Esta serie de artículos es una recopilación de los que semanalmente publican en el suplemento “Ciberpaís”, Manuel Moreno y Jordi José, sobre los aciertos y fallos científicos de las películas y obras literarias de ciencia-ficción. Recomiendo vivamente leerlos todas las semanas, son estupendos. Aquí reúno los que hablan de animales o tienen alguna relación con ellos.
6.- E.T., la ternura
de unos ojazos extraterrestres
No siempre los seres extraterrestres que desembarcan en
nuestro planeta lo
hacen con aviesas intenciones. Algunos sólo se han extraviado
y andan
buscando refugio y algún amiguete con quien compartir las
penas. Es el
caso del simpático y bondadoso E.T., protagonista del filme
de Steven
Spielberg E.T., el extraterrestre (1982).
Nunca un par de iniciales contuvieron tanta dulzura y
sensiblería en la
forma de un ser alienígena. Por una vez, no son seres
repulsivos a quienes
resulta lícito exterminar. Sus rasgos humanos y, en especial,
sus grandes
ojos, despiertan sentimientos de ternura en el espectador. Un
recurso bien
conocido y utilizado en los dibujos animados y un atributo
también
remarcable y habitual de los extraterrestres: enormes ojazos
negros con
forma de almendra. ¿Tienen sentido este tipo de ojos?
En el proceso de la visión, cuando la luz llega a los ojos
penetra a
través del iris, y se enfoca, mediante un sistema de lentes
constituido
por la córnea y el cristalino, sobre la retina. Allí unas
células
fotosensibles, los conos y bastones, emiten impulsos
eléctricos que son
transmitidos a través del nervio óptico al cerebro, quien
elabora su
interpretación.
Con un diámetro de unos 2,5 centímetros, el ojo humano posee
propiedades
notables que hacen del mismo una estructura única. Abarca un
campo de
visión de casi 180 grados, puede cambiar el enfoque pasando
rápidamente de
distancias cortas al infinito y su poder de resolución está
próximo al
límite impuesto por la difracción (efecto de las
interferencias entre las
diferentes partes de la misma onda que restringe la nitidez
de las
imágenes).
El ojo humano no es el único tipo de ojo, aunque muchos
animales
superiores terrestres tienen ojos esencialmente idénticos. Su
tamaño no
puede ser demasiado pequeño, pero tampoco mucho mayor. Los
animales
grandes no necesitan ojos dotados de una resolución mejor que
la de un ser
humano, que se encuentra en el límite permitido por la
difracción y, por
tanto, no son mucho más grandes.
Los animales pequeños, como los pájaros, poseen ojos mayores,
en
comparación con el tamaño de sus cuerpos, que los de los
seres humanos.
Esto se debe a que las células fotosensibles del ojo tienen
el mismo
tamaño en todos los ojos de los animales que utilizan este
sistema de
visión.
Por todos estos motivos, aunque la mayoría de los órganos de
los animales
terrestres tienen un tamaño que está relacionado con la talla
del
individuo, el ojo de los animales vertebrados es independiente
de la
envergadura del animal.
¿Cuál podría ser la justificación, razonable, de esos ojos
enormes? En el
siglo XVIII, el naturalista Wolff señalaba que los
hipotéticos habitantes
de los planetas deberían ser más altos cuanto más alejados se
encontrasen
sus mundos del sol. Según él, la retina de sus ojos debería
estar tanto
más desarrollada cuanto menor fuese la cantidad de luz
recibida, y el
tamaño de sus cuerpos debería estar de acuerdo con el desarrollo
de la
retina.
Aunque esta hipótesis pasa por alto la influencia
determinante de la
gravedad, aporta una posible característica del mundo de
procedencia de
estos extraterrestres de grandes ojos: se trataría de un
entorno poco o
mal iluminado (un planeta alejado de su sol o con una densa
atmósfera
capaz de absorber gran cantidad de luz; o una cueva). O son
criaturas
nocturnas.
Sin embargo, todo esto no concuerda con sus brillantes
apariciones, por lo
común, a bordo de sus naves con gran despliegue de
pirotecnia, colorido y
luces cegadoras: quedarían encandilados o deslumbrados. Algo
que no casa
tampoco con los interiores impecablemente blancos y
perfectamente
iluminados de sus naves. A no ser, claro, que esos grandes
ojos negros no
sean más que... ¡enormes gafas de sol que protegen a sus
sensibles ojos de
los rigores luminosos de nuestro planeta!
7.- Un humano gigantesco y bello es físicamente imposible
Gorilas e insectos gigantescos y seres monstruosos pueblan el
universo de
la ciencia ficción. Pero son contadas las películas en que
aparecen seres
humanos agigantados.
Las más destacadas: El gigante ataca (The Amazing Colossal
Man, 1957) y El
ataque de la mujer de 15 metros (Attack of the 50ft Woman,
1958). Sus
protagonistas son, respectivamente, el coronel Manning y la
señora Nancy
Archer. El primero, al exponerse accidentalmente a la
radiación por una
explosión atómica, crece a un ritmo de 1,5 metros diarios y
se convierte
en un gigante de más de 18 metros de tamaño; la segunda
aumenta
desmesuradamente de altura al ser alterada su estructura
genética por una
fuerza alienígena que emerge de un platillo volante con el
que topa.
Su gigantismo, por mucho que se recurra a radiaciones
atómicas o
alienígenas, está fuera de lugar. Aunque la radiación es un
agente físico
causante de alteraciones del material genético del organismo
(mutaciones),
resulta muy difícil imaginar que dé lugar a tan drástica y
rápida
alteración del propio individuo.
Además, al igual que King Kong y Godzilla , ambos seres
descomunales no
tienen ninguna posibilidad de vencer las inexorables leyes
que impone la
escala: se verían aplastados por las 50 o 100 toneladas de su
propio peso.
Y eso sin tener en cuenta numerosos problemas fisiológicos
-asfixia e
insuficiencia renal, entre otros- a los que sus organismos
deberían hacer
frente. Por ejemplo, mientras que la cantidad de tejido
celular con
necesidad de oxígeno crece con el cubo de la longitud a
medida que se
aumenta de tamaño, la capacidad de absorción por parte de los
pulmones es
proporcional a su superficie y, por tanto, al cuadrado de la
longitud. Las
necesidades vitales de oxígeno del organismo no serían
satisfechas y se
produciría la muerte por asfixia.
No obstante, podemos imaginar cómo debería ser la apariencia
física de
estos hipotéticos gigantes. Las mejillas de un humano poseen
una
superficie de una veintena de centímetros cuadrados y tienen,
aproximadamente, un centímetro de grosor.
Su masa resulta ser unas cuantas decenas de gramos. En
comparación, las
mejillas de estos gigantes sería 103 superior -puesto que su
tamaño es
unas 10 veces mayor que el de un ser humano adulto- y
tendrían, por tanto,
un peso de 20 kilogramos.
A causa de la falta de rigidez de la carne y, especialmente,
de la grasa,
la cara (y el cuerpo) de nuestros aparentemente bien
proporcionados
gigantes sería espantosa. En todo caso, no serían un buen
modelo de
estética.
Nada que ver con lo que nos induce a creer el cartel
publicitario de la
película El ataque de la mujer de 15 metros. ¿Qué quedaría de
esas
rotundas y turgentes formas de la señora de tamaño normal una
vez
convertida en gigante? Tal vez, conscientes de ello -o faltos
de
presupuesto-, los guionistas del filme representaron a la
giganta la mayor
parte del tiempo por una peluda y ajada mano (de caucho) con
la manicura
bastante descuidada. Algo que los guionistas de la versión
moderna de este
filme (1994) no hicieron, para mayor lucimiento de la actriz
Daryl Hannah.
Ambos filmes ilustran las dificultades de los seres de este
tamaño para
vivir en un mundo que no está hecho a su medida.
En una escena puede verse a Manning, el asombroso hombre
colosal,
intentando leer un libro que no es mayor que su pulgar. El
tamaño de las
letras resulta para él tan diminuto que ni forzando la vista
puede llegar
a descifrarlas. Sería, en comparación, como intentar leer un
libro en
miniatura cuyas letras midieran una décima de milímetro, en
lugar de los 1
o 2 milímetros normales.
Condenados a la reclusión forzosa y a una existencia
miserable -la
anormalidad parece no tener cabida en nuestra sociedad-, no
es extraño que
Manning se escape a las primeras de cambio de la base militar
donde se
halla bajo estudio y provoque el pánico. Y que la señora
Archer (en la
versión de 1994) no dude un instante en subirse a un platillo
volante para
alejarse de este mundo...
8.- Jurassic Park III: Entre las garras de un pterosaurio (y 3)
RELATA
MARCO POLO: "Los habitantes de Madagascar cuentan que
en determinada estación del año llega de las
regiones
australes un ave extraordinaria que denominan
Roc. Su forma,
parecida a la del águila, es incomparablemente
más grande. El
Roc es tan fuerte que levanta con sus garras a un
elefante,
vuela con él por los aires y lo deja caer para
devorarlo
después. Los que han visto al Roc aseguran que
las alas miden
16 pasos y que las plumas tienen 8 pasos de
longitud. El
aventurero Simbad vive un episodio increíble al
utilizar una
de estas aves como medio para alcanzar la cima de
una montaña,
colgándose con su turbante de una de sus patas
sin que el
pájaro note nada". Esta ave imaginaria
podría tener relación
con el pájaro elefante que habitó en Madagascar
hasta que fue
exterminado en el siglo XVII. Parecido a un enorme avestruz y
con unos 450 kilos de peso era, como aquélla,
incapaz de alzar
el vuelo. ¡Adiós al suculento banquete de
costillas de
elefante!
La narración en
cuentos de la existencia de grandes aves u
otras criaturas voladoras capaces de llevarse en
volandas
grandes presas terrestres no deja de ser una
falacia más a la
que el cine nos acostumbra. Basta recordar en
Parque Jurásico
III, las escenas en la monumental pajarera donde
aparecen
pteranodones. Una excelente recreación de esas
criaturas, los
pterosaurios, los primeros vertebrados voladores,
que
dominaron los cielos terrestres durante 150
millones de años.
Sin rivales en el cielo, colonizaron los
continentes y
evolucionaron hacia una amplia variedad de formas
y tamaños,
mucho antes de que apareciesen las aves.
La controversia ha rodeado siempre a estos
campeones del aire
que, aunque comparten el estrellato de la era
secundaria con
los dinosaurios, no son dinosaurios voladores. En
un reportaje
de National Geographic sobre estos seres se
comenta cómo
Collini, el primer naturalista que estudió un
fósil, en 1784,
se mostraba perplejo ante sus características. En
1791, el
anatomista francés Cuvier supuso que se trataba
de un reptil
volador cuyo cuarto dedo sostenía un ala (aunque
no se había
fosilizado). Lo bautizó como Pterodactylus
(combinación de ala
y dedo, en griego). Decenios más tarde, se acuñó
el término
pterosaurio (reptil alado) para agrupar fósiles
similares
hallados.
Con sus siete metros de envergadura, el
pteranodon era un
hábil depredador piscívoro (¿de dónde, pues,
provendrá su
fijación por las presas humanas?) capaz de volar
grandes
distancias a ras de mar con las alas extendidas
para
aprovechar los vientos y ensartar con su duro y
afilado pico a
incautos peces. No fue el más grande. En el
límite de las
posibilidades del vuelo animal, otro pterosaurio,
Quetzalcoatlus, superó los 11 metros. Son los
mayores animales
voladores conocidos. En comparación, el albatros,
la mayor ave
actual, apenas alcanza los 3,5 metros con las
alas extendidas.
¿Podían despegar del suelo con una simple carrera
y un batir
de alas? A una ave pequeña le basta saltar hacia
el aire y un
par de aleteos para adquirir su velocidad de
vuelo; una ave
mayor necesita correr por el suelo o por la
superficie del
agua para adquirir esta velocidad.
Un sencillo modelo de escala (véase Ciberp@ís,
9-9-1999)
permite entender estas diferencias: la velocidad
mínima para
alzar el vuelo depende de la raíz cuadrada del
tamaño del
animal volador. La velocidad mínima de vuelo de
un vencejo es
de unos 21 km/h. Un avestruz, decenas de veces
superior,
debería superar los 100 km/h. Algo fuera de su
alcance. No
sorprende que esta ave no pueda alzar el vuelo.
¿Cómo podían
volar, pues, los pterosaurios? Pese a sus
dimensiones, estos
colosos del aire eran muy ligeros, con pesos
inferiores a 20
kilos. Dotados de huesos huecos, alas amplias,
largas y finas
y unos potentes músculos pectorales (según se
cree, puesto que
estos tejidos blandos casi nunca aparecen
fosilizados),
poseían una estructura ultraligera ideal para el
vuelo
planeado.
Aunque los pterosaurios más pequeños eran capaces
de volar
gracias a un enérgico aleteo, estos gigantes
aprovechaban las
corrientes ascendentes de aire caliente, para
remontarse muy
alto. Difícilmente hubiesen podido capturar
grandes presas y
remontar el vuelo con ellas.
9.- El acecho de la criatura de la laguna negra
La Laguna Negra, ¡qué maravilla! Es como otro
mundo". ¿Qué
misterio encierra semejante lugar de la selva amazónica para que una expedición
científica ponga sus miras en él? El hallazgo de una garra fósil de origen
desconocido. Pero hay algo más. Es el insospechado hábitat de una criatura
antropomorfa prehistórica. Se trata del filme The creature from the Black
Lagoon (1954), traducida aquí como La mujer y el monstruo.
Algunos asocian la
idea del filme al hallazgo real, a finales de diciembre de 1938, de un raro
espécimen marino, verdadero fósil viviente, considerado extinguido hacía más de
65 millones de años: el celacanto (en 1952, entre Madagascar y Mozambique, fue
capturado otro ejemplar).
Otros apuntan a
relatos sobre legendarios encuentros en la selva amazónica (¿dónde si no?) entre
exploradores humanos y enigmáticos hombres pez. En cualquier caso, se trata de
una magnífica y modélica película, enésima revisión en clave de ciencia ficción
del mito de la bella y la bestia, que inaugura el subgénero de las películas de
monstruos, y que cuenta con dos continuaciones: Revenge of the creature
(1955) y Creature walks among us (1956).
El concepto de
ritmo metabólico permite analizar una actividad compleja característica de los
animales acuáticos: la inmersión. La energía consumida por un animal por unidad
de tiempo procedente de los alimentos que ingiere recibe el nombre de ritmo
metabólico. Esta magnitud depende del ritmo con el que se absorbe el
combustible necesario para que se produzcan los procesos metabólicos: el
oxígeno, que depende a su vez de la superficie de los pulmones. Así, el ritmo
metabólico depende de la superficie y, por tanto, del cuadrado de la longitud
del animal.
Durante la
inmersión, el gasto energético de un mamífero marino es igual al producto de su
ritmo metabólico por el tiempo de inmersión. Esta energía es proporcional a la
cantidad de oxígeno almacenada en los pulmones y en la sangre del animal al
inicio de la zambullida: depende del volumen del animal. Así, el tiempo de
inmersión depende del tamaño o, en términos de la masa, de la raíz cúbica de la
masa del animal. Un animal grande permanece bajo el agua más tiempo que otro
más pequeño de forma semejante. Mientras que un cachalote puede sumergirse del
orden de media hora, una ballena de masa 10 veces superior superará la hora.
Si la relación
fuese aplicable al caso de la criatura anfibia del filme, podríamos estimar el
tiempo que resiste sin respirar bajo las transparentes aguas de la Laguna Negra
en comparación con el hombre. Bajo esta hipótesis, y dado que el tamaño de este
ser es como el de un humano, deducimos que los tiempos de permanencia bajo el
agua deberían ser comparables. No podemos ir más allá en este análisis ya que
no sabemos qué mecanismo usa para permanecer tanto tiempo sumergido como nos
muestra el filme.
Sí parece claro
que los guionistas desconocían la relación del tiempo de inmersión con la talla
del animal; o quizá la interpretaron al revés. Mientras que en las escenas
subacuáticas bajo el traje del monstruo estaba el nadador olímpico R. Browning,
capaz de aguantar la respiración subacuática entre cuatro y cinco minutos, en
las otras escenas se recurrió a otro actor, más alto y robusto que sus
oponentes masculinos, el ictiólogo Dr. Reed y el codicioso financiero Williams,
aumentando así el aspecto amenazador de la criatura.
A la postre, uno
toma partido por este ser fascinante y justifica su comportamiento. ¿A quién no le molestaría
que unos intrusos, por mucho espíritu científico que los guíe, invadan su
idílico hábitat e intenten arponearlo, drogarlo, quemarlo y tirotearlo?
10.- Ojos y orejas de otros mundos
En la cantina del puerto espacial de Mos Eisley se dan cita
extraños
visitantes procedentes de los rincones más remotos de la
galaxia.
Devaronianos de prominentes cuernos, cabezones músicos bith,
seres de
cabeza triangular y brillantes ojos... Otros individuos de
razas más o
menos inteligentes, como los pequeños y peludos ewoks, los
codiciosos y
bajitos jawas o los inclasificables wookiees, como Chewbacca,
pululan
también por la saga de La Guerra de las Galaxias.
No son los únicos. Innumerables variedades de formas de vida
habitan esa
galaxia. Es un magnífico muestrario de razas extraterrestres
que rompe con
el tópico de los pequeños hombrecillos verdes protagonistas
de tantas
invasiones de la Tierra, un universo único, rebosante de
vida, situado en
una "galaxia lejana, muy lejana".
Se hace así difícil especular sobre si la morfología y los
rasgos físicos
de esos alienígenas de la ficción se corresponde con lo que
cabría esperar
dadas las condiciones físicas imperantes en sus planetas nativos.
No
obstante, resulta razonable suponer que las soluciones
adoptadas por la
vida para desarrollarse están condicionadas por el entorno. Y
ahí, las
leyes de la física, la química y la biología imponen sus
restricciones.
En La amenaza fantasma nos encontramos con Jar Jar Binks, un
nativo del
planeta Naboo. Servicial, torpón y con una cierta propensión
a meterse en
líos, este alienígena pertenece a una raza de seres anfibios,
los Gungan,
que viven en la ciudad sumergida de Otoh Gunga.
De apariencia humanoide, Jar Jar posee un largo hocico que le
confiere un
aspecto de caballo o camello, unas largas y caídas orejas
parecidas a las
de un conejo y unos brazos con una piel como tatuada que recuerda
al
lagarto.
Pese a que nada se nos explica acerca de cómo ha evolucionado
esta
especie, algo podemos colegir por comparación: las grandes
orejas pueden
servir a Jar Jar y a sus congéneres para eliminar el exceso de
calor de su
cuerpo, al ayudar al enfriamiento de la sangre, como hacen
algunos
animales que habitan en climas calurosos, como los elefantes.
Otros rasgos resultan más difíciles de comprender. ¿Para qué
han
desarrollado un largo y flexible cuello si pueden llegar más
alto con las
extremidades? La jirafa usa su largo cuello para alcanzar el
alimento
situado a cierta altura del suelo, algo que Jar Jar podría
hacer estirando
simplemente sus brazos. El hocico del que hace gala esta
especie es típico
de los cuadrúpedos terrestres que necesitan meter la boca y
hurgar entre
lo que comen. Pero si uno está provisto ya de manos que
realizan este
cometido, ¿para qué necesita un hocico? Quizá en el caso
concreto de Jar
Jar la cosa esté justificada: ¡se trata de un individuo tan
nervioso y
desmañado que tiene problemas para utilizar sus manos!
Pero el rasgo de Jar Jar más prominente son sus ojos. Su
situación en la
parte superior de la cabeza resulta curiosa. Tal disposición
permite
combinar tanto la visión frontal (percepción estereoscópica
típica de los
animales carnívoros para situar a las presas) como poseer un
amplio campo
de visión (característica de los animales herbívoros que así
controlan a
los depredadores).
Otra de las ventajas es que con esta distribución existe más
espacio
disponible para el cerebro dentro del cráneo. Pero la gran
desventaja es
que los ojos son más vulnerables que cuando están cobijados
en el mismo
cráneo. Los órganos sensoriales de los vertebrados se hallan
bien
protegidos. Incluso en el cocodrilo, cuyos ojos se hallan
situados en un
lugar parecido, están a cubierto bajo una porción de hueso.
Como señala la
astrofísica Jeanne Cavelos, los ojos de Jar Jar son su talón
de Aquiles:
una caída, un golpe en la cabeza o un simple y certero
mordisco de
cualquier depredador y... ¡adiós sentido de la vista para
siempre!