La gran cantidad sectas protestantes, colaboran activamente con la desunión o el desmembramiento de la Iglesia fundada por Jesucristo. Por lo tanto ellos fomentan esta separación de la Iglesia cometiendo con este acto un gran pecado: el procurar la división de la Iglesia o del Reino de Dios, lo cual no es justificable ni edificante para ninguna persona que se proclame ser cristiana. El Evangelio es muy claro en este sentido. No se necesita ser una persona de una gran inteligencia para comprender lo que Jesús quiere de nosotros; y esto se reduce sencillamente a dos cosas: que nos amemos unos a otros como El, nos ama y que seamos UNA SOLA Iglesia.

Esta unión por lo tanto debe ser indivisible. “ Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como una es la esperanza a que habéis sido llamado. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que esta sobre todos, por todos y en todos.” (Ef.4, 4-6). Esto es lo que quiere, y ha querido Jesús desde el comienzo de su Iglesia. Jesús no formo grupitos de creyentes independientes. Todo lo contrario siempre fomentó y propuso la unidad.

El padre Flaviano Amatulli V., en Su obra: “Dialogo con los Protestantes” la encabeza haciendo un reconocimiento justo de la dignidad de nuestros hermanos separados la cual comparto y la expresa así: “ Antes que nada, quiero que sepas claramente que te considero como un verdadero hermano mío, y que te quiero y te admiro por muchas cosas buenas que he visto en ti y en tu iglesia.

Admiro tu deseo de dar a conocer a Cristo, tu entrega. De veras que muchas veces he sentido en mi corazón una santa envidia por tu celo apostólico. Naturalmente, hay también cosas que no me gustan en tu actuación. Pero: ¿ en qué familia, entre hermanos, no hay desavenencias, problemas, malentendidos?”

Sin Embargo no son muchas las cosas que nos separan, agrega Amatulli: “ Por desgracia, no estamos completamente unidos a El, el pecado nos ha dividido. Hemos desgarrado el Cuerpo de Cristo. El está roto por nuestra culpa y la culpa de nuestros mayores. El adversario nos ha ganado.

En lugar de luchar juntos para mejorar la Iglesia, cada uno ha querido hacerlo a su modo, apartándose del hermano.
A causa de nuestras divisiones, muchos llegan a rechazar a Cristo y odiar cualquier religión, privándose de una riqueza tan enorme. Y todo, ¡ por nuestra culpa !”
 

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