Fieras, alimañas y sabandijas 

 

 

 

                        Revista de divulgación zoológica

 

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El poder pacificador de las crías

 

 Monos de Gibraltar (Macaca sylvanus)  Foto de William F. McComas

 

 

En las sociedades más avanzadas de animales, muchas veces las crías son atendidas por adultos que no son sus padres. Normalmente estos “tíos” (como son llamados en la jerga zoológica) son sus hermanos mayores u otros parientes cercanos.

El fenómeno está muy extendido en varias familias de aves, especialmente en las regiones tropicales, donde el clima es estable y no se producen vacíos estacionales. Esto condiciona que no todos los adultos encuentren lugares adecuados para anidar. Algunos pájaros que ayudan en la crianza, como ciertas abubillas africanas, “cobran” por su trabajo en el momento en que deciden crear su propio nido, reclutando a algunos de los jóvenes hijos de la pareja para que les ayuden.

También los elefantes y las marsopas muestran estas conductas, pero es en los primates donde adquieren mayor riqueza. Las crías son frecuentemente acariciadas, vigiladas, entretenidas con juegos, transportadas, o regañadas cuando realizan actividades peligrosas, tanto por hembras como por machos adultos. Aunque esta imagen de ternura a menudo esconde intereses no tan inocentes.

Disputas entre las hembras
A ninguna madre le gusta dejar a su hijo en otras manos. Las hembras jóvenes a menudo tienen que valerse de engaños para poder distraer a las madres de las crías y acceder a éstas. Se acercan a la madre aparentando buscar comida o la asean, para aprovechar un momento de descuido y agarrar a la cría. Las madres muchas veces ahuyentan violentamente a estas intrusas que tratan de suplantarlas. Los celos no son desde luego un sentimiento exclusivamente humano.

Sin embargo, a veces las madres llegan a confiar en estas “niñeras” cuando viajan en busca de comida. Los intereses contrapuestos en este tipo de conductas son muy complejos. La principal razón que empuja a las hembras jóvenes a hacerse cargo de crías que no son suyas es egoísta. Las crías de los primates exigen cuidados muy elaborados y las hembras deben aprenderlos. Si una hembra dedica parte de sus energías a cuidar a las crías de otros, está favoreciendo a sus futuras crías. Hay bastantes estudios de campo que apoyan esta hipótesis.

La tolerancia por parte de las madres hacia la intrusión de otras hembras es más complicada de explicar. Por un lado, la madre obtiene una ayuda que puede mejorar la supervivencia de las crías, pero por otro, es arriesgado dejarlas en manos inexpertas. De hecho este riesgo es bastante considerable y las madres son agresivas la mayoría de las veces.

Esta agresividad podría suavizarse en el caso de que las hembras sean parientes cercanas. Si una madre permite adquirir experiencia en el cuidado de las crías a una pariente, ésta tendrá más éxito al criar las suyas y algunos de los genes de la madre tolerante se verán expandidos.

Quizá también el cuidado por las “tías” pueda servir como un seguro frente a situaciones de emergencia o enfermedad de la madre, o permitir el establecimiento de alianzas entre las hembras adultas (lo cual sería ventajoso en muchas de las machistas sociedades de primates).

Machos interesados
Cuando los machos de primates se muestran inusitadamente cariñosos hacia las crías, hay que empezar a sospechar. Lo que suele moverlos es un interés sexual. A veces atienden a crías pequeñas de los dos sexos, pero cuando atienden a jóvenes, éstas son casi exclusivamente hembras. Así machos de bajo rango se aseguran una pareja, o bien el macho dominante incrementa su harén. El “rapto en la cuna” (a veces de crías aún lactantes) se produce también en otros grupos de mamíferos, como mustélidos o roedores (el macho de las maras patagónicas es un obsesivo vigilante de su hembra desde que es una cachorrilla).

Hay otro uso de las crías por parte de los machos que no tiene equivalente en otros grupos animales. Las crías de ciertos cercopitecos que retozan tranquilamente son a menudo raptadas sorpresivamente por machos adultos y presentadas a los machos dominantes como “ofrendas” o símbolos de aceptación de la jerarquía.

Cuando un macho se siente agredido por otro, agarra a una cría que esté en las proximidades y se la enseña al agresor, lo que tiene la inmediata consecuencia de apaciguarle. A menudo se abrazan y la cría, que normalmente está asustada y empieza a chillar, es soltada e ignorada. Otras veces las crías son usadas como pasaportes en las incursiones de grupos de machos en el territorio de otros.

En el mono de Gibraltar, los cuidados a las crías por parte de grupos de machos parecen tener la función de promover las relaciones sociales entre sus miembros. Las atribuladas crías son pasadas de unos a otros, manoseadas, zarandeadas y finalmente espulgadas por los machos.

El poder de las crías como objeto de apaciguamiento es bastante misterioso. Una madre que lleva a sus hijos tiene mucha menos probabilidad de ser atacada por miembros de su especie que otra que no los lleve. Estas conductas respetuosas con la infancia (a pesar del uso interesado que a veces ocultan) no dejan de ser instructivas.

 



 

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