Estadio Centenario - Monumentos del Uruguay - Mundo Matero
Monumento Mundial al Fútbol

Estadio Centenario


LA PRIMERA COPA DEL MUNDO, SE JUGO EN MONTEVIDEO

Al inaugurarse el Estadio, un diario pronosticó su derrumbe porque el cemento estaba fresco

Por César Di Candia

Durante la década del veinte la ciudad de Montevideo vivía en pleno ataque de colosalismo edilicio. Por esos años se habían erigido el Hotel Carrasco en febrero de 1921, el Monumento a Artigas en 1923, el Palacio Legislativo en 1925, el puente sobre el Santa Lucía en 1929. Faltaba un estadio de fútbol gigante, acorde con las glorias acumuladas por los futbolistas amateurs que habían logrado los campeonatos olímpicos en 1924 y 1928. Pero además, un Campeonato Mundial que sirviera de marco a su inauguración. Ambas cosas se lograron en un tiempo asombrosamente breve. En febrero de 1929, la delegación del club Nacional de Fútbol integrada por José G. Usera Bermúdez y Roberto Espil presentó en la Asociación Uruguaya de Fútbol un proyecto reclamando para Uruguay la sede del primer Mundial profesional. La AUF hizo suya la idea, la presentó al Congreso de la Confederación Americana y allí fue aprobada por unanimidad. En mayo del mismo año, la FIFA eligió a Montevideo como sede de un evento internacional jamás disputado al que habría que hacer coincidir con los festejos del centenario de la Constitución de 1830. Quedaban catorce meses y todo por hacer. Sin embargo por una vez, la burocracia vernácula dejó de lado sus aludes de informes y expedientes y encargó de inmediato el proyecto a los arquitectos Scasso y Domato, quienes terminaron los planos en pocas semanas. Seis meses después, en los primeros días del mes de julio de 1930, el Estadio Centenario estaba pronto. Las obras se iniciaron en febrero y los obreros trabajaron incansablemente en tres turnos, incluido uno que se efectuaba por las noches, empleándose grandes reflectores para suplir la ausencia de luz natural. Fueron empleados catorce mil metros cúbicos de cemento y su costo ascendió a un millón de pesos. Con el dólar a la par, un millón en la moneda norteamericana. Para atrás y por razones de tiempo, solamente quedó un gran pórtico que iba a ser revestido de mármol y otras piedras nacionales "como exponente de la riqueza de la industria del país." La obra resultó tan inmensa que según el "Album del Centenario" obra de don Arturo Carbonell Debali "en su parte interior podía caber el Coliseo Romano".

¿Qué ocurría en Montevideo en esos días previos a las fiestas del primer siglo de la Constitución y de la inauguración de su máximo centro deportivo? Los diarios de julio de 1930, se alborotaban por una asonada producida en la Universidad de la República. Los estudiantes de varias ramas de la Enseñanza habían ocupado la Facultad de Derecho reclamando por una Reforma Universitaria, una aspiración de larga data que ya había provocado una huelga general de un año entero en 1928 y que se seguiría planteando a través de las siguientes décadas del siglo. Esta vez los hechos tenían otra gravedad porque se habían roto vidrios, moblaje y estanterías y se había resistido el desalojo de la policía. El cabecilla visible de la resistencia estudiantil era según el diario El País, el Secretario general de los estudiantes de Derecho, bachiller Arturo J. Dubra. Años después, ya recibido de abogado, el doctor Dubra sería diputado por el Partido Socialista y una de sus más importantes figuras representativas. El escandalete de la Universidad había roto la tranquilidad de una sociedad de vacas gordas y vivir plácido, apenas preocupada por los cambios políticos que comenzaban a producirse en el Partido Colorado tras la muerte de don José Batlle y Ordóñez, acaecida en octubre del año anterior. Para los anunciantes de la prensa en cambio la atención estaba puesta en los aparatos de radio que empezaban a llegar al país y a calentar la cabeza de la gente. Todos los que se ofrecían eran enormes, con mueble incluido. El aviso de uno de ellos que traía el parlante aparte, aconsejaba: "sorprenda a su familia con un hermoso y práctico obsequio conmemorando las próximas fiestas. El receptor Philips resolverá su arduo problema y con este obsequio se acreditará usted como una persona de buen gusto."

ENCOFRADO. La construcción del Estadio Centenario bajo la dirección del arquitecto Scasso se llevó a cabo en un tiempo record: apenas seis meses de trabajo.

PREINAGURACION. Habilitación parcial de un sector del Estadio para los curiosos que iban a mirar como se trabajaba.

La cartelera de espectáculos de El País por su parte, anunciaba sin demasiado entusiasmo y con una pequeña foto, la presencia del cantor Carlos Gardel en el teatro Artigas, refiriéndose al hecho con esta breve gacetilla, redactada como por compromiso: "El Mago, como le llama su público a Carlos Gardel, reaparecerá esta noche en el Artigas. Esta nueva etapa del excelente intérprete de la canción popular servirá para que una vez más pueda palparse cuán grande es su prestigio y las inmensas simpatías de que goza entre nosotros". Con mayor destaque se anunciaba para la semana inmediata la presencia del Coro de los Cosacos del Don en el Solís, y de la compañía de Blanca Podestá interpretando la célebre obra de Florencio Sánchez "M' hijo el dotor" en la misma sala. En otra página y debajo de una foto, se anunciaba la renuncia del doctor Carlos Vaz Ferreira a la Rectoría de la Universidad y su sustitución por el doctor Alfredo Navarro. El día 5 de julio, a apenas ocho del comienzo del campeonato y a cinco de la terminación del nuevo estadio, El País dedicaba mucho más espacio a uno de los problemas cotidianos que afectaba a la ciudad. Bajo el título a ocho columnas "El Jardín Zoológico es un ejemplo de abandono" dedicaba una página entera al deterioro de este paseo municipal y a la responsabilidad de su administrador, cuya moral no vacilaba en atacar.

En más de un sentido, aquella nota adolecía de un disfrutable pintoresquismo "Lo que fue un hermoso paseo está ahora convertido en un desquicio: escombro, piedras, pilas de maderas inservibles, latas viejas abarcan caminos y constituyen trincheras. Al administrador se le ha ocurrido obtener crías de un perro con una chiva y los ha puesto en un especial alojamiento. El zoológico está abierto de tres a siete, pero él realiza visitas nocturnas con varias mujeres. El señor Oscar Fernández ha sido puesto allí por razones politiqueras." Tanto en el caso de los reclamos estudiantiles, como en el deterioro mencionado, los hechos parecen haberse deslizado por los últimos dos tercios del siglo XX y un año del siguiente sin haber variado mucho.

Trece equipos designados por invitación participaron en el Mundial del año treinta en Montevideo. Menos de la mitad de los que disputan los certámenes actuales en los que, teniendo en cuenta las eliminatorias, se enfrentan docenas de países. La FIFA sorteó (o más bien digitó) cuatro series: una integrada por Argentina, Francia, Chile y México, otra donde jugaban Brasil, Yugoslavia y Bolivia, una tercera en la participaban Uruguay, Rumania y Perú y una cuarta con Estados Unidos, Paraguay y Bélgica. Se clasificaba uno por serie y los cuatro disputarían las semifinales. Los primeros partidos del Mundial se jugarían en el Parque Central, propiedad del Club Nacional y en la cancha de Pocitos, exactamente en la esquina de Rivera, Pereyra y Soca, donde se hallaba la cancha de Peñarol. La selección uruguaya debutaría el 18 de julio, aniversario de la primera Constitución, inaugurando el Estado Centenario contra el representativo peruano. Según lo han escrito los cronistas, pese a que se estaba a apenas dos años del último triunfo olímpico, el público no le tenía mucha fe a los celestes. Se decía que la base del equipo estaba conformada por veteranos de treinta o más años como José Nasazzi, Pedro Cea, Urdinarán, Andrade, Héctor Scarone, Alvaro Gestido, Lorenzo Fernández y El Manco Castro, todos ellos sobrevivientes de los campeonatos olímpicos de Colombes y Amsterdam y que no se había producido una saludable renovación de valores. Ni siquiera se tenía un Director Técnico ( todavía llamado "entrenador" ) como ya se estilaba en todos los países del mundo. El designado Alberto Supicci, era un profesor de educación física de larga trayectoria pero no un conocedor de estrategias ni de las infinitas variantes del fútbol. Mucha gente pensaba que esta carencia debía ser suplida con alguien de gran poder de mando dentro de la cancha y las esperanzas estaban puestas en el capitán José Nasazzi. Los primeros partidos (Estados Unidos 3 Bélgica 0, Francia 4 México 1 Yugeslavia 2 Brasil 1 y Rumania 3 Perú 1) ) no interesaron demasiado. Entre los cuatro, fueron recaudados veintiséis mil pesos y en el último de los mencionados, poco más de seiscientos. En cambio se aguardaba con espectativa el debut de Argentina, viejo rival rioplatense, frente a Francia. Este partido se disputó el 16 de julio y marcó las primeras irregularidades del campeonato. No solamente porque los de la otra banda, pese a un resultado favorable jugaron muy mal ( "El equipo argentino debutó desastrosamente" se solazó en un titular a toda página el diario El País ) sino porque el público uruguayo lo recibió con una gran silbatina, abucheó a sus jugadores durante todo el partido y todavía inconformes, muchos de los hinchas esperaron la salida hacia el ómnibus que llevaría a los albicelestes a la concentración de Santiago Vásquez para arrojarles piedras y agraviarlos soezmente. El mismo diario detalló los incidentes que pudieron haber sido muy graves. "Quinientas personas se reunieron a la salida de los jugadores argentinos del Parque Central profiriendo insultos contra ellos y su país y además contra la policía que debió intervenir para desalojarlos." Por tercera vez en esta nota, es preciso mencionar un comportamiento social deplorable, acaecido hace setenta y un años, que suena como terriblemente actual. Interrogado al respecto por un periodista deportivo, el arquero Bossio declaró enigmáticamente: "creo injusta la silbatina de que nos hizo objeto el público uruguayo, pero hay cosas que se explican solas." No aclaró la causa, pero ésta era obvia. En realidad, esa reacción desmedida y poco agradecida, que olvidaba que Montevideo había sido sede del Mundial gracias al apoyo argentino, se originaba en un partido jugado en Buenos Aires en 1924, por la selección nacional y la vecina, al regreso triunfal de la nuestra como campeona olímpica en Colombes. Muchos aficionados recordaban aún que luego de ese partido, ganado por Argentina (que no había participado en aquel certamen) y al empuje de otros delirantes manijazos de la prensa porteña, no menos pasionales y penosos, se pretendió imponer a los seleccionados de aquel país, el título de "campeones morales" y hasta hubo un diario que exhibió un gran titular burlón que decía "Olímpicos, ja ja ja". De cualquier manera, las agresiones contra el plantel argentino despertaron una reacción inmediata y la agrupación que regía el fútbol argentino estuvo a un paso de retirar al equipo del campeonato. El diario La Prensa de Buenos Aires llegó a escribir: "En las condiciones y ambiente en que se ha producido el encuentro con el selecto conjunto francés, creemos sinceramente que se han resentido la cultura y las garantías de orden dentro de las cuales es indispensable que deban desarrollarse las pruebas sucesivas. Consideramos que debe deliberarse si es del caso proseguir con el empeño iniciado. La Asociación Argentina de Football debe meditar serenamente si es llegado el caso de llamar a los muchachos e impedir de esta manera que los encuentros de esa naturaleza preparados bajo los mejores auspicios se conviertan en una cuestión grave que afecte los sentimientos fraternales." Las disculpas elevadas por las autoridades y la prensa uruguayas, diluyeron el problema, que no fue el único. Otros de tipo organizativo, comenzaron a enturbiar el ambiente a medida que se acercaba el debut de la selección celeste. Uno de ellas, como es habitual, tuvo que ver con las entradas. "La falta de acierto que ha caracterizado a la gestión de la Asociación Uruguaya de Football"- editorializaba un diario- "no tiene calificativo, esta vez por la falta de consideración hacia la prensa que es el factor más importante y decisivo en la divulgación de su obra. Esta desconsideración, si es hasta cierto punto tolerable tratándose de la prensa local, no lo es en absoluto cuando se trata de periodistas extranjeros que nos honran con su visita. A ellos se les somete a un verdadero peregrinaje para la procura de las entradas a cada match haciéndoseles concurrir más de una vez a las oficinas de aquel instituto obligándoseles a larga antesala cuando lo regular y acertado sería darles toda clase de preferencias para el cometido de su importante misión. Y preguntamos ¿por qué no se les mune de un carnet o talonario de una vez por todas? ¿No sería más sencillo y cómodo para todos abreviando tiempo y trabajo?" La Cámara de Diputados también se sensibilizó al respecto sintiéndose burlada en lo que consideraba sus más claras prerrogativas. Se discutió el tema en sala y se emitió una declaración que en su parte más substanciosa decía: "Mientras tienen derecho a concurrir al Palco Oficial especialmente invitados una verdadera legión de funcionarios públicos acompañados por sus señoras, a los señores legisladores no se les ha pasado la invitación a que tienen derecho. Desconsideración y descortesía para quienes no se tuvo inconvenientes en ir a solicitar su concurso para la realización de los festejos. ¡Seguramente no ocurrió lo mismo con las amistades de los dirigentes!" Al día siguiente, en ocasión de la primera intervención de Uruguay, la AUF también sería severamente criticada por vender por docenas entradas a quienes luego las revendían a precios altísimos. Pero es más que sabido que desde su creación, la falta de congruencia de la Asociación Uruguaya de Fútbol ha sido una permanente fuente de observaciones y discrepancias del periodismo deportivo y ese es el cuarto punto en común que puede marcarse dentro de esta crónica, entre sucesos acaecidos en 1930 y los tiempos actuales. Bajo el título "la fiesta más grandiosa en la vida deportiva del Uruguay será la de mañana", el diario El País escribía en su edición del 17 de julio de aquel año: "Mañana, en el amplio escenario que nos ofrece el estadio levantado en el Parque de los Aliados la vida deportiva de nuestro pequeño Uruguay vivirá uno de los días más gloriosos de su larga y proficua existencia". Otros diarios como La Tribuna Popular eran mucho menos optimistas: desde sus páginas se insistía que aquello iba a ser una locura porque el cemento estaba todavía fresco y con el peso de la gente las tribunas se hundirían irremediablemente. Todas las entradas eran numeradas y para tener un valor de referencia, las de la Olímpica costaban cincuenta centésimos. Los actos previstos para la inauguración el Estadio Centenario integrándolo dentro de un Campeonato del Mundo que había empezado en otras canchas cinco días atrás, no tuvieron la espectacularidad que se estila para estas ocasiones. Si por algo se distinguieron, fue por su discreción. A las catorce horas en punto comenzó el desfile de las delegaciones. Luego se ejecutó el Himno Nacional y de inmediato el doctor Raúl Jude, dirigente de la AUF y poseedor de un gran prestigio como abogado, un hombre quien el año anterior había brindado su apoyo jurídico al estanciero y político colorado José Saravia en ocasión del famoso crimen de la estancia La Ternera (Ver suplementos coleccionables de 27 de enero y 3 de febrero de 2001) pronunció un discurso en el tono pomposo y grandilocuente que era costumbre en aquellos años, explicando que "el estadio era la síntesis armoniosa del ideal creador y patriótico de un pueblo que marcha con la frente al sol por el recto camino de su destino histórico". A las catorce y veinticinco se ejecutó el Himno del Perú y cinco minutos después el Presidente de la República doctor Juan Campisteguy que no había asistido por enfermedad a los actos oficiales de la mañana, aplicó el puntapié inicial a la pelota, un hecho al que los diarios que todavía utilizaban palabras inglesas para designar todo lo relativo al fútbol, denominaron kick off. Gran parte de los menos de dos millones de habitantes que habitaban entonces el país, estaban pendientes del partido. Alguna radio efectuó una transmisión experimental para los escasos propietarios de aparatos receptores y miles de personas quedaron sin adquirir entradas o sin poder presenciar el encuentro pese a tener en sus manos los boletos que los habilitaban. Nadie se acordaba ya que en el cine Rex Theatre se estaba dando una película llamada "Las vampiras de Broadway" anunciada como "un super espectáculo en colores con estrellas del Follies y de Ziegfield" que prometía escenas vagamente excitantes. Tampoco importaba la presencia del cantor Carlos Gardel, que fue de visita a la concentración argentina y a la uruguaya, ratificando una vez más la oscuridad con que siempre intentó ocultar su lugar de nacimiento, ni el intenso frío de la época que hacía que la sastrería Ovalle, de acuerdo a los avisos de prensa, liquidara sobretodos a ocho pesos (cuatro entradas a la Tribuna América) ni que la rambla de Pocitos a la altura de Barreiro terminara bruscamente en un precipicio de dos metros sin iluminación, lo que hacía, decían las crónicas policiales, que dos por tres se despeñara algún automovilista desprevenido.

El día en que se inauguró el Estadio se sometió a la gente a toda clase de vejámenes

El 18 de julio de 1930, el Uruguay se disponía a celebrar los primeros cien años de su Constitución con una serie de actos: el más importante, la inauguración de su mayor estadio de fútbol, uno de los más grandes del mundo, denominado Centenario precisamente en homenaje a la conmemoración. Probablemente ningún otro hecho del siglo XX haya despertado entre los compatriotas más espectativa. Pero ciertamente muy pocos conocían entonces y tal vez tampoco hoy, la excepcional conmoción con la que la Jura de su Primera Constitución había sacudido a los orientales cien años antes. La disculpa para la desinformación es explicable: el único diario que salía en aquella fecha que era El Universal, un órgano de cuatro páginas que se autodefinía como político, literario y mercantil, dirigido por el entonces coronel y memorialista Antonio Díaz, no apareció entre los días 17 y 21 inclusive, tal vez contagiado por el espíritu festivo que reinaba en el país. Recién el 22 al retomar contacto con su público, El Universal dio cuenta en su página tres habitualmente destinada a informaciones teatrales, de los hechos acaecidos en ocasión de la jura de la primera Constitución de la República. "El domingo 18 del corriente se ha celebrado el Juramento de la Constitución política del Estado con todas las formalidades prevenidas al efecto y desde el 19 siguiente tuvieron lugar las fiestas cívicas destinadas a solemnizar este acto augusto y para siempre memorable. Las funciones de la ley terminaron el miércoles y han excedido a todas las esperanzas; pero el público, excitado por el entusiasmo que es capaz de inspirar la posesión de un objeto tan anhelado, tomó a su cargo prorrogarlas indefinidamente. (...) Cada día se aumenta el número de comparsas de personas de las clases más decentes, que durante la noche discurren por las casas de la capital en donde se hallan reuniones, las más brillantes del bello sexo, realzando con los encantos del baile el espectáculo solemne de un pueblo magnánimo y guerrero que se abandona a gozar dentro de los límites de la moral y la civilización los primeros frutos de veinte años de guerra y sacrificio."

CONTROL. Al ingreso de la Tribuna Colombes, al igual que en el resto de las instalaciones, el público fue rigurosamente palpado de armas.

ESPERA. Lentamente el público va llenado las gradas aguardando el encuentro que el 18 de julio de 1930 inauguraría el Estadio Centenario.

Pese a las escasas referencias al pasado, por muy grande que fuera la atención despertada por el Primer Campeonato Mundial de Fútbol y el debut de la selección celeste ante Perú, que iba a tener lugar precisamente ese día 18 de julio de 1930 a las tres y media de la tarde, los actos de celebración patriótica programados por la Comisión Nacional del Centenario contaron con una concurrencia masiva de unos montevideanos que en aquella ocasión, hace ya más de setenta años, no llegaban al millón de habitantes. "No exageramos sin duda en afirmar" -decía la crónica del diario El País del día siguiente- "que jamás nuestra ciudad había alcanzado animación tan extraordinaria en horas de la mañana, favorecida esa gran concurrencia por un tiempo felizmente propicio. La salida del sol fue saludada por la Fortaleza General Artigas y con las naves de nuestra escuadrilla con una salva de ciento un cañonazos. (...) Ya mucho antes de las diez de la mañana era prácticamente imposible avanzar entre el público que cubría todo sitio aparente en la Ciudad Vieja. A las diez y treinta dio principio la brillante ceremonia conmemorativa. Inició el acto la Banda Municipal con la ejecución del Himno Nacional que fue cantado por las agrupaciones corales que exprofeso habían reservado ubicación especial frente al gran Palco Oficial. En el palco levantado en el costado Este de la Plaza tomaron ubicación representantes de los Poderes Públicos, representantes diplomáticos, planas mayores de las naves de guerra que nos visitan, periodistas y gran número de invitados especiales. Debido a la dolencia que lo aqueja, el Presidente de la República doctor Juan Campisteguy se vio imposibilitado de concurrir." Luego hubo un gran desfile militar que fue acompañado por circunvoluciones de aviones uruguayos, argentinos y brasileños. Los actos finalizaron pasado el mediodía. Quienes tenían entradas o esperanzas de poder sacarlas, se fueron derecho al nuevo estadio. Los demás quedaron pendientes del partido que marcaría la primera presentación del seleccionado celeste.
A la hora en punto y luego del desfile de las delegaciones, se dio por comenzado oficialmente el Campeonato Mundial de Fútbol, que en realidad ya se había puesto en marcha el domingo 13 de julio simultáneamente en las canchas de Pocitos y el Parque Central. El presidente Juan Campisteguy, súbitamente mejorado de la dolencia que le había impedido asistir por la mañana a los actos patrióticos dio el puntapié inicial ante un público que los diarios calcularon en ochenta y cinco mil personas. La apreciación suena como alegremente exagerada por una prensa que buscaba enmarcar con cifras tremendistas el evento internacional, si se tiene en cuenta que todavía le faltaban al estadio tres anillos que fueron construidos veinticinco años después, uno en la América otro en la Amsterdam y otro en la Colombes. Hoy con esas ampliaciones, no caben más de setenta mil aficionados.

INAUGURACION. El público desborda la tribuna Olímpica. Hay gente incluso en unos armazones de hierro sobre la parte superior.

DESFILE INAUGURAL. Encabezada por la de Estados unidos, las delegaciones comienzan el desfile protocolar.

Más allá de los sentimentalismos y del placer que trae consigo la nostalgia, la inauguración del Estadio Centenario no fue feliz. Los celestes jugaron muy mal, de acuerdo a lo previsto por la cátedra y recién en el segundo tiempo mediante un solitario gol de Héctor Castro luego de un pase de Cea logró doblegar a un débil equipo peruano. Uruguay se integró de acuerdo a las líneas de formación de la época, con Ballestrero, Nasazzi y Tejera; Andrade, Fernández y Gestido; Urdinarán, Castro, Petrone, Cea e Iriarte. El mayor crédito de la selección, Héctor Scarone apodado El Mago, no había sido tenido en cuenta. La crónica del diario El País que no tiene firma pero puede ser atribuida al Jefe de su Página Deportiva Carlos Reyes Lerena, no ahorró críticas. "Aún cuando hace tiempo que venimos observando con firmeza y seguros de la verdad que nuestro football atraviesa un momento difícil, declinante, creímos que ciertas preocupaciones por el "training" de nuestros jugadores (...) podía restituirnos la fuerza olímpica. (...) Hemos vivido engañados en un mes de concentración. El interés de unos cuantos dirigentes contemplado por algunos diarios al precio de una insincera información periodística, ha conseguido desviar a la opinión pública de las realidades que se sucedían en el campamento de nuestros jugadores. Y de esas realidades que nosotros no callamos nunca porque entendemos que denunciarlas es servir a la causa del football, resulta el apenante rendimiento del team nacional. Este careció de una vibración comunicativa que da movimiento y vida al espectáculo. Accionó con desesperante lentitud dando a entender que sus integrantes no estaban preparados para una lucha sostenida y a base de juego veloz."

Si duras eran las críticas al cuadro en su conjunto, incluyendo veladas observaciones a la conducta que regía en la concentración, no menos lo eran a la hora de juzgar las actuaciones individuales de los jugadores, en las que salvo el triángulo final no se salvaba nadie. Sigamos la crónica especializada del diario. "Andrade: actuó pesadamente y sin elasticidad. Lorenzo Fernández: pesado, reincidió en el error de adelantarse, cada vez que los peruanos avanzaron hallaron el centro libre. Gestido: pesado también, flaqueó en el apoyo a los delanteros. Urdinarán: sus movimientos no son aún suficientemente rápidos. Héctor Castro: abusó del juego individual. Pedro Petrone: en los pases no estuvo acertado. Fracasó lamentablemente en el shot. Su estado físico es deficiente. Cea: la dureza de los movimientos le restó chance. Iriarte: acusó torpeza en infinidad de situaciones. Le falta clase." En un recuadro aparte titulado "La sombra negra de Gestido" se destacaba la habilidad del puntero izquierdo peruano de apellido Lavalle, "de color más negro que el betún" que había sido el mejor jugador de la cancha sometiendo a Alvaro Gestido, una verdadera gloria del fútbol nacional, a una verdadera tortura porque no había tenido forma de controlarlo. Es más que probable que diez días después, ya clasificado Uruguay Campeón del Mundo, el periodista autor de esos juicios tan severos contra los jugadores celestes y de aquella afirmación "seguro de la verdad" que hacía referencia al "declinante fútbol uruguayo", se haya arrepentido de sus conceptos, pero también es cierto que todos los aficionados coincidieron en aquel momento que el debut de la selección había sido decepcionante. No menos reprobables habían resultado también muchos de los detalles de la organización del espectáculo que el diario El País se encargaba de pormenorizar. Son tantos que para una mejor sistematización, es imprescindible separar en sus diferentes orígenes.

Desmanes. "Se produjeron desde temprano invasiones en todas las tribunas"- escribió el mencionado diario- "Llegó un momento en el que temimos por la vida de muchas personas. Fueron atropelladas por los coraceros que desenvainaron sus sables y algunos exaltados arrojaron piedras de regulares dimensiones. Hubo choques y mientras algunos asaltaban los portones, otros huían atropelladamente sembrando el pánico. Felizmente las cosas no asumieron proporciones trágicas por verdadera casualidad."

Desmanes (2). De acuerdo a lo denunciado en la prensa el 19 de julio, en la Tribuna Amsterdam el agente 1118 de la 15a. sección amenazó al público con su revólver.

Desorganización. Más de quince mil personas, tres mil de ellas provenientes del interior, quedaron afuera del estadio por falta de entradas. Estas habían sido vendidas por docenas a revendedores con el fin de ser comercializadas a mayor precio (ver más adelante).

Desorganización (2). Todas las entradas eran numeradas pero los acomodadores por falta de experiencia no tenía idea de dónde quedaban los asientos provocando de esa manera un caos dentro y fuera de las tribunas. "Los empleados aunque poseídos de muy buena voluntad, no cumplieron a satisfacción su cometido. Algunos hacían recorrer tres cuartas partes de las afueras del estadio a la gente en procura de la Tribuna Olímpica cuando ésta se hallaba al lado. Otros no sabían dónde se hallaba la Platea América."

Desorganización (3). Cuando en el acto inaugural desfilaron las delegaciones, encabezadas por la de Argentina, todas llevaban desplegadas sus banderas excepto el conjunto uruguayo. "Los aficionados se sorprenden por el hecho de que nuestra representanción no llevara la bandera oriental pues sólo era portadora de un pequeño banderín llevado por el masajista Fígoli."

Desorganización (4). Antes de comenzar el partido un avión que pertenecía a la Aviación Militar Argentina, evolucionó muy bajo sobre el estadio haciendo acrobacias que más que entretener, alarmaron a la gente. "El público que ayer asistió al Estadio ha sufrido momentos de angustia y miedo explicables. El aviador quiso que así fuese con una desconsideración que merece ser sancionada. No a otro objetivo podía responder la acrobacia realizada sobre millares de seres, olvidando que una panne, un contratiempo cualquiera en la máquina, hubiera provocado una catástrofe desgarradora".

Desórdenes. Los asientos del nuevo estadio estaban provistos de almohadillas, pero buena parte del público no estaba hecho a estas exquisiteces. Cuando terminó el partido se convirtieron en objetos arrojadizos para diversión de muchos. "Un espectáculo raro y antipático dio ayer nuestro público cuando al finalizar la brega lanzó por el aire las almohadillas de los asientos de tribunas que en su gran mayoría después de ciertas evoluciones, iban a dar sobre las cabezas de pacíficos aficionados a quienes con justa razón molestaban aquellas expresiones de alegría por un triunfo que tanto había costado conquistar. En muchísimos casos las almohadillas caídas en las plateas daban en el cuerpo de señoras, lo que hacía más censurable aquella nota."

Público en la cancha. La tolerancia de las autoridades o la propia imposición de los hechos, hizo que muchas personas ajenas a quienes desempeñaban funciones deportivas o periodísticas, se ubicaran alrededor del campo de juego, obstaculizando la visión ya de por sí bastante pobre de quienes estaban ubicados en las plateas. "Los dirigentes asociacionistas y la propia policía debieron tener la participación que le imponían sus obligaciones y no tener el placer de constituirse en meros espectadores importándoseles un comino de la situación de apremio en que más de una vez se encontró el público".

Invasiones. La gran afluencia de gente y las aglomeraciones derivadas de una organización todavía no afinada por falta de experiencia, hizo que las personas que tenían sus entradas se mezclaran con aquellas que buscaban sacarlas. En ese tumulto compacto en medio del cual la que la gente se empujaba y atropellaba, varios de los aficionados tuvieron que ser retirados semiasfixiados. "La policía era impotente para restablecer el orden, por lo cual se recurrió a un medio en cuya eficacia creyóse ampliamente: se estableció una subpuerta de acceso para evitar la aglomeración en la principal y la amplitud de ésta fue reducida a objeto de que no se entrara violentamente por ella impidiendo de ese modo la debida fiscalización. Pero llegó un momento en que aquellos millares de personas, hombres, mujeres y niños sofocadas hastiadas de la larga espera pues iban pasando de dos o tres, avanzó en forma amenazante. Al principio la fuerza pública pudo contenerla, pero segundos después debió rendirse ante el número y la violencia. Cayeron muchísimos que fueron pisoteados por los que venían atrás. La invasión fue impresionante. Entró un número de personas considerable que no tenía localidades, otro número respetable que debía estar en otra tribuna y quedaron fuera millares de aficionados que previamente habían pasado por las boleterías. Y una vez dentro del recinto, fue imposible determinar la ubicación de cada uno." La página 8 del diario El País del 19 de julio de 1930, de donde se recoge esta crónica está encabezada por un titular a todo lo ancho de la página que dice "Se sometió a los espectadores a toda clase de vejámenes". Agresiones. Los desórdenes fueron de tal magnitud que la policía se vio desbordada y en más de una ocasión debió reaccionar con violencia. "Ya no sabemos cómo calificar los desagradables sucesos ocurridos ayer en el Estadio". -se queja en otra breve nota el diario antedicho- "Millares de espectadores, entre ellos una considerable cantidad de damas, que tenían sus respectivas localidades hubieron de quedarse fuera por haber sido cerrados los portones respectivos y lo peor de todo esto fue que la policía con toda crudeza y salvajismo atropelló descaradamente a esas mujeres sable en mano como a cualquier grupo de asaltantes. La reacción muy humana del público frente a ese atropello impidió que se llegara a la consumación de hechos arbitrarios y reñidos con la más elemental cultura".

Revendedores. De acuerdo a los testimonios escritos que han quedado de aquel 18 de julio de 1930, esta fecha parece la más indicada para que sea conmemorado el Día Nacional del Revendedor. En las horas previas a la inauguración del Estadio Centenario, al amparo de la permisividad, la corrupción o la ingenuidad de algunos funcionarios de la AUF, aquellos comerciantes ocasionales en quienes se había despertado bruscamente la vocación revendedora, adquirieron docenas de entradas cada uno, en la esperanza de hacer buen negocio cuando éstas se agotaran, una posibilidad que todos los uruguayos sabían que iba a ocurrir, excepto las autoridades de la Asociación. Por cierto que la jugada les salió bien y las entradas fueron revendidas en las inmediaciones de las tribunas a tres y cuatro veces su valor. Estos hechos provocaron un editorial del diario El País que bajo el título "Los sucesos bochornosos de ayer" y el subtítulo ¿"Estamos en un país de cafres"? condenó severamente lo ocurrido. "Las dificultades con que tropezó ayer nuestro público para entrar al gran estadium (sic) ofreció un espectáculo chocante y vergonzoso. Podría decirse que colmó todos los límites de lo imaginable. El agotamiento de las localidades que pudo constatarse desde el día anterior hacía presumir que algo anormal había ocurrido con su colocación. Pero lo confesamos, repugnaba a nuestro espíritu admitir como posibles los hechos que veinticuatro horas más tarde nos sería dado presenciar. Centenares y centenares de personas fueron víctimas del abuso y voracidad incontenida de los revendedores a cuyas manos fueron a parar, se puede afirmar sin caer en exageraciones, el 50% de las localidades más codiciadas por su magnífica ubicación. Y otras tantas se resistieron con justa indignación a ser explotadas por los inescrupulosos aprovechados. (...) Las autoridades del deporte han demostrado en forma que no deja lugar a dudas su más absoluta ineptitud. No vamos a señalarlas como complicadas en el hecho bochornoso, pero sí afirmamos que son ellas las verdaderas y únicas responsables desde que no es posible admitir que esa enorme cantidad de localidades pasara a las manos de los revendedores sin una complicidad culpable de los funcionarios. (...) ¡Y esto pasa, señores dirigentes, sólo en un país de cafres! ". La palabra "cafre", utilizada como adjetivo con inusual dureza, identificaba a los miembros de una tribu sudafricana no islámica, sindicados en aquel momento por su ignorancia y su crueldad.

De todas las vicisitudes sufridas por el público el día de la inauguración del Estadio Centenario la mayoría fueron atribuidas a errores cometidos por las autoridades de la Asociación Uruguaya de Fútbol, una recurrencia en las deficiencias de dirección que con razón o sin ella, se continuó señalando en los inmediatos setenta y un años. Pese a todo, el Primer Campeonato Mundial de Fútbol realizado en Montevideo y para el cual fue erigido el Estadio Centenario, continuó con un éxito de público que superó todas las previsiones y que curiosamente llegó a su pico más alto en ocasión del partido entre Uruguay y Yugoslavia y no en la final contra Argentina. Este encuentro definitorio tuvo lugar el 30 de julio, ganaron los celestes cuatro a dos con goles de Pablo Dorado, Pedro Cea, Héctor Castro y Santos Iriarte. Los argentinos siempre dijeron que los uruguayos protegidos por el árbitro habían ganado utilizando la violencia y que el muñón del Manco Castro había ablandado a su arquero Botasso. Hay otra versión que hace hincapié en las diferencias anímicas de ambos equipos. De cualquier manera, esa es otra historia que algún día valdría la pena analizar a fondo. (Suplemento quepasa / historias coleccionables, El País, 5 y 12 de mayo de 2001)