LAVALLEJA - Monumentos del Uruguay - Mundo Matero
LAVALLEJA
Se quiso tributar homenaje a Lavalleja, pero sólo quedó en la intención.
La triste historia de una estatua fea a la que se quiso demoler y olvidar.
Sobrevive aún en el patio del liceo, pero pocos olimareños estarían dispuestos a
defender la intención estética de su creador. El primer monumento al general Lavalleja culminó un extraño y curioso periplo con la orden de ser destruido. Pero aún se conserva.

TREINTA Y TRES.— En el historial olimareño pocas cosas han tenido tan mal comienzo y peor fin como la vez que en el naciente pueblo alguien tuvo la idea de constituir una gran comisión para erigir lo que sería el primer monumento local al jefe de los Treinta y Tres Orientales, el General Juan Antonio Lavalleja.

La iniciativa se abordó un lejano día de noviembre del año 1886, cuando todavía no se habían cumplido los 61 años del histórico desembarco. Concebir la idea y construir la obra fue cosa rápida, tal vez demasiado rápida, con tanta prisa que de allí en más, todo salió mal.
Tan de prisa fueron los acontecimientos que apenas dos meses después estaba todo pronto en el pueblo, incluyendo la estatua que se había encargado al escultor y constructor italiano José Ravagnelli quien frecuentemente venía al Uruguay y llegaba hasta Treinta y Tres de vez en cuando.
Tanta urgencia para el artista Ravagnelli, que solía hacer hermosos frentes y decoraciones en las casas más lujosas de Montevideo, en barrios enteros, terminó echando por tierra todos sus buenos antecedentes como escultor, aunque no fue sólo esto lo que falló.

lavalleja Para empezar, la inauguración, al fin de cuentas, fue marco para la recordación de una fecha que a esta altura en nada se vinculaba con el homenajeado por cuanto ocurrió en una fiesta de año nuevo, el 1º de enero de 1887. Eso si, fue en medio de la plaza “19 de Abril” como para que hubiese un vínculo histórico verdadero.
Se colocó la tosca estatua resultante, hecha de hormigón sobre una armazón de alambre de dos metros y 35 centímetros de altura todo sobre una columna que se elevaba 11 metros. Lavalleja, de cabeza descubierta, vestido con chaqueta militar, pantalón con franjas, botas granaderas y en ademán de desenvainar su espada, quedaba allá arriba a más de 13 metros lo cual suponía un enorme esfuerzo para apreciarlo de cerca a riesgo de una fuerte contractura del cuello y peor aún si era a mediodía con el sol cayendo a plomo según dijeron los críticos que ya los tenía el solar en aquella época.

OLVIDO FATAL

Si la altura exagerada era un problema, no le iba en zaga lo poco estético de una estatua hecha a las apuradas, y eso se notaba. La situación provocó no poca desesperación entre los organizadores y seguramente tuvo en vilo al propio Ravagnelli que había cobrado 500 pesos de los de entonces por su malogrado trabajo.
Los dos inconvenientes —aún hasta ahora— hubieran sido sobrellevados por el pueblo hasta el olvido de todo, pero lo que no fue aceptado por la autoridad desde el momento mismo de la ceremonia inaugural, fue que la Junta Económico Administrativa —algo así como la Junta Departamental de ahora—, no había sido consultada tratándose de una obra pública en un lugar público y ni siquiera se había tenido la delicadeza de mencionarla en alguna de las cuatro grandes lápidas de mármol que tenía el basamento de la alta columna con la estatua arriba.
Una de las placas rezaba: ‘El pueblo de los Treinta y Tres por iniciativa del Sr. Jefe Político, Coronel don Manuel M. Rodríguez” y luego continuaba: “A la memoria del General Juan Antonio Lavalleja y demás héroes de la Independencia Nacional. Enero 1º de 1887”.
Para empeorar las cosas, otra de las lápidas ponía en letras de molde los nombres de los ocho miembros de la Comisión Directiva organizadora de todo aquello y donde volvía a reiterarse el nombre del señor jefe político del solar. Pero de la Junta Económico Administrativa, ni una palabra.

LA GRAN FIESTA

Dicen los datos históricos que pese al mal tiempo aquel 1º de enero de 1887, a las cuatro de la tarde pudieron comenzar los actos programados. Tocó una banda que dirigía el profesor José A. Batlle, intervinieron las agrupaciones de las Sociedades de Socorros Mutuos Española e Italiana, los grupos escolares del pueblo y el propio Jefe Político que, por lo visto, no perdía ocasión de mostrarse en público o lo que fuera.
Pero faltó a la cita pese a estar en el pueblo, el gran invitado de honor, el Dr. Carlos María Ramírez quien postergó su oratoria para una velada literario—musical al día siguiente donde habló del General Lavalleja y sus hombres.
El cierre fue un desfile público frente al monumento, la interpretación del Himno Nacional y un gran despliegue de pirotecnia según señalan las crónicas de la época que también recogen el nombre del vecino Ricardo Hierro como uno de los oradores de la ocasión.
Terminada la fiesta dieron comienzo las discordias por las placas, los escritos, los nombres que estaban y los que faltaban.
Así que cuatro meses después, el 2 de mayo, por resolución de la Junta Económico Administrativa, se sustituyen las lápidas como forma de subsanar semejantes olvidos. Una de las últimas tenía esta leyenda: “El Pueblo de los Treinta y Tres a la memoria del General Juan Antonio Lavalleja y sus treinta y dos compañeros del 19 de abril de 1825, e inaugurado el 1º de enero de 1887 bajo los auspicios de la Paz y la Libertad”
Pero las peripecias del pobre Lavalleja arriba de su gran pedestal ciertamente no terminaron ese día sino 30 años después cuando el Intendente Municipal ordena Ia destrucción del monumento. Así de clara fue la orden: destruirlo.
Por alguna gracia del destino, Lavalleja bajó de su altura de 13 metros en forma airosa, sin ningún deterioro en la mole de cemento que lo intentaba representar.
Vagando de un lugar a otro, la estatua se mantiene hasta nuestros días siendo su ubicación actual el patio principal del Liceo Nº 1 de la ciudad de Treinta y Tres. Las cuatro placas, también intactas, alguien ordenó empotrarlas en las paredes del hall de la Intendencia Municipal donde un día funcionó la Junta Administrativa del pueblo.

EN EL PRESENTE

Con el paso del tiempo las circunstancias pudieron superarse y hoy la ciudad de Treinta y Tres honra en el nombre de varias de sus calles a cada uno de los cruzados, llamándose Juan Antonio Lavalleja la principal; mantiene su plaza “19 de Abril” y erigió un hermoso monumento revestido en mármol rosado, blanco y negro del subsuelo olimareño, en memoria de los patriotas.
Y guarda allí, en la tumba negra que se ve, las cenizas de Juan Rosas, el último sobreviviente de aquellos patriotas del desembarco libertador.

Informe de Yhóney Santana
El País
24 de noviembre de 1999