Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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Bueno para comer

 

 Flamencos (Phoenicopterus ruber) de la laguna de Fuente de Piedra, España.

 

 

   Los bichos son capaces de comer casi cualquier cosa imaginable. Cuando la necesidad aprieta (y en la naturaleza la necesidad es mucho más común que la abundancia) nadie hace ascos a nada. En un mundo de feroz  competencia, muchos animales no tienen más remedio que aprovechar lo que otros desdeñan o que reciclar todo tipo de materia orgánica.

 

   Los  animales pueden ser contemplados ingiriendo cosas tan peregrinas como tierra, piedras, partes de su cuerpo, vomitaduras, lágrimas o congéneres. Algunas de estas conductas tienen un objetivo no alimentario. Las aves (como hacían los dinosaurios, según muestran los fósiles), ingieren piedras y toda clase de objetos duros para que les ayuden a triturar el alimento en sus buches. Algunas aves acuáticas tragan sus propias plumas, quizá para que las espinas de peces y caparazones de crustáceos no lastimen sus estómagos.

 

   Muchos animales ingieren tierra para obtener sal (los elefantes, por ejemplo, son muy ávidos de ella) u otros nutrientes minerales. Se ha comprobado que la conducta de ingerir barro de ciertos loros les sirve para neutralizar algunas sustancias tóxicas de las plantas de las que se alimentan.

 

   Los animales tienden a aprovechar cualquier materia que ellos han producido. Las arañas se comen sus telas cuando deben reemplazarlas, los insectos se comen a veces sus mudas de piel, las hembras de muchos mamíferos se comen la placenta para reciclar la materia orgánica (y también para eliminar señales olorosas que podrían delatar su presencia y la de sus crías), y los conejos y liebres se comen sus excrementos para realizar una segunda pasada por el tubo digestivo y extraer hasta la última partícula alimenticia. Algunos pulpos son capaces incluso de comerse algunos de sus brazos cuando el hambre aprieta.

 

   Un congénere tuyo es una fuente adecuada de alimentos para ti, ya que está compuesto de lo que tú necesitas para vivir. Si consideras que un compañero tuyo ya ha cumplido su cometido biológico, estás en tu derecho de devorarlo. Ese es el razonamiento que aplican las hembras de las mantis y de muchas arañas cuando deciden comerse al macho durante el apareamiento o tras él (a veces antes).  El canibalismo suele aparecer también cuando los padres devoran a las crías, en situaciones de escasez, de estrés o de sobrepoblación, o cuando adultos no emparentados consumen a los ejemplares jóvenes, a los que consideran un elemento indistinguible de su dieta. Estas prácticas están muy extendidas en animales como los peces, los reptiles y los arácnidos. Las madres escorpión parecen muy sacrificadas, siempre cargando con sus crías a la espalda, pero a las que se caigan se las comen. Pero no todos los padres son tan egoístas. En el ácaro parásito Adactylidium, las madres son devoradas desde el interior por las larvas (tienen que desarrollarse mucho porque se aparean dentro de la madre).

 

   Las hembras de ciertas especies cuyos machos producen paquetes de esperma que dejan en el exterior, como algunos saltamontes y grillos, suelen comerse el esperma en lugar de permitir que las fecunde. Los machos deben entonces producir unos regalos alimenticios segregados por ellos mismos para entretenerlas.

 

   El alimento que muchas crías de animales se ven obligadas a ingerir consiste en vomitaduras de sus padres. Muchas aves alimentan a sus polluelos con presas ya ingeridas, regurgitadas y medio descompuestas en sus estómagos. Suena espantoso, pero cuando ves un polluelo hambriento entiendes que no les hagan ascos. Además, algunas veces estos jugos gástricos no son tan desagradables. ¿Sabéis con qué alimentan las palomas y los flamencos a sus crías? Con un líquido regurgitado un tanto especial: leche, muy similar en su composición y aspecto a la de mamíferos, que tanto machos como hembras producen en sus buches, y cuya secreción está regulada por la misma hormona que en mamíferos, la prolactina. Las cecilias, anfibios viscosos y sin extremidades, alimentan con un tejido nutritivo que produce el oviducto a sus crías. Hace poco se ha descubierto que la hembra de la especie keniata Boulengerula taitianus alimenta a sus crías con una piel especial rica en nutrientes.

 

   La carroña es un alimento al que recurren incluso los más orgullosos depredadores cuando las cosas pintan feas, pero existen muy pocos animales que estén verdaderamente especializados en ingerir carroña en avanzado estado de descomposición. Los jugos digestivos de los buitres, por ejemplo, son extraordinariamente potentes para destruir las bacterias que infestan los cadáveres y para neutralizar las sustancias tóxicas que producen. Otra dieta muy especial es la vampírica, pues una ingesta excesiva de sangre puede ser tóxica si no se cuenta con el aparato bioquímico para metabolizarla adecuadamente. Los animales que se alimentan de sangre incluyen, por ejemplo,  a los vampiros, hembras de mosquitos y otros dípteros, las chinches de las camas, las sanguijuelas, las garrapatas, e incluso a una especie de mariposa nocturna.

 

   Hay otras polillas asiáticas que se alimentan de lágrimas de búfalos y otros mamíferos. Absorben la sal, las proteínas que hay disueltas en ellas y algunas células, como glóbulos blancos. Otras materias exóticas e indigeribles para la mayoría de animales son la madera, el cuero, el pelo o la ropa. Muchos insectos, como termitas, escarabajos o polillas, son capaces de digerir estas sustancias, aunque siempre gracias a microorganismos especializados que albergan en sus tubos digestivos y que realizan la descomposición por ellos. Las crías de algunos de estos animales deben ser alimentadas con materia fecal de los adultos para que obtengan los microorganismos necesarios. Otras veces las crías deben comer las cáscaras del huevo, adonde han migrado los microbios.

 

 

 

 

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