Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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¿Por qué hablan los loros?

 

 

 

 

La sorpresa que ha proporcionado Alex, un joven papagayo gris africano, a la comunidad científica ha sido mayúscula. Ésta se ha encontrado, de pronto, conversando inteligentemente con un pequeño ser emplumado, caprichoso y redicho, cuyo volumen cerebral es menor que la mitad de un dedo pulgar.

Va camino de convertirse en un animal tan famoso como Washoe, la chimpancé que inició la comunicación simbólica entre especies, a través del lenguaje de gestos de los sordomudos, por primera vez, después de varios cientos de millones de años.

Aves imitadoras
La capacidad imitativa del lenguaje humano por parte de los loros es conocida desde la antigüedad, pero se etiquetaba invariablemente como una actividad meramente repetitiva. Lo curioso del caso es que, a diferencia de otras aves imitadoras, como el ave lira australiana, los loros no imitan los sonidos de otras especies en la naturaleza.

Realizan, eso sí, complicadas llamadas que tienen una función social en el seno de sus bandadas. Estas llamadas pueden incluir señales de alarma e implicar un reconocimiento de los individuos, lo que se ha considerado por los etólogos (los estudiosos de la conducta animal) como rasgo distintivo de una especial inteligencia. Pero si los loros no imitan a otros animales, ¿por qué imitan a los humanos?

Un duro aprendizaje
Irene M. Pepperberg, una investigadora de la Universidad de Arizona, sospechaba de las insólitas capacidades de estos animales y decidió entrenar a Alex de acuerdo con nuevos métodos. Las técnicas tradicionales de entrenamiento premiaban a los animales con un tipo invariable de recompensa, pero a Alex se le premiaba con el objeto cuya etiqueta verbal había conseguido asociar correctamente. Si pronunciaba 'nuez' ante la presencia de una nuez, se le premiaba con ésta. Así se reforzaba la asociación de la palabra con el objeto.

Para que aprendiera el nombre de objetos no atractivos para él, se le permitió dar un rodeo: si aprendía correctamente el nombre de un objeto y luego pronunciaba lo que quería (por ejemplo, bananas), era premiado con bananas.

Alex participó en un entrenamiento a tres bandas, con dos seres humanos, que no sólo interactuaban con el loro, sino también entre sí, lo que permitía a éste aprender el uso correcto de las palabras, del mismo modo que un niño pequeño aprende a hablar oyendo hablar a otros.

Frases sencillas
Los resultados han sido espectaculares, lo bastante contundentes como para colocar la inteligencia de estas aves no sólo a la altura de los mamíferos, sino a un nivel avanzado entre estos. Alex ha aprendido el nombre correcto de 40 objetos y algunas frases sencillas como 'quiero X', 'tú cosquillas a mí', 'adiós, te veré mañana', o 'ven aquí'.

Conoce cinco formas de objetos y cinco colores, y sabe contar hasta seis. Espontáneamente aprendió a usar 'no' cuando no quería entrenarse. Posee comprensión de algunas categorías y es capaz de distinguir entre preguntas que se refieren al color de un objeto y preguntas que se refieren a la forma y contestarlas adecuadamente. Puede combinar algunas etiquetas para caracterizar hasta 100 objetos distintos, algunos no incluidos en su aprendizaje habitual.

Quizá la admirable capacidad imitativa de los loros es sólo un reflejo de su inteligencia y las repeticiones de palabras podrían equipararse al balbuceo de una criatura que desea verse integrada en el grupo al que cree pertenecer.

 

 

 

 

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