Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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Ecosistemas extremos: la vida al límite

 

 

  

 

Cristales de sal de un manantial salino en Priego de Córdoba (Andalucía, España)

 

La Tierra podría parecer un desierto sin vida a un extraterrestre que mandara sondas de investigación sólo a los hábitats más extremos del planeta (que pueden ser los que a él le parecen más prometedores).

 

Las cámaras que grabaran en mitad del desierto de Atacama (el lugar más seco de la Tierra), en los valles secos de la Antártida (que además son gélidos), en el lago más alto de la Tierra, en otro repleto de ácido sulfúrico o en una fuente hidrotermal, con temperaturas de más de 120 º C, probablemente no registraran ningún signo de vida. Pero si la sonda contara con instrumentos de detección más refinados o excavara un poco en el terreno, detectaría que esos ambientes aparentemente inhóspitos son en realidad hervideros de organismos. La vida terrestre no se amilana por tan poco.

 

Los valles secos de la Antártida son, probablemente, los lugares de la Tierra más parecidos a Marte. Reinan temperaturas de hasta -35º C y la precipitación media anual no supera los 10 litros por metro cuadrado. A unos 3-8 cm de profundidad en el suelo, se encontraron bacterias y hongos. Algunos de estos microbios resisten en lugares con concentraciones de sal muy altas, donde la temperatura de congelación del agua puede bajar hasta -56º C. Recientemente se han encontrado actinobacterias que han permanecido vivas durante medio millón de años, en el permafrost de las regiones árticas y antárticas, gracias a un mecanismo especial de reparación del ADN.

 

Otros ecosistemas muy similares a los hipotéticos antiguos lagos marcianos son las lagunas del volcán Licancabur, entre Chile y Bolivia, a 6.000 m de altitud, donde el calor volcánico permite la existencia de agua líquida. Debido a la altura, la concentración de oxígeno y la presión atmosférica son muy bajas, y se recibe una dosis muy alta de radiación ultravioleta, pero la vida microbiana es abundante. En el desierto de Atacama, también en Chile, suele llover una vez por década (en algunos lugares pueden transcurrir cientos de años sin que caiga una sola gota), pero si profundizas unos 20-30 cm en el suelo, recoges una muestra y añades agua esterilizada, encontrarás una bonita población de bacterias que despertaron de su letargo.

 

Otro escenario donde se evalúa la posibilidad de vida en otros planetas es el río Tinto, en Huelva. La explotación minera ha saturado sus aguas con nocivos metales pesados y las ha vuelto muy ácidas, pero las poblaciones microbianas son variadas y exuberantes. En una fuente hidrotermal submarina se puede encontrar a un organismo que vive cómodamente a 121º C e incluso resiste dos horas a 130º C (el agua permanece líquida a esas temperaturas por la elevada presión existente en los fondos marinos). Pertenece al antiguo grupo de las arqueobacterias, que se caracterizan por prosperar en los ambientes más inhóspitos. Usa el hierro en vez del oxígeno para “respirar”, para aceptar electrones, lo que le permite “quemar” el alimento. El hierro pudo servir a los primitivos organismos para esta función, en las etapas en que la Tierra era aún muy caliente.

 

En los fondos marinos se encuentran también otros ecosistemas singulares: los afloramientos naturales de petróleo y de gas metano (éste último queda atrapado entre las moléculas de agua en las condiciones de baja temperatura y alta presión de los fondos y forma un extraño “hielo” inflamable). Solemos considerar a los hidrocarburos como amenazas para la vida (mareas negras), pero lo cierto es que son la base de ciertas cadenas tróficas, sustentadas por bacterias que oxidan el sulfuro de hidrógeno (abundante en los hidrocarburos) y el metano. A veces estas bacterias viven en simbiosis en el interior de animales como gusanos poliquetos, vestimentíferos y bivalvos. En el satélite de Saturno Titán hay mucho metano y podría tener un origen biológico (las cantidades significativas de metano detectadas en Marte también podrían ser explicadas por la actividad de microorganismos).

 

En Europa, satélite de Júpiter, y en Encelado, satélite de Saturno, se cree que hay océanos de agua líquida bajo las gruesas capas de hielo superficial. Un lugar adecuado para calibrar las posibilidades de vida allí, sería el lago Vostok de la Antártida, una gran masa de agua líquida sepultada bajo varios kilómetros de hielo. Se realizaron perforaciones hasta 100 metros de distancia al lago, pero se detuvieron porque no hay garantías absolutas de que no se va a contaminar con organismos externos. A lo largo de casi toda la columna de hielo se extrajeron muestras de organismos.

 

La vida puede prosperar también en los fondos fangosos submarinos, a más de 800 metros de profundidad, donde no hay oxígeno, y la respiración de las bacterias, basada en los sulfatos, puede llegar a ser 10.000 veces más lenta que en la superficie de la Tierra. Este extraño ecosistema es uno de los principales del mundo, ya que puede albergar entre la décima parte y un tercio de la biomasa global. En las minúsculas grietas entre las rocas bajo la corteza terrestre, hay vida microbiana, que usa como fuente de energía las reacciones entre sustancias minerales, hasta al menos 3,2 km de profundidad. Los microorganismos, incluso algunos que viven en nuestros cuerpos, son capaces de resistir presiones extremas (hasta 16 veces la existente al nivel del mar, lo que hace que el agua se convierta en hielo) sin sufrir apenas alteraciones. Los organismos mejor adaptados (algunos extremófilos) pueden soportar una presión equivalente a 1.200 veces la atmosférica.

 

Algunos organismos, especialmente arqueobacterias, son capaces de resistir en ambientes de máxima acidez (a pH 0, el de una disolución de ácido clorhídrico, 1.000.000 de veces más ácido que el que encuentra cómodo la mayoría de los organismos) y de alcalinidad extrema (alta concentración de sustancias básicas, del tipo de la sosa cáustica). Algunos extremófilos resisten hasta un pH 12,8 (nuestra sangre tiene normalmente un pH próximo a 7). La arqueobacteria Haloarcula (cuya especie H. marismortui vive en el Mar Muerto) resiste concentraciones de sal de un 30% (9 veces la salinidad de la sangre humana).

 

La bacteria gram-negativa Deinococcus radiodurans puede resistir dosis de radiación 5.000 veces superiores a la letal para los humanos sin inmutarse. Además puede sobrevivir a altas y bajas temperaturas, en condiciones de vacío, en medios ácidos y resistir un alto grado de deshidratación. Soporta la radiación presentando múltiples copias de su genoma y mecanismos de reparación del ADN muy rápidos y efectivos. Las formas de resistencia (o esporas) de ciertas bacterias gram-positivas, como Bacillus subtilis, son extremadamente resistentes también a estos factores (en concreto, individuos de esta especie han permanecido 6 años vivos en el espacio, en un satélite de la NASA). Las halobacterias como Haloarcula también pueden resistir mucho tiempo en el espacio encerradas en cristales de sal (y se han encontrado cristales de sal en meteoritos marcianos). Recientemente se han publicado estudios teóricos que sugieren que la vida microbiana podría persistir en el interior de los meteoritos rocosos durante el largo tiempo que se necesita para viajar de un planeta a otro. La visión de muchos cuerpos del Sistema Solar habitados por microorganismos ha dejado de ser una quimera, alentada por la austeridad y el aguante de la vida terrestre.

 

 

 

(Nota: artículo originalmente escrito para la sección de ecología de MundoBiología, pero como no me lo publicaron lo incluyo aquí, a pesar de no hablar de bichos).

 

 

 

 

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