Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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Los juegos de los animales

 

 Lobos jugando

 

 

   La capacidad de jugar (del mismo modo que la de soñar) está restringida a los grupos de animales más inteligentes. Aunque algunos invertebrados, como los insectos sociales, tienen capacidad de aprendizaje, nunca juegan. Tampoco lo hacen peces, anfibios ni la mayoría de los reptiles. Estos tienen un metabolismo lento, por lo que no pueden permitirse gastar mucha energía en conductas caprichosas, y además, en general, no son demasiado inteligentes. Pero recientemente se ha demostrado que las iguanas, que están entre los reptiles más activos y evolucionados, son capaces de jugar en cautividad con pelotas.


   Las aves de comportamiento más adaptable, como los cuervos y afines, llegan a presentar sofisticados juegos. Los córvidos son muy curiosos y bromistas. Gerald Durrell cuenta que tenía unas urracas que imitaban el reclamo de la criada para llamar a las gallinas a comer, y que disfrutaban emitiéndolo cuando ya las gallinas se habían retirado a dormir, aparentemente sólo por el alborozo que les producía engañarlas. Carolee Caffrey descubrió una conducta humorística en la naturaleza. Hizo un seguimiento de dos cuervos en California, un macho de un año y su padre, que se alimentaban bajo un magnolio en flor. Cuando la hermana del macho joven acudió a reunirse con ellos, accidentalmente arrancó un pétalo, que cayó junto a la cara de su hermano y lo sobresaltó. Su hermana se dio cuenta, se dio media vuelta, avanzó lentamente por la rama hasta una flor, arrancó un pétalo con el pico y regresó hasta un lugar situado encima de la cabeza de su hermano. Luego se inclinó hacia delante y dejó caer el pétalo, que volvió a asustarle.

En todos los grupos de mamíferos se han descrito muchísimas conductas que no pueden ser calificadas de otra forma que como juegos.

   Juego es toda aquella acción que realiza espontáneamente un animal y que no incrementa de forma inmediata la supervivencia, aunque puede servir como entrenamiento para futuras conductas que sí tienen repercusión en ella o en la capacidad de reproducción. También fortalece los músculos, mejora la coordinación, y hace que los animales conozcan mejor su entorno. Otra función del juego es la de facilitar las interacciones sociales (las especies sociales suelen dedicar más tiempo a jugar y las crías privadas de juego suelen comportarse tímidamente cuando adultas). Las conductas de juego pueden clasificarse entonces como locomotrices (como las carreras de los potrillos), exploratorias y sociales. Las orcas son tan inteligentes que, en cautividad, modifican la forma de los juguetes para adaptarlos a un juego determinado. Todos estos datos sugieren que en los animales suficientemente inteligentes, el juego es una especie de reto intelectual que genera placer.

   El juego se diferencia de la mera exploración del entorno o de los objetos nuevos por su componente creativa. El animal trata de manipular el objeto o de realizar combinaciones nuevas de movimientos. Como dice el naturalista Edward O. Wilson en su obra Sociobiología: “cuando un animal juega se está preguntando qué puede hacer él con el objeto, en lugar de qué puede hacer el objeto”.

   Los juegos suelen consistir en secuencias de comportamientos que el animal desarrolla en su vida adulta (lucha, caza, huida, emparejamiento), pero recombinándolas de formas distintas, alterando su finalización, repitiéndolas o realizándolas en contextos distintos. La capacidad de jugar parece haber evolucionado como una forma de ampliar la gama de comportamientos de los animales para adaptarlos a entornos cambiantes. El juego también puede impulsar el desarrollo cognitivo: los chimpancés privados de objetos con los que jugar no son tan capaces de resolver problemas como los que los tienen a su alcance desde una edad temprana.
 
   Muchos juegos preparan a los animales para las luchas de dominancia o para la actividad sexual. Los cervatillos suelen practicar el juego llamado ‘Rey del Castillo’: un ejemplar sube a lo alto de una colina y los otros cervatillos tratan de expulsarlo. Eligen la colina que les parece más adecuada y la usan siempre para esta actividad.  El juego de los felinos es tan fascinante porque por medio de él desarrollan las habilidades que los convierten en los cazadores más astutos. El juego preferido de un gato es esconderse y “darte un susto”, abalanzándose sobre ti cuando pasas a su lado, para acto seguido salir corriendo y hacer que le persigas. Cuando manifiestas una gran sorpresa o indignación, puedes notar que son más intensos sus maullidos de satisfacción.  Las gatas suelen también incitar a sus hijos al juego y les llevan presas atontadas. Cuando un gato te lleva un ratón medio muerto que ha atrapado, lo que quiere en realidad es que aprendas a cazar. Un fenómeno curioso de la domesticación, como señaló Konrad Lorenz, es la infantilización de los adultos, que muchas veces no pierden el interés por el juego, como ocurriría si estuvieran en la naturaleza.

   Las nutrias no abandonan los juegos ni siquiera cuando son adultas. También ellas tienen sus propios lugares dedicados al esparcimiento. Son los toboganes, laderas empinadas que usan para deslizarse sobre el vientre y zambullirse en el agua. Se ha observado a leones marinos adultos jugando con estrellas de mar o tirando al mar iguanas que cogen por la cola, impidiéndoles después volver a subir al espigón; los cuervos se deslizan una y otra vez por las placas de hielo con las patas y el vientre hacia arriba y los delfines juegan a la pelota con peces luna o calamares. Estos juegos parecen tener sólo un propósito recreativo.
 
   Los animales que han desarrollado más la capacidad de jugar son, como cabría esperar, los primates. A los jóvenes les gusta jugar a pelearse, perseguirse, a montarse y a derribarse unos a otros. Una de sus prácticas preferidas es empujar por la espalda a un individuo que está tranquilo y desaparecer. Los chimpancés y los babuinos jóvenes juegan juntos (es uno de los muy escasos casos de juegos entre especies distintas en la naturaleza). Los adultos de los simios superiores se hacen cosquillas, luchan con los dedos y se soplan unos a otros, o realizan estos juegos con sus crías. También juegan al escondite, como los bebés humanos, tapándose los ojos con ramas. A veces, como en el caso de los macacos rhesus, el tipo de juegos varía con el sexo: los machos suelen jugar más a pelearse y las hembras a “hacer de mamás” (recientemente se han hecho experimentos con monos vervet que muestran que los machos pequeños suelen preferir pelotas y coches, mientras que las hembras escogen muñecos, lo que contradice la creencia de que estas preferencias son fruto exclusivamente de la educación).


   Los simios usan señales específicas para incitar al juego, como andar con la espalda arqueada y con pasos cortos y pomposos. También utilizan una mueca característica, abriendo moderadamente la boca. Uno de sus juegos preferidos es el de coger objetos y tratar de arrebatárselos unos a otros. A los más viejos les encanta engañar a los jóvenes ofreciéndoles un objeto y retirándolo bruscamente cuando hacen ademán de recogerlo (este juego lo efectúan también los córvidos).

   Pueden inventar juegos muy creativos: los bonobos (una especie de chimpancés) han sido observados jugando a una variante de nuestra familiar ‘gallinita ciega’. Los animales se tapan voluntariamente los ojos y van andando así entre los demás, tratando de mantener el equilibrio. Sólo miran cuando se caen. También pueden emplear mucho tiempo en complicadas pantomimas solitarias, en las que efectúan muecas muy variadas con la cara. El propósito de estas actividades no está claro, pero, ¿necesitan los animales alguna excusa para jugar?

 

 

Nota 1: en burbujas se pueden ver delfines jugando a hacer anillos de burbujas.

Nota 2: en broma se puede encontrar un juego fosilizado. 

Nota 3: sofisticados engaños y bromas se pueden encontrar en “ http://divulgacionbiologica.blogspot.com/2009/09/el-sentido-del-humor-en-los-animales.html ”.

 

 

 

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