Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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  La complicada vida de un parásito

 

 

Los animales carroñeros no gozan precisamente de las simpatías de la gente, a pesar de ejercer un oficio ecológico muy necesario. Sin embargo, estos animales son respetables y estimados si los comparamos con los parásitos, que se consideran los seres más despreciables de la naturaleza.

Es cierto que la ventosa bucal de una lamprea, erizada de agudos dientes cónicos para chupar la sangre de sus víctimas, o la pálida cabeza con ganchos de una tenia intestinal, provocan en nosotros sensaciones irreprimibles de horror y repugnancia. Pero si dejamos de lado estas emociones podremos apreciar la elegancia y el refinamiento de muchas de las adaptaciones que presentan los parásitos.


Máquinas de reproducirse
El parásito ideal es aquel que consigue reducir a la mínima expresión sus sistemas corporales destinados a la obtención de energía y encarga esta función a su hospedador. Él se convierte en una máquina únicamente dedicada a reproducirse. Es muy característica de los parásitos mejor adaptados la hipertrofia de los órganos sexuales para producir miles o millones de descendientes.

Esta hipertrofia está muy bien ejemplificada en la mayor flor conocida, la de Rafflesia arnoldi, una planta de Indonesia. Su aparato vegetativo sólo consiste en unos filamentos blancuzcos con los que chupa la savia de otras plantas, pero su flor es descomunal. Como a ella le "cuesta" muy poco el alimento, puede permitirse el lujo de desarrollar esa flor.

Otro ejemplo en este sentido es el de la hormiga esclavizadora Anergates atratulus. Las obreras de otras especies esclavizadoras raptan a hormigas de otros nidos para ponerlas a trabajar en los suyos, pero esta especie ni siquiera produce obreras. La reina de esta especie penetra en el nido de otras hormigas y elimina a su reina. Las obreras del nido parasitado pasan entonces a trabajar completamente en balde, sólo para alimentar a la reina invasora y a sus hijos.

Dificultades del modo de vida parásito
El parasitismo no sólo tiene ventajas, afortunadamente. Los parásitos muy virulentos, que matan a sus hospedadores antes de estar en condiciones de colonizar a otros, están condenados a extinguirse. Por eso las enfermedades muy letales suelen ser recientes en términos evolutivos y con el tiempo tienden a convertirse en más benignas (incluso las relaciones de parasitismo pueden desembocar en formas de simbiosis).

La búsqueda de nuevos hospedadores es la principal dificultad de la vida de los parásitos. La simplificación de sus estructuras corporales obstaculiza en muchos casos una dispersión eficaz.

Muchos parásitos recurren a formas de latencia o enquistamiento en espera de encontrar nuevos huéspedes. Otros tienen ciclos vitales muy complicados, con uno o varios hospedadores intermedios. Esta estrategia permite a los parásitos sobrevivir cuando el hospedador principal no está disponible o bien les permite acercarse a éste (caso de los gusanos planos que parasitan caracoles que son comidos por pájaros, a los que también parasitan).

Reproducción sexual y asexual
La reproducción sexual puede convertirse en un problema para los parásitos. Si el macho y la hembra están en cuerpos diferentes, la reproducción es imposible. Muchos parásitos alternan la reproducción asexual con la sexual.

Se reproducen asexualmente en el hospedador, donde pueden producir muchos descendientes porque las condiciones son adecuadas, pero donde es difícil encontrar ejemplares del sexo opuesto.

Cuando los descendientes salen del hospedador y han de prepararse para tiempos duros, recurren a la reproducción sexual (los miembros del sexo opuesto están entonces disponibles).

El encuentro de los sexos
Los estrepsípteros constituyen un orden poco conocido de insectos que han solucionado este problema repartiendo los papeles sexuales: las hembras viven como parásitas en el interior de otros insectos y los machos tienen una vida libre y son alados.

Los machos detectan unas sustancias que segregan las hembras y encuentran a los hospedadores que las albergan. Se pegan a ellos y se aparean con las hembras, que hacen sobresalir la punta de su abdomen del cuerpo de los hospedadores.

Para no perder a la hembra, lo que hacen otros machos es no separarse de ella: se convierten a su vez en parásitos de la hembra y viven en el interior de su cuerpo. Es el caso del minúsculo caracol Enteroxenos, que parasita a parientes de las estrellas de mar. El cuerpo del macho consiste prácticamente sólo en las estructuras para anclarse a la hembra y en los testículos.

La estrategia más sorprendente es sin embargo la de ciertos ácaros. El macho de Adactylidium emerge del cuerpo de su madre parásita y no se alimenta ni se aparea. Ya se ha apareado con sus hermanas antes de salir del cuerpo de su madre. Así se garantiza el contacto con las hembras en un entorno seguro.

El macho de otro ácaro, Acarophenax tribolii, también se aparea con sus hermanas en el interior de su madre. Pero él ni siquiera llega a nacer. ¿Qué sentido tendría ya su vida?

 

 

 

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