Animales inventores

 

(por Gerald Durrell)

 

 Avispa icneumónida (hembra)

 

Una vez volvía yo de África en un barco a cuyo capitán irlandés no le gustaban los animales. Era una pena, porque mi equipaje consistía básicamente en unas doscientas jaulas de animales diversos que habían colocado en la sentina de proa. El capitán (más por mala uva que por otra cosa, creo) nunca desperdiciaba una oportunidad de provocarme a discutir con frases despectivas acerca de los animales en general y de los míos en particular. Afortunadamente, logré evitar la pelea. Para empezar, nunca se debe discutir con el capitán de un barco, y si encima ese capitán es irlandés, verdaderamente se tienen ganas de jaleo. Pero, cuando el viaje tocaba a su fin, pensé que al capitán le hacía falta una lección, y estaba decidido a dársela, si era posible.

 

Un atardecer, cuando nos estábamos acercando al canal de la Mancha, el viento y la lluvia obligaron a todos los pasajeros a meternos en la sala de fumar, donde estábamos sentados oyendo por la radio una charla sobre el radar, que en aquellos días era algo lo bastante nuevo como para resultar interesante al público en general. El capitán escuchaba la charla con un brillo en el rabillo del ojo, y cuando terminó se volvió hacia mí:

 

-         Bueno, y sus animales, ¿qué? – preguntó -. No creo que sepan hacer nada así, aunque según usted sean tan listos.

 

Con esta simple pregunta, el capitán me había hecho perfectamente el juego y me dispuse a hacer que lo pagara.

 

-         ¿Qué se apuesta – le pregunté – a que puedo describirle dos grandes invenciones científicas y demostrarle que sus principios ya se estaban utilizando en el mundo animal mucho antes de que el hombre pensara siquiera en ellos?

 

-         Que sean cuatro invenciones en lugar de dos, y le apuesto una botella de whisky – dijo el capitán, evidentemente convencido de que ganaba.

 

Acepté.

 

-         Bueno – dijo el capitán muy contento -, adelante.

 

-         Tendrá que dejarme que lo piense un minuto – protesté.

 

-         ¡Ja! – dijo el capitán triunfante -, ya no sabe usted qué hacer.

 

-         Ah, no – expliqué -, es que hay tantos ejemplos que no sé cuáles escoger.

 

El capitán me lanzó una mirada venenosa.

 

-         ¿Y por qué no prueba con el radar? – preguntó sarcástico.

 

-         Bueno, podría ser – dije -, pero me pareció que, verdaderamente, era demasiado fácil. Ahora, si usted lo dice, supongo que vale.

 

Era una suerte para mí que el capitán no fuera naturalista en absoluto, pues de lo contrario no hubiera sugerido el radar. Desde mi punto de vista resultaba estupendo, porque me bastaba con describir al humilde murciélago.

 

Muchas personas han recibido en algún momento de su vida la visita de un murciélago en su cuarto de estar o su dormitorio, y si no se han asustado demasiado se habrán sentido fascinados por su vuelo rápido y diestro y por los giros y las vueltas veloces con que evita todos los obstáculos, y objetos como zapatos y toallas que a veces se le tiran. Contra lo que muchos creen, los murciélagos no son ciegos. Tienen unos ojos perfectamente capaces, pero tan pequeños que apenas pueden detectarse en un pelaje tan denso. Pero, desde luego, los ojos no les resultan suficientes para realizar algunas de las extraordinarias proezas de vuelo a que se dedican. Fue un naturalista italiano del siglo XVIII, llamado Spallanzani, quien empezó a investigar el vuelo de los murciélagos y, mediante el método innecesariamente cruel de dejar ciegos a varios, averiguó que podían seguir volando sin problemas y eludir los obstáculos como si no les hubiera pasado nada. Pero no pudo imaginar cómo lo lograban.

 

Este problema no se resolvió, al menos parcialmente, hasta hace relativamente poco. El descubrimiento del radar, la transmisión de ondas sonoras y la evaluación de los obstáculos que hay delante de un objeto por el eco que devuelven esas ondas, hizo que algunos investigadores se preguntaran si no sería ése el sistema empleado por los murciélagos. Se hizo una serie de experimentos y se descubrieron algunas cosas fascinantes. Primero se les tapó los ojos a los murciélagos, colocándoles unos pedacitos de cera encima, con lo que, como ya se había comprobado, no experimentaron ninguna dificultad para lanzarse a volar de un lado a otro sin chocar con nada. Después se averiguó que si llevaban los ojos tapados y las orejas también, ya no podían evitar las colisiones, además de que, en primer lugar, no parecía que tuvieran demasiados deseos de volar. Si sólo se les tapaba una oreja no podían volar sino con un éxito relativo, y chocaban con muchos objetos. Esto demostraba que los murciélagos sabían obtener información acerca de los obstáculos que tenían ante sí mediante la reflexión de las ondas sonoras. Después, los investigadores les taparon la nariz y la boca, dejándoles las orejas destapadas, y una vez más los murciélagos fueron incapaces de volar sin chocar. Esto demostraba que tanto la nariz como las orejas y la boca tenían alguna función en el sistema de radar de los murciélagos. Por fin, y gracias al empleo de instrumentos sumamente delicados, se descubrió lo que ocurría. Cuando el murciélago vuela emite una secuencia constante de chillidos ultrasónicos, demasiado agudos para que pueda captarlos el oído humano. En efecto, lanzan unos treinta chillidos por segundo. Cuando los ecos de esos chillidos, rebotados por los objetos que tienen delante, vuelven a los oídos de los murciélagos, y, en algunas especies, a las extrañas crestas carnosas que rodean su nariz, el murciélago sabe qué hay delante de él, y a qué distancia. De hecho es, detalle por detalle, el mismo principio que el del radar. Pero había una cosa que intrigaba mucho a los investigadores: cuando se transmiten ondas sonoras por radar, al enviar el sonido hay que cerrar el receptor, de forma que no se reciba más que el eco. De lo contrario, el receptor recogería tanto el sonido transmitido como el eco, y el resultado sería una mezcla confusa. Eso resultaba posible con aparatos eléctricos, pero no explicaba cómo podían hacerlo los murciélagos. Entonces se descubrió que lo lograban gracias a un músculo diminuto existente en su oído. Justo en el momento en que el murciélago lanza su chillido, este músculo se contrae y desconecta el oído. Terminado el chillido, el músculo se relaja y el oído está preparado para recibir el eco.

 

Pero lo más maravilloso de todo no es que los murciélagos tengan este sistema propio de radar – pues al cabo del tiempo uno ya no se sorprende de nada de la naturaleza -, sino que lo hayan poseído desde tanto tiempo antes que el hombre. Se han hallado en rocas del Eoceno antiguo murciélagos fósiles que diferían relativamente poco de sus descendientes modernos. Por lo tanto, es posible que los murciélagos vengan empleando el radar desde hace algo así como cincuenta millones de años. El hombre lleva unos veinte años en posesión del secreto *(texto publicado en 1.958).

                                                                                                                                                                         

Resultó bastante evidente que mi primer ejemplo dio que pensar al capitán. Ya no parecía estar tan seguro de ganar la apuesta. Dije que mi siguiente caso sería la electricidad, lo cual aparentemente le dio un poco de ánimo. Se rió incrédulo y me dijo que me iba a costar persuadirle de que los animales tenían luces eléctricas. Le señalé que yo no había hablado para nada de luces eléctricas, sino únicamente de electricidad, y que existían varios animales que la empleaban. Por ejemplo, la raya eléctrica o pez torpedo, curioso animal que parece más bien una sartén a la que le hubiera pasado por encima una apisonadora. Estos peces están muy bien camuflados; no sólo su color imita el de la arena del fondo, sino que además tienen la molesta costumbre de enterrarse a medias en ella, con lo que resultan verdaderamente invisibles. Recuerdo haber visto una vez el efecto de los órganos eléctricos de este pez, grandes y situados en su lomo. En aquella época me hallaba yo en Grecia, y estaba viendo pescar a un muchacho campesino en las aguas poco profundas de una bahía en la que había una playa de arena. Iba con el agua hasta las rodillas por aquellas aguas claras, y en la mano llevaba un tridente como el que utilizaban los pescadores para la pesca nocturna. Avanzaba por la bahía con bastante éxito: había alanceado varios peces grandes y un pulpo pequeño que se había escondido entre un pequeño grupo de rocas. Cuando llegó frente a donde yo estaba sentado pasó algo curioso y bastante aterrador. Avanzaba lentamente, observando el agua con atención con el tridente dispuesto, cuando de repente se puso más rígido que un oficial de la guardia real y saltó del agua recto como un cohete, con un grito que se habría podido oír a un kilómetro de distancia. Volvió a caer en el agua con un chapuzón e inmediatamente soltó otro grito, más fuerte todavía, y pegó otro salto. Esta vez, cuando volvió a caer al agua, pareció que no podría volver a ponerse en pie, pues salió a la arena a duras penas, medio a gatas medio arrastrándose. Cuando llegué adonde estaba tumbado, lo encontré pálido y tembloroso, jadeando como si acabara de correr los mil metros. Yo no podía saber hasta qué punto se debía esto al susto o al efecto real de la electricidad, pero en todo caso nunca volví a bañarme en aquella bahía.

 

Es probable que el más conocido animal productor de electricidad sea la anguila eléctrica, que por extraño que parezca no es en absoluto una anguila, sino una especie de pez que se parece a ésta. Estos animales oscuros y alargados viven en los arroyos y los ríos de América del Sur y pueden alcanzar los dos metros y medio de longitud, con un grosor como el muslo de un hombre. Sin duda, muchas de las historias que se cuentan sobre ellas son muy exageradas, pero es verdad que las de mayor tamaño pueden soltarle a un caballo que cruza un río una descarga lo bastante fuerte como para hacerlo caer.

 

Cuando estuve reuniendo animales en la Guyana Británica tenía muchas ganas de capturar algunas anguilas eléctricas y llevarlas al Reino Unido. En uno de los sitios en que acampamos el agua estaba llena, pero vivían en cavernas profundas excavadas en las rocas de la costa. Casi todas estas cavernas se comunicaban con el exterior por unos agujeros redondos que se habían ido formando por las aguas de las inundaciones, y en cada uno de ellos vivía una anguila eléctrica. Si se llegaba hasta los agujeros y se daban patadas y zapatazos, la anguila reaccionaba a este estímulo con un gruñido ronco, como si en las profundidades se hubiera ocultado un cerdo enorme.

 

Por mucho que lo intentara, no lograba capturar una de esas anguilas. Más adelante mi socio y yo, acompañados por dos indios, fuimos un día de viaje a una aldea que había a unos kilómetros de distancia, cuyos habitantes eran grandes pescadores. En la aldea encontramos algunos animales terrestres y aves, que les compramos, entre ellos un puercoespín arborícola domesticado. Luego, para gran alegría mía, apareció alguien con una anguila eléctrica en un cesto para pescado no muy seguro. Tras negociar el precio de los animales y comprarlos, comprendida la anguila, los amontonamos en la canoa e iniciamos el viaje de regreso. El puercoespín iba sentado en la proa, aparentemente muy interesado por el paisaje, y delante iba la anguila en su cesto. Estábamos a mitad del camino de vuelta cuando se escapó la anguila.

 

Nos dimos cuenta gracias al puercoespín; creo que éste tenía la impresión de que la anguila era una serpiente, porque salió corriendo de la proa y trató de subírseme a la cabeza. Mientras me esforzaba por eludir el punzante abrazo del puercoespín vi de pronto que la anguila reptaba decidida hacia mí, y realicé una hazaña que no hubiera creído posible. Salté en el aire desde mi asiento, sujetando al puercoespín contra mi pecho, y volví a aterrizar cuando ya había pasado la anguila, todo ello evitando que la canoa zozobrase. En mi mente apareció la visión perfectamente vívida de lo que le había ocurrido al muchacho campesino al pisar el pez torpedo, y no tenía la menor intención de pasar por una experiencia parecida con una anguila eléctrica. Afortunadamente, ninguno de nosotros recibió una descarga de ella, porque mientras intentábamos volver a meterla en su cesto, reptó  por uno de los lados de la canoa y cayó al río. No puedo decir que ninguno de nosotros lamentara de verdad su desaparición.

 

Recuerdo una ocasión en que daba de comer a una anguila eléctrica que vivía en un tanque en un zoo, y resultaba totalmente fascinante ver el método que utilizaba para hacerse con su presa. Medía aproximadamente un metro y medio de largo y podía arreglárselas bien con un pez de veinte a veinticinco centímetros de longitud. Había que dárselo vivo, y como su muerte era instantánea, yo no sentía ningún remordimiento. La anguila parecía saber cuándo era la hora de comer, y patrullaba su tanque con la regularidad monótona de los centinelas frente al palacio de Buckingham. En cuanto se dejaba caer al pez en él se quedaba quieta inmediatamente y parecía limitarse a contemplarlo mientras se le acercaba poco a poco. Cuando estaba a tiro, que era a una distancia de unos treinta centímetros, parecía temblar como si se hubiera puesto en marcha una dinamo a lo largo de su negruzco cuerpo. El pez, por así decirlo, se quedaba congelado de repente; había muerto antes de que uno pudiera darse cuenta de lo que ocurría y luego, lentamente, giraba y quedaba flotando panza arriba. La anguila se acercaba un poco más, abría la boca, succionaba violentamente y, como si estuviera ante una aspiradora alargada, el pez desaparecía dentro de ella.

 

Tras liberarme con bastante éxito, a mi juicio, de la electricidad, centré ahora mi atención en otra esfera: la medicina. Dije que mi ejemplo siguiente sería la anestesia, y el capitán adoptó una expresión, si cabía, aún más escéptica que antes.

 

La avispa cazadora es la especialista de Harley Street del mundo de los insectos, y realiza una operación que haría reflexionar a un cirujano experto. Hay muchas especies de avispas cazadoras, pero casi todas tienen costumbres parecidas. Cuando va a poner los huevos, la hembra tiene que construirles un nido de tierra. Éste se divide perfectamente en celdas alargadas del diámetro de un cigarrillo y la mitad de largo. En ellas se dispone la avispa a poner los huevos. Pero antes de poder taparlo todavía le queda otra cosa que hacer, porque los huevos se transformarán en larvas y entonces necesitarán comida hasta el momento en que estén listas para pasar por la última fase de su metamorfosis en perfectas avispas. La avispa cazadora podría llenar las celdas de sus crías con alimentos muertos, pero para cuando los huevos se abrieran estos alimentos estarían podridos, de manera que se ve obligada a aplicar otro método. Su presa favorita es la araña. Desciende volando como un halcón feroz sobre su inocente víctima y procede a aplicarle un picotazo profundo y eficaz. El efecto del picotazo es extraordinario, porque la araña queda completamente paralizada. Entonces, la avispa cazadora la agarra y se la lleva a su criadero, donde la deja cuidadosamente guardada y le pone encima un huevo. Si las arañas son pequeñas, en cada celda pueden caber hasta siete u ocho. Una vez convencida de que ha dejado comida suficiente para sus crías, la avispa tapa las celdillas y se va volando. En este lóbrego criadero, las arañas yacen en una fila inmóvil, en algunos casos durante un periodo que llega a las siete semanas. A todos los efectos prácticos, estas arañas están muertas, incluso cuando se las toca, y ni siquiera a través de una lupa se puede detectar en ellas la menor señal de vida. Así esperan congeladas, por así decirlo, a que se abran los huevos y las larvas diminutas de la avispa cazadora empiecen a mordisquear sus cuerpos paralizados.

 

Creo que incluso el capitán quedó un tanto impresionado ante la imagen de que alguien se lo comiera trozo a trozo mientras él permanecía totalmente paralizado, de forma que me apresuré a pasar a un asunto ligeramente más agradable. En efecto, se trataba de un animalito encantador y de lo más ingenioso: la araña de agua. El hombre no ha logrado vivir bajo el agua durante un periodo de tiempo apreciable hasta fecha muy reciente de su historia, y uno de los primeros pasos en esa dirección fue la invención de la campana de inmersión. Miles de años antes, la araña de agua había elaborado su propio método de penetrar en este nuevo mundo subacuático. Para empezar, sabe nadar muy bien en él, con su equivalente de la bombona de oxígeno en forma de una pompa de aire que atrapa debajo del estómago y entre las patas, de modo que puede respirar bajo el agua. Ya esto es extraordinario, pero la araña de agua va más allá: construye su casa bajo la superficie del agua, una telaraña en forma de taza puesta al revés, firmemente anclada a las algas acuáticas. Después procede a realizar varios viajes a la superficie, de los que vuelve con pompas de aire que mete en su cúpula de telaraña hasta llenarla, y allí puede vivir y respirar con la misma facilidad que si estuviera en tierra. En la época del apareamiento, busca la vivienda de una hembra de aspecto atractivo y se hace una residencia secundaria junto a la de ella, después de lo cual, por tener supuestamente inclinaciones románticas, se construye una especie de pasaje secreto que une su casa con la de su amada. Después echa abajo la pared de forma que las pompas de aire de ambas casas se mezclan, y en esta extraña vivienda subacuática corteja a la hembra, se aparea y vive con ella hasta que pone los huevos y éstos se abren, y hasta que sus hijos, cada uno de los cuales se lleva un glóbulo de aire de casa de sus padres, se van nadando a iniciar su vida de adultos.

 

Hasta el capitán pareció divertido e intrigado con mi relato de la araña de agua, y hubo de reconocer, aunque de mala gana, que la apuesta la había ganado yo.

 

Un año después, creo, me encontré hablando con una señora que había viajado en una ocasión en el mismo barco y con el mismo capitán.

 

-         Qué hombre tan encantador, ¿verdad? – me dijo.

 

Asentí cortésmente.

 

-         Debe de haberse sentido muy contento de que usted viajara en su barco – continuó -, dado lo que le gustan los animales. ¿Sabe? Una noche nos tuvo maravillados lo menos una hora mientras nos hablaba de esos descubrimientos científicos – ya sabe usted, cosas como el radar – y de cómo los animales llevaban utilizándolos años y años antes de que los descubriera el hombre. De verdad que fue fascinante. Le dije que debería escribirlo y dar una charla en la BBC.

 

 

 

 

Para profundizar:

 

Inventos entomológicos     biónica  (algunos ejemplos de ingeniería inspirada en la naturaleza)

 

Avispas ladronas de cuerpos

 

Peces eléctricos        Peces eléctricos 2       Peces eléctricos 3

 

 

 

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