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Animales fotosintéticos
Tridacna sp.
Existen animales-planta,
capaces tanto de comer como de realizar la fotosíntesis. Esto puede parecer un
logro inaudito de la evolución, porque los sistemas corporales destinados a la
ingestión de partículas orgánicas del exterior y los destinados a la conversión
de la energía solar, son muy distintos y sería muy improbable que hubieran
llegado a evolucionar en un mismo organismo pluricelular (aunque hay bastantes
seres unicelulares que poseen las dos capacidades).
La selección
natural consigue realizarlo por un atajo: promoviendo una asociación muy íntima
entre pequeñas algas fotosintéticas y los animales que las alojan. Tampoco es
un logro pequeño y debemos recordar que tanto nuestra respiración celular
(realizada por las mitocondrias) como la fotosíntesis de las plantas sólo son
posibles porque hace muchos millones de años unas bacterias capaces de realizar
esas tareas se introdujeron en unas células mayores y establecieron una
simbiosis.
Los animales
“clorofílicos” son protozoos con caparazón, como radiolarios y foraminíferos,
ciertas esponjas, y algunos cnidarios (sobre todo corales), ctenóforos, gusanos
planos y moluscos. Todos acuáticos. Los organismos fotosintéticos involucrados
son algas verdes, dinoflagelados, o bacterias, sobre todo algas verde-azuladas
(cianobacterias). Otros animales pueden establecer simbiosis con bacterias que
obtienen su energía de reacciones químicas, por lo que pueden vivir en medios
en los que no hay luz. Por ejemplo, ciertos gusanos vestimentíferos
albergan bacterias del azufre y pueden habitar las profundas fuentes
hidrotermales de los océanos.
La relación
simbiótica entre estos grupos de organismos es un tanto problemática porque los
animales pueden acabar comiéndose o digiriendo a las algas. Por ello, los
animales que albergan a estos simbiontes suelen ser carnívoros, aunque algunos
son herbívoros u omnívoros y las algas han de desarrollar algún mecanismo de
defensa para no ser consumidas.
Algunos
animales, como el platelminto Convoluta, no
pueden desarrollarse en ausencia de las algas. Convoluta
convoluta necesita los lípidos
que produce la planta. C. roscoffensis es
depredador pero al llegar la época de la reproducción sexual se alimenta de las
algas.
Los grandes
bivalvos indopacíficos del género Tridacna
(usados por ejemplo como pilas de agua bendita) cultivan en el borde de su
manto algas dinoflageladas. Toda la anatomía del
animal está modificada para ofrecer la mayor superficie posible del manto a la
luz. Poseen además unos cuerpos hialinos que concentran la luz a manera de lentes.
Las algas están confinadas en células fagocíticas, y son llevadas al aparato
digestivo para ser digeridas junto a las células que las contienen.
Muchas
esponjas albergan algas y pueden llegar a ser autótrofas, dejando de
alimentarse por filtración. Las espículas silíceas que poseen muchas de ellas
actúan como fibras ópticas que conducen la luz hacia el interior del animal.
Los corales albergan algas dinoflageladas para que
contribuyan al proceso de calcificación de su esqueleto. Otros cnidarios (como hidrozoos, escifozoos o alcionáceos) las necesitan para obtener sustancias
alimenticias. Algunos presentan reducción del aparato digestivo y no pueden
alimentarse de presas.
La presencia
de las algas induce cambios en el comportamiento de los organismos: algunos
realizan migraciones diurnas a las capas superiores del agua para captar mejor
la luz. Algunas medusas que albergan algas bajo la umbrela
descansan a ratos sobre el fondo en posición invertida para que las algas
puedan absorber mejor la luz. Los corales con algas sólo aparecen en lugares
donde la temperatura no baje de 20º C y la profundidad no sea mayor de 30 m.
Tampoco pueden vivir donde las aguas estén turbias.
Algunos gasterópodos
marinos aprovechan las algas de sus presas (hidrozoos
y antozoos) y las mantienen funcionales en ramificaciones de su aparato
digestivo. Otros digieren las algas pero conservan sus cloroplastos, que son
capaces de fotosintetizar por su cuenta dentro del animal.
La relación
entre algas y animales suele ser de mutuo beneficio (aunque menos cuando los
animales se comen a las algas). Las algas obtienen protección dentro del animal
(frente a los depredadores y una radiación demasiado intensa) y también
sustancias que les son útiles, como anhídrido carbónico, fosfatos o nitratos.
Éstas son sustancias de desecho para el hospedador, por lo que las algas
funcionan como auténticos sistemas excretores suplementarios que le permiten
librarse de ellas. Además, los animales pueden absorber oxígeno y
sustancias nutritivas que segregan las
algas, como carbohidratos o grasas.
¿Primates fotosintéticos?
Podríamos
fantasear (con poca base, desde luego, pero, ¿quién nos lo impide?) sobre la
posibilidad de que existieran animales fotosintéticos terrestres, que se
asolearan sobre las rocas como los lagartos, pero no para entrar en calor, sino
para alimentarse. Incluso quizá nosotros mismos podríamos tener una espalda
verde, habitada por algas, y nos veríamos liberados de la esclavitud de comer.
Tomar el sol estaría entonces aún más de moda que hoy día y todos correríamos
en el verano a las playas para liberarnos del verde pajizo del invierno y
adquirir un saludable verdeado oscuro.
El principal
obstáculo para esta relación sería quizá que la fotosíntesis es una actividad
que consume mucha agua, un bien que no es abundante en el medio terrestre. Los
animales que consiguieran esta simbiosis deberían beber constantemente.
Probablemente desarrollarían poros capaces de cerrarse para realizar el
intercambio gaseoso necesario para la fotosíntesis sólo cuando las condiciones
de humedad ambiental fueran adecuadas. O bien este intercambio se realizaría
ayudado por unos pulmones interiores, que tendrían una doble función (durante
el día respirarían anhídrido carbónico y expulsarían oxígeno y por la noche al
revés).
Otra razón
para que la fotosíntesis animal sea más difícil en tierra es que los animales
acuáticos pueden completar su alimentación por filtración de la materia orgánica
presente en el agua, pero en el aire no existe esa constante lluvia de
nutrientes.
Los animales
sufrirían sin lugar a dudas un “síndrome de vegetalización”,
que sería tanto más intenso cuanto más antigua fuera la relación y cuanto menos
especializados estuvieran los animales que la establecieron. Serían anchos y
tenderían a incrementar su superficie, para captar la máxima cantidad de luz
solar. Probablemente desarrollaran varias extremidades alargadas y apéndices
foliáceos. Su movilidad se reduciría, así como su boca, su estómago, sus
músculos y su sistema circulatorio (o quizá no ocurriría esto, sino que la
búsqueda de alimento sería sustituida por la búsqueda de agua). El principal
medio de escape de los depredadores podría ser el camuflaje con el entorno
vegetal circundante y también las defensas de tipo químico o mecánico (espinas
o pelos urticantes).
Estos
animales comerían menos animales y plantas y más tierra, para dotar a las algas
de los minerales necesarios. Subirían durante el día a las copas de los árboles
a tomar el sol y de noche se refugiarían en sus madrigueras. Seguramente se
volverían menos inteligentes y sus sentidos menos agudos, aunque podría haber
algunos que realizaran migraciones estacionales para huir por ejemplo de la
noche polar y que basaran su defensa en un escape rápido. La reproducción
también se vería afectada: al ser organismos de movilidad reducida, aumentaría
la proporción de hermafroditas y de aquellos que realizaran la autofecundación.
Con el tiempo quizá delegaran el contacto entre los gametos en emisarios (el
viento y otros animales, como insectos).
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