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Narval: el secreto del unicornio
Narval (Monodon
monoceros) Dibujo
de Dorothea Kappler
El unicornio es un frívolo animal de cuento
de hadas, una criatura caprichosa desvinculada de la lucha por la existencia y
la selección natural. Puede ser indolente y lánguido y cuidar de que su pelaje
esté blanquísimo. Nunca nos va a dar ninguna explicación de por qué presenta
ese cuerno extravagante y en ello reside gran parte de la fascinación que
provoca.
Otros animales que presentan rasgos
estrafalarios son reales, y por tanto, deben dar cuentas de por qué los poseen.
Al club de las jirafas, los elefantes y las morsas pertenece también el narval.
El largo “cuerno” (que en realidad es un diente, el incisivo superior
izquierdo) hace inconfundibles a los machos. Pero, al contrario que esos otros
animales, el misterioso narval de los oscuros mares del norte no ha revelado su
secreto.
Los narvales están entre los cetáceos más
raros y menos conocidos. Viven en los mares árticos y llegan más al norte que
casi cualquier otra especie. Casi nunca se acercan a las costas ni a las
embarcaciones y su comportamiento en la naturaleza apenas ha sido observado.
Nadie conoce demasiado bien cómo y
para qué usa el narval su formidable diente. Ninguno de los otros miembros de
su grupo, el de los delfines, posee algo parecido. El hecho de que lo presenten
los machos (alguna que otra hembra también presenta un “cuerno”, y en
ocasiones, dos) y la analogía con estructuras de otros mamíferos, apoyan la
hipótesis de que es usado en las luchas por las hembras o en el cortejo.
El cortejo de los narvales no está
documentado. Se sospecha que las hembras escogen a los machos que tienen el
diente más largo y, de este modo, por selección sexual, han llegado a
desarrollarse dientes de más de 3 metros (para que no pesen demasiado, están
casi enteramente huecos). Pero se han encontrado también machos que presentaban
cicatrices en la cabeza que se han supuesto producidas por el diente. En ese
caso, las peleas por las hembras en esta especie podrían ser de las más crueles
e impresionantes del reino animal.
El uso en la captura de presas no está
registrado, aunque hay indicios de que podrían usar el diente para empujar a
sus presas contra los fondos y atraparlas mejor con la boca. Aunque el diente
podría ser un arma defensiva muy poderosa, los narvales son a veces depredados
por tiburones, orcas y osos polares. Hay quien propone que el diente podría
tener una función en la guía y/o amplificación de los sonidos que emite la
especie para localizar a sus presas.
El diente del narval no sólo es único
entre los mamíferos por su longitud y rectitud, sino también por estar
retorcido en espiral. Este insólito hecho ya llamó la atención de D’ Arcy Thompson, el zoólogo
británico que conmocionó la literatura científica en 1.917 con la publicación
de “Sobre el Crecimiento y la Forma”, donde explicaba las leyes
matemáticas y físicas que deben obedecer los seres vivos. La espiral se
relaciona inmediatamente con la asimetría, con esa cualidad misteriosa que hace
que nuestras manos izquierda y derecha sean irreconciliablemente distintas.
El retorcimiento del diente del narval
se vincula a otro aspecto enigmático de la morfología de los delfines: la
asimetría de sus cráneos, que es particularmente evidente en ciertas especies
de agua dulce. Los delfines tienen el cráneo inclinado y retorcido con respecto
al cuerpo.
D´Arcy Thompson explicó ambos fenómenos en base al peculiar modo
de natación de los cetáceos, que los diferencia de los peces. El animal se
mueve debido a la reacción que provocan las ondulaciones de su cuerpo. La onda
que provocan los peces está “estabilizada” por sus aletas dorsales y ventrales y está limitada a un plano. Pero en los cetáceos,
la onda tiende a hacer girar al animal y por tanto, todo su cuerpo está
sometido a fuerzas que tienden a retorcerlo.
El retorcimiento del diente del narval
estaría provocado por fuerzas que actúan sobre la raíz del diente en
crecimiento, que harían que girase muy lentamente con relación al alveolo. Las
estrías espirales, que son superficiales e irregulares, se formarían por el
roce con imperfecciones del alveolo. Esto explica el hecho de que, en los
ejemplares en que se forman dos dientes, las dos espiras giran en el mismo
sentido, y no en opuestos, como se esperaría, ya que uno proviene del lado
derecho del cuerpo y otro del izquierdo.
También se explica así que el diente crezca
tan recto y que las estrías espirales se continúen en la parte del diente que está
incluida en el alveolo (lo que excluye la posibilidad de que hayan sido
grabadas por un agente externo). El retorcimiento del cráneo de los delfines no
puede explicarse como una reacción al movimiento del animal, ya que empieza a
manifestarse en el embrión en desarrollo. Pero esto puede ser debido a que esta
forma ha sido impresa en los genes por selección natural, ya que permite
ahorrar energía al animal al adaptar su cuerpo a su peculiar modo de
movimiento.
Recientemente, sin embargo, se han producido
espectaculares descubrimientos que han dado un giro radical a la gran pregunta
de para qué quiere el narval su largo diente. El poeta Pablo Neruda, gran
apasionado del mar, hasta el punto de que en círculos naturalistas era más
conocido como coleccionista de conchas que como literato, pareció adivinar su
propósito. En su “Oceanografía dispersa” habla de su fascinación por los
narvales y cuenta que una vez entró en una tienda de historia natural donde se
ofrecían “cuernos” de narval. Sólo pudo comprar uno de narval recién nacido, “de los que salen a
explorar con su espolón inocente las frías aguas árticas”.
Efectivamente, los últimos
indicios parecen indicar que el narval usa su espolón para explorar. Sería un
formidable órgano sensitivo, completamente diferente en su estructura a otros
dientes de mamíferos (además es sorprendentemente flexible). Diez millones de
conexiones nerviosas van desde el nervio central a la superficie externa, de
forma que el diente se convertiría en un sensor capaz
de medir la temperatura del agua, la presión, la salinidad o la presencia de
ciertas sustancias, como las desprendidas por los peces de los que se
alimentan.
Esta explicación, no obstante,
deja algunos cabos sueltos: ¿por qué lo presentan preferentemente los machos?
¿Por qué algunas hembras presentan dos dientes? El unicornio marino, como el
terrestre, se resiste a desvelar todos sus secretos.
Nota: la
obra de D’Arcy Thompson trata de las leyes físicas y
matemáticas que rigen sobre los seres vivos (y que se manifiestan a un nivel
más elemental que las leyes genéticas). Un libro reciente con este enfoque es
el de Ian Stewart ‘El
segundo secreto de la vida’ (colección Drakontos,
de editorial Crítica, Barcelona, 1.999).
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