Robert Silverberg (Selección)
Titulo
original: The science fiction bestiary
Traducción: Augusto Martinez
Torres
© 1971 by Robert Silverberg
© 1986 Ultramar ediciones
Mallorca 49 - Barcelona
I.S.B.N.: 84-7386-422-0
R6 10/02
Introducción, Robert
Silverberg
Abuelito, James H. Schmitz (Graridpa,
1955)
La jirafa azul, L. Sprague de Camp (The Blue
Giraffe, 1939)
Los «Cáiganse
muertos», Clifford D. Simak (Drop Dead, 1956)
Equipo de recolección, Robert Silverberg
(Collecting Team, 1957)
En la época medieval,
una de las formas literarias predilectas fue el bestiario -descripción
enciclopédica de animales- real, supuesto o imaginario. El autor del bestiario
trataba no sólo de describir y clasificar las especies que sugería, sino que
también presentaba los animales en fábulas cortas que podían ser utilizadas
como enseñanza moral o religiosa. Así, el león es el símbolo del coraje real;
la hormiga, el de la laboriosidad; y la tortuga, el de la perseverancia. A
través de las páginas de los bestiarios vagaban muchas criaturas familiares
como también algunas otras, cuya existencia era, en el mejor caso, bastante
incierta: unicornios, grifos, basiliscos, dragones y otros similares.
Al recopilar
los bestiarios, la zoología moderna les ha quitado gran parte de su diversión.
Sabemos que nuestro planeta está poblado por muchos seres extraños y
asombrosos: oricteropos, pangolines, ornitorrincos, y osos hormigueros; pero
también nos hemos enterado que otros monstruos maravillosos como el fénix, el
rocho y la quimera no se pueden encontrar aun en el punto más remoto del
planeta. Afortunadamente los escritores de ciencia ficción han intervenido para
llenar este vacío del departamento de historia no-natural. A través de las
páginas de las revistas de ciencia ficción han desfilado algunos de los
animales más inverosímiles y fantásticos creados por la imaginación del hombre,
desde el apogeo de los recopiladores de los bestiarios del siglo XII.
El primer
escritor que se especializó concientemente en la zoología extraterrestre fue el
lamentado Stanley G. Weinbaum. En su breve carrera, a mediados de la década del
30, creó una pasmosa multitud de animales alarmantes, muchos de los cuales
figuran en este libro. El éxito de Weinbaum inspiró a otros a contribuir con su
parte de maravillas zoológicas. Reunidos aquí, para nuestro deleite y
distracción, hallamos gnurrs, hurkles, hokas, escarabajos bach y una jirafa
azul, para nombrar sólo unos de los pocos animales que componen esta fauna
fantástica, y que han sido rescatados en estos cuentos por la paciente búsqueda
de los escritores de ciencia ficción. Lamento que este libro no sea más
extenso; por cada bestia notable que encontramos aquí, otras dos o tres
permanecen olvidadas, prisioneras -por ahora- en los desmenuzados archivos de las
viejas revistas de ciencia-ficción.
James H. Schmitz
Un ser de alas
verdes, velludo, del tamaño de una gallina, revoloteaba en la falda de la
colina hasta llegar a un punto situado directamente por encima de la cabeza de
Cord, a algo así como seis metros de altura. Cord, un ser humano de quince años
de edad, se apoyaba en su vehículo, detenido en el ecuador de un mundo que
albergaba a seres terrestres desde hacía solamente cuatro años, medidos en
tiempo de la Tierra, y contempló especulativamente a la criatura. Esta se
denominaba, en la libre y simple terminología del Equipo de Colonias Sutang,
una chinche de pantano. Oculto en la vellosa parte de atrás de la cabeza de la
tal chinche se hallaba otro animalejo, semiparasitario del anterior, conocido
como el parásito de la chinche.
Este parecía pertenecer
a una nueva especie, de acuerdo a Cord. Su parásito también podía ser o no
desconocido. Cord era, naturalmente, un investigador. Su primer vistazo al
extraño par de criaturas había despertado en el una enorme curiosidad. ¿Cómo
funcionaría ese fenómeno? ¿Qué cantidad de cosas fascinantes podrían lograrse
una vez que se supiera más?
Normalmente
tales investigaciones solían estar limitadas por las circunstancias. El Equipo
de las Colonias era un grupo de gente práctica y de gran capacidad de trabajo;
dos mil personas a quienes se les había encomendado la tarea de transformar y
domar este planeta, en un lapso de veinte años, a fin de que cien mil colonos
pudieran establecerse con una comodidad y seguridad razonables. Aun los más
jóvenes del equipo, como Cord, debían limitar su curiosidad a las pautas de
investigación dictadas por la central. Ya había sucedido previamente que las
inclinaciones de Cord a realizar investigaciones por su cuenta le habían
acarreado la censura de los superiores inmediatos.
Miró, casi por
casualidad, en dirección a la Estación de Colonias de la bahía Yoger. No pudo
distinguir signos de actividad humana en el voluminoso campamento de la colina,
tan similar a una fortaleza. Su parte central estaba cerrada. En quince minutos
se abriría para dejar salir a la Regente Planetaria, que hoy estaba
inspeccionando la Estación y sus principales actividades.
Cord decidió
que quince minutos era tiempo suficiente como para tratar de descubrir algo
sobre la chinche.
Pero antes
tendría que capturarla.
Extrajo una de
las dos armas guardadas a su lado. Esta le pertenecía: era a proyectiles, de
Vanadia. Cord la ajustó para que disparara proyectiles anestésicos para piezas
menores y apuntando certeramente al animal, le atravesó la cabeza y lo hizo caer.
Cuando la
criatura cayó, su parásito lo abandonó. Era un pequeño y demoníaco ser de color
escarlata, que se precipitó sobre Cord en tres largos saltos, listo para
clavarle unos colmillos de casi tres centímetros de largo, que destilaban
veneno. Casi sin aliento, Cord volvió a disparar el arma, y detuvo al animal en
plena carrera. ¡Ciertamente que era una nueva especie! La mayoría de los
parásitos eran vegetarianos, inofensivos, y se limitaban a alimentarse de jugos
vegetales.
- ¡Cord! -
llamó una voz femenina.
Cord renegó por
lo bajo. No había sentido el ruido que la compuerta central había hecho al
abrirse. Seguramente quien hablaba había dado la vuelta por el otro lado de la
estación.
- Hola, Grayan
- gritó inocentemente sin mirar alrededor -. ¡Mira lo que tengo! ¡Especies
nuevas!
Grayan Mahoney,
una muchacha esbelta, de cabellos oscuros, dos años mayor que él, se le acercó
rápidamente. Era una estudiante de la colonia de la estrella Sutang, y el
encargado de la estación, Nirmond, solía decir a Cord que debía tomar ejemplo
de ella. A pesar de esto, ella y Cord eran buenos amigos, pero la muchacha no
perdía la ocasión de hacerse la mandona.
- ¡Cord, pedazo
de tonto! - gritó Grayan -. ¡Deja de coleccionar especimenes! Si la Regente
viene ahora te verás en aprietos; Nirmond se está quejando de ti.
- ¿Quejándose
por qué? - le preguntó Cord, sorprendido.
- Punto número
uno - le contestó Grayan -: dice que no cumples con las tareas que se te
asignan. Dos, que te escapas para hacer expediciones solo, por lo menos una vez
por mes, y que hay que rescatarte.
- ¡Nadie -
contestó enojado el muchacho - ha debido rescatarme todavía!
- Dime, ¿qué va
a hacer Nirmond para saber que estás bien y vives si desapareces durante una
semana? - le replicó Grayan -. Tres - continuó, contando los puntos con sus
delgados dedos -, se queja de que has formado jardines zoológicos privados, con
animales inidentificados y posiblemente venenosos, en los bosques que están
detrás de la estación. Y cuatro; bueno: Nirmond dice que no quiere seguir
siendo responsable por ti. - Levantó los cuatro dedos en un ademán harto
significativo.
- ¡Diablos! -
barbotó Cord, verdaderamente afectado. Resumido así, el concepto que tenían de
él parecía ser bastante malo.
- ¡Ya lo creo
que diablos! ¡Yo te avisé! ¡Ahora Nirmond quiere que la Regente te envíe
nuevamente a Vanadia, y te diré que hay una nave espacial que llegará a Nueva
Venus dentro de cuarenta y ocho horas! - Nueva Venus era el asentamiento base
del Equipo de Colonias, situado en el lado opuesto de Sutang.
- ¿Qué debo
hacer?
- Antes de
nada, trata de portarte como si tuvieras sentido de la responsabilidad - dijo
Grayan sonriendo -. Yo también hablé con la Regente. ¡Nirmond no te ha
expulsado todavía! Pero si hoy llegaras a hacer algo que perjudicara nuestra
expedición a las granjas de la bahía, te echarán del equipo sin remedio.
Se dio la
vuelta para irse.
- Vuelve a
poner el vehículo en su sitio. Nirmond nos llevará hasta la bahía, y luego
iremos por agua. No digas que te he avisado.
Cord quedó asombrado.
¡Nunca hubiera imaginado que habían llegado a pensar tan mal de él! Para
Grayan, cuya familia había servido en los Equipos Coloniales durante las cuatro
últimas generaciones, nada había tan humillante como ser devuelto
ignominiosamente a su lugar de origen. Para su sorpresa, Cord descubrió ahora
que se sentía exactamente igual.
Dejando sus
recientemente capturados especimenes para que revivieran y escaparan, se
apresuró a devolver el vehículo a su sitio en la estación.
Cerca del sitio
donde Nirmond dejó su transporte, una ensenada pantanosa, se hallaban sujetas
tres balsas. Parecían extraños sombreros, flotando, de color verdoso y aspecto
correoso. O extrañas plantas, de más de ocho metros, del centro de las cuales
brotaba algo así como la parte de arriba de un ananá, enorme y de color gris
verdoso. Animales-plantas de algún tipo. Sutang había sido descubierto poco
tiempo atrás, razón por la cual era demasiado pronto para que existiera algo
remotamente similar a una clasificación de plantas o animales. Las balsas eran
una rareza local, que había sido investigada y considerada finalmente como
inofensiva y moderadamente útil. Su utilidad descansaba en el hecho de que se
empleaban como una forma algo lenta de transporte por las aguas poco profundas
y pantanosas de la bahía Yoger. Hasta el momento, el equipo sólo se interesaba
en ellas por esta razón.
La Regente se
levantó del asiento posterior del vehículo, donde se hallaba sentada al lado de
Cord. La partida estaba formada solamente por cuatro personas; Grayan iba
sentada delante, con Nirmond.
- ¿Son éstos
nuestros vehículos? - La Regente parecía divertida.
Nirmond sonrió,
tristemente.
- No los
subestimes, Dana. Con el tiempo podrían ser factores de gran importancia económica
en la región. Pero, a decir verdad, estas tres son más pequeñas que las que
acostumbro a usar. - Nirmond buscaba entre las malezas de la ensenada -
habitualmente aquí suele haber un verdadero monstruo...
Grayan se
volvió hacia Cord.
- Tal vez Cord
sepa dónde se esconde Abuelito.
No había mala
intención en esto, pero Cord había deseado que no le preguntaran por Abuelito.
Entonces todos le miraron.
- ¡Oh! ¿Quieren
ver a Abuelito? - dijo, algo turbado -. Verán, lo dejé..., quiero decir, lo vi
hace unas dos semanas a algo así como dos kilómetros al sur de este sitio.
Grayan suspiró.
Nirmond gruñó y le dijo a la Regente:
- Las balsas
tienden a quedarse donde se las deja, siempre que en el lugar haya barro y
aguas poco profundas. Se alimentan directamente del fondo de la bahía gracias a
un sistema de finísimas raicillas. Bien, Grayan, ¿querrías llevarnos hasta
allí?
Cord se echó
hacia atrás, con tristeza, cuando el transporte se puso en marcha. Nirmond
sospechaba que él había usado a Abuelito para uno de sus viajes sin
autorización, y tenía razón.
- He oído decir
que eres un experto en el manejo de esas balsas - dijo Dana, sentada detrás de
él -. Grayan me dijo que no podríamos hallar un mejor timonel, o piloto, o como
sea que lo quieras llamar, para nuestro viaje de hoy.
- Bien, puedo
manejarlas - dijo Cord, transpirando -. No dan trabajo ninguno. No pensaba que
hubiera hecho una buena impresión en la Regente hasta el momento. Dana era una
mujer joven y buena moza, con una alegre forma de hablar y de reír, pero no era
el miembro principal de Equipo de Colonias Sutang. Parecía muy capaz de fletar
a cualquiera cuyo comportamiento no fuera el adecuado.
- Nuestras
bestias tienen una ventaja sobre otros medios de transporte - dijo Nirmond,
desde el asiento delantero -. No hay que angustiarse pensando que pueda subir a
ellas uno de estos animales mordedores. - Y aquí se extendió en una explicación
acerca de los punzantes tentáculos que las balsas desplegaban a su alrededor,
por debajo del agua, a fin de asustar a los que se acercaran tratando de
regodearse con sus partes blandas. Los animales agresivos de la bahía, tal como
los mordedores, no captaban aún la necesidad de no atacar a los seres humanos,
armados como iban, pero se cuidaban muy bien de acercarse a una de estas
balsas.
Cord se sintió
feliz de que se le ignorara por el momento. La Regente, Nirmond y Grayan
provenían de la Tierra. Los terrestres lo hacían sentir incómodo, especialmente
en grupo. Vanadia, su hogar, recientemente había dejado de ser una Colonia de
la Tierra, lo que tal vez explicaba la diferencia. Los terrestres que había
encontrado hasta el momento parecían dedicados a lo que Grayan Mahoney llamaba
El Panorama General, mientras que Nirmond habitualmente lo denominaba Nuestro
Propósito Aquí. Actuaban en estricto acuerdo con los reglamentos, a veces,
según Cord, en forma completamente insana. Porque de cuando en cuando los
reglamentos no cubrían del todo una situación nueva, y entonces alguien corría
el peligro de resultar muerto. En tal caso, los reglamentos se modificarían
rápidamente, pero la gente de la Tierra no parecía preocuparse demasiado por
tales sucesos.
Grayan había
tratado de explicarle la situación a Cord:
- Realmente no
sabemos antes qué es lo que sucederá en un nuevo mundo. Y una vez que llegamos
allí, en el poco tiempo de que disponemos, no nos es posible estudiarlo pulgada
a pulgada. Se trata de hacer el trabajo, e indudablemente, se corren riesgos.
Pero si te atienes a los reglamentos tienes las mejores probabilidades de sobrevivir,
gracias al cálculo de quienes te han precedido.
Cord siempre
había sentido que prefería utilizar su buen sentido común y no permitir que los
reglamentos o el trabajo que debía cumplir lo llevaran a una situación que no
pudiera desentrañar por si mismo.
El transporte
dio una vuelta y se detuvo. Grayan se alzó, siempre ocupando el asiento
delantero, y señaló, diciendo:
- ¡Allí está
Abuelito!
Dana también se
levantó, y dio un silbido de admiración al ver que el raro animal media unos
veintitrés metros de diámetro. Cord miró alrededor, sorprendido. Estaba casi
seguro de que, hacía dos semanas, había dejado a la balsa a cierta distancia.
Tal como decía Nirmond, habitualmente no se movían solas.
Asombrado,
siguió al resto de la partida hasta el agua, por un estrecho sendero circundado
por hierbas de tamaño gigantesco, similar al de los árboles. Se podía ver,
parcialmente, la plataforma flotante de Abuelito, el borde de la cual tocaba
casi la costa. Luego el sendero se ensanchó, y entonces pudo captar la visión
total de la balsa, al sol, en las aguas poco profundas; y se detuvo,
sobresaltado.
Nirmond casi
salta sobre la plataforma, precediendo a Dana.
- ¡Un momento!
- gritó Cord. Su voz resonaba con alarma. ¡Deténganse!
Se habían
inmovilizado en el sitio en que se hallaban; miraron alrededor. Luego se
dirigieron a Cord, que se acercaba. Indudablemente, estaban bien entrenados.
- ¿Qué sucede,
Cord? - La voz de Nirmond era tranquila, pero inquisitiva.
- ¡No suban a
esa balsa, está... cambiada! - La voz de Cord sonaba insegura, hasta para si
mismo -. Tal vez no sea ni siquiera Abuelito...
Comprendió que
se había equivocado en esto último aun antes de terminar la frase. Alrededor
del borde de la balsa pudo ver las señales descoloridas dejadas por las
pistolas de calor, una de las cuales había sido la suya. Era la forma de hacer
que estos animales, torpes y perezosos, se movilizaran. Cord señaló una
proyección cónica central, diciendo:
- ¡Miren! ¡Está
brotando! - La cabeza de Abuelito, en armonía con el resto del cuerpo, tenía
casi cuatro metros de alto, e igual ancho. Su piel era gruesa y brillante, como
la de un saurio, para mantener lejos a los parásitos; pero hasta hacía dos
semanas había mantenido su aspecto de una prominencia informe, similar a la de
las otras balsas. Ahora de todas las superficies del cono partían unos raros
brotes largos, similares a alambres verdes. Algunos se hallaban retorcidos en
apretados resortes, otros colgaban laciamente sobre la plataforma. La parte
superior del cono estaba sembrada de rojos nódulos, como si fueran pecas, que
no existían antes. Abuelito parecía estar enfermo.
- Bien - dijo
Nirmond -, parece que así es. Está brotando.
Grayan emitió
un sonido ahogado. Nirmond miró a Cord, asombrado.
- ¿Es esto lo
que te preocupa, Cord?
- ¡Claro,
claro! - comenzó a decir Cord, nerviosamente. No había captado la ironía de la
frase; se sentía ansioso y temblaba -. Nunca he visto a ninguno así...
Entonces se
interrumpió. Por la expresión de sus caras pudo ver que no lo habían entendido,
o bien que, aunque así fuera, no iban a dejar que tales problemas se
interfirieran con sus planes. Las balsas estaban clasificadas como inofensivas,
de acuerdo a los reglamentos. Hasta que no se probara lo contrario, se las
seguiría considerando así. Aparentemente no se discutían los reglamentos,
aunque uno fuera la Regente General. No había tiempo que perder.
Cord pensó
nuevamente.
- Miren... -
comenzó a decirles.
Lo que quería
explicarles era que Abuelito, con un factor agregado, ya no era el Abuelito que
conocían. Era, en realidad, una forma enorme e impredecible de vida, que debía
ser investigada con todo cuidado hasta que se estuviera seguro de lo que quería
significar el factor agregado.
Pero no hubo
caso. Todos sabían lo que pensaba. Se quedó mirándolos sin saber qué hacer ni
qué decir. Dana se volvió a Nirmond.
- Tal vez será
mejor que veas lo que pasa. - No agregó para tranquilizar al muchacho, pero
sabían que era lo que pensaba, se dio cuenta de que se había ruborizado.
Pensaban Cord que tenía miedo, lo cual era verdad; y lo estaban compadeciendo,
a lo cual no tenían derecho. Pero no había nada que él pudiera hacer, salvo ver
a Nirmond cruzar la plataforma. Abuelito tembló ligeramente, pero las balsas
siempre hacían eso cuando alguien subía a ellas. El encargado de la estación se
paró frente a uno de los brotes, lo tocó y luego lo golpeó ligeramente. Alzando
la mano, probó la consistencia de uno de los filamentos.
- ¡Muy
extraños! - dijo, dirigiéndose hacia los otros. Miró nuevamente hacia donde
estaba Cord -. Bien, todo parece ser inofensivo, Cord. ¿Subimos a bordo?
Era como un
sueño en que uno grita y grita sin que nadie pueda oírlo. Cord subió a la
plataforma, detrás de Dana y de Grayan, sintiendo las piernas rígidas. Sabía
que si hubiera vacilado un solo instante, habría oído que alguien decía, en una
voz suave:
- No tienes que
venir si no quieres, Cord.
Grayan había
sacado la pistola de calor de la funda, y se disponía a hacer que Abuelito se
moviera, dirigiéndose hacia los canales de la bahía Yoger.
Cord extrajo su
propia pistola y, con brusquedad, dijo:
- ¡Eso me
corresponde hacerlo a mí!
- Muy bien,
Cord - le dirigió una breve mirada impersonal, como si lo hubiera visto por
primera vez ese día, y se hizo a un lado.
¡Eran tan
condenadamente corteses! Cord pensó que más valía que se hiciera a la idea de
que lo devolvían a Vanadia lo antes posible.
Durante un
rato, Cord pensó que ojalá pasara algo terrible, catastrófico, que les sirviera
de lección. Pero no sucedió nada. Como siempre, Abuelito se estremeció
débilmente cuando sintió que el calor mordía uno de sus bordes, y luego decidió
apartarse. Lo que era habitual. Debajo del agua, donde no se podían ver,
estaban las partes funcionantes de la balsa: cortas estructuras en forma de
hoja, destinadas a actuar como paletas y movilizar el todo, junto con los
órganos en forma de red que mantenían alejados a los animales que pudieran
atacarla. También se hallaba allí situada la gran cantidad de raicillas que
permitían su nutrición, que extraía del fondo barroso de la bahía, y con las
cuales se mantenía sujeto.
Las paletas
comenzaron a batir el agua, la plataforma se estremeció, las raicillas se
soltaron y Abuelito comenzó a moverse majestuosamente.
Cord cerró la
llave del calor, volvió a ponerse la pistola en la cartuchera y se puso de pie.
Una vez en marcha, las balsas tendían a mantenerse en el mismo paso lento,
durante un largo rato. Para pararlas se les disparaba un rayo calorífico en la
parte delantera, y para que cambiaran de dirección se hacía lo mismo en la
parte opuesta de la plataforma a la que uno deseara dirigirse.
Era muy simple.
Cord no miraba a los otros. Todavía se sentía afectado por lo sucedido. Veía
pasar la vegetación de las orillas que, cuando clareaba, le permitía distinguir
la expansión neblinosa, tachonada de amarillos, azules y verdes de la bahía.
Hacia el Oeste se hallaban los estrechos Yoger, llenos de peligrosos vericuetos
cuando había mareas, y más allá el mar abierto, las profundidades de Zlanti,
que formaba en sí todo un mundo, y del cual muy poco sabía hasta el momento.
Súbitamente se
dio cuenta de que ya no iba a averiguar nada más. Vanadia era un planeta muy
agradable, pero hacía tiempo que carecía de la fascinación de lo desconocido.
No era Sutang.
Grayan dijo,
desde atrás:
- ¿Cuál es el
mejor camino para llegar hasta las granjas, Cord?
- El gran canal
de la derecha - contestó. Y agregó, algo resentido -. Hacia allí nos dirigimos.
Grayan se
acercó.
- La Regente no
quiere verlo todo - dijo en voz baja -. Primero llévanos a los lechos de
plankton y de algas. Luego veremos lo que podamos sobre los granos mutantes,
durante unas tres horas. Pasa primero por los que mejor hayan rendido, así
harás que Nirmond se ponga contento.
Le guiñó un ojo
en forma amistosa. Cord la miró, inseguro. Por su forma de comportarse, no se
podía asegurar que las cosas fueran mal. Tal vez...
La esperanza
floreció en él. Era difícil no simpatizar con la gente del equipo, a pesar de
que se pusieran algo pesados con sus reglamentos. Tal vez esta serie de propósitos
le daba un importante impulso de vitalidad, además de tomarlos estrictos en
demasía consigo mismos y con los demás. Además, el día no había terminado aún.
Tal vez pudiera hacer méritos frente a la Regente. Algo podría suceder.
Cord comenzó a
imaginar una alegre e improbable visión de un enorme monstruo de la bahía, que
se precipitara sobre la balsa con las fauces abiertas, y se vio a sí mismo
volándole la cabeza antes de que nadie, especialmente Nirmond, se diera cuenta
del peligro. Los monstruos de la bahía se apartaban a la vista de Abuelito,
pero tal vez hubiera alguna forma de que alguno se tentara.
Hasta entonces
Cord había dejado que sus sentimientos lo controlaran. ¡Era hora de comenzar a
pensar!
Primero,
Abuelito debía de ser considerado. ¡Así que había largado esos brotes rojizos,
y esos largos tallos! El propósito era desconocido, pero no se observaban
cambios en su forma habitual de comportarse. Era la más grande de las balsas de
este extremo de la bahía, si bien todas habían crecido lentamente durante el
tiempo que hacía que Cord estaba aquí. Las estaciones en Sutang cambiaban
lentamente; su año equivalía a algo así como cinco de la Tierra. Todavía los
miembros del equipo no habían asistido al paso de un año entero.
Por lo tanto,
parecía ser que Abuelito estaba pasando por una serie de transformaciones
estacionales. Las otras balsas, aún no totalmente desarrolladas, presentarían
signos similares algo más tarde. Estas plantas-animales debían de estar
floreciendo, preparándose para multiplicarse.
- Grayan -
preguntó -, ¿cómo es el comienzo de la vida de estas balsas?
Grayan pareció
halagada, y las esperanzas de Cord aumentaron. ¡Sea como fuere, Grayan estaba
de su lado!
- Aún nadie lo
sabe - contestó la muchacha -. Hace poco estuvimos hablando sobre esto.
Alrededor de la mitad de la fauna de los pantanos de la costa del continente
parece pasar por un estado larval en el mar - Señaló los brotes rojos de la
balsa -. Pareciera que Abuelito va a producir flores, y que luego el viento o
las corrientes llevarán las semillas a los estrechos.
Estas
conjeturas eran razonables. También le pareció a Cord que los cambios sufridos
por Abuelito podrían ser lo suficientemente acentuados como para justificar su
deseo de no subir a bordo. Cord estudió la cabezota coriácea una vez más,
tratando de aferrarse a sus esperanzas. Ahora notó una serie de hendiduras en
la capa dura que la cubría que no había visto dos semanas antes. Pareciera como
si Abuelito se fuera a descoser. Lo que tal vez indicara que las balsas, por
grandes que fueran, tal vez no sobrevivieran todo un ciclo estacional, sino que
podría ser que florecieran y murieran, aproximadamente en esta época de Sutang.
De todas formas, era de esperar que Abuelito no se sumiera en una decadencia
senil antes de que completaran el viaje por la bahía.
Cord dejó de
pensar en la balsa. Ahora comenzó a considerar la otra parte de su sueño. Tal
vez realmente un monstruo complaciente se apresurara a atacarlos, dándole la
posibilidad de demostrarle a la Regente que no era un cobardón.
Porque no cabía
duda de que, en efecto, había monstruos.
Se los podía
ver moverse si, arrodillándose al borde de la plataforma, se miraba a través de
las aguas claras, de color vinoso, del profundo canal. Cord podía distinguir
una buena variedad de ellos en todo momento.
Para empezar,
había cinco o seis mordedores. Parecían grandes cangrejos de río, achatados, de
color marrón achocolatado, con manchas rojas y verdes en los caparazones. En
algunas zonas había tantos que uno podía preguntarse de qué se alimentaban, si
bien se sabía que prácticamente comían de todo, hasta legar a masticar el lodo
en el que descansaban. Pero preferían que su alimento fuera vivo, y de tamaño
grande. Razón por la cual era mejor no irse a bañar a la bahía. A veces atacaban
a los botes; pero la forma nerviosa en que los que estaban a la vista escurrían
el bulto, dirigiéndose hacia los lados del canal, demostraba bien a las claras
que no querían enfrentarse con una de las grandes balsas.
El fondo estaba
sembrado de unos agujeros de algo menos de un metro de diámetro, que por el
momento parecían estar vacíos. Normalmente se hallaban ocupados por una cabeza
en cada uno. Estas cabezas poseían tres mandíbulas aguzadas que se mantenían
pacientemente abiertas, configurando una serie de trampas que hacían presa en
cualquier cosa que pasara al alcance de los largos cuerpos vermiformes que se
encontraban detrás de las cabezas. Pero el paso de Abuelito, con sus aguijones
flotantes como extraños gallardetes, hacía que estos raros gusanos se
ocultaran, asustados.
Por otra parte,
los otros animales eran más bien pequeños, y aquí y allá aparecía una llamarada
de un escarlata maligno, hacia la izquierda de la balsa, surgiendo de entre la
vegetación. Una nariz aguzada se volvía hacia donde estaban.
Cord observó al
animal sin moverse. Conocía a esta extraña criatura, si bien no era muy
abundante en la bahía. La sabía rápida y maligna, lo suficientemente ágil como
para cazar al vuelo a las chinches de los pantanos cuando volaban cerca de la
superficie. Una vez había molestado a una, haciéndola saltar sobre una balsa
que estaba inmóvil, donde había realizado frenéticos movimientos hasta que pudo
matarla.
No había
necesidad de utilizar carnadas. Con un pañuelo podría hacerlo, si no le
importaba arriesgar el brazo.
- ¡Qué extrañas
criaturas! - dijo la voz de Dana, detrás de él.
- Son
cobardonas - dijo Nirmond -. Y verdaderamente útiles, pues mantienen a raya a
las chinches gigantes.
Cord se puso de
pie. Era mejor que ahora no gastaran bromas. La vegetación que se hallaba a la
derecha hervía de mordedores. Toda una colonia. Tenían un aspecto vagamente
similar a las ranas, del tamaño de un hombre o más grandes. De todas las
criaturas de la bahía, eran las que menos gustaban a Cord. Los fláccidos cuerpos
se sujetaban a las hierbas, de unos seis metros de alto, que rodeaban el canal,
gracias a cuatro delgaduchas patas. Casi no se movían, pero sus enormes ojos
saltones parecían no perderse nada de lo que pasaba alrededor. De vez en cuando
se acercaba una de las chinches de agua, entonces el bicho carnívoro abría su
boca enorme, vertical, con una doble hilera de dientes, y extendiendo la parte
anterior de la cabeza con un movimiento relámpago hacía desaparecer a la
chinche. Tal vez fueran útiles, pero Cord los odiaba.
- Nos llevará
todavía diez años poder determinar el ciclo completo de la vida de la costa -
dijo Nirmond -. Cuando establecimos la estación de bahía Yoger no existían
estos cabezas amarillas. Sólo las vimos al año siguiente. Aún con trazas de la
forma larvada, oceánica; pero la metamorfosis fue casi completa. Alrededor de
unos treinta centímetros de largo...
Dana hizo notar
que los mismos esquemas se repetían en uno y otro lugar. La Regente
inspeccionaba la colonia de cabezas amarillas con sus prismáticos. Finalmente
los puso a un lado, miró a Cord y sonrió.
- ¿Cuánto falta
para llegar a las granjas?
- Unos veinte
minutos.
- La clave de
todo - dijo Nirmond - parece ser la bahía Zlanti. En primavera debe ser un
verdadero caldo de cultivo.
- Lo es -
afirmó Dana, que había estado aquí en la primavera de Sutang, cuatro años
atrás, medido en tiempo de la Tierra -. Parecería que solamente ese sector
justificaría que se colonizara el planeta. Sin embargo, la pregunta queda
planteada: ¿Cómo hicieron estos animales para llegar hasta aquí? - dijo,
señalando a los cabezas amarillas.
Fueron hasta el
lado opuesto de la base, diciendo algo sobre las corrientes oceánicas. Cord
podría haber ido hacia donde se hallaban, pero algo hizo ruido a sus espaldas,
hacia la izquierda, y no demasiado lejos. Se quedó vigilando.
Después de un
rato vio un cabeza amarilla de gran tamaño. Se había soltado de su rama, y esto
causó el ruido. Ahora, casi sumergido del todo, miraba la balsa con ojos
desorbitados, de color verde pálido. A Cord le pareció que le miraba
directamente a él. Entonces se dio cuenta por qué le desagradaban tanto los
cabezas amarillas. Había algo de despierta inteligencia en esa mirada. Algo así
como una extraña forma de calcular las cosas. En criaturas como ésas, la
inteligencia parecía estar fuera de lugar. ¿Para qué podían necesitarla?
Se estremeció
ligeramente cuando el animal se hundió completamente en el agua, dándose cuenta
de que intentaba nadar por debajo de la balsa. Pero sobre todo temblaba de excitación.
Antes nunca había visto que un cabeza amarilla se desprendiera de las ramas
donde se hallaba. El monstruo conveniente que tanto había deseado podía estar
tratando de presentarse en una forma completamente inesperada.
Medio minuto
después lo vio, zambulléndose para ganar profundidad. De todas formas, no tenía
intenciones de subir a bordo. Lo vio acercarse a la línea de animales que
seguían a la balsa. Maniobraba entre ellos con movimientos de natación
curiosamente humanos. Luego se ocultó debajo de la plataforma.
Se irguió,
preguntándose qué se proponía hacer el raro bicho. El cabeza amarilla sabía
perfectamente bien de la existencia de los animalejos que habitualmente seguían
a las balsas; cada uno de los movimientos que hizo para acercarse parecía tener
un fin determinado. Estaba tentado de decirles a los demás lo que había estado
observando, pero no dejaba de desear que llegara el momento de triunfo en que
pudiera matar frente a los ojos de todos al monstruo que, dejando un rastro
baboso, tratara de atacarlos sobre la plataforma.
De todas
formas, era casi el momento de dar la vuelta para dirigirse hacia las granjas.
Si no sucedía nada hasta entonces...
Siguió
vigilando. Habían pasado casi cinco minutos, pero ni signos del cabeza
amarilla. Todavía pensando en lo que podría pasar, no del todo tranquilo,
aguijoneó a Abuelito con un rayo de calor.
Después de un
instante, repitió el estímulo. Entonces inspiró profundamente y se olvidó por
completo del cabeza amarilla.
- ¡Nirmond! -
llamó.
Los tres se hallaban
parados cerca del centro de la plataforma, próximos al cono central, mirando
hacia delante, donde se hallaban las granjas. Se dieron la vuelta.
- ¿Qué pasa
ahora, Cord?
- ¡La balsa no
gira! - les dijo.
- No escatimes
el calor esta vez - le contestó Nirmond.
Cord le miró.
Nirmond, parado unos pasos delante de Dana y de Grayan como si quisiera
protegerlas, estaba algo preocupado. Y no era para menos, pues Cord ya había
lanzado el rayo de calor a tres diferentes puntos de la plataforma, pero
Abuelito parecía haber desarrollado una súbita anestesia. Se seguían moviendo
derechos hacia el centro de la bahía.
Ahora Cord,
manteniendo el aliento, graduó la pistola al máximo y disparó hacia la balsa.
Un círculo se formó en el lugar de incidencia del disparo, haciéndose una
ampolla y tomándose primero marrón y luego negro.
Abuelito se
quedó inmóvil. Sin más ni más.
- ¡Sigue!
Dispara otra... - Nirmond no terminó de dar la orden.
Se sintió algo
así como un estremecimiento gigantesco. Cord trastabilló, acercándose al borde.
Entonces el borde de la plataforma se levantó y azotó el agua con un sonido
como el de un cañón. Cord cayó hacia delante, acurrucándose. El enorme animal
se hinchaba y retorcía. Dio otros dos grandes golpes. Finalmente quedó inmóvil.
Cord miró para ver dónde estaban los otros.
Se hallaba a
unos cuatro metros del cono central. Unos veinte o treinta de los recién
aparecidos zarcillos se alargaban hacia donde él estaba, como si fueran
extraños dedos verdes. No lo podían alcanzar. La punta del más cercano estaba
todavía a unos veinticinco centímetros de sus zapatos.
Pero Abuelito
había atrapado a los otros. Se hallaban tumbados cerca del cono, inmovilizados
por una red de cuerdas verdes extrañamente vivas.
Cord flexionó
las piernas cuidadosamente, preparado para otro golpetazo, pero no sucedió
nada. Entonces descubrió que Abuelito se había puesto nuevamente en movimiento,
siguiendo su rumbo primitivo. La pistola de calor había desaparecido. Con
suavidad, sacó la pistola de Vanadia.
- ¡Cord!,
¿también te alcanzó a ti? - preguntó la Regente.
- No - dijo, en
voz baja. Súbitamente comprendió que había pensado que estaban muertos. Se
sentía mal, estaba temblando.
- ¿Qué estás
haciendo?
Cord miraba la
parte superior de Abuelito con ojos hambrientos. Los conos que la formaban eran
huecos; el laboratorio consideraba que su función principal era la de encerrar
aire para lograr que flotara, pero en esa parte central estaba también el
órgano que controlaba las reacciones de Abuelito.
Dijo por lo
bajo:
- Tengo una pistola
y veinte balas explosivas. Dos de ellas son suficientes para volar el cono.
- No, Cord - le
dijo la voz, en la que se traslucía el dolor -. Si esto se hunde moriremos
igual. ¿Tienes cargas anestésicas?
- Sí - contestó
Cord, mirándole la espalda.
- Dispara a
Nirmond y a la muchacha antes que nada. Directamente en la columna, si puedes.
Pero sin acercarte.
Cord sintió que
no podía argumentar. Se puso cuidadosamente de pie. La pistola disparó dos
veces.
- Muy bien -
dijo con voz ronca -. ¿Y ahora qué?
Dana se mantuvo
en silencio durante un rato.
- Lo siento,
Cord, no puedo decirte. Trataré de ayudarte en lo que pueda.
Hizo una pausa
de varios segundos.
- Este animal
no trató de matarnos, Cord. Lo hubiera podido lograr fácilmente. Es
increíblemente fuerte. Lo vi cuando rompió las piernas de Nirmond. Pero tan
pronto como dejó de moverse, tanto él como nosotros, nos sujetó. Ambos se
hallaban inconscientes...
- Tienes que
pensar qué se puede sacar en conclusión de todo esto. También trató de
sujetarte con sus zarcillos, o lo que sean, ¿no es así?
- Así lo creo -
dijo Cord, todavía temblando. Esto era lo que había pasado, y en cualquier
momento Abuelito iba a volver a tratar de hacer.
- Ahora nos
está dando algo así como un anestésico gracias a estos zarcillos. Con muy finos
aguijones. Me invade una sensación de adormecimiento... - La voz de Dana se
apagó por un momento. Luego dijo claramente -: ¡Cord!, parece que somos
alimentos que está tratando de almacenar. ¿Comprendes?
- Sí - contestó
él.
- Es tiempo de
tener semillas. Son análogos. La comida viva probablemente sólo se ha de usar
para las semillas, no para la balsa. ¡Quién iba a saberlo! ¡Cord!
- Aquí estoy.
- Quiero
mantenerme despierta todo lo que me sea posible - le dijo Dana -. Pero tienes
que tratar de pensar. Esta balsa va a alguna parte. A algún lugar especialmente
favorable, que puede hallarse cerca de la costa. Tal vez entonces puedas hacer
algo. Tú serás quien deberá decidir. Trata de mantener la cabeza fría y no
hagas locuras heroicas. ¿Entendido?
- Por supuesto.
Entendido - le dijo Cord. Se dio cuenta de que hablaba en tono seguro, como si
no lo estuviera haciendo con la Regente sino con alguien como Grayan.
- Nirmond fue
quien peor lo pasó - dijo Dana -. La muchacha perdió el sentido inmediatamente.
Si no fuera por mi brazo... Bueno, si podemos encontrar ayuda en unas cinco
horas, más o menos, todo va a ir bien. Hazme saber si sucede algo, Cord.
- Así lo haré -
dijo el muchacho, dulcemente. Luego apuntó cuidadosamente entre las escápulas
de Dana y disparó otra cápsula anestésica. El cuerpo de la Regente se relajó
lentamente.
Cord no hallaba
razón para que se mantuviera despierta, puesto que no se iban a acercar a la
costa.
Atrás habían
quedado los cúmulos de vegetación y los canales, sin que Abuelito hubiera
modificado su dirección en absoluto. ¡Se movía hacia el interior de la bahía, y
estaba arrastrando a algunos acompañantes!
Cord pudo
contar siete grandes balsas a unos tres kilómetros a la redonda; en las tres
más cercanas distinguió similares brotes de zarcillos. Viajaban en línea recta,
hacia un punto común que parecía ser el centro rugiente de los estrechos Yoger,
a unos cuatro kilómetros y medio de distancia.
Más allá de los
estrechos, ¡las profundidades frías de Zlanti, las nieblas y el mar abierto!
Puede ser que fuera tiempo de distribuir las semillas, pero estas balsas no
iban a hacerlo en la bahía.
Cord era un
excelente nadador. Tenía una pistola y tenía un cuchillo. A pesar de lo que
había dicho Dana, tal vez consiguiera salvarse de los predadores del agua. Pero
las posibilidades indudablemente eran pocas. Y no se iba a comportar como si no
hubiera otra solución. Al contrario, pensaba mantener la cabeza fría.
Salvo una rara
casualidad, no se podía esperar que nadie viniera a buscarlos. Si decidieran
hacerlo, examinarían los alrededores de las granjas. Allí había muchas balsas.
De vez en cuando alguien desaparecía. Cuando se lograra saber qué había
sucedido en esta ocasión en especial, sería demasiado tarde.
Tampoco había
posibilidades de que fuera advertida, por lo menos en las próximas horas, la
migración de las balsas hacia los estrechos Yoger. Tierra adentro había una
estación meteorológica, del lado norte de los estrechos, que ocasionalmente
utilizaba un helicóptero. Era muy improbable, decidió Cord, que salieran justo
ahora, así como que un transporte a chorro descendiera lo suficiente como para
verlos.
Tuvo que
enfrentarse decididamente con el hecho de que sería quien daría las soluciones,
tal como había dicho la Regente. Cord nunca se había sentido tan solo.
Simplemente
porque era algo que debería probar tarde o temprano, comenzó ensayando un
comportamiento que sabía que no daría resultado. Abrió la recámara anestésica y
contó cincuenta dosis, algo apresuradamente porque no quería tener que pensar
para qué podía llegar a necesitarlas. Vio que quedaban todavía unas trescientas
cargas, así que seguidamente procedió a dispararle a Abuelito un tercio de las
mismas.
Luego esperó.
Una ballena podría haber mostrado signos de somnolencia con una dosis mucho
menor. Pero la balsa permaneció imperturbable. Tal vez hubiera ciertos sectores
que habían quedado algo insensibles, pero sus células no eran capaces de
distribuir el efecto soporífero de la droga.
No había nada
más que a Cord se le ocurriera que podía hacer antes de que llegaran a los
estrechos. Calculó que a la velocidad que llevaban estarían allí en menos de
una hora; y pensó que cuando arribaran iba a tratar de llegar a tierra nadando.
No pensó que Dana desaprobaría la idea, dadas las circunstancias. Si la balsa
lograba llevarlos hacia mar abierto, no tenían muchas posibilidades de
sobrevivir.
Mientras tanto,
Abuelito iba volviéndose más y más veloz. Además, sucedían otras cosas, menos
importantes, pero capaces de preocupar a Cord. Los brotes rojos se abrían
lentamente para dejar salir unas especies de raros gusanos, color escarlata,
delgados y viscosos, que se retorcían débilmente, se extendían y luego volvían
a retorcerse, desperezándose en el aire. Las hendiduras verticales que había
notado en la estructura se ensanchaban, dejando salir, en algunas partes, un
líquido oscuro y espeso.
En otras
circunstancias, Cord hubiera observado fascinado estos cambios de Abuelito. Ahora
sólo pudo mirarlos con sospechosa atención, porque no sabía qué podían
anunciar.
Entonces algo
horrible sucedió. Grayan comenzó a quejarse en voz alta, y se dio la vuelta,
retorciéndose. Luego Cord fue consciente de que no había pasado un segundo antes
de que interrumpiera sus esfuerzos con otra cápsula anestésica, pero los
zarcillos habían estrechado aún más su presión, no ya en forma elástica, sino
como enormes espolones, que mordían en su carne. Si Dana no le hubiera
advertido...
Pálido y
cubierto de un sudor frío, Cord bajó lentamente el arma, viendo que los
zarcillos se aflojaban. Grayan no parecía estar lastimada, y hubiera sido la
primera en advertir que su luna asesina podría haberse dirigido, en forma
igualmente inteligente, hacia una máquina. Pero no pudo evitar el luchar
rabiosamente contra el deseo de convertir la balsa en una pobre masa desgarrada
de restos.
En lugar de
esto, y revelando un mayor sentido común, les suministró a Dana y a Nirmond
otra dosis, para impedir que sucediera lo mismo. Sabía que esa cantidad
mantendría a los tres compañeros dormidos e insensibles durante varias horas.
Cinco dosis...
Trató de
apartar esta idea, pero sin éxito. Volvía una y otra vez, hasta que tuvo que
enfrentarla. Cinco dosis dejarían a los tres completamente inconscientes,
sucediera lo que sucediese, hasta que murieran por otras causas o se les
administrara un agente que obrara como antídoto.
Espantado, se
dijo a sí mismo que no podía hacer una cosa semejante. Sería lo mismo que
matarlos.
Pero, a pesar
de todo, con pulso firme, se halló levantando el fusil y disparándoles hasta
completar una dosis de cinco cápsulas para cada uno. Y si bien fue la primera
vez en los últimos cuatro años que Cord había tenido ganas de llorar, también
advirtió que comprendía entre otras cosas, lo que quería decir usar su criterio
propio.
Poco menos de
media hora después vio una balsa, grande como la que ellos montaban, que
entraba en las aguas turbulentas de los estrechos, a corta distancia de donde
estaban, y que era llevada violentamente hacia un lado, por la fuerte
corriente. Se tambaleó y giró, trató de enderezarse, nuevamente fue arrastrada,
pero finalmente se afianzó en su curso. No como un pobre vegetal, sino como un
ser con un propósito inteligentemente pensado, que quiere mantenerse en una
dirección.
Parecían ser
casi completamente insumergibles.
Cuchillo en
mano se acurrucó en la plataforma, viendo que los estrechos, rugientes, se
hallaban hacia delante. Cuando la balsa saltó y tembló debajo de él, clavó y
cortó con el cuchillo, asegurándose bien. Se sintió cubierto por el agua fría,
y Abuelito comenzó a estremecerse, como si fuera una máquina demasiado exigida.
Cord se horrorizó, pensando que la balsa podría llegar a soltar a sus
prisioneros humanos, en su lucha por mantenerse a flote. Pero subestimó a
Abuelito, que no soltó su presa.
Súbitamente, se
aquietó. Ahora pasaban por un lugar en calma, y vio a otras tres balsas no
lejos de donde ellos estaban.
Los estrechos
parecían haberlas juntado, pero aparentemente no les era totalmente indiferente
la presencia de sus compañeras.
Cuando Cord se
puso de pie, temblando, y comenzó a quitarse las ropas, vio que se apartaban
con gusto unas de otras. La plataforma de una se hallaba semisumergida. Debía
haber perdido gran parte del aire que la mantenía a flote, y tal como sucedería
con un buque pequeño, hacía agua.
Desde donde
estaba, sólo tenía que nadar unos tres kilómetros para llegar a la costa norte
de los estrechos, y desde allí alcanzaría la estación meteorológica en otro kilómetro
y medio de trayecto. No sabía nada sobre las corrientes, pero la distancia no
era excesiva, así es que no se consolaba al pensar que debería desprenderse de
su cuchillo y su fusil. Las criaturas de la bahía amaban el calor y el fondo de
barro, así que no se aventuraban más allá de los estrechos. Pero las
profundidades de Zlanti albergaban gran número de predadores propios, si bien
nunca se los veía tan cerca de la costa.
Parecía que las
cosas podían empezar a ir bien.
Mientras Cord
anudaba sus ropas, formando un atado pequeño, sentía los gritos de los
animales, que sonaban como los maullidos de gatos curiosos. Miró hacia arriba.
Cuatro enormes chinches de agua, que se aventuraban en el mar, pasaron cerca de
él, llevando cada una su parásito. Probablemente bichos inofensivos, pero en
apariencia temibles debido a sus buenos tres metros de envergadura. El muchacho
recordó con preocupación el parásito venenoso y carnívoro que había dejado sin
estudiar en la estación.
Una descendió
perezosamente hasta acercarse a la balsa. Luego volvió a elevarse un tanto,
para descender nuevamente, inspeccionando. El parásito de la chinche, que era
su cerebro pensante, no estaba interesado en Cord. Era Abuelito quien lo hacía
ir y venir.
Cord observaba
fascinado. La parte superior del cono bullía ahora con una masa de expansiones
vermiformes, como las que habían comenzado a aparecer antes de que la balsa
dejara la bahía. Presumiblemente ésta era la carnada que había atraído al
parásito.
La chinche se
acercó revoloteando y tocó el cono. Tal como si fuera el resorte de una trampa,
se liberaron una serie de zarcillos verdes que se enroscaron en las alas y
parecieron incrustarse en el cuerpo grande y blanduzco.
Menos de un
segundo después, Abuelito puso en acción su trampa para otro huésped que surgió
del agua. Cord tuvo la impresión de ver, súbitamente, a un ser de aspecto
similar a una foca pequeña, que pareció brotar del agua con un impulso
desesperado y que también quedó atrapada contra el cono, cerca de donde se
hallaba el primer animal.
No fue la
enorme facilidad con que se produjo esta caza la que dejó a Cord completamente
anonadado. Lo que derrumbó sus esperanzas fue la llegada de una criatura que
hacía imposible el nadar a tierra. Apareció a corta distancia del muchacho, y
entonces vio que de ella huía la presa reciente de Abuelito. Sólo pudo echarle
un rápido vistazo, mientras se alejaba de la balsa; pero fue suficiente. El
cuerpo, de un blanco marfil y las fauces abiertas, eran suficientemente
similares a las de los tiburones de la Tierra como para indicar la naturaleza
del perseguidor. La más importante de las diferencias era que no importa donde
fueran los blancos cazadores de las profundidades de Zlanti; iban siempre en
grandes cantidades.
Anonadado por
su mala suerte, y todavía apretando su atado de ropa, Cord se quedó mirando
hacia la costa. Sabiendo lo que debía buscar, podía distinguir fácilmente las
reveladoras ondas en la superficie, así como los pantallazos de color blanco
que súbitamente aparecían y desaparecían.
Lo habrían
atrapado como a una mosca si se hubiera lanzado al agua, antes de cubrir la
vigésima parte de la distancia a tierra.
Pero pasó casi
otro minuto antes de que se diera cuenta del verdadero problema en que se
hallaban.
¡Abuelito había
empezado a comer!
Cada una de las
oscuras grietas situadas a los lados del cono era una boca. Hasta ese momento,
solamente una de ellas había entrado en funciones, y todavía no se abría a
plena capacidad. Su primer bocado fue el parásito de la chinche, que había arrancado,
con sus zarcillos, de su alojamiento habitual. A pesar de lo pequeño que era,
le llevó a Abuelito varios minutos el poder devorarlo por completo; pero ya
había comenzado.
Cord sentía que
enloquecía, allí sentado, apretando su bulto de ropas, y sólo vagamente se daba
cuenta de que estaba temblando bajo la ducha de agua fría, mientras atentamente
seguía la actividad de Abuelito. Llegó a la conclusión de que pasarían algunas
horas antes de que una de esas bocas llegara a ser lo suficientemente flexible
y vigorosa como para atacar a un ser humano. En estas circunstancias, poco
importaba lo que sucediera a los otros tres compañeros, pero ése sería el
momento en que Cord haría volar la balsa en pedazos. Los cazadores blancos eran
rápidos, y al muchacho le pareció que podía decidir algo en ese sentido.
Mientras tanto,
existía la posibilidad de que el helicóptero que se utilizaba en la estación
meteorológica los avistara. En el ínterin, y como sucumbiendo a una extraña
fascinación, no podía dejar de pensar en las causas que podrían haber provocado
tales cambios de pesadilla en las balsas. Ahora podía adivinar hacia dónde se
dirigían; veía claramente los signos que indicaban que la dirección era
seguramente los grandes depósitos de plankton de la bahía Zlanti, a unos mil
quinientos kilómetros hacia el norte. Con tiempo, cada uno de estos raros
animales emprendían esta ruta, para beneficio de las semillas. Lo que no se
podía explicar era el cambio que los había transformado en carnívoros alerta y
capaces.
Observó como la
loca era arrastrada hasta una de las bocas. Los zarcillos le rompieron el
cuello, y después la boca comenzó pacientemente a disponer de un bocado que era
aún demasiado voluminoso. Mientras tanto, se seguían escuchando chillidos y
unos minutos más tarde dos chinches de agua más fueron atrapadas, agregándose a
las presas. Abuelito soltó la boca y comenzó a comerse a una de las chinches.
El parásito saltó mordiendo el zarcillo que se acercó para atraparlo; pero tras
de una corta lucha quedó muerto sobre la plataforma.
Cord sintió que
su poco razonable odio hacia Abuelito renacía con más fuerza. Matar a una de
las chinches era similar a arrancar unas hojas de un árbol; prácticamente no
tenían sensaciones. Pero el parásito había logrado vivir en sociedad con ella
gracias a su inteligencia, y se hallaba más cerca de la especie humana que esa
enorme cosa monstruosa que lo había atrapado, igual que a sus compañeros. Sus
pensamientos volvieron a dirigirse hacia la curiosa simbiosis en que
funcionaban dos criaturas tan disímiles como las chinches y sus compañeros
pensantes.
Súbitamente,
apareció en su cara una expresión de sorpresa. ¡Ahora comprendía!
Cord se puso de
pie rápidamente, temblando de excitación, con todo un plan completo en su
mente. Al instante, una docena de zarcillos viborearon con extraña rapidez
hacia él. No pudieron alcanzarlo, pero su reacción, rápida y salvaje,
inmovilizó al muchacho. La plataforma temblaba bajo sus pies, como si la
invadiera la irritación de no poder llegar a apresarlo. Afortunadamente, en ese
lugar no podía movilizarse para ponerlo cerca del alcance de los zarcillos,
como sucedía más hacia el borde.
De todas
formas, era un aviso que no convenía desestimar. Cord se fue deslizando
cuidadosamente alrededor del cono hasta alcanzar la posición que deseaba, en la
mitad anterior de la balsa. Allí esperó. Esperó largos minutos hasta que su
corazón dejó de latir irregularmente y hasta que se calmaron los movimientos
frenéticos de los zarcillos. Sería muy importante que durante uno o dos
segundos, después que hubiera comenzado a moverse nuevamente, Abuelito no se
diera exacta cuenta de donde estaba.
Miró hacia
atrás para ver la distancia que los separaba de la estación de los estrechos.
Calculó que no estaría a más de una hora. Eso quería decir que estaba bastante
cerca, de acuerdo al más pesimista de los cálculos, si lo demás salía bien. No
se puso a pensar en detalle qué era ese algo más puesto que existían innúmeros
factores que no se podían calcular por anticipado. Además, sentía que si
especulaba demasiado sobre esto sería incapaz de llevar más hacia adelante su
plan.
Finalmente,
moviéndose con todo cuidado, Cord fue extrayendo el cuchillo, que mantuvo en su
mano izquierda, pero dejó la pistola en su funda. Levantando el bulto de ropas
sobre su cabeza, lo balanceó en su mano derecha. Con un movimiento largo y
suave, tiró el atado hacia el extremo opuesto de la plataforma.
Al caer, hizo
un ruido sordo. Inmediatamente, toda esa sección de la balsa se plegó y azotó
el agua, tratando de poner al objeto en contacto con los zarcillos.
Simultáneamente,
Cord se lanzó hacia adelante. Por un momento, su intento de distraer la
atención de Abuelito tuvo éxito, luego cayó de rodillas al comenzar nuevamente
a moverse la plataforma.
Se hallaba a
unos dos metros del borde. Cuando volvió a azotar el agua, siguió tratando,
desesperadamente, de avanzar.
Un instante
después se hallaba atravesando, con su cuchillo preparado, el agua fría y
clara, delante de la balsa, y luego se sumergió una vez mas.
La balsa le
pasó por encima. Montones de pequeñas criaturas del mar escapaban por la jungla
de raíces oscuras que las alimentaban. Cord evitó, con un sobresalto, una
criatura verde y vidriosa, de las de aguijón, y sintió un dolor quemante en uno
de los lados del cuerpo, lo que le hizo notar que no había podido evitar a
otra. Pasó, con los ojos cerrados, por los cúmulos de raíces que cubrían el
fondo de la balsa, y finalmente se halló dentro de la burbuja central por
debajo del cono.
Lo rodeó una
media luz y un aire maloliente y cálido. El agua, azotándolo, lo arrastró. No
había aquí nada donde sujetarse. Luego vió encima de él, hacia la derecha, como
moldeado dentro de la curva interior del cono, y con apariencia de haber
crecido allí desde un comienzo, la forma con aspecto de sapo, del tamaño de un
hombre, de cabeza amarilla.
El compañero
inseparable de la balsa.
Cord atrapó al
ser simbiótico de Abuelito, y guiado por una de sus fláccidas patas
posteriores, emergió, acuchillándolo hasta que no notó más vida en los pálidos
ojos verdes.
Había calculado
que el compañero de la balsa necesitaría un segundo o dos para apartarse de la
misma, tal como sucedía con las otras criaturas similares a él, antes de poder
defenderse. Sólo había llegado a dar la vuelta a la cabeza; su bocaza mordió el
brazo de Cord por encima del codo. Su mano derecha hundió el cuchillo en uno de
los ojos, y el cabeza amarilla se apartó con un salto, llevándose el cuchillo
lejos de su alcance.
Deslizándose
hacia abajo, tomó la fláccida extremidad con ambas manos, y tiró con todas sus
fuerzas. Durante un momento más, el cabeza amarilla no soltó la presa. Entonces
las innúmeras prolongaciones nerviosas que lo conectaban con la balsa se
liberaron con una sucesión de ruidos succionantes y desgarrantes. Finalmente,
Cord y el cabeza amarilla llegaron al agua juntos.
Otra vez la
selva de negras raíces, y dos sensaciones de dolor punzante en su espalda y
piernas. Pensando que el cabeza amarilla habría muerto por estrangulación, Cord
lo soltó. Por un momento vio descender, girando, un cuerpo que poseía extraños
movimientos humanoides; luego fue desplazado por el impulso del agua, cuando un
cuerpo grande y blancuzco golpeó contra el animal que descendía, y siguió hacia
delante.
Cord subió a la
superficie a unos tres metros por detrás de Abuelito, y esto hubiera sido el
final de la historia si no fuera porque la balsa estaba aminorando su marcha.
Luego de dos
intentos llegó a trepar nuevamente a la plataforma, y allí se quedó, tosiendo y
respirando anhelosamente. No había indicaciones de que su presencia fuera
desagradable. Unos pocos zarcillos se retorcieron intranquilos, como si
trataran de recordar sus funciones previas, cuando llegó, cojeando, al lado de
sus compañeros, para asegurarse de que aún respiraban. Cord sólo pudo darse
cuenta de eso.
En realidad,
seguían respirando, y no intentó curar sus heridas, puesto que no había tiempo
que perder. Tomó la pistola de calor que Grayan guardaba en su cartuchera.
Abuelito se había parado.
Cord aún no
podía razonar correctamente, de otro modo hubiera comenzado a preocuparse
pensando si Abuelito, tan violentamente privado de la ayuda de su compañero,
iba a ser capaz de moverse. El muchacho se limitó a determinar la dirección
aproximada de la Estación Principal de los Estrechos, y eligiendo un lugar
correspondiente de la plataforma, dio a la balsa un toque de calor.
Al principio,
no pasó nada. Cord suspiró y subió el control del calor. Abuelito tembló
levemente. Cord se puso de pie.
Primero en
forma lenta y vacilante, pero luego con mayor brío y precisión, si bien ahora
ya carecía de la cabeza que le guiaba, Abuelito se dirigió hacia donde se
hallaba la estación.
L. Sprague De Camp
Athelstan Cuff vio
con asombro, para decirlo suavemente, que su hijo estaba llorando. No era que
tuviera ideas exageradas acerca del estoicismo de Peter, pero la verdad era que
nunca lloraba. Es cierto que, para ser un chico de doce años, tenía un control
de sí mismo que a veces podía llegar a confundirse con hosquedad. Y ahora
estaba lloriqueando. Debía de estar sucediendo algo terrible. Cuff dejó a un
lado el manuscrito que estaba leyendo. Era el editor de la Revista Biológica;
su figura era la de un macizo inglés, con cabello prematuramente blanco, y una
fuerza física que parecería corresponder a trabajos más pesados. Parecía un
poco una langosta de mar, que ha sido ya hervida una vez y que no desea repetir
la experiencia.
- ¿Qué te pasa?
- preguntó.
Peter se secó
los ojos y miró a su padre con aire calculado. Cuff deseaba, a veces, que no
fuera tan racional. Un poco de locura de niño hubiera venido bien en ciertas
circunstancias.
- Vamos, vamos,
amigo, ¿qué pasa? ¿De qué sirve tener padre si no se le dice lo que sucede?
Peter
finalmente lo largó.
- Algunos tipos
- se interrumpió para sonarse la nariz. Cuff pestañeó un poco molesto por el
lenguaje. Su única objeción a la venida a Norteamérica lo constituía el
lenguaje que su hijo comenzaba a adoptar. Como no creía en la utilidad de estar
permanentemente señalándoselo a Peter, trataba de sufrir en silencio.
- Algunos tipos
dicen que no eres mi padre...
Al fin lo había
dicho, pensó Cuff, tal como iba a suceder tarde o temprano. No debía haber
pospuesto la revelación al niño durante tanto tiempo.
- ¿Qué quieres
decir? - dijo enojado.
- Dicen - sniff
- que me adotaste.
Cuff hizo un
esfuerzo.
- ¿Y qué hay
con eso? - Trató de que la situación estuviera cubierta por el desprecio que
manifestaba hacia la mala pronunciación.
- No te
entiendo. ¿Cómo «y qué hay con eso»?
- Por supuesto
que me entiendes. No veo cuál es el problema. No hay un ápice de diferencia
para tu madre o para mí, así que no veo por qué ha de haberla para ti.
Peter quedó un
rato pensativo.
- ¿Podrías
mandarme lejos algún día, porque soy adotado?
- ¿Así que eso
es lo que te preocupa? Por supuesto que no. Legalmente eres tan hijo nuestro
como... el que más. Pero ¿qué pudo darte la idea de que te íbamos a mandar
lejos? Me gustaría encontrarme con alguien que quiera separarte de nosotros.
- No,
simplemente me preguntaba.
- Bueno, uno
siempre imagina cosas. No queremos mandarte lejos. Y, aunque quisiéramos, no
podríamos hacerlo. Todo está perfectamente bien, créeme. Muchas personas son
adoptadas y a nadie le importa. No te molestaría si alguien tratara de gastarte
bromas porque tienes una nariz, dos ojos y una boca, ¿verdad?
Peter había
vuelto a recobrar la calma.
- ¿Cómo
sucedió?
- Es una larga
historia. Te la contaré si lo deseas.
- Si.
- Ya te he
contado - comenzó Athelstan Cuff - que, antes de venir a Norteamérica, trabajé
durante varios años en Sudáfrica. También te conté cómo mis tareas se referían
a los elefantes, leones y otros animales, y la manera en que llevé algunos
rinocerontes de Swazilandia al Parque Kruger. Pero nunca te he hablado acerca
de la jirafa azul.
Alrededor de
1940, varios gobiernos de Sudáfrica consideraban la creación de un parque que
no fuera meramente una reserva para turistas, sino un área, mantenida en estado
de completo salvajismo natural, para el uso exclusivo de científicos y otros
estudiosos. Finalmente se eligió el delta del río Okavango, en Ngamilandia,
puesto que era una zona suficientemente grande y poco poblada.
Las razones por
las que tenía pocos habitantes eran bien simples: a nadie le gusta establecerse
en un lugar en que no es nada raro encontrar la casa y la granja debajo de un
metro de agua, de la noche a la mañana. Y también es irritante ir a pescar a un
lago que uno conoce bien, para encontrarse con que se ha convertido en una
extensión de césped, donde comienzan a brotar los árboles.
Por tales
razones, los batawana, que era la tribu en cuyas tierras se hallaba el delta,
dejaron lentamente esta caprichosa extensión de tierra pantanosa al elefante y al
león. Los pocos batawana que vivían en y cerca del delta fueron indemnizados y
adecuadamente trasladados. Las oficinas representantes del poder de la Corona
en el Protectorado de Bechuanalandia dictaron las leyes que se requerían contra
la enajenación de las tierras tribales permitiendo la ocupación del delta y
territorios adyacentes, y denominaron al lugar Parque Jan Smuts...
Cuando
Athelstan Cuff se bajó del tren en Francistown, en septiembre de 1976, la
lluvia de primavera desprendía una nubecilla de humo de la plataforma. Un
negro, vestido con ropas color kaki, apareció saliendo de la sombra y le dijo:
- ¿Es usted Mr.
Cuff, de Ciudad del Cabo, verdad? Yo soy George Mtengeni, el alcalde de Smuts.
Mr. Opdyck me escribió avisándome de su llegada. El auto está al llegar.
Cuff le siguió.
Había oído hablar de George Mtengeni. No era un chwana, sino que era un zulú de
cerca de Durban. Cuando se había fundado el parque, los batawana habían
considerado que el alcalde debería de elegirse entre los tawana. Pero los
makoba, que estaban muy decididos a cuidar su independencia de sus amos
previos, los batawana, insistieron en que fuera uno de los suyos. Finalmente,
la oficina correspondiente había zanjado el pleito eligiendo a un hombre de
otra tribu. Mtengeni tenía la piel renegrida y la nariz delgada que se hallaba
en tantos miembros de los kaffir bantú. Cuff pensó que probablemente el alcalde
tenía una mala opinión de los chwana en general y de los batawana en
particular.
Subieron al
auto. Mtengeni dijo:
- Espero que no
le importe tener que viajar tanto. Lamento que no haya podido venir antes;
ahora las tierras bajas están completamente anegadas.
- Ya veo - dijo
Cuff -. ¿Cómo está el Mababe este año?
Se refería a la
hondonada conocida como lago, pantano o depresión, dependiendo de la cantidad
de agua que alojara en un momento dado.
- El Mababe es
un lago ahora, un bello lago lleno de árboles sumergidos y de hipopótamos. Creo
que el Okavango se desplaza nuevamente hacia el norte. Eso significa que el
lago Ngami se volverá a secar.
-
Indudablemente. Pero, dígame, ¿qué hay acerca de esa jirafa azul? La carta
tenía muy pocos informes.
Mtengani
sonrió, mostrando sus blancos dientes.
- Apareció en
el borde del bosque Mopane hace unos diecisiete meses. Ese fue el comienzo. Desde
entonces han sucedido otras cosas raras. Si le hubiera escrito acerca de ellas,
seguro que habría ido a la oficina de la Corona diciendo que el alcalde tenía
una depresión nerviosa. Lamento tener que mezclarlo en esto, pero me han dicho
que no pueden mandar a nadie a investigar.
- Oh, está bien
- contestó Cuff -. Me alegré de irme de Ciudad del Cabo, de todas formas. Y no
hemos tenido que investigar nada raro desde que Hickey desapareció.
- ¿Desde que
quién desapareció? Lo siento, no puedo estar al tanto de todo lo que pasa.
- Eso pasó hace
mucho tiempo. Antes de su época e incluso de la mía. Hickey era un científico
que se internó en el Kalahari con un camión y un guía xosa, y desapareció. Lo
buscaron por toda la región, pero nunca pudieron hallar el más mínimo rastro y
la arena cubrió las huellas del camión. Una desaparición verdaderamente rara.
La lluvia
seguía mojándolos mientras se internaban en la carretera. Hacia delante, más
allá de la cortina de lluvia, se hallaban las vastas praderas de la parte norte
de Bechuanalandia, con sus grandes depresiones, y aún más lejos se suponía que
existía una jirafa azul, entre otras cosas.
La estructura
de acero de la torre vibró mientras subían. Cuando se hallaron arriba, Mtengeni
dijo:
- Se puede
ver... hacia allá... hacia el oeste... al otro lado del bosque. Eso es a unos
treinta kilómetros.
Cuff esforzó la
vista.
- Realmente
tienen un buen panorama desde aquí. Pero hay demasiada niebla más allá del
bosque para ver nada.
- Siempre
sucede así, a menos que tengamos buen viento. Allí esta. el limite de las
ciénagas.
- Estoy
realmente asombrado de que pueda cuidar de una zona tan grande estando solo.
- ¡Oh, bien!
Los bechuana no dan mucho trabajo. Son honestos... Hasta yo tengo que admitir
que tienen algunas buenas cualidades. De todas formas, es fácil internarse en
el delta sin perderse en las ciénagas. Tal vez alguien pueda perderse, claro.
Le mostraré todo, pero será mejor que los bechuana no se enteren. Mire, Mr.
Cuff, allí está nuestra jirafa azul.
Cuff se sobresaltó.
Mtengeni era evidentemente el tipo de hombre que anunciaría un terremoto tan
simplemente como si fuera la llegada del correo matutino.
A poca
distancia de la torre, una media docena de jirafas se movían lentamente en el bosque,
alimentándose de las hojas de los árboles. Cuff dirigió los prismáticos hacia
ellas. En medio del pequeño rebaño se hallaba la jirafa azul. Cuff parpadeó y
volvió a mirar. No había dudas: el animal era de un azul brillante, como si
alguien lo hubiera pintado. Athelstan Cuff sospechó que eso era lo que había
sucedido. Le comentó su idea a Mtengeni.
El alcalde se
encogió de hombros.
- Eso sí que
sería una forma rara de divertirse. Sin mencionar que también tendría sus
riesgos. ¿Vio algún otro detalle raro en las otras?
Cuff miró
nuevamente.
- Sí...
¡caramba!, una de ellas tiene una barba, como un chivo; sólo que de casi dos
metros de largo, por lo menos. Dígame, George, ¿qué pasa aquí?
- Yo mismo no
lo sé. Mañana, si quiere, le mostraré una de las formas de internarse en el
delta. Pero eso queda bastante lejos, así que será mejor que llevemos
provisiones para unos dos o tres días.
Mientras
viajaban hacia el Tamalakane, pasaron cuatro hombres de los batawana, de
aspecto triste y color marrón rojizo, con un atuendo mitad nativo y mitad
europeo. Mtengeni hizo que el auto aminorara la marcha para poder mirarlos
bien, pero no hallaron evidencias de que hubieran estado cazando ilegalmente.
Mtengeni dijo:
- Desde que los
esclavos makoba se liberaron han entrado en... declinación, por así decir.
Tienen demasiado orgullo para trabajar.
Se apearon
cerca del río.
- No podemos
cruzar con el vehículo el vado en esta época del año - explicó el alcalde,
cerrando las puertas del auto -. Pero podremos vadear el curso de agua un poco
más adelante.
Comenzaron a
seguir el sendero, ajustándose las cargas. No había mucho que ver. La visión
estaba impedida por las plantas del pantano, altas y de tallos carnosos. El
único sonido que se escuchaba era el zumbido de los insectos. El aire ya se
sentía caluroso y húmedo, a pesar de que el sol había salido hacía apenas media
hora. Las moscas picaban, pero los hombres se habían acostumbrado. Simplemente
daban un manotazo y esperaban a ser picados de nuevo.
Hacia delante
se sentía un ruido gorgoteante, como si a una sirena le hubiera entrado agua en
el mecanismo. Cuff dijo:
- ¿Cómo andan
los hipopótamos este año?
- Muy bien. Hay
algunos en especial que quisiera que viera. ¡Ah!, aquí estamos.
Habían llegado a un lugar donde las aguas esta