible-mente, de vergüenza o de horror, al entrar él.
Pero estos escándalos, contados al oido, servian sólo para acre-centar, a los ojos de muchos, su hechizo extraño y peligroso. Su gran fortuna era también un elemento seguro de defensa. La sociedad —la sociedad civilizada al menos -, nunca se siente demasiado dispuesta a creer nada en detrimento de las personas ricas y sugestivas. Compren-de, por instinto, que los modales son de más importancia que las cos-tumbres y, a juicio suyo, la más acendrada respetabilidad vale mucho menos que el tener un buen cocinero. Al fin y al cabo, es muy pobre consuelo saber que la persona que acaba de darle a uno mal de comer, o un vino mediocre, es de una vida privada irreprochable. Las mismas virtudes teologales no pueden servir de excusa a un plato casi frio, como en una ocasión hacia observar Lord Henry, discutiendo el tema; y es muy posible que tuviera razón. Pues los cánones de la buena so-ciedad eran, o deberian ser, los mismos que los cánones del arte. La forma es absolutamente esencial en ello. Deberian tener la dignidad de un ceremonial, y también su irrealidad, combinando el carácter insince-ro de una comedia romántica con el ingenio y la belleza que nos hacen deliciosas tales comedias. ¿Acaso la insinceridad es tan terrible cosa? ¿No seria simplemente un método merced al cual podemos multiplicar nuestra personalidad?
Por lo menos, tal pensaba Dorian Gray. Maravillábase de la psi-cologia superficial de quienes conciben el Yo en el hombre como una cosa simple, permanente, segura y homogénea. Para él, el hombre era un ser con millares de vidas y millares de sensaciones, una criatura compleja y multiforme que llevaba en si extraños legados de pensa-miento y pasión, y cuya carne misma estaba inficionada por las mons-truosas dolencias de los muertos.
Gustaba de pasear por la desierta y fia galeria de retratos de su casa de campo, contemplando las efigies de aquellos cuya sangre coma por sus venas. Alli estaba Philip Herbert, del que Francis Osborne dice, en sus Memorias sobre los reinados de la Reina Isabel y del Rey Jaco-bo, que fue !?mimado por la corte a causa de la hermosura de su sem-blante, que no le hizo compañia largo tiempo!?. ¿Seria acaso la vida del joven Herbert la que él, a veces llevaba? ¿Se habria transmitido algún extraño germen venenoso de cuerpo a cuerpo, hasta alcanzar el suyo? ¿No seria alguna vaga supervivencia de aquella gracia destruida lo que le indujera tan repentinamente, y casi sin motivo, a formular en el estudio de Basil Hallward aquel deseo insensato, que de tal modo cam-biara su vida? Alli, en ropilla escarlata bordada en oro, sobreveste cubierta de pedreria, y gorguera y puños ribeteados de oro, erguiase sir Anthony Sherard, con su armadura nielada a los pies. ¿Cuál seria la herencia de aquel hombre? ¿Le habria dejado el amante de Giovanna de Nápoles algún legado de vicio y de ignominia? ¿Serian sus propias acciones simplemente los sueños que aquel muerto no se habia atrevi-do a llevar a cabo? Alli, desde el lienzo empañado sonreia Lady Eliza-beth Devereux, con su toca de gasa, peto de perlas y mangas acuchilladas de color rosa. En la mano derecha sostenia una flor, y con la izquierda se cogia el collar, de rosas blancas y encarnadas. Sobre una mesa, a su lado, se vetan una mandolina y una manzana, y dos rosetones verdes en sus chapines puntiagudos. El conocia su vida, y las singulares historias que se hablan contado de sus amantes. ¿Tendria él algo del temperamento de ella? Aquellos ojos ovales de párpados pe-sados parecian mirarle curiosamente. ¡Pues y aquel George Willou-ghby, con su cabello empolvado y sus lunares postizos! ¡Qué equivoca catadura la suya! El rostro era atezado y saturnino, y los labios sen-suales parecian torcidos por el desdén. Delicados vuelillos de encaje caian sobre las manos amarillentas y descarnadas, cargadas de sortijas. Habia sido un pisaverde del siglo XVIII, y el amigo, en su juventud, de Lord Ferrars. ¿Y aquel segundo Lord Beckenham, compañero del Principe Regente en sus dias más frenéticos y testigo del matrimonio secreto con Mrs. Fitzherbert? ¡Cuán altivo y arrogante, con sus bucles castaños y su ademán de insolencia! ¿Qué pasiones le habria legado? El mundo le habia tachado de infamia. El era quien conducia aquellas famosas orgias de Carlton House. La estrella de la Jarretera brillaba sobre su pecho. Junto a él pendia el retrato de su esposa, muy pálida, de labios enjutos, toda vestida de negro. También la sangre de ella coma por sus venas. ¡Qué extraño parecia todo aquello! Y su madre, de rostro tan semejante al de Lady Hamilton, con sus labios húmedos y rojos como el vino... ¡Ah, él sabia lo que heredara de ella! Su belleza, y su pasión por la belleza ajena. Vestida de bacante, con los cabellos trenzados de hojas de viña, le sonreia desde el cuadro. La copa que sostenia en la mano desbordaba de zumo purpurino. La carnación del retrato se habia marchitado, pero los ojos eran aún maravillosos en su profundidad y resplandor. Parecian seguirle de un lado a otro.
Pero también en la literatura tiene uno sus, antepasados, lo mismo que en su propio linaje, más cercanos quizás, muchos de ellos, en tipo y en temperamento, y desde luego con una influencia más perceptible. Momentos habia en que la historia entera se le antojaba a Dorian Gray como una simple crónica de su misma vida, no como si la hubiese vivido en acción y circunstancia, sino como si su imaginación la hubie-se creado para él y hubiera sido asi en su cerebro y en sus pasiones. Sentia como si hubiese conocido a todas aquellas extrañas y terribles figuras que cruzaron el escenario del mundo e hicieron tan maravilloso el pecado y el mal tan sutil. Le parecia como si de un modo misterioso sus vidas hubieran sido la suya propia.
El protagonista de la maravillosa novela que tanto influyera en su vida, también habia conocido estos sueñas extrañas. En el capitulo séptimo dice cómo, coronado de laurel para evitar el rayo, se habia sentado, a imitación de Tiberio, en un jardin de Caprea, leyendo los libros obscenos de Elefantina en tanto que a su alrededor se contonea-ban pavos reales y enanos y el tañedor de flauta hacia burla del turibu-lario; y, como Caligula, se habia embriagado con los cocheros de túnicas verdes en sus cuadras y comido en un pesebre de marfil en compañia de un caballo de enjoyada frontalera; y, como Domiciano, habia vagado por una galeria cubierta de espejos de mármol, mirando en torno suyo con ojos extraviados, a la idea del puñal que debia poner fin a sus dias, y enfermo de ese hastio, de ese terrible tedium vitoe que salta a quienes la vida no ha negado nunca nada; y habia contemplado a través de una clara esmeralda las rojas matanzas del circo, y luego, en una litera de púrpura y perlas tirada por mulas herradas de plata, habia sido llevado por la Via de las Granadas a la Casa de Oro, oyendo gritar a su paso: ¡Nero Caesar; y, como Heliogábalo, habiase pintado las mejillas e hilado la rueca en el gineceo y traido la Luna de Cartago para unirla en misticas bodas al Sol.
Dorian Gray no se cansaba de leer este capitulo fantástico, y los otros dos que le seguian, en los cuales, como en una extraña tapiceria de medallones sutilmente trabajados, aparecian las figuras terribles y seductoras de aquellos a quienes el Vicio, la Sangre y el Tedio habian llevado ala monstruosidad o la demencia; Filippo, duque de Milán, que asesinó a su mujer e impregné sus labios con un veneno escarlata, a fin de que su amante bebiera la muerte cuando besara al ser adorado; Pie-tro Barbi, el Veneciano, conocido por Paulo II, que intentó en su so-berbia asumir el titulo de Formosus, y cuya tiara, valorada en doscientos mil florines, fue comprada a costa de un terrible pecado; Gian Maria Visconti, que cazaba hombres con sabuesos, y cuyo cadá-ver, cuando le asesinaron, fue cubierto de rosas por una cortesana que le amaba; el Borgia, jinete en su corcel blanco, con el Fratricidio ca-balgando a su lado, la capa tenida por la sangre de Perotto; Pietro Ria-rio, el joven cardenal arzobispo de Florencia, hijo y favorito de Sixto IV, cuya hermosura sólo fue igualada por su libertinaje, y que recibió a Leonor de Aragón en una tienda de campaña, de seda blanca y carmesi, llena de ninfas y centauros, acariciando a un mozuelo que en los festi-nes le servia de Ganimedes o Hylas; Ezzelino, cuya melancolia sólo podia ser curada por el espectáculo de la muerte, y que tenia la pasión de la sangre, como otros tienen la del vino, el hijo del Diablo, según dijeron, que hizo trampa a su padre jugando con él a los dados su pro-pia alma; Giambattista Cibo, que tomó por mofa el nombre de Inocen-cio, y en cuyas venas exhaustas transfundió un doctor judio la sangre de tres mancebos; Sigismondo Malatesta, el amante de Isotta y señor de Rimini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de Dios y de los hombres, que estranguló a Polissena con una servilleta, y dio un veneno a Ginevra de Este en una copa de esmeralda, y en honor de una nefanda pasión levantó una iglesia pagana para el culto de Cristo; Carlos VI, que tan frenéticamente idolatró a la mujer de su hermano, a quien un leproso advirtiera de la próxima insania, y que, cuando en-fermó y se extravió su espiritu, sólo podia aliviarle la vista de unos naipes sarracenos que tenian pintada la imagen del Amor, la Locura y la Muerte; y, en su ceñido jubón y su birrete enjoyado y rizos como hojas de acanto, Grifonetto Baglioni, que mató a Astorre y su prometi-da, y a Simonetto y su paje, pero cuya gracia y gentileza eran tales que cuando le hallaron moribundo en la plaza amarillenta de Perusa, sus mismos enemigos no pudieron menos de llorar, y Atalanta, que le habla maldecido, le bendijo.
De todos ellos emanaba una fascinación terrible. El los vela en sueños, por la noche; y durante el dia turbaban su imaginación. El Renacimiento conoció raras formas de envenenamiento: envenena-miento por un casco o una antorcha encendida, por unos guantes bor-dados o un abanico de pedreria, por una dorada buj eta, por un collar de ámbar... Dorian Gray habia sido emponzoñado por un libro. Momentos habia en que el mal le parecia simplemente un medio de realizar su concepción de la belleza.
 
 
 

CAPITULO XII

Era un nueve de noviembre, la vispera del dia en que cumplia sus treinta y ocho años, como a menudo recordó más tarde.
Habia salido a eso de las once de casa de Lord Henry, donde ce-nara, y se dirigia a la suya, envuelto en un gran gabán de pieles, a cau-sa de lo filo y brumoso de la noche. Al llegar al cruce de la plaza de Grosvenor con la calle de South Audley, pasó junto a él, en medio de la niebla, un hombre que caminaba muy deprisa, con el cuello de su abrigo gris levantado y un maletin en la mano. Dorian le reconoció enseguida. Era Basil Hallward. Una extraña sensación de miedo, que no podia explicarse, se apoderó de él. Hizo como si no le reconociera y apretó el paso en dirección a su casa.
Pero Hallward también le habia visto. Donan le oyó detenerse en medio de la calle y luego precipitarse para darle alcance. A los pocos momentos, una mano se apoyaba en su brazo.
—~ Dorian! ¡ Qué dichosa casualidad! Te he estado esperando en tu casa desde las nueve. Al fin, me compadeci de tu criado, que se caia de sueño, y le dejé que se fuera a la cama. Salgo para Paris en el tren de las doce, y tenia especial empeño en verte antes. Me pareció que eras tú, o, mejor dicho, tu gabán de pieles, cuando pasaste junto a mi. Pero no estaba seguro. ¿Y tú, no me reconociste?
—~,Con esta niebla, querido Basil? ¡ Si apenas reconozco la plaza de Grosvenor! Me parece que mi casa debe estar por aqui, pero tampo-co estoy seguro. ¡Cuánto siento que te vayas! Hace un siglo que no nos vemos. Pero supongo que volverás pronto, ¿verdad?
—No; pienso estar fuera de Inglaterra seis meses. Tengo intención de tomar un estudio en Paris, y de encerrarme en él hasta que haya concluido un gran cuadro que tengo en proyecto. Pero no era de mi de quien queria hablarte. Ya hemos llegado a tu casa. Permiteme que entre un momento. Tengo algo que decirte.
—Encantado. Pero... ¿no perderás el tren? —preguntó Dorian Gray negligentemente, subiendo los escalones y abriendo la puerta con su llavin. La luz del farol luchaba contra la neblina, iluminando vaga-mente la escena. Hallward sacó su reloj.
—Tengo tiempo de sobra -contestó -. El tren no sale hasta las doce y cuarto, y no son más que las once. Cuando nos cruzamos me dirigia al club a ver si te encontraba. Además, no tengo que preocuparme del equipaje.
Los bultos grandes los he enviado ya por delante. No llevo con-migo más que este maletin, y de aqui a la estación puedo ir perfecta-mente en veinte minutos.
Donan le miró sonriendo.
—~Qué indumentaria de viaje para un pintor a la moda! ¡Un male-tin Gladstone y un ulster! Entra, o va a llenarse la casa de niebla. Y procura no hablar de cosas serias. Hoy dia no hay nada serio. Por lo menos, no deberia de haberlo.
Hallward sacudió la cabeza y siguió a Dorian hasta la biblioteca. Un buen fuego de leña ardia en la gran chimenea. Las lámparas estaban encendidas, y sobre un velador de marqueteria veianse una licorera holandesa de plata, varios sifones y unas cuantas copas de cristal talla-do.
—Ya ves que tu criado me ha tratado bien, Dorian. Me trajo todo lo necesario, incluso tus mejores cigarrillos de boquilla dorada. Es un individuo muy hospitalario. Me gusta mucho más que aquel francés que tenias antes. Por cierto, ¿qué ha sido de él?
Dorian se encogió de hombros.
—Creo que se ha casado con la doncella de Lady Radley, y que la ha establecido en Paris como modista inglesa. Me han dicho que la anglomania está ahora alli muy de moda. Parece mentira, ¿verdad? Pero, mira, distaba mucho de ser un mal ayuda de cámara. A mi tam-poco me era muy simpático, pero la verdad es que nunca tuve queja de él. Uno a veces se figura cosas absurdas; que no son. Me era muy adicto, y pareció sentir mucho el tener que irse. ¿Quieres otro brandy-and-soda? ¿O prefieres vino del Rhin con seltz? Es lo que yo tomo siempre. Seguramente que en el cuarto de al lado debe de haber.
—Gracias, no quiero nada más -dijo el pintor, quitándose el som-brero y el abrigo, y arrojándolas encima del maletin, que habia dejado en un rincón..
—Y ahora, querido Dorian, necesito que hablemos en serio. No frunzas el ceño. Si te pones asi, me va a costar más trabajo decirte lo que debo decirte.
—~,De qué se trata? —inquirió Donan, malhumorado, dejándose ca-er en el sofá -. Espero que no será de mi. Esta noche me siento cansado de mi persona. Me gustaria ser otro cualquiera.
—Se trata de ti —repuso Hallward, con su voz grave y profunda -; y es mi deber decirtelo. ¡Oh!, no te molestaré más de media hora.
Suspirando, Dorian encendió un cigarrillo.
—~Media hora! —murmuró.
—No es demasiado pedir, Dorian; y únicamente en tu propio inte-rés lo hago. Creo conveniente que sepas los horrores que se dicen de ti en Londres.
—Pues yo no tengo el menor interés en saberlos. Me gusta ente-rarme de los escándalos ajenos; pero ¿los mios? No me preocupan lo más minimo. Ni siquiera tienen el encanto de la novedad.
—Pues deben preocuparte, Dorian. Todo hombre debe preocuparse de su buena fama. Tú no querrás que la gente hable de ti como de un ser infame y degradado, ¿verdad? Cierto que tú tienes posición y dine-ro, y no dependes de nadie. Pero el dinero y la posición no lo son todo. No necesito decirte que yo no creo ninguno de esos rumores. Por lo menos, cuando te veo, no puedo creerlos. El vicio es algo que el hom-bre siempre lleva escrito en el rostro. Nada hay que lo oculte. La gente suele hablar de vicios secretos. No hay tal cosa. En cuanto un hombre tiene un vicio cualquiera, éste se delata a si propio, en las lineas de la boca, en el caer de los párpados, en el mismo modelado de las manos. Alguien —cuyo nombre no diré; pero tú lo conoces- vino a mi estudio el año pasado a encargarme su retrato. Yo no le conocia ni de vista, ni habia oido decir nada de él, aunque desde entonces a la fecha he oido no poco. Me ofreció un precio exorbitante. No obstante, rehusé. Habia algo en la forma de sus dedos que me desagradó profundamente. Luego he sabido que habla acertado en mis suposiciones. Su vida es un verdadero horror. Pero tú, Dorian, con ese rostro tan puro e inocente, y esa juventud maravillosa y perenne... No, no me es posible creer nada contra ti. Y, sin embargo, apenas te veo ahora; nunca vienes a mi estu-dio, y cuando no estoy a tu lado y oigo todas esas abominaciones que se cuchichean de ti, no sé qué contestar. ¿Cuál es la causa, Dorian, de que un hombre como el duque de Berwick salga del salón de un club cuando tú entras en él? ¿Por qué hay tantas personas en Londres que no vienen a tu casa ni te invitan a las suyas? Tú fuiste amigo de Lord Staveley, ¿verdad? Pues la otra noche me encontré con él en una comi-da. Casualmente, en la conversación, se pronunció tu nombre a propó-sito de las miniaturas que enviaste a la exposición Dudley. Stavcley torció el gesto, y dijo que es posible que fueras muy artista, pero que no eras hombre para ser presentado a ninguna muchacha decente ni que pudiera estar en la misma habitación que una mujer honrada cualquie-ra. Le recordé, entonces, que yo era amigo tuyo, y le rogué que se explicase. Lo hizo, claramente, sin ambajes, delante de todo el mundo. ¡Fue horrible! ¿Por qué es tu amistad tan fatal a los jóvenes? ¿Te acuerdas de aquel infeliz muchacho que servia en la Guardia y que se suicidé? Tú eras su gran amigo. ¿Y Sir Henry Ashton, que tuvo que irse de Inglaterra, deshonrado para siempre? Ambos érais inseparables. ¿Y aquel Adrian Singleton, que acabó tan trágicamente. ¿Y el único hijo de Lord Kent, con su carrera perdida? Ayer me encontré a su pa-dre en la calle de St. James. Parecia destrozado por el dolor y la ver-güenza. ¿Y el duque de Perth? ¿Cuál es su vida ahora? ¿Qué persona honorable le quena por amigo?
—~Basta, Basil! Estás hablando de casas que no sabes —interrum-pió Donan Gray, mordiéndose los labios, y con acento de infinito des-dén -. Me preguntas por qué Berwick sale de un salón cuando yo entro. Pues porque yo sé toda su vida, y no él algo de la mia. Con una sangre como la que corre por sus venas, ¿cómo podria ser limpia su historia? Me preguntas por Henry Ashton y el joven Perth. ¿Le enseñé yo, aca-so, al uno sus vicios, y su desenfreno al otro? ¿Y qué tengo yo que ver con que el hijo idiota de Kent busque mujer en el arroyo? Si Adrian Singleton firma un pagaré con el nombre de un amigo, ¿soy yo su guardián, para impedirlo? Ya sé lo aficionada que es la gente en Ingla-terra a maldecir del prójimo. Las clases medias airean sus prejuicios morales en sus groseras sobremesas, y murmuran sobre lo que ellos llaman el libertinaje de sus superiores, con el fin de imaginarse que están en la alta sociedad y en las más intimas relaciones con la gente que denigran. En este pais, basta tener entendimiento y distinguinse de algún modo para que todas las lenguas del vulgo se desaten contra uno. ¿Y qué vida llevan esas personas que tanto se las echan de morales? Tú olvidas, querido, que estamos en la tierra natal de los hipócritas.
—Dorian -exclamó Hallwand -; no se trata ahora de eso. Ya sé que Inglaterra deja bastante que desear, y que la sociedad inglesa es la-mentable. Pon eso mismo deseaba que tú fueras una excepción. Y, ¡ ay!, tú no lo has sido. Uno tiene derecho a juzgar a un hombre pon la in-fluencia que ejerce en sus amigos. Los tuyos parecen haber perdido todo sentimiento del honor, de la bondad, de la rectitud. Tú les has inspirado la locura del placer. Todos han rodado al abismo, y en él los has dejado. S!; tú no has hecho nada pon sacarles, y, sin embargo, pue-des seguir sonriendo, como sonnes ahora. Todavia hay algo peor. Sé que tú y Hany sois inseparables. Aunque sólo fuera pon esto, no debe-rias haber hecho del nombre de su hermana un objeto de burla.
—Ten cuidado con tus palabras, Basil. Vas demasiado lejos.
—Mi deber es hablar, y el tuyo escucharme. Y me escucharás. Cuando conociste a Lady Gwendolen, la reputación de ésta era inta-chable. ¿Hay en Londres, hoy, una sola mujer decente que se atreviese a pasear con ella pon el Parque? Hasta han tenido que separarla de sus hijos. Y no es eso lo único que cuentan. Dicen también que te han visto salir al alba de ciertas casas abyectas y entrar furtivamente, disfrazado, en los más infames burdeles. ¿Es cierto esto? ¿Puede acaso ser cierto? La primera vez que lo oi me eché a rein. Ahora, cuando lo oigo, me estremezco. Pues ¿y de tu casa de campo, y de lo que alli ocurre? Do-rian, tú no sabes las cosas que cuentan de ti. Yo note diré que no entra en mi intención el sermonearte. Recuerdo que Hany decia una vez que todo el que se erige en predicador empieza pon decir esto, y falta luego enseguida a su palabra. No, yo quiero sermonearte. Quiero que tu vida sea tal que el mundo te respete. Quiero que tengas un nombre sin má-cula y una historia limpia. Quiero que te desembaraces de toda esa gentuza que tratas. No, no te encojas de hombros. No seas tan despreo-cupado. Tú ejerces una extraordinaria influencia. Que sea para el bien, y no para el mal. Dicen que corrompes a cuantos intiman contigo, y que basta que entres en una casa pana que la vergüenza y la desgracia te sigan. Yo no sé si es vendad. ¿Cómo podia yo saberlo? Peno eso dicen de ti. Yo he oido cosas que parecia imposible ponen en duda. Lord Gloucester fue uno de mis mejores amigos de Oxford. El me enseñó una carta que su mujer le habia escrito, casi agonizante, desde su villa de Menton. Tu nombre sonaba en la más terrible confesión que he leido nunca. Yo le dije que era absurdo, que yo te conocia a fondo y sabia que era totalmente incapaz de una villania semejante. ¿Conocer-te? ¿Te conozco yo en realidad? Antes de hablar de aquel modo hu-biera sido preciso que yo viese tu alma.
—~Ven mi alma! —murmuró Dorian Gray, levantándose trémulo y casi livido de terror.
—Si —repuso Hallward gravemente, y con voz impregnada de tris-teza -; ver tu alma. Peno sólo Dios puede hacerlo.
Una amarga risa de burla brotó de labios de Donan.
—~ Tú también la verás esta noche! —exclamó, cogiendo de la mesa una lámpara -. Ven; obra tuya es. ¿Pon qué no ibas a verla? Luego, si quienes, podrás contánselo a todo el mundo. Nadie te creerá. Si te cre-yesen, aun me adonarian más. Yo conozco nuestra época mejor que tú, a pesar de todas tus palabras ociosas. Ven, te digo. Ya has disertado bastante sobre la corrupción. Vamos ahora a verla cara a cara.
En cada palabra que proferia habla como una locura de orgullo. Con su infantil impaciencia de costumbre golpeaba con el pie en tierra. Sentia una terrible alegria a la idea de que iba a compartir con alguien su secreto, y de que el hombre que habia pintado el retrato origen de su vergüenza iba a quedan abrumado pana el resto de sus dias con el es-pantoso recuerdo de lo que habia hecho.
—Si —prosiguió, acercándose a él y minándole fijamente en sus ojos severos -; te mostraré mi alma. Verás lo que crees que sólo puede ser visto pon Dios:
Hallwand dio un paso atrás.
—~ Eso es una blasfemia, Dorian! -exclamó -. No debes decir esas cosas, que son impias y absurdas.
—~Tú crees?
Y Donan se echó a rein nuevamente.
—Estoy seguro. En cuanto a lo que te he dicho esta noche, lo dije pon tu bien. Tú sabes que siempre fui para ti un amigo devoto.
—~No me toques! Acaba lo que tenias que decir. Una sombra de pesadumbre nubló el rostro del pintor. Se detuvo un instante, y un hondo sentimiento de piedad se apodenó de él. Después de todo, ¿qué derecho tenia él a inmiscuinse en la vida de Dorian Gray? Con una décima parte sólo que hubiera hecho de lo que le atribuian, ¡qué no habria sufrido! Levantóse, se acercó a la chimenea, y alli permaneció, en pie, contemplando los leños encendidos con sus cenizas como es-cancha y sus palpitantes corazones de llama.
—Estoy aguardando, Basil -dijo Dorian, con voz dura y seca.
Hallwand se volvió hacia él.
—Acabané pronto -dijo -. Lo único que tenia que pedirte es que me des una respuesta concreta a esas horribles acusaciones que mur-muran contra ti. Dime que son completamente falsas, desde el princi-pio hasta el fin, y te creené. ¡Desmiéntelas, Dorian, desmiéntelas! ¿No ves el daño que me hacen? ¡No me digas que enes un ser perverso y corrompido y cubierto de oprobio!
Dorian Gray sonrió, con una leve mueca de desprecio en los la-bios.
—Sigueme, Basil -dijo sosegadamente -. Llevo un diario de mi vi-da, dia pon dia, y arriba lo tengo. Jamás sale del cuarto en que lo escri-bo. Te lo enseñané, si vienes conmigo.
—Iré, Dorian, si asi lo deseas. Veo que ya he pendido el tren. No importa. Me iré mañana. Peno no me pidas que lea nada esta noche. Una respuesta terminante es lo único que necesito.
—Arriba la tendrás. No me seria posible dártela aqui. ¡Oh!, no será muy larga la lectura.
 
 
 

CAPITULO XIII

Seguido de Basil Hallward salió de la biblioteca y empezó la as-censión. Caminaban despacio, sin hacen ruido, como instintivamente se camina de noche. La lámpara proyectaba sobre las paredes y la escale-ra sombras fantásticas. Un viento naciente sacudia algunas de las per-sianas.
Al llegan al rellano de arriba, Dorian depositó la lámpara en el suelo y, sacando la llave, la introdujo en la cerradura.
—~,Insistes en saber la vendad, Basil? —preguntó en voz queda.
—Insisto.
—Encantado —replicó Dorian, sonriendo.
Luego, un tanto ásperamente, añadió:
—Tú enes el único hombre con derecho a saber todo lo que a mi se refiere. Tú has tenido más importancia en mi vida de la que crees.
Y, cogiendo de nuevo la lámpara, abrió la puerta y entró. Una co-rriente fila de aine les envolvió, y la luz se alargó pon un momento en una llamarada naranja. Donan se estremeció.
-Cierra la puerta —susurró, dejando la Lámpara sobre una mesa.
Hallward paseó en torno suyo la vista con expresión perpleja. La habitación parecia como deshabitada desde hacia muchos años. Un mustio tapiz flamenco, un cuadro cubierto con una tela, un antiguo cassone italiano y una estanteria casi vacia: esto era todo lo que parecia contener, a más de una mesa y una silla. Al encender Dorian Gray una bujia medio consumida que habia encima de la chimenea, vio el pintor que todo ello estaba cubierto con una espesa capa de polvo, y la alfom-bra hecha harapos. Un ratón corrió a escondense en su agujero. Habia un olor húmedo a moho.
—~,Conque crees que sólo Dios puede ver el alma, Basil? Descorre esa cortina, y verás la mia.
La voz que hablaba era fia y cruel.
—~,Estás loco, Dorian, o te burlas de mi? —munmunó el pintor entre dientes, frunciendo el ceño.
—~,No te atreves? Lo haré yo entonces -dijo Dorian.
Y arrancó bruscamente la cortina, arrojándola en tierra.
Un grito de horror brotó de labios del pintor, al distinguir en la penumbra el rostro abominable que desde el lienzo parecia hacerte una mueca. Habia en su expresión algo que le llenó de repugnancia y de espanto. ¡Santo ciclo! ¿No era el rostro de Dorian Gray el que estaba viendo? La catástrofe, fuera cual fuera, no habia conseguido arruinar pon completo aquella milagrosa belleza. Aún quedaba un poco de oro en el cabello ya ralo, y una pincelada de rojo en los labios sensuales. Los ojos lacrimosos habian conservado algo de la pureza de su azul, la linea noble de la nariz aún no se habia borrado del todo, y el cuello guardaba vestigios del firme modelado de antaño. Si, no cabia duda de que era Dorian. Peno, ¿quién lo habria pintado? Le pareció reconocen su propia factura, y el marco era el que él dibuj ara. La idea era mons-truosa. No obstante sintió miedo. Cogiendo la bujia encendida se apro-ximó al retrato. En el ángulo de la izquierda estaba su nombre, trazado en altas letras de bermellón puno.
¡Era una asquerosa caricatura, una sátira innoble e infame! El no habia hecho nunca aquello... Sin embargo, si, aquél era el retrato que él pintara. Tampoco cabia duda. Sintió, de pronto, como si la sangre, de fuego que era, se volviese de hielo en sus venas. ¡ Su obra! ¿Qué signi-ficaba aquello? ¿Cómo se habia alterado de aquel modo? Volviéndose, contempló a Dorian con ojos dementes. Sus labios se crisparon, y su lengua, seca, parecia incapaz de articular una sola palabra. Se pesó la mano pon la frente, empapada en un sudor viscoso.
Dorian, en tanto, permanecia apoyado en la chimenea, minándole con esa extraña expresión que se advierte en el rostro de los que están absortos viendo representar un drama a un gran actor. No habia en ella ni verdadero dolor ni alegria verdadera. Simplemente la pasión del espectador, y acaso una llamita de triunfo en los ojos.
Se habia quitado del ojal la flor que llevaba, y la olia, o, pon lo menos, fingia olerla.
—~,Qué quiere decir esto? -exclamó Hallwand al fin, con una voz que, a él mismo, le sonó extrañamente.
—Hace años, siendo yo casi un niño -dijo Dorian, estrujando la flor entre sus dedos -, tú me conociste, me rodeaste de halagos y me enseñaste a envanecerme de mi belleza. Un dia me presentaste a uno de tus amigos, que me explicó el milagro de la juventud, y concluiste un retrato mio, que me reveló el milagro de la belleza. En un momento de locura, que, hoy mismo, no sé si lamentar o no, formulé un deseo, que acaso tú llamases una plegaria...
—~Me acuerdo! ¡Oh, ya lo creo que me acuerdo! ¡Peno no, no es posible! Esta habitación es muy húmeda. Seguramente la humedad ha atacado el lienzo. Los colores que usé debian contener algún maldito veneno mineral. ¡Repito que es imposible!
—~Bah!, ¿qué hay de imposible? —murmunó Dorian, yendo al bal-cón y apoyando la frente contra el frio cristal, esmerilado pon la niebla.
—~,No me dijiste que lo habias destruido?
—Me equivoqué. Ha sido él quien me destruyó a mi.
—No puedo creen que ése sea mi cuadro.
—~,No puedes ver en él tu ideal, eh? -dijo Dorian amargamente.
—Mi ideal, como tú lo llamas...
-Como tú lo llamabas.
—Nada malo habia en él, nada vergonzoso. Tú eras para mi un ideal, como ya no volveré a encontrar otro. Este es el rostro de un sáti-ro.
—Es el rostro de mi alma.
-~Dios mio! ¡Qué cosa he adorado! Tiene los ojos de un demonio.
—Todos tenemos en nosotros un cielo y un infierno, Basil —excla-mó Dorian, con un gesto de desesperación.
Hallward se volvió de nuevo hacia el retrato y lo contempló lar-gamente.
—~Santo Dios, si es vendad—dijo -, y esto es lo que has hecho de tu vida, indudablemente debes ser peon de lo que imaginan aquellos que te acusan!
Y, levantando de nuevo la luz, examinó el lienzo con deteni-miento. La superficie parecia no haber sufrido el menor cambio, y estaba tal como él la dejara. Aparentemente, toda aquella abominación provenia de adentro. Una extraña vida interior hacia que aquella lepra del pecado fuera devorando lentamente la imagen. El pudrinse de un cadáver en el fondo de una fosa húmeda, no era tan espantoso como aquello.
Le tembló la mano, y la bujia cayó del candelero al suelo, donde quedó chisporroteando. La apagó, poniendo el pie encima. Luego se dejó caen en la silla desvencijada que habia junto ala mesa y escondió el rostro entre las manos.
—~ Santo Dios, Dorian, qué lección! ¡Qué tremenda lección!
No hubo respuesta, peno pudo oir a Dorian sollozando junto al balcón.
—Recemos, Donan, recemos —munmunó -. ¿Qué es lo que nos en-señaron a decir cuando niños? !?No nos dejes caen en la tentación. Pen-dónanos nuestros pecados. Libranos de todo mal.!? Repitámoslo juntos. La oración de tu soberbia fue oida. También puede serlo la oración de tu arrepentimiento. Yo te adoré demasiado, y me veo castigado pon ello. Tú te adoraste también demasiado. Ambos hemos sido castigados.
Dorian Gray se volvió lentamente hacia él y le miró, con los ojos empañados pon las lágrimas.
—Es demasiado tarde, Basil —balbuceó.
—Nunca es demasiado tarde, Dorian. Arrodillémonos y probemos a acordarnos de alguna oración. ¿No hay un vensiculo que dice: !?Aun que tus pecados sean cual la escarlata, yo los haré blancos como la nieve!?.
—Esas palabras canecen ya para mii de sentido.
—~Oh, no digas eso! Ya llevas hecho bastante mal en tu vida. ¡Santo Dios! ¿No ves cómo nos minan de soslayo esos ojos malditos?
Dorian Gray contempló el retrato; y, de pronto, un sentimiento irrefrenable de odio a Basil Hallward se apodenó de él, como si le hu-biese sido sugerido pon la imagen del lienzo y murmurado a su oido pon aquellos labios crispados. La rabia frenética del animal acosado se despertaba en él, y aborreció súbitamente a aquel hombre, sentado junto a la mesa, con mayor fuerza que aborreciera nada en su vida. Con ojos de locura miró en torno suyo. Sobre el pintado ancón, enfrente de él, brillaba un objeto. Sus ojos tropezaron con el. Recordó lo que era: un cuchillo que, pocos dias antes, subiera pana cortar una cuenda, y que olvidara llevanse. Despacio, sin hacen ruido, se dirigió hacia él, pasan-do al lado de Hallward. Apenas se encontró detrás de éste, cogió el cuchillo y volvióse. Hallwand hizo un movimiento, como si fuera a levantarse. Dorian se precipitó entonces sobre él y le hundió el cuchillo en la gran arteria que hay detrás de la oreja, sujetando la cabeza contra la mesa y clavando una y otra vez el cuchillo.
Hubo un gemido ahogado, y un horrible gorgoteo de sangre en la garganta. Tres veces se levantaron los brazos, agitando grotescamente en el aine las manos rigidas. El volvió a clavar otras dos veces el cu-chillo, peno el cuerpo estaba ya inmóvil. Algo empezó a gotear sobre el suelo. Aguardó todavia un momento, manteniendo la cabeza contra la mesa. Luego arrojó encima el cuchillo y quedó escuchando.
No se oia más ruido que el lento gotean sobre la alfombra andra-josa. Abrió la puerta y salió al rellano. La casa permanecia completa-mente en silencio. Nadie andaba pon ella. Estuvo unos segundos inclinado sobre la barandilla, acechando en el negro poco de sombra. Luego netinó de la cerradura la llave, y, volviendo ala estancia, ence-rróse pon dentro.
El cuerpo continuaba sentado en la silla, con la cabeza caida so-bre la mesa, encorvada la espalda y unos brazos fantásticamente largos. Si no hubiese sido pon aquella grieta roja del cuello y pon el charco de coágulos negros que paulatinamente iba ensanchándose bajo la mesa, hubiénase dicho que aquel hombre estaba simplemente dormido.
¡ Qué rápido habia sido todo! Sentiase extrañamente tranquilo, y, dirigiéndose al balcón, lo abrió y salió afuera. El viento habia disipado la niebla y el ciclo semejaba una gigantesca cola de pavo real, conste-lada de innumerables pupilas de oro. Minando hacia abajo vio al policia haciendo su ronda y proyectando el largo rayo de luz de su linterna sobre la puerta de las casas silenciosas. La mancha roja del farol de un coche brilló en una esquina y se desvaneció enseguida. Una mujer, envuelta en un chal flotante, se desliaba lentamente junto a las verjas, haciendo eses. De cuando en cuando deteniase y minaba hacia atrás.
Una vez, rompió a cantan, con una voz agria. El policia se llegó a ella y le dijo algo. Ella echó a andar de nuevo, dando traspiés y riendo. Una ráfaga helada barrió la plaza. Los mecheros de gas oscilaron, ponién-dose azules, y los árboles, desnudos de hojas, entrechocaron sus ramas de aspecto metálico. Estremeciéndose, cerró el balcón.
Después se dirigió ala puerta, que abrió, sin una minada siquiera al muerto. Comprendia que el quid de todo aquello estaba en no prestar demasiada realidad a la situación. El amigo que pintana aquel retrato fatal, causa de toda su desgracia, habia desaparecido del escenario de su vida. ¿No bastaba esto acaso?
Luego se acondó de la lámpara. Era de un curioso trabajo moris-co, en plata mate, incrustada de arabescos de acero bruñido y tachona-da de turquesas bastas. Acaso el criado las echara de menos y preguntase pon ella. Vaciló unos segundos; al fin, volvió atrás y la cogió de la mesa. No tuvo más remedio que ver el cadáver. ¡ Que quieto estaba! ¡Qué espantosamente blancas panecian las manos! Era como una horrenda imagen de cena.
Cerrando la puerta tras si, empezó a bajan sigilosamente la escale-ra. La madera crujia, pareciendo quejarse. Varias veces se detuvo y aguandó. No; todo estaba tranquilo. No era más que el resonar de sus propios pasos.
Al llegar a la biblioteca vio la maleta y el abrigo en un rincón. Era preciso ocultarlos. Abriendo un armario secreto, disimulado pon el zócalo de madera, donde guardaba sus extraños disfraces, escondió aquellos objetos. Más tarde podia quemarlos fácilmente. Luego miró el reloj. Eran las dos menos veinte.
Tomó asiento y se puso a reflexionar. Todos los años —todos los meses casi- ahorcaban a hombres en Inglaterra pon lo mismo que él habia hecho. Una locura de crimen flotaba, sin duda, en el aine. Algún rojo planeta se habia acercado demasiado a la tierra... Peno, pon otra parte, ¿qué pruebas habia en contra suya? Basil Hallwand salió de su casa alas once. Nadie le habla visto entrar en ella de nuevo. Casi todos los criados estaban en Selby Royal. Su ayuda de cámara se habia acostado... ¡Paris! Si, a Paris era donde Basil se habia ido, y en el tren de las doce, como pensaba. Dada su habitual reserva, pasarian meses antes de que nadie sospechase nada. ¡Meses! Todo podia hacerse desa-parecen mucho antes.
Ocurriósele, de pronto, una idea. Se puso de nuevo el sombrero y su gabán de pieles y salió al hall. Alli se detuvo, escuchando el paso lento y pesado del policia en la acena, y viendo la reverberación de la linterna en la ventana. Aguardó conteniendo el aliento.
Al cabo de unos instantes descorrió el cerrojo y se deslizó fuera, cerrando la puerta con mucha cautela. Luego llamó, tirando de la cam-panilla. A los cinco minutos, próximamente, apareció su ayuda de cámara, a medio vestir, y apenas despierto.
—Siento haber tenido que despertarte, Francis —dijo Dorian, en-trando -, peno me olvidé el llavin. ¿Qué hora es?
—Las dos y diez, señor --contestó el criado minando el reloj y par-padeando.
—~,Las dos y diez? ¡Qué horriblemente tarde! Es preciso que me despiertes a las nueve. Tengo mucho que hacen.
-Como el señor mande.
—~,Vino alguien esta noche?
—Mn. Hallward, señor. Estuvo aqui hasta las once y se fue para no penden el tren.
—~Canamba, siento no haberle visto! ¿Dejó algún recado?
—Ninguno, señor. Dijo solamente que ya le escribiria al señor desde Paris, si no le encontraba en el club.
—Está bien, Francis. No te olvides de llamarme a las nueve.
—Descuide el señor.
Y el criado desapareció pon el pasillo, tambaleándose de sueño y arrastrando las zapatillas.
Dorian Gray arrojó el sombrero y el abrigo encima de la mesa, y entró en la biblioteca. Durante un cuarto de hora estuvo paseando de arriba abajo pon el aposento, mordiéndose los labios y cavilando. Al fin, cogió del estante la Guia y empezó a hojearla. !?Alan Campbell, calle de Hertfond, 52, Mayfair!?. Si, aquél era el hombre que él necesi-taba.
 
 
 

CAPITULO XIV

A las nueve de la mañana siguiente entró el criado con una taza de chocolate en una bandeja, y abrió las maderas. Donan dormia apa-ciblemente sobre el lado derecho, con la mejilla apoyada en una mano. Parecia un niño cansado del juego o del estudio.
Dos veces tuvo que tocarle el criado en el hombro pana que se despertana, y apenas abiertos los ojos, una vaga sonrisa cruzó pon sus labios, como si hubiese estado pendido en algún pais delicioso del ensueño. Sin embargo, él no habla soñado. Ninguna imagen aflictiva o gozosa habia venido a turbarle. Peno la juventud sonne sin motivo. Es uno de sus mayores encantos.
Dio media vuelta y, apoyado en el codo, empezó a sorben su cho-colate. El blando sol de noviembre inundaba la estancia. El cielo estaba despejado, y habla una confortable tibieza en el aine. Parecia casi una mañana de mayo.
Gradualmente, los sucesos de la noche pasada se deslizaron con pies silenciosos y teñidos de sangre en su espiritu, reconstituyéndose con terrible claridad. Estremecióse al recuerdo de todo lo que habia sufrido, y durante un momento volvió a apodenarse de él aquel extraño sentimiento de odio contra Basil Hallward, que le habla invadido la noche antes, al verle sentado en frente del cuadro, y que le impulsara irresistiblemente a matarlo. Un calofrio le sacudió todo el cuerpo. Arriba continuaria el cadáver, iluminado ahora pon el sol. ¡Qué espan-toso era todo aquello! Semejantes horrores estaban hechos para la oscuridad, no para la luz del dia.
Comprendió que, si continuaba cavilando en lo hecho, acabaria pon enfermar o volvense loco. Habia pecados cuya fascinación más estaba en el recuerdo que en la comisión de ellos, singulares triunfos que halagan el orgullo más que las pasiones, y dan a la inteligencia un vivo sentimiento de gozo, mayor que el que procuran, o pueden procu-ran nunca, a los sentidos. Peno éste no era uno de ellos. Era algo que debia apartarse enseguida del espiritu ser narcotizado con adormideras, estrangulado a fin de que no le estrangulara a uno.
Al dar la media se pasó la mano pon la frente y, levantándose lue-go apresuradamente, se vistió con más esmero aún que de costumbre, eligiendo cuidadosamente la corbata y el alfiler con que habia de pren-derla, y cambiando más de una vez de sortijas.
También empleó un buen rato en almorzar, probando de todos los platos, hablando con su ayuda de cámara de la nueva librea que tenia en proyecto para sus criados de Selby, y abriendo las cartas recibidas. Algunas de ellas le hicieron sonnein. Tres parecieron molestarle bas-tante. Otra la releyó varias veces, y al fin la rompió con una leve mue-ca de hastio. !?~Qué cosa terrible es la memoria de las mujeres!!?, como Lord Henry dijera en una ocasión.
Cuando hubo apurado su taza de café y enjugado lentamente sus labios con una servilleta, se levantó y, mandando que aguardase al criado, sentáse a la mesa de despacho y escribió dos cartas. Una de ellas se la metió en el bolsillo; la otra, la entregó al criado:
—Lleva esto al número 152 de la calle de Hertfond, Francis; y si Mn. Campbell no estuviese en Londres, que te den su dirección.
En cuanto se quedó solo, encendió un cigarrillo, y maquinalmente se puso a dibujar sobre una hoja de papel, trazando primero flores, motivos arquitectónicos después, y al fin perfiles humanos. De pronto, observó que todas las caras que dibujaba parecian tener una fantástica semejanza con Basil Hallward. Frunciendo el ceño, se levantó y fue ala libreria a cogen al acaso un volumen. Estaba resuelto a no pensar en lo sucedido hasta que fuera absolutamente preciso.
Una vez echado en el diván, miró el titulo del libro. Eran los Émaux et Camées de Gau tier, un ejemplar de la edición Charpentier en papel Japón, con las aguas fuertes de Jacquemart. Estaba encuadernado en piel vcnde limón, estampada con un enrejado de oro, y unas grana-das minúsculas. Adrian Singleton se lo habia regalado. Volviendo las hojas, tropezó su vista con la poesia sobre la mano de Lacenaine, (Pierre François Lacenaire, ejecutado en París el 19 de enero de 1836 por diversos asesinatos. Uno de los criminales más favorecidos por la atención del público, que siguió ávidamente su proceso. Escritor fracasado en vida, poco después de su muerte apareció una recopilación de sus obras (muchas de ellas apócrifas), titulada Mémoires, révélations et poésies de Lacenaire, (1836, 2 vols.), la helada mano amarilla, “du supplice encore mal lavée” , con su vello rojizo y sus dedos de fauno. Instintivamente, se miró los dedos, afila-dos y blancos, estremeciéndose ligeramente a pesar suyo. Continuó hojeando el volumen, hasta que llegó a aquellas deliciosas estancias sobre Venecia:

Sur une gammne chromatique,
Le sein de perles ruisselant,
La Venus de l’Adriatique
Sort de l’eau son cops rose et blanc.
Les dômes, sur l’azur des ondes
Suivant la phrase au pur contour,
S’enfent comete des gorges rondes
Que soulève un soupir d’amour.
L ‘ésquif aborde et me dépose,
Jetant son amarre au pilier,
Devant tuse façade rose,
Sur le marbre d un escalier
( En una gama cromática, —el seno goteando perlas, —la Venus del Adriático —saca del agua su cuerpo blanco y rosado. —Las cúpulas, sobre el azul de las olas—siguiendo la frase de contorno puro, —se hinchan como redondos senos —que levanta un suspiro de amor. —El esquite aborda y me deposita, —lanzando su amarra al pilar, —ante una fachada rosa, —sobre el mármol de una escalinata”. —Esmaltes y Camafeos.
(Variaciones sobre el carnaval de Venecia. —En las lagunas).

¡Qué exquisitas eran! Leyéndolas, panecia bajanse flotando pon los vendes canales de la ciudad de rosa y de nácar, sentado en una góndola negra con proa de plata y cortinas arrastrando sobre el agua. Las sim-ples lineas de los versos le recordaban estas estelas azul turquesa que se dejan detrás al acencarse al Lido. Los destellos súbitos de colon le traian a la memoria el relámpago de iris y ópalo de los pájaros que revoloteaban en torno del Campanile, colon de panal, o pasean, con gracia tan solemne, bajo las umbrosas y polvorientas ancadas. Reclina-do en el diván y entornando los ojos, se nepetia una y otra vez:

Devant una façade rose.,
Sur le marbre d’un escalier.

Toda Venecia estaba en estos dos versos. Recordó el otoño que habia pasado alli, y un amor maravilloso que le arrastrara a toda suerte de deliciosas locuras. En habian conservado el fondo propio a lo no-velesco; y, para el verdadero romántico, el fondo lo es todo, o casi todo. Basil habia pasado con él parte del tiempo, y se habia vuelto loco con el Tintonetto. ¡Pobre Basil! ¡Qué muerte espantosa!
Suspinó, y volviendo al volumen trató de olvidar. Leyó de las golondrinas que entran y salen volando en el cafetin de Esmirna, donde los santones yacen en cuclillas repasando sus rosarios de ámbar, y los mercaderes, tocados con sus grandes turbantes, fumando sus largas pipas adornadas con borlas, y hablando gravemente entre si; leyó del obelisco de la plaza de la Concordia, que llora lágrimas de granito en un solitario destierro sin sol, con la nostalgia de las cálidas riberas del Nilo, cubierto de lotos, donde hay esfinges, ibis rosados, blancos bui-tres con garras donadas, cocodrilos de ojuelos de esmeralda, que se arrastran entre el limo verdoso y humeante; se dejó llevar pon aquellos versos que, trasponiendo en música un mármol empañado pon los be-sos, hablan de aquella estatua enigmática que Gautien compara a una voz de contralto, el monstre charmant que yace acostado en la sala de pórfido del Louvre.., ( Ce que disent les hirondelles, chanson d’automne. —Nostalgies d’obelisques. IL’obelisque de París. —Contralto.)Peno, al cabo de unos momentos, le cayó de las manos el libro. Se sentia nervioso, y un horrible acceso de miedo se apoderó de él. ¿Y si Alan Campbell no se encontrase en Inglaterra? Tendrían que pasar varios días antes de que pudiese estar de vuelta. Eso si accedía a venir, que no era seguro. ¿Qué hacer entonces? Cada instante era de una importancia vital.
Ellos habían sido muy amigos en otro tiempo, cinco años antes; casi inseparables; realmente. Luego, la intimidad se había roto brusca-mente. Ya, cuando se encontraban en sociedad, Donan Gray era el único de los dos que sonreía; jamás Alan Campbell.
Este era un hombre joven, muy inteligente, a pesar de su escaso sentido de las artes plásticas, y de su afición, igualmente moderada, y ésa inculcada por Donan, a la belleza literaria. Su pasión dominante era la ciencia. En Cambridge se pasaba la mayor parte del tiempo en el laboratorio, y a fin de curso había siempre conseguido el máximum de puntos en Ciencias Naturales. Luego, había continuado fiel al estudio de la Química, y tenía un laboratorio particular, en el que acostumbra-ba a encerrarse todo el día, con gran desesperación de su madre, que se había hecho la ilusión de verle en el Parlamento y tenía una vaga idea de que un químico era un hombre que hacía retas. No obstante, era un músico excelente, y tocaba el piano y el violín mejor que la mayoría de los aficionados. Realmente, la música había sido el punto de partida de su amistad con Donan; la música, y esa indefinible sugestión que Do-nan parecía ejercer cuando se lo proponía, y que hasta sin darse cuenta ejercía muchas veces. Se habían conocido en casa de Lady Berkshire, una noche que tocaba allí Rubinstein, y desde entonces, siempre se les veía juntos de la Opera y dondequiera que se hacía buena música. Año y medio duró esta intimidad. Campbell estaba siempre en Selby Royal o en la plaza de Grosvenor. Para él, como para tantos otros, Donan Gray era el arquetipo de cuanto había de extraordinario y de fascinador en la vida. Nadie supo nunca si habían tenido entre sí algún motivo de disensión y habían reñido; pero el caso es que la gente observó que ya apenas cruzaban la palabra al encontrarse, y que Campbell no tardaba en irse de toda reunión en que estaba Dorian. Además, parecía haber cambiado; sufría de cuando en cuando extrañas melancolías; había perdido casi su afición a la música, y nunca quiso volver a tocar en
La incertidumbre se hacía intolerable. Le parecía que el tiempo se arrastraba con pies de plomo, mientras el viento maligno le empujaba a él hacia el borde de un negro abismo. Sabía lo que allí le esperaba; lo vela, y, estremeciéndose, se apretaba con manos húmedas los párpados quemantes, como si quisiera privar de la vida a su mismo cerebro y volver las pupilas a su cueva. Era inútil. El cerebro tenía su propio alimento en que cebarse, y la fantasía, que el tenor tomaba grotesca, se contorsionaba y retorcía como un ser vivo, bailaba como un maniquí repugnante sobre un tablado, y gesticulaba atrozmente. Luego, de pronto, detúvose el tiempo. Sí: aquella cosa ciega y jadeante cesó de arrastrarse, y horribles pensamientos, una vez muerto el tiempo, acu-dieron corriendo y sacaron de su tumba un futuro espantoso, que le mostraron. Quedó sin poder apartar de él los ojos. El mismo exceso de honor le convirtió en piedra.
AI fin la puerta se abrió, y entró el criado. Donan volvió hacia él los ojos vidriosos.
—Mr. Campbell, señor —anunció el ayuda de cámara.
Un suspiro de alivio brotó de sus labios secos, y el color volvió a sus mejillas.
—Que pase enseguida, Francis.
El acceso de cobardía había pasado. Se sentía ya otro hombre.
El ciado saludó, retirándose. Un instante después, entraba Alan Campbell, muy serio y muy pálido, acentuada aún más su palidez por el cabello negrísimo y las cejas oscuras.
—~ Gracias, Alan, gracias por haber venido!
—No pensaba volver a poner los pies en tu casa, Gray. Pero como decías en tu carta que se trataba de una cuestión de vida o muerte...
Su voz era dura y glacial. Hablaba lentamente, pesando las pala-bras. Había un no sé qué de desprecio en la mirada firme y escrutadora que fijaba en Dorian. Conservaba las manos en los bolsillos de su ga-bán de astracán, sin parecer haber advertido el ademán efusivo de Do-rian.
—Sí, es una cuestión de vida o muerte, Alan; y no para mí sólo. Siéntate.
Campbell se sentó en una mesilla, junto ala mesa, y Donan en-frente. Los ojos de ambos se encontraron. En los de Dorian había una infinita compasión. Sabía que lo que iba a hacer era horrible.
Al cabo de unos penosos momentos de silencio, se inclinó hacia adelante, y dijo, muy despacio, pero acechando el efecto de cada pala-bra sobre el rostro del recién llegado.
—Alan, en una habitación cenada que hay arriba, habitación en que sólo yo entro, hay un hombre muerto sentado junto a una mesa. Hará unas diez horas que ha muerto. No te muevas, ni me mires de ese modo. Quien es ese hombre, por qué y cómo murió, son extremos que no te conciernen. Lo que es preciso que hagas...
—~Basta, Gray! No quiero saber más. Si lo que me has dicho, es o no cierto, allá tú. Me niego terminantemente a intervenir de nuevo en tu vida. Guarda para ti tus horribles secretos. No me interesan ya.
—Pues tendrán que interesarte, Ajan. Este, por lo menos. Lo siento infinito por ti, Alan; pero no tengo otro remedio. Tú eres el único hom-bre que puedes salvarme, y me veo obligado a acudir a ti. Tú eres un sabio, Alan; para ti la Química no tiene secretos; tú has hecho un sin fin de experimentos... Lo que tienes que hacer ahora es destruir ese cuerpo que está arriba... destruirlo por completo, sin que quede el me-nor vestigio de él. Nadie lo vio entrar en la casa. Todo el mundo le supone a estas horas en París. Antes de que se advierta su desaparición, pasarán meses. Y, para entonces, no debe quedar aquí huella de di. Tú, Alan, es preciso que lo conviertas, a él y cuanto a él pertenece, en un puñado de cenizas que yo pueda fácilmente aventar.
—~Estás loco, Donan!
—~Ah! Esperaba que me llamases Dorian.
—Estás loco, te digo; loco, al imaginar que yo iba a mover un dedo en tu ayuda; loco, al hacerme esa monstruosa confesión. Repito que no quiero intervenir para nada en tu vida. ¿Crees que voy a arriesgar mi reputación pon tu causa? ¿Qué me importa a mi esa obra diabólica que intentas llevar a cabo?
—Fue un suicidio, Alan.
—Lo celebro. Pero, ¿quién lo trajo hasta aquí? Tú, supongo.
—~,Te niegas, pues, a hacer esto pon mí?
—Naturalmente que me niego. Yo no tengo que ver lo más mínimo en ello. Y se me da un ardite la vergüenza y el deshonor que te aguar-den. Todo lo mereces. No creas que me apenaría verte cubierto de ignominia, públicamente deshonrado. ¿Y te atreves a dirigirte a mi para hacerme cómplice en un honor semejante? Creí que conocías mejor a los hombres. Tu amigo Lord Henry Wotton, que ha sido tu maestro en tantas cosas, no te enseñó mucha psicología que digamos. Nada en el mundo podría decidirme a ayudarte. Te equivocaste de hombre. Acude a alguno de tus amigos; y olvida que existo.
—Fue un asesinato, Atan. Yo fui quien te maté. Tú no sabes lo que me había hecho sufrir. Sea cual sea mi vida, más culpa ha tenido él de ella que el pobre 1 la”. Aunque no fuera esa su intención, el resultado es el mismo.
—SUn asesinato! ¡Santo Dios, es posible que hayas llegado a eso!... Yo no te delataré. Eso no es cosa mía. Además, ya, sin que yo intervenga, te detendrán; puedes estar seguro. Nadie comete un crimen sin caer en alguna torpeza. Pero yo no quiero tener nada que ver con esto.
—Sí, tendrás que ver. Espera, espera un momento; escúchame só-lo, Alan. Todo lo que yo te pido es que lleves a cabo un experimento científico. Tú vas a hospitales y a depósitos de cadáveres, y me parece que los honores que allí haces no te afectan en lo más mínimo, ¿verdad?. Si en una sala de disección o en un fétido laboratorio encontrases a este hombre sobre una mesa de zinc, con goteras para dejan escurrir la sangre, te limitarías a considerarlo como un simple motivo de expe-riencia. Ni un solo cabello se erizaría en tu cabeza. No pensarías que ibas a hacen algo malo. Antes bien: es muy probable que pensases que estabas trabajando en beneficio de la humanidad, o acrecentando la suma de conocimientos del mundo, o satisfaciendo una curiosidad intelectual, o cualquier cosa pon el estilo. Lo que yo te pido que hagas ahora es simplemente lo que has hecho tantas veces. Realmente, des-truir un cuerpo debe ser mucho menos horrible que tus experimentos habituales. Y ten en cuenta que es la única prueba contra mí. Si lo descubren, estoy pendido; y, si tú no me ayudas, es seguro que acaba-rán pon descubrirlo.
—Olvidas que no tengo el menor deseo de ayudarte. Me es abso-lutamente indiferente lo que pueda ocunirte. Allá tú.
—Te lo suplico, Alan. Piensa en la situación en que me encuentro. Precisamente antes de que llegases estuve a punto de desmayarme de terror. Algún día sabrás lo que es eso. ¡No, no pienses en ello! Consi-dera la cuestión desde un punto de vista puramente científico. Tú no preguntas de dónde provienen los cadáveres que te sirven para tus experimentos. Tampoco preguntes ahora. Ya te he dicho bastante. Peno te suplico que lo hagas. En otros tiempos fuimos muy amigos, Alan.
—No me recuerdes esos tiempos, Dorian. Ya murieron.
—Los muertos, a veces, tardan en inse. El que está arriba no quiere marcharse. Continúa sentado a la mesa, con la cabeza inclinada y los brazos caldos. ¡Alan! ¡Alan! ¡Si tú no me ayudas, estoy pendido! ¡Me ahorcarán, Alan! ¿No me comprendes? ¡Me ahorcarán pon lo que he hecho!
—Es inútil prolongan esta escena. Me niego en absoluto a interve-nir. Es una locura que te empeñes en ello.
—Je niegas?
—Sí.
—STe lo suplico, Alan!
—Es inútil.
La misma sombra de compasión pasó pon les ojeas de Dorian. Extendiendo la mano cogió una hoja de papel y trazó en ella unas cuantas palabras. Leyó dos veces lo escrito, dobló el papel cuidadosa-mente y lo empujó hacia Campbell. Hecho esto, se levantó y fue a la ventana.
Campbell le miró sorprendido; luego cogió el papel y lo abrió. A medida que leía su rostro iba poniéndose lívido. Al terminar, desplo-móse en la silla. Una horrible sensación de malestar se apodenó de él. Le parecía como si su corazón latiese descompasadamente en el vacío.
Al cabo de dos o tres minutos de un terrible silencio, Donan se volvió y vino a colocarse detrás de él, poniéndole una mano en el hombro.
—Lo siento infinito, Alan, puedes creerme —murmuró -; peno tú no me has dejado otra altemativa. Ya tenía escrita una carta. Aquí está. Mina la dirección. Si tú no me ayudas, la enviaré a su destino. Ya sabes cuál será el resultado. Peno tú me ayudarás, ¿vendad? No es posible que ahora te niegues. Yo no quería recurrir a esto. Espero que me harás la justicia de reconocerlo. Tú estuviste duro, despectivo, insultante. Me trataste como nadie se ha atrevido nunca a tratarme... nadie vivo, al menos. Yo lo soporté todo. Ahora, a mí me toca dictan condiciones.
Campbell se escondió el rostro entre las manos, y un estremeci-miento le sacudió de pies a cabeza.
—Sí, a mi me toca dictar condiciones, Alan. Tú sabes cuáles son. La cosa es muy sencilla. Vamos, no te agites así. No hay más remedio que hacerlo. Ten calma, y hazlo.
Escapóse un gemido de labios de Campbell, que se puso a dar diente con diente. El tic tac del reloj sobre la chimenea le parecía divi-dir el tiempo en átomos separados de agonía, demasiado terrible de soportar cada uno de ellos. Sentía como si un aro de hierro le fuese apretando lentamente las sienes, como si el deshonor que le amenazaba hubiera ya caído sobre él. La mano que se habla posado encima de su hombro pesaba como una mano de plomo. Era insostenible. Parecía aplastarle.
—Vamos, Alan, decídete enseguida.
—No puedo —dijo Campbell maquinalmente, como si las palabras pudiesen cambiar las cosas.
—Es preciso. No puedes elegir. ¿A qué tardan, pues?
Campbell titubeó un momento.
—~,Hay fuego arriba?
—Sí, un aparato de gas.
—Tendré que in a casa pana traen algunas cosas del laboratorio.
—No, Alan, no saldrás de esta casa. Escribe en un papel lo que ne-cesitas, y mi criado tomará un coche y te lo traerá todo.
Campbell ganapateó unas cuantas líneas, pasó el secante sobre ellas y escribió en un sobre el nombre de su ayudante. Dorian cogió la nota y la leyó atentamente. Luego tiró de la campanilla y la entregó a su criado, con orden de estar de vuelta con todo aquello lo antes posi-ble.
Al oír cenanse la puerta de la calle, levantó se nerviosamente Campbell y se dirigió hacia la chimenea. Tiritaba como en un acceso de fiebre. Cenca de veinte minutos transcurrieron sin que ninguno de los dos hablase. Una mosca zumbaba ruidosamente en la estancia, y el tic tac del reloj sonaba como el golpean de un martillo en el yunque.
Al dar la campana la una, Campbell se volvió y, minando a Do-rian, vio que sus ojos estaban llenos de lágrimas. Algo había en la pureza y distinción de aquel rostro entristecido que pareció exasperar-
le.
—SEnes un ser abyecto, completamente abyecto! —murmuró.
—~Calla, Alan! Me has salvado la vida -dijo Donan.
—Ju vida? ¡ Santo cielo, qué vida! Tú has ido de corrupción en corrupción, hasta terminar ahora en el crimen. Al hacen lo que voy a hacen, lo que tú me obligas a hacen, puedes creen que no es en tu vida en lo que pienso.
—SAy, Alan! —murmuró Dorian, con un suspiro -. ¡Ojalá tuvieses pon mi la centésima parte de lástima que yo siento pon ti!
Y, al decir esto, le volvió la espalda y permaneció en pie delante de la ventana, como si minase hacia el jardín.
Campbell no replicó nada.
Al cabo de otros diez minutos llamaron ala puerta y entró el cria-do con un cofre de caoba lleno de drogas, un rollo de hilo de acero y platino y dos grapas de hierro de forma un tanto extraña.
—~,Dejo aquí estas cosas, señor? —preguntó a Campbell.
—Sí —dijo Dorian -. Y me parece, Francis, que tengo otro recado que mandarte. ¿Cómo se llama ese hombre de Richmond que surte Selby de orquídeas?
—Harden, señor.
—Eso es, Harden. Pues bien: vas a in inmediatamente a Richmond a ver a Harden en persona, y le dirás que envíe el doble de las orquí-deas que habla encargado, incluyendo el menor número posible de blancas. Y, mejor aún, ninguna. Hace un día soberbio, Francis, y Richmond es un sitio precioso; de otro modo no me hubiera permitido molestarte con esa comisión.
—Ninguna molestia, señor. ¿A qué hora quiere el señor que esté de vuelta?
Dorian consultó con los ojos a Campbell.
—~,Cuánto tiempo emplearás en tu experimento, Alan? —preguntó con voz tranquila e indiferente, como si la presencia de una tercera persona le infundiese un valor extraordinario.
Campbell frunció el ceño y se mordió los labios.
—Unas cinco horas —repuso.
—Entonces será conveniente que estés de regreso a ¡as siete y me-dia, Francis. O mina: déjame todo preparado pana vestirme, y vete des-pués adonde quieras. Como ceno fuera de casa no te necesitaré.
—Gracias, señor —dijo el criado, saliendo de la habitación.
—Ahora, Alan, no hay un momento que penden. ¡Cómo pesa esta caja! Yola llevaré. Carga tú con las otras cosas.
Hablaba de prisa y en tono autoritario, Campbell se sintió domi-nado pon él. Salieron juntos del cuarto.
Al llegar al rellano de arriba, Dorian sacó la llave y la introdujo en la cerradura. Luego, se detuvo, estremecido y turbado.
—Me parece que no voy a poden entrar, Alan —murmuró.
—No entres, Me es igual. No te necesito para nada dijo Campbell fríamente.
Dorian entreabrió la puerta. Al hacerlo pudo ver, iluminado pon el sol, el rostro de su retrato, que parecía minarle de soslayo. En el suelo, frente a él, yacía la cortina desganada. Recordó que la noche anterior se había olvidado, pon primera vez en su vida, de tapan el lienzo fatal, y estaba ya a punto de precipitanse hacia él cuando dio un paso hacia atrás, espantado.
¿Qué horrible rocío rojo era aquel que brillaba, húmedo y relu-ciente, sobre una de las manos, como si el lienzo hubiese sudado san-gre? ¡Qué cosa espantosa! Más espantosa le pareció en aquel momento que el cuerpo inerte y mudo que sabía caído contra la mesa, aquella masa cuya sombra grotesca sobre la alfombra manchada le mostraba que no se había movido, y seguía allí tal como él la dejara.
Lanzó un profundo suspiro, abrió un poco más la puerta y, con los ojos a medio cenar y apartando la cabeza, entró rápidamente, resuelto a no dirigir una sola minada al muerto. Luego, deteniéndose y reco-giendo la cortina de púrpura y oro, la arrojó sobre el cuadro.
Allí permaneció, temiendo volvense, con los ojos fijos en los ara-bescos del bordado. Oyó cómo Campbell entraba el pesado cajón, y los hierros y todas las demás cosas necesarias a su horrible trabajo. Pensó si él y Basil Hallward se habrían encontrado alguna vez en sociedad y, en ese caso, qué opinión habrían formado uno de otro.
—Déjame solo —dijo una voz dura detrás de él.
Dio media vuelta y salió apresuradamente, habiendo sólo entre-visto el cadáver, echado ahora hacia atrás sobre el respaldo de la silla, y a Campbell examinando aquel rostro amarillo y luciente. Al bajar la escalera oyó girarla llave en la cerradura. Bastante más de las siete eran cuando Campbell entró de nuevo en la biblioteca. Estaba pálido, peno muy tranquilo.
—Hice lo que me pediste que hiciera —murmuró -. Adiós, pues. ¡Y ojalá que no volvamos a vemos!
—~Tú me has salvado de la ruina, Alan! Jamás lo olvidaré —dijo Donan simplemente.
Apenas hubo salido Campbell, subió. Había un espantoso olor a ácido nítrico en la habitación. Peno aquella cosa sentada a la mesa había desaparecido.
 
 
 

CAPITULO XV

Aquella misma noche, a las ocho y media, muy acicalado, con una gran boutonnière de violetas en el frac, Dorian Gray era anunciado en el salón de Lady Nanbonough. Las sienes le latían febrilmente, y todo él se encontraba terriblemente excitado; peno, no obstante, la nevenencia que hizo a la dueña de la casa, al besarle la mano, fue tan natural y graciosa como de costumbre. Quizá nunca se siente uno con mayor naturalidad que cuando se ve obligado a fingir. Seguramente que nadie que hubiese visto aquella noche a Dorian Gray habría creído que acababa de pasar pon una de las más horribles tragedias que pue-dan encontranse en nuestros días. No era posible que aquellos dedos tan finamente modelados hubiesen empuñado un cuchillo, para matar, ni que aquellos labios sonrientes blasfemaran de Dios y de Su misericor-dia. El mismo no podía menos de sorprendense de su tranquilidad, y pon un instante sintió agudamente el terrible placer de una doble vida.
Era una reunión íntima, improvisada pon Lady Narbonough, mujer inteligentísima, que, al decir de Lord Hcnry, todavía conservaba restos de una notable fealdad. Se había mostrado esposa excelente de uno de nuestros más concienzudos embajadores, y habiéndolo ya entenado convenientemente en un mausoleo de mármol, dibujado pon ella mis-ma, y casadas ya sus hijas con hombres ricos y un tanto maduros, con-sagrábase ahora a los deleites de la novela francesa, la cocina francesa y el esprit francés, cuando estaba a su alcance.
Dorian era uno de sus favoritos, y con frecuencia le decía que se alegraba mucho de no haberle conocido en su juventud.
—Sé, amigo mío, que me habría enamorado locamente de usted —agregaba -, y que no habría vacilado en cometen pon su causa los mayo-res disparates. Afortunadamente, en aquel tiempo usted apenas existía. Pon otra parte, me parece que jamás tuve ningún flint con nadie. Culpa, al fin y al cabo, del pobre Narbonough. Era tan corto de vista, que realmente no valía la pena de engañarle.
Sus invitados aquella noche eran poco pintorescos. El caso era, como explicó a Donan, detrás de un abanico muy usado, que una de sus hijas casadas había caído súbitamente sobre ella, con intención de pasar una temporadita a su lado, y, como si aún fuera poco, se había traído a su marido con ella.
—Un verdadero abuso, amigo mío —cuchicheó -. Vendad es que yo voy a su casa todos los veranos, a mi regreso de Homburg; peno hay que tener en cuenta que una vieja como yo necesita oxigenanse de cuando en cuando. Además, yo les despierto de la modona campestre. No puede usted figuranse la vida que hacen allí. La vida de campo ideal. Se levantan temprano, porque tienen tanto que hacen, y se acuestan temprano, porque tienen tan poco en qué pensar. En toda la comarca no ha habido un solo escándalo desde el tiempo de la reina Isabel; de modo que, en cuanto acaban de cenar, se quedan dormidos. Tenga usted cuidado de no sentarse junto a ninguno de los dos. Siénte-se usted aquí, conmigo, y entreténgame.
Dorian murmuré un gracioso cumplido y paseó la minada pon el salón. Sí, la reunión se presentaba aburrida. Dos de los invitados le eran desconocidos, y el resto consistía en: Emest Hanowden, una de esas medianías entre dos edades, tan comunes en los clubs londinenses, que no tienen enemigos, peno que son sinceramente detestados pon sus amigos; Lady Ruxton, mujer muy emperifollada, frisando en los cua-renta y siete, con nariz de loro, que continuamente estaba tratando de comprometense, peno que era tan irremediablemente fea que, con gran desesperación suya, nadie quería nunca creen nada contra ella; Mrs. Enlynne, una activísima insignificancia, con un delicioso ceceo y cabe-llos rojo veneciano; Lady Alice Chapman, hija de la dueña de la casa, muchacha desaliñada e insulsa, con una de esas características fisono-mías británicas, que, una vez vistas, no se recuerdan jamás, y su mari-do, un ser de carrillos colorados, y patillas blancas, que, como tantos de su especie, se figuran que una excesiva jovialidad puede compensar una carencia absoluta de ideas.
Sentía casi haber venido cuando Lady Nanbonough, echando una minada al gran reloj de bronce donado que sobre la chimenea vestida de malva exhibía sus curvas aparatosas, exclamó:
—~ Qué malvado ese Henry Wotton en netrasarse de este modo! Le avisé esta mañana, pon si acaso, y me prometió venin sin falta.
Fue para Dorian un consuelo saber que Hany iba a venin, y ape-nas se abrió la puerta y oyó su voz queda y musical prestando su en-canto a una insincera lisonja, disipóse su tedio.
Peno en la mesa apenas comió bocado. Plato tras plato pasaron sin que él los probase. Lady Nanbonough no cesó de quejarse de lo que ella llamaba “un insulto a ese pobre Adolfo, que había compuesto el menú exclusivamente para él”, y de cuando en cuando Lord Henry clavaba los ojos en él, sorprendido de su silencio y de su aine abstraído. El mayordomo llenaba con frecuencia su copa de champagne. El bebía ávidamente, y su sed parecía in en aumento.
—Dorian —dijo al fin Lord Henry, cuando sirvieron el chaudfroid -, ¿qué te ocurre esta noche? No pareces tú.
—Debe estar enamorado —gritó Lady Narbonough -, y teme de-círmelo, pon medio a que me sienta celosa. Y tiene razón que le sobra. Seguramente me sentiría.
-Querida Lady Narbonough —murmunó Dorian, sonriendo -, hace toda una semana que no me he enamorado. Sí, desde que madame de Fenol se fue de Londres.
—~Cómo podrán los hombres enamonanse de semejante mujer! —exclamó la anciana señora -. Realmente no lo comprendo.
—Simplemente porque madame de Fenol le recuerda a usted aquellos tiempos en que era usted una niña, Lady Nanbonough -dijo Lord Henry -. Es el único lazo de unión entre nosotros y los vestiditos cortos de usted.
—Madame de Fenol no me recuerda ni poco ni mucho mis vesti-ditos cortos, Lord Henry. Peno yo la recuerdo en cambio a ella perfec-tamente cuando estaba en Viena, hace ya treinta años, y los escotes que llevaba.
—Y que sigue llevando —replicó él, cogiendo una aceituna con sus dedos afilados -. Cuando va bien vestida parece una edición de lujo de una mala novela francesa. Realmente, es maravillosa, y llena de sor-presas. Su capacidad de amor familiar es extraordinaria. Cuando murió su tercer marido, sus cabellos se volvieron completamente rubios de dolor.
-~Hany! -exclamó Dorian.
—SEs una explicación romántica! —dijo riendo Lady Nanbonough -. ¡Peno su tercer marido, Lord Henry!
—LEso quiere decir que Fenol es el cuarto?
—Exactamente, Lady Nanbonough.
—No puedo creerlo.
—Bueno, pregúnteselo usted a Mn. Gray, que es uno de sus amigos más íntimos.
—~,Es cierto, Mn. Gray?
—Así me lo ha asegurado ella, Lady Nanbonough —contestó Donan
-. Yo le pregunté si, como Margarita de Navarra, conservaba sus cora-zones embalsamados y los llevaba colgados de la cintura, y me dijo que no, puesto que ninguno de los tres lo tenía.
—~ Cuatro maridos! ¡ Palabra, es trop de zéle!
—Trop d’audace, le dije yo —añadió Donan.
—~Qh!, ella tiene audacia pana eso y para mucho más. Y ¿cómo es Fenol? No le conozco.
—Los maridos de las mujeres tan bonitas pertenecen a las clases criminales -dijo Lord Henry, bebiendo a sonbitos su copa de vino.
Lady Narbonough le dio un golpecito con su abanico.
—No me extraña, Lord Henry, que el mundo diga que es usted muy malo.
—Peno, ¿qué mundo dice eso? —preguntó Lord Henry, levantando las cejas -. Debe ser el mundo próximo. FI actual y yo estamos en la mejor armonía.
—Todas las personas que conozco dicen que es usted muy malo —exclamó la anciana señora, meneando la cabeza.
Lord Henry pareció ponerse serio un momento.
—Es verdaderamente monstruosa —dijo al fin- la manera que tiene hoy la gente de conducinse, diciendo, a espaldas de uno, cosas que son absolutamente exactas.
—SEs incorregible! —exclamó Dorian, recostándose en la silla.
—Espenémoslo así -dijo la ducha de la casa, riendo -. Peno, real-mente, si todos ustedes adoran tan absurdamente a esa madame de Fenol, no voy a tener más remedio, pana estar a la moda, que casarme otra vez.
—Usted no puede volver a casarse, Lady Nanbonough —interrumpió Lord Henry -. Fue usted demasiado feliz. Cuando una mujer se vuelve a casar es porque aborrecía a su primer marido. Cuando un hombre se vuelve a casan es porque adoraba a su primera mujer. Las mujeres prueban su suerte; los hombres arriesgan la suya.
—Nanbonough no fue perfecto —gritó la anciana señora.
—Si lo hubiese sido no le habría usted querido tanto, amiga mía —replicó Lord Henry -. Las mujeres nos aman pon nuestros defectos. Si tuviésemos bastantes nos lo perdonarían todo, hasta nuestra inteligen-cia. Temo que, después de esto, no vuelva usted a invitarme a comen, Lady Nanbonough; peno es la pura vendad.
—Naturalmente que es vendad, Lord Henry. Si las mujeres no les amásemos a ustedes pon sus defectos, ¿dónde estarían todos ustedes? No habría hombre que se casase. Serían ustedes una colección de des-dichados solteros. Claro que esto no influiría en ustedes gran cosa. Hoy todos los hombres casadas Viven como solteros, y todos los solteros como casados.
—Fin de siécle —murmuró Lord Henry.

—Fin du globe —repuso Lady Nanbonough.
—~Ojalá fuera elfin du globe! ijo Dorian, suspirando -. La vida es una gran desilusión.
—~ Pon favor, Mn. Gray —exclamó Lady Narbonough, poniéndose los guantes -, no vaya usted a decirme que ha agotado la vida! Cuando un hombre dice eso ya se sabe que es la vida la que le ha agotado a él. Lord Henry es muy malo, y yo siento a veces no haberlo sido también; peno usted ha nacido para ser bueno... ¡es usted tan guapo! Ya le busca-ré yo a usted una mujer bonita. ¿No le parece a usted, Lord Henry, que Mn. Gray debería casanse?
—Es lo que yo siempre le estoy diciendo -contestó Lord Henry, inclinándose.
—Bueno, pues ya le buscaremos un buen partido. Esta noche me dedicaré a estudiar el Debnett, (Guia de la aristocracia. De John Debrett, primer autor del Pecrage of En-gland, Scotland and Ireland, y The Baronetage of England, continuados hasta nuestros dias.), y haré una lista de todas las muchachas elegibles.
—~,Con mención de sus edades, Lady Nanbonough? —preguntó Do-rian.
—Naturalmente que sí; con sus edades, escritas a vuela pluma. Pe-no no hay que precipitanse demasiado. Quiero que sea lo que The Mor-ning Post llama una alianza adecuada, y deseo que ambos sean ustedes muy felices.
—~ Cuántas tonterías se dicen sobre los matrimonios felices! —ex-clamó Lord Henry -. Cualquier hombre puede ser feliz con una mujer, mientras no se enamore de ella.
—SAy, es usted un cínico tremendo! —dijo la anciana señora, echando hacia atrás su silla, y haciendo una señal con la cabeza a Lady Ruxton -. Vuelva usted pronto a comen conmigo. Es usted un tónico maravilloso; mucho mejor que el que Sin Andrew me ha recetado. Peno hágame usted una nota de invitados, de personas del agrado de usted. Quiero que la reunión sea perfecta.
—~ Oh!, a mí me agradan los hombres que tienen un futuro y las mujeres que tienen un pasado -contestó Lord Henry -. ¿O cree usted que predominarían demasiado has mujeres?
—Lo temo -dijo ella riendo y poniéndose en pie -. Mil pendones, mi querida Lady Ruxton —añadió -. No advertí que aún no había termi-nado usted su cigarrillo.
—No se preocupe usted Lady Nanbonough. Ya, sin eso, fumo de-masiado. No voy a tener más remedio que limitarme en lo futuro.
—No haga usted semejante cosa, Lady Ruxton —dijo Lord Henry -. La moderación es una cesa fatal. Bastante, es tan malo como una co-mida. Más que bastante, es tan bueno como un festín.
Lady Ruxton le miró con curiosidad.
—Venga usted a casa una tarde a explicarme eso, Lord Henry. La teoría parece seductora —susurnó, saliendo del comedor.
—Ahora, mucho ojo con tardar demasiado hablando de política y de escándalos —gritó Lady Narbonough desde la puerta -. ¡Qué reñimos, si no!
Los hombres se echaron a reír, y Mr. Chapman se levantó solem-nemente del extremo de la mesa pana venin a sentarse en la cabecera. Dorian Gray también cambió de sitio y fue a colocarse al lado de Lord Henry. Mn. Chapman empezó a hablan en voz muy sonora de la situa-ción en la Cámara de los Comunes, riéndose a carcajadas de sus adver-sarios. La palabras doctrinario —palabra preñada de terrones pana el espíritu británico— reaparecía de cuando en cuando entre sus explosio-nes. Un prefijo reiterado servía de adorno oratorio. Izaba el Union Jacks  (Nombre familiar que se da al pabellón de la Gran Bretaña.) sobre las cumbres del pensamiento. La estupidez hereditaria de la raza —que él jovialmente llamaba el profundo sentido común de los ingleses— era mostrada como el verdadero baluarte de la sociedad.
Pon los labios de Lord Henry pasó una sonrisa, y volviéndose mi-nó a Dorian.
—~,Te sientes mejor, querido? —preguntó —. Me pareció, durante la cena, que no te encontrabas bien.
—Pues me encuentro perfectamente, Hany. Un poco cansado, si acaso.
—Anoche estuviste delicioso. La duque sita se quedó fascinada. Me dijo que iría a Selby.
—Sí, me prometió venin hacia el veinte.
—~,Iná también Monmouth?
—~ Naturalmente, Harry!
—Me aburre de un modo horrible el tal Monmouth; casi tanto co-mo a la duquesa. Esta es muy inteligente, demasiado inteligente para una mujer. Carece de ese encanto indefinible que tienen los débiles. ¡Ah!, los pies de arcilla es lo que hace tan precioso el oro de la estatua. Los pies de ella son lindísimos, no cabe duda; peno no son de arcilla. Pies de porcelana blanca, si quienes. Han pasado a través de las llamas, y lo que el fuego no destruye, lo endurece. ¡Ah!, lo que es experiencia no le falta.
—~,Desde cuándo está casada? —preguntó Dorian.
—Ella me ha dicho que desde hace una etemidad. Según el Pc-rage, desde hace diez años. Peno diez años con Monmouth deben haber sido como la etemidad; sin contar el tiempo. ¿Quién más irá?
—~Oh!, los de costumbre: los Willoughby, Lord Rugby y su mujer, Lady Nanbonough, Geoffrey Clouston... También he invitado a Lord Grotrian.
—Este me agnada -dijo Lord Henry -. A mucha gente no le es sim-pático; peno yo lo encuentro encantador. Su educación siempre perfecta excusa su toilett a veces rebuscada. Es un tipo absolutamente modemo.
—No sé si podrá venin, Hany. Es muy posible que tenga que acompañan a su padre a Montecarlo.
—~Los parientes siempre inoportunos! Procura que venga. Y a propósito, Dorian, ¿porqué te fuiste anoche tan temprano? Aún no eran las once. ¿Qué hiciste después? ¿Te fuiste a tu casa enseguida?
Dorian frunció el ceño, y pareció titubean un momento.
—No, Harry -dijo al fin -; no volví a casa hasta eso de las tres.
—~Estuviste en el club?
—Sí —contestó Donan. Enseguida, mordiéndose los labios, se apresuró a añadir -: Es decir, no. No estuve en el club. Estuve pasean-do. No recuerdo a punto fijo lo que hice... ¡Qué curioso enes, Hany! ¡Cuánto te gusta entenarte de lo que uno hace! Yo, en cambio, daría cualquier cosa pon olvidar lo que hago... Volví a casa a las dos y me-dia, si te interesa saber la hora exacta. Me había olvidado el llavín, y tuvo que abrirme el criado. Si necesitas prueba de ello, puedes pre-guntánselo.
Lord Henry se encogió de hombros.
—~Como si a mí me importase eso algo, querido! Subamos al sa-lón... No, gracias, Mn. Chapman, no quiero jerez... Algo te ha ocurrido a ti, Dorian. Cuéntamelo. Esta noche, no estás en caja.
—No te preocupes pon mí, Hany. Me siento un poco nervioso, irritable; eso es todo. Mañana o pasado iré pon tu casa. Ahora, despí-deme de Lady Narbonough y preséntale mis excusas. Me molesta subir. Prefiero irme a casa. Sí, debo irme a la cama.
—Como quieras, Dorian. Espero que mañana te veré en el té. Ya sabes que irá la duquesa.
—Procuraré no faltan, Hany -contestó Dorian Gray, saliendo de la habitación.
Volviendo hacia su casa, en el coche, sintió que el tenon, que creía estrangulado, se había apoderado de él nuevamente. La pregunta casual de Lord Henry le había hecho penden un momento su sangre fría, y él necesitaba conservar muy tranquilos sus nervios. Había algunos objetos peligrosos que destruir. Sintió un calofrío, sólo a la idea de tocarlos.
Sin embargo, no había más remedio. Comprendiéndolo así, en cuanto hubo cerrado la puerta de la biblioteca abrió el armario secreto en que guardana el maletín y el abrigo de Basil Hallwand. En la chime-nea ardía un gran fuego. Echó en él otro leño. El olor del cuero quema-do y de las telas ardiendo era horrible. Tres cuartos de hora tardó en consuminse todo. Al final, se sentía mareado y desfallecido, y tuvo que quemar, en un afiligranado braserillo de cobre, unas cuantas pastillas de Angel, y que nefrescarse las manos y la frente con un vinagre almiz-clado.
De pronto, se estremeció. Sus ojos brillaron extrañamente, y sus dientes mordiscaron nerviosamente el labio inferior. Entre dos de las ventanas había un ancho escritorio florentino de ébano, con incrusta-ciones de marfil y lapislázuli. En él tenía Donan fijos los ojos, como si le fascinase y espantana, como si encerrase algo que a la vez deseara y temiese. Su respiración se hizo más precipitada. Un loco anhelo se apodenó de él. Encendió un cigarrillo, que arrojó enseguida. Sus párpa-dos fueron cerrándose, hasta que los largos flecos de sus pestañas toca-ron casi las mejillas. Peno sus ojos continuaban clavados en el escrito-rio. Al fin, se levantó del sofá en que estaba echado, dirigióse hacia él y, después de abrirlo, tocó un oculto resorte. Un cajoncito triangular salió lentamente. Sus dedos se hundieron instintivamente en él y apre-saron algo. Era una cajita china, de laca negra espolvoreada de oro, sutilmente trabajada, con un dibujo de olas en los costados, y cuentas de cristal y borlas de hilos metálicos colgando de los condones de seda. La abrió. Dentro había una pasta verde con aspecto de cena y un olor penetrante.
Vaciló unos momentos, con una extraña sonrisa de éxtasis en los labios. Luego, estremeciéndose, a pesan de que la atmósfera del cuarto estaba terriblemente recalentada, se desperezó y miró la hora. Faltaban veinte minutos para las doce. Volvió a dejar la cajita en su sitio, cerró el escritorio y pasó a su alcoba.
La medianoche hacía sonar sus doce campanadas de bronce en el aine fosco, cuando Dorian Gray, vestido pobremente, con una bufanda enrollada al cuello, solfa sigilosamente de su casa. En la calle de Bond encontró un hansom con un buen caballo. Lo llamó, y en voz baja dio una dirección al cochero.
Este sacudió la cabeza, refunfuñando:
—Es demasiado lejos pana mí.
—Aquí tienes una libra esterlina —dijo Dorian -, y si vas deprisa tendrás otra.
—Puede estar seguro el señor de que dentro de una hora estará allí.
Y embolsando la propina hizo dar media vuelta al caballo, que arrancó a paso largo en dirección al río.
 
 
 

CAPITULO XVI

Una lluvia fría empezaba a caen, y los reverberos empañados bri-llaban mortecinamente entre la niebla. Los cafés iban cerrándose, y a sus puertas se formaban grupos confusos de hombres y mujeres. De algunas tabemas llegaba el eco de innobles risotadas. En otras vocife-raban y gritaban los borrachos.
Reclinado dentro del hansom, con el sombrero calado hasta las cejas, Donan Gray minaba con ojos indiferentes la vergüenza sórdida de la gran ciudad, nepitiéndose de cuando en cuando a sí mismo las palabras que le dijera Lord Henry el primer día que habló con él: “Cu ran el alma pon medio de los sentidos, y los sentidos pon medio del alma”. Sí, ése era el secreto. Más de una vez lo había ensayado, y ahora lo ensayaría de nuevo. Había fumaderos de opio donde se podía com-prar el olvido; antros de honor, donde la memoria de los pecados pre-téritos podía ser anulada pon la locura de los pecados presentes.
La luna pendía muy baja en el horizonte, como una amarilla cala-vera. De cuando en cuando, una vasta nube informe extendía un brazo y la ocultaba. Los mecheros de gas se hacían cada vez más escasos, y las calles cada vez más estrechas y oscuras. El cochero se pendió en aquel dédalo y tuvo que retroceden media milla para encontrar el cami-no. Del caballo, chapoteando en los chancos, se elevaba una especie de vaho. Los cristales laterales del hansom parecían forrados de huata gris pon la bruma.
“Curan el alma pon medio de los sentidos, y los sentidos pon me-dio del alma...!? ¡Cómo sonaban aquellas palabras en sus oídos! Sí, su alma se sentía mortalmente enferma. ¿Sería vendad que los sentidos podían curarla? El había derramado sangre inocente. ¿Cómo expiar aquello? ¡Ay!, pana aquello no había expiación alguna; peno, aunque el pendón fuera impasible, aún era posible el olvido, y él estaba resuelto a olvidar, a abolir aquello, a aplastarlo como se aplasta la víbora que nos ha mordido. Realmente, ¿qué derecho tenía Basil a hablarle del modo que lo hizo? Le había dicho cosas atroces, abominables, que no podían tolenanse.
El coche avanzaba, cada vez más despacio. Pon lo menos, tal le parecía. Abrió la trampilla y gritó al cochero que fuese más deprisa. Una terrible necesidad de opio empezó a remorderle. Le ardía la gar-ganta, y sus manos delicadas se crispaban nerviosamente. Como un loco se puso a golpear al caballo con su bastón. El cochero se echó a reír, y fustigó al animal. El, entonces, rió contestando, y el hombre calló.
El camino parecía interminable, y las calles como la tela negra de una anaña invisible. La monotonía se hacía insoportable, y sintió miedo al ver espesarse la niebla.
Luego pasaron junto a unos tejares desiertos. La bruma era allí menos densa, y dejaba ver los extraños homos en forma de botella con sus lenguas de fuego naranja en abanico. Un peno ladró al paso de ellos, y lejos, en la oscuridad, chilló una gaviota errante. El caballo tropezó en un releje, se desvió a un lado bruscamente y salid luego al galope.
Al cabo de poco tiempo salieron del camino arcilloso y volvieron a rodar estrepitosamente sobre una calle mal empedrada. La mayoría de las ventanas estaban a oscuras; peno de cuando en cuando se pro-yectaban sobre algunas persianas iluminadas siluetas de sombras fan-tásticas. El las minaba con curiosidad. Movíanse cual fantoches grotescos, y accionaban como senes vivos. Los detestó con toda su alma. Una rabia sonda habla invadido su corazón. AI volver una esqui-na, una mujer les gritó algo desde el umbral de una puerta, y dos hom-bres echaron a corren detrás del hansom cenca de doscientas yardas. El cochero les azotó con la fusta.
Dicen que las pasiones nos hacen pensar en círculo. Y la vendad es que los labios mordidos de Dorian, una y otra vez repetían, con horrible insistencia, aquellas palabras especiosas sobre el alma y los sentidos, hasta haber encontrado en ellas la expresión absoluta, pon decirlo así, de su estado de espíritu, y justificado, con su asentimiento intelectual, pasiones que, sin esa justificación, le habrían dominado lo mismo. De célula en célula se arrastraba en su cerebro un solo pensa-miento; y un frenético deseo de vivir, el más terrible de todos los ape-titos humanos, avivaba y encendía cada nervio y cada fibra de su ser. La fealdad que antaño aborreciera, pon prestar realidad alas cosas, le era ahora preciosa pon la misma razón. La fealdad era lo único real. Las disputas y pendencias groseras, los burdeles infectos, la cruda violencia de una vida de desorden, la misma vileza del ladrón y el proscrito, eran más vivas, en su intensa actualidad de impresión, que todas las formas graciosas del arte y las sombras de ensueño de la poesía. Eran lo que él necesitaba para olvidan. En tres días se vería libre.
De pronto, con un brusco tirón de riendas, paró el coche a la en-trada de un sombrío callejón. Pon encima de los tejados y de las chime-neas asomaban los mástiles negros de los barcos. Espinales de neblina se adherían, como velas espectrales, a las vengas.
—~,Es pon aquí, vendad? —preguntó con voz nonca el cochero a tra-vés de la trampilla.
Dorian despertó sobresaltado de su abstracción y miró en tomo suyo.
—Sí, aquí es —contestó, bajando apresuradamente del coche.
Y después de pagar lo ofrecido al cochero, encaminóse rápida-mente hacia el muelle.
De trecho en trecho brillaba una linterna en la popa de algún enorme navío mercante. La luz se quebraba y desmenuzaba en las aguas. A bordo de un trasatlántico, de escala hacia un puerto extranje-ro, que estaba carboneando, velase un resplandor rojo. El pavimento, resbaladizo, parecía un mojado capote.
Apretando el paso torció hacia la izquierda, minando atrás, de cuando en cuando, pana ver si le seguían. Al cabo de siete u ocho mi-nutos llegó frente a una casucha, de aspecto sórdido, enclavada entre dos fábricas miserables. En una de las ventanas superiores brillaba una lámpara. Se detuvo y llamó a la puerta de un modo especial.
Al poco tiempo oyó pasos en el portal y desenganchar la cadena. La puerta se abrió nuevamente, y Dorian entró sin decir palabra a la vaga figura inclinada que pareció inconponarse a la sombra para dejarle paso. Al extremo del aposento colgaba una cortina verde en jirones, que el viento que había entrado con él de la calle movía y agitaba. La apartó a un lado y entró en una habitación, baja de techo y muy langa, que parecía haber sido en otro tiempo un salón de baile de tercer orden. Todo alrededor ardían numerosos mecheros de gas, con una luz res-plandeciente, que apagaban y deformaban los espejos, sucios de mos-cas, que tenían enfrente. Los mugrientos reflectores de estaño acanalado semejaban discos rutilantes de luz. El piso estaba cubierto de un aserrín ocre, salpicado en muchos sitios de barro y con manchones oscuros de licores derramados. Unos cuantos malayos, en cuclillas junto a un hornillo encendido de carbón vegetal, jugaban con fichas de hueso, enseñando al hablar los dientes blancos. En un rincón, sobre una mesa, con la cabeza escondida entre los brazos, yacía un marinero, y delante del mostrador, bárbaramente pintado, que ocupaba todo un lado, estaban dos mujeres demacradas haciendo burla de un viejo que cepillaba las mangas de su gabán con expresión de repugnancia.
—Cree que está lleno de hormigas rojas -exclamó una de ellas, riendo, al pasar Donan.
El viejo la miró aterrado, y se puso a lloriquear.
Al extremo de la habitación había una escalera que conducía a otro cuarto en penumbra. Subiendo los tres peldaños desvencijados, llegó hasta él el olor pesado del opio. Respinó profundamente, y las aletas de su nariz palpitaron de placer. Al entrar, un joven de finos cabellos rubios, que estaba inclinado sobre una lámpara encendiendo una pipa larga y delgada, levantó hacia él los ojos, y después de titu-bear un instante, le hizo una leve inclinación de cabeza.
—Jú aquí, Adrian? —murmuró Dorian.
—~,Y dónde iba a estar? -contestó el mozo con indiferencia -. Na-die quiere tratarme ya...
—Creí que te habías manchado de Inglaterra.
—Danlington no quiere hacen nada... Mi hermano al fin aceptó el pagaré... Jorge tampoco me dirige la palabra... Me tiene sin cuidado —añadió con un suspiro -. Teniendo esta droga, no hacen falta amigos. Demasiados amigos he tenido...
Dorian dio un paso atrás y miró a su alrededor aquellos senes grotescos que yacían sobre las sucias colchonetas. Los miembros retor-cidos, los labios caídos, los ojos fijos y opacos, le fascinaban. El sabía en qué extraños paraísos estaban padeciendo, y qué tenebrosos infier-nos les enseñaban el secreto de algún nuevo goce. Todos ellos eran más dichosos que él. El estaba aprisionado en su pensamiento. La memoria, como una horrible enfermedad, le iba carcomiendo el alma. A veces le parecía ver los ojos de Basil Hallward minándole. Sin em-bargo, comprendía que no podía quedarse allí. La presencia de Adrian Singleton le turbaba. Deseaba estar donde nadie supiese quién era. Deseaba escapan de sí mismo.
—Me voy a otro sitio —dijo al fin, después de un silencio.
—~Al del muelle?
—Sí.
—Allí debe estar esa loca. Aquí no la quieren ya.
Dorian se encogió de hombros.
—Estoy cansado de las mujeres que le aman a uno. Las mujeres que nos odian son mucho más interesantes. Además, el opio es mejor.
—Igual.
-Pues me gusta más. Ven a beben lo que quieras. Tengo sed.
—No me apetece nada —murmuré el meno.
—No importa.
Adrian Singleton se levantó con trabajo, y siguió a Dorian hasta el mostrador. Un mulato, con un gabán raído y un turbante hecho hara-pos, les saludó con una mueca innoble, y colocó ante ellos una botella de aguardiente y dos vasos. Las mujeres se acercaron y se pusieron a hablan. Dorian les volvió la espalda, y dijo algo en voz baja a Adrian Singleton.
Una sonrisa aviesa como un cris malayo, contrajo el rostro de una de las mujeres.
—~Qué orgullosos nos sentimos esta noche, amigos! -exclamó en tono burlón.
—~Ten la bondad de no dirigirme la palabra! —gritó Dorian, dando una patada en tierra -. ¿Qué es lo que quienes? ¿Dinero? Ahí va. Peno no vuelvas a hablarme.
Dos chispas rojas centellearon pon un momento en los ojos mor-tecinos de la mujer; peno enseguida se apagaron, dejándolos tan hela-dos y opacos como antes. Inclinó la cabeza, y recogió del mostrador las monedas con dedos ávidas. Su compañera la miró con envidia.
—Es inútil —suspinó Adrian Singleton -. No tengo interés en des-andan lo andado. ¿Para qué? Aquí me siento completamente feliz.
—~,Me escribirás, si necesitas algo? —preguntó Dorian, después de una pausa.
—Acaso.
—Buenas noches, pues.
—Buenas noches —contestó el joven, subiendo la escalerilla y se-cándose los labios con el pañuelo.
Dorian se dirigió hacia la puerta con una expresión dolorida. Ya levantaba, para salin, la cortina, cuando una risa soez brotó de los la-bios pintados de la mujer que había cogido el dinero.
—~Ahí va el contrato del diablo! —aulló con voz nonca.
—~Maldita! contestó él -. ¡No me llames así!
—~Bueno; te llamaremos entonces el Príncipe! ¿No es así como te gusta que te llamen? —chilló ella, chasqueando los dedos.
El adormilado marinero se puso en pie de un salto al oírla, y miró salvajemente a su alrededor. A sus oídos llegó el ruido de la puerta de la calle al cenarse. Sin vacilan, se precipitó corriendo hacia ella.
Dorian Gray caminaba deprisa, a lo largo del muelle, a través de la llovizna. Su encuentro con Adrian Singleton le había singularmente conmovido, y empezaba a preguntarse si realmente la ruina de aquella vida podría canganse en su cuenta, como Basil Hallward le dijera de un modo tan insultante. Mordió se los labios, y pon un momento se entris-tecieron sus ojos. Peno, después de todo, ¿qué podía importarle aque-llo? La vida es demasiado corta pana cargar ubre nuestros hombros los errores ajenos. Cada hombre vive su propia vida, y paga su precio pon vivirla. La lástima es tener que pagan tan a menudo pon una sola falta.
Una y otra vez, y siempre, nos vemos obligadas a pagan. En sus tratos con el hombre, el Destino jamás cierra sus cuentas.
Hay momentos, nos dicen los psicólogos, cuando la pasión del vi-cio —o lo que el mundo llama vicio- domina de tal modo nuestra natu-raleza, en que cada fibra del cuerpo, como cada célula del cerebro, parecen animanse con terribles impulsas. Hombres y mujeres, en esos momentos, pierden la libertad de su albedrío. Caminan como autóma-tas hacia su horrible fin. Les es arrebatada toda facultad de elección, y la conciencia misma queda muerta, o, si vive, es sólo pana dar su atrac-tivo a la rebeldía, y a la desobediencia su encanto. Pues todos los peca-dos, como no se cansan de recordamos los teólogos, son pecados de desobediencia. Cuando aquel espíritu soberbio, aquella estrella matuti-na del mal cayó del ciclo, cayó pon rebelde.
Endurecido, concentrado en el mal, con el espíritu impuro y el alma sedienta de rebelión, Donan Gray caminaba, apretando cada vez más el paso, cuando al entran en un sombrío pasaje cubierto, que a menudo le había servido de atajo pana in hacia aquel tugurio, se sintió bruscamente cogido pon detrás, y antes de que pudiera defendense se veía lanzado contra el muro, y una mano brutal le apretaba la garganta.
Dorian Gray luchó desesperadamente pon su vida, y con un terri-ble esfuerzo consiguió zafanse de aquellas dedos que le ahogaban. Inmcdiatamente oyó el ruido que hace el gatillo de un revólven al montarse, y vio el destello de un cañón bruñido apuntando a su cabeza, y la forma oscura de un hombre bajito y fomido frente a él.
—~,Qué quiere usted? —balbuceó.
—~ Quieto! -ordenó el hombre -. ¡ Como te muevas, te mato!
—Usted está loco. ¿Qué le he hecho yo a usted?
—Tú destruiste la vida de Sibyl Vane —fue la respuesta -, y Sibyl Vane era mi hermana. Sibyl se suicidó. Lo sé. Su muerte es obra tuya. Juré matarte, en castigo, si algún día te encontraba. Llevo años buscán-dote. Peno no tenía el menor indicio, la menor huella. Las dos personas que te conocían de vista habían muerto. Yo no sabía de ti más que el nombre con que ella acostumbraba a llamarte: ¡el Príncipe! Pon casua-lidad lo he oído pronunciar esta noche. Ponte bien con Dios, que te juro que vas a morir esta noche.
Dorian Gray estuvo a punto de desmayanse de miedo.
—Yo no he conocido a esa mujer que usted dice —tartamudeó -. En mi vida oí hablar de ella. Usted está loco.
—Más te valdría confesar tu crimen; pues tan cierto como me lla-mo James Vane que vas a morir.
El momento era terrible. Dorian no sabía qué hacen ni qué decir.
—~ De rodillas! —gruñó aquel hombre -. Un minuto te doy para que reces; ni uno más. Me embanco esta noche para la India, y antes tengo que dejar saldada esta cuenta. ¡Un minuto! ¡Ni uno más!
Los brazos de Dorian cayeron inertes. Paralizado de tenon, no se le ocurría nada. De pronto, una insensata esperanza fulgunó en su espí-ritu.
—SUn momento! —gritó -. ¿Cuánto tiempo hace que murió su her-mana? ¡Pronto!
—Dieciocho años —repuso el hombre -. ¿Pon qué me lo preguntas? ¿Qué tienen que ver los años?
—~Dieciocho años! —exclamó Donan con una risa de triunfo-¡Dieciocho años! Vamos hasta un farol, y vea usted mi cara.
James Vane vaciló un instante, sin comprenden qué quería decir aquello. AI fin, cogió a Dorian Gray y lo arrastró fuera del pasadizo.
A pesar de lo débil y oscilante, la luz del reverbero, que el viento azotaba, le sirvió al marinero para mostrarle el terrible error (tal le pareció, al menos) que había cometido, pues el rostro de aquel hombre que estuviera a punto de matar, conservaba toda la frescura de la ado-lescencia, toda la pureza inmaculada de la juventud. Parecía un mance-bo de poco más de veinte abriles, apenas mayor que debía ser su hermana cuando se separó de ella hacía tantos años. Era evidente que aquél no podía ser el hombre que él buscaba.
Le soltó, y retrocedió tambaleándose.
—~Santo Dios! ¡Santo Días! -exclamó -. ¡Y pensar que he estado a punto de matarle!
Donan Gray nespinó.
—Sí; ha estado usted a punto de cometen un crimen espantoso, amigo mío —dijo, minándole con severidad -. Que esto le sirva de ad-vertencia pana no tratan de tomanse pon sí mismo la venganza.
—Pendón, pendón, caballero —balbuceó James Vane -. Me han en-gañado. Una palabra que oí pon casualidad en esa maldita taberna, me lanzó sobre esta pista falsa.
—Haría usted bien en inse a su casa y en guardar ese revólven, que podría traerle a usted algún disgusto —dijo Dorian, dando media vuelta y alejándose despacio.
James Vane se quedó aterrado, en medio de la calle. Un temblor convulsivo le sacudía de pies a cabeza. Al cabo de un breve rato, una sombra negra, que había venido arrastrándose pegada a la pared, avan-zó hacia la luz y se acercó a él a paso de lobo. De pronto, James Vane sintió una mano que se posaba en su brazo, y volvióse sobresaltado. Era una de las mujeres que estaban antes bebiendo en la tabema.
—~,Pon qué no lo mataste? —silbó ella entre dientes, acercando su cana desencajada ala de él -. Comprendí que le seguías cuando saliste corriendo. ¡Idiota! Deberías haberle matado. Es rico, y más malo que la tiña.
—No es el hombre que yo buscaba —replicó él -, y no necesito el dinero de nadie. ¡La vida de un hombre es lo que necesito! Peno el hombre que yo busco debe andan cenca de los cuarenta, y éste casi es un niño. A Dios gracias, no he llegado a manchanme las manos con su sangre.
La mujer rió amargamente.
—~Casi un niño! -exclamó con una risita sardónica -. ¡ Sí, sí! ¡Pronto hará dieciocho años que el Príncipe me convirtió en lo que soy ahora!
—~Mientes! —rugió James Vane.
Ella levantó hacia el ciclo las manos, y gritó:
—~Juno ante Dios que digo la vendad!
—~Ante Dios?
—~Que me deje muda si miento! ¡Es el más infame de los senes que vienen aquí! ¡Dicen que ha hecho un pacto con el diablo para conservan su hermosura! Pronto hará dieciocho años que le conocí, y está casi lo mismo que entonces. ¡En cambio, yo!... —añadió con una minada de tristeza.
—~,Lo juras?
—Lo juro —profirieron roncamente los labios sumidos de la mujer -Peno no vayas a delatarme a él —gimió -. Le tengo miedo... Dame algo para pasar la noche...
James Vane se sepanó de ella con una blasfemia, y echó a corren hacia la esquina próxima; peno ya Dorian Gray no estaba a la vista. AI volvense, vio que la mujer también había desaparecido.
 
 
 

CAPITULO XVII

Una semana más tarde se encontraba sentado Dorian Gray en el inver-nadero de Selby Royal, conversando con la bellísima duquesa de Monmouth, que con su marido, un sesentón de aspecto cansado, for-maba parte de sus invitados. Era la hora del té, y la luz suave de la enorme lámpara velada de encajes que había encima de la mesa ilumi-naba las porcelanas delicadas y la plata repujada del servicio, que pre-sidía la duquesa.
Las blancas manos de ésta se movían graciosamente entre las ta-zas, y sus labios purpurinos sonreían a unas palabras que Dorian le había susurrado al oído. Lord Hcnry yacía recostado en un sillón de mimbre tapizado de seda, contemplándoles atentamente. Sentada en un diván colon de albérchigo, Lady Nanbonough aparentaba escuchar la descripción que le estaba haciendo el duque del último escarabajo brasileño con que había enriquecido su colección. Tres jóvenes, vesti-dos de smoking y un tanto exagerados en su toilette, ofrecían las pastas a las señoras. La partida se componía de doce personas, y se esperaban algunas más para el día siguiente.
—~,De qué hablan ustedes? ¿Puede saberse? —preguntó Lord Hen-ry, acercándose a la mesa y dejando en ella su taza —. Supongo que Dorian te habrá dicho mi proyecto de nebautizanlo todo, Gladys. ¿Ven-dad que es una idea admirable?
—Peno yo no necesito que vuelvan a bautizarme, Hany —replicó la duquesa, —minándole con sus ojos maravillosos -. Estoy muy contenta con mi nombre, y me parece que Mn. Gray tampoco está descontento del suyo.
—Pon nada del mundo querría yo, mi querida Gladys, cambiar el nombre de vosotros dos. Ambos son perfectos. No, yo pensaba sobre todo en las flores. Ayer corté una orquídea para mi ojal. Era una mara-villa de flor, toda moteada, tan vistosa como los siete pecados capita-les. En un momento de irreflexión pregunté su nombre a uno de los jardineros, que me dijo que era un hermoso ejemplan de Rohinsoniana, u otro honor pon el estilo. Es una triste vendad; peno no cabe duda de que hemos pendido el don de dar nombres bellos alas cosas. Y los nombres son todo. Yo no discuto ni me irrito nunca pon los hechos. Mi caballo de batalla son siempre las palabras. Pon eso detesto en literatura el realismo vulgar. El hombre capaz de llamar azada a una azada debe-ría verse condenado a usarla. Seguramente es lo único para que sirve.
—Y a ti, ¿cómo quienes que te llamemos, Hany? —preguntó la du-quesa.
—Su nombre es: el príncipe Paradoja -dijo Dorian.
—~Imposible confundirle! —exclamó ella.
—~No, no, de ningún modo! —protestó riendo y dejándose caen en un sillón Lord Henry -. ¡Nada de etiquetas! No hay quien se salve de una etiqueta. Rehuso el título.
—~Las Majestades no pueden abdicar! —advirtieron los labios pur-purinos.
—~Quienes, entonces, que defienda mi trono?
—Sí.
—Yo digo las verdades de mañana.
—Prefiero los errores de hoy —repuso ella.
—Me desarmas, Gladys —exclamó él, prosiguiendo el juego.
—Del escudo, Hany; peno no de la lanza.
—Yo no puedo justan contra la belleza —protestó él de nuevo, agi-tándolas manos.
—Mal hecho, Hany, créeme. Colocas la belleza demasiado alta.
—~,Cómo es posible que digas eso? Confieso que me parece prefe-rible ser hermoso a ser bueno. Peno, pon otra parte, nadie más dispuesto que yo a reconocen que es preferible ser bueno a ser feo.
—~,Entonces la fealdad es uno de los siete pecados capitales? —ex-clamó la duquesa -. ¿A qué queda entonces reducida la comparación que hiciste de la orquídea?
—La fealdad es una de las siete virtudes mortales, Gladys. Tú, co-mo buena conservadora, no debes meno spreciarlas. La cerveza, la Biblia y las siete virtudes mortales han hecho a nuestra Inglaterra lo que es.
—~,De modo que no amas a tu país? —interrogó ella.
—En él vivo.
—Para poden censurarlo mejor.
—c,Quenrías, entonces, yerme compartir el veredicto que Europa ha dictado sobre él?
—~,Qué dicen de nosotros?
-Que Tartufo ha emigrado a Inglaterra y ha puesto tienda en ella.
—~,Es tuya la frase, Hany?
—Te la regalo.
—Gracias, no podría usarla. Es demasiado cierta.
—No tengas miedo. Nuestros compatriotas nunca reconocen nada.
—Son prácticos.
—Más astutos que prácticos. Cuando hacen su balance compensan la ¡estupidez con la riqueza y el vicio con la hipocresía.
—Sin embargo, hemos hecho grandes cosas.
—Esas grandes cosas nos las echaron encima, Gladys.
—Peno llevamos su peso.
—Hasta la Bolsa nada más, amiga mía.
Ella sacudió la cabeza, y exclamó:
—Yo creo en la raza.
—Representa la supervivencia de los activos.
Va en progreso.
—Me interesa más la decadencia.
—Y el Arte, ¿qué es?
—Una enfermedad.
~Y el Amor?
—Una ilusión.
—~,Y la Religión?
—El sustitutivo a la moda de la fe.
—Tú enes un escéptico.
—~ Jamás! El escepticismo es el comienzo del credo.
—~Qué enes entonces?
—Defininse es limitanse.
—Dame algún hilo que me sirva de guía.
—Los hilos se rompen. Te penderías en el laberinto.
—Me aturdes. Hablemos de otra cosa.
—Nuestro anfitrión es un tema delicioso. Hace años le pusieron el nombre de: el Príncipe de los cuentos de hadas.

—SAy, no me recuerdes eso! —exclamó Donan Gray.
—El anfitrión no está de humor esta noche —dijo la duquesa, rubo-rizándose levemente -. Me parece que piensa que Monmouth se casó conmigo exclusivamente pon motivos científicos, como el mejor ej em-plar que pudo encontrar de la mariposa moderna.
—Peno espero que no tendrá la intención de clavarla a usted con un alfiler, duquesa —replicó riendo Donan.
—~Oh!, ya se encarga mi doncella de pincharme cuando la moles-to.
—~,Y cómo puede usted molestarla, duquesa?
—Pon las cosas más insignificantes, Mn. Gray, se lo aseguro. Gene-ralmente porque llego a las nueve menos diez y le digo que tengo que estar vestida pana las ocho y media.
—~ Qué poco razonable! Debería usted negañarla.
—No me atrevo, Mn. Gray; además, me inventa sombreros. ¿Re-cuerda usted aquel que llevaba en la gandenpanty de Lady Hilstone? No, no se acuerda usted; peno es una delicadeza el aparentarlo. Bueno, pues estaba hecho con nada. Todos los buenos sombreros están hechos con nada.
—Como todas las buenas reputaciones, Gladys —interrumpió Lord Henry -. Cada éxito nos trae un enemigo. Para ser popular es preciso ser mediocre.
—No con las mujeres -dijo la duquesa, moviendo negativamente la cabeza -. Y las mujeres gobiernan al mundo. Te aseguro que noso-tras no podemos soportan a los mediocres. Las mujeres, como ha dicho alguien, amamos con los oídos, así como ustedes los hombres, aman con los ojos si es que realmente aman...
—Me parece que nunca hacemos otra cosa —susunó Dorian.
—~Ah!, entonces no debe usted haber amado de vendad nunca —re-plicó la duquesa, fingiendo tristeza.
—Mi querida Gladys -exclamó Lord Henry -, ¿cómo es posible que digas eso? Lo romántico vive a fuerza de nepetinse, y la repetición convierte un apetito en un arte. Además, cada vez que se ama es la única vez que se ha amado. La diferencia de objeto no altena la unidad de la pasión. La intensifica, simplemente. En la vida podemos tener, a lo sumo, una sola gran experiencia, y el secreto de la vida consiste en reproducir esta experiencia tan a menudo como sea posible.
—~,Hasta cuando le ha dejado a uno maltrecho, Harry? —preguntó la duquesa, después de un momento de pausa.
—Especialmente cuando le ha dejado a uno maltrecho--contestó Lord Henry.
La duquesa se volvió y miró a Dorian con una singular expresión en los ojos.
—~,Qué dice usted a eso, Mn.Gnay? —preguntó.
Dorian vaciló un instante. Luego, echando hacia atrás la cabeza, repuso riendo:
—Yo siempre estoy de acuerdo con Hany, duquesa.
—~,Hasta cundo no tiene razón?
—Hany siempre tiene razón.
—~,Y le hace a usted dichoso su filo sofia?
—Yo nunca he buscado la felicidad. ¡Qué importa la felicidad! Yo he buscado el placer.
~Y encontrado, Mn.Gnay?
—Muchas veces. Demasiadas.
La duquesa suspinó.
—Yo busco ahora la paz —dijo -, y si no voy enseguida a vestirme, no podré tenerla esta noche.
—Penmitame usted que le ofrezca unas orquídeas, duquesa —ex-clamó Dorian, poniéndose en pie y dirigiéndose a un extremo del in-vernadero.
—No estás muy acertada en tu flint —dijo Lord Henry a su prima -. Deberías tener cuidado. Es demasiado sugestivo.
—Si no lo fuera, no habría lucha.
—~,Griegos contra griegos, entonces?
—Yo estoy del lado de los troyanos. Luchaban pon una mujer.
—Fueron vencidos.
—Hay cosas peones que la denota -contestó ella.
—Galopas a rienda suelta.
—La velocidad nos da vida.
—Lo apuntaré en mi diario esta noche.
—(~El qué?
—Que el niño que se quema ama el fuego.
—Yo, ni siquiera me he chamuscado. Mis alas permanecen intac-tas.
—Las usas para todo, menos para huir.
—El valor ha emigrado de los hombres a las mujeres. Una nueva experiencia para nosotras.
—Tienes una rival.
—~,Quién?
—Lady Narbonough —murmuró él riendo -. Está locamente enamo-rada de él.
—Me das miedo. El culto de la antigüedad nos es fatal a los que somos románticos.
—~,Románticas vosotras? ¡ Si tenéis todos los métodos de la cien-cia!
—Los hombres nos han educado.
—Peno no explicado.
—Definenos como sexo —le desafió ella.
—Esfinges... sin enigma.
Ella le miró sonriendo.
—~Cómo tarda Mr. Gray! ijo, al cabo de un momento -. Vamos a ayudarle. Se me olvidó decirle el colon de mi traje.
—~Ah!, tú debes acomodan tu traje a sus flores, Gladys.
—Eso seria una rendición prematura.
—El arte romántico comienza pon el fin.
—Tengo que conservan una posibilidad de retinada.
—~,A la manera de los Parthos?
—Estos encontraron refugio en el desierto. Yo no podría hacerlo.
—No siempre podéis elegir las mujeres -contestó él.
Peno apenas había acabado la sentencia cuando del fondo del in-vernadero llegó un grito ahogado, seguido del ruido que hace al caen un cuerpo pesado. Todo el mundo se puso en pie. La duquesa quedó petri-ficada de honor. Y Lord Henry, con ojos de susto, se precipitó a través de las palmeras y halló a Dorian Gray, que yacía sobre las baldosas, con el rostro contra tierra, sin dar señales de vida.
Inmediatamente fue llevado al saloncito azul y depositado sobre uno de los divanes. AI poco rato volvió en sí y miró en tomo suyo con ojos extraviados.
—~,Qué ha sucedido? —preguntó -. ¡Ah!, ya recuerdo. ¿Estay en salvo aquí, Hany?
Y empezó a temblar febrilmente.
—Mi querido Donan —le tranquilizó Lord Henry -; fue un simple desmayo. No hay pon qué asustarse. Acaso un exceso de cansancio. No deberías bajan a cenan. Yo haré tus veces.
—No; bajané —replicó Dorian, levantándose con un esfuerzo. Pre-fiero bajar. No quiero quedarme solo.
Y fue a vestinse a su cuarto.
Toda aquella noche, en la mesa, dio muestras de un buen humor despreocupado y casi frenético; peno, de cuando en cuando, un calofrío de terror le sacudía todo el cuerpo, al recordar que, pegada a un cristal del invernadero, como un blanco pañuelo, había visto la cara de James Vane espiándole.
 
 
 

CAPITULO XVIII

Al día siguiente no salid de la casa, pasando casi todo el tiempo en su cuarto, enfermo de miedo a morir, y, no obstante, indiferente a la vida en sí misma. El saberse perseguido, acechado, espiado, le aterraba. Si el viento movía las cortinas, ya estaba temblando. Las hojas secas que revolaban contra los cristales le evocaban sus bríos pasados, sus ar-dientes remordimientos. En cuanto cenaba los ojos, volvía a ver el rostro del marinero, minándole a través del cristal empañado, y una vez más hacía presa el miedo en su corazón.
Peno quizá sólo fuera su imaginación la que habla suscitado el es-pectro de la venganza y traído a sus ojos las formas odiosas del castigo. La vida actual era un caos; peno en la imaginación habla algo terrible-mente lógico. La imaginación es la que pone al remordimiento sobre la pista del pecado. La imaginación es la que da a cada crimen su prole deforme. En el mundo común de los hechos los malos no eran castiga-dos, ni recompensados los bueno s. El éxito se entregaba al fuerte, el fracaso correspondía a los débiles. Esto era todo.
Pon otra parte, si algún extraño hubiese estado rondando la casa, los criados o los guardas no habrían podido menos de verle. Se habrían encontrado huellas sobre las platabandas; los jardineros habrían venido a decínselo.
Sí, no cabía duda de que era una simple ilusión. El hermano de Sibyl Vane no había venido allí para matarle. Se había embarcado en su barco, para in a naufragar en algún man lejano. No tenía pon qué temen nada. Además, aquel hombre no sabía, ni podía saber, quién era él. La máscara de la juventud le había salvado.
No obstante, aunque aquello no hubiese sido más que una ilusión, ¿no era terrible pensar que la conciencia podía suscitar semejantes fantasmas, y darles forma visible y hacerlos mover ante uno? ¡Qué vida la suya si, día y noche, las sombras de su crimen venían a ace-charle desde los callados rincones, a hacerle burla desde sus escondri-jos, susurrando a su oído al sentarse a la mesa, despertándole de su sueño con dedos glaciales! A esta idea, que se insinuó en su espíritu, palideció de tenon, y el aine se le antojó de pronto más frío. ¡Ah; en qué maldita hora de locura habla matado a su amigo! ¡Qué horrendo el simple recuerdo de la escena! ¡Todavía la estaba viendo! Cada espan-toso detalle volvía a su memoria, aumentado en honor.
De la negra caverna del tiempo, terrible y vestida de escarlata, surgía la imagen de su crimen.
Cuando Lord Henry vino alas seis, le encontró llorando.
Hasta el tercer día no se atrevió a salin afuera; había algo en el ai-ne claro y saturado de olor a pino de aquella mañana de invierno que pareció devolverle su alegría y su ansia de vivir. Peno no fueron sólo las condiciones fisicas del medio ambiente la causa del cambio. Su misma naturaleza acababa pon nebelarse contra el exceso de angustia que había tratado de perturban y corrompen la perfección de su sosiego. En los temperamentos sutiles, y de una sensibilidad experimentada, siempre ocurre esto. Las pasiones violentas aniquilan o ceden. O matan al hombre, o mueren ellas. Los dolore s superficiales o los amones so-meros son los que viven. Los grandes amones y los grandes dolores, su propia plenitud los destruye. Además, había acabado pon convencense de que había sido víctima de su imaginación sobreexcitada, y conside-raba ahora sus tenores pasados con cierta compasión y un poco de desprecio.
Después de almorzar estuve paseando cenca de una hora pon el jardín, en compañía de la duquesa. Luego montó en su tílburi y atrave-só el parque en dirección al coto, pana ver la cacería. La escarcha que-bradiza parecía sal sobre la hierba. El ciclo era como una copa invertida de metal azul. Una tenue película de hielo orlaba el lago sembrado de juncos.
En una esquina del pinar vio a Sin Geoffrey Clouston, hermano de la duquesa, extrayendo de su escopeta dos cartuchos descargados. Saltando de su carricoche, y diciendo al lacayo que volviera a la casa, se dirigió hacia su huésped a través de los helechos secos y la maleza espinosa.
—~,Ha cazado usted mucho, Geoffrey?
—No mucho, Dorian. Me parece que casi toda la caza se ha ido al llano. Espero que después de comen, cuando cambiemos de terreno, habrá más.
Dorian siguió andando junto a él. El aine vivo y aromático, las lu-ces obscuras y rojizas del bosque, los gritos roncos de los ojeadores que retumbaban de cuando en cuando, y las detonaciones secas de las escopetas, absorbían su atención, llenándole de un delicioso senti-miento de libertad. Se sintió dominado pon la despreocupación del bienestar, pon la suprema indiferencia del gozo.
Súbitamente, de un montecillo de hierba, a unas veinte yardas de distancia, tiesas las orejas rematadas de negro y extendidas las largas patas traseras, saltó una liebre, que se precipitó a buscar refugio en un bosquecillo de olivos. Sin Geoffrey se echó la escopeta a la cara, peno había tal gracia en los movimientos del animal, que Dorian Gray se sintió seducido y le gritó:
—~No tine usted, Geoffrey!, Déjela vivir.
—~ Qué tontería, Donan! -contestó riendo su compañero.
Y dispanó en el preciso momento en que la liebre alcanzaba el bosquecillo.
Se oyeron dos gritos: el grito de una liebre herida, que es espanto-so, y el grito de un hombre en agonía, que es peon aún.
—~ Santo ciclo! ¡ He herido a un ojeador! —exclamó Sin Geoffrey -. ¿Cómo habrá venido ese asno a ponénseme delante de la escopeta? ¡Alto el fuego! —gritó a voz en cuello -. ¡Un hombre herido!
El ojeador mayor acudió corriendo con un palo en la mano.
—~,Dónde, señor? ¿Dónde está? —gritó.
Al mismo tiempo cesó el fuego.
—Aquí —indicó Sin Geoffrey, encolerizado, precipitándose hacia el bosquecillo - ¿Cómo demonios no coloca usted mejor a sus hombres? Ya me han estropeado el día.
Dorian les miró entran en la espesura, apartando a un lado las ra-mas. A los pocos momentos volvieron a aparecen, trayendo entre los dos un cuerpo. Apartó los ojos, horrorizado. Oyó cómo Sin Gcoffrey preguntaba sí el hombre estaba muerto, y la respuesta afirmativa del ojeador. El bosque le pareció animanse bruscamente de rostros. Se oía el pisar de innumerables pies, y un vago zumbido de voces. Un gran faisán, de buche donado, pasó volando pon encima de ellos.
Al cabo de unas instantes, que, en su estado de turbación, fueron pana él como horas interminables de sufrimiento, sintió posarse una mano en su hombro. Volvió se con un estremecimiento.
—Donan dijo Lord Henry -. ¿No crees que debería darse pon ter-minada la cacería de hoy? No parece bien proseguirla.
—~Ojalá se diera pon terminada pana siempre, Hany! -contestó amargamente -. Ha sido espantoso. ¿Está?... —y no se atrevió a concluir la frase.
—Mucho lo temo —repuso Lord Henry -. Recibió toda la carga en mitad del pecho. La muerte debió ser instantánea. Vamos a la casa.
Caminaron uno junto al otro, en dirección a la alameda, pon e spa-cio de unas cincuenta yardas, sin hablar. Al fin, Dorian miró a Lord Henry, y exclamó con un suspiro:
—~ Mal agüero, Harry, mal agüero!
—LEI qué? —preguntó Lord Hcnry -. ¡Ah!, ese incidente... ¡Qué se le va a hacen, querido! La culpa fue suya. ¿Quién le mandó colocarse delante de la escopeta? Además, ni tú ni yo tenemos nada que ver en ello. Claro que para Geoffrey no deja de ser desagradable. Siempre es molesto el cazar a un ojcadon. Le gente se figura que uno es un tirador aturdido. Y, realmente, no es éste el caso; Geoffrey tira de un modo excelente. Peno, en fin, ¿a qué hablar más de ello?
Donan sacudió la cabeza.
—Mal agüero, Hany. Me da el corazón que a alguno de nosotras va a ocurrirnos una desgracia. Quizás a mí mismo —añadió, pasándose la mano pon los ojos, con un gesto de dolor.
Lord Henry se echó a reír.
—La única desgracia de este mundo, es el hastío, Dorian. Este es el solo pecado pana el que no hay remisión. Afortunadamente, ambos estamos libres de él. A no ser que se empeñen en comentan lo sucedido en la mesa. Les advertiné que queda prohibido el tema. En cuanto a agüeros, te diré que no existen. El destino no nos envía heraldos. Es demasiado prudente o demasiado cruel pana hacerlo. Pon otra parte, ¿qué es lo que podría sucederte de malo, Dorian? Todo lo que un hom-bre puede desean en el mundo, lo tienes. No creo que haya nadie que no se cambiase de buena gana pon ti.
—No hay nadie con quien yo no me cambiaría, Hany. Note rías así. Te estoy diciendo la vendad. Ese infeliz aldeano que acaba de mo-rir es más feliz que yo. No es que yo tema la muerte. No; lo que me atena son sus preliminares. ¡ Sus alas monstruosas parecen agitarse en el aine pesado!...~Santo cielo! ¿No ves a un hombre escondido, allí, detrás de los árboles? ¡Me espía, me aguarda!...
Lord Henry miró en la dirección que indicaba la trémula mano enguantada.
—Sí, en efecto —dijo sonriendo -, allí veo al jardinero aguardándo-te. Supongo que querrá preguntarte qué flores pone esta noche en la mesa. ¡Qué desatados tienes hoy los nervios, querido! Debes in a con-sultan a mi médico, cuando regreses a Londres.
Dorian exhaló un suspiro de alivio al ver acencanse al jardinero. Este se llevó la mano al sombrero, miró un momento hacia Lord Hen-ry, pareció titubean, y, al fin, sacó una carta que tendió a Dorian.
—La señora duquesa me ha dicho que esperase la contestación —munmuró.
Dorian se guardó la carta en el bolsillo.
—Dile a la señora duquesa que allá voy —dijo fríamente.
El jardinero dio media vuelta y se alejó rápidamente en dirección a la casa.
—~Qué afición tienen las mujeres a hacen cosas arriesgadas! —ex-clamó riendo Lord Henry -. Es una de las cualidades que más admiro en ellas. Una mujer flirteará con quien sea, mientras la estén minando.
—~Y qué afición tienes tú a decir cosas arriesgadas, Hany! En este caso, pon ejemplo, vas completamente descaminado. Yo estimo mucho a la duquesa; peno no la quiero.
—Y la duquesa te quiere mucho; peno te estima menos. De modo que os equilibráis y haréis una excelente pareja.
—Eso ya entra en el terreno de la maledicencia, Hany, y la male-dicencia siempre carece de base.
—La base de toda maledicencia es una certidumbre inmoral —re-plicó Lord Henry, encendiendo un cigarrillo.
—Pon un epigrama sacrificarías a tu mejor amigo, Harry.
—La gente va al ara pon su propio pie —contestó Lord Henry.
—~Ojalá pudiese yo aman! -exclamó Dorian Gray, con acento hondamente patético —. Peno me parece haber pendido toda pasión, y olvidado el deseo. Estoy demasiado concentrado en mí mismo. Mi personalidad ha llegado a convertinse en una carga para mí. Necesito huir, irme lejos, olvidar. Ha sido una tontería al venin aquí. Voy a tele-grafiar a Harvey para que tenga preparado el yate. En un yate se está a salvo...
—~,A salvo de qué, Donan? Algo te pasa. ¿Pon qué no decírmelo? Bien sabes que te ayudaría en lo que fuese.
—No puedo decírtelo, Hany -contestó Dorian con tristeza -. Pon otra parte, es muy posible que todo sean aprensiones. Este desdichado accidente me ha trastornado. No sé pon qué, tengo el presentimiento de que algo parecido va a ocurrirme a mí.
—~Qué tontería!
—Así espero; peno no pon eso puedo dejar de sentirla. ¡Ah!, ahí viene la duquesa, semejante a Artemisa en traje sastre. Ya ve usted que hemos vuelto, duquesa.
—Sé todo lo ocurrido, Mn. Gray —contestó ella -. ¡Pobre Geoffrey! Está disgustadísimo. Y, según parece, usted le rogó que no tirase, ¿ven-dad? ¡Qué curioso!
—Sí, muy curioso. No sé pon qué se lo dije. Un capricho supongo. ¡Estaba tan graciosa, tan bonita, la liebre!... Siento que le hayan conta-do a usted el suceso. Es un tema de conversación lamentable.
—Aburridísimo —interrumpió Lord Henry -, no tiene el menor inte-rés psicológico. ¡Otra cosa sería si Geoffrey lo hubiese hecho a propó-sito! Me gustaría conocen a alguien que hubiese cometido un verdadero crimen.
—~ Qué horrores estás diciendo, Hany! —exclamó la duquesa -. ¿Vendad, Mn. Gray? ¡ Hany, Mn. Gray vuelve a sentir mal! ¡ Va a des-mayarse!
Dorian se rehizo, con un gran esfuerzo, y sonrió, murmurando:
—No es nada, duquesa. Los nervios, que andan un poco desquicia-dos. Simplemente... Me parece que anduve demasiado esta mañana... No oí lo que decía Hany. ¿Era algo malo? Ya me lo contará usted en otra ocasión... Quizás hiciera bien en in a acostarme. Ustedes me dis-pensarán, ¿vendad?
Habían llegado ante la gran escalinata que comunicaba al inver-nadero con la terraza.
Apenas se hubo cenado tras Dorian la puerta de cristales, Lord Henry se volvió hacia la duquesa, fijando en ella sus ojos adormilados.
—~,Estás muy enamorada de él? —preguntó.
Ella tardó unos instantes en contestan, absorta en la contempla-ción del paisaje.
—~ Me gustaría saberlo! -dijo al fin.
El sacudió la cabeza.
—El conocimiento seria fatal. La incertidumbre es lo que subyuga. La bruma hace parecen todo maravilloso.
—Peno puede hacerle penden a uno el camino.
—Todos los caminos conducen al mismo fin, mi querida Gladys.
—~Y es?
—La desilusión.
—Esa fue mi entrada en la vida —suspinó ella.
—Peno vino a ti coronada.
—Estoy cansada en las hojas de fresa (Adorno heráldico de las coronas ducales.)
—Te sientan bien.
—En público sólo.
—Las echarías de menos —advirtió Lord Hcnry.
—No pienso desprenderme ni de un solo pétalo.
—Monmouth tiene oídos.
—La vejez es un poco sonda.
—~,Nunca se ha sentido celoso?
—~Oj alá se hubiera sentido!
Lord Henry miró en torno suyo, pon el suelo, como buscando al-go.
—~,Qué buscas? —preguntó ella.
—El botón de tu florete —contestó él -. Se te ha caído.
La duquesa se echó a reír.
—Aún conservo la careta.
—Que presta mayor encanto a tus ojos —replicó él.
Ella rió de nuevo, mostrando los dientes, que semejaban las pe-pitas blancas de un fruto escarlata.
Arriba, en su cuarto, yacía Dorian Gray sobre un diván, temblan-do de miedo con todas las fibras de su cuerpo. La vida se había vuelto de pronto una carga demasiado pesada para él. La muerte espantosa de aquel infortunado ojeador, matado en el bosquecillo como un animal agreste, se le antojaba una prefiguración de su muerte. Poco te había faltado para desmayanse al oír lo que dijera Lord Hcnry bromeando un tanto cínicamente.
A eso de las cinco llamó al criado, y le dio orden de que tuviera listo el equipaje para el expreso de la noche, y de que estuviese el co-che enganchado a las ocho y media. Estaba resuelto a no pasan una noche más en Selby Royal. Era un lugar de mal agüero. La muerte rondaba pon él libremente, sin temen siquiera la luz del sol. La hierba del bosque había sido manchada de sangre.
Luego puso unas líneas a Lord Henry, diciéndole que se iba a Londres a consultan a su médico, y rogándole que hiciera los honores de la casa en su ausencia. Metiéndola estaba en el sobre cuando llama-ron ala puerta, y el ayuda de cámara le informó de que el ojeador ma-yor deseaba verle. Frunció el ceño y se mordió los labios.
-Que entre —dijo al cabo de unos momentos de duda.
Apenas entró el ojeador, sacó Dorian de un cajón de la mesa su libro de cheques y lo abrió.
—Supongo que vendrá usted con motivo del desgraciado accidente de esta mañana, ¿no es eso, Thornton? —preguntó, cogiendo una pluma.
—El señor lo ha dicho -contestó el guarda.
—~,Estaba casado el infeliz? ¿Tenía familia? —preguntó Dorian con aine de hastío -. Si es así, querría que no quedasen en la miseria, y estoy dispuesto a entregarles la cantidad que usted estime necesaria.
—El caso es que no sabemos quién es el muerto. Pon eso me he permitido venin a molestar al señor.
—~,Que no saben ustedes quién es? -dijo Dorian con indiferencia -. ¿Cómo es posible? ¿No te había tomado usted?
—No, señor. En mi vida le había visto. Más bien me parece que tiene aspecto de marinero.
La pluma resbaló de los dedos de Dorian, que sintió como si el corazón le cesase de latir súbitamente.
—~,De marinero? —gritó -. ¿Dice usted que de marinero?
—Sí, señor. Parece como si hubiera sido marinero. Tiene tatuados los brazos.
-~,Y no se le ha encontrado nada? —interrogó Dorian, inclinándose hacia adelante y clavando en el hombre los ojos anhelantes -. ¿Algo que nevelase su nombre?
—Un poco de dinero, nada más... No mucho; y un revólven de seis tinos. Peno nada que indicase su nombre. El aspecto no parecía malo; un poco ordinario, peno de persona decente. Un marinero seguramente.
Dorian se puso en pie de un salto. Una esperanza terrible se le ha-bía presentado; y él se aferraba a ella desesperadamente.
-~,Dónde está el cadáver? —preguntó con voz entrecortada. ¡Pron-to! Es preciso que yo lo vea enseguida.
—Está en uno de los establos vacíos de la granja. A nadie le gusta tener un cuerpo desconocido en su casa. Dicen que los muertos traen mala sombra.
—~,En la granja? Vaya usted inmediatamente, y espéneme allí. Di-ga usted al salin, a uno de los criados, que me ensillen, sin penden un minuto, el caballo... O no; déjelo usted. Mejor será que vaya yo mismo a la cuadra. Así ganaremos tiempo.
Menos de un cuarto de hora después bajaba Donan Gray a todo galope la extensa avenida. Los árboles parecían pasan junto a él en una procesión de espectros, y sombras extrañas venían a cortarle el camino. Una vez, la yegua se asustó de un poste pintado de blanco, y estuvo a punto de despedirle. El le cruzó el cuello con el látigo. Cortaban el aine de la noche como una flecha. La grava del camino volaba bajo sus cascos.
Al fin llegaron ala granja. Dos hombres vagabundeaban pon el patio. Saltando a tierra, le arrojó las riendas a uno. En el establo más apartado brillaba una luz. Algo pareció advertirle de que allí estaba el cuerpo. Precipitándose hacia la puerta, puso la mano en el cerrojo para desconenlo.
Vaciló entonces un momento, comprendiendo que estaba al bonde de un descubrimiento del que dependía su vida. Peno, reuniendo sus fuerzas, abrió la puerta y entró.
Sobre un montón de sacos vacíos, en un rincón del fondo, yacía el cadáver de un hombre, vestido con una camisa ordinaria y un pantalón azul. Un pañuelo todo sucio le cubría el rostro. A su lado chisporrotea-ba una vela de sebo sujeta en una botella.
Dorian Gray se estremeció. No sintiéndose capaz de levantar pon sí mismo el pañuelo, llamó a uno de los mozos de la granja para que lo hiciera.
—Quita eso. Quiero verle la cara —ordenó, buscando apoyo en el quicio de la puerta.
Cuando hubo hecho el mozo lo que le mandaban, Dorian dio un paso adelante. Un grito de alegría irrumpió en sus labios. ¡El hombre que habían matado en el bosquecillo era James Vane!
Permaneció todavía unos minutos contemplando el cadáver. Al regresar a la casa, tenía los ojos llenos de lágrimas. ¡Sabía que estaba salvado!
 
 
 

CAPITULO XIX

—No comprendo a qué viene el decirme que quienes volverte bue-no —exclamó Lord Henry, sumergiendo sus dedos blancos en un bol de cobre rojo lleno de agua de rosas- ¿No enes acaso, perfecto? Ten, pues, la bondadde no cambiar.
Donan Gray sacudió negativamente la cabeza.
—No, Hany; tú no sabes las maldades que llevo hechas en mi vi-da. He resuelto no hacen ninguna más. Ayer comencé mis buenas ac-ciones.
—~,Dónde estuviste ayer?
—En el campo, Hany; en una posada.
—Mi querido Donan —dijo Lord Henry sonriendo -; todo el mundo puede ser bueno en el campo, don de no se encuentra la menor tenta-ción. Esa es la causa de que la gente que habita fuera de las ciudades sea tan absolutamente incivilizada. La civilización no es, ni mucho menos, una cosa fácil de alcanzar. No hay más que dos caminos que lleven al hombre a ella. Uno, la cultura; otro, el vicio. La gente que vive en el campo no encuentra nunca ocasión de seguir ninguno de ellos, y tiene forzosamente que estancarse.
—Cultura y vicio —replicó Dorian- ambas cosas las he conocido. Y ha llegado a parecerme terrible que ambas vayan siempre unidas. Aho-ra tengo un nuevo ideal, Hany. Me dispongo a cambiar. Hasta me parece haber cambiado ya.
Todavía no me has dicho qué buena acción era ésa. ¿O es que has hecho más de una? —preguntó Lord Hcnry, sirviéndose una pequeña pirámide carmesí de fresas y espolvoneándolas de azúcar con una cu-chara agujereada, en forma de concha.
—Voy a contártela, Hany. Es una historia que sólo a ti me atreve-ría a contar... Tuve compasión de una mujer; eso es todo. Dicho así, no parece nada; peno tú comprendes lo que quiero decir. Era precia y se parecía de un modo increíble a Sibyl Vane. Acaso fuera esto lo que me atrajo primero en ella. ¿Te acuerdas de Sibyl? Qué lejos parece ya eso, ¿vendad?... Claro que Hetty no era una muchacha de nuestra clase, sino una simple chica del pueblo. Peno la quería de vendad. Sí, estoy seguro de que la quería. Durante todo este maravilloso mes de mayo que he-mos tenido, he estado yendo a verla dos o tres veces pon semana. Ayer nos encontramos en una huertecilla. Las flores de los manzanos se deshojaban sobre su cabeza, mientras ella reía. Lo habíamos arreglado todo para escaparnos juntos esta mañana, al amanecen. Súbitamente, decidí abandonarla, tan pura como la había encontrado.
—Supongo que la novedad de la emoción debió causarte un verda-dero placer, Dorian —interrumpió Lord Henry -. Peno puedo acaban tu idilio pon ti. Le diste bueno s consejos, y le destrozaste el corazón. Tal ha sido el comienzo de tu regeneración.
—~ Qué malo enes, Hany! No deberías decir mis cosas. El corazón de Hetty no se ha quedado destrozado, como tú supones. Claro que ha llorado; peno eso era inevitable. El caso es que no ha caído sobre ella ninguna deshonra. Puede vivir, como Pendita, en su jardín de menta y de caléndulas.
—Y llorar a su ingrato Florizel (Perdita y el principe Florizel de Bohemia, protagonistas del Cuento de in-vierno, de Shakespeare.) —agregó Lord Henry, riendo y re-costándose en su silla -. Mi querido Dorian, penmiteme que te diga que tienes las ocurrencias más infantiles del mundo. ¿Es que de buena fe crees que esa muchacha va a sentinse ya satisfecha con un galán de su clase? Es de suponen que un día u otro acabará pon casanse con un rudo carretero, o un labriego cazurro. Peno el hecho de haberte conocido y amado la enseñará a despreciar a su marido, y será desgraciada. Desde un punto de vista puramente moral, no puedo aprobar con demasiado calor tu gran sacrificio. Hasta como comienzo es un tanto pobre. Ade-más, ¿quién te dice que a estas horas no está Hefty flotando en alguna alberca iluminada pon las estrellas, rodeada de nenúfares, como Ofelia?
—~ Enes insoportable, Harry! Te burlas de todo, y encima le sugie-res a uno las tragedias más horribles. Siento ya habértelo contado. Y me tiene sin cuidado lo que puedas decirme. Sé que hice bien en hacen lo que hice. ¡Pobre Hetty! AI pasan esta mañana a caballo pon delante de la granja vi su carita blanca asomada a la ventana, como un ramo de jazmines. Bueno, no hablemos más de ello, ni trates de convencerme de que la primera buena acción que he cometido en mi vida, el primer asomo de sacrificio que he tenido desde hace una porción de años, es casi un pecado. Quiero ser mejor. Y lo seré... Cuéntame, ahora, algo de ti. ¿Qué novedades hay? Hace días que no voy pon el club.
—La gente continúa hablando de la desaparición del pobre Basil.
—Creí que ya se habrían cansado del tema —dijo Dorian, sirvién-dose vino y frunciendo el ceño levemente.
—~Peno, hijo mío, si no llevan hablando de el más que seis sema-nas! El público inglés no tiene la fuerza mental necesaria pana soportar más de un tema de conversación cada tres meses. Sin embargo, en estos últimos tiempos han tenido demasiada suerte. Primero, mi divor-cio y, luego, el suicidio de Alan Campbell. Y, pon si fuera poco, se encuentran ahora con la misteriosa desaparición de un artista. En Sco-tland Yard siguen empeñados en que el individuo del ulster gris que salió para París el 9 de noviembre en el tren de la noche era el pobre Basil; peno la policía francesa afirma rotundamente que Basil no llegó a París. Espero que dentro de quince días nos dirán que le han visto en San Francisco de California. Es curioso, peno todos los desaparecidos acaban pon ser vistos en San Francisco. Debe ser una ciudad encanta-dora y poseen todas las atracciones del mundo futuro.
—~,Y tú, qué crees que ha sucedido a Basil? —preguntó Donan, contemplando al trasluz su copa de Borgoña, asombrado él mismo de poden hablan de aquel asunto tan tranquilamente.
—No tengo la menor idea. Si Basil prefiere ocultarse, allá él. Si ha muerto, prefiero a mi vez no pensar en ello. La muerte es la única cosa que me atena. La detesto.
—~,Pon qué? —interrogó Dorian perezosamente.
—Pues porque, hoy día, se puede sobrevivir a todo, menos a ella —dijo Lord Henry, oliendo una cajita de sales y dejándola de nuevo sobre la mesa -. La muerte y la vulgaridad son los únicos hechos, en el siglo XIX, que no pueden explicanse. Vamos a toman el café en la sala de música, Donan. Tienes que tocarme algo de Chopin. El individuo con el que se escapó mi mujer tocaba Chopin deliciosamente. ¡Pobre Victoria! Yo la quería mucho. Sin ella, la casa parece desierta. Claro que la vida conyugal no es más que una costumbre; una mala costum-bre. Peno hasta las peones costumbres siente uno perderlas. Sí, acaso sean las que más se echan de menos. ¡Son una parte tan esencial de nuestra personalidad!
Donan no dijo nada; peno, levantándose de la mesa, pasó al apo-sento contiguo y se sentó al piano, dejando errar los dedos sobre el marfil blanco y negro de las teclas. Cuando hubieron traído el café se detuvo y, volviéndose hacia Lord Henry, le dijo:
—~,No has pensado nunca, Harry, que acaso Basil fuera asesinado?
Lord Henry bostezó.
—Basil era muy conocido, y llevaba siempre un reloj Waterbury (Ciudad industrial del estado de Connecticut (Estados Unidos). Gran manu-factura de relojes baratos.) ¿A qué santo le iban a asesinar? No era lo bastante inteligente para tener enemigos. Lo que no quiere decir que no fuera un genio en la pintura. Peno un hombre puede pintar como Velázquez y ser un com-pleto majadero. Basil era un tanto insípido. Sólo una vez consiguió interesarme, y fue cuando me dijo, hace ya años, que sentía pon tí una verdadera idolatría y que tú eras el motivo dominante de su arte.
—Yo también lo quise mucho a él —respondió Dorian, con una nota de tristeza en la voz -. Peno ¿no se dice pon ahí nada de haber sido asesinado?
—Claro que algunos periódicos lo dicen. Peno no me parece ni re-motamente probable. Ya sé que en París hay algunos antros peligrosos, peno no creo que Basil fuera hombre capaz de haber ido a ninguno de ellos. No tenía la menor curiosidad. Era su principal defecto.
—~,Qué dirías tú, Hany, si yo declarase que he asesinado a Basil?
—dijo Dorian, minándole fijamente.
—Pues diría que la tal actitud no te sentaba bien, querido Dorian. Todo crimen es vulgar; lo mismo que toda vulgaridad es crimen. No, no enes tú hombre para cometen un asesinato. Sentiría lastimar tu vani-dad con esta afirmación, peno la tengo pon exacta. El crimen pertenece exclusivamente a las clases inferiores. Cosa que yo no les echo en cara lo más mínimo. Supongo que el crimen es para ellos lo que pana noso-tros el arte: un método, simplemente, de procurarnos sensaciones ex-traordinarias.
-LUn método de procuranse sensaciones? ¿Crees, entonces, que el que ha cometido un crimen podría cometen otros? ¿Simplemente pon gusto?
-~Oh!, todo lo que se hace muy a menudo llega a convertinse en placer -exclamó Lord Henry, riendo -. Este es uno de los secretos más importantes de la vida. No obstante, me atrevería casi a asegurar que el asesinato es un error. Jamás debería de hacerse nada de que no se pu-diera hablan de sobremesa. Peno dejemos al pobre Basil. ¡Ojalá pudiese yo creen que ha tenido un fin tan novelesco como el que tú sugieres! Peló, realmente, no me es posible. Más bien estoy pon decir que se cayó al Sena, desde un ómnibus, y que el conductor lo calló, pana evi-tar el escándalo. Sí; ése debe haber sido su fin. Desde aquí lo estoy viendo, tendido bajo aquellas aguas verdosas y opacas, con los cabellos entrelazados de hierbajos, y las barcazas pasando pon encima... Pon otra parte, te diré que no creo que hubiera pintado ya gran cosa. En estos últimos diez años había pendido mucho.
Dorian exhaló un suspiro, y Lord Henry, atravesando la estancia, fue a nascarle la cabeza a una gran cacatúa de Java, de plumas grises, con la cresta y la cola rosadas, que se balanceaba sobre una pencha de bambú. Apenas la tocaron los dedos dejó caen la blanca telilla de sus párpados arrugados y empezó a columpianse atrás y adelante.
—Sí —continuó Lord Henry, volviéndose y sacando el pañuelo del bolsillo -, había pendido mucho. Como que me hacía la impresión de haber, pendido su ideal. Desde el momento en que tú y él dejasteis de ser amigos íntimos, dejó él de ser un gran artista. ¿A qué obedeció aquel alejamiento? Supongo que a aburrimiento tuyo, ¿vendad? En ese caso no ha debido pendonártelo. Es la costumbre de las personas lato-sas. Y, a propósito, ¿qué fue de aquel maravilloso retrato que te hizo? Me parece que, desde que lo terminó, no he vuelto a verlo. ¡Ah!, sí, recuerdo que hace años me dijiste que lo habías enviado a Selby, y que en el camino se había pendido o lo habían robado. ¿No has vuelto a saber de él? ¡Lástima grande! Era una obra maestra. Recuerdo que quise comprarlo. ¡Ojalá lo hubiese hecho! Pertenecía a la mejor época de Basil. Desde entonces, toda su obra fue esa curiosa mezcla de mala pintura y buenas intenciones, que permite a un hombre ser llamado un artista inglés representativo. ¿No pusiste ningún anuncio? Deberías haberlo hecho.
—No sé —replicó Dorian -. Supongo que así lo haría. Peno nunca fue de mi agrado ese retrato. Y siento haber posado para él. Hasta recordarlo me molesta. ¿A qué hablar de ello? Siempre me traía a la memoria aquellos extraños versos.., de Hamlet, me parece... que dicen:

Like the painting of a sorrow,
Aface without a heart...
(“Como la pintura de un dolor, una faz sin corazón”. Hamlet Acto IV, escena VII.)

Sí, eso parecía.
Lord Henry se echó a reír.
—Cuando un hombre trata la vida artísticamente, su cerebro es su corazón -contestó, sumergiéndose en un sillón.
Dorian Gray movió la cabeza dubitativamente y ejecutó algunos acordes en el piano, repitiendo entre dientes:
—Like the painting of a sorrow, afase without a heart..

Lord Henry se necostó en el sillón y le miró con los ojos entorna-dos.
—Entre paréntesis, Dorian —dijo al cabo de unos momentos —, ,de que le sirve a un hombre ganan el mundo entero, si pierde -~,cómo era la cita? Sí, eso es -; si pierde su propia alma?”
Dorian tuvo un estremecimiento, dio unas cuantas notas falsas y, volviéndose, miró fijamente a su amigo.
—~,Pon qué me preguntas eso, Hany?
—~,Que pon qué te lo pregunto? -dijo Lord Henry, levantando las cejas con aine de sorpresa -. Pues porque creí que podrías contestarme. Simplemente. El domingo pasado me fui a dar una vuelta pon el Par-que, cuando, junto a Marble Arch, me encontré con un grupo de gente desarrapada escuchando a uno de esos predicadores callejeros. Al pasar oí gritar a aquel energúmeno la pregunta citada. Me causó una impre-sión bastante dramática, Londres es muy rico en defectos de este géne-ro. Un domingo lluvioso, un cristiano zafio en impermeable, un cono de canas pálidas y enfermizas al abrigo de unos paraguas chorreando agua, y una frase maravillosa lanzada al viento pon unos labios histéri-cos; no me negarás que, en su género, el espectáculo era bastante su-gestivo. Estuve a punto de decirle a aquel profeta que el Arte tenía alma, peno no el hombre. Temo, sin embargo, que no me hubiese com-prendido.
—No, Hany. El alma es una terrible realidad. Puede ser comprada, y vendida, y malbaratada. Puede ser emponzoñada o perfeccionada. En todos nosotros hay un alma. Yo lo sé.
—~,Estás muy seguro de ello, querido Dorian?
-Completamente seguro.
—~Ah!, entonces no cabe duda de que es una ilusión. Las cosas de que uno está absolutamente seguro nunca son ciertas. Tal es la fatali-dad de la Fe, y la lección de la Novela... ¡Qué serio estás! No te pongas tan grave. ¿Qué tenemos que ver tú ni yo con las supersticiones de nuestra época? No; nosotros nos hemos desembarazado de la creencia en el alma... Toca algo. Un nocturno, Dorian, y, mientras tocas, dime, en voz muy baja, cómo has conseguido conservan tu juventud. Debes de tener algún secreto. Yo no te llevo más que diez años, y estoy arru-gado, y gastado, y amarillo. Realmente enes algo maravilloso, Donan. Nunca te he visto mejor que esta noche. Me haces recordar el primer día en que te vi. Parecías casi un niño, tímido y caprichoso al mismo tiempo, absolutamente extraordinario. Claro que, desde entonces, has cambiado; peno no en la apariencia. Anda, dime tu secreto. Pana reco-brar mi juventud, no hay nada en el mundo que yo no fuera capaz de hacen, menos levantarme temprano, hacen ejercicio o parecen respetable. ¡Juventud, juventud! Nada hay como ella. Es absurdo hablar de la ignorancia de la juventud. Las únicas personas cuyas opiniones escu-cho ahora con algún respeto, son mucho más jóvenes que yo. Parecen precederme. La vida les ha revelado su última maravilla. En cambio, a los viejos, siempre les contradigo. Lo hago ya sistemáticamente. Si, pon casualidad, se le ocurre a uno preguntarles su opinión sobre algo sucedido el día antes, contestan siempre solemnemente lo que se pen-saba en 1820, cuando la gente llevaba aún calzón corto, creía en todo y no sabía absolutamente nada... ¡Qué delicioso es eso que estás tocando! Acaso lo escribiera Chopin en Mallorca, con el man gimiendo en torno de la casa y la salada espuma salpicando los cristales. Es de un roman-ticismo maravilloso. ¡Qué felicidad que nos quede un arte que no sea imitativo! No te detengas. Continúa. Necesito oír música esta noche. Me parece como si tú fueras Apolo adolescente, y yo Marsyas escu-chándote. Me siento triste, Dorian. Tristezas que ni tú mismo conoces. La tragedia de la vejez no es ser viejo, sino continuar siendo joven. A veces hasta me asusto de mi sinceridad. ¡Ah Dorian, qué dichoso enes! ¡Qué vida deliciosa la tuya! Tú has bebido hasta saciarte de todos los vinos, y has estrujado contra tu paladar las uvas maduras. Nada te ha permanecido oculto. Y todo ha sido para ti como el sonar de la música. Nada logró hacerte daño. Siempre enes el mimo.
—No soy el mismo, Hany.
—Sí; enes el mismo. ¿Cómo será ya el resto de tu vida? No la eches a penden con sacrificios ni renunciaciones. Actualmente enes un ser perfecto. No te limites ni mutiles. Puede decirse que no tienes una sola tacha. Sí; no muevas la cabeza, de sobra lo sabes. Sin embargo, Dorian, no vayas a engañarte. La vida no la gobiernan ni la voluntad ni la intención. La vida es una cuestión de nervios, de fibras, de células lentamente construidas, en que el pensamiento se esconde y la pasión tiene sus sueños. Tú puedes creerte en salvo e imaginarte fuerte. Peno yo te digo, Donan, que nuestra vida depende de una porción de peque-ñas cosas a las que, aparentemente, no concedemos importancia. ¡Qué sé yo! De un tono de colon en una habitación, de un ciclo matinal, de un perfume particular que en un tiempo quisimos y que nos trae consi-go recuerdos inefables, de un verso, de un poema olvidado que leímos casualmente, de una frase musical que ya hemos dejado de tocar... Browning ha escrito algo sobre esto; peno nuestros sentidos bastan a comprenderlo. Hay momentos en que el aroma de las lilas blancas me penetra de pronto, haciéndome revivir el mes más extraño de mi exis-tencia. ¡Ojalá pudiera yo cambiarme pon ti, Dorian! El mundo ha voci-ferado contra nosotros dos, peno siempre te ha adorado. Tú enes el arquetipo que busca nuestra época, y que teme haber encontrado. No sabes cuánto me alegro de que nunca hayas hecho nada, ni modelado una estatua, ni pintado un cuadro, ni producido otra cosa que a ti mis-mo. La vida ha sido tu arte. Tú te has puesto a ti mismo en música. Tus días son tus sonetos.
Dorian se levantó del piano, y, pasándose la mano pon los cabe-llos, murmunó:
—Sí, la vida fue deliciosa; peno no puedo vivir ya la misma vida, Hany. Y tú no debes decirme esas extravagancias. Tú no sabes todo de mí. Me parece que, si lo supieras, te apartarías de mí. ¿Te ríes? No, no te rías.
—~,Ponqué has dejado de tocar, Dorian? Continúa y repite ese nocturno. Mina esa gran luna de colon tse miel que pende en el aine obscuro. Está aguardando que tú la hechices, y si tocas, verás cómo se acerca más a la tierra. ¿No quienes? Vamos, entonces, al club. Ha sido una velada deliciosa y debemos terminarla deliciosamente. Hay una persona en el White que tiene mucho interés en conocerte: Lord Poole, el hijo mayor de Bournemouth. Ya te ha copiado las corbatas, y me ha pedido que le presente a ti. Es un muchacho encantador, que me re-cuerda bastante a ti hace años.
—Espero que no -dijo Dorian, con una expresión de tristeza en los ojos -. Peno me siento cansado esta noche, Hany. Prefiero no in al club. Son casi las once y desearía acotarme temprano.
Como quieras. Nunca has tocado tan bien como esta noche. Ha sido algo maravilloso; con una expresión que no te conocía.
—Es porque me dispongo a ser bueno -contestó él sonriendo -. Me encuentro ya un poco cambiado.
—Tú no puedes cambiar pana mí Donan -dijo Lord Henry -. Tú y yo siempre seremos amigos.
—Sin embargo, tú fuiste quien me envenenó hace tiempo con un libro. No debería pendonártelo. Prométeme que no prestarás ya a nadie ese libro, Hany. Es pernicioso.
—Veo, querido Dorian, que estás ya empezando a moralizar. Pronto irás pon esos mundos, como los convertido y lo predicadores, poniendo en guardia ala gente contra aquellos pecados de que ya estás harto. Peno tú enes demasiado sutil para imitarles. Además, sería inútil. Tú y yo somos lo que somos, y seremos lo que seremos. En cuanto a lo de ser envenenado pon un libro, permíteme que te diga que no hay tal cosa. El arte no tiene la menor influencia sobre las acciones. Anula el deseo de obrar. Es magníficamente estéril. Los libros que el mundo llama inmorales, son libros que le muestran su propia vergüenza. Sim-plemente. Peno no discutamos de literatura. Ven mañana a buscarme. Saldré a dar una vuelta a caballo a las once. Podemos pasear juntos, y luego te llevaré a comen con Lady Bnanksome. Es una mujer encanta-dora, y desea consultarte sobre unos tapices que piensa compran. No te olvides de venin. ¿0 prefieres que comamos con nuestra duquesita? Dice que ahora apenas te ve. ¿O es que te has cansado ya de Gladys? Lo esperaba. Habla demasiado, y demasiado bien. Tanto ingenio acaba pon atacarle a uno los nervios. Bueno, sea lo que sea, procura estar aquí a las once.
—c,Te parece imprescindible que venga?
—Naturalmente que sí. El Parque está ahora delicioso. No creo que haya habido unas lilas tan hermosas desde el año en que te conocí.
—Perfectamente. Aquí estaré a las once -dijo Donan - Buenas no-ches, Hany.
Al llegar a la puerta titubeó un momento, como si tuviera algo más que decir. Luego suspinó, y se fue.
 
 
 

CAPITULO XX

Hacía una noche deliciosa, tan tibia, que llevaba el gabán al brazo y ni siquiera se puso al cuello su toquilla de seda. Se dirigía hacia su casa, fumando un cigarrillo, cuando pasaron junto a él dos jóvenes en un traje de soirée. Oyó como uno de ellos susurraba al otro:
-Es Dorian Gray.
Recordó cuánto le complacía antes que le señalasen al pasan, o le minasen curiosamente, o hablaran de él. Peno, ahora, hasta oír pronun-ciar su nombre le cansaba. La mitad del encanto de la aldea que tanto frecuentara en aquellos últimos tiempos, era que nadie sabía quién era. Muchas veces le había dicho a aquella pobre muchacha de quien se hiciera querer que era pobre, y ella le había creído. Una vez le dijo que era malo, y ella se echó a reír, y le contestó que los hombres malos eran siempre muy viejos y muy feos. ¡Qué risa la suya! Hubiénase dicho el canto de un tondo. ¡Y qué bonita estaba con su trajecito de percal y su enorme pamela! Ella no sabía nada; peno, en cambio, tenía todo lo que él había pendido.
Cuando llegó a su casa, encontró a su criado esperándole. Lo en-vió a acostar y se echó sobre el diván de la biblioteca, poniéndose a meditar en algunas de las cosas que Lord Henry le había dicho.
¿Sería cierto, realmente, que nadie puede cambiar? Sintió un anhelar frenético de la inmaculada pureza de su infancia, su infancia blanca y rosada, como Lord Henry la llamana en una ocasión. Sabía que él mismo la había empañado, llenando su espíritu de corrupción, y de honor su pensamiento; que había sido una influencia nociva en los demás, experimentando una terrible complacencia en ser así, y que de las vidas que se cruzaran con la suya habían sido precisamente las más nobles y llenas de promesas las que había llevado a la vergüenza y la ruina. Peno, ¿sería irreparable todo aquello? ¿No habría para él ninguna esperanza?
¡Ah!, en qué monstruoso momento de exaltación y de orgullo ha-bía implorado que el retrato llevase el peso de sus días, conservando él en cambio el inmaculado esplendor de su juventud eterna. Toda su catástrofe provenía de aquello. Mejor hubiera sido para él que cada pecado de su vida hubiese traído consigo su pena segura e inmediata. El castigo es una purificación. No “pendónanos nuestros pecados”, sino “castíganos pon nuestras iniquidades”, debería ser la plegaría del hom-bre a un Dios justo.
El espejo cincelado que Lord Henry le negalara hacía ya tantos años, yacía sobre la mesa, y los blancos amorcillos de marfil juguetea-ban entorno de la luna como antaño. Lo cogió, como hiciera aquella noche de espanto, cuando observó pon vez primera el cambio del re-trato fatal, y con los ojos nublados pon las lágrimas se contempló en su óvalo azogado. Una vez, una persona que le había amado con locura le había escrito una carta absurda, que terminaba con estas palabras de idolatría: !?El mundo ha cambiado pon estar hecho tú de marfil y de oro. La línea de tus labios escribe de nuevo la historia!?. La frase volvió a su memoria, y una y otra vez se la repitió a sí mismo. De pronto sintió asco de su belleza, y arrojando a tierra el espejo, lo desmenuzó en añicos de cristal y plata bajo sus talones. Su belleza había sido lo que arruinara su vida; su belleza y la juventud implorada. Si no hubiera sido pon ambas cosas, su vida se habría visto libre de toda mácula. Su belleza sólo había sido para él una máscara, y su juventud una irrisión. ¿Qué era, al fin y al cabo, la juventud? Un tiempo acerbo y prematuro, de superficialidad y pensamientos malsanos. ¿Pon qué había querido él llevan su librea? La juventud le había pendido.
Más valía no pensar en el pasado. Nada podía ya cambiarlo. Era en sí mismo, en su propio futuro, en lo que debía pensar: James Vane yacía entenado en una tumba anónima del cementerio de Selby. Alan Campbell se había suicidado una noche en su laboratorio, peno sin revelan el secreto que se viera obligado a conocen. La emoción que había suscitado la desaparición de Basil Hallward no tardaría en cal-marse. Ya iba en descenso. Pon esta parte no tenía nada que temen. Ni, realmente, era la muerte de Basil Hallwand el peso mayor que llevaba sobre su espíritu. La muerte en vida de su propia alma, es lo que le preocupaba. Basil había pintado el retrato que anuinara su vida. El no podía pendonárselo. El retrato era la causa de todo. Basil le había dicho cosas intolerables y, sin embargo, él las había tolerado pacientemente. El crimen había sido una simple demencia del momento. Y pon lo que se refería a Alan Campbell, si se había suicidado, es porque así lo había querido. ¿Qué tenía él que ver con aquello? El no era responsable.
¡Una vida nueva! A esto aspiraba. Esto era lo que él aguardaba. Seguramente ya la había empezado. Pon lo menos acababa de salvar a un ser inocente. Nunca más volvería a tentar a la inocencia. Quería ser bueno.
Pensando en Hefty Merton, se le ocurrió preguntarse si el retrato habría experimentado algún cambio. ¿Habría pendido ya algo de su honor? Acaso, si su vida se volvía pura, podría esperar que todas las huellas de las malas pasiones llegaran a bonarse de aquel rostro. Qui-zás ya habían empezado a desaparecen. Iría a verlo.
Cogió la lámpara de la mesa y subió cautelosamente la escalera. Mientras abría la puerta, una sonrisa de satisfacción cruzó su rostro juvenil, demonándose un momento en sus labias. Sí, sería bueno; y aquella cosa abominable que había escondido dejaría de ser para él un objeto de espanto. Sintió se ya como aliviado del peso.
Entró despacio, cenando tras de sí la puerta, como era su costum-bre, y descorrió la cortina de púrpura que cubría el retrato. Un grito de dolor y de indignación se escapó de sus labios. No veía ningún cambio, a no ser en los ojos cierta expresión taimada, y en la boca la blanda crispatuna del hipócrita. El rostro continuaba repugnante —más repug-nante aun si cabe -, y el rocío escarlata que manchaba la mano parecía más brillante, más como sangre recién derramada. Empezó a temblar. ¿Habría sido, simplemente, la vanidad lo que le indujera a cometen su buena acción? ¿O el deseo de una sensación nueva, como indicara Lord Henry con su risita burlona? ¿O esa afición a representan papeles que a veces nos impulsa a hacen cosas superiores a nosotros? ¿O, aca-so, todo ello junto? Y ¿pon qué se vela mayor que antes la mancha roja? Parecía haberse desarrollado como una horrible enfermedad so-bre los dedos engarfiados. Y en los pies de la imagen habla sangre, como si ésta hubiese goteado, y sangre también en la mano que no había empuñado el cuchillo... ¿Confesar su crimen? ¿Querría decir aquello que iba a confesar? ¿Entregarse, para ser condenado a muerte? Se echó a reír. La idea sólo era monstruosa. Además, aunque él confe-sana, ¿quién hubiera podido creerle? Del hombre asesinado no quedaba el menor rastro. Todo lo que le pertenecía había sido destruido. El mismo lo había quemado. La gente diría, simplemente, que se había vuelto loco. Y le recluirían, si se empeñaba en su historia... No obs-tante, su deben era confesar, sufrir la vergüenza pública y hacen peni-tencia a los ojos de todos. Había un Dios que exhortaba a los hombres a decir sus pecados, lo mismo en la tierra que en el ciclo. Hasta que hubiese dicho su crimen, nada podría purificanle... ¿Su crimen? Se encogió de hombros. La muerte de Basil Hallwand le parecía una cosa sin importancia. El pensaba ahora en Hefty Merton. Pues aquel espejo de su alma que tenía delante, era un espejo injusto. ¿Vanidad? ¿Curio-sidad? ¿hipocresía? ¿No había habido otra cosa que aquello en su sacri-ficio? No; algo más había habido. Pon lo menos, así lo creía él. Peno ¿quién hubiera podido decirlo?... No. No había habido nada más. Pon vanidad había renunciado a ella. Pon hipocresía, se había colocado la careta de la bondad. Pon curiosidad había intentado aquel sacrificio. Ahora se daba cuenta de ello.
Peno aquel asesinato... ¿iría a perseguirle toda la vida? ¿Iría siem-pre a verse con su pasado a cuestas? ¿O se decidiría, realmente, pon confesar? ¡Nunca! Sólo una prueba podía haber contra él, y era el re-trato. El lo destruiría. ¿Cómo se le habría ocurrido conservarlo tanto tiempo? Al principio le interesaba ver cómo iba cambiando y enveje-ciendo. Peno hacía ya años que no le proporcionaba semejante placer. Al contrario, muchas noches el pensar en el le mantenía despierto. Cuando estaba fuera, el temor de que otros ojos que los suyos pudieran verlo, te llenaba de espanto. El había teñido de hipocondría sus pasio-nes. Su simple recuerdo le había echado a penden muchos momentos de alegría. Había sido para él algo semejante a la conciencia. Sí; la con-ciencia realmente. Peno él la destruiría. Minando en torno suyo vio el cuchillo con que habla apuñalado a Basil Hallward. Lo había limpiado tantas veces, que no quedaba en él la menor huella de sangre. Estaba bruñido y resplandeciente. Del mismo modo que matara al pintor, así mataría su obra y todo lo que significaba. ¡Mataría el pasado; y cuando éste estuviera muerto, él se vería libre! ¡Mataría aquella imagen mons-truosa del alma, y lejos de sus odiosas advertencias, recobraría el so-siego! Levantando el brazo, armado con el cuchillo, lo descargó sobre el lienzo.
Se oyeron un grito y un crujido. El grito the tan horrible en su agonía, que los criados despertaron sobresaltados y salieron de sus cuartos. Dos transeúntes, que pasaban por la plaza, se detuvieron a mirar la casa. Luego, siguieron hasta encontrar un policía y lo trajeron consigo. El policía llamó repetidamente ala puerta, sin que nadie le conte stara. Excepto una luz que brillaba en una de las últimas ventanas, toda la casa estaba a obscuras. Al cabo de un rato se retiró a un portal cercano, desde el cual quedó vigilando.
—~,De quién es esta casa? —preguntó el caballero de más edad.
—De Mr. Donan Gray —contestó el policía.
Los dos transeúntes se miraron uno a otro, y se alejaron sonriendo sarcásticamente. Uno de ellos era el tío de Sir Henry Ashton.
Dentro, en las habitaciones de la servidumbre, los criados, a me-dio vestir, cuchicheaban entre sí. La anciana Mrs. Leaf sollozaba, re-torciéndose las manos. Francis estaba pálido como un muerto.
Al cabo de un cuarto de hora, el ayuda de cámara reunió al coche-ro y a uno de los lacayos, y subió con ellos por la escalera.
Al llegar arriba llamaron a la puerta, sin obtener respuesta. Grita-ron entonces. Todo continuó en silencio. Al fin, después de tratar inú-tilmente de forzar la puerta, salieron al tejado y se descolgaron al balcón. Las maderas cedieron sin dificultad; la falleba esta comida de herrumbe.
Al entrar se encontraron, colgado del muro, un soberbio retrato de su amo, tal como le habían visto por última vez, en todo el esplendor de su juventud y su belleza. Caído en el suelo, había un hombre muer-to, vestido de etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón. Era un hombre caduco, arrugado y de rostro repulsivo hasta que se fijaron en las sortijas que llevaba no pudieron identificarle.

FIN
 


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