Esta serie de artículos es una recopilación de los que semanalmente publican en el suplemento “Ciberpaís”, Manuel Moreno y Jordi José, sobre los aciertos y fallos científicos de las películas y obras literarias de ciencia-ficción. Recomiendo vivamente leerlos todas las semanas, son estupendos. Aquí reúno los que hablan de animales y otras criaturas extrañas.
11.- Parque cretácico: el mundo real de los dinosaurios
UN REPUTADO PALEONTÓLOGO, el doctor Alan Grant,
ansioso por
encontrar financiación para desarrollar su nueva
teoría sobre
los velocirraptores, es persuadido por un
aventurero a volver
a la isla de Sorna, otrora emplazamiento de la
todopoderosa
InGen y escenario de sus temerarios experimentos
de clonación
de dinosaurios... Tercera entrega de la popular saga
iniciada
con Jurassic Park, 1992, ("Parque
jurásico") cuya acción
transcurre unos cuatro años después de la odisea
narrada en
The Lost World: Jurassic Park II, 1996, ("El
Mundo perdido")
con una nueva legión de
terribles dinosaurios campando a sus
anchas por la remota isla de Sorna.
El mundo de los dinosaurios ha fascinado a la
humanidad desde
el descubrimiento del primer fósil, simples
fragmentos de un
fémur y algunos dientes de gran tamaño, allá por
1822. Por
semejanza con los dientes de una iguana, se
bautizó al primer
animal fósil como iguanodon (diente de iguana).
Poco después,
Richard Owen, un profesor en Oxford, estimó las
dimensiones
del iguanodon utilizando como escala el tamaño
del diente de
una iguana. Resultado: ¡entre treinta y sesenta
metros de
longitud!...
(aunque estimaciones posteriores, basadas en el
hallazgo de costillas y vértebras, redujeron su
tamaño a siete
metros). Owen denominó a estos animales
dinosauria, lagartos
terribles,
tras notar ciertas semejanzas estructurales entre
un iguanodon y un cocodrilo.
Hacia 1975, un geólogo norteamericano, Walter
Álvarez,
estableció la posible causa de la extinción de
dichos lagartos
terribles: los fósiles existentes en los estratos
geológicos
consecutivos de los periodos Cretácico y
Terciario, de una
antigüedad aproximada de 65 millones de años,
presentaban un
cambio
extraordinariamente brusco.
Los estratos del Cretácico mostraban abundantes
fósiles de
dinosaurios, ammonites y otras especies. En los
del Terciario,
por contra, dichos fósiles brillaban por su
ausencia.
Posteriormente se descubrió que entre ambos
estratos existía
una fina capa de arcilla, muy rica en iridio, un
elemento
extraordinariamente raro en la Tierra y
relativamente
abundante en
algunas rocas meteoríticas. Dichos resultados
llevaron a sugerir que un meteorito de unos 10
kilómetros de
tamaño chocó con la Tierra hace unos 65 millones
de años,
propiciando extraordinarios cambios climáticos
que llevaron a
la extinción de los dinosaurios y de otras muchas
especies
animales y vegetales (en los últimos 600 millones
de años de
historia geológica, se han producido 5 grandes
extinciones de
especies).
Sólo gracias a la saga de Parque Jurásico y a la
magia del
cine, la raza humana ha podido ver de cerca a
tales lagartos
terribles, algo que filmes como One Million Years
B.C., 1966,
("Hace un millón de años") han ignorado
por completo,
mostrando anacrónicos enfrentamientos entre
primitivos humanos
(y una nada primitiva Raquel Welch) y titánicos
dinosaurios,
extinguidos millones de años antes que la raza
humana hiciera
acto de presencia en el planeta...
En la solitaria isla de Sorna, fornidos tricerátops,
ágiles
velocirraptores y violentos tiranosaurios, luchan
a muerte por
su supervivencia. Pero, podemos preguntarnos:
¿cuán apropiado
resulta el término jurásico? Mediante diversas
técnicas de
datación (con radioisótopos o a partir de la
orientación de
fragmentos de magnetita congelados en los
estratos, técnica
conocida como magnetoestratigrafía) se ha podido
constantar
que el
triceratops, primer dinosaurio cornudo descubierto
(1889), habitó la Tierra en el Cretácico.
Los velocirraptores (o utahraptors),
distinguibles por una
terrible garra en forma de hoz a cada pie,
vivieron hace unos
112-100 millones de años, también en pleno
periodo Cretácico.
Y el temible tiranosaurio, de unos 14 metros de
largo y unas
cinco toneladas de peso, vivió hace 'sólo' 67-65
millones de
años. Otras especies dominaron la Tierra en el
Jurásico o en
el Triásico. ¿Parque Jurásico? Puede, aunque
Parque cretácico
tampoco hubiera estado mal.
12.- 'El planeta de
los simios' ilustra la relatividad
Sorprende el buen nivel de inglés de los simios
Una nave interestelar surca el cosmos. Su misión: corroborar
las nuevas
teorías sobre la distorsión del tiempo a velocidades próximas
a la de la
luz.
Taylor, comandante de la nave, contempla con mirada triste el
paso
ocasional de algunas nebulosas. El resto de la tripulación,
dos hombres y
una mujer, hiberna en tanques criogénicos. El silencio es
absoluto. Así
comienza uno de los
filmes más emblemáticos de la historia de la ciencia
ficción, El planeta de los simios (1968).
Los planos iniciales de Taylor y la nave espacial se centran
en el cuadro
de mandos. Allí, dos relojes registran la fecha actual, en la
nave y en la
Tierra. Tras seis meses de viaje, la fecha en la nave
corresponde al 14 de
julio de 1972. El calendario de la Tierra señala el 23 de
marzo del 2673.
La Tierra ha envejecido algo más de 700 años... Tal y como
sostiene la
teoría de la relatividad espacial, postulada por Albert
Einstein en 1905,
el ritmo con el que fluye el tiempo es relativo al estado (la
velocidad)
del observador.
Así, la diferencia de tiempos que ilustra la película está de
acuerdo con
una de las implicaciones más sorprendentes de la relatividad.
Basta que la
nave se aleje de la Tierra a velocidades próximas a la de la
luz. ¡Premio
para el guionista!
Esta dilatación del tiempo, registrada tanto por los relojes
de la nave
como biológica y psicológicamente, no representa un fenómeno
aparente,
sino que corresponde a un retraso real en el ritmo con que
fluye el
tiempo. De hecho, diversos experimentos en la Tierra han
confirmado las
predicciones de la teoría sobre la naturaleza del tiempo.
Con la mínima información contenida en esta secuencia de El
planeta de los
simios, se puede deducir la velocidad de la nave espacial,
cuyo resultado
es muy próximo a la velocidad de la luz (sólo un 0,00003%
menos).
Pocos años antes, en la novela homónima del francés Pierre
Boulle, se
planteaba la elevada velocidad de la nave que en el año 2500
partía de la
Tierra rumbo a la estrella Betelgeuse, en la constelación de
Orión: la
colosal velocidad distaba de la de la luz en una cantidad
infinitesimal,
del orden de una milmillonésima.
A la velocidad con que se aleja la nave de la película, la
casilla del
calendario que registra el día terrestre debería avanzar una
unidad cada
60 segundos de tiempo de la nave (similar al ritmo de los
técnicos de
efectos especiales de la película).
El filme presenta otros aspectos no tan bien tratados. ¿Puede
una mutación
dotar de habla a una raza de simios en sólo 2.000 años? Eso
por no hablar
de la inexistente evolución del idioma: tras 2.000 años, los
simios hablan
un perfecto inglés del siglo XX. Por no citar el curioso
orden en el que
resultan eliminados los astronautas de la misión: primero la
mujer (que
muere en el tanque criogénico sin pronunciar palabra), a
continuación el
hombre afro-americano... Sólo se libra el prototipo del
americano medio:
Ojos claros Taylor.
En la secuela Regreso al planeta de los simios, se envía una
nave de
rescate en auxilio de la primera expedición, perdida en ese
mundo
desértico, la Tierra futura, habitado por simios parlantes
cuyo deporte
favorito parece ser... ¡la caza del hombre!
La dilatación del tiempo abre otra serie de interrogantes: a
los seis
meses del lanzamiento de la primera nave, todo parecía en
orden a bordo.
Pero en la Tierra habían transcurrido ya 700 años. ¿Quién y
con qué
objetivo decide enviar una misión de rescate? Aún más, ¿cómo
es posible
que algunos miembros de la misión de rescate conocieran
personalmente a
Taylor? Realmente eran "viejos" amigos...
13.- Spiderman debería ser más pequeño para escalar paredes
Su tamaño hace imposible que se aguante
¿Lo hará o no lo hará?, se preguntan los curiosos que se han
congregado en
la calle, mientras observan impotentes el peligroso balanceo
de un suicida
sentado en el alféizar de la ventana del séptimo piso de un
edificio. Al
darse cuenta de lo que sucede, el atribulado fotógrafo del
periódico Daily
Bugle, Peter Parker, que se halla por casualidad en el lugar,
da rienda
suelta a su identidad oculta. Visto y no visto. Se enfunda un
llamativo y
ajustado traje de color rojo y azul con el símbolo de una
araña dibujado
en el pecho y, ¡hala!, ya lo tenemos convertido en el
sorprendente hombre
araña dispuesto a deshacer el entuerto. El superhéroe se
dirige
resueltamente hacia el edificio y, ante la sorpresa general,
trepa con una
agilidad pasmosa por la pared para alcanzar la posición del
suicida.
Ésta es una proeza reservada sólo a esos campeones del bien,
dotados de
habilidades fantásticas, que son los superhéroes. La escena
descrita
corresponde al filme Spiderman (Spider-Man, 1977), una de las
incursiones
cinematográficas de este popular personaje originario del
cómic.
En nuestro mundo, sólo los insectos, los arácnidos y algunos
animales de
talla menuda son capaces de trepar por las paredes y caminar
por los
techos. Existe un tamaño crítico por encima del cual los
organismos no
pueden realizar estas acciones por sus propios medios. Éste
viene dado por
el equilibrio existente entre las fuerzas que entran en
juego. Por una
parte está el peso o fuerza de atracción de la gravedad, que
empuja hacia
el suelo. Por otra, la fuerza de cohesión, de origen
eléctrico, que tiende
a mantener adherido el objeto a la pared. Mientras la primera
depende de
la masa y, por tanto, del volumen (tamaño al cubo), la
segunda es función
directa del tamaño. Así, a medida que aumentan las dimensiones
del
organismo, la fuerza peso se convierte en dominante y resulta
imposible
emular a esos pequeños escaladores. Los escarabajos y las
salamanquesas,
otros huidizos trepadores que se hallan en los límites del
tamaño crítico,
poseen unas patas
almohadilladas cuyas pequeñas protuberancias les
permiten aferrarse a las diminutas irregularidades de
superficies
aparentemente lisas.
Por muy amplificados que sean sus poderes ("tiene la
fuerza de una araña,
pero proporcional a su
tamaño") y aunque pueden imaginarse mecanismos o
artilugios para justificar sus hazañas (ventosas en manos y
pies,
electroimanes, etcétera), lo cierto es que a un ser de talla
humana le
resulta imposible subir por una pared o mantenerse colgado
del techo. Y no
digamos ya desplazarse con agilidad. Todo lo más, con un gran
entrenamiento y fortaleza física, es factible, como hacen
algunos
escaladores, ascender con dificultad por una pared de roca
aprovechando
salientes y oquedades. Conscientes de ello, en las nuevas
entregas en
cómic de las aventuras de este personaje los guionistas han
dotado los
guantes y botas de su traje de minúsculos y resistentes
garfios capaces de
imitar los mecanismos
utilizados por animales como los descritos.
El final de la gesta realizada por Spiderman puede
considerarse falto de
sentido común. Tras conseguir llegar hasta el suicida,
Spiderman carga con
él y sube, por la misma pared, hasta la azotea del edificio.
¿No resultaba
más sencillo, una vez alcanzada la ventana, entrar en el piso
y bajar o
subir por la escalera o el ascensor, como todo el mundo?.
14.- 'Tarzán de los Monos' y el lento crepúsculo de su selva
UNA EXPEDICIÓN se abre camino a golpe de machete
entre la
lujuriosa vegetación que bordea el río. El calor
es sofocante.
Uno de los porteadores da un traspié y cae a las
oscuras
aguas. Un cocodrilo al acecho se sumerge en pos
de la
indefensa presa... Pero ahí está el hombre mono,
Tarzán, para
salvar al desdichado. Surge de la pluma del
escritor
norteamericano Edgar Rice Burroughs, en la novela
Tarzán de
los monos (1912).
Con más de 80 películas -desde Tarzan of the apes
(1918) hasta
Greystoke (1984), el personaje vivió su época
dorada cuando
fue interpretado por el nadador olímpico Johnny
Weissmuller.
Etapa iniciada con el filme Tarzán, el hombre
mono (1932). En
las entregas que seguirán, el hombre mono abandonará
pronto su
soledad.
A excepción de la primera película de esta etapa,
en la que
las escenas de la selva se rodaron realmente en
África, en el
resto, sus aventuras acontecen en una selva
demasiado pulcra,
más parecida a un cuidado jardín, porque se
filmaron en los
estudios. Cuestión de presupuesto. Eso sí,
algunas de las
escenas africanas auténticas se intercalaron
entre las tomas
de estudio, y se fueron repitiendo en los filmes
posteriores.
ÀCómo podríamos discernir si las escenas están
rodadas en el
entorno donde pretendidamente acontece la acción
y no en un
estudio?
Basta fijarse en la duración del crepúsculo. El Sol,
en su movimiento aparente por la esfera celeste,
reflejo del
movimiento de rotación de la Tierra, describe
círculos
paralelos al ecuador celeste (proyección en la
bóveda celeste
del ecuador terrestre).
El tiempo que el astro emplea en recorrer la
parte de ese
círculo que se halla por encima del horizonte
determina la
duración
del día. De no ser por la atmósfera, la transición
del día a la noche o al revés sería instantánea.
Sin embargo,
la refracción de los rayos luminosos solares
causada por la
atmósfera permite que veamos luz cuando el Sol
aún no ha
salido por el horizonte (aurora o crepúsculo
matutino) y la
sigamos viendo cuando ya se ha puesto (crepúsculo
vespertino).
La duración del crepúsculo depende de la época
del año y de la
situación geográfica. En latitudes geográficas
intermedias,
como España, cuando el Sol se pone o sale recorre
más
distancia bajo el horizonte que cuando hace lo
propio en
latitudes ecuatoriales (latitud geográfica cero):
el paralelo
celeste que describe en el primer caso está
inclinado respecto
del plano del horizonte, mientras que en el
segundo es
perpendicular.
En consecuencia, la duración del crepúsculo (por
definición,
el tiempo transcurrido desde que vemos
desaparecer por el
horizonte el borde superior del disco solar hasta
que su
centro se encuentra 18 grados por debajo de aquél
o viceversa
-crepúsculo astronómico-) será mayor en nuestras
latitudes que
en zonas ecuatoriales. Cuando la transición del
día a la noche
o al revés acontezca de forma más rápida de la
que estamos
acostumbrados podemos afirmar que la escena ha
sido rodada en
un lugar de latitud geográfica próxima al ecuador
y que la
selva que se nos
muestra no es de pacotilla.
15.- La voz más aguda de 'La mosca' es verosímil
La reducción del tamaño altera la frecuencia
Algo fue mal en el experimento con un transmisor de materia.
La inesperada
intromisión de una vulgar mosca dio al traste con las
expectativas creadas
por su diseñador, el científico André Delambre.
En el desafortunado proceso de mezcla molecular, éste es
convertido en un
engendro monstruoso con cabeza y patas de mosca, mientras que
el insecto
adquiere la cabeza del humano. Es el argumento de la
excelente película La
mosca (The Fly, 1958), basada en un relato de George
Langelaan, y objeto
de varias secuelas.
En la conmovedora escena final, el insecto con cabeza humana,
atrapado en
una tela de araña, pide socorro con una frecuencia de voz tan
alta que
apenas resulta audible.
Dejando al margen la cuestión de si el proceso de transmutación
planteado
en el filme es posible (¿se conserva la masa?), la referida
escena es del
todo verosímil y concuerda con lo que cabría esperar al
reducir el tamaño.
Los animales, como el hombre, emiten sonidos gracias a unos
pequeños
músculos cuya tensión puede variarse a voluntad: las cuerdas
vocales. Al
abrirse o cerrarse parcialmente, producen las vibraciones del
aire que dan
lugar a la emisión de sonidos. Un sencillo modelo permite
asimilarlas a
una cuerda de una cierta longitud sometida a una tensión. Una
vez fijada
la tensión y la densidad de la cuerda, la frecuencia de
vibración tiene
una dependencia inversa con el cuadrado de su longitud y, por
tanto, con
el tamaño del animal.
El modelo explica,
cualitativamente, las frecuencias de los sonidos
emitidos por buena parte de los animales: cuanto menor es el
animal, tanto
más aguda (frecuencia más alta) resulta ser su voz. Esto
explica por qué
en una misma familia de instrumentos musicales, los más
pequeños producen
sonidos de frecuencias superiores. Compárense, por ejemplo,
un violín con
un contrabajo. ¡Bravo, señor guionista!
En la película El chip prodigioso (Innerspace, 1987) este
efecto se tiene
en cuenta a medias. El cambio de frecuencia con el tamaño
resulta
apreciable en los humanos reducidos a la mitad del tamaño
normal (mediante
una máquina de nombre harto elocuente, el miniaturizador),
los cuales
hablan con una voz más aguda. No es así en el caso del humano
reducido a
una escala microscópica. El motivo es obvio: los espectadores
del filme
serían incapaces de oír lo que dice.
También en el filme Mars Attacks! (1996) se tiene en consideración
este
efecto de variación de la frecuencia del sonido cuando se
modifica el
tamaño. El general Decker cambia su varonil voz por otra más
aguda, tras
ser miniaturizado por los belicosos alienígenas invasores.
Por una vez,
los guionistas tienden
a ajustarse a la realidad.
La frecuencia del sonido producido depende así mismo del peso
molecular
del medio por el cual se propaga.
En la película Sphere (1998), la acción transcurre en una
plataforma
submarina situada a gran profundidad. Para disminuir los
efectos de la
compresión y la descompresión a las que deben someterse los
personajes en
sus continuas salidas de exploración, la atmósfera del
interior del
hábitat contiene una alta concentración de gas helio.
Al inicio del filme, los protagonistas ríen sorprendidos al
oír sus voces
mucho más agudas. Precisamente, lo que sería de esperar en un
ambiente en
esas condiciones: el peso molecular del helio es inferior al
del aire.
¡Los guionistas vuelven, nuevamente, a acertar! Incluso, para
evitar al
sufrido espectador unas voces tan chillonas el resto del
filme, dotan a
los personajes de unos magníficos transductores que permiten
que sus voces
vuelvan a ser normales.
Y es que, a menudo, la realidad es mucho más maravillosa y
sorprendente
que la ficción.