Esta serie de artículos es una recopilación de los que semanalmente publican en el suplemento “Ciberpaís”, Manuel Moreno y Jordi José, sobre los aciertos y fallos científicos de las películas y obras literarias de ciencia-ficción. Recomiendo vivamente leerlos todas las semanas, son estupendos. Aquí recopilo los que hablan de animales, o sobre la física de los seres vivos.
1.- ¡Corre, que te pillo!, pero cuesta arriba
En enero de 1973, una nave terrestre con 10 astronautas
llega a Marte.
Seis meses después sólo el coronel Carruthers, jefe de la
expedición,
sigue con vida. Una nave de rescate recoge al único
superviviente. "Marte
es tan grande como Tejas. ¡Tal vez hasta existan
monstruos!", comenta en
tono jocoso uno de los astronautas. Y los hay. Una criatura
monstruosa, de
forma humanoide, con tres dedos en manos y pies y unas uñas intimidadoras,
irá diezmando uno a uno a los miembros de la tripulación a
base de
extraerles "todos los fluidos comestibles del
cuerpo".
Es el argumento del filme It! The terror from beyond space
(1958),
película
heredera de una socorrida tradición de criaturas prácticamente
indestructibles y repugnantes, empeñadas en perseguir a las
representantes
femeninas de la raza humana, que se remonta a las revistas
pulp y a los
primitivos relatos de ciencia-ficción y que tendrá su
culminación en una
película de argumento similar, Alien, el 8º pasajero (1979).
¿Cuál es la mejor estrategia para enfrentarse a este tipo de
monstruos
ante los que de nada valen los intentos de llegar a un
acuerdo amigable?
Está claro que si de nada sirven los tiros, ni los gases, ni
las
radiaciones, como intentan los protagonistas del filme, lo
mejor es...
salir pitando.
Sin entrar a considerar los aspectos biológicos de la
criatura
extraterrestre, de rasgos más o menos humanoides y con una
estatura que
ronda los dos metros, podemos analizar qué posibilidades
tendría un ser
humano de huir de tal ser con un ¡pies, para qué os quiero!
Si en el
intento de huida el o la protagonista (generalmente, esta
última) corre
por un terreno horizontal, el monstruo alienígena acabará, a
buen seguro,
dándole alcance. En cambio, tendrá más opciones si corre por
una cuesta.
Veámoslo.
Para subir por una pendiente se necesita vencer la atracción
gravitatoria,
el peso (sin tener en cuenta el rozamiento). La energía por
unidad de
tiempo, o potencia, necesaria para subir depende de la masa
del cuerpo (y
de la gravedad, pero ésta es la misma para ambos corredores:
monstruo
perseguidor y terrícola perseguida) y de la velocidad a la
que se
asciende. Por otra parte, la potencia desarrollada por los
músculos
depende de su sección transversal y es, por tanto,
proporcional al
cuadrado del tamaño.
Comparando las expresiones de ambas potencias, se deduce que
la velocidad
de la carrera a lo largo de una cuesta es inversamente
proporcional al
tamaño del corredor. Esto significa que, para animales o
seres de forma
semejante, cuanto más grande sea el tamaño, más pequeña será
la velocidad
que pueden desarrollar en subida. Por tanto, la heroína
tendría más
posibilidades de poder deshacerse del feroz monstruo
humanoide subiendo
por una pendiente.
En la saga de novelas sobre el aventurero planetario John
Carter, iniciada
con Una princesa de Marte (1912), la fantasía de Edgar Rice
Burroughs
(creador de Tarzán) pobló el planeta Marte con unos monstruos
depredadores
gigantes: los banths. Al igual que muchos otros escritores,
más
preocupados por presentar a monstruos y extraterrestres de
formas exóticas
que por ver cómo encajan éstos en el ecosistema, Burroughs
dejó de lado
proporcionar a esos
monstruos marcianos animales herbívoros (o similar)
con los que poder alimentarse. Aunque quizá la intención del
novelista era
tener a esos seres siempre hambrientos a la espera de
incautas presas
humanas. Féminas, mejor.
Nota del editor de “Fieras,
alimañas y sabandijas”: es sumamente
ilustrativo de lo que se cuenta en este artículo que las liebres, cuando son
sorprendidas escapan siempre cuesta arriba, como conocen bien todos los
cazadores.
2.- Los dragones son incapaces de levantar el
vuelo
El país de Urland se ve arruinado por la presencia de un
terrible dragón.
Nadie osa enfrentarse a él y el rey, para evitar desmanes
mayores, se ve
forzado a pagar el tributo del sacrificio de las doncellas
del reino al
tiránico monstruo.
Un archiconocido argumento de cuentos y leyendas de la
literatura y el
folclor universales, plasmado en este caso en el filme El
dragón del lago
de fuego (Dragonslayer, 1981).
En el filme, el dragón Vermithrax Perjorative es un titánico
ser de 27
metros de envergadura, 12 de estatura y 2 toneladas de peso.
Posee unas
temibles garras, es capaz de volar y puede arrojar fuego por
la boca hasta
una distancia de 10 metros.
Señor de la desolación y del fuego, tirano de reinos,
alegoría del mal y
eterno enemigo de la felicidad humana, la presencia de este
monstruo
legendario está siempre asociada al género fantástico. Sin
embargo, en
épocas pasadas algunos creyeron en su realidad física. Estos
monstruos no
podrían ser nunca como nos los pintan. A los problemas de su
constitución
corporal, ya analizados otras veces, cabe añadir la
imposibilidad de que
estas descomunales criaturas puedan volar.
La fuerza de sustentación que actúa sobre un ala es
proporcional a su
superficie, a la densidad del aire y al cuadrado de la
velocidad respecto
del aire. La forma del ala y el ángulo formado por la dirección
del flujo
de aire y el ala (ángulo de ataque), determinan el
coeficiente de
proporcionalidad (coeficiente de sustentación). En vuelos
realizados a
altura constante, la fuerza de sustentación equilibra el peso
del objeto
volador. En los animales voladores las alas son mecanismos de
sustentación
y de propulsión.
Esto hace que el vuelo sea de una gran complejidad: la fuerza
de
sustentación sigue resultando fundamental aunque tanto el
coeficiente de
sustentación como la
superficie alar y la velocidad varían en las
diferentes fases del movimiento. En la actualidad, el mayor
animal volador
es el albatros, con una envergadura de 3,5 metros y 10 kilos
de peso.
En épocas antediluvianas existieron reptiles voladores aún
más grandes,
como el pterosauro de más de 11 metros y unos 18 kilos. Estas
enormes
criaturas no podían alzar el vuelo corriendo y batiendo
simplemente sus
alas. Para volar se lanzaban desde acantilados y aprovechaban
las
corrientes de aire caliente en ascenso. Consideraciones sobre
la potencia
requerida para volar a una determinada velocidad permiten
estimar que la
masa máxima que puede tener un animal capaz de volar por su
propios medios
sería inferior a los 20 kilos. Y con ese peso no hay dragón
que espante a
princesa alguna.
Jordi José y Manuel Moreno son profesores de física de la
UPC.
3.- Las hormigas sí se ahogan en una gota de
agua
Las fuerzas de cohesión dominan ese mundo
Una hormiga obrera, Z, forcejea desesperadamente al verse
atrapada en el
interior de una gota de agua. Es una escena de Hormiga Z, que
tiene como
protagonistas a hormigas, claro: la neurótica Z, que
encenderá la llama de
la revuelta en el hormiguero; la abnegada soldado Weaver, la
princesa Bala
y la taimada general Mandible.
En el mundo de estos pequeños, cotidianos y fascinantes seres
cobran
importancia fuerzas que apenas son relevantes en el nuestro.
Las fuerzas
de atracción entre moléculas, denominadas fuerzas de
cohesión, de origen
eléctrico, gobiernan el mundo de las pequeñas dimensiones.
Así, en un líquido, una molécula que se encuentre lejos de la
superficie
resultará atraída por el resto de moléculas que la rodean.
En cambio, las moléculas situadas en la superficie sólo son
atraídas por
las vecinas y por las que encuentran debajo, y tienen
tendencia a
desplazarse hacia dentro del líquido.
Las moléculas superficiales experimentan, en conjunto, una
atracción hacia
dentro del líquido debida a las otras. Esto hace que la
superficie libre
de los líquidos se comporte como si se tratase de una
membrana elástica.
La fuerza por unidad de longitud resultante se denomina
tensión
superficial. La tensión superficial tiende a contraer la
superficie de los
líquidos y es la responsable, entre otros efectos, de que las
gotas de un
líquido tiendan a adquirir forma esférica.
El tamaño máximo que alcanzan las gotas de agua formadas en
una gotera
depende de la relación entre el peso, que las empuja a caer,
y la tensión
superficial que las mantiene adheridas al techo.
A un nadador que se zambulle en el agua no le resulta difícil
vencer la
tensión superficial. Juegan a su favor el peso de su cuerpo y
la pequeña
superficie que presenta cuando contacta con el líquido. Un
ave marina
aprovecha para pescar la inercia conseguida (peso y
velocidad) en el vuelo
en picado y así penetrar en el agua.
Sin embargo, a los seres pequeños les es muy dificultoso
romper esa
membrana. Algunos insectos acuáticos, incluso, se sirven de
ello para
deslizarse sobre la superficie del líquido sin hundirse.
Aunque está por ver si Z, nuestra hormiga protagonista,
sobreviviría a la
caída de una gota de agua de tamaño comparable al de su
propio cuerpo, la
escena del filme ilustra de forma espléndida las dificultades
del insecto
para superar la tensión superficial: una vez engullido por la
gota, le
resulta del todo imposible romper la membrana elástica de la
superficie de
la misma. Sólo el providencial impacto con el suelo liberará
al insecto de
su prisión.
Pese a que a los humanos nos separan muchas cosas de las
hormigas, el
tamaño es una diferencia muy importante. Basándose en ello,
el naturalista
Frits W. Went da argumentos para justificar por qué las
hormigas no han
llegado a dominar la Tierra.
Entre otros está el que las hormigas no puedan hacer uso del
fuego. El
tamaño crítico de una hoguera es mayor que el tamaño medio de
una hormiga
(alrededor de 1 cm). ¿Se imaginan que las dimensiones de la
llama de una
cerilla fuesen comparables a nuestra talla?
Las hormigas tampoco pueden utilizar armas ni herramientas:
lanzas y picos
pierden efectividad cuando se reducen de tamaño. ¿Cómo
excavar un túnel
con un minúsculo pico incapaz de generar la energía cinética
necesaria?
Por supuesto, las hormigas no pueden fumar ni hablar tal como
lo hacemos
los humanos: no poseen pulmones para absorber el humo ni por
su interior
circulan corrientes de aire que, procedentes de los mismos,
activen sus
cuerdas vocales. Todo lo cual no invalida para nada esa
pequeña joya que
es Hormiga Z.
4.- Marcianos: ni pequeños ni cabezones
Mientras conduce por una tranquila carretera, una pareja de
adolescentes
atropella a un pequeño ser cabezón que se cruza
inesperadamente en su
camino. Es la avanzadilla de una invasión de hombrecillos
procedentes de
Marte, empeñados en conquistar la Tierra. Matan a sus
víctimas (reducidas
al borrachín del pueblo y una vaca) inyectándoles una dosis
de alcohol con
sus punzantes uñas. La sobredosis alcohólica (o, tal vez, su
ínfima
calidad) conduce a un estado de embriaguez mortal. Al final,
los propios
jóvenes salvarán a la humanidad de la amenaza. Se trata del
filme Invasion
of the Saucer Men (1957), una parodia de las clásicas y
tópicas invasiones
de hombrecillos verdes venidos del planeta rojo.
Películas más recientes, como Men in black, suministran un
catálogo mucho
más rico y extenso de seres extraterrestres, aunque sus
rasgos, bien es
cierto, mantienen un sospechoso parecido con insectos,
animales o formas
terrestres. Otras imaginan formas de vida alienígena de lo
más variopinto:
minerales (The Monolith Monster), vegetales (El enigma de
otro mundo) o
seres informes (The Blob). Buen ejemplo
de lo que la imaginación humana es
capaz de crear. Sin embargo, el ser extraterrestre por
antonomasia es el
pequeño hombrecillo cabezón, de color verde o gris y con unos
enormes ojos
almendrados. A falta de una confirmación con pruebas
incontrovertibles,
podemos apuntar algunos argumentos que ponen en entredicho la
procedencia
y forma de estos seres. En primer lugar, no acaba de cuadrar
su origen
marciano. En caso de existir y a tenor de las leyes de
escala, en Marte,
cuya gravedad es poco más de un tercio de la terrestre,
cabría esperar
individuos de estatura mayor que la nuestra.
En segundo lugar, el estereotipo de ser inteligente
(¿inteligente?; poco
dice a su favor el que decidan siempre recalar en la Tierra)
es una cabeza
enorme, donde se aloja un cerebro más grande, sobre un
pequeño cuerpo. No
deja de ser otra contradicción: una cabeza mayor requiere un
cuerpo más
robusto para sostenerla. Además, hoy en día sabemos que el tamaño
del
cerebro no guarda una relación directa con el grado de
inteligencia del
mismo.
En el siglo pasado se creía que los hombres más eminentes de
la sociedad
debían poseer cerebros mayores y que hombres de raza negra,
mujeres y
clases pobres tenían cerebros menores, lo que venía a
justificar el lugar
inferior que ocupaban en la sociedad. Paul Broca, un eminente
profesor de
cirugía clínica francés, fue un abanderado de estas teorías.
La disección
de colegas fallecidos, que tenía por objeto la extracción
para la
posterior medición y pesaje del cerebro, llegó a convertirse
en una
práctica habitual entre los craneometristas o medidores de
cabezas. El
cerebro del propio Broca sólo pesaba 1.424 gramos, un poco
más del peso
medio de un cerebro humano adulto, que oscila entre 1.300 y
1.400 gramos.
Otros muchos hombres de pro dieron marcas realmente pobres,
mientras que
criminales y otras gentes de mal vivir batían récords de
peso. La
craneometría pronto dejaría de ser considerada una teoría
científica.
Descartada, pues, la relación del tamaño del cerebro con la
inteligencia,
¿qué queda en pie de esa imagen del pequeño hombrecillo
marciano de enorme
cabeza? Tal vez sólo la justificación de su belicosidad y su
malhumor
permanentes (recuérdese por ejemplo, Mars Attack!), una
consecuencia del
mareo que sufren en sus naves giratorias, los también
clásicos platillos
voladores. Con un cabezón así, ya se sabe...
5.- Ni todo son dinosaurios, ni todos vivieron a la vez
UN DINOSAURIO SURGE de las profundidades marinas
atraído por
el sonido de la sirena de un faro.
-¡Parece un dinosaurio!
-Sí, uno de la tribu.
-¡Pero murieron todos!
-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy,
muy abajo, en
los más abismales de los abismos.
El evento
se salda con la destrucción del faro y la vuelta al
mar del gran reptil. Pero el argumento de La
sirena en la
niebla (1952), relato corto de Ray Bradbury,
serviría de base
para la película El monstruo de tiempos remotos
(1953), de
Eugène Lourie, una pequeña joya que inauguraba la
prolífica
etapa de los filmes de
monstruos-antediluvianos-despertados-por-la-radiación-atómica
que han
aterrorizado al público.
En este caso, a raíz de unas pruebas nucleares en
el Ártico,
un rhedosaurio (especie inventada -mezcla de
brontosaurio,
pero con cabeza de alosaurio y cuerpo de ser
mitológico- de
unos 15 metros de envergadura) es liberado de un
bloque
glaciar donde permanecía hibernado desde hace
cien mil años
(!).
La bestia, que tiene un mal despertar, se
dirigirá imparable
hacia la ciudad de Nueva York (¿para qué
conformarse con
minucias?) ante la incredulidad del paleontólogo
de turno (¡no
es para menos!). En su periplo, acabará
merendándose un pulpo
gigante, algún que otro tiburón y, ya en la
ciudad, a un
policía, además de destrozar el mobiliario urbano
y sembrar el
pánico. Al ser herido, se descubre que su sangre
es venenosa.
Así que
será preciso acabar con el monstruo sin derramar ni
una gota. Tarea encomendada a un experto tirador
(Van Cleef)
que logrará abatirlo inoculándole un isótopo
radiactivo, en
una memorable escena en un parque de atracciones
de Coney
Island.
Por una vez, el título en castellano del filme
resulta mucho
más adecuado que el original. Dado que fathom es
una medida
inglesa de
profundidad equivalente a 1,8 metros
(aproximadamente, una braza), resulta que el
irascible
dinosaurio, obra del mago de la animación Ray
Harryhausen,
provendría de algún lugar situado a unos 36
kilómetros de
profundidad. Por lo que se sabe, las simas
marinas más
profundas rondan los 11 kilómetros de
profundidad. ¿Dónde
está, pues, ese sitio?
Muchos son los tópicos sobre los archifamosos
dinosaurios, ese
grupo amplio de reptiles que constituyeron las
formas de vida
animal dominantes en la Tierra durante la era
secundaria o
mesozoica, de 180 millones de años de duración,
dividida en
los periodos triásico, jurásico y cretácico, y
que concluyó
dramáticamente para estas especies hace 65
millones de años
(¿no cabían en el Arca de Noé?).
Los
grandes reptiles marinos de la época, como el ictiosaurio,
o voladores, como el pterosaurio, no se
consideran
dinosaurios. Los verdaderos cuentan con numerosas
especies y,
en contra de la idea extendida sobre su gran
tamaño, había
dinosauros de todas las tallas: desde herbívoros
enormes como
el brontosaurio o el diplodocus -las mayores
criaturas que han
existido sobre tierra firme-, hasta pequeños
carnívoros como
el velocirraptor (popularizados por Jurasic Park)
e incluso
menores.
La profusión de diferentes grupos y especies de
dinosaurios de
la que hacen gala algunos filmes (Cavernícola,
Cuando los
dinosaurios dominaban la Tierra, Hace un millón
de años), es
también errónea. No todas las especies vivieron a
la vez, sino
que evolucionaron a lo largo de toda la era
secundaria.
Tampoco el carácter tosco, poco evolucionado o
sanguinario con
el que se acostumbra a pintarlos en la ficción es
correcto.
Cada vez hay más evidencias de que se trataba de
animales
bastante evolucionados, de sangre caliente, como
los actuales
mamíferos e incluso los antepasados directos de
las aves. Y
por supuesto, nunca coincidieron con el hombre ni
con los
antepasados de éste (¿oído señor Ringo Star y
señora Raquel
Welch?).