El erudito budista ve hoy el
budismo en su marco, y no ya como si fuera algo enteramente nuevo y casi extraño
a la weltanschauung india; el hecho de que el budismo se vea ahora como
habiendo sido mucho menos heterodoxo de lo que se pensó una vez, es en gran
medida el resultado de la obra de Mrs. Rhys Davids. Y esto es un gran servicio.
Al mismo tiempo, ello provoca la curiosa reflexión de que la sospechosa
popularidad del «budismo» en Europa, se ha estado apoyando en una entera
incomprensión de lo que el budismo era realmente. De hecho, la enseñanza no era
más «mansa o dulce» que la de Jesús, y como la de Jesús estaba en oposición
radical a nuestro individualismo moderno, y a nuestro interés en la
«supervivencia de la “personalidad”». Si hay algo que el Buddha no es, es un «humanista».
El cambio de Mrs. Rhys
Davids se ha dado sobre todo en su interpretación de anatt. Yo estoy sinceramente de acuerdo con su punto de vista, recientemente
expresado en JRAS., 1937, p. 259, de
que el Buddha daba por hecho el tman[2], punto de vista que se
afirma más plenamente en el original
gospel, p. 39, «Es quizás deplorable, que en nuestra traducción de la
palabra tman, att, nosotros no hayamos usado persistente y conscientemente, no alma o sí
mismo, sino espíritu. Puesto que, tanto en la palabra espíritu como en el
término indio tman, se da la asociación con
“soplo”». Sin embargo, debe decirse que el espíritu es también la esencia (esse, el «ser» en tanto que se distingue
de los «accidentes» del ser) de la persona, y así, su sí mismo verdadero o
real, en tanto que se distingue del ego empírico (propium[3], aha× ca
mama ca; mamyita
en Suttanipata 367); y es por esta razón,
y debido a la validez de nuestra consciencia de ser (independientemente de la
invalidez de nuestra convicción de ser fulano), por lo que tman,
en uso reflexivo (raro en ôg Veda Sa×hit y también, en el nominativo,
en pli)
adquiere el significado general de «uno mismo». En otros usos que no sean el
reflexivo, las objeciones fatales al uso de «Sí mismo» (incluso con mayúscula)
son dos, a saber, (1ª) que se ignora el concepto básico de «espiración», y (2ª)
que, en inglés y en español, es casi imposible hacer un uso de la palabra «sí
mismo» sin la implicación de un ego o de una «egoidad», puesto que el «lector
de segunda mano», como dice Mrs. Rhys Davids, piensa sólo en «su sí mismo
actualmente presente» (¡el único sí mismo en el que puede creer el natthika!).
Por consiguiente, el
significado pleno de tman es «sí mismo espiritual».
Si ha de usarse sólo una palabra, es mucho mejor decir «espíritu» que «sí
mismo», por las razones que se dan arriba y porque esta traducción muestra la
equivalencia de la doctrina india del tman
y de la doctrina cristiana del Espíritu Santo (Sanctus Spiritus), de la
doctrina griega del pneuma, de la
doctrina árabe del ruú, etc., y así,
probablemente, haría más que ningún
otro cambio, en nuestros hábitos de traducción, para rectificar las
malinterpretaciones corrientes de las enseñanzas indias. En cualquier caso, es
muy indeseable una traducción de tman
por «alma» (hay traductores del pli que han traducido
acertadamente nma
o viññna,
en nmarèpa y saviññna-kya,
por «alma»), puesto que de lo que el mukta
indio está liberado es tanto del cuerpo físico como de todo lo que se entiende
por la «psique» en nuestra «psicología». Aún mucho menos puede traducirse tman
por «cuerpo» (a no ser en contextos muy excepcionales[4])
puesto que, en el uso reflexivo, lo que se entiende es la totalidad de la
persona, constituida de «cuerpo, alma y espíritu».
Así pues, Mrs. Rhys Davids
traduce (como también yo lo he hecho) las últimas palabras del Buddha por «Sed
tales que tengáis al Espíritu como vuestra lámpara (atta-d´p, parafraseado en Suttanipata 501), al Espíritu como vuestro refugio», cf. Maitri Upani·ad VI.30 «Quien como su
lámpara mora en el corazón»[5].
La negación budista de att es siempre exclusiva, y
nunca inclusiva: el error de las muchedumbres inenseñadas (puthujana) consiste ciertamente en el engaño de que hay «att en lo que-no-es-att» (anattani… att, Anguttara
Nikya
II.52), es decir, en el cuerpo o en el alma (Sa×yutta Nikya
III.130)[6],
pero es igualmente un error considerar al arhat
como aniquilado (D´gha Nikya II.68, etc.). Es al cierre
de los pasajes donde se analiza el «alma-y-cuerpo» (nma-rèpa,
saviññna-kaya) donde aparece repetidamente la expresión, na me so att, «Esto no es mi Sí mismo verdadero», es decir, «no
es mi ser verdadero y espiritual, sino sólo un vehículo temporal de él» (en la
bien conocida parábola del carro, nunca se dice que no hay ningún auriga, sino
sólo que el «carro» es un compuesto inestable, desprovisto de toda entidad
real)[7].
Y, difícilmente podría haberse indicado más rotundamente que hay un att, que por este mismo na me so att (donde el énfasis se pone
precisamente en el so); por otra
parte, con rèpam… viññnam… n’eso’ham asmi n’etam me (Sa×yutta Nikya I.112) «El cuerpo y el
alma, eso no es mi sí mismo, ellos no son míos», el Buddha no está negando,
ciertamente, un «mí mismo real», sino que sólo lo está definiendo por la
exclusión de sus accidentes, de la misma manera que el que niega que «yo soy
esto» (aham ayam asmi, Sa×yutta Nikya III.130), aunque, sin
embargo, «es» (atthi, Milindapañha 73). El ser perfeccionado,
todo en acto (kata× karaöiyam = k¨tak¨tyaú), es insusceptible de todo
excepto de una definición negativa; y así, por ejemplo, el arhat es innominado (Suttanipata 1176), indescubrible (Sa×yutta Nikya I.23), inconnumerable (na upeti saºkham,
Suttanipata 1074)[8],
y ya no hay para él más «talidad» (nparam itthatya).
El hombre tiene dos «sí
mismos», los cuales pueden estar en guerra uno con otro (Bhagavad G´t VI.5-7 y Sa×yutta Nikya I.91-92), de los cuales
nosotros hablamos cuando decimos «“yo” actué a pesar de “mí mismo”» o «contra
lo mejor de mi naturaleza», los cuales son el anima que ha de rechazarse y el anima
que ha de salvarse de San Lucas 17:23, San Mateo 16:25 y San Juan 12:25, y de
los cuales la primera es también esa anima
que un hombre debe «odiar», «si quiere ser Mi discípulo», San Lucas 14:26. Los
Brhmaöas y las Upani·ads abundan en referencias a
estos dos sí mismos. Mrs. Rhys Davids dice (p. 40) «Sólo una vez he encontrado
trazada patentemente la distinción, donde en el mismo Sutta (Anguttara Nikya I.249) tenemos el “Gran Sí
mismo” (mahatt)[9]
y el “pequeño sí mismo” (ap’tumo)»,
pero la pregunta fundamental de las Upani·ads, «¿Cuál es máximamente el sí mismo?» (katama tm, B¨hadraöyaka Upani·ad IV.3.7), «¿Cuál [de ellos]
es él?» (katama, Maitri Upani·ad
II.1), se refleja ciertamente en Suttanipata 508 «¿Por cuál sí mismo (ken’attan) alcanza uno el mundo de
Brahma?» (pues el budismo no desdeña hablar del summum bonum así, ni tratar como sinónimos la brahmeidad y la
budeidad). Nuevamente, dos «sí mismos» diferentes están ciertamente implícitos
en la aprobación del Buddha del «amante de sí mismo» (attakmo, cuyo significado real
queda completamente traicionado por la traducción «amante de sí mismo») en Sa×yutta Nikya I.75[10]
(una variante de B¨hadraöyaka Upani·ad II.4 y IV.5), y en la
desaprobación de aquellos que son «ego-amantísimos» (att hi paramo piyo) en Anguttara Nikya
IV.97, donde el att en cuestión es ciertamente
el sí mismo psico-físico o ego que «no
es mi sí mismo» (na me so att, Sa×yutta Nikya
II.94, III.224, etc.,) y al cual un arhat
puede referirse en los términos de «yo» y «mío» sólo cuando está hablando convencionalmente y como una cuestión de
conveniencia (Sa×yutta Nikya I.14). Los dos sí mismos se
distinguen con igual claridad en Dhammapada
160, donde «el Sí mismo (el Espíritu) es el Señor del sí mismo (el ego)» (att hi attano ntho), es decir, el «Gran Sí
mismo» es el Señor del «pequeño sí mismo», el hombre interior del hombre
exterior, la «vera sentenzia» de las
«superficies estéticas» (cf. 1.75): aún más explícitamente Anguttara Nikya
I.149 contrasta el «Sí mismo Limpio» (Kalyöam attnam) con el «sí mismo sucio» (ppam attnam)[11],
términos que son ciertamente equivalentes a los de Anguttara Nikya
I.249 citado arriba; donde, precisamente, el «pequeño sí mismo» o el «sí mismo
sucio» es eso que es anatt, na me so att, «no mi Sí mismo», sino el «ego» en las palabras vivo autem jam non ego de San Pablo.
Los dos «sí mismos» pueden
estar de acuerdo o en conflicto, como en Sa×yutta Nikya I.71-72. «¿Por quién es
amado (piyo) ahora el att, y por quién no es amado (appiyo)?. En aquellos cuya conducta es
mala, el sí mismo Espiritual (att) no es amado. ¿Cómo es ello
así?. Porque eso que el no amado haría a un no amado, eso es lo que por sí
mismos (attan) ellos le están haciendo al
sí mismo Espiritual (attano)»; e
inversamente. En Sa×yutta Nikya I.57 aquellos cuyo
comportamiento es pueril tienen «al sí mismo como enemigo del Sí mismo» (amitten-eva-attan)[12].
En Dhammapada 103, el hombre que
conquista al sí mismo (jeyya atttna×) es el más grande de los conquistadores (parafraseado por Asoka en el
Edicto de la Roca XIII). Todos estos tres pasajes corresponden a Bhagavad G´t VI.5-6 donde el Espíritu (tman)
es el amigo (bandhu) de aquel en
quien la carne (tman) ha sido conquistada (jitaú) por el Espíritu (tman), pero el enemigo (§atru) de
lo-que-no-es-el-Espíritu (antmanaú = pli anattano). Tampoco podemos
dejar de observar que Sa×yutta Nikya I.169, ajjhatam (= adhytmikam)
eva jalaymi…
hadaya×, jotiÊÊhnam, joti att sudanto, «Yo enciendo una llama
dentro, el corazón es el altar, la llama el sí mismo domado» es justamente el
«Agnihotra interno» de êatapatha Brhmaöa
X.5.3.3 y Sºkhyyana îraöyaka X; y que esto refleja
también el hecho de que, incluso en el ritual efectivo, se recalca
constantemente que (como en el caso análogo de la Misa cristiana) es realmente
a sí mismo a quien el Sacrificador,
como tma-yajñ´, está ofreciendo en el
altar.
¿No es una confusión de «sí
mismos» lo que hace que Mrs. Rhys Davids (en su Manual of Buddhism, p. 114, Nota 2) retroceda de la expresión «le
moi haïssable» («el yo odioso»)?. Hay un «sí mismo» que debemos odiar «si queremos ser Su discípulo» (San Lucas 14:26); el
autor de la Cloud of Unknowing es
perfectamente verdadero Maestro suyo cuando dice que la aflicción más grande
que un hombre puede sentir es reflexionar que él todavía es; y en este sentido, como dice el Maestro Eckhart con perfecta
verdad, «Toda la escritura es un clamor por la liberación del sí mismo». Si la
escritura repite igualmente a través de todas las edades el mandato «Conócete a
ti mismo», ello se debe a que hay otro sí mismo que puede conocerse de otra
manera que la del psicólogo, y el propósito de la doctrina es capacitar al
hombre para transportar su consciencia de ser, desde el primer sí mismo al
segundo, desde el ego mutable y perecedero del hombre que se considera a sí
mismo como fulano a un sí mismo inmortal que, como Dios mismo (que como lo
expresa Erivgena, es «no ningún que», lo cual es un equivalente literal de la aki×cana en los textos budistas), no
puede nombrarse ni definirse, «puesto que ahí ya no queda ningún modo de
lenguaje (vdapatha, Suttanipata 1076)».
El hecho de que el arhat, una vez desvestida ya la noción
de «yo soy fulano» (D´gha Nikya III.249), pueda hacer uso
de expresiones tales como «yo» y «mío» sólo como un asunto de conveniencia
práctica (Sa×yutta Nikya I.14), nos lleva a una
consideración de la cuestión de la «reencarnación» y del «karma». Por «reencarnación» (en tanto que se distingue de la «transmigración»)
nosotros entendemos siempre la creencia en el renacimiento en esta tierra, ya
sea en una forma humana o más baja. En primer lugar, debe observarse que la
doctrina del karma (esencialmente,
que todo lo que se hace tiene un efecto, y que nada acontece sin una causa) no
difiere en modo alguno de la doctrina cristiana del gobierno del mundo por las
«causas mediatas», aparte de las cuales, como dice Santo Tomás de Aquino, «el
mundo habría sido privado de la perfección de la causalidad»; y en segundo
lugar, debe observarse igualmente que esta doctrina del karma y una creencia en la «reencarnación» no son en modo alguno
interdependientes o inseparables[13].
A mi entender, ninguna doctrina de la «reencarnación» se enseñó nunca
oficialmente en la India, ni por los brahmanes ni por los budistas, sea lo que
fuere lo que las muchedumbres inenseñadas (puthujana) puedan haber creído; sin embargo, hasta
donde yo sé, los únicos estudiosos que han señalado esto son, por una parte, B.
C. Law[14],
y por otra, René Guénon. Puesto que no hay ninguna esencia en las cosas
compuestas (el tman no es, por supuesto, un
compuesto) no hay evidentemente ninguna esencia que pueda pasar de una
habitación a otra (Milindapañha
71-73); y por otra parte, tampoco el símil, repetido a menudo, del encendido de
una lámpara desde otra, nos permite leer en él la doctrina de la transmisión de
una esencia, sino sólo de una tendencia (de la misma manera que, cuando una
bola de billar golpea a otra, no se transfiere ninguna cosa, sino sólo una moción
dirigida).
Pero, se objetará, ¿qué hay
entonces de los «Jtakas», y de la proclamación del Buddha de una memoria absoluta de
todos los nacimientos («habitaciones») pasados y de la afirmación de que puede
adquirirse la recordación de las habitaciones anteriores?. La respuesta es que
el Buddha sabe que al hablar así, parabólicamente, las muchedumbres inenseñadas
(puthujana) pueden comprender (como
ha comprendido el estudioso moderno) que él entiende que su «individualidad» ha
pasado de un cuerpo a otro (como si uno pudiera decir, «Cuando yo fui Platón»,
—de hecho, el reencarnacionista moderno es muy proclive a complacerse en
conectarse así con algún gran nombre o tipo romántico); pero también sabe que
el discípulo instruido comprenderá que la afirmación «yo fui fulano», hecha al
final de un relato del Jtaka, significa realmente que fulano fue un eslabón
en la cadena o secuencia sin comienzo de vidas, devenires o «habitaciones» (del
Espíritu), habitaciones de las que «él», que está hablando ahora, es el último
término: último, porque no siendo mi consciencia de ser la consciencia de ser
fulano, yo soy literalmente nadie (aki×cana… carmi loke, Suttanipata 455), y ya no puedo
preguntar más «¿Adónde estoy yendo “yo”?» ni «¿De dónde vine “yo”?» (Sa×yutta Nikya II.26). En conexión con
esto, puede citarse una ilustración dramática del hecho de que haberse sacudido
la propia individualidad de uno no implica en modo alguno una aniquilación (lo
que, en todo caso, es una imposibilidad metafísica); así, en el Parosahassa Jtaka (Nº 99), donde al
Bodhisattva moribundo le preguntan sus discípulos «¿Qué bien habéis recibido?»,
el Bodhisattva responde «No hay ninguno» (n’atthi
ki×ci). Los discípulos comprenden
que esto significa que él no ha ganado nada. Pero cuando se le cuenta la
conversación al discípulo principal, que no había estado presente, éste dice
«Vosotros no comprendisteis el significado (attha)
de las palabras del Maestro. Lo que el Maestro dijo era que había alcanzado la
“Estación de No-ser-alguien” (ki×caññyatana)». El Maestro reaparece
desde los mundos de Brahma para confirmar esta explicación, una prueba
convincente de que incluso en el budismo monástico «reciente» se comprendía
bien que haber cesado de ser alguien no significa lo mismo que haber sido
aniquilado de muerte[15].
El hecho de la continuidad de la esencia del que ha realizado aquí y ahora que
él «no es ningún qué», y que está todavía en la carne, es aún más evidente: él
todavía puede decir «yo» en el sentido convencional, como en Suttanipata 455-456 «“yo” ando errante en el mundo, una nada
instruida (aki×cano manta), …incontaminado (alippamno,
cf. KaÊha Upani·ad V.11) aquí y ahora por los
lazos humanos (idha mnavehi):
inútil preguntar de cuál familia soy “yo”» («¿Quién es mi madre? y ¿quiénes son
mis hermanos?» (San Mateo 12:48).
En otras palabras,
«nosotros» recogemos ahora las consecuencias, nosotros somos, verdaderamente, la consecuencia de lo-que-se-ha-hecho (como
dice San Agustín, el mundo «está preñado de las causas de las cosas no
nacidas»), es decir, del karma: pero
no como una consecuencia de lo que «nosotros» hemos hecho, puesto que nunca ha
habido un «yo» haciendo algo. Esto es la respuesta a la pregunta (p. 89) «Si
las obras se hacen sin un hacedor, es decir, sin un sí mismo, ¿quién es ese que
experimenta los resultados de ellas?» (Sa×yutta Nikya II.75, III.103). Si al
«fundador» se le hace responder «a esta pregunta en términos de código, es
decir, de fórmula»[16],
esto sólo significa que está presentando la antigua enseñanza ortodoxa de que
el Sol[17]
es el Espíritu en todas las cosas (ôg Veda Sa×hit
I.115.1) y el hacedor de todas las cosas (Jaimin´ya Upani·ad Brhmaöa I.3.3), y que aparte de Él
no hay ningún veedor, etc. (B¨hadraöyaka Upani·ad III.7.23), de modo que «De
ninguna manera un hombre uncido, un conocedor del principio, debe considerar
que «“yo” soy el hacedor del algo» (Bhagavad
G´t V.8); o para tomarlo de
fuentes cristianas, «Si por el Espíritu mortificáis (mortificatis, thanatonte
= entregáis a la muerte) las obras (facta,
tasirakseis = karma) del cuerpo,
viviréis» (Rom. 8:13), pues como amplía esto y el siguiente versículo y Gál.
5:18 Santo Tomás de Aquino, «La obras de un hombre que es conducido por el
Espíritu Santo, son las obras del Espíritu Santo más bien que las suyas
propias» (Sum. Theol. II-I 93.6 ad 1), de manera que «Si un hombre ha de
venir a Dios, debe estar vacío de toda
obra y dejar que solo Dios obre»
(Tauler, Following XVII, la
bastardilla es mía). Antes y después del budismo, desde ôg Veda Sa×hit X.90.4, donde es una parte
de la Persona lo que «aquí deviene nuevamente» (iha-abhavat punar, es decir, lo que aquí «nace continuamente»),
hasta êaºkara sobre Br. Sètra I.15, donde «el Señor es el
solo transmigrante» (ne§vard anyaú sa×§ar´), se había enseñado
congruentemente que toda acción es la obra, no del individuo, sino del Espíritu
(tma… ato hi sarvöi karmöy utti·Êhanti, B¨hadraöyaka Upani·ad
I.6.3). La pregunta «¿Quién recoge?» se formula nuevamente en relación con el
hombre ciego, en San Juan 9:2, «¿Quién hizo el pecado, este hombre o sus
padres, para que naciera ciego?». La notable respuesta atribuida a Cristo, «Ni
este hombre había pecado, ni sus padres: pero las obras de Dios deben
manifestarse en él», está plenamente de acuerdo con Jaimin´ya Upani·ad Brhmaöa
I.5.2, tva× (ditye)
kartsi,
y con toda la enseñanza tradicional. Es precisamente la respuesta del Buddha en
Sa×yutta Nikya II.75, donde ni es
verdadero que uno siembra y él mismo recoge ni que uno siembra y otro recoge.
¿Cómo es posible adscribir a una «redacción monástica reciente» en el budismo
una doctrina que era ya prebudista en la India y que es también universal?.
¡La enseñanza es que «El
experimentador, el actor, no está en ninguna parte» (Mrs. Rhys Davids, Manual…, p. 157)![18].
¡En ninguna parte, ciertamente!, pues Ese Uno «no ha venido de ninguna parte ni
deviene jamás alguien» (KaÊha Upani·ad II.18): nosotros no podemos
decir que el Buddha está aquí, o allí, sino sólo que el Buddha es (Milindapañha 73). Para hacer uso de la
expresión del Maestro Eckhart, el vimutta
es «libre como la Divinidad en su no-existencia». Aquellos de nosotros que
estamos apegados a la «supervivencia de la personalidad» podemos retroceder de
esto; pero es justamente de esta «personalidad» de lo que se dice que «El que
pierda su vida (psukhãn,
como en San Lucas 14:26 misei psukhãn)
por amor de mí, la encontrará». Lo que quiera que es en alguna parte, y que,
por consiguiente, tiene una posición local, no puede ser al mismo tiempo por
todas partes, y, ciertamente, no es como el Buddha, anantagocara[19]
(Dhammapada 179); lo que es «menos
que infinitesimal y más que la magnitud» (KaÊha Upani·ad II.20 y passim), es decir, lo que es sin
cantidad, ¿cómo podría tener una posición?. Cuando se dice que el Reino del
Cielo (San Lucas, 17:21) o que el «Fin del Mundo» (Sa×yutta Nikya
I.62 y Anguttara Nikya II.49) está «dentro de
vosotros» esto se dice de todos los hombres; y eso que es por todas partes,
ciertamente, no está en ninguna, no es una propiedad privada. Si el Espíritu es
mi esencia verdadera, entonces este Sí mismo verdadero mío, el único actor, no está «en ninguna parte»; y su vehículo,
el ego psico-físico, es un autómata[20]
cuyo comportamiento y experiencia están determinados enteramente por las causas
mediatas, es decir, por el karma como
hetu. Una liberación o inmortalidad,
que es inconcebible de algo originado (Sa×yutta Nikya I.108 natthi jtassa amaraöam:
Bhagavad G´t 11.27), sólo puede haberla en la medida en que nuestra consciencia
de ser (que es mucho más auténtica que nuestro conocimiento de ser fulano)[21]
pueda transportarse desde el pequeño «sí mismo» al gran «Sí mismo» (ésta
es la «división entre el alma y el espíritu» de San Pablo, Heb. 4:12; y es tan
verdadero para el budismo como para el cristianismo que «toda la escritura es
un clamor por la liberación del sí mismo», y que esto, más aún que anatt, no significa sólo una
liberación del «egoísmo», sino de toda «egoidad»). Que esta transportación
puede hacerse no es un hecho demostrable: «Trabajaos vuestra salvación (tumhehi kiccan tappan,
más literalmente “Es trabajo vuestro abrasaros en la tarea”), los Buddhas sólo
cuentan el relato» (Dhammapada 276)[22].
El erudito moderno, que es un natthika,
es decir, un «positivista» por temperamento y preparación, y que raramente está
interesado en la verdad, sino sólo en el hecho de lo que se enseñó, puede ser
incapaz de creer que pueda hacerse esta transportación[23],
es decir, que un hombre pueda ser aquí y ahora un arhat, un jivan-mukta o
un mahtm; pero, no habiéndose «abrasado en la tarea», es igualmente incapaz de
negar que ello pueda hacerse. Ir más allá de esta posición agnóstica, es decir,
afirmar que la asumición básica es una
asumición falsa, y asumir que los textos están hablando in die Luft hinein, les
privaría de todo valor excepto de un valor filológico y literario.
Permítaseme concluir una
nota que ya se ha hecho larga con unas pocas palabras sobre bhè y jhna.
Estoy enteramente de acuerdo en que no sólo en contextos budistas, sino también
en contextos védicos, bhè se ha traducido demasiado a
menudo por «ser» donde, en realidad, la traducción era «devenir». También estoy
enteramente de acuerdo con el punto de vista de Mrs. Rhys Davids de que incumbe
completamente al hombre zuwerden was er
ist, lo cual implica, por supuesto, un cesar de ser was er nur zuzein scheint. En este sentido, podrían haberse citado
excelentes ejemplos de bhè como werden en Aitareya Brhmaöa VII.15 bhè·öur-tm y bhèyaú en Aitareya îraöyaka
II.3.2 (también con referencia al tman).
Pero obsérvense las palabras werden e
ist: werden es proceso, e ist,
como en «Eso eres tú», es realidad
atemporal, aparentemente una meta futura sólo mientras no se ha alcanzado. Y de
la misma manera que lo infinito no puede atravesarse, así tampoco puede
suponerse que sea posible un progreso ulterior cuando ya se ha alcanzado el
«fin del camino». Para el Viajero, no hay nada más que hacer que «seguir
adelante, seguir adelante» (caraiva,
caraiva, Aitareya Brhmaöa VII.15); de la misma manera
que, en el fin del camino, donde «todo donde y todo cuando tienen su foco», ya
no hay ningún significado en una locomoción. Del mismo modo, se podría preferir
también el hecho de «aprender» al hecho de «conocer» y el hecho de «devenir» al
hecho de «ser»; el asekha budista,
una designación del Experto como uno para quien ya no hay nada más que
aprender, corresponde, ciertamente, a la formulación de Plotino, para quien los
seres más altos «nunca aprenden, puesto que nada está ausente en ningún tiempo
de su conocimiento» (Enéadas IV.4.6).
El abogado de una «moción perpetua», lo es sólo en la medida en que no cree en
la posibilidad del logro de la perfección; pero pertenece a la esencia de la
doctrina brahmánica y budista el hecho de que puede obedecerse la orden de ser «perfectos como vuestro Padre en
el cielo es perfecto». Como dice también el Maestro Eckhart, «Hasta que el alma
no conoce todo lo que ha de conocerse no pasa al bien no conocido». He mostrado
en otra parte que no puede mantenerse la tesis de que el Buddha no proclamaba
la sabaññè.
Sin embargo, es muy fácil
certificar la traducción de bhè por «devenir»,
especialmente donde se implica futuro (que es también el futuro de asmi). Me refiero especialmente a Anguttara Nikya II.35 sigs., donde el brahman
Doöa ve
las huellas del Buddha, y siguiendo estos vestigia
pedis alcanza a su autor. En el diálogo que sigue, pregunta si el Buddha
«es» (o «devendrá», y esta alternativa es la materia del presente examen) un
Deva, un Gandharva, un Hombre, o un Yakkha, y el Buddha responde que él «no es»
o «no devendrá» (na bhavissmi)
ninguno de éstos, porque han sido destruidas las condiciones productivas de
tales estados del ser. Así pues, si se
han destruido estas condiciones, ¿cómo puede suponerse entonces que el
Buddha está hablando ahora como un hombre?. Además, el Buddha concluye diciendo
«Yo soy (asmi) el Buddha», y esto es
equivalente a probar que el bhavissmi
previo tiene un valor de presente, pues, evidentemente, el Buddha quiere decir,
«Yo estoy despierto, yo no puedo ser clasificado o incluido en ninguna
categoría». Puede notarse también que Doöa usa el futuro incluso con respecto a las
huellas que están presentes ante sus ojos, diciendo «Estas no serán[24],
es decir, no son, ciertamente, las huellas de un hombre». Pueden citarse usos
similares del futuro en Majjhima Nikya I.387, donde «¿Quién puede
contenerse de alabar?» (na vaööa× karissati), significa «¿Quién quiere
contenerse?» o «¿quién es capaz de contenerse?», con valor de presente; y en Jtaka I.71 idam sambhodim ppuöana-ÊÊna na bhavissati, donde Êhnam es el sujeto de na
bhavissati, por el cual sólo puede significarse «no puede ser», puesto que
el lugar es justamente tan inapropiado ahora como lo será siempre. De hecho, el
futuro conjetural tiene un valor atemporal muy próximo al valor atemporal del
aoristo gnómico. Y en lo que concierne al origen supuestamente reciente de este
futuro gnómico (si podemos llamarlo así), ¿qué hay entonces sobre ôg Veda Sa×hit I.164.39 kim ¨c kari·yati, lo cual es más bien «¿Qué
uso puede hacer él de las ôks?» que ¿Qué uso hará él?», donde la idea, es que las ôks no son de ninguna
utilidad para él.
Nosotros también estamos de
acuerdo en que bhvan es un «hacer devenir», en el sentido en que nosotros usamos «crecer»
transitivamente, es decir, con el significado de cultivar o propagar.
Ciertamente, es en tanto que el «Dador del Ser» como al Señor se le llama Prabhè, «el que hace salir»; en Mö¶èkya Upani·ad 6 y 11, la equivalencia de prabhava («Schöpfung» en la versión de
Deussen) con miti es una notable
ilustración de este valor creativo de bhè; en Bhagavad G´t
XIII.16 prabhavi·öu,
«dar vida a», y grasi·öu,
devorar, son los actos contrastados de la Deidad, que, como Deut., 32:9, a la
vez «mata y hace vivir». Pero es justamente aquí donde emerge la equivalencia
de bhvan con jhna,
equivalencia que Mrs. Rhys Davids ridiculiza en su traducción del Dhammapada,
p. XX. Entre paréntesis, puede observarse que esta equivalencia es familiar en
un período más reciente, pues, como hemos dicho en otra parte, «Las Sdhanas emplean
constantemente las raíces cit,
pensar, ser conocido, etc., y dhyai,
contemplar, visualizar, en el mismo sentido que el causativo de bhè» (IAL.,
1935, p. nota 5). La dificultad la causa en gran medida una incomprensión de la
naturaleza de jhna
(dhyna),
un término que se traduce radicalmente mal por «meditación» y al que se
traiciona enteramente cuando se lo iguala con «reflexión» o peor aún con
«reflexión en quietud», o, mucho peor todavía, con «clarividencia». En gran
medida, las únicas palabras Inglesas [y Españolas] por las que pueden
transmitirse los valores de las palabras indias dharaöa, dhyna (védico dh´) y samdhi
son la «consideración», la «contemplación» y el «rapto» o el «exceso» (las dos últimas
en sus valores etimológicos literales de un «ser sacado de uno mismo» o de un
«salir de uno mismo», para lo cual, la expresión de San Pablo es «ser en el
espíritu»), palabras que corresponden a la consideratio,
la contemplatio, y el raptus o el excessus de Víctor de San Hugo y otros contemplativos (sánscrito dh´raú). Por supuesto, samdhi
es también una «unificación», una adaequatio
rei et intellectus, mientras que en dhyna
hay todavía una distinción entre el conocedor y lo conocido. Samadhi es etimológica y semánticamente
«síntesis».
Desde un punto de vista tradicional
indio, la «contemplación» no es una «experiencia mística» pasiva, sino un acto,
y además un acto creativo o generativo. Es en este sentido, como la manera de
conocer divina es al mismo tiempo «especulativa» y creativa, es decir, una
auto-intención por la cual «Él piensa las cosas, y ve que ellas son». El caso
del artista humano es análogo, en la medida al menos en que si él no pensara
las cosas, las cosas nunca vendrían al ser. Hemos dicho que la contemplación es
un acto; y esto se afirma en muchas palabras en Bhagavad G´t
I.3.2 donde «dhiyaú significa karmö´», en relación con la Gyatr´[25]. El mundo mismo es una
creación contemplativa (Maitri Upani·ad VI.17, ida× dhyyate).
En ôg Veda
difícilmente hay algo que no se describa como obrado o hecho «por una
contemplación» (dhiy), o lo que equivale a la
misma cosa, «intelectualmente» (manas), y es así como los
artesanos hacen las cosas (abhi ta·Êeva d´dhaya, III.38.1). El altar del
fuego, por ejemplo, se hace con una contemplación (IX.71.6), y está completamente
de acuerdo con esto el hecho de que siempre que los constructores están
desorientados, los Dioses les dicen que «contemplen» (cetayadhavam, êatapatha Brhmaöa, passim). En numerosas glosas, dhyyat
= acintayat, dhiya = manas. A veces manas se usa con dhyai, por ejemplo, en Taittir´ya Sa×hit II.5.11.5 yadi manas dhyyati tad vac vadati, y aquí, en principio, no hay nada diferente de la práctica posterior
que se prescribe al pintor, tad dhytam bhittan nive§ayet, o de la que se prescribe al
hacedor de carros, cuyo trabajo constructivo es contemplativo (purè×·i sa×dadhau rathasyeva ¨bhur dhiv; Atharva Veda Sa×hit
X.1.8). Es por contemplación como uno sabe de qué
manera deben obrarse o hacerse las cosas, y es notable que la misma palabra kusala (kau§alya), «pericia», significa a la
vez prudencia y arte. Jhna
es esencialmente un alzamiento del propio nivel de referencia de uno, desde el
de la actividad de la observación al de la percepción de las razones eternas,
y, consumado en el samadhi, es una
identificación con estas razones; al volver de nuevo desde la contemplación a
la actividad práctica, uno está poseído de los pramöa requeridos, es decir, de
los «medios de operación verificados».
Por consiguiente, no puede caber ninguna duda en cuanto a la coincidencia
fundamental de jhna,
como «visualización», con bhvan, como «hacer devenir»[26].
Podríamos haber examinado
otras innumerables cuestiones suscitadas por los recientes libros de Mrs. Rhys
Davids, pero hemos preferido recalcar la gran importancia del problema del tman,
y apoyar con evidencia adicional su punto de vista de que «los primeros sakyas
buscaban fortalecer y expandir el verdadero núcleo de la enseñanza brahmánica»
(Minor Anthologies I, p. XV; yo
habría dicho más bien «buscaban adaptar»),
y de que de los dos tmans, que pueden o no estar en
guerra uno con otro, —que pueden no estar reconciliados, pero que deben
estarlo— uno es el Spiritus Sanctus inmanente. Pues quienquiera que ha
comprendido plenamente la respuesta a la pregunta fundamental ken’attan, no retrocederá del
concepto de una «anonadación de sí mismo», y habrá llegado muy lejos en la
comprensión de en cuáles sentidos diferentes puede usarse el término
«renacimiento».
* Este artículo se publicó por primera vez en el New Indian Antiquary, (Bombay, India), II, 1939.
[1] Con referencia especial a las recientes obras de Mrs. Rhys Davids, What was the Original Gospel in Buddhism?,
Londres, 1939; To Become or not to Become,
Londres, 1937; y A Manual of Buddhism,
Londres y New York, 1932.
[2] Para el Buddha, habría sido
tan superfluo decir «Hay un att» como lo habría sido decir
«Hay Devas» o «Hay un Brahm». En Majjhima
Nikya
II.130-133 se le pregunta «¿Hay Devas?» y «¿Hay un Brahm?» a lo que, en cada caso,
responde «¡Qué pregunta para preguntar!». El gran punto sobre el que había que
insistir, era que los hombres no debían ver «un att en lo que no era att», es decir, no debían caer
en el engaño del asura en Chndogya Upani·ad VIII.8 (tman
= cuerpo) ni en el de Indra en Chndogya Upani·ad VIII.10 (tman =
alma). El tman sólo puede definirse en algún
sentido por eliminación; cuando todo lo demás ha perecido, «lo que queda (ati§i·yata),
eso es el tman» (Chndogya Upani·ad VIII.1.4-5, cf. B¨hadraöyaka Upani·ad IV.3.6); de aquí el uso de
la vía negativa, igualmente en las
Upani·ads y
el budismo, y también, en el cristianismo.
[3] Es bastante significativo
que una única y misma raíz subyazca en el latín propium («propiedad») y el sánscrito priya («querido»). El ego empírico (las «grandes posesiones» del
hombre rico que se alejó apenado, el «labrantío» de B¨hadraöyaka Upani·ad
I.5.15) es «naturalmente» querido por nosotros mientras nosotros lo
consideramos como «nuestro propio», pero cuando nos damos cuenta de que solo el
Hombre Interior es realmente nuestro propio (puesto que no es realmente
«nuestro» nada sino lo que nosotros somos)
entonces sólo él nos es querido, y todo lo demás nos es querido sólo por amor
de él.
[4] D´gha Nikya
II.34 añño att corresponde a D´gha Nikya II. añña× kyam:
pero, de la misma manera que, en este último contexto, kyam no es la «carne»
específicamente, sino el «cuerpo» («body»), como la palabra se usa en «alguien»
(«somebody»), así, en el primer contexto, att es «alma», en el sentido en
el que uno puede decir «no se veía un alma».
[5] Como también Dhammapada 146 y 232, Andhakrena onaddh pad´pa× na gavessatha?… So karohi d´pam attano («Haced una lámpara del
espíritu» no «para» el espíritu). Karohi
d´pam attano es exactamente lo mismo en attna× gaveyyastha
(«Buscad vuestro sí mismo espiritual, o el espíritu». La versión de Mrs. Rhys
Davids de gaveyyastha,
«perseguido» (Mahvagga,
I.23, Original gospel, p. 35) es
completamente admirable; pero «perseguir el castillo perdido», que, como dice
ella «es una característica de los Suttas budistas», es ciertamente una
«característica» de toda la tradición védica (por ejemplo, ôg Veda Sa×hit X.46.2; esta «persecución»
se representa en el cristianismo por la doctrina de los vestigium pedis, —el Maestro Eckhart habla del alma como «siguiendo
el rastro de su presa, Cristo»), y en este punto podría haberse señalado que
nuestra palabra misma para «Vía», magga
(Dhtp., 298 tiene gavesati = maggana),
deriva de m¨g,
cazar, cf. IAL., NS. XI. p. 78.
«Hacer una lámpara del
espíritu» es lo mismo que tener al Buddha como la propia luz de uno. El Buddha
no sólo no negó nunca el tman, sino que él mismo es el tman.
La única afirmación explícita que conozco al efecto de que el Buddha es el tman
aparece en el Comentario a Udna 67, donde la palabra Tathgata se parafrasea por att (ciertamente, desde el
punto de vista de una supuesta perversión del evangelio por intérpretes
«monjiles», esto es una adhesión curiosamente «reciente» a una doctrina
«antigua»: por mi parte, yo querría tener conocimiento de siquiera una única negación inequívoca del tman
que se encuentre en un texto pli, y en todo caso, ¿no es tiempo ya de abandonar
los prejuicios antimonásticos por los cuales nuestra lectura de la historia
está tan a menudo coloreada?): sin embargo, la afirmación de que el Buddha es
el tman está, claramente implícita
en el Brahmabhèta = Buddha de Sa×yutta Nikya III.83 y en el Brahmakya = Dhammakya de D´gha Nikya III.84 (donde puede observarse Brahma, no Brahm). También está implícita en
nuestra «lámpara» y «refugio» (attad´p, attasaraö): pues el Espíritu (tman)
es precisamente la luz por la que uno ve, etc., «cuando todas las otras luces
se han apagado» (B¨hadraöyaka Upani·ad IV.3.6, «apagados», como se
predica de los «fuegos», es §ntym, «extinguidos»; y también,
es precisamente cuando el «Ojo en el Mundo» se ha extinguido, cuando se aplica
el mandato attad´pa viharatha): las otras luces son tres, la cuarta y la mejor es el Buddha mismo (Sa×yutta Nikya I.14), y así es como en el
Fin del Mundo («dentro de vosotros», y que ha de conocerse por una «extinción»,
samitvi,
Anguttara Nikya II.49 y Sa×yutta Nikya I.62), donde no brilla
ningún sol, ni luna, ni estrellas (Udna
9, respuesta a D´gha Nikya I.223, cf. Sa×yutta Nikya I.15, KaÊha Upani·ad
V.15 y Bhagavad G´t XV.6; Apocal. 21:3) «no hay
ninguna obscuridad» («pues la gloria de Dios lo ilumina», Apocal. 21:23); esta
es la «Obscuridad Divina que ciega por exceso de luz», como lo expresa
Dionisio, al hablar de otra «obscuridad» que la del mundo, donde la Luz Oculta
debe rastrearse «como un animal perdido».
[6] Es un error menos peligroso considerar el cuerpo
como el «sí mismo» que considerar el alma o la «personalidad» como el sí mismo,
porque puede comprenderse más fácilmente que, después de todo, el cuerpo es
sólo un compuesto mortal y transitorio, y porque se requiere mucho más
pensamiento si nosotros hemos de convencernos también de que el «alma» es un
compuesto inconstante (Sa×yutta Nikya II.94).
[7] Como a Agni, al Buddha se
le llama a menudo srathi,
«provisto de un carro». En Sa×yutta Nikya I.33 dhammha× sarathim brèmi, «Yo digo que el dhamma es el auriga» equivale a decir
que él mismo es el auriga, puesto que «El que ve el dhamma, me ve» (Sa×yutta Nikya III.120). Cf. Jtaka VI.252 att v srathi (=KaÊha Upani·ad
III.3 tmna× rathina× viddhi). Incluso el famoso pasaje de Milinda sobre el carro, sólo afirma que
«Ngasena»
y «carro» son ambas designaciones convencionales de compuestos evanescentes,
sin excluir de ninguna manera la posibilidad de una esencia que puede estar «en
Ngasena
pero no ser de Ngasena». Desde el punto de vista upanisádico, es siempre el espíritu
regio (tman) el que es el auriga en el
carro, y el «controlador interno» de los caballos.
[8] Lo opuesto de saºka× gacchati, «recibir un número» (Sa×yutta Nikya III.35), es decir,
nacer. Este uso del número implica la
comprensión antigua y universal de que el cosmos, del que el budista quería
salir, es precisamente el reino de lo cuantitativo, o en otras palabras, el
reino de lo finito. El número distingue a la especie y a la individualidad; el
arhat no es de ningún tipo, ni ningún «qué».
[9] Como ha visto Woodward, mahattam probablemente se tomó por el mahantam de Anguttara Nikya
II.21, donde se dice (por Brahm Sahampati, ciertamente, pero nil obstat) que puesto que todos los Buddhas recalcan el Dhamma,
«así, ciertamente, aquel que ama al Sí mismo (attakmo), aquel en quien hay un
fuerte anhelo del Gran Sí mismo (mahantam,
tomado por mahattam, o con attnam)
debe recalcar el Dhamma, y tomar como refugio la doctrina de los Buddhas». El
PTS Pli
Dictionary ignora mahatt y tiene sólo mahatta (n), «grandeza»; una confusión
de las palabras no implicaría necesariamente una confusión del significado,
puesto que el «Grande» (mahat) o el
«Gran Sí mismo» (tm mahn) es, de hecho, ese Sol que
en ôg Veda Sa×hit I.115 es el «Sí mismo» o el
«Espíritu» de todas las cosas, y con quien todas las cosas están encordadas en
una «conspiración» común, de acuerdo con la doctrina del sètrtman
de Atharva Veda Sa×hit X.8.38, êatapatha Brhmaöa VIII.7.3.10, etc.
Mahatt es lo mismo que el mejor conocido, aunque grandemente incomprendido,
«Mahtm», cuyos verdaderos valores
estamos ahora en situación de comprender. El epíteto sólo puede aplicarse al
que está enteramente «en el espíritu», y corresponde a la tercera categoría en
la clasificación gnóstica del hombre como hylico, psíquico, o pneumático. Llamar a un hombre «Mahtm» equivale a llamarle «Gran
Luz» o «Sol», como en B¨hadraöyaka Upani·ad IV.4.22 mahn aja tm y KaÊha Upani·ad
III.10 tm mahn. Anguttara Nikya
I.249, citado arriba, define mahatt como sigue: «El hombre en
quien se ha hecho devenir (bhvita,
“desarrollado”: donde toda la expresión, como kati× karaö´yam, k¨tak¨tyah,
etc., implica “geworden was er ist”) el cuerpo, la voluntad y el intelecto (kya, citta, paññ, “cuerpo, alma y espíritu” —donde prajñ, literalmente “prognosis”,
implica siempre un conocimiento no derivado de una fuente exterior a sí mismo,
y es en este sentido “intellectus vel
spiritus”), no está vacío, sino que es un “Gran Espíritu” (mahatt), cuya habitación no tiene
medida (appamöavihri)». Para la traducción
«habitación», cf. vihra,
«habit-ación». «No vacío» (aparitto =
aprarikta) es «no vaciado», como Prajpati cuando se han expresado
estos mundos, sino hecho todo (k¨tsna),
o santo nuevamente, como Prajpati por el sacrificio del Comprehensor (eva×vit). Expresiones tales como aricyata, riricno ’mnyata, y atyaricyata en Pañcavi×§a Brhmaöa IV.10.1, 21.2 y XV., 8.2
que hacen referencia a Prajpati en tanto que ha «emitido a sus hijos» (praj s¨·Êv) son un eco de ôg Veda Sa×hit X.90.4 donde la Persona atyaricyata bhèmim atho puraú «fue vaciado en la Tierra, y con ello, de una múltiple (progenie)». Se
observará que tanto s¨ como ric implican un simbolismo sexual. Ello es como en Jaimin´ya Upani·ad Brhmaöa I.57.5 donde el Saman «se
derrama o vacía verbalmente en la ôK» (tm… vacatyaricyata); y analógicamente ati tisro brhmanayn´s sad¨§´ ricyate ya eva× veda.
La ric describe la incontinencia
divina por la cual la «creación» es traída al ser, «genitum non factum»: «el
acto de fecundación latente en la eternidad» del Maestro Eckhart. Así pues, el
punto de aparitto es que el Buddha ha
entrado dentro de sí propio, es decir, que ya no está exhausto ni dividido sino
continente o auto-contenido.
[10] Attakmo aquí como ajjhatarato… tam hu bhikkhum, «A aquel cuya delectación
está en el Hombre Interior, yo le llamo en verdad un monje» (Dhammapada 362), cf. Muö¶aka Upani·ad III.1.4, «Aquel cuya
querida delectación está en el Espíritu (tmaratiú), es el mejor de los conocedores de Brahma», y Bhagavad G´t
III.17 tmaratiú… kryam na vidyate (porque k¨tak¨tyaú, kata× karaö´yam).
El conocimiento del Sí mismo (espiritual) se recomienda en las expresiones att-saññato (Sa×yutta Nikya I.103) y attaññè (D´gha Nikya
III.252), donde este «conocimiento de sí mismo» es una parte esencial del sappurisa-dhamm, y en Anguttara Nikya
IV.114, en línea con dhammaññè, atthaññè, etc. No hay efectivamente ninguna parte de la pneumatología india,
sin exceptuar siquiera la doctrina del «hilo del espíritu», que no pueda
ilustrarse haciendo uso de fuentes pli solo.
Una notable ilustración
adicional de la «ortodoxia» budista aparece en conexión con la doctrina de los
«elementos» o «subsistentes». Generalmente se sostiene que los hindúes
reconocen cinco elementos, y que los budistas reconocen sólo cuatro. Por
ejemplo, encontramos que el cuerpo es catummahbhètika, literalmente
«cuatro-grande-elementado» (Sa×yutta Nikya II.94). Pero en un contexto
más completo, a saber, Sa×yutta Nikya II.206-247, los cuatro
grandes elementos, designados como tales, son la tierra, el agua, el fuego, y
el aire, listados en su orden propio, y se dice que cada uno de éstos se reduce
a su principio homónimo en la muerte. Casi simultáneamente el texto prosigue
diciendo que los «poderes de los sentidos» (indriyöi)
todos juntos recurren al éter (aksa).
Así pues, se trata de una cuestión de terminología; el éter es esencial al ser
de un hombre, pero siendo de un orden más alto que los otros cuatro, no se
habla de él como de un quinto «elemento», aunque aparece en el quinto lugar.
Ciertamente, este «éter» no es un «espacio», sino un «vacío», y por esa razón,
en las Upani·ads, k§a
se reemplaza a menudo por kha; es una
primera determinación del tman, que procede a la
manifestación como pröa
(«soplo»). De hecho, a los indriyöi,
es decir, a los poderes sensoriales, en las Upani·ads se les llama
alternativamente los «soplos» (prnh), los cuales son, por así
decir, las antenas del espíritu extendidas desde nosotros hasta los objetos de
cognición, y, como una cuestión de hecho, se reducen («receden») a su principio
en la muerte. Así pues, la doctrina budista es tan ortodoxa que, aparte de la
restricción del nombre de «elemento» a los cuatro factores más evidentemente
físicos de nuestra constitución, el texto podría haberse tomado directamente de
una Upani·ad. Quizás fuera justamente de la misma manera como la mayoría de los griegos
reconocían sólo cuatro elementos, sin reconocer siempre el aithãr como el quinto.
[11] Mrs. Rhys Davids cita êvet§vatara Upani·ad VI.11, pero cf. también ôg Veda Sa×hit IV.1.17 sèryo… ti·Êhat… ¨ju… marte·u v¨jin ca pa§yan
(donde Sèrya es ciertamente el tman como en ôg Veda Sa×hit I.115.1) y muchos pasajes
paralelos.
[12] Inversamente, «Para
aquellos que han alcanzado, no hay nada más querido que el espíritu» (na…
piyatamam attan kvaci), Sa×yutta Nikya
I.75 = Udna 47; justamente como en B¨hadraöyaka Upani·ad I.4.8, donde el tman
es más querido que todo otro, pues el tman
es interiorísimo. «Si uno hablara de algo, otro que el tman,
como querido, debería decirse de él que “Es como si perdiera lo que es
verdaderamente querido”, pues esto sería verdadero. Uno debe acercarse al tman
sólo como querido. El que ve al tman
sólo como querido, es verdaderamente “querido”, es incorruptible». No puede
haber ningún amor más grande que el amor del «sí mismo», si nosotros sabemos
«quien» somos, si nosotros hemos verificado (sacchikatv) la respuesta a la pregunta katama tm, ken’ attan, si por el «sí mismo» nosotros comprendemos y
entendemos el sarvabhètantartman.
[13] San Agustín, que
ciertamente no creía en la reencarnación, enuncia, no menos ciertamente, una
doctrina del karma, diciendo que el
«cuerpo humano preexistía en las obras previas, en sus virtudes causales» (Gen. ad
lit. VII.24 citado por Santo Tomás de Aquino, Sum. Theol. I.91, 2), cf. Sa×yutta Nikya II.64, «Este cuerpo,
hermanos, no es ni vuestro ni de ningún otro. Debe considerarse como el
producto de las obras pasadas» (puröa× kammam… abhisaºkhitam).
[14] Keith, en su reseña de los Concepts of Buddhism en Indian Historical Quarterly XIV.182
observa: «El Dr. Law insiste (p. 45) en que los budistas niegan la
transmigración de un alma. Cf. St Schayer en su reseña de Papeso, «Chndogya Up.», en Polish Bulletin of Oriental Studies, I,
1937, p. 98: «la idea de punarm¨tyu
es sólo una variante brahmanista de la concepción de Wieder-Tod, bien conocida
de los etnólogos, y no tiene nada que ver con el renacimiento». T. W. Rhys
Davids reconocía que la «reencarnación» está excluida cuando escribía, con
referencia a Majjhima Nikya I.256, que hay «una
repudiación de la creencia en un principio permanente, el principio inteligente
(viññnam)
que transmigra en el hombre, y la afirmación del punto de vista contrario —a
saber, que viññnam es
un principio contingente». Por ejemplo, en Sa×yutta Nikya II.13, nosotros no podemos
preguntar «de quién» es la consciencia que se reconstituye en una nueva
existencia, sino sólo «qué» consciencia; y así, lo que se entiende usualmente
por «reencarnación» está excluido. La consciencia reconstituida (paÊisandhi viññnam)
no es un ser reconstituido, sino un
fenómeno reconstituido; ninguna «cosa» pasa de un cuerpo a otro. Esta es la
forma budista de la doctrina brahmánica de que no hay ningún transmigrante (sa×srin)
individual.
[15] Puede observarse que
Parosohassa (parosaha§ra)
es «más allá de un millar» y que en el uso brhmaöa común «un millar significa
todo»; lo mismo es una designación del que ha salido de este total cósmico. Al
mismo tiempo, quien estando siempre unido al Señor «es un único espíritu» (en
las palabras de San Pablo) no puede ser alguien, pues, como en KaÊha Upani·ad II.18, «el Espíritu jamás
ha devenido algo» (na babhèva ka§cit).
Textos paralelos aparecen en
Suttanipata 1070 y 1115 «Discerniendo
una “no-que-idad” (ki×caññ), cerciorado de que “No
hay” (n’athhi), así cruza la
inundación» y «Haber realizado “No hay ningún nacimiento como una-que-idad” (ki×cañña-sambhava), eso es ciertamente
“gnosis”». En estos contextos, n’atthi
es de particular interés porque significa lo opuesto de la negación proclamada
por el natthika, en el sentido del
«positivista» o «nihilista», a quien el Buddha condena tan a menudo. El
verdadero natthika gnóstico es
filosóficamente un «realista», para quien las «cosas» son solo nombres, y entre
estas cosas está «él mismo» en tanto que conocido por un nombre y un aspecto;
sin embargo, el natthika
«positivista» es filosóficamente un «nominalista», para quien sólo son reales
las cosas, y los universales o eternales son sólo nombres. Nosotros sentimos
que Mrs. Rhys Davids es una nominalista de corazón interpretando una doctrina
realista.
[16] Es decir, en el sentido
propio de la palabra, «dogmáticamente». Es altamente sintomático del carácter
anti-tradicional de nuestra cultura, que esta palabra haya adquirido un
significado peyorativo. (¡Lord Chalmers, que traduce diÊÊhi en Suttanipata 55 acertadamente por «hipótesis», llega a traducir
la misma palabra, en Suttanipata 789, por «dogma»!). Sin
duda debía saber que en todas partes fuera del ámbito de la controversia, dogma
significa «doctrina ortodoxa» u «opinión verdadera». El verdadero dogmático
(tal como el Buddha) no tiene opiniones suyas
propias; su propósito no es destruir, sino cumplir la ley; como sattar, reposa en la infalibilidad de la
ley. Nuestra adhesión democrática a la licencia opinionativa nos ha hecho
olvidar que sólo puede haber una única filosofía verdadera.
La respuesta a la pregunta
«¿Quién recoge los frutos de los actos?» (San Juan IX.2 «¿Quién pecó, este
hombre o sus padres?») se da en los términos de la Vía Media en Sa×yutta Nikya II.75 (en concordancia con Bhagavad G´t XIII.12 na sat tan nsad ucyate): ninguno de los extremos
es verdadero en sí mismo, es decir, que uno siembra y él mismo recoge, o que
uno siembra y otro recoge. «Yo» en tanto que «pequeño sí mismo» estoy
recogiendo las consecuencias de lo que ha sido hecho por «otros pequeños sí
mismos» (en este sentido los pecados de los padres «visitan a los hijos»); pero
yo, el verdadero Sí mismo y Hombre espiritual («no como yo soy en mí mismo,
sino como yo soy en Dios», en mi naturaleza aparte del tiempo) no estoy
recogiendo ninguna consecuencia en absoluto, yo sólo las percibo yathbhètam (como aconteceres o
«accidentes»), de la misma manera que el autor dramático presencia la acción de
un drama, no siendo él mismo uno de los actores, ni siendo matado cuando el
héroe es matado.
[17] Es decir, la «Luz
Increada», principium motus et vitae.
El erudito que ve el «culto de la naturaleza» en los textos védicos cae bajo el
azote de Plutarco (Moralia, 400) que
reprocha a los griegos que no pueden distinguir entre Apolo y el sol, pues
están tan cegados por sus poderes de observación, «que sustituyen la facultad
del pensamiento (dianoia = viññna)
por la facultad de la sensación (aisthesis
= vedana) desviándola de lo que es a lo que parece ser». Si la polémica
budista desfigura también la «religión» védica, ello no es desde el mismo punto
de vista, sino como una maniobra y por razones de conveniencia. Un católico
romano del tipo de Maritain puede también tener sus «razones» para decir que la
«imaginería primitiva… no tiene ningún valor filosófico» (Sto. Thomas Aquinas, p. 165 nota), ¿pero qué debemos pensar de un
erudito presumiblermente desinteresado que dice que «los valores del ritual
como se practica hoy en la Iglesia cristiana son diferentes de los poseídos por
el ceremonial entre los pueblos primitivos. El ritual cristiano es ampliamente
simbólico» (Shorter, An Introduction to
Egyptian Religion, p. 36)?. Así pues, no imitemos lo que es la parte peor y
más débil y menos atractiva de los textos budistas, es decir, su
malinterpretación aparentemente deliberada de la «imaginería» brahmánica, la
cual no es en absoluto una «imaginería» en este sentido, sino lo que se llama
un «simbolismo adecuado», es decir, «el simbolismo que sabe» y no «el
simbolismo que busca».
[18] Por supuesto, he leído las
palabras de Mrs. Rhys Davids, no como ella las escribió para mostrar la
absurdidad de esta doctrina, sino como una parte esencial del «evangelio»
budista, y, puedo agregar, como una simple expresión de la verdad. En todo
caso, aquí no hay ninguna perversión «monjil», ni nada único, sino sólo la
doctrina universal de la philosophia
perennis. Y por extraña que les pueda parecer mi comprensión a algunos
eruditos, al menos tiene esta ventaja, a saber, que evita las enmiendas de los
textos, y la eliminación de los pasajes considerados «recientes» (sobre la base
de sus contenidos), enmiendas y eliminaciones que son, inevitablemente, las
expresiones de la opinión personal (pli diÊÊhi) de aquellos que recurren a
ellas.
[19] Buddham anantagocaram apada×; kena padena
nesattha,
«El Buddha, cuya extensión es infinita, sin embargo no tiene ningún pie, —¿por
cuál rastro podéis seguirle entonces?» (n´,
rastrear, seguir la huella, encontrar, como en Manu) describe al movedor
inmutable, que niega la loco-moción;
de hecho, el Buddha es el «Ojo en el Mundo» (cakkhu× loke, passim), y como tal a la vez se mueve (cak·us carati, Maitri Upani·ad VI.6) y opera (may cak·us karmaöi kriyante, Jaimin´ya Upani·ad Brhmaöa
IV.12.2). Por «Ojo en el Mundo», cualquier brahman coetáneo habría comprendido
el Sol, la Verdad, el Espíritu, el Fuego: el argumento budista ad hominem se dirige tan ampliamente a
los brahmanes como brahmanes que,
evidentemente, si queremos comprender, debemos escuchar como escuchaban los
brahmanes. Esto significa también que debemos estar vitalmente interesados en
la verdad de las doctrinas mismas, pues como ha dicho tan acertadamente
Mallinowski en otro contexto, «El lenguaje técnico adquiere su significado sólo
a través de la participación personal». En general, los eruditos tienen tanto
miedo de la «participación personal», o, como natthikas, son tan incapaces de ella, que Mrs. Rhys Davids, aunque
nosotros podamos estar en desacuerdo con ella en algunas materias, recaba
nuestro respeto por confesarla.
«Sin pies» (es decir,
«ofidiano», como el apara brahman, apdam
en Muö¶aka Upani·ad I.2.6, cf. Atharva Veda Sa×hit X.8.21 apd agre abhavat) requiere un comentario más
largo; cf. Shams-i-Tabr´zi (Nicholson, p. 295) «En mí no hay ningún “yo” ni ningún “nosotros”,
yo soy nada, sin cabeza, sin pies» y
«El último paso que hay que dar es sin
pies» (Nicholson, p. 137).
[20] Si a uno no le agrada esto,
se ha provisto una salida: «encuéntrate a ti mismo», attna× gaveyyestha, o como lo expresa
Avencebrol, ¿Quid est ergo quod debet
homo inquirere in hac vita?… Hoc est ut sciat seipsum (Fons Vitae, I.2). Aquí puede observarse que
cuando nosotros atribuimos el libre albedrío al ego empírico, al «pequeño sí
mismo», lo hacemos así sólo en el espacio pero no en el tiempo, puesto que
decimos «yo hago o voy donde yo
quiero» pero nunca «yo soy cuando yo
quiero», o incluso «como yo quiero»; y aquí, evidentemente, hay una lesión en
la lógica, pues no hay ningún espacio aparte del tiempo ni ningún tiempo aparte
del espacio (y esto es más evidente que nunca, a la luz de la «relatividad»):
por otra parte, y con perfecta lógica, el espíritu es independiente igualmente
del tiempo y del espacio. Así,
«aquello que más se aleja de la inteligencia primera, tanto más atado está por
los lazos del Destino, y cuanto más se acerca al eje de todo tanto más libre es
del Destino» (Boecio, Consolation,
prosa VI). «El Destino está en las causas creadas mismas» (Santo Tomás de
Aquino), pero «Mi servicio es libertad perfecta ».
Cuando en respuesta a
Saccaka el Buddha pregunta «¿Tienes tú, como
cuerpo, como mente, el poder de hacer
lo que tu quieres?» (palabras de Mrs. Rhys Davids, resumiendo el Lesser Saccaka Sutta, en JRAS., 1937, p.
262), y dice «yo comprendo a Saccaka, tú dices que “tú” no eres otro que el
cuerpo y la mente» (Original Gospel,
p. 35), esto es idéntico a Boecio, Consolation,
prosa VI; Boecio se sabe y se confiesa «un animal, racional y mortal», a quien
«Philosophia» responde, «¿Conoces tú algo más que tú seas?» «Nada», dice él;
Philosophia responde, «Ahora yo sé la causa o la causa principal de tu
enfermedad. Tú has olvidado lo que tú
eres». El «libre albedrío» es el libre albedrío del Espíritu: pero
«nuestra» voluntad es una necessitas
coactionis, un efecto; no un acto, sino una pasión. «Hágase tu voluntad, no
la mía, oh Señor»: es en este sentido, y no en un sentido «fatalista», como la
religión es «resignación» («Islm»). Para el «pequeño sí mismo» (el ego) no puede
haber ninguna libertad excepto en la obediencia al «Gran Sí mismo» (la
esencia). Ciertamente, el «pequeño sí mismo» tiene un tipo de voluntad, pero
ésta es sólo una volición instintiva determinada por los deseos, no una
voluntad libre. La distinción entre la esclavitud y la libertad se hace de esta
manera en Chndogya Upani·ad VIII.1.5-6, y casi en los
mismos términos la hace también San Agustín, De spiritu et littera, 52 «¿Por qué, entonces, hombres miserables
osan enorgullecerse de su libre albedrío antes de hacerse libres… Pues por
quien un hombre es vencido, a él está asignado en esclavitud».
[21] Cf. Sa×yutta Nikya
III.130 «Veo que en los cinco khandas
prehensivos tengo la noción de que “yo soy”, pero yo no reconozco que “yo soy esto”». Si subsecuentemente se «depone»
el concepto de «yo soy», obsérvese que no se habla como reemplazado por el
concepto de «yo no soy»: en sí misma, la naturaleza del ser no puede
aprehenderse con ninguna dialéctica tal; «aquí y ahora el Tathgata no puede ser
aprehendido, en verdad o realidad, como existente» (thitato, Sa×yutta Nikya III.118), no puede
preguntarse lo que era o lo que será (Sa×yutta Nikya III.118); el problema «no
se plantea» (avykatam,
Sa×yutta Nikya IV.385), porque la respuesta
es inexpresable; aquí, como lo expresan las Upani·ads, «las palabras
retroceden» (Taittir´ya Upani·ad
II.4), «Preguntas demasiado concerniente a esta Divinidad» (B¨hadraöyaka Upani·ad VI.6), «Tú no puedes pensar
al pensador del pensamiento» (B¨hadraöyaka Upani·ad VI.4), A l‘alta fantasia qui mancò possa (Paradiso, XXXIII.142). Como en el budismo, las Upani·ads no nos dicen lo que el tman
es, sino más bien lo que no es.
La irrealidad del sí mismo
empírico se reconoce llanamente en êatapatha Brhmaöa
I.9.3.23 (que sigue a Vjasaneyi Sa×hit II.28 y que hace referencia
a Vjasaneyi Sa×hit I.5) donde, al cierre del
rito, el sacrificador se desacraliza a sí mismo, y no queriendo decir con
tantas palabras «Ahora yo retorno desde la verdad (satyam) a la mentira (an¨ta)»
(lo inverso de Vjasaneyi Sa×hit I.5 «Ahora yo entro desde la
mentira a la verdad»), en lugar de ello dice «Ahora yo soy tal como yo soy» (aham ya evasmi so ’smi, también en Aitareya Brhmaöa VII.24), es decir, fulano
por nombre y linaje»; puesto que el sacrificador iniciado ha sido «como si no
fuera un hombre», «sin nombre», y «como si estuviera vaciado de sí mismo» (êatapatha Brhmaöa, ídem, Kausitak´ Brhmaöa VII.2 y êatapatha Brhmaöa III.8.1.2 riricana ivtm). Sylvain Lévi consideraba acertadamente al brahmanismo de los Brhmaöas como el padre del budismo, aunque estaba muy lejos de acertar cuando
agregaba que le ha legado una herencia
deplorable. En todo caso, el budismo heredó del brahmanismo todo lo que
tiene en común con el cristianismo (y al decir esto nosotros no estamos ratificando la teoría de la
«influencia», puesto que «Las coincidencias de la tradición están más allá de
la esfera del accidente»).
[22] Akkhtro,
«narradores», en el sentido de Aitareya
Brhmaöa
VII.18, donde el «narrador» de la leyenda de êunaú§epa es khyt¨. Desde este punto de vista,
el evangelio que se narra de hecho es un khyna, cuyo verdadero
significado, sin embargo, es cualquier cosa menos anecdótico. La leyenda del
Buddha es un «mito», aunque no en el sentido de «ficción» que ha adquirido este
término.
[23] También en la doctrina
cristiana, Cf. San Agustín, De spiritu et
littera, «Nosotros no podemos negar la posibilidad de la perfección en la
vida presente».
[24] Un sentido futuro sólo
podría introducirse forzadamente diciendo «no probarán ser», pero incluso esto
no cambia el hecho de que, en el pensamiento de Doöa, las huellas no son las de un hombre; Doöa no está pensando que ellas
son ahora las huellas de un hombre y que más tarde «devendrán» las de un
elefante, es decir las de un Buddha. Y si bhavissati
tiene un valor de presente aquí, podría esperarse a priori que bhavissmi
tenga un valor de presente a todo lo largo del mismo Sutta.
[25] La vacilación de Hume (p.
427) entre «obtener» y «meditar en», para dh´mahi,
en la Gyatri, es perfectamente inteligible: contemplar es poseer, y, en el
último análisis, devenir el objeto de
la contemplación; y es en este sentido como el yoga («conjunción»), en tanto
que técnica, está dirigido hacia una adaequatio
rei et intellectus, y como, en su consumación, es la «Unión» obtenida por
el attnuyogin (Dhammapada 209).
[26] Esto lo reconoce Mrs. Rhys
Davids misma en Kindred Sayings, I.
p. 48, nota 2, donde interpreta bhvan como «trabajo constructivo
(en la contemplación, por supuesto)… contemplación significa a la vez
eliminación… y… creación» (las
bastardillas son mías). Aquí Mrs. Rhys Davids se da perfecta cuenta que jhna
es más que «reflexión».