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divulgación zoológica
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Los juegos de los animales
La capacidad de
jugar (del mismo modo que la de soñar) está restringida a los grupos de
animales más inteligentes. Aunque algunos invertebrados, como los insectos
sociales, tienen capacidad de aprendizaje, nunca juegan. Tampoco lo hacen
peces, anfibios, reptiles ni la mayoría de las aves, pero prácticamente en
todos los grupos de mamíferos se han registrado algunas conductas que no pueden
ser calificadas de otra forma que como juegos.
Las aves de comportamiento más
adaptable, como los cuervos y afines, llegan a presentar sofisticados juegos.
Los córvidos son muy curiosos y bromistas. Gerald Durrell cuenta que tenía unas urracas que imitaban el
reclamo de la criada para llamar a las gallinas a comer, y que disfrutaban
emitiéndolo cuando ya las gallinas se habían retirado a dormir, aparentemente
sólo por el alborozo que les producía engañarlas.
Juego es toda aquella acción que
realiza un animal y que no incrementa de forma inmediata la supervivencia,
aunque puede servir como entrenamiento para futuras conductas que sí tienen
repercusión en ella o en la capacidad de reproducción. Otra función del juego
es la de facilitar las interacciones sociales (las especies sociales suelen
dedicar más tiempo a jugar).
El juego se diferencia de la mera
exploración del entorno o de los objetos nuevos por su componente creativa. El
animal trata de manipular el objeto o de realizar combinaciones nuevas de
movimientos. Como dice el naturalista Edward O.
Wilson en su obra Sociobiología: “cuando un
animal juega se está preguntando qué puede hacer él con el objeto, en lugar de
qué puede hacer el objeto”.
Los juegos suelen consistir en
secuencias de comportamientos que el animal desarrolla en su vida adulta, pero
recombinándolas de formas distintas, alterando su finalización, repitiéndolas o
realizándolas en contextos distintos. La capacidad de jugar parece haber
evolucionado como una forma de ampliar la gama de comportamientos de los
animales para adaptarlos a entornos cambiantes. El juego también puede impulsar
el desarrollo cognitivo: los chimpancés privados de objetos con los que jugar
no son tan capaces de resolver problemas como los que los tienen a su alcance
desde una edad temprana.
Muchos juegos preparan a los animales
para las luchas de dominancia o para la actividad sexual. Los cervatillos
suelen practicar el juego llamado ‘Rey del Castillo’: un ejemplar sube a lo
alto de una colina y los otros cervatillos tratan de expulsarlo. Eligen la
colina que les parece más adecuada y la usan siempre para esta actividad.
Las nutrias no abandonan los juegos ni
siquiera cuando son adultas. También ellas tienen sus propios lugares dedicados
al esparcimiento. Son los toboganes, laderas empinadas que usan para deslizarse
sobre el vientre y zambullirse en el agua. Este juego parece tener sólo un propósito
deportivo y se dedican a él con gran entusiasmo.
El juego de los felinos es tan
fascinante porque por medio de él desarrollan las habilidades que los
convierten en los cazadores más astutos. El juego preferido de un gato es
esconderse y “darte un susto”, abalanzándose sobre ti cuando pasas a su lado,
para acto seguido salir corriendo y hacer que le persigas. Cuando manifiestas
una gran sorpresa o indignación, puedes notar que son más intensos sus
maullidos de satisfacción. Las gatas
suelen también incitar a sus hijos al juego y les llevan presas atontadas.
Cuando un gato te lleva un ratón medio muerto que ha atrapado, lo que quiere en
realidad es que aprendas a cazar. Un fenómeno curioso de la domesticación, como
señaló Konrad Lorenz, es la
infantilización de los adultos, que muchas veces no pierden el interés por el
juego, como ocurriría si estuvieran en la naturaleza.
Los animales que han desarrollado más
la capacidad de jugar son, como cabría esperar, los primates. A los jóvenes les
gusta jugar a perseguirse, a montarse y a derribarse unos a otros. Los adultos
de los simios superiores se hacen cosquillas, luchan con los dedos y se soplan
unos a otros, o realizan estos juegos con sus crías. A veces, como en el caso
de los macacos rhesus, el tipo de juegos varía con el
sexo: los machos suelen jugar más a pelearse y las hembras a “hacer de mamás”
(recientemente se han hecho experimentos con monos vervet
que muestran que los machos pequeños suelen preferir pelotas y coches, mientras
que las hembras escogen muñecos, lo que contradice la creencia de que estas
preferencias son fruto exclusivamente de la educación).
Los simios usan señales específicas
para incitar al juego, como andar con la espalda arqueada y con pasos cortos y
pomposos. También utilizan una mueca característica, abriendo moderadamente la
boca. Uno de sus juegos preferidos es el de coger objetos y tratar de
arrebatárselos unos a otros. A los más viejos les encanta engañar a los jóvenes
ofreciéndoles un objeto y retirándolo bruscamente cuando hacen ademán de
recogerlo (este juego lo efectúan también los córvidos).
Pueden inventar juegos muy creativos:
los bonobos (una especie de chimpancés) han sido
observados jugando a una variante de nuestra familiar ‘gallinita ciega’. Los animales
se tapan voluntariamente los ojos y van andando así entre los demás, tratando
de mantener el equilibrio. Sólo miran cuando se caen.
También pueden emplear mucho tiempo en
complicadas pantomimas solitarias, en las que efectúan muecas muy variadas con
la cara. El propósito de estas actividades no está claro, pero, ¿necesitan los
animales alguna excusa para jugar?
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