Esta serie de artículos es una recopilación de los que semanalmente publican en el suplemento “Ciberpaís”, Manuel Moreno y Jordi José, sobre los aciertos y fallos científicos de las películas y obras literarias de ciencia-ficción. Recomiendo vivamente leerlos todas las semanas, son estupendos. Aquí recopilo los que hablan de animales, o sobre la física de los seres vivos.
20.- El abominable hombre de las nieves
EN UNA REMOTA REGIÓN de la
cordillera himalaya, el doctor John
Rollason (un siempre convincente Peter
Cushing) estudia, junto a su esposa Helen, la flora del lugar. Pronto se verán involucrados en
una expedición de espíritu más comercial que científico cuya pretensión es la
captura del Yeti. Tras dar muerte a un ejemplar, la
expedición sufrirá un sinfín de percances. Pese a su apariencia monstruosa,
estos extraños seres darán muestra de un comportamiento mucho más civilizado
que el de los humanos. Y, por supuesto, la prueba incontestable de su
existencia (el cadáver del espécimen) acabará desapareciendo. Es el argumento
del filme El abominable hombre de las nieves (The
Abominable Snowman, 1957), de la famosa
productora británica Hammer. Una idea recientemente
recuperada para el anuncio televisivo de la marca automovilística Peugeot. No está nada mal como elemento para desarrollar
una historia, pero es muy censurable cuando el mito intenta hacerse pasar por
real.
Presentes en la mitología y el
folclor de las poblaciones nativas (como el hombre del saco en nuestras
latitudes), la primera referencia occidental aparece en 1832, cuando el
representante del Gobierno británico en Nepal informa sobre un ser desconocido
hasta entonces que 'camina erguido, está cubierto de largo pelo, es de color
oscuro y no tiene cola'.
Sería el botánico y explorador
-como el doctor Rollason del filme- John Henry Elwes quien a finales
del siglo XIX recopilaría notas y dibujos sobre la fauna del Himalaya, incluyendo datos sobre los lugares de residencia
del Yeti, su forma y las pisadas dejadas en la nieve.
Daría pábulo a la leyenda. Curiosamente, el adjetivo de abominable con el que
se califica a esta hipotética criatura procede de una errónea traducción del
original tibetano 'demonio de las nieves'. Con una estatura de entre 2 y 3 metros,
más de 100 kilos de peso, semblante antropomórfico, unos enormes pies
(necesarios para no hundirse en la nieve) y un hedor característico, ha sido visto
en diferentes lugares además del Himalaya: China, Siberia, Canadá y, cómo no, en Estados Unidos. Bigfoot ('pies grandes') o Sasquatch
son otros nombres que ha recibido.
A pesar de que su existencia no
pueda descartarse como imposible, existen algunos argumentos en su contra. Por
un lado, para que una población pueda, desde el punto de vista biológico, perpetuarse
sin problemas se requiere un número mínimo de individuos (entre 50 y 500).
Resulta difícil imaginar que una gran población de estos enormes animales
alpinos no haya sido nunca detectada. Por otra parte, hasta la fecha no existen
pruebas materiales incontrovertibles de la criatura (pelos, piel, huesos o
excrementos). Con la cantidad de alpinistas bien pertrechados que recorren las
montañas himalayas es curioso que tampoco se disponga
de ninguna foto o filmación clara de estas criaturas.
En cuanto a indicios indirectos,
como son las huellas gigantes halladas en la nieve, basta recordar que las
huellas en la nieve tienden a ampliarse por el calor del sol. Así, el rastro o
las pisadas de cualquier animal autóctono, agrandadas por efecto del sol, podría
explicar el fenómeno. Afirmaciones extraordinarias requieren pruebas
extraordinarias y, en este caso, éstas brillan por su ausencia. ¿Andarán
detrás de todo ello los agentes Mulder y Scully, quienes, ayudados por el inefable viajero Tintin (viejo conocedor de estas criaturas con las que se
toparía también en su periplo por esos parajes -Tintin
en el Tíbet-), recogerían las pruebas para luego
ocultarlas?
21.- Aznar y la vida de las criaturas de silicio
TRAS LA MADRE DE TODAS LAS
BATALLAS, que enfrenta a la Tierra con la agresiva raza thorbod,
la cuna de la humanidad se precipita hacia el tenebroso abismo de la
esclavitud. Sólo un puñado de elegidos, 5.750 españoles, escapan a ese cruel
destino a bordo del formidable autoplaneta Rayo,
con el firme propósito de vengar tal afrenta en un futuro más o menos próximo.
Tras un periplo de 43 años, el Rayo, comandado por el insigne Miguel
Ángel Aznar, arriba al distante planeta Redención,
un mundo de atmósfera respirable, vegetación, poblado por primitivas criaturas
virtualmente idénticas a los humanos, y por otras especies de temperamento
agresivo y naturaleza desconocida:
-He estado examinando la pinza
del moany que trajo Fidel. Esa criatura no es
de carne y hueso. Dicho de otro modo, no es una criatura de carbono. Su materia
la constituyen cristales.
-¡Cristales!
-exclamó Verónica Balmer.
-Se trata de criaturas de
silicio -dijo el profesor Castillo.
-¡Dios
mío! -exclamó la señora Aznar aterrada-. ¿Es
posible la existencia de criaturas de silicio?
Interesante pregunta donde las
haya. Pese a que en más de una ocasión hemos llegado a atribuir vida propia a
muchos ordenadores (dotados de chips de silicio), la concepción de otras formas
de vida no basadas en el carbono constituye una tarea no trivial.
La verosímil pluralidad de
mundos habitables allende las fronteras del Sistema Solar ha llevado a
escritores y guionistas de ciencia ficción a imaginar formas de vida de muy
diversa naturaleza. Hasta tal extremo que la expresión 'se trata de una forma
de vida distinta a la que conocemos' ocuparía una de las primeras posiciones en
la clasificación de frases más repetidas en la historia del género.
El recurso a criaturas con base
en el silicio no constituye una excepción. Así, el monumental universo Trek ha recurrido a tales formas de vida en varias
ocasiones: el Horla, de El diablo en la
oscuridad (1967), episodio de la pionera Star
Trek. La Conquista del Espacio, o los nanitos, de Evolución (1989), en Star
Trek, la Nueva Generación. También en la
legendaria saga de los Aznar, posiblemente la
mejor space opera española, escrita por
George H. White (seudónimo
del valenciano Pascual Enguídanos Usach),
han hecho su aparición criaturas de silicio, como en el fragmento del relato La
conquista de un imperio, séptima entrega de la serie, con el que
iniciábamos este artículo (a través de la página web
de la Editorial Silente, www.silente.net, pueden consultarse los progresos en
la encomiable reedición de dicha saga).
La química necesaria para dar
forma a posibles especies alienígenas involucra una lista muy limitada de
elementos. El silicio, un elemento químico relativamente versátil,
perteneciente a la misma familia de elementos que el carbono, el germanio, el estaño o el plomo (grupo IV de la tabla
periódica), es invocado frecuentemente como posible
base de ciertas biologías alienígenas.
Sin embargo, su mayor número
atómico hace que su volumen sea comparativamente mayor que el de un átomo de
carbono, lo que se traduce en una mayor fragilidad para establecer uniones
moleculares (en particular, con otros átomos de silicio). Compuestos con más de
tres átomos de silicio (con excepción de los que forman redes cristalinas) son
muy inestables: las enormes cadenas moleculares que pueden formarse con carbono
-pensemos por ejempo en los fullerenos,
moléculas que contienen 60 átomos de dicho elemento- parecen inviables cuando
se piensa en emplear un material de construcción como el silicio. Podría
pensarse, pese al riesgo de especular, que las posibles criaturas de biología
basada en silicio, dada su mayor fragilidad, deberían tener un tamaño
ostensiblemente pequeño.
Las posibilidades que ofrecería
tal especie alienígena en términos de metabolismo son comparables al número de
interrogantes que podrían plantearse a tal respecto: podría pensarse que el
intercambio metabólico oxígeno-dióxido de carbono, común a la mayoría de seres
vivos terrestres (con base en el carbono) podría traducirse en un intercambio
oxígeno-dióxido de silicio en tales especies. Por desgracia, eso es algo que no
parece razonable: el dióxido de silicio, en las típicas condiciones que imperan
en las superficies planetarias, es sólido (constituye, por ejemplo, el
componente principal del cristal). Expulsar trozos de cristal no parece la
mejor forma de respiración para una especie viva.
22.- ¿Está la humanidad amenazada por explosiones
de supernovas?
AÑO 2026: la inesperada
explosión de supernova de Alfa Centauri se alza como
un segundo sol sobre una Tierra sumida en el caos. Un pulso de radiación gamma
ha destruido todos los microchips del planeta convirtiendo la Tierra en un mar
de tinieblas, un mundo sin comunicaciones ni transportes, arrasado por
inundaciones, fuegos y epidemias que diezman la escasa población superviviente
de la catástrofe. Escalofriante argumento perteneciente al interesante dúo de
novelas de ciencia ficción Aftermath (1998), y
su secuela Starfire (1999), del norteamericano
Charles Sheffield.
Las supernovas constituyen uno
de los fenómenos más violentos y potencialmente más letales del universo.
Ingentes cantidades de materia y radiación son arrojados
al espacio interestelar en estas titánicas explosiones, cuya frecuencia se
estima en torno a los dos o tres eventos por siglo y por galaxia. Científicos
de la talla de Iosif Shklovskii
o Carl Sagan habían
apuntado ya la posibilidad de que una explosión de supernova podría haber
desencadenado alguna de las extinciones masivas que registra la historia de
nuestro planeta. En este artículo, analizaremos la viabilidad de tal conjetura.
Para que una explosión de
supernova afecte potencialmente a la Tierra se requiere un evento lo
suficientemente próximo, de forma que la presión ejercida por la onda expansiva
supere a la presión del viento solar, que actúa a modo de escudo. Esta
condición limita la zona de influencia a supernovas que exploten a distancias
inferiores a unos 150 años-luz (en el caso de explosiones de supernova
múltiples, la zona de influencia se amplía a unos 600 años-luz).
La confirmación de que la Tierra
ha sido expuesta, en un pasado remoto, a los efectos de la explosión de una o
más supernovas cercanas puede acometerse analizando la presencia, en
proporciones muy superiores a las habituales, de determinados isótopos almacenados
en estratos geológicos, cuyo origen sea compatible con una explosión de
supernova.
Es el caso del hierro-60, un
isótopo radiactivo, cuya vida media es de 1,5 millones de años, recientemente
detectado en muestras de la corteza terrestre, en el fondo oceánico, y cuya
presencia se ha atribuido a una explosión de supernova que tuvo lugar hace unos
cinco millones de años, a unos 100 años-luz de la Tierra.
En un artículo reciente, Narciso
Benítez (Johns Hopkins University), Jesús Maíz (Space Telescope Science Institute) y colaboradores, analizan los efectos letales
que una explosión de supernova cercana tendría en la vida terrestre. En opinión
de los autores, la única fuente nociva para las especies terrestres asociada a
la explosión de una supernova a unas decenas de años-luz de distancia, la
constituye el elevado flujo de partículas cargadas (rayos cósmicos).
El impacto de los rayos cósmicos
procedentes de la supernova con las capas altas de la atmósfera terrestre
aumentaría la producción de moléculas de monóxido de nitrógeno, que son
responsables de la destrucción de un apreciable número de moléculas de ozono.
Los autores estiman que una supernova a 30 años-luz induciría una disminución
de la concentración de ozono atmosférico de entre el 20% y el 60%, en función
de la latitud. Notable, sin duda, pero no lo suficiente como para producir una
extinción masiva. Sin embargo, el aumento del flujo de radiación ultravioleta
que atravesaría la atmósfera al reducir la presencia de ozono, tendría un
efecto importante en los ecosistemas marinos, reduciendo significativamente el
fitoplancton. Aunque tal disminución es difícil de detectar en registros
fósiles, debería venir acompañada por otros efectos secundarios, como la
acentuada extinción de especies como los moluscos. Circunstancia de la que
existen registros fósiles que datan de hace unos dos millones de años, en la
transición plioceno-pleistoceno. ¿Supernovas?,
no gracias.
23.- `Valiant´,
o de palomas y campos magnéticos
Durante la II Guerra Mundial, Valiant, una paloma anónima, sueña con ingresar en el elitista Cuerpo Real de Palomas Mensajeras y servir a su país en su titánica cruzada contra los nazis. Pese a su ineptitud para el puesto (no da la talla necesaria), consigue enrolarse y termina al frente de una delicada misión: transportar información vital sobre el desembarco de Normandía a través del canal de la Mancha. Para ello, tendrá que hacer frente a un temible escuadrón de halcones, capitaneados por el malévolo general von Talon... Argumento perteneciente al filme de animación Valiant (2005), última entrega de la factoría Disney dirigida por Gary Chapman. La película constituye un velado homenaje a las palomas mensajeras, que coparon 31 de las 53 distinciones concedidas a animales durante la contienda bélica.
Al circular por un entorno extraño, solemos orientarnos con un mapa (o su versión moderna: un dispositivo GPS). Ocasionalmente, una brújula o técnicas basadas en la observación de la naturaleza (como la predominante formación de musgo en la corteza de los árboles orientada al norte) pueden ayudarnos a encontrar el camino. Tanto las aves migratorias como las palomas mensajeras carecen de brújulas y mapas, y sin embargo poseen un sorprendente sentido de orientación. ¿Qué mecanismo emplean dichas aves para no perderse? Algunos estudios han demostrado que las aves utilizan la posición del Sol (o las estrellas, en el caso de vuelos nocturnos) o el campo magnético terrestre para orientarse. En un experimento realizado por científicos de la Universidad de Cornell (EE UU), se trasladó un grupo de palomas a unos 80 kilómetros de su hábitat. A sus espaldas, se adosaron sendas plaquitas, unas de latón y otras de material magnético. Al estar el día muy nublado, podía excluirse la orientación por el Sol y, así, evaluar el papel desempeñado por el campo magnético terrestre en su orientación. En el experimento, todas las palomas con placas de latón regresaron a sus hogares; no, en cambio, aquellas a las que se adosaron placas magnéticas... Por el contrario, al repetirse el experimento en un día soleado regresaron todas las palomas. De esto se dedujo que el mecanismo de orientación fundamental para las palomas es el Sol, y que sólo en casos en que dicha referencia no resulta accesible (en días nublados, por ejemplo), lo hacen mediante el campo magnético terrestre. Las causas de esta sensibilización al magnetismo terrestre no están firmemente establecidas. Según dos biólogas de la Universidad de Francfort, la piel que recubre parte del pico de las palomas mensajeras contiene pequeñas cantidades de magnetita, mineral de óxido de hierro que reaccionaría de forma similar a la aguja de una brújula, facilitándoles mantener el rumbo...
Pese a que el campo magnético terrestre posee una intensidad pequeña (0,5 gauss), son diversos los animales que, de uno u otro modo, dependen total o parcialmente de éste para su orientación: desde bacterias magnetotácticas, que viven en el fondo de los pantanos y aguas cenagosas, a abejas, termitas, hormigas, aves migratorias, o tortugas. La causa final se debería a la presencia de partículas magnéticas en sus organismos. Así, por ejemplo, se ha encontrado magnetita en el abdomen de abejas vivas o en el cráneo de pichones y atunes de aleta amarilla. Existen indicios de la presencia de partículas superparamagnéticas en estos individuos (en las abejas, en particular) que podrían responder rápidamente a variaciones del campo magnético. De esta forma, dispondrían de una especie de sensor de la variaciones magnéticas del ambiente durante el vuelo. También se ha estudiado la respuesta de las hormigas a campos magnéticos: al colocar imanes intensos cerca de nidos artificiales de hormigas Acromyrmex octospinosus, éstas evitaban las regiones cercanas a los imanes. Otra especie de hormigas, las Formica rufa, fueron condicionadas a buscar alimento en la dirección Norte magnética. Al alterar dicha dirección, la mayoría de las hormigas fueron a buscar alimento hacia el nuevo Norte magnético. Esto significa que las hormigas son capaces de usar la dirección y el sentido del campo para desplazarse a un lugar específico. Y como Valiant, sin mapa, ni GPS. O como Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como.