Esta serie de artículos es una recopilación de los que semanalmente publican en el suplemento “Ciberpaís”, Manuel Moreno y Jordi José, sobre los aciertos y fallos científicos de las películas y obras literarias de ciencia-ficción. Recomiendo vivamente leerlos todas las semanas, son estupendos. Aquí recopilo los que hablan de animales, o sobre la física de los seres vivos.
16.-
Jurassic Park III: pisotones descomunales
UN
RUIDO ENSORDECEDOR surge de las profundidades de la jungla. El suelo comienza a
estremecerse. Bajo un crujir de árboles, un colosal dinosaurio carnívoro se
abre paso, imparable, entre la maleza. El eco de sus pisadas es una señal de
aviso que hiela la sangre de sus ateridas presas...
Los
dinosaurios son los protagonistas absolutos de esa trilogía, por ahora, que es Parque
jurásico. Estandarte de la extinta raza que dominó, otrora, la Tierra, el tiranosaurio
rex ostentaba a buen seguro, por su tamaño y voracidad, el cetro de poder
entre los de su estirpe. Temible depredador, una de sus cualidades más
emblemáticas era su extraordinaria corpulencia. Enormes y musculosas patas le
otorgaban la fuerza motriz necesaria para recorrer grandes distancias a una
velocidad considerable.
Patas
anormalmente gruesas si se las compara con las extremidades de otras especies
bípedas de menor tamaño (el ser humano, pongamos por caso). Un resultado
esperable si se piensa en los pesos que dichas estructuras deben soportar: unos
70 kilogramos, para un ser humano medio; entre 7 y 10 toneladas, para un
tiranosaurio (véase Ciberp@ís, 26-2-1999).
En
esta tercera entrega, y para no ser menos, la banda de Spielberg recurrió a
otro gigante, del mismo suborden que los dinosaurios carnívoros (carnosaurus),
capaz de plantarle cara al mismísimo tiranosaurio. Se trata del spinosaurio o
reptil espinoso con el que abríamos este artículo. Esta increíble criatura, de
unos 12 metros de tamaño y unas 10 toneladas de peso, se caracteriza por una
alta cresta que surge de su lomo y unas fauces similares a la de un ciclópeo
cocodrilo, más adecuadas para su actividad depredadora marina que para
enfrentarse a otros dinosaurios carnívoros (como muestra el filme).
Las
monumentales huellas de pisadas de las patas de estas criaturas, que aparecen
en el filme, resultan verosímiles si se tiene en cuenta la enorme masa de estos
seres monstruosos. En todo caso, concuerdan con el tamaño de los registros
fósiles hallados realmente. En cambio, no parecen acertados los efectos
recreados: el temblor del suelo y la vibración de árboles y estructuras que
acompañan el pesado aunque ágil caminar de estos enormes dinosaurios bípedos.
La rigidez y solidez de la corteza terrestre requiere perturbaciones mucho más
violentas para generar vibraciones de su superfice (ondas sísmicas).
Por
ejemplo, los descomunales gusanos de centenares de metros de longitud y decenas
de anchura que habitan el desértico planeta Dune, donde transcurre la acción de
la película y saga novelística Dune (1984), generan pequeños seísmos en
sus desplazamientos. Su ondulante movimiento puede así ser detectado por una
especie de sismógrafos clavados en el suelo por el que transitan.
En un
divertido artículo publicado en una revista de geofísica, D. Stone se hace eco
del potencial bélico de otro patadón descomunal: el propiciado por los más de
1.100 millones de chinos, saltando hipotéticamente al unísono desde la misma
altura. Los cálculos de Stone muestran que un salto desde unos 2 metros ¡induciría un
terremoto de magnitud 5 en la escala de Richter! Sin embargo, la eficacia de
tal arma estaría limitada por los terremotos de enorme poder destructivo que el
mero salto produciría... en su propio país.
El
físico J. Walker ha señalado que los efectos destructivos del salto podrían
amplificarse por resonancia. Para ello, bastaría con repetir el salto cada 54
minutos aproximadamente, que es el tiempo invertido por una onda sísmica en
propagarse alrededor de la Tierra.
Una
nación atacada podría usar, a modo de defensa, ondas sísmicas que interfirieran
destructivamente con las agresoras, aunque para compensar su menor población,
sus pisotones deberían ser mucho más energéticos. Cosa que podría conseguirse
saltando desde mayor altura. ¿El arma definitiva? Seguramente, no,
porque ¿cómo conseguir poner de acuerdo a todo un país para dar un
salto en el mismo instante?
17.- Para despeñarse,
cuanto más pequeño mucho mejor
'El
increíble hombre menguante' tiene ventajas
Cuando se halla en
su yate en alta mar, Scott Carey se ve envuelto por una extraña nube.
A partir de ese
momento, ya nada será igual para él: sufrirá un imparable proceso de reducción
de tamaño. El sótano y el jardín de su casa cobran una nueva dimensión. Su
propio gato y una araña se tornan enemigos implacables. Lo familiar y lo
cotidiano se convierten en algo extraordinario, amenazador y peligroso. Se
trata del argumento de un clásico indiscutible, El increíble hombre
menguante (1957). Una película que, además de las aventuras y desventuras
que correrá por el mundo de lo diminuto, narra la odisea personal y el viaje
introspectivo del protagonista. "A veces pienso que es el mundo el que ha
cambiado y que yo soy el normal", sentencia Scott.
Contrapunto de los
humanos agigantados protagonistas de los filmes El gigante ataca y El
ataque de la mujer de 15 metros, este Pulgarcito está también fuera de
lugar.
Dejando a un lado
el imposible método de reducción de tamaño y los problemas estructurales que
surgen cuando se aumentan o reducen las dimensiones sin tener en cuenta las
leyes que impone la escala, el perplejo protagonista se vería enfrentado a
insuperables problemas fisiológicos.
Lo que para los
desmesurados cuerpos de los gigantes son insuficiencias (respiratorias), para
el de Scott son excesos. Al alcanzar un tamaño 10 veces inferior al normal, es
decir, una talla de unos 17 centímetros, el volumen de su cuerpo sería 1.000
veces inferior al que tenía cuando era un hombre normal, mientras que la
superficie de sus pulmones y la sección de sus arterias habrían disminuido
solamente 100 veces. El ritmo metabólico de su cuerpo sería unas 10 veces
superior al normal. Es bastante probable que el exceso de calor generado lo
condujese a la muerte.
Pasada por alto la
inviabilidad de este liliputiense cuya talla mengua de una manera lenta, pero
inexorable, a lo largo del filme, otros aspectos son dignos de remarcar.
Tal como se
ilustra espléndidamente, los goterones de agua que llueven desde el techo se
convierten en peligrosos proyectiles para este ser de tamaño apenas ligeramente
mayor; aunque su propia pequeñez puede reportarle también ventajas. Mientras
que un ratón es capaz de salir ileso de una caída desde, pongamos, un décimo
piso, una persona tendrá mucha suerte si sólo se rompe algunos huesos y, lo más
probable, es que se mate; por contra, existen muy pocas esperanzas de salvación
para un caballo que se precipite desde una altura similar.
Un objeto en caída
libre en el seno de un fluido, como el aire, alcanza la denominada velocidad
límite cuando su peso iguala a la fuerza de resistencia al avance que opone el
aire. Será la velocidad con la que llegue hasta el suelo.
La fuerza de
resistencia es proporcional a la forma del objeto y a la velocidad del mismo
respecto del fluido. Así, y dado que la fuerza peso depende de la masa del
objeto, la velocidad límite resulta ser directamente proporcional a la longitud
característica del mismo. Las arriesgadas escaladas que efectúa el diminuto
Scott por el sótano de su casa, entre estanterías separadas por insondables
precipicios, son menos peligrosas de lo que parece.
En caso de caída
accidental, el menguado Scott, al igual que un ratón, alcanzaría el suelo a una
velocidad 10 veces inferior a la de un hombre que cayese desde la misma altura
y hubiese adquirido también la velocidad límite.
La película, que
posee un espléndido, reflexivo y poético final, está basada en la novela El
hombre menguante (1956), del interesante Richard Matheson, y cuenta con una
imposible y disparatada continuación: La increíble mujer menguante
(centímetro más o menos).
18.-
Spiderman: muchas telarañas, pero de diferente calidad
HOMBRES MURCIÉLAGO, HOMBRES X, superhombres a secas... el
universo de los superhéroes no tiene fin. El protagonista es ahora Spiderman,
el hombre araña. Aunque poca falta le hace: con 40 años a sus espaldas (su
primera aparición data de 1962), varias series de dibujos animados y películas,
el personaje, diseñado por el dibujante Jack Kirby y desarrollado por Steve
Dikto con guiones del autor de cómics Stan Lee, sigue gozando de una bien
ganada popularidad.
En su cuarta entrega
cinematográfica (Spider-man, 2002), se narra de nuevo la conversión de
un adolescente, Peter Parker, en el famoso superhéroe al recibir la picadura de
una araña. En el cómic original, se trataba de una araña común radiactiva (?).
Sin embargo, ahora (los tiempos cambian) es una araña mutante, alterada
genéticamente. La película mantiene el nivel melodramático que ha cimentado la
historia del personaje. Ejemplo emblemático de la máxima superheroica: 'Un gran
poder comporta una gran responsabilidad'. Spiderman es el prototipo de héroe con
problemas (sentimentales, familiares, de salud o económicos) y uno de los
primeros adolescentes con poderes sin adulto supervisor (como era el Robin de Batman).
Vapuleado en más de una ocasión
por un supervillano como Duende Verde (Willem Dafoe), es un personaje más
humano que muchos de los otros superhéroes. Así, si en alguna historieta lo
vemos remendando su traje chillón, en esta versión llega a diseñar su llamativa
indumentaria.
Además del poder arácnido de
subirse por las paredes de los edificios (Ciberp@ís, 11-3-1999), es
espectacular el método que emplea tanto para desplazarse de edificio en
edificio como para enfrentarse a los malvados o salvar a quien se tercie. Para
ello recurre a sus famosas telarañas. También aquí los avances tecnocientíficos
han pasado factura.
En los primeros cómics creaba un
fluido a base de un polímero de una fibra sintética como el nailon, de
extraordinario poder adhesivo, resistente y flexible, que se endurecía en
contacto con el aire. Ya en la onda ecologista, la sustancia era biodegradable
pues al cabo de un par de horas se disolvía de forma inocua (las arañas
reciclan sus telarañas ¡comiéndoselas!). Embutidas en cartuchos,
estas telarañas sintéticas eran lanzadas con unos disparadores metálicos
situados en sus muñecas que -a diferencia de las pistolas de los héroes, cuya
munición no parece acabarse nunca- debía recargar cada vez.
En la película se ha optado por
una solución más acorde con los tiempos actuales: la sustancia de sus telarañas
es de origen orgánico. Las células de su piel son capaces de producir, de una
manera natural, las proteínas de base que constituyen las telarañas que tan
profusamente emplea.
¿Si ahora las telarañas las fabrica su
cuerpo, de dónde saca el alimento necesario para mantener su ingente producción?
Por si acaso, más vale que antes de lanzarse a ejercer de superhéroe se dé un
buen atracón. Estas telarañas son muy similares a ese material prodigioso que
segregan las arañas reales. Son filamentos muy finos de proteínas
(principalmente fibroína) producidas, en sus diferentes variedades, en ciertas
glándulas epiteliales del cuerpo de las arañas. Resultan mucho más resistentes
que cualquiera de las fibras naturales conocidas e incluso más que otras fibras
de altas prestaciones, como el hilo de acero o el kevlar del mismo
grosor. Y son sumamente elásticos (pueden estirarse más del 30% sin romperse,
dos veces más que el nailon).
Al margen de su empleo, por su
finura, en miras telescópicas de instrumentos ópticos y armas, se ha propuesto
ya el desarrollo de animales transgénicos (cabras) cuya leche produzca grandes
cantidades de esas proteínas a partir de las cuales se podrían obtener fibras
de seda de araña. ¿Hablaremos antes de cabras araña que de
hombres araña? Dadas las propiedades adhesivas de las telarañas que se
enganchan a cualquier tipo de superficie, cabe preguntarse por qué Spiderman no
se pega y enreda en ellas. Tal vez su cuerpo esté recubierto de una sustancia
aceitosa especial que, como sucede con las arañas, secreta su organismo. Aunque
lubricado de esta guisa, ya me dirán cómo consigue nuestro superhéroe besar, en
una antológica escena, colgado boca abajo, a su novia Mary Jane.
19.-Gamma-ray bursts, Eta Carinae y la amenaza de la
vida terrestre
AÑO 1995: LOS ASTRÓNOMOS MICHAEL
MAYOR y Didier Queloz anuncian el descubrimiento del primer planeta extrasolar,
en órbita alrededor del sistema estelar 51 Pegasi. Poco después, nuevos
planetas serían descubiertos en los sistemas 47 Ursae Majoris y 70 Virginis. El
número total de planetas descubiertos hasta la fecha, allende las fronteras del
Sistema Solar, se sitúa en torno al medio centenar. ¿Habitados?
Quién sabe...
La posible existencia de
inteligencias extraterrestres ha suscitado acalorados debates en el seno de la
comunidad científica. Diversas iniciativas, encaminadas a la detección de
signos de vida inteligente fuera de nuestras fronteras (con el célebre proyecto
SETI a la cabeza), parecen haber fracasado estrepitosamente. La pregunta parece
obvia: ¿Estamos solos en el universo? Y si no lo
estamos, ¿por qué las formas de vida alienígenas se
resisten a ser detectadas? ¿No parece razonable imaginar una Vía
Láctea rebosante de razas tecnológicamente avanzadas, poblada por seres como el
entrañable E.T., el extraterrestre, cuyo sino sería la colonización de toda la
galaxia?
Una reciente e imaginativa
respuesta a tal espinosa cuestión (la llamada paradoja de Fermi) es la
planteada por los físicos Arnon Dar y Alvaro de Rújula, en una serie de
artículos remitidos al servidor internacional de pre-prints astro-ph,
disponible en la web xxx.lanl.gov, que tienen como escenario
determinados cataclismos cósmicos conocidos como gamma-ray bursts (GRB).
Se trata de erupciones de rayos
gamma de alta energía, corta duración (entre milésimas de segundo y mil
segundos) y extraordinaria frecuencia (diariamente, se detectan unas tres
explosiones de estas características).
Descubiertos de forma accidental
por los satélites Vela en 1967, lanzados con intención de detectar las posibles
violaciones del tratado de prohibición de pruebas nucleares en la atmósfera
terrestre, su origen es todavía fuente de controversia. Entre los candidatos se
cuentan diversos procesos físicos asociados con la formación de estrellas de
neutrones y agujeros negros, típicamente a distancias cosmológicas.
El impacto potencial de un GRB
en las formas de vida terrestre está íntimamente ligado al flujo de fotones y
partículas de alta energía que impactarían con nuestra atmósfera. De hecho, se
ha llegado a especular con la posibilidad de que los elevados flujos esperados,
para el caso de una explosión cercana, dañarían seriamente la capa de ozono e
incluso podrían ser responsables de alguno de los episodios de extinción masiva
que han sacudido la Tierra, periódicamente, cada 100 millones de años
aproximadamente.
Un objeto estelar
extraordinariamente peculiar ha llamado la atención de la comunidad científica
a este respecto. Se trata de Eta Carinae, una estrella variable, catalogada por
Edmond Halley en 1677, cuatro millones de veces más luminosa que el Sol y
situada a unos 7.500-10.000 años luz de la Tierra, en la constelación de
Carina. Dada su enorme masa, unas 100 veces la masa del Sol, se espera que Eta
Carinae explote como supernova en un periodo de tiempo inferior a los 100.000
años, originando el colapso de su estructura central en forma de agujero negro,
y eventualmente un GRB. Determinados modelos de explosión de un GRB propuestos
por Dar y De Rújula sugieren una ingente emisión de partículas cargadas (rayos
cósmicos) cuyo efecto sobre la atmósfera y, consecuentemente, sobre las formas
de vida terrestres, sería catastrófico, incluso a nivel subterráneo o
submarino.
La probabilidad de que un evento
de estas características ocurra en nuestra galaxia, dando como resultado un
flujo de radiación predominantemente dirigido hacia la Tierra, se estima en 1
cada 70 millones de años... Cifra peligrosamente próxima a la del promedio
entre extinciones masivas que ha sufrido la Tierra. ¿Mera
casualidad numérica? O como sostienen Dar y De Rújula, ¿razón
por la que no hay nadie más ahí fuera? En ese supuesto, los GRB constituirían
una fuente de esterilización de planetas 'infestados' por el virus de la
vida...
Así, la vida, impulsada por
explosiones de supernova, fuente de gran parte de los elementos químicos que
integran el cuerpo humano, tendría un final igualmente violento. Tan azarosos
orígenes y destinos quizá expliquen el porqué de la insaciable tendencia humana
a la guerra.