Sección “Del Bestiario”
EL CERDO DE SULAWESI
Héctor T. Arita
De acuerdo con el libro del Levítico, Dios dio instrucciones precisas, a
través de Moisés y Aarón, sobre el tipo de animales que podían ser consumidos
por los hijos de Israel: “Todo animal de casco partido y pezuña hendida y que
rumie lo comeréis; pero no comeréis los que sólo rumian o sólo tienen partida la
pezuña.” Muchos años después de
este episodio bíblico, Alá hizo ver al profeta Mahoma que los seguidores del
Islam deberían observar la misma regla.
Hoy en día, millones de judíos y de musulmanes en todo el mundo siguen la
ordenanza y se abstienen de consumir, e incluso de tocar, los cerdos.
El origen de la prohibición de comer cerdo ha sido objeto de numerosos
análisis filosóficos, naturales y sociológicos. Una de las explicaciones más plausibles
fue propuesta por el filósofo judío de origen español Maimónides en el siglo
XII. Dios, según “el Santo Tomás
del judaismo”, habría querido mantener a sus hijos lejos de los riesgos de salud
que podrían enfrentar si consumían la carne de un animal que tiene por costumbre
revolcarse en fango contaminado con sus propias heces y orina. El propósito de la prohibición sería,
por tanto, de carácter práctico aunque de origen divino.
Ya en el siglo XX, el antropólogo Marvin Harris ha puesto el tabú del
cerdo dentro del contexto de su teoría del materialismo cultural. Para Harris, los patrones de
comportamiento más extraños dentro de las sociedades humanas (la adoración de
las vacas por los hindús, las cacerías de brujas, el canibalismo) pueden
explicarse como “adaptaciones” de las sociedades al ambiente en el que se
desarrollan. En Israel, por
ejemplo, la crianza y consumo de cerdo se ve limitada por el clima, ya que los
cochinos son animales que no soportan climas muy calientes y secos como el que
predomina en Judea. Para los judíos
de los tiempos bíblicos, según el argumento de Harris, era mucho más redituable
y sana la crianza de rumiantes, como las ovejas y las cabras, que la de los
cerdos. La controvertida teoría de
Harris difiere de la idea de Maimónides en que el tabú tendría un origen humano,
no divino, aunque el propósito sería el mismo: mantener a la gente alejada de un
animal que era un posible foco transmisor de enfermedades y cuya crianza era
costosa.
Desde el punto de vista biológico, el texto del Levítico ofrece una
oportunidad interesante para especular sobre los alcances de la prohibición
bíblica. Para cumplir los
requisitos de la ordenanza bíblica, un animal debe tener una pezuña “dividida” y
debe ser rumiante. Los únicos
mamíferos que cumplen con estas características son algunas especies del orden
Artiodactyla, que incluye animales como los cerdos, camellos, venados, antílopes
y vacas. Todos los artiodáctilos,
con la excepción de un género de jabalís, poseen un número par de dedos, y el
peso se concentra en el punto medio entre los dígitos III y IV (análogos con el
dedo medio y el anular de los humanos).
El aspecto externo de este arreglo es justamente la “pezuña dividida” que
se menciona en el Levítico.
Sin embargo, no todos los artiodáctilos son rumiantes. Un rumiante auténtico mastica su
alimento, lo ingiere y lo hace llegar a una cámara de su complicado estómago
para comenzar la digestión.
Posteriormente, el animal regurgita (regresa el alimento al hocico) para
masticarlo nuevamente, deglutirlo y pasarlo por otra sección del estómago para
completar la digestión. Entre los
artiodáctilos, los cerdos, jabalís e hipopótamos tienen estómagos de dos o tres
cámaras, pero no rumian. Los
camellos y los tragúlidos (un tipo primitivo de venado) tienen estómagos de tres
cámaras y sí rumian, mientras que el resto de las especies (venados, jirafas,
berrendos, antílopes, vacas, borregos y cabras) son rumiantes y tienen estómagos
de cuatro cámaras.
Aunque evidentemente la prohibición bíblica se refería a los cerdos, en
el contexto de un mundo moderno en el que hay judíos practicantes en casi todo
el mundo una interpretación literal del texto bíblico podría hacer dudar a
alguno de ellos. Por ejemplo, la
capacidad de rumiar no es una característica binaria, que existe o no existe,
sino un mecanismo fisiológico que presenta sutiles diferencias entre las
especies que lo poseen. Aunque la
clasificación de los artiodáctilos corresponde cercanamente con la capacidad de
rumiar y con la complejidad del estómago, la realidad es que no existe un límite
tajante entre los rumiantes y los no rumiantes. Un practicante que siguiera literalmente
las instrucciones bíblicas tendría dificultades para discernir entre los
animales comestibles y los inmundos.
Un ejemplo real se dio cuando un grupo de científicos presentó evidencias
de que la babirusa, un pariente silvestre de los cerdos, podría ser en efecto un
rumiante. La babirusa (Babyrousa babyrussa) es básicamente un
cerdo salvaje que habita algunas de las islas Célebes (Sulawesi) y Molucas,
pertenecientes a Indonesia. El
aspecto general del animal es el de un marrano más bien pequeño, con un peso
máximo de 100 kg, de pelo muy corto y escaso y con la piel plegada en arrugas en
la parte ventral. La característica
más llamativa, sin embargo, son los colmillos superiores, que en vez de
extenderse por afuera del labio, como en los jabalís, crecen a través de la
parte superior del hocico y se doblan hacia atrás.
La babirusa es un alimento muy apreciado por los nativos de las islas
donde habita, pero ¿qué opinaría un judío al respecto? Se trata de un animal de pezuña hendida
y que aparentemente es capaz de rumiar.
A pesar de ser evidentemente un cerdo, ¿estaría permitido su
consumo? Aquí entramos ya en el
terreno de la filosofía y de la teología judaica en el que la biología tiene
poca injerencia. Sin embargo, es
interesante constatar cómo los descubrimientos científicos pueden poner en tela
de juicio las interpretaciones de ciertos tabús sociales.
Para Marvin Harris el tabú del cerdo no es sino reflejo de las
condiciones que imperaban en Israel hace cientos de años y la aplicación de la
regla no tendría sentido para los judíos y musulmanes de la actualidad. Para la mayoría de los fieles al
judaismo o al Islam, sin embargo, la prohibición es parte de las tradiciones más
arraigadas y, para algunos judíos ortodoxos, el seguimiento estricto de las
indicaciones bíblicas es una condición indispensable para la vida
cotidiana. La respuesta a la
pregunta de que si un judío o un musulmán podrían consumir la carne de la
babirusa no reside en el ámbito científico sino en el espiritual, en la
conciencia de cada practicante de esas religiones.
Lectura
complementaria:
Harris, M. 1974. Cows, pigs, wars, and witches; the
riddles of culture. Random House,
Nueva York. Libro no técnico de Marvin
Harris en el que presenta varias de sus controvertidas explicaciones sobre las
costumbres sociales.