Revista de
divulgación zoológica
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Cambiar la piel para esquivar a los depredadores
Odynerus sp. (avispa venenosa)
Scaeva pyrastri (mosca inofensiva)
Para evitar a
los depredadores, muchos animales pueden disfrazarse de elementos del entorno
natural. Así, hay insectos que se parecen a palos u hojas, sapos que parecen
piedras, o lenguados que imitan un suelo arenoso.
También pueden disfrazarse de otros animales, imitando a especies venenosas o
desagradables para los depredadores, aunque sean en realidad perfectamente
comestibles. Éste es el llamado 'mimetismo batesiano' y un ejemplo es el de las
mariposas que imitan el diseño naranja y negro de las alas de la mariposa
monarca, de sabor desagradable.
Pero lo más desconcertante es que hay animales que se disfrazan simplemente de
animal peligroso, sin necesidad de imitar a ninguna especie en concreto. Esto
ocurre en regiones geográficas y ecosistemas muy distintos, e involucra a
animales pertenecientes a grupos no relacionados.
Dibujos corporales
Muchos animales peligrosos para los depredadores, como las avispas y abejas,
pero también ciertas ranas arborícolas muy venenosas y las letales serpientes
marinas, adoptan un dibujo corporal de zonas amarillas y negras. Otras ranas y
las serpientes de coral usan el rojo y el negro. Aunque para muchas especies un
colorido llamativo puede ser suficiente para disuadir a los depredadores, estos
patrones en concreto están muy extendidos y parecen constituir unas señales
universales de advertencia, una especie de código de la circulación en el que
los animales se han puesto de acuerdo.
Al margen de estas observaciones, puede ser interesante considerar por qué la
mayoría de los mamíferos no adoptan diseños de colores llamativos. Una parte de
la explicación puede estar en la deficiente visión del color de muchos
mamíferos, pero otra quizá está relacionada con el hecho de que no hay
mamíferos que almacenen grandes cantidades de veneno en sus cuerpos.
Selección natural
La explicación de por qué se han establecido estos códigos en todo el mundo no
está bien desarrollada, pero es factible imaginar cómo la selección natural
favorecería la adopción de códigos compartidos. Si una especie venenosa fuera
consumida con frecuencia por depredadores inexpertos, de poco le serviría su
veneno. Si por casualidad dos especies venenosas se parecen, los depredadores
acumularían más experiencias y aprenderían antes a evitar a las dos especies,
con lo que ambas se verían beneficiadas.
Lo más interesante sería averiguar en qué momento de la historia de la vida y
dónde quedaron fijados estos códigos, y si la elección fue consecuencia del
mero azar o presentaban alguna característica ventajosa (como la de ser más
fácilmente distinguibles por los sistemas sensoriales de una mayoría de
animales).
También sería interesante saber si han sido los únicos códigos o antes hubo
otros a los que desplazaron. Esto es difícil porque, desgraciadamente, los
colores de las pieles de los animales extintos no se conservan.
Complejidad
En los trópicos, donde hay ecosistemas estables desde hace cientos de millones
de años, es donde ha habido tiempo para que estos sistemas de señales y otras
relaciones interespecíficas alcancen su mayor complejidad y refinamiento. El
escritor polaco de ciencia-ficción Stanislaw Lem (1921) imaginó cómo enseñar a
escribir inglés a unas bacterias: simplemente escogiendo las que produzcan
colonias que se asemejen a letras y luego seleccionando las que produzcan algo
parecido a palabras, y más adelante las que se reproduzcan siguiendo patrones
que imiten las reglas de la sintáctica.
Sería un proceso muy largo, pero las bacterias se reproducen muy rápidamente. Si
pudiéramos visitar una selva tropical dentro de cien millones de años,
seguramente nos llevaríamos muchas sorpresas.
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