El  Club  Dumas    

 

De dónde viene, no lo sé. Pero a dónde va, puedo decíroslo: va al infierno.

Alejandro Dumas. El conde de Montecristo

Sucede que el diablo es muy astuto. Sucede que no siempre es tan feo como dicen.

Jacques Cazotte. El diablo enamorado

 

 

Lucas Corso es un mercenario cazador de libros que se ve envuelto en una trama a dos bandas : desvelar el enigma de "Las nueve puertas del reino de las sombras", un libro del que sólo quedan tres ejemplares salvados de la quema inquisitoria en el que su autor, Aristide Torchia, encerró el secreto de la alianza con el Diablo. A su vez, un manuscrito de Alejandro Dumas se enreda en los pasos del protagonista, poniendo sobre la mesa los naipes antagonistas.

A su lado, una misteriosa mirada verde y profundísima parece reírse de él desde su cuerpo de mujer.

Al menos, eso es lo que parece ...

 

 

COMENTARIO :

Atención : a continuación, el comentario puede desvelar hechos o claves del libro que  pueden frustrar la lectura del mismo.

 

El  Club Dumas fue la primera novela de Arturo Pérez-Reverte que leí.  Y, cómo no, Lucas Corso fue el primer personaje de este autor del que me enamoré platónicamente. No fue el único, claro; aún no estoy segura de que haya dejado de amarle.

Una inquietante introducción nos sumerge en las páginas de este libro. un libro maldito, como debe ser. Apenas son unas páginas en las que una silueta cuelga de la lámpara, pero que crean un efecto cinematográfico, incluso televisivo, como la entradilla de una serie policíaca.

En la obra no se especifica el marco temporal en la que se desarrolla; finales del mes de marzo, claro está, paro poder llegar al "primer lunes de Abril ...". Aunque me permito situarla en el mismo año en que fue escrita, 1993.

Madrid, Sintra, Toledo y París, como iconos de profundidad y misterio, monumentos de cultura con carácter propio.

 

“Después de todo, aquello era Toledo. Crisol de cultos subterráneos, de misterios iniciáticos, de falsos conversos. Y de herejes.”

 

La novela está contada por un omnipresente narrador que interviene como personaje en tres momentos de la misma : Boris Balkan. Debo confesar que la primera aparición de Corso, su sonrisa de lobo y su seguridad de sombra moviéndose en tinieblas, aparte de fascinarme totalmente, me  indicó cierta maldad en él. Cuidado, pensaba. Ingenua... ¿o no?

Dumas se introduce enseguida tras nuestros pasos. Al leer esta novela, tuve la sensación de tener que leer despacio, con cautela, y la percepción  de vacío alrededor mío propia de la alerta estaban siempre presentes. Reverte suele causarme esa sensación, la de leer como si viviera. También la de vivir como si leyera.  (¿Cuál es la diferencia?).

Así pues, el manuscrito del "Vino de Anjou" me devolvió la imagen de una Milady a medio camino entre la rubia mujer de los tópicos y la gata de capa negra y fiereza infantil de "Dartacán y los tres mosqueperros". Sí... me tragué aquella infame serie loca de rabia por la profanación de la historia real de Dumas. Cuando Liana Taillefer aparece en escena, como una femme fatal de cualquier película antigua, así sugerida y presentada por el autor, no cabe ninguna duda de que habrá que buscarle la flor de lis sobre su piel. A pesar de su pronto mano a mano con Corso, no la odié. Que Flavio iba a babear tras ella es algo que se intuye. El socio de Corso está hecho a la medida de Liana, es una víctima perfecta.

Nikon aparece como el reflejo de una sombra en un espejo empañado. Es un fantasma triste, fuerte, lejano y doloroso. La única que lo llamaba Lucas - siempre recuerdo el título de aquella película española ... "Perdona, bonita, pero Lucas me quería a mí"-. Cuando Corso recuerda a Nikon, cámara en mano, no puedo dejar de establecer cierto paralelismo con la etapa de reportero de guerra de Arturo Pérez-Reverte. Sus palabras ante el televisor encendido, "Shalom, shalom ... " forman parte de una memoria remota dentro de mí.

Varo Borja es un personaje que me fascina desde el principio. Algo tiene en la mano que esconde mientras muestra la otra. Una de las poquísimas cosas que me gustaron de "La novena puerta", De Roman Polanski, en su versión española, es la voz de doblaje que aplican a este personaje - tan injustamente maltratado en el film-. Una voz que coincide con otros doblajes, por ejemplo, la voz habitual de doblaje de Mel Gibson.

Sin embargo, al menos yo, no lo señalé como "asesino" hasta que no fue evidente. ¿Por qué? No creo que se trate de una labor de disfrazar al asesino hasta el final, como los culpables de última página de Agatha Christie. Simplemente la serie de hechos sorpredentes que se agolpan de manera deliciosa en las páginas hace que a una se le de un ardite quién es, al final, el culpable.

El capítulo de los hermanos Ceniza es un punto de apoyo para el lector. Yo, al menos, me sentí arropada por ambos personajes. El dato de que a uno de los tres ejemplares le faltaba un grabado que contrastaba con la integridad de los que Corso encontraba llamó mi atención desde ese mismo instante. "Los viejos nunca se equivocan". Un dato al que le dí vueltas sin encontrarle salida, puesto que no encajaba a Dumas en todo aquello.

La asociación de la viuda Taillefer y el hombre de la cicatriz a Milady y Rochefort  da a la novela una complicidad tremenda con el lector. Asocia en pocas palabras los miedos, odios, recelos y lealtades que la memoria literaria nos ha dado.

Dije antes que no odié a Liana. No puedo decir lo mismo de Irene Adler. A medida que avanza la novela, la fascinación y la simpatía se mezclan con el recelo. Y los celos, claro. Estallan en la batalla de Waterloo, cuando tocan retirada. Aunque, en realidad, como todos, llevaba toda la novela esperando ansiosa el momento romántico de rigor.

Un fragmento delicioso para mí es el de Víctor Fargas. "Yo también mataría por un libro", es una frase que ni me horrorizaba ni considero ajena a mí. Compañero mío en instrumento - violinista -, Víctor Fargas y su locura  en aquella casa triste y gris preconizan su final, haciéndonos intuir que momentos antes de su muerte, sus ojos se humedecieron un poco al despedirse de sus libros, pero que no mostró resistencia, sino resignación.

Una mención especial a Frida Ungern - cuya discapacidad física crea algunas contradicciones cuando, por ejemplo, rompe un papel-. Su personaje me recuerda vivamente  a algunas figuras que Christie emplea en sus novelas :

“Frida Ungern emitía una risita contenida, confidencial. Miss Marple en plena tertulia, ocupada en chismorreos diabólicos. No sabes la última de Satanás. Esto y lo otro. Como te lo cuento, querida Peggy.”

Este fragmento me hace encontrar las pinceladas del Reverte articulista en la novela. La primera frase en que lo ví fue en :

 

"[...] la periodista estableció que, de todos modos, ella encontraba los relatos de aventuras demasiado ligeros, ¿no? Superficiales, no sé si me explico. O sea.

 

La  autopsia que realiza Frida de "Las nueve puertas" y la explicación documentada de cada grabado nos sumergen en la sombra del diablo.

Por supuesto, los grabados se introdujeron en mis pensamientos para no salir de ellos hasta que terminé el libro. Me fascinaban todas y cada una de las finas líneas que los componían, y lo miraba una y mil veces, hasta que un destello en los ojos de alguno de aquellos personajes burlescos me sobresaltaba. Es el animal auróvoro ... el que circunda el laberinto ...

Me impresionó la visión que Milady-Taillefer da de los mosqueteros. Realmente, su idea de lealtad es una de las pocas que merecen llamarse honor, sea de los "buenos" o de los "malos".  Impacta la ilustración de "Los tres mosqueteros" en que el verdugo levanta la espada sobre el cuello de la condesa de la Fère o Ainne de Breouil. Realmente, no hubiera sido difícil unir las dos tramas. Pero la resolución por separado, nos deja tal cara de pardillos que es realmente placentera.

La reflexión que la chica hace sobre batallas primigenias, ángeles y demonios me reconcilió un poco con Irene Adler. Es un fragmento que se hace demasiado breve para mi gusto. Pero dicen que lo bueno ... Me sorprendió comprobar las diferentes interpretaciones que la gente con la que he podido conversar le daban a estas líneas y la identificación de la chica que hacían : mientras unos deducían que era el diablo, otros decían que era un ángel caído de la batalla, otros que una enviada ...

Algo que me hizo releer una y mil veces las mismas páginas en busca de una respuesta que, evidentemente, no iba a encontrar por ninguna parte, fue hallar el origen de los elementos que Varo Borja dispone sobre "el animal auróvoro" ... me preguntaba de dónde diablos deducía aquello. También de dónde sacaba las letras que conformaban las palabras prohibidas ... Sic exeo me ... su referencia a diversos alfabetos que "usted nunca entenderá" me confundía. Una lección de fuguismo. Releí hasta quedarme satisfecha, pero no convencida.

Salir al exterior y encontrar a la chica sin necesidad de fórmulas me dio la sensación de que todo era algo muy simple escondido tras supersticiones y sombras fantásticas que necesitamos como miserables seres humanos antes de afrontar nuestros miedos.

Es exactamente lo que sucede con El Club Dumas : algo tan simple cubierto bajo mil sospechas, cien miedos, varias pasiones y una mirada tan verde y tan vieja que da miedo.

 

Visitar : http://www.um.es/tonosdigital/znum3/estudios/clubDumas.htm

 

 

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