Monumento al DOCTOR JUAN CARLOS DIGHIERO - Monumentos del Uruguay - Mundo Matero
DOCTOR JUAN CARLOS DIGHIERO

Homenaje al Doctor Juan Carlos Dighiero (1880-1923), médico y profesor uruguayo graduado en el año 1906.
Profesor de Patología Médica y Clínica Médica, cátedra en la que sucedió al Doctor Francisco Soca, de quien fuera destacado discípulo.
Fecha de inauguración: 19 de diciembre de 1926.
Ubicación: Jardines de la Facultad de Química y Farmacia - Avda. Gral. Flores entre Yatay e Isidoro de María.
Material empleado: Bronce.
Material del basamento: Mármol.
Descripción: Busto del Doctor Dighiero sobre una columna de mármol ornamentado. A un costado figura femenina de pie, que apoya su brazo izquierdo sobre los hombros de un niño. Un basamento de mármol blanco sustenta el conjunto.
En la columna se halla grabada la inscripción: "Al eminente médico Dr. Juan C. Dighiero 1880-1823".
Ciencia segura, bondad y modestia, abnegación y desinterés, lo hicieron destacar. Clientes, amigos, colegas, discípulos y conciudadanos le erigieron este monumento en julio de 1926".

Nacido en Montevideo el 12 de julio de 1880, el Dr. Juan Carlos Dighiero fue médico de honda vocación y vivió siempre buscando el contacto humano para mitigar el dolor con su bondad y sabiduría.
Vamos a prescindir de los datos biográficos que pueden mostrarnos el nacer de un hombre de ciencia.
Vamos a mostrar su ser, su carácter, su espíritu, su perfil humano, porque es, precisamente, la personalidad del Dr. Dighiero, una de las más hermosas, vibrantes e integrales que conoció la Facultad de Medicina de nuestro país. Quince años de vida profesional permitieron considerarle en toda su magnífica ejemplaridad. Los que le conocieron personalmente, dicen que conquistaba de entrada, con su carácter comunicativo, su don de simpatía, y sobre todas sus cualidades, su inmensa bondad. "Era un hombre bueno. Bueno, con una nobleza que irradiaba y seducía; bueno hasta la increíble abnegación; bueno en todos los instantes de una existencia en la que no pueden hacerse divisiones artificiales".
Afectuoso y sencillo, su lúcida inteligencia médica le había permitido llegar a los cuarenta y dos años a una situación privilegiada dentro de la medicina nacional. "Dighiero poseía una erudición disciplinada y honda complementada por sus maravillosas condiciones naturales; disimulaba su intensa preparación de estudioso tras una de sus virtudes cardinales: la sencillez". En sus clases era ameno y conciso, modesto y sincero. Había nacido para enseñar.
Era un médico completo y tenía tal poder de irradiación humana que su sola presencia frente al enfermo bastaba para que hubiera un renacimiento de la fe, de la esperanza en la victoria final sobre el dolor. Entraba en una casa oscurecida por el sufrimiento y la transformaba con la sola fuerza de su almade médico. Jamás el interés dictó sus actos, sino que su vida fue en todo momento una perdurable lección de amor, abnegación y heroísmo.
Su actuación de profesor de Patología Médica y Clínica Médica, constituyó en la Facultad de Medicina un espectáculo inolvidable y los que fueron sus discípulos, hoy también médicos eminentes, le recuerdan con una conmovedora admiración. La grandeza de un Maestro siempre se corrobora en las palabras y en el hacer de sus discípulos. Y el que esto escribe, tuvo una hermosa evidencia: al conversar con un médico que fue discípulo del Dr. Dighiero, notó cómo la evocación de la personalidad de aquel joven Maestro, quebraba su voz y los ojos se le iluminaban con una luz interior, que sin duda alguna era la mejor prueba de que el Dr. Dighiero había sembrado muy hondo en el alma de las generaciones que le conocieron y escucharon.
Para Dighiero no existía otro deber que la abnegación, y su muerte lo comprobó. Siempre estuvo, al momento, donde se le requería para salvar una vida, para aliviar los sufrimientos de los humildes o de los encumbrados. No hacía diferencias. En todos los lugares, la lucha era la misma: la enfermedad, la recuperación de la salud.
Su personalidad de Maestro estaba ya integrada con los más grandes atributos humanos cuando, inesperadamente, cayó en la batalla, luchando sin tregua, olvidándose de sí mismo, que siempre ha sido el gran olvido.
El 19 de julio de 1923, fallecía el doctor Juan Carlos Dighiero, dejando un enorme claro en la Facultad de Medicina de Montevideo y en el campo médico de nuestro país. Pero quedó su obra y la fuerza de su alma que hasta hoy sigue inspirando a todos los que se le acercaron en procura de conocimiento y perfección.
Para terminar esta semblanza, quiero transcribir por bellas y significativas las palabras del Dr. Héctor H. Muiños, escritas con motivo de la muerte de quien fuera su Maestro:
"Médico incomparable, profesor eximio, pasó la vida sembrando simpatías, derrochando afectos, consolando tristezas. Sobre su tumba, como ninguna prematuramente abierta, el nombre de Juan Carlos Dighiero será como un símbolo donde se hermanan la Ciencia y el Bien".