Evolución filogenética del dolor
Martha
Leon-Olea
A través de la
filogenia, los animales han desarrollado mecanismos cada vez más complejos para
salvaguardar la integridad del organismo. El desarrollo de la experiencia
dolorosa y la expresión del comportamiento relacionado con ella, va desde los
reflejos innatos hasta un comportamiento complejo modulado por factores
cognitivos, afectivos y socioculturales que implican necesariamente el
desarrollo evolutivo del sistema nervioso.
La investigación del dolor
ha estado estrechamente ligada con la teoría darwiniana de la evolución, ya que este fenómeno
es contemplado como un modo de reacción emocional que presentan el hombre y los
animales, integrado en las estructuras nerviosas más básicas, anteriores al
desarrollo de los primeros homínidos, y retenidas por su valor adaptativo.
El dolor en el hombre
es un mecanismo de alarma a través del cual el individuo reconoce un daño en la
integridad física de su cuerpo. A pesar de la importancia del dolor en la medicina y en la
biología, no se ha podido definir satisfactoriamente. Se ha propuesto que en el
hombre el dolor
tiene tres aspectos principales: 1) La experiencia sensorial, la cual provee
información sobre la localización, la extensión y naturaleza del daño; 2) La
experiencia desagradable que se asocia a una respuesta motora que varía en
complejidad para evitar o escapar del daño; 3) Un proceso cognoscitivo
(consciente) reflexivo de evaluación del daño y de la toma de decisiones sobre
el comportamiento a seguir. Estos tres aspectos de la experiencia dolorosa en
el hombre están íntimamente relacionados con la evolución y el desarrollo de su
sistema nervioso.
En los animales se puede inferir el dolor por la respuesta motora que provoca un comportamiento
complejo que depende también de la evolución
del sistema nervioso de cada animal y es, por lo tanto, único para cada
especie.
La habilidad para responder a los estímulos nocivos es una característica
básica de todos los animales de la escala filogenética, desde los animales unicelulares
hasta los mamíferos. Esta capacidad para detectar y reaccionar a los estímulos
que comprometen su integridad se puede incluir en el término nocicepción. Para
ello los organismos emplean receptores específicos o nociceptores, que son
estructuras para percibir los estímulos de naturaleza desagradable, y
efectores, que son estructuras que responden a la entrada de estos estímulos.
La respuesta de los efectores depende del tipo de estímulo y, posteriormente,
de la decisión central y periférica.
Para los observadores humanos es difícil interpretar el comportamiento animal.
Las descripciones de las posturas, movimientos y vocalizaciones que están
asociadas con la nocicepción pueden ser evaluadas objetivamente, pero la
interpretación de estas conductas está ligada a la experiencia humana. Los
investigadores que trabajan con animales no humanos consideran que nocicepción
y dolor son
equivalentes. Sin embargo, la actividad inducida por estímulos nocivos en los
animales menos evolucionados no necesariamente se considera indicativa de dolor. En el humano el
estímulo de los nociceptores se percibe como dolor.
La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor lo define como: “Una experiencia sensorial
y emocional desagradable asociada con un daño tisular real o potencial y que
incluye una serie de conductas relacionadas con el dolor, visibles o audibles que pueden ser
modificadas por el aprendizaje”. En contraste con la definición de dolor en los animales no
humanos, que se define, como: “Una experiencia sensorial aversiva causada por
un daño que provoca una reacción motora y vegetativa para evitarlo”. Esta
reacción es específica para cada especie.6
La habilidad para responder a los estímulos nocivos es una característica
básica de todos los animales de la escala filogenética. Analizaremos algunas especies: los
protozoarios son animales unicelulares que no poseen un sistema nervioso,
presentan una conducta aversiva que se caracteriza por aceleración o inhibición
de la locomoción, cambios en la dirección o en la forma del cuerpo como
respuesta a un estímulo nociceptivo. Sin embargo, no se considera en sí como
una respuesta nociceptiva, aunque la membrana de los protozoarios tenga zonas
especializadas que generan un potencial de receptor que provoca cambios en la
actividad de los organelos internos que, a su vez, inducen cambios en la locomoción.
Estas propiedades eléctricas de la membrana de los protozoarios presentan
muchas similitudes con las de las neuronas, e incluyen cambios en el potencial
de membrana asociados con la actividad que se puede medir, por ejemplo, en la
variación de la movilidad de los cilios.2
Las poríferas (esponjas) presentan un grado más complejo de organización de la
respuesta a los estímulos nociceptivos que los protozoarios. Hay evidencias de
una coordinación epitelial (no nerviosa) mediada por mecanismos químicos cuyo
objetivo final es obtener una respuesta integrada de estas colonias. Su
repertorio de conductas es muy limitado, por lo que no se puede decir que sean
conductas nociceptivas, pero presentan una clara contracción coordinada del
cuerpo en respuesta a una irritación física, lo cual implica un mecanismo de
conducción.2
En los cnidarios (Hydrozoa, Scyphozoa, Anthozoa) existe un sistema nervioso
simple, con redes nerviosas y un sistema de conducción eléctrica epitelial. Las
neuronas, sinapsis y los impulsos nerviosos están bien desarrollados. Estos
animales presentan una conducta antinociceptiva caracterizada por contracción
del cuerpo, retirada, y una respuesta electrofisiológica a los estímulos
nocivos químicos o mecánicos. Las colonias presentan una respuesta defensiva
integrada que se propaga, en la que el epitelio conductor juega un papel
importante. Las anémonas (Anthozoa) tienen una variedad de conductas aversivas
como agresividad y ataque hacia los animales subordinados.14
Los platelmintos ya presentan simetría bilateral, sistemas sensoriales y para
la locomoción y un sistema nervioso con una área de integración para coordinar
las actividades del organismo. Presentan conductas aversivas a través de
mecanismos centrales y periféricos. Estas respuestas son susceptibles de
habituación, y ésta reduce las conductas aversivas. El desarrollo de la
modulación central de los estímulos aversivos y la expresión de la respuesta se
puede ya considerar como una conducta antinociceptiva.11
Los insectos (Arthropoda), además de presentar las conductas de escape, tienen
respuestas hormonales en condiciones ambientales de stress que, en cierta
manera, son similares a las respuestas hormonales en situaciones de stress de
los mamíferos. El moscardón (Protophorinia terranovae), cuando se expone a
estímulos olfatorios irritantes presenta un incremento gradual en la frecuencia
cardiaca.1 La alteración en la frecuencia cardiaca en mamíferos y pájaros
expuestos a estímulos nociceptivos se considera como una respuesta al dolor.
En los anélidos existen unas células llamadas células “N” que se consideran
como nociceptores. En la lombriz de tierra (Lumbricus terrestris) las
respuestas aversivas pueden ser modificadas por analgésicos narcóticos, como la
morfina, de la misma manera que en los mamíferos. Los moluscos tienen el
sistema nervioso más sofisticado de los invertebrados, sobre todo los
cefalópodos como el Octopus vulgaris. Este organismo presenta una conducta
compleja, capacidad para el aprendizaje y un sistema sensorial muy bien
desarrollado. Incluso se han descrito vías o tractos que conducen la
información dolorosa.15
Los estudios embriológicos y anatómicos en peces, anfibios y reptiles revelan
la evolución de los
sistemas moduladores (interneuronas y formación de neuropilo) que intervienen
en la transmisión sensorial y motora. Durante el desarrollo embriológico de
estas especies la conducta se produce cada vez más en función de las
experiencias tempranas, como resultado de los engramas que se han grabado en
las conexiones neurales, así como también de la actividad progresiva del
organismo sumada a los estímulos que ocurren en el mismo tiempo. Por ende, el
comportamiento en estas especies no solamente es el resultado de la expresión
de la respuesta a un estímulo, sino que es un proceso dinámico basado en la
interacción de múltiples factores. Debido a esto el comportamiento resulta
dinámico, variable, único y creativo. En los vertebrados, el desarrollo
evolutivo del sistema nervioso da como resultado que la experiencia dolorosa y
el comportamiento relacionado con ésta, sean más variables y dinámicos. Por
otro lado, esta evolución
de los sistemas de conducción y de los sistemas moduladores que incluyen a los
sistemas antialgésicos, permite una nueva dimensión en la expresión de la experiencia
dolorosa y del comportamiento. Las conductas reflejas pasan a ser parte del
repertorio del comportamiento.
El desarrollo de la corteza cerebral en el hombre permite las actividades
cognoscitivas; la cooperación social y el lenguaje proveen la base del
desarrollo de estrategias complejas que acompañan al dolor, como es el sufrimiento. Se ha
propuesto que el dolor
en mamíferos subhumanos es similar a la experiencia dolorosa del hombre después
de una lobotomía prefrontal, esto es, la pérdida de la comprensión del
significado de muerte o mutilación, característica en algunas clases de dolor crónico.5
El dolor se reconoce
como una experiencia única e individual que está compuesta de varias
dimensiones. Desde un punto de vista filogenético se puede decir que hay tres
niveles: un nivel básico sensorial-discriminativo, en el que hay una clase de
respuesta al dolor
como la retirada o huída en respuesta a un estímulo nocivo. Este nivel se
presenta en toda la escala filogenética,
no involucra a los demás niveles y es el más discutido en el sentido de
considerarlo como dolor
o nocicepción; actualmente, en algunos casos, se le llama nocicepción. El
segundo nivel es el motivacional-afectivo, en el cual la experiencia dolorosa
previa se relaciona con los componentes motivacionales del comportamiento y no
siempre se puede considerar como una respuesta directa a un estímulo. El tercer
nivel cognitivo-evaluativo es extremadamente complejo, está influenciado por
muchas variables externas como la familia y el medio ambiente cultural y
social. Este nivel puede interactuar con, y estar influenciado por los otros
dos niveles.5
Sistemas antialgésicos
El hombre, en su afán por disminuir o quitar el dolor, ha utilizado, desde la Antigüedad,
diferentes substancias provenientes de plantas. Una de las más empleadas es la
morfina, que es un alcaloide del opio. Desde el siglo iii a.C. se conoce que el
opio y sus alcaloides se utilizaban por sus efectos analgésicos. En la década
de los setenta se descubrieron receptores específicos para la morfina en las
células nerviosas.12 La existencia de receptores sugirió la posibilidad de que
hubiera substancias producidas en el organismo parecidas a la morfina y que
formaran parte de sistemas involucrados en el control del dolor. Fue en 1975 en que se
descubrieron en el cerebro de los cerdos los primeros opioides endógenos, la
leucina-encefalina y la metionina-encefalina.3 Hasta la fecha se han descrito
más de 40 péptidos con propiedades opioides y que se producen en el organismo.
La administración de pequeñas cantidades de opioides, o de sus agonistas
exógenos, como la morfina, disminuye la sensibilidad al dolor y tiene efectos
antinociceptivos. Los antagonistas opioides como la naloxona y la naltrexona,
suprimen este efecto analgésico.
Es asombroso que, desde el inicio de la evolución, los animales presentaran muestras de la
existencia de un sistema antialgésico, tal como la presencia de opioides
endógenos. En animales unicelulares como la Tetrahymena pyriformis se encontró
la molécula precursora proopiomelanocortina (pomc) que da origen a la
ß-endorfina, uno de los opioides endógenos.10 Resulta interesante este hallazgo
ya que sugiere que los protozoarios contienen los genes que codifican un
precursor similar a los genes que codifican el precursor en los vertebrados. No
se sabe qué función puedan tener estos péptidos en los protozoarios, aunque se
ha visto que estas substancias interactúan con los receptores opioides de los
vertebrados. Esto sugiere la posibilidad de que estos péptidos puedan funcionar
como mensajeros entre los organismos.
Los péptidos opioides y sus receptores específicos se han encontrado a lo largo
de la escala filogenética.
Se identificaron por medio de técnicas inmunohistoquímicas, bioquímicas y
moleculares, se aislaron y secuenciaron en una amplia variedad de especies de
invertebrados y vertebrados. Los resultados de experimentos conductuales,
fisiológicos y farmacológicos en diferentes especies animales mostraron que los
efectos de los opioides, así como de los opiáceos, son similares a los
inducidos en los mamíferos. En un estudio realizado en 11 especies de
invertebrados marinos que incluyen a las esponjas, cnidarios, artrópodos,
moluscos y protocordados, se determinó la existencia de sitios de unión a
opioides (receptores opioides) y la presencia de metionina-encefalina.13
También se hicieron estudios en los cuales se compararon los receptores
opioides de invertebrados y mamíferos (enlace cruzado); los resultados sugieren
que los receptores opioides han permanecido estables a través de la evolución. Por lo anterior es
razonable proponer que sistemas más simples, como los de invertebrados que
presentan estos péptidos y sus receptores, puedan utilizarse para examinar el
papel que juegan los péptidos opioides, tanto en el dolor, como en otras funciones biológicas
fundamentales en las que se ha visto que participan, tales como la regulación
de la ingesta de alimentos, la regulación de la temperatura corporal, el
aprendizaje, la regulación hormonal, etcétera.
El caracol acuático (Cepaea nemoralis) y el terrestre (Helix aspersa), cuando
se colocan sobre una plancha caliente a 40-45 °C presentan, en pocos segundos,
una conducta aversiva, que consiste en levantar la parte anterior del pie. Tal
respuesta es análoga a la que presentan los roedores cuando se ponen en una
plancha caliente a temperaturas de 50-55 °C, y que consiste en levantar las
patas y tratar de escapar. Esta respuesta aversiva puede cambiar en los dos
animales al aplicarse pequeñas dosis de opioides u opiáceos.4, 8 El tiempo que
tarda en presentarse la conducta se alarga, en contraste con la aplicación de
antagonistas de los receptores opioides, situación bajo la cual el tiempo que
tardan en presentar la conducta se acorta y es dependiente de la dosis
aplicada.9
Nuestro grupo se ha interesado por conocer la existencia y distribución
anatómica de los péptidos opioides en diferentes especies animales como los
moluscos (Helix aspersa), anfibios (Ambystoma mexicanum)7 y algunos mamíferos
(gato y rata), y su relación con algunas funciones. Hemos descrito la
distribución anatómica de diferentes péptidos opioides en el ganglio nervioso
periesofágico del caracol Helix aspersa (figura 1). Llama la atención la
existencia de inmunorreactividad a encefalinas en interneuronas de la vía
sensorial del tentáculo y en interneuronas de los ganglios parietales; en esta
zona también se integran estímulos sensoriales. Cuando se administran dosis
diarias de morfina, la inmunorreactividad a encefalinas en estas células baja
de intensidad o desaparece. Esto nos habla de una regulación intrínseca en la
cual están implicados los receptores opioides. Además, la inmunorreactividad en
estas células tiene una variación estacional. Es poco intensa en primavera, muy
intensa en verano y otoño, y tiende a desaparecer en invierno, lo que sugiere
que las variaciones estacionales de la inmunorreactividad, de origen endógeno
pueden ser precipitadas por factores ambientales.8 Las neuronas de caracol in
vitro, registradas mediante técnicas electrofisiológicas, presentan respuestas
específicas al exponerse a diferentes opioides.9

La presencia de conductas
aversivas y las modificaciones de éstas, provocadas por la aplicación de
péptidos opioides, se han descrito en moluscos, peces, crustáceos, reptiles, anfibios,
aves y especialmente en mamíferos. Estas respuestas aversivas involucran una
variedad de substratos anatómicos y fisiológicos, y un mayor grado de
complejidad en la integración y la coordinación, lo que da como consecuencia un
mayor número de discrepancias en la interpretación de los mecanismos que median
las conductas aversivas. Las respuestas a los estímulos nociceptivos reflejan
cambios en otras funciones y conductas que están relacionadas con el medio
ambiente, sexo, ciclos circádicos, etcétera. Las investigaciones indican que
los péptidos opioides participan en funciones similares en organismos que
representan diferentes y distantes grupos taxonómicos. La importancia del dolor o nocicepción como una
señal de alarma en casi todos los organismos vivos se hace evidente por la
prevalencia de proteínas ancestrales, como sistemas algésicos y antialgésicos,
que prácticamente no han sufrido modificaciones a lo largo de la evolución. Estas
observaciones implican que hubo un desarrollo evolutivo temprano y una
continuidad filogenética
de estos péptidos y sus receptores.
Resulta evidente que la expresión de conductas antinociceptivas está
determinada por varios factores inherentes a cada especie, como son la
complejidad anatómica, la multiplicidad morfológica y las capacidades
fisiológicas, esto tiene como consecuencia expresiones conductuales acordes a
la complejidad de los sistemas, lo que obliga a los observadores estudiosos del
dolor a abstraerse
de la sola presencia o ausencia de patrones conductuales prototípicos y, muchas
veces, antropocéntricos, para emitir un juicio más razonado acerca de las
conductas antialgésicas, sobre todo en las especies menos evolucionadas.
Agradecimientos
Mi reconocimiento a los integrantes del laboratorio de Histología y Microscopía
Electrónica por sus aportaciones al trabajo, Eduardo Sánchez-Islas, Carolina
Miller-Pérez, Samuel Mucio-Ramírez, Feliciano Camacho. Este trabajo fue
parcialmente financiado por el proyecto conacyt mlo-29150-n.
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15 Wells M: Octopus physiology and behavioral responses of an advanced
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Martha León-Olea es investigadora del
Laboratorio de
Histología y Microscopía Electrónica de la Subdirección de Neurociencias del
Instituto Nacional de Psiquiatría.