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EL ULTIMO DE LOS DODOS
| El dodo es una
lección de extinción. Encontrado en la isla de Mauricio, en el
Océano Indico, alrededor del año 1600, se extinguió en menos de 80
años. | 
En una
caricatura, Porky Pig se adentra en "la más negra de las Africas" buscando
al último de los dodos. Después de una serie de alucinantes eventos, el
popular cerdito finalmente logra la captura del ansiado animal. Mientras
Porky exclama entusiasmado "¡Te-te-tengo al último de los dodos!" y se
eleva triunfante en su frágil avioneta, en tierra un centenar de dodos
bailan y tartamudean burlonamente "¡Sí, ti-ti-tiene al último de los
dodos!". Si la historia verdadera del
dodo de Mauricio (Raphus cucullatus) fuera como en las caricaturas, aún
podríamos admirar a una de las criaturas más extrañas del mundo.
Tendríamos que viajar a Mauricio -país situado no en "la más negra de las
Africas" sino en la isla el mismo nombre, localizada a unos 800 km al este
de Madagascar, en el Océano Indico-. El viaje valdría la pena, pues
contemplaríamos al peculiar pájaro desplazándose torpemente con sus 25 kg
de peso. Su aspecto de paloma rechoncha con patas cómicamente cortas nos
resultaría familiar, pues nos recordaría las ilustraciones de esta ave en
Alicia en el País de las Maravillas. Acercándonos con cuidado,
observaríamos los detalles del extraño pico y los grandes ojos
amarillentos, así como los mechones de plumas blancas, único indicio de la
cola y alas vestigiales. Los dodos, adaptados a un sitio sin depredadores,
apenas intentarían escapar y, al ser incapaces de volar, sería fácil
seguirlos e incluso capturarlos con las manos. Los veríamos alimentándose
apaciblemente con las abundantes frutas que se dan en este paraíso
tropical. Poniendo atención, nos daríamos cuenta que los dodos devorarían
con singular avidez un fruto particular, producido por la planta llamada
precisamente árbol del dodo (Calvaria major). Haciendo gala de nuestras
habilidades fotográficas, capturaríamos una imagen de los dodos, y con un
poco de suerte, incluso recogeríamos alguna pluma tirada en el suelo para
presumirla como un recuerdo de nuestro viaje.
También aprovecharíamos el viaje para
observar otras criaturas fascinantes. Capturarían nuestra atención las dos
especies de tortugas terrestres (Geochelone inepta y G. trisserata) o la
lagartija gigante (Didosaurus mauritanas), de casi medio metro de
longitud. Tal vez podríamos observar uno que otro perico de pico ancho
(Lophopsittacus mauritanicus), que nos atraería no sólo por su gran tamaño
(70 cm) y su color gris sino porque es incapaz de volar. Veríamos también
grupos de palomas azules (Alectroenas nitidissima) destacadas por su vivo
color azul casi metálico y sus vistosas manchas rojas en la cabeza y cola.
Concentrándonos en las zonas inundadas, admiraríamos a las gallaretas
rojas (Aphanapteryx bonasia) desplazándose lenta y despreocupadamente por
la superficie del agua. Después de una larga y placentera jornada,
regresaríamos al campamento al anochecer y en el camino observaríamos el
vuelo lento y silencioso de las lechuzas nativas (Tyto sauzieri) ¡Qué
día!. Desafortunadamente, la vida real suele ser más cruel que en las
caricaturas. Ninguno de los animales protagonistas de nuestro imaginario
viaje existe ya. Todas esas especies desaparecieron pocos años después de
la colonización de la isla por los europeos. Una combinación de cacería
indiscriminada, destrucción del hábitat natural y el efecto de las
especies introducidas llevó a todos los animales a una rápida extinción.
Nadie conoce con certeza el destino del último de los dodos. Tal vez fue
cazado por uno de los marineros holandeses que se establecieron en
Mauricio en el siglo XVII. 0 fue devorado por uno de los muchos perros o
gatos que introdujeron los colonizadores. Tal vez murió de viejo, pero sus
huevos fueron destruidos por las ratas, inseparables compañeras de los
marineros. En una macabra variante de
la caricatura, también es posible que el último de los dodos haya sido
capturado por un cerdo; no por un caricaturesco cochinito como Porky, sino
por un feroz y hambriento cerdo sernisalvaje escapado de los corrales de
los colonizadores. Sea cual sea la causa, el hecho es que el último de los
dodos murió alrededor do 1680. Unas horas antes de morir, el último de los
dodos habría tomado su postrer alimento, frutas de Calvaria, desperdigando
semillas en el suelo del bosque como último rastro. Una de ellas germinó y
dio origen a una plántula que comenzó a crecer y, a medida que se
desarrollaba, fue mudo testigo de los cambios efectuados en la isla. Los
grupos humanos iban y venían, las colonias holandesas declinaron hasta que
finalmente los franceses tomaron control de la isla. Posteriormente
vendrían los ingleses y eventualmente la isla se convertiría en un país
independiente. Mientras tanto, año tras año, década tras década, la
Calvaria siguió creciendo hasta convertirse en un árbol adulto. Sin
embargo, el árbol fue incapaz de reproducirse. Producía semillas, sí, pero
ninguna de ellas germinó. De hecho, desde la muerte del último de los
dodos, ninguna semilla de Calvaria logró germinar y la población consistía
de árboles cada vez más viejos. En 1973 el investigador norteamericano
Stanley Temple llegó de visita a Mauricio. Para esta época quedaban en la
isla sólo 13 árboles de Calvaria, todos ellos individuos centenarios que
habían nacido antes de 1680. ¿Por qué ninguna semilla había germinado en
casi 300 años? A Temple se le ocurrió que podría haber relación entre la
extinción del dodo y la incapacidad de germinar de las semillas de
Calvaria, pues sabía que algunas semillas requieren ser escarificadas
(pasar por un proceso de abrasión mecánica o química) para poder germinar.
En muchos casos, esta escarificación se lleva a cabo cuando las semillas
atraviesan el aparato digestivo de algún animal que se ha alimentado con
los frutos. Por ejemplo, si una zorra gris (Urocyon cinereoargenteus) come
garambullos (frutos del cacto columnar Myrtillocactus geometrizans), las
semillas eventualmente serán expulsadas como parte de las excretas del
animal. Estas semillas no sólo son viables, sino que pueden tener mayor
capacidad de germinación por haber sido escarificadas por el aparato
digestivo del animal. La zorra funciona como un excelente diseminador,
pues mueve las semillas lejos del cacto padre y además favorece su
germinación. Temple elucubró que las
semillas de Calvaria podrían ser incapaces de germinar si su diseminador
original hubiese desaparecido. Entonces, ¿sería posible que el dodo fuera
el diseminador?. Temple realizó un experimento muy sencillo, colectando
algunas frutas de Calvaria y se las dio de comer, por la fuerza, a los
animales más parecidos a un dodo que pudo encontrar en la isla: pavos
domésticos. Después de esperar a que las semillas completaran su tránsito
por la molleja de los pavos, Temple las recogió con avidez y dio comienzo
a la espera. Luego de un tiempo, el científico observó azorado un fenómeno
que no había acontecido en los últimos 300 años: la germinación de tres
semillas de Calvaria major. Un
científico riguroso podría argumentar que el experimento de Temple no
demostró que el dodo efectivamente hubiera sido el dispersor natural de la
planta. Sin embargo, basta un poco de sentido común (y, por qué no
decirlo, de romanticismo de naturalista) para convencernos que sólo un
animal de la talla del dodo podría deglutir las grandes semillas de
Calvaria y propiciar su germinación. En todo caso, Temple habla logrado la
germinación de las semillas y, con ello, evitado la extinción definitiva
del árbol del dodo. El caso del dodo y
la Calvaria es un ejemplo de lo que en la literatura popular se ha dado en
llamar "atracción fatal" entre una planta y su polinizador o diseminador
natural. Se ha dicho, por ejemplo, que la relación entre el murciélago
magueyero (Leptonycteris curasoae) y las plantas que este animal poliniza,
como ciertas especies de magueyes (Agave), cactos columnares (Pachycereus
pringlei) y otras plantas (Manfreda brachystachia) es tan cercana que la
extinción de uno de ellos provocaría la del otro. Algunos ecólogos han
relacionado la caída en las poblaciones del murciélago magueyero -que está
en las listas oficiales de especies amenazadas en Estados Unidos y México-
con una aparente disminución en la fecundidad de las plantas. Se ha
especulado que la extinción de este animal convertiría a los agaves en
otra Calvaria, otro "muerto viviente" que subsiste pero que es incapaz de
reproducirse. Cuando Porky capturó al
que creía el último de los dodos, jamás consideró que su acción podría
poner en peligro de extinción a la Calvaria. En la vida real, cualquier
estrategia de conservación debe considerar las interacciones ecológicas e
intentar la protección no de las especies como entes separados sino como
partes de un ecosistema funcional. El árbol del dodo se salvó de la
extinción gracias al ingenio de un investigador, pero ¿cuántas otras
especies de plantas están en grave peligro de extinción por carecer de su
polinizador o diseminador? No lo sabemos.
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