Revista de
divulgación zoológica
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Los cuidados paternos en los anfibios
Ejemplar joven de Rana perezi
El padre del
sistema actual de clasificación de los seres vivos, el naturalista sueco Carl
von Linné (1707-1778), debió de tener alguna experiencia desagradable con algún
anfibio ya que escribió: “La mayoría de los anfibios son aborrecibles porque
tienen el cuerpo frío, un color pálido, un esqueleto cartilaginoso, la piel
sucia, un aspecto feroz, una mirada calculadora, desprenden un olor ofensivo,
tienen una voz áspera, y un hábitat y un veneno terribles”.
Quizá si Linneo hubiera conocido los cuidados maternales (y paternales) que
muchas especies de anfibios prodigan a sus crías se hubiera conmovido y no los
hubiera atacado tan duramente.
Los anfibios anuros (ranas y sapos) muestran una diversidad en sus modos de
incubación y cuidado de las crías sin parangón entre los vertebrados (las
salamandras y tritones ofrecen en cambio un ancho abanico de conductas de
cortejo y cópula).
Un hogar confortable
Muchas especies de anuros simplemente depositan sus masas gelatinosas de huevos
en charcas o sitios húmedos y se desentienden de ellas. Pero algunas especies
son previsoras y se preocupan de garantizar que los huevos van a permanecer en
un entorno adecuado.
La rana Hyla faber construye represas en arroyuelos, para conseguir que
el agua se mantenga el tiempo necesario para que las crías completen su
desarrollo. Otras especies construyen nidos de espuma, batiendo una secreción
corporal con sus patas. Los huevos se desarrollan allí protegidos de la
desecación.
Los machos del sapo partero y de otras especies acarrean cordones enrollados de
huevos en la parte superior de sus patas traseras, que acaban depositando en la
charca que les parece más adecuada. Otras especies portan a los renacuajos o a
ranitas que han nacido directamente de los huevos sobre la espalda.
Es el caso de la pipa ciega de Surinam, que no tiene dientes ni lengua, y que
carga con sus hijos bajo una especie de burbujas en su piel durante dos meses.
Este tipo de conductas ha conducido a la aparición de “ranas marsupiales”, que
han desarrollado un repliegue de piel en la espalda o el vientre, donde se alojan
las crías.
En el caso de unas ranas australianas, los renacuajos recién nacidos se
arrastran trabajosamente para alcanzar la bolsa incubadora situada en el
vientre del macho.
Parir por la boca
La selección natural ha hecho que otros anuros aprovechen las cavidades
corporales de que disponen para alojar en un entorno seguro a sus crías. La
rana chilena Rhinoderma darwini aloja a las crías en las bolsas gulares
de los machos, unas cavidades que actúan como órganos de resonancia en sus
cantos de cortejo.
El lugar donde la rana australiana Rheobatrachus alberga a sus crías es
mucho más insólito: el estómago. El origen de esta conducta es enigmático,
porque el estómago es un lugar especialmente preparado para destruir cualquier
materia comestible, la de los huevos incluida. Las hembras que ingieren los
huevos paralizan los movimientos del estómago y dejan de producir secreciones
ácidas y de comer durante varias semanas.
Seguramente las ranas que iniciaron esta práctica trataron simplemente de
comerse a sus huevos para alimentarse, como hacían con frecuencia en
situaciones de escasez. Pero algunos huevos, por un accidente fortuito,
segregaron prostaglandinas, unos inhibidores naturales de la actividad del
estómago. Como la práctica de incubar en el estómago era ventajosa para la
supervivencia de las crías, fue favorecida por la selección natural.
Hembras engañadas
Algunas especies proporcionan huevos no fecundados a los renacuajos recién
nacidos para que les sirvan de alimento. Cuando esta conducta es realizada por
las hembras, que están seguras de que sus hijos son suyos, no es difícil de
entender. Pero la sorprendente conducta de Phrynohyas resinifictrix
causa auténticos quebraderos de cabeza a los biólogos.
El macho de esta rana tropical emite un canto para atraer a una hembra a su
estanque. Allí acude una hembra que deposita sus huevos y se marcha
instantáneamente. El macho los fecunda y se queda a su cuidado. Cuando emergen
los renacuajos no tienen nada para comer. La respuesta del macho a las demandas
de sus hijos es aparentemente desconsiderada: se dedica al cortejo de una nueva
hembra emitiendo su canto de atracción.
La nueva hembra llega, deposita sus huevos y se va, despreocupándose de ellos.
No debería haberlos abandonado a su suerte, porque el macho, en lugar de
fecundarlos, los entrega como alimento a sus hijos.
El enigma evolutivo que plantea esta conducta es por qué estas últimas hembras
toleran ser explotadas de esta forma, pues su inversión energética en la puesta
de huevos no es premiada con descendientes.
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