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Fábulas
440.
Una llama se mantenía desde hacía un mes en el horno del vidriero, cuando cerca
de ella vio un cirio colocado sobre un hermoso y brillante candelabro, y con
impetuoso deseo se esforzó por alcanzarlo. Abandonando
su curso natural, separándose de las otras llamas, buscó un tizón a cuya
costa aumentó su volumen y saliendo por una pequeña grieta se arrojó sobre el
vecino cirio y con avidez y glotonería lo devoró hasta consumirlo. Queriendo
en seguida proveer a la conservación de su vida, intentó regresar al fuego de
donde había partido; pero no pudo lograrlo y así murió extinguiéndose con el
propio cirio. Finalmente entre lamentos y chispazos acabó por resolverse en
detestable humareda, en tanto que sus hermanas, las otras llamas,
resplandecían con la larga vida y belleza (C. A. 62, r.). La navaja .
441
- Saliendo un día del cabo que le servía de vaina, la navaja, puesta al sol,
vio al astro reflejarse en ella. Por ello sintió crecer una gran vanidad,
rebelándose en su interior, y diciendo para sí: "Jamás volveré a esa
tienda de donde acabo de salir. Ciertamente no. ¡No permita Dios que tan
espléndida belleza como la mía caiga en tan gran cobardía! ¡Vaya una
ocupación ésta que me obliga a rapar las barbas enjabonadas de estos villanos
rústicos, y que me somete a un oficio mecánico! ¿He nacido acaso para
realizar semejante oficio? Ciertamente, no. Me ocultaré en algún lugar
escondido y pasaré la vida en perfecto reposo". Y
así diciendo se ocultó por varios meses, y un buen día, volviendo a salir,
salta fuera de su vaina v se halla semejante a una sierra oxidada y ve que su
superficie ya no reflejaba el espléndido sol. Con vano arrepentimiento
deplora su irremediable desgracia, diciendo: "¡Oh!
¡Cuánto mejor era trabajar en casa del barbero; porque allí mi filo se
mantenía cortante y ahora lo he perdido! :Dónde está el brillo de mi superficie?
¡La herrumbre implacable y brutal lo ha devorado!" Lo
mismo les ocurre a los espíritus que dejan la actividad, para entregarse al
ocio. Como esta navaja, pierden ellos el filo de su sutileza y la herrumbre
de la ignorancia los deforma. (C. A. 172, v.). El papel y la tinta. 442.
Viéndose todo manchado por la espesa negrura de la tinta, el papel se
lamenta; pero la tinta le demuestra que las palabras que han sido trazadas
sobre él serán la causa de su conservación. (R. 1322). El agua. 443.
Hallándose en el mar soberbio, su elemento, el agua empieza a ambicionar a
elevarse por encima del aire, y ayudada por el fuego elemental, se levanta en
sutil vapor, que parece tan sutil como el propio aire. Pero subiendo alcanza
una región más elevada y más fría donde el fuego la abandona y sus pequeños
corpúsculos condensados ya, comienzan a unirse, se hacen más pesados y
comenzando a caer la orgullosa agua, es derribada. Caída
del cielo, fue bienvenida para la tierra seca y sedienta en cuyo seno,
absorbida por mucho tiempo, hizo penitencia y expiación de su pecado. (SKM. III, 98, v.). El castaño y la higuera. 444.
El castaño, contemplando a los hombres trepados en la higuera torciendo sus
ramas al revés para arrancar los frutos maduros y meterlos en sus abiertas
bocas devorándolos al instante, agitó sus largas ramas y exclamó con un
murmullo entrecortado: ¡Oh, higuera, cuánto peor te trata la naturaleza que a
mí! ¡Mira cómo mis delicados hijos están protegidos! ¡Primero vestidos de una
fina envoltura, y luego recubiertos por una piel dura y resistente! ¡Y no
contentos con la protección que les brinda su fuerte cáscara, tienen por
encima de ella las espinas recias y punzantes, que impiden que la mano del
hombre los dañe!"
Entonces
la higuera se puso a reír, y cuando hubo terminado, le contestó: "El
hombre tiene tal carácter que cosecha tus frutos con palos y piedras,
mientras las serpientes se pasean por tus ramas, haciendo tan poco caso de
tus frutos que una vez caídos son aplastados por sus pies, de manera que,
arrancados de sus armaduras, hacen compañía a los guijarros. A mí en cambio
me toman cuidadosamente en sus manos; en tanto que a ti, la gente se acerca
armada de palos y de piedras" (C. A. 67, v.). La nuez y el muro. 445.
Una nuez que había sido llevada hasta lo alto cíe un campanario por una
corneja, cayó, libre ya del pico mortal. Rogó entonces al muro que por la
gracia de Dios que lo había hecho tan alto y lo había enriquecido con una
campana tan hermosa, dotada de un sonido tan bello, que la protegiera ya que
ella, la nuez, no había podido tener la felicidad de caer bajos las verdes
ramas de su anciano padre, el nogal, sobre la tierra nutricia, cubierta por
las caídas hojas. Y le pidió que no la abandonara. Dijo
que después de haber pasado por el pico de la terrible corneja, sólo deseaba
cambiar de existencia y terminar su vida en un pequeño rincón. Conmovido y
lleno de simpatía ante tales palabras, el viejo muro se sintió obligado a
proteger la nuez y dejarla reposar en el lugar en que había caído. Pero,
en poco tiempo, el nogal comenzó a desarrollar y deslizar sus raíces entre
las grietas de las piedras y a alargar sus ramas fuera del agujero en que se
había escondido. Sus ramas muy pronto se levantaron por encuna del edificio y
sus nudosas raíces, engrosadas y robustas, comenzaron a partir el muro, y a
separar las antiguas piedras de su posición. Entonces
fue que el muro, demasiado tarde y ya inútilmente, comprendió la razón de su
desdicha y en poco tiempo asistió a la ruina y destrucción de la mayor parte
de sus propios miembros. (C. A. 67, v.). El perro y la pulga. Un
perro dormía sobre una piel de cabrito. Una de sus pulgas, movida por el olor
de la lana, juzgó que ese debía ser un lugar mejor para vivir y estar a salvo
de los dientes y de las uñas del perro, y, sin pensarlo más, abandonó a éste.
Metida
ya en lo más espeso del pelambre, comenzó con gran fatiga a querer alcanzar
la raíz de los pelos. Después
de mucho sudar y afanarse descubrió que nada se podía hacer: las raíces
estaban secas, y los pelos tan apretados que resultaba casi imposible el
llegar hasta la piel. Desesperada por este descubrimiento trató de volver a
saltar sobre su perro; pero éste ya se había alejado de allí. Después de
largos sufrimientos 'y de insoportables remordimientos, la infeliz pulga se
vio obligada a dejarse morir de hambre. (C. A. 119, r.). La ostra y el cangrejo. 447.
Bajo la luz de la luna llena, la ostra se abre sin ninguna desconfianza. El
cangrejo que la vigila desde alguna piedra próxima, se lanza sobre ella y la
devora. Así sucede a los que abren la boca y dejan escapar su secreto,
convirtiéndose en las víctimas de los indiscretos oyentes. (C. A. 67, v.). Malas compañías. 448.
La viña, que toda su vida había vivido aferrada al viejo árbol, cayó junto
con él y fue arrastrada por su infeliz compañero hacia la misma ruina. (R.
1314). 449.
El sauce, que orgulloso de sus largas frondas quiso crecer hasta superar toda
otra vegetación, por haberse asociado con la viña que todos los años es
cosechada, fue también estropeado por esta razón. (R. 1314). El mirlo y la morera. 450.
Una morera, sintiendo sobre sus sutiles ramas, llenas de frutos nuevos, los
golpes de las garras y el pico de un mirlo importuno, lanzaba desolados
reproches contra él y le preguntaba por qué la despojaba de sus delicados
frutos y le pedía que por lo menos no la privara de las hojas que la
defendían de los ardientes rayos del sol y que no destruyera con sus uñas la
delicada corteza de sus ramas. A
estas quejas, el mirlo contestó de mala manera: -¡Cállate, rústico hierbajo!
¿No sabes acaso que la naturaleza te obliga a producir tus frutos para
alimentarme a mí? ¿No ves que yo soy el único en el mundo que me sirvo de
este alimento? ¿Acaso no sabes, desdichada, que el próximo invierno servirás
de pasto a las llamas? La
planta escuchaba estas palabras con paciencia, pero no sin lágrimas. Poco
después el mirlo fue atrapado por un cazador, el que cortó algunas ramas de
la morera y con ellas hizo una jaula para encerrarlo. Las ramas de la planta
se convirtieron así en los barrotes de la jaula que hizo perder la libertad
al pájaro. Y entonces la morera le dijo: -¡Oh,
mirlo! ¡Yo todavía no he sido consumida por el fuego, según tu profecía; y en
cambio te veo antes prisionero a ti, que me devorabas! ... (C. A. 67, v.). Las plantas y el peral. 451.
Viendo que los leñadores cortaban el peral, el laurel y el mirto exclamaron: -¡Oh,
peral! ¿Qué será de ti? ¿Dónde está el orgullo que mostrabas cuando te
hallabas cubierto de maduros frutos? ¡Ahora ya ni siquiera sombra podrás
hacer, como antes la dabas con tu tupido follaje!
Y
el peral respondió: –Me
voy con el jardinero que me corta. Él me llevará al taller del mejor escultor,
que mediante su arte me hará tomar la forma del dios Júpiter. Seré consagrado
en el templo y los hombres me adorarán lo mismo que a Dios. Y vosotros, mirto
y laurel, os halláis en la condición de quienes serán destruidos. Vuestras
ramas serán cortadas por el hombre y colocadas en torno a mí para rendirme
culto. (C. A. 76, r.). El asno y el hielo. 452.
Un asno se durmió sobre el hielo que cubría la superficie de un profundo
lago. Su calor hizo derretir el hielo y el asno cayó en el agua y se ahogó.
(C. A. 67, v.). La hormiga y el grano. 453.
Una hormiga encontró un grano de mijo y se lo iba a llevar, cuando el grano
le dijo: –Si
tú me haces la gracia de dejarme gozar de mis ansias de nacer, yo te
devolveré ciento por uno. Y así sucedió. (C. A. 67, v.). Falso esplendor. 454.
Vana y aturdida, la mariposa no se contentaba con poder volar libremente por
el aire y viendo la fascinante llama de la candela, se propuso volar sobre
ella. Su alegre impulso fue seguido de un repentino dolor. Sobre el calor de
la luz, sus frágiles alas se consumieron y el infeliz insecto cayó quemado al
pie del candelero. Después
de muchas quejas y lamentaciones, enjugó las lágrimas que bañaban sus ojos y
levantando al cielo su rostro dijo: -¡Oh,
engañadora luz! ¡A cuántos como a mí debes haber engañado alevosamente! Tonta
de mí que quise ver de cerca tu resplandor. ¿No debía haber sospechado la
diferencia que existe entre el esplendor del sol, y el falso lucir de una
llama salida del sucio sebo que te constituye? ... (C. A. 67, r.). El pato y el halcón. 455.
El halcón no podía soportar con paciencia la jugarreta que el pato le hacía
al huir de su persecución, escondiéndose bajo el agua. Por ello resuelve
seguirlo. Se moja las plumas y allí se queda sin poder salir. El pato, entre
tanto, sale del agua, vuela por los aires, y se ríe del halcón que se ahoga.
(H. 44, v.). Leyenda del vino y de Mahoma 456.
Encontrándose en una rica taza de oro sobre la mesa de Mahoma, el vino, jugo
divino de la uva, se envanece con la gloria de semejante honor; pero al mismo
tiempo, inquietado por un sentimiento contradictorio, se dice a sí mismo: -¿Qué
estoy haciendo? ¿De qué me enorgullezco? ¿No estoy acaso a punto de abandonar
esta dorada habitación de mi taza para entrar en la grosera y fétida caverna
del cuerpo humano, y de ver transformado mi fragante licor en sucio y triste
deshecho? ... ¡Y
como si tal desgracia no fuera suficiente, todavía tendré que permanecer por
largo tiempo conviviendo con repugnantes substancias, en sucios reductos,
hasta salir finalmente del cuerpo humano! ... Movido
por tan triste pensamiento, el vino levantó sus quejas al ciclo y clamó
venganza por semejante afrenta, y gritó que tal decadencia y miseria
terminarían el día en que en los países que produjeran los más bellos y
abundantes racimos del mundo, la uva no fuera transformada en vino. Oyendo
esto, Júpiter, hizo que el vino que Mahoma había bebido excitara su alma en
contra de su razón, lo enloqueciera, y le inspirara tales errores que
promulgó una ley que prohibía a los asiáticos beber vino. Desde
esa época, los frutos de la viña, son abandonados en la planta. (C. A. 76,
r.). |
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