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| Stephan Zweig. |
| Escritor y pacifista austríaco, famoso por sus biografías;
1881-1942. |
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En el Renacimiento se produce el
enlace, casi único, entre fuerza y belleza, valor y
carencia de preocupaciones; el gran arte de no temer la
muerte y, sin embargo, amar sensualmente la vida.
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Da rubor decirlo, pero es lo
cierto que la falta de sinceridad en el amor nace
siempre tan pronto como intervienen en él otros
sentimientos más elevados.
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El demonio de Casanova es el
aburrimiento. Está completamente vacío. No tiene
sustancia anímica y por eso, para no consumirse
interiormente, tiene que llenar este vacío interior con
los exterior; es decir, con acontecimientos. Necesita
ocupar su yo, fortalecer su vida, no quedarse nunca solo
con sí mismo, no tiritar en el frío del vacío. Sólo
el roce con sus semejantes enciende su propia vitalidad.
Cuando eso juega. El juego es un extracto de la tensión
de la vida; es un resumen del destino, y por lo mismo es
el asilo de todos los hombres que viven del momento y la
eterna distracción de los ociosos. Es un verdadero
jugador y, por lo mismo, no juega para ganar, pues eso
sería muy aburrido, sino que juega únicamente por
jugar.
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Toda ciencia viene del dolor. El
dolor busca siempre la causa de las cosas, mientras que
el bienestar se inclina a estar quieto y a no volver la
mirada hacia atrás. En el dolor uno se hace cada vez más
sensible; es el sufrimiento quien prepara y labra el
terreno para el alma, y el dolor que produce el arado al
desgarrar el interior, prepara todo fruto espiritual.
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Escribir libros históricos es una
tarea agradable, sobre todo si se hace como Stendhal, o
sea, copiándolo todo de otros libros y aderezándolo
con unas cuantas anécdotas y chistes; éste ya es un
placer que se aproxima a lo espiritual.
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Nada torna a la gente más
desnaturalizada e insubordinada que una larga y
constante ociosidad.
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