Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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Seres de las cavernas

 

 Murciélago de cueva (Miniopterus schreibersi)

 

 

  

Para todas las culturas, las cuevas siempre han sido la guarida de los monstruos, de criaturas infrahumanas e infernales.

 

Los habitantes de las cuevas son en cierta medida monstruos. Monstruos desvalidos, pequeños, extravagantes... Falsos escorpiones con pinzas amenazadoras pero diminutas, toda clase de artrópodos de patas desproporcionadas y caminar titubeante, con inacabables pelos sensoriales y antenas, criaturas con los ojos escondidos bajo la piel o ausentes, parásitos chupadores de sangre...

 

Las cuevas son ecosistemas muy singulares y por ello sus habitantes son un poco raros. En las cuevas no hay luz, las condiciones de temperatura y humedad son muy estables durante todo el año y los aportes de materia del exterior son muy pequeños. En consecuencia, hay poco alimento y las poblaciones son reducidas. Sin embargo, en las cuevas con grandes poblaciones de murciélagos (el murciélago guanero presenta colonias de hasta 50 millones de individuos en una sola cueva), la vida cavernícola puede ser exuberante, gracias a la materia orgánica de sus excrementos. En otras cuevas, son las aves las que forman colonias. Es el caso de algunos vencejos, que penetran a veces hasta grandes profundidades y, sobre todo, de los guácharos, unos parientes de los chotacabras, que viven en América tropical. En sus colonias reina una algarabía infernal, y son capaces de volar en la oscuridad, sorteando obstáculos, gracias a un sistema de ecolocación similar al de los murciélagos.

 

Para adaptarse a estos ambientes, los animales suelen ser pequeños, experimentan reducción o pérdida de los ojos (una estructura que no se usa suele acabar por perderse, ya que su construcción requiere energía y los mutantes que no la presentan tienen ventaja), despigmentación, dependencia del olfato y los sonidos para detectar el alimento y los compañeros sexuales y desarrollo del tacto (largos apéndices y pelos sensoriales) y tienen la piel más delgada (no hace falta una piel gruesa para retener agua ya que las cuevas suelen presentar una humedad relativa alta). Como las condiciones son muy estables durante largos periodos, los animales cavernícolas producen menos huevos y pasan por menos fases larvarias (los organismos que viven en condiciones variables tienen que apostar por producir rápidamente muchos descendientes, por si ocurre una catástrofe).

 

Algunas cuevas permanecen casi totalmente aisladas del exterior durante milenios. En las profundidades, los únicos aportes de materia orgánica pueden ser los de organismos que se cuelan entre los diminutos intersticios de las rocas o las sustancias disueltas en el agua que se filtra lentamente. Estos ecosistemas son cápsulas del tiempo, que pueden albergar especies casi inalteradas durante millones de años. Otras cavidades están absolutamente aisladas del exterior y sin embargo presentan vida. Esto sólo es posible gracias a bacterias que pueden generar energía y materia orgánica a partir de sustancias minerales, por medio de reacciones de oxidación-reducción. Hoy se sabe que las profundidades de la Tierra están profusamente habitadas por bacterias, que ocupan cualquier pequeño intersticio de las rocas. El mayor ecosistema del planeta está bajo nuestros pies.

 

El aislamiento hace que muchas especies sean exclusivas de cada cueva. Esto hace que sean ecosistemas muy valiosos. Debemos conservarlos muy bien por esta razón y porque son extraordinariamente frágiles. Los organismos se han adaptado durante milenios al estrecho rango de condiciones ambientales que se presentan en cada cueva. Cada una se caracteriza por unos valores casi constantes de temperatura, humedad, concentración de CO2, etc. Cualquier pequeña alteración en ellos es una hecatombe para estos seres. Además, como el aporte de alimentos es muy escaso, una pequeña disminución en él, puede desbaratar la base de la cadena trófica y acabar con las reducidas poblaciones.

 

La distancia a la entrada de la cueva es el principal factor que estructura la comunidad. Cerca de la entrada, donde aún hay luz, aunque sea débil, aparecen muchos animales del exterior que se refugian en las cuevas o penetran ocasionalmente para alimentarse. Muchos animales que salen por la noche o que podemos encontrar debajo de las piedras, aparecen también en este ambiente. A una distancia un poco mayor, aparecen animales que pasan mucho tiempo en las cuevas o viven exclusivamente en ellas, pero no presentan apenas adaptaciones específicas para este medio (es el caso de los murciélagos y varias arañas, por ejemplo): son los llamados troglófilos. Aún más hondo, se encuentran los troglobios, los dueños legítimos de las cuevas, los que pasan todo el tiempo en ellas y presentan muchas adaptaciones a la vida cavernícola: los pequeños seres despigmentados, ciegos y patilargos.

 

En cuanto a los grupos animales que suelen preferir las cuevas, aparte de los murciélagos y ciertas aves, predominan los arácnidos y los insectos. Hay una gran variedad de arañas, garrapatas y otros ácaros, y falsos escorpiones. Los opiliones, unos arácnidos de patas extraordinariamente largas, viven en el exterior pero a veces se concentran en congregaciones inmensas en las paredes de las cuevas. Son típicos los grillos de patas y antenas muy largas y en las paredes suelen concentrarse muchos mosquitos y pequeñas moscas. Varias polillas pasan largas temporadas en las cuevas y los escarabajos, omnipresentes, aportan muchas especies cazadoras, carroñeras o comedoras de residuos. Otros artrópodos muy bien representados son los ciempiés y milpiés, las cochinillas de la humedad, los colémbolos (pequeños bichos primitivos y saltarines) y una variedad de seres insignificantes, blancuzcos y tímidos. En los ríos y lagos subterráneos hay salamandras pálidas y ciegas, que pueden conservar las branquias en estado adulto debido a la alta humedad, y peces sin ojos. También abundan los pequeños moluscos y crustáceos.

 

Entre los animales cavernícolas más curiosos están las larvas de unos mosquitos de Nueva Zelanda, que segregan hilos pegajosos que cuelgan del techo y que sirven para atrapar insectos, a los que atraen emitiendo luz por sus abdómenes. Es un poco enigmático por qué hay tan pocos animales cavernícolas luminiscentes, mientras que hay tantos en el fondo del mar (desde luego, en el fondo del mar las condiciones no han cambiado en miles de millones de años, mientras que cada cueva se crea y se destruye  en unos pocos millones de años).

 

En relación con este asunto, comentaremos también que en los últimos años se ha resuelto un misterio que ha intrigado a los herpetólogos durante 70 años: el de la mítica lagartija luminosa (Proctoporus shrevei), que vive a la entrada de las cuevas de las montañas de Trinidad. Inicialmente se dijo que los ocelos blancos alineados de su piel brillaban en la oscuridad, pero lamentablemente el bicho nos ha defraudado. “Sólo” tienen un extraordinario poder de reflejar la escasa luz que incide sobre ellos. Al variar el ángulo de iluminación, se crea la ilusión de que los ocelos brillan por sí mismos. No se conoce aún la función de los ocelos en la vida de estos reptiles, por lo demás notables al tolerar temperaturas bastante bajas.

 

La vida bajo nuestros pies es, como vemos, multiforme y espectacular (aunque para apreciarla haya que recurrir muchas veces a la lupa). Por ello, y por la extraordinaria vulnerabilidad de estos ecosistemas, debemos penetrar en las cuevas con el mismo respeto reverencial de los viejos buscadores de dragones.

 

 

 

 

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