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Machadas

Los machos sufrimos incontables penurias para aparearnos. En muchas especies, mientras que casi todas
las hembras se aparean, sólo lo consigue un porcentaje muy reducido de machos.
Además, nuestra esperanza de vida es menor: desarrollamos una feroz competencia
intrasexual, realizamos ostentaciones arriesgadas, tenemos
que dedicar más tiempo y energía al cortejo, estamos peor preparados frente a
enfermedades... Los machos somos biológicamente menos valiosos.
Las hembras son casi siempre las que escogen. Son muy
exigentes, ya que realizan una gran inversión maternal. Si eligen un mal
compañero, tendrán que esperar mucho para intentar de nuevo la reproducción. Tienen
que fijarse en indicadores fidedignos de la calidad de los machos (uno endeble
podría esforzarse y hacer una breve e impresionante exhibición) y por ello escogen
a los vencedores de los combates, los estudian muy detenidamente o los obligan
a superar pruebas muy duras. Algunas hembras de salamandras son tan
inquisitivas que inspeccionan las heces de los machos para comprobar si están
bien alimentados.
Requisitos y más
requisitos
El arma de seducción más poderosa de los machos es la
ofrenda de comida. Algunos grillos macho regalan a las hembras sustancias
nutritivas producidas por ellos para evitar que se coman el esperma, depositado
en el exterior. Pero lo más usual es la ofrenda de presas. Los machos de las
moscas escorpión tratan de regalar una presa a la hembra para que les permita
el apareamiento; si no la consiguen, les ofrecen su nutritiva saliva. Si la
hembra la rechaza, el macho puede olvidar las gentilezas y tratar de forzar la
cópula, sujetando a la hembra con sus pinzas genitales. Los machos más fuertes usan
la primera estrategia, la más exitosa, y los más débiles recurren desesperadamente
a la tercera, aunque las hembras consiguen casi siempre escapar. Otra conducta
interesada es la de las hembras de bonobo o chimpancé
pigmeo, que ofrecen sexo, fuera de la época de reproducción, a los machos a cambio,
por ejemplo, de una fruta.
Quizá las hembras más
exigentes son las de los tilonorrincos o pájaros
glorieta. Los machos construyen impresionantes chozas o galerías de ramas, que
decoran con objetos de colores vistosos. Recolectan trozos de vidrio, hebras de
lana, billetes, flores, etc. Incluso se arriesgan a robarlos de los “nidos” de
otros machos. También pintan la construcción nupcial con jugos de frutas,
usando herramientas (manojos de fibras que agarran con el pico). No contentas
con esto, las hembras exigen además que los machos ejecuten elaboradas danzas y
que tiren por el aire los objetos ornamentales.
Aunque
las exhibiciones permiten a los machos fingir cualidades que no poseen, las
hembras han aguzado el ingenio para distinguir a los machos adecuados. Al
preferir rasgos extravagantes y ostentaciones llamativas, obligan a los machos a
que sacrifiquen muchas oportunidades de supervivencia. Así, se aseguran que los
que queden para la reproducción sean los más vigorosos. Otros indicadores
honestos de la bondad de los genes son los alardes de valentía, que se han
documentado en bastantes especies. Lee Dugatkin y
Jean Guy Godin, de las
universidades de Louisville y Mount
Allison, describen el caso de los machos de unos
peces, los gupis de Trinidad. Cuando un depredador se
acerca al grupo, se dirigen temerariamente hacia él en parejas. Las hembras escogen
normalmente a los machos que presentan un color anaranjado más intenso, pero
pueden elegir al menos coloreado de la pareja si es el que más se acerca. Si no
hay ninguna hembra próxima, a los machos ni se les ocurre hacer esas locuras.
Las peleas entre machos suelen acabar con el abandono de un
contrincante tras la muestra de fuerza o habilidad del otro, pero en muchos
casos son tan feroces que terminan con muertos (leones, ciervos, elefantes marinos...).
Cuando las hembras están muy concentradas, los combates por el monopolio sexual
son terribles. A veces son ellas las que provocan peleas entre machos para
asegurarse el apareamiento con el mejor. Es el caso de la hembra de berrendo,
una especie de cabra americana, que se aleja del harén y tienta a un extraño,
para que el dueño se enfrente a él.
Para poder aparearte, debes “estar a la moda”, presentar los
rasgos que una población de hembras considera atractivos en un momento determinado.
La selección de estos rasgos es desbocada. Un macho que presente un carácter algo
llamativo, puede atraer a algunas hembras. Los descendientes machos de estos
cruces heredarán el rasgo atractivo del padre y las hijas, las preferencias de
la madre, con lo que la selección de rasgos cada vez más llamativos se alimenta
a sí misma. Los caracteres se desarrollan tanto que llegan a comprometer la supervivencia
(colas desmesuradas, colores estridentes, etc.). Por otro lado, las hembras
suelen ser influidas por las elecciones de otras. Una hembra siempre busca
incrementar su descendencia futura, por medio de hijos irresistibles para otras
hembras. Por ello, muchas eligen a machos a los que han visto aparearse con
otras, sobre todo si éstas tienen experiencia.
Los gustos de las hembras son caprichosos. Nancy Burley, una anilladora que
pretendía seguir los movimientos en el campo de unos pájaros australianos, los
pinzones cebra (muy frecuentes en las tiendas de animales), encontró que las
anillas de colores vistosos en los machos eran un estímulo arrebatador para las
hembras. Este fenómeno quizá se debe a que las anillas realzan las manchas
naturales del pájaro. Los investigadores pudieron manipular el atractivo de los
machos. Encontraron que los menos atractivos se esforzaban más en los cuidados
paternales, para compensar. Quizá lo más sorprendente de todo fue que los
machos atractivos producían más hijos que hijas, lo que claramente les
beneficiaba para propagar sus genes. Lo que es un completo misterio es cómo manipulan
las aves la proporción de sexos de la descendencia.
Las hembras prefieren padres cuidadosos y abnegados. Las de algunos
peces evalúan la capacidad paternal depositando unos pocos huevos. Sólo si el
macho manifiesta conductas de protección, continuarán desovando. Muchas hembras
sólo se aparean tras un cortejo muy largo, para llegar a conocer las
capacidades reales del macho y evaluar el riesgo de ser abandonada con las
crías o de sufrir maltrato. Estos cortejos prolongados son más frecuentes cuando
los dos sexos realizan una gran inversión en la prole, como ocurre en muchos
pájaros, en los que suelen durar semanas. Los machos también necesitan estimar
la probabilidad de que las hembras les sean infieles o les abandonen con las
crías.
Los machos tienen que soportar todo tipo de agresiones al
acercarse a las hembras, ya que su territorio individual no puede ser invadido
alegremente y tienen que adoptar posturas vulnerables, como agacharse y ofrecer
el cuello. A veces, tienen que inmovilizar a las hembras, como hacen algunos
machos de araña, con hilos de seda. El precio que pagan por la reproducción es
a veces extremo. El macho de la viuda dorsirroja
australiana, una araña, tras insertar sus palpos copuladores
en el orificio genital de la hembra, se precipita hacia sus colmillos para
servirle de aperitivo. Este supremo sacrificio la entretiene y disminuye la
posibilidad de nuevas cópulas (así es más probable que las crías sean suyas).
Al macho del mosquito Johansenniella nitida
tampoco le importa demasiado ser comido durante la cópula, ya que parte de su
cuerpo queda incrustado en la hembra, a modo de tapón vaginal.
Recursos de los
perdedores
No todo está perdido si eres débil, cobarde o poco
agraciado. En primates, se establecen coaliciones entre machos para expulsar al
dominante o luchar contra machos invasores. Un macho subordinado “pelotero” puede
establecer una relación especial con el dominante para ascender en la jerarquía.
Otros subordinados se hacen “amigos” de las hembras, aseándolas y protegiéndolas
de la agresión de otros machos. Aunque las hembras se aparean preferentemente
con los dominantes, no se olvidan de premiar a sus “amigos” con algunas
cópulas. Esta “amistad interesada” fue observada por ejemplo en los papiones
oliva por Barbara Snuts, en
1.987.
Los machos satélites y oportunistas revolotean por los
alrededores de los territorios de los dominantes esperando cualquier descuido
de estos. A veces son tolerados porque atraen a las hembras o alertan ante
predadores. En la rana Hyla cinerea, un macho
silencioso se coloca al lado de otro que croa (así ahorra energía y no llama la
atención de depredadores) e intenta interceptar a la hembra atraída por éste. Los
machos de pez sol tienen el record de eyaculación precoz: llevan a cabo fulgurantes
incursiones en el territorio de los dominantes para fecundar los huevos que han
depositado allí las hembras. Otro vil engaño es imitar a las hembras, como
hacen machos de algunas especies de peces para penetrar en el territorio de los
dominantes (algunos machos de Polycentrus schomburgkii no sólo imitan su comportamiento, sino que
son capaces de adquirir su aspecto). Los machos de algunos tritones usan
esta treta para inducir a otros a desperdiciar su esperma.
La tentación de todos los machos sería adoptar estas
estrategias poco costosas, pero así no se conseguiría atraer a las hembras. En
las poblaciones se suele alcanzar un equilibrio en la proporción de “honestos”
y “tramposos”, aunque lo usual es que un macho cambie su táctica en función de
sus fuerzas. Porque mientras le quede aliento luchará por culminar el acto que
da sentido a su existencia.
Recuadro:
Comportamientos abusivos de los machos
Muchos machos
se comportan como esos personajes obsesionados con su honor de la literatura
clásica, que ideaban todo tipo de argucias para que sus parejas no tuvieran ninguna
oportunidad de ser infieles. Algunos machos de insectos y arañas examinan el
tracto genital de las hembras antes de aparearse para comprobar si hay esperma ajeno.
Si es así, muchas veces lo extraen con estructuras parecidas a escobillas. No
satisfechos con esto, muchos machos vigilan pegajosamente a las hembras. Los de
los caballitos del diablo las sujetan con unas pinzas en el extremo de su
abdomen y no se separan desde la cópula hasta la puesta de huevos. Los dueños
de harenes atacan a las hembras que se alejan. Las cópulas muy prolongadas son
frecuentes en insectos. Algunos machos “raptan” a las hembras y las llevan
lejos de donde haya competidores. Los machos de algunos roedores, como las maras o “liebres patagónicas”, y de algunos mustélidos son
“pedófilos”: raptan a crías o hembras muy jóvenes y
las monopolizan sexualmente. Un caso de violación se da en los orangutanes. Ellas prefieren a los
fuertes y dominantes, pero son forzadas por los débiles y subordinados porque
las doblan en tamaño.
Otra
estrategia con reminiscencias medievales (cinturón de castidad) es el
taponamiento genital de la hembra, que los machos realizan por medio de
diferentes secreciones. Aparece en mariposas, escarabajos y mamíferos como
roedores. Algunos machos de mariposas impregnan a las hembras con sustancias
antiafrodisíacas o repelentes tras el apareamiento.
Los machos de
algunos roedores, como los ratones domésticos, pueden inducir el aborto de
hembras preñadas por otro macho, por medio de sustancias inhibidoras del
embarazo en la orina. Éste es el llamado efecto
Bruce, en honor a su descubridor. La hembra entrará inmediatamente en celo
y se apareará con el nuevo macho. Éste es un paso cercano a la más drástica
conducta masculina de acaparamiento reproductor: el infanticidio. Cuando los
machos de diversas especies, incluyendo leones y ciertos primates, acceden a
nuevas hembras, lo primero que suelen hacer es matar a las crías de anteriores
relaciones.
Pequeño recuadro 2: “Hembradas”
En los casos en que los machos realizan la mayor inversión
en el cuidado de las crías, o cuando ofrecen regalos muy suculentos a las
hembras, son ellas las que cortejan y compiten entre sí por el acceso a los
machos, que son tímidos y sumisos. En estos casos, son ellos los que eligen.
Las hembras pueden pelear violentamente entre sí, se hacen más llamativas y los
machos más crípticos. Un mecanismo peculiar de competencia entre hembras es la
supresión mediada por feromonas de la capacidad reproductiva de otras (titís del Nuevo Mundo). Esta inversión en los papeles
sexuales se da en los caballitos de mar (son los machos los que “paren”), ranas
venenosas arborícolas, algunas aves limícolas, etc. En los monos gelada, las hembras compiten entre sí por el acceso a los
mejores machos, aunque estos no ofrecen cuidados paternales ni regalos.
Recuadro 3: Cortejo
en aves
Las aves presentan los
cortejos más variados y complejos. Muchos machos mudan de plumaje y realizan
ostentaciones auditivas y visuales espectaculares (por ejemplo, el rabihorcado
macho infla la gran bolsa roja de su garganta). En las especies polígamas
predominan los combates y las exhibiciones de machos. En las monógamas, el
cortejo es más largo, minucioso e íntimo. En muchas aves, como las grullas, la secuencia de movimientos del cortejo es
extremadamente elaborada, aunque quizá la danza más elegante sea la de los
cisnes, con su delicado entrecruzamiento de cuellos. En algunas especies,
machos y hembras cantan a dúo. Los albatros bailan mirándose mutuamente y los piqueros
intercambian ramitas con el pico, como si fueran regalos. La gaviota hembra es
más práctica y acepta la comida que le ofrece el macho. Otros machos se
esfuerzan por demostrar lo útiles que son: algunos llegan a construir 12 nidos o
más por temporada.
Nota: reportaje publicado en
la revista Quo.
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