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Los salvajes moluscos
Cópulas de caracol de huerta (Helix
aspersa)
Al pensar en
animales salvajes, solemos evocar imágenes de leones enseñando sus colmillos,
de elefantes alzando sus trompas, de grandes aves de presa lanzándose en
picado. Tendemos a pensar en criaturas indómitas y majestuosas. Muy pocos se
acordarán de los caracoles, babosas y almejas. Estos son seres viscosos,
sucios, lentos o inmóviles, insulsos y vulnerables.
Pero no los despreciemos tan pronto. Algunos pueden procurarnos la muerte (los
elegantes conos marinos). Los moluscos constituyen una de las estirpes más
antiguas de todo el mundo animal y han inventado el arpón (los citados cónidos, con el que inoculan su veneno), la lima (la rádula de los caracoles, con la que raen el alimento), el
submarino (las conchas con cámaras de ammonites y nautilus) y el snórkel (los tubos
respiratorios de ciertos caracoles de agua dulce).
Sus conchas espirales les permiten crecer conservando la forma. Como dice el
científico español Jorge Wagensberg: “La espiral es
la mejor manera de crecer sin desparramarse”. El pulpo es el más listo de todos
los invertebrados y sus ojos son mejores que los nuestros en muchos aspectos.
Los calamares gigantes son los seres más parecidos a los monstruos marinos, los
míticos leviatanes.
Producciones de los moluscos
Nos han regalado el nácar, las perlas, la púrpura con la que los romanos teñían
sus túnicas y el sonido del mar en sus conchas. Nos han proporcionado pilas
bautismales (las enormes valvas de Tridacna) y símbolos sagrados (Turbinella pyrum es
una imagen de la divinidad para los hindúes). Sus conchas son algunos de los
objetos más idóneos para saciar el ansia de coleccionar de los humanos.
Son duraderas, hermosas y alocadamente variadas. Algunas tienen forma de
fastuosas escalinatas y otras son burbujas tan finas como el papel; algunas
presentan una selva de espinas y cristalizaciones minerales, otras están
cubiertas de suave esmalte, otras parece increíble que no hayan sido pintadas
por los comerciantes.
Hay conchas grotescas de caracoles que crecen con la boca mirando hacia el
suelo, otras que al final se dan la vuelta y miran hacia atrás, otras aplanadas
y con forma de oreja. Las especies del género Xenophora
son en sí mismas coleccionistas de conchas, que pegan a la suya para
camuflarse. Los nudibranquios, o caracoles marinos
sin concha, son aterciopelados y ondulantes, como sábanas de colores y dibujos
espectaculares.
Hábitats y alimentación
Viven en los agobiantes fondos abisales; en el
interior más oscuro de las cuevas; en las copas de los árboles de los bosques
tropicales, donde suelen ser de vivos colores; en la superficie del mar,
flotando sobre balsas mucosas que ellos mismos construyen o nadando con
expansiones a modo de alas; en los lagos de las altas montañas; en las fuentes
termales del mar y en los fondos polares; parásitos sobre estrellas de mar y
horadando las rocas (como el dátil de mar) o la madera (y destruyendo los
puertos y los barcos).
Sus formas de
alimentación cubren todo el abanico: los hay filtradores (bivalvos), herbívoros
(muchos caracoles), carroñeros y feroces depredadores: los natícidos
hacen un agujero circular en las conchas de sus víctimas; los cimátidos y tónnidos las
paralizan con una secreción de ácido sulfúrico; los conos capturan incluso
peces con su arpón.
Reproducción
La vida sexual de los moluscos es de las más sugerentes, desenfrenadas y
libertinas de la naturaleza. Abundan los seres bisexuales, que copulan
recíprocamente actuando al mismo tiempo como machos y hembras, mediante un
enrevesado abrazo. Los caracoles comunes de las huertas realizan un complicado
juego de estimulación previa, durante el cual se clavan unos pequeños puñales
calcáreos, los dardos.
Algunas babosas, tras perseguirse durante largo tiempo, se suben a unas rocas o
árboles, se lamen mutuamente, se retuercen una contra otra en una apretada
espiral y se dejan colgar de un velo de moco que han segregado. Entonces
estiran sus penes, que superan en 15 ó 20 veces la longitud del resto de su
cuerpo y se buscan en el aire, para a su vez enrollarse en espiral.
Los caracoles marinos del género Crepidula
cambian espontáneamente de sexo y forman cadenas en las que los animales están
superpuestos, el inferior fijo a un sustrato duro y los siguientes sobre el
dorso del congénere. Arriba hay animales jóvenes, que son machos; abajo,
adultos, que son hembras, y en el centro hay animales hermafroditas.
Fernando el Católico llamó “madre increíble” a la zarigüeya, cuando se la
enseñó Pinzón tras volver de América, por su marsupio en el que recoge a las
crías. Sin llegar a esos extremos, la madre de los argonautas, que son unos
pulpos peculiares, construye una cesta espiral para sus huevos, tan delicada
que parece hecha de pasta de arroz. Otros caracoles son vivíparos y retienen en
sus cuerpos a las crías hasta que están algo desarrolladas.
Los niños suelen asombrarse ante unos animales que se encogen y estiran a sí
mismos para entrar y salir de sus conchas, de manera tan imperceptible que
parecen desaparecer y aparecer, y que sacan sus ojos e inmediatamente los
esconden, disolviéndolos en su propio cuerpo.
Contemplan cómo se deslizan sobre sus manos, sin hacer aparentemente nada para
moverse, como si los impulsara su simple decisión. Esa curiosidad debería
mantenerse en el tiempo, porque los moluscos no dejarán de hacer cosas
fascinantes.
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