ESCARABAJOS LONGICORNIOS
José Manuel Crespo y Jorge Martínez
Hace ya bastantes años que la
presencia ante nuestros ojos de un bello escarabajo de largas antenas tuvo la
culpa de que nos introdujéramos en el mundo de la Entomología con mayor
profundidad. No es para menos, el aspecto estilizado, los vivos colores que
pueden recorrer toda la escala cromática, las a veces larguísimas y delgadas
antenas que se sostienen rígidas para explorar los olores de los que depende su
supervivencia, la soltura con la que emprenden un rápido y controlado vuelo
para escapar de nosotros, la actitud tensa y atenta a todos los estímulos
externos, las largas y complejas patas articuladas que les permiten adaptarse a
caminar, a trepar, despegar o aterrizar, el mimetismo que les permite
confundirse ya sea con la corteza de un árbol, con una pequeña rama, con una
espiga o con una avispa y la enorme variedad que presentan entre las 250
especies, más o menos, que podemos encontrar en nuestra Península Ibérica,
fueron razones más que suficientes como para que nos embelesáramos con ellos,
nos conociéramos gracias a ellos y ahora realicemos este trabajo para dar a
conocer a estos evolucionados y estrafalarios habitantes de nuestros vegetales:
los cerambícidos.
Estos escarabajos llevan sobre la
Tierra unos 200 millones de años adaptándose a las más diversas formas de vivir
a costa de la materia vegetal, ya sea viva o muerta, y contribuyendo al
reciclaje de la madera en su época de larva y a la polinización en su estado
adulto.
Su estructura es típica de
coleóptero: su cuerpo, alargado, está protegido por dos alas más duras llamadas
élitros, bajo los cuales están plegadas las alas voladoras
verdaderas y los segmentos abdominales mucho más blandos. Sobre los élitros se
aprecia otra zona dura, más o menos cilíndrica, llamada pronoto, en el
que se encaja la cabeza, igualmente dura y dotada de unas fuertes
mandíbulas masticadoras, dos ojos compuestos grandes y en forma de “habichuela”
y dos fantásticas y largas antenas, generalmente nudosas, formadas por un
número próximo a los once “artejos” que se insertan en el centro de los ojos.
Son muy diferentes a otros
escarabajos típicos, como el escarabajo pelotero o el ciervo volador y quizá
más evolucionados, o al menos en otro sentido, y sacrifican la dureza de sus
élitros en favor de una mayor habilidad para desplegar sus alas y echar a
volar, tanto para transportarse como para “poner piés en polvorosa”, en lugar
de emplear la resistencia pasiva de sus hermanos que permanecen inmóviles
cuando son atacados esperando que su “coraza” resista el embite.
Sin embargo ¿dónde habitan los
cerambícidos?. Pues escondidos en forma de larva, en la que pasan el 90% de
su, a veces larga vida, o deambulando en busca de pareja o alimento por las
flores, en el follaje de los árboles, caminando discretamente entre las
hierbas, hojas y ramas de las herbáceas, trepando por la corteza de los árboles
o metidos en las galerías de las que salieron. En su estado larvario son
prácticamente imposibles de ver, evidentemente, pero en su estado adulto se las
ingenian para no ser descubiertos por visitas no deseadas de muy diversas
maneras: unos son nocturnos y oscuros con lo que reducen enormenmente las
posibilidades de ser vistos (Hesperophanes, Stromatium, etc.), otros
tienen el mismo aspecto que la corteza del árbol sobre el que viven (Acathoderes,
Mesosa, etc.), otros son del mismo color que las ramas, las hojas o las
flores sobre las que reposan (Opsilia, Oberea, etc.) e, incluso, adoptan
con su cuerpo una actitud que los confunde con el lugar donde están como, por
ejemplo, el Calammobium filum, que coloca sus antenas dirigidas hacia
delante para confundirse con las prolongaciones de las espigas, o como Ruptela
maculata, Xilotrechus antilope o Clytus arietis, que tienen la habilidad de
“confundir al enemigo” con sus colores y actitud de avispa. Todo esto les
convierte en una de las familias de escarabajos más estudiadas de España y del
mundo pero más por su atractivo y su belleza que por lo que se conoce de su
biología.
De las 30.000 especies (un 10% de los
coleópteros) que se reparten por el mundo, en la península tenemos la suerte de
contar con una muestra de unas 250, que comparten rasgos y especies de la zona
europea y de la fauna africana, además de una aceptable lista de especies
típicas de nuestra tierra. Se organizan en seis subfamilas: Prioninae,
Spondylinae, Aseminae, Lepturinae, Cerambycinae y Laminae y entre ellas
contamos con bellezas como Rosalia alpina, cuyos colores grises,
azules y negros cautivan a toda Europa; Aromia moschata, que luce una
maravillosa librea azul o verde metálica, en contraste con el rojo de su
pronoto; o Saperda scalaris, con su dibujo longitudinal amarillo sobre
fondo verde; con rarezas como Acanthocinus aedilis, cuyo macho
tiene unas antenas que pueden alcanzar cinco veces la longitud del cuerpo; con miniaturas
como Gracila minuta, que no sobrepasa los 3 milímetros de longitud; o
con gigantes como Cerambyx vellutinus o Ergates faber, que
alcanzan los seis centímetros.
Como curiosidades, de las muchas
que tienen estos coleópteros, podríamos señalar su capacidad de producir
sonidos o chirridos frotando el pronoto con movimientos de la cabeza a la menor
señal de alarma. Los olores con los que están “equipados” algunos de ellos, en
unos casos para atraer a sus congéneres y en otros para repeler agresiones, la
facilidad con que se dejan caer al suelo a la menor señal de peligro para
confundirse con la hojarasca y buscar el momento de escapar y las diferencias
que se dan entre los machos y las hembras de algunas especies (dimorfismo
sexual), como el género Vesperus, en el que nadie diría que ambos sexos
son un “matrimonio bien avenido” pues mientras el macho presenta unas alas
voladoras de “alta tecnología” la hembra no ha tenido tanta suerte, y carece de
ellas.
Mención aparte merecen nuestros
cerambícidos del género Iberodorcadion o longicornios andadores que en
un número aproximado de 40 especies pasean discretamente por toda nuestra
geografía su endemismo y su típica forma de “toro en miniatura”, sus antenas
nudosas y gruesas, sus patas adaptadas a la marcha, su cuerpo en forma de
“pipa” en el que las alas han ido desapareciendo por falta de uso y en el que
los élitros han llegado a soldarse entre sí por la sutura y sus bellos dibujos
listados formados por pequeños y cortos pelillos. Son capaces de colonizar
cualquier ecosistema, según la especie, y constituyen una verdadera riqueza
faunística, que debemos cuidar y conservar manteniendo vivas las gramíneas de
las que se alimentan las larvas y los adultos. Son la excepción que confirma la
regla de los expertos voladores que son la mayoría de sus parientes.
Ciclo vital
La vida de los cerambícidos
tiene comienzo al eclosionar los huevos que pocos días antes había puesto la
hembra con sumo cuidado, uno a uno y en el lugar adecuado. Un pequeño “gusano”
comenzará entonces a triturar tejido vegetal a gran velocidad mientras
construye una galería que irá tapando a su paso con los restos de serrín
mezclados con sus propios excrementos. Así pasará, dependiendo de la especie,
desde pocos meses hasta varios años. Un buen día, generalmente antes de la
primavera, comienza a construir una cámara pupal donde sufrirá la serie de
cambios que la transformarán en un escarabajo y que reciben el nombre de
metamorfosis. Esta cámara o celda consiste, en la mayoría de las especies, en
un ensanchamiento de la misma galería tapizado cuidadosamente con serrin
masticado y situado cerca del exterior para facilitar la salida del imago.
Durante este período, en el que la
larva se transforma en pupa o “crisálida” y posteriormente en adulto, el
insecto se alimentará de las grasas acumuladas durante su estado larvario y su
talla definitiva dependerá de la facilidad que haya tenido para nutrirse durante
su desarrollo. Esto explica que sean tan marcadas las diferencias de tamaño de
los escarabajos dentro de una misma especie y sexo (por ejemplo, en Prionus
coriarius, el tamaño puede variar de 18 a 45 mm).
Algunos longicornios se hacen
adultos durante el invierno permaneciendo en su celda pupal hasta la llegada de
la primavera, como Rhagium, Acanthocinus, etc., pero la mayoría de las
especies eclosiona en primavera o verano.
Tras la eclosión da comienzo su
vida como escarabajo adulto cuya única misión a partir de este momento será dar
continuidad a la especie, para lo que cuentan con un tiempo bastante limitado,
pues su vida es efímera, tanto que en algunas especies no pasa de la semana.
Durante estos días tendrán lugar
las cópulas en los mismos lugares donde encuentran su alimento, después los
machos morirán y las hembras también desaparecerán rápidamente tras realizar la
puesta.
Todo esto nos lleva a pensar que
la metamorfosis no es otra cosa que el “milagro” por el que todas estas larvas
de aspecto tan poco estético se transforman por unos momentos en bellos
insectos libres, sin obligaciones de nutrición y dedicados
exclusivamente al placer del amor.
Nutrición o alimentación
Con una dieta exclusivamente vegetariana,
las larvas se alimentan de todo tipo de tejido vegetal. Gran parte de las
especies son xilófagas, es decir, se alimentan de madera, ya sea muerta
o viva y de cualquier parte leñosa del árbol o el arbusto, si bien demuestran
tener predilección por árboles enfermos o muertos, ayudando así a la selección
natural y a mantener la salud y el equilibrio en la comunidad de especies
vegetales de los ecosistemas. Las larvas son capaces de asimilar sólo una
pequeña parte de los azúcares procedentes de toda la celulosa que pasa por su
aparato digestivo, lo que hace que estos animales sean tan voraces y que su
etapa de desarrollo sea larga y lenta. Muy lejos de este tipo de vida está la
de sus propios imagos, que poseen una corta esperanza de vida en la que generalmente
la nutrición es nula, manteniéndose de las grasas acumuladas en su estado
anterior, o escasa a base de brotes tiernos, frutos, néctar o polen. Aunque su
dieta puede ser monófaga o polífaga, existen, en cualquier caso, dos grupos
bien diferenciados nutricionalmente: los que se alimentan de resinosas y los
que lo hacen de frondosas, siendo lo mas habitual que cada especie esté
especializada en una familia o género de plantas.
Son pocos los cerambícidos que
pueden perjudicar económicamente al hombre, aunque algunas especies aparecen en
los manuales de plagas forestales. Cierto es que Anaerea carcharias y Copsilia
populnea son dos escarabajos de la tribu de las Saperdas, que atacan
a los chopos y que Hylotrupes bajulus, parece tener cierta tendencia a
perforar las maderas de las construcciones humanas, si bien en nuestros
numerosos estudios sobre longicornios, jamás observamos serias plagas de estos
insectos. El resto realizan labores sumamente beneficiosas para los seres
vivos, pues colaboran en la producción de humus en el suelo, participan en la
polinización de las flores, limpian las partes muertas o enfermas de nuestros
árboles y arbustos, derriban los árboles viejos y nutren el suelo para
facilitar el asentamiento de otros mas jóvenes, son el “menú” diario para
muchas especies de vertebrados e invertebrados y, por si fuera poco, son
capaces de apasionar a naturalistas como nosotros dándole una nota de interés
y color a nuestros paseos campestres.
El peligro de perderlos
La principal amenaza que sufren
estos animales no es otra que la sufrida por toda la comunidad de seres vivos,
incluidos nosotros, cual es la destrucción continua del medio natural. Más
particularmente les ayudan a ser menos frecuentes: la deforestación, la tala
masiva de árboles viejos, las continuas limpiezas de la madera seca de los
bosques, el uso indiscriminado de insecticidas y pesticidas, la desaparición de
especies vegetales autóctonas, los incendios forestales, la contaminación
ambiental y, desgraciadamente, una larga lista de “atentados ecológicos”.
Por nuestra parte, como amantes y
estudiosos de la Naturaleza, queremos llamar la atención de todos vosotros para
que os fijeis en estos seres maravillosos que, aunque pequeños, no son menos
importantes que especies como el oso o el águila, a quienes merecidamente
tantas páginas hemos dedicado.
J.M.C. y J.M.
Bibliografía
Bijiaou, Robert., 1986. Atlas des longicornes de France. (Ediciones La
Duraulié, Francia).
Villiers,
André., 1978. Faune des coléoptères de France; I CERAMBYCIDAE. (Éditions
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Vives,
E., 1983. Revisión del género Iberodorcadion. Coleópteros Cerambícidos. (C.S.I.C.,
Instituto Españoñ de Entomología, Madrid).
Vives,
E., 1984. Treballs del Museu de Zoología. Cerambícidos (Coleóptera) de la
Península Ibérica y de las Islas Baleares. (Ajuntament de Barcelona).