LOS
POLLOS FEOS
Howard
Waldrop
Se rompió mi
coche, y tenía que dar una clase a las once. Para eso tomé el autobús de la
ciudad, algo que raramente hago.
Gasté el verano
pasado arrastrándome por The Big Thicket con cámaras y grabadora, fotografiando
y grabando dos de los últimos pájaros carpinteros marfileños de la tierra. Puede
ver las películas en el salón de su Audubon Society
local.
Este año quería
algo tan relumbrante, cosa que me impuso una pequeña carga. Quizás un estudio de
la población del «cahow» de las Bermudas, o el «takahe» de Nueva Zelanda. Un mes
o así al sol caluroso (no abrasador) me haría mucho bien. Sin decir nada del
adelanto de la ciencia.
Estaba hojeando
ociosamente Pájaros del Mundo Desaparecidos y Extintos, de Greenway. El
autobús de la ciudad serpenteaba por los barrios lujosos de Austin, deteniéndose
para dejar a las chicanas, mujeres negras, y Vietnamitas que atienden las
cocinas y jardines de los ricos.
—No he visto
ninguno de esos pollos feos desde hace mucho tiempo —dijo una voz cerca de
mí.
Una señora de
cabello gris, se apoyaba por el pasillo hacia mí.
Miré hacia
ella, alrededor. Quizá era una criada encargada de hacer las compras. Quizá sólo
era por conversar. La miré directamente. Ninguna duda sobre eso, me hablaba a
mí. Esperaba una respuesta.
—Vivía cerca de
unas gentes que los crió cuando era una muchacha —dijo
señalando.
Miré hacia la
página en que mi libro estaba abierto.
Lo que debería
haber dicho era:
—Éso es
prácticamente imposible, señora. Éste es un dibujo de un pájaro extinto de la
isla de Mauritius. Es quizás el pájaro más famoso muerto en el mundo. Quizá
equivoca este dibujo por el de algunos pavos raros asiáticos, pavos reales, o
faisanes. Lo siento, pero se equivoca.
Le debería
haber dicho todo eso.
Lo que dijo
fue:
—Oops, ésta es
mi parada —y se preparó para irse.
Mi nombre es
Paul Linberl. Tengo veintiséis años, estudiante graduado en ornitología en la
Universidad de Texas, profesor ayudante. Mi nombre no es desconocido en el
campo. Tengo varios vicios y tonterías, pero no pienso que la insensatez sea uno
de ellos.
La estupidez
por mi parte ha sido seguirla.
Caminó lejos
del autobús.
La
seguí.
Llegué a la
oficina del departamento, arrastrando papeles esparcidos en el torbellino detrás
de mí.
—¡Martha!
Martha! —grité.
Ella estaba
haciendo algo en el armario del suministro.
—¡Jesús, Paul!
¿Qué quiere?
—¿Dónde está
Courtney?
—En la
conferencia en Houston. Ya lo sabe. Perdió su clase. ¿Qué le
pasa?
—Un poco de
dinero en efectivo. ¡Permítamelo!
—El día de pago
es sólo dentro de una semana. Si no puede...
—¡Negocios! ¡Es
fama y aventura y la oportunidad de una vida! He de partir a un largo viaje por
mar... Un billete de avión. A
Jackson, Mississippi o Memphis. Que sea para Jackson, es más
corto. ¡Haré ingresos! Seré famoso. Courtney
será famoso. ¡Será incluso usted famosa!
¡Esta universidad ingresará más dinero! Lo pagaré a la vuelta. Déme algo de
papel. Voy a escribir una nota a Courtney. ¿Cuándo sale el próximo avión?
¿Podrían coger Marie y Chuck mis clases del martes y miércoles? Trataré de estar
de vuelta el jueves a menos que pase algo. ¿Courtney estará de vuelta mañana,
seguro? Lo llamaré desde, pues, dondequiera que vaya. ¿Tiene algo de
café?.
Y así
sucesivamente. Martha me miró como si estuviera loco. Pero sin embargo cubrió la
petición.
—¿Qué tengo que
decirle a Kemejian cuando le pida que firme esto?
—Martha,
cariño. Dígale que publicaré este trabajo en Scientific
American.
—No lo
lee.
—¡En
Nature, entonces!
—Veré lo que
puedo hacer —dijo.
La dama que
había seguido fuera del bus se llama Jolyn (Smith) Jimson. La historia que me
contó era tan rara que tenía que ser verdadera. Supo cosas que sólo un experto,
o alguien con experiencia de primera mano, podría saber. Obtuve nombres de ella,
y direcciones, e informaciones exquisitas. Mas un año:
1927.
Y un lugar:
Mississippi norte.
Le dí mi copia
del Greenway. Le dije que la llamaría en cuanto volviera a la ciudad. La dejé de
pie en la esquina cerca de la casa en que limpia dos veces por semana. Jolyn
Jimson estaba en los sesenta años.
Piense en el
dodo como un bebé foca con plumas. Sé que eso no es seguro incluso, pero se
conserva en el tiempo.
En 1507 los
portugueses, en su viaje a India, encontraron las (entonces sin nombre) Islas
Mascarene en el Océano Índico, tres de ellas unos cientos de millas aparte,
todas al este y al norte de Madagascar.
No fue hasta
1598, cuando el viejo capitán holandés Cornelius Van Neck tropezó con ellas,
entonces las islas recibieron sus nombres, nombres que cambiaron varias veces
por los siglos cuando holandeses, franceses, e ingleses los cambiaron tras cada
guerra más o menos. Ahora como saben son Rodríguez, Reunión, y
Mauricio.
El rasgo mayor
de estas islas eran esos pájaros incapaces de volar, grandes, tontos, feos, de
mal sabor. Cornelius Van Neck y sus hombres los llamaron dod-aarsen, asnos
tontos, o dodars, pájaros tontos, o solitarios.
Había tres
especies: el dodo de Mauricio, gris-castaño real; torpe, de pico encorvado que
pesaba veinte kilos o más; el dodo blanco, algo más delgado, de Reunión; y los
solitarios de Rodríguez y Reunión, que parecían gansos muy gordos, gansos muy
tontos con reflejos coloreados.
Los dodos
tenían piernas espesas, grandes cuerpos, como sentados en cuclillas, dos veces
tan grandes como un pavo, caras desnudas, y picos curvados hacia abajo
terminados en un gancho que parece un puñal de linóleo ahuecado. No podían
volar. Hace tiempo habían perdido la habilidad de volar, y sus alas habían
degenerado en alas flexible del tamaño de una mano humana con sólo tres o cuatro
plumas en ellas. Sus colas eran rizadas y cubiertas de pelusa, como la
ocurrencia tardía de un niño en decoración. No tenían absolutamente enemigos
naturales. Anidaron en tierra abierta. Probablemente incubaban sus huevos
dondequiera que los hubieron puesto por casualidad.
Ningunos
enemigos naturales hasta que Cornelius Van Neck y otros de su tipo los vieron.
Marineros holandeses, franceses, y portugueses que se detuvieron en Mascarenes a
llenar reservas encontraron estos de estúpida apariencia, además los dodos eran
tontos. Caminaron directamente hacia ellos y los golpearon en la cabeza con
garrotes. Mejor todavía, se pueden reunir en rebaño dodos igual que ovejas. Los
cuadernos de anotaciones de la nave se llenaron de cosas como: «Partida de diez
hombres en tierra. Manada de media centena del gran pájaro de aspecto de pavo en
el barco. Traídos al barco donde corren por la cubierta. Tres alimentarán una
tripulación de 150».
Aun así, la
mayor parte del dodo, salvo el pecho, tenía mal sabor. Una de las palabras
holandesas para ellos era walghvogel, pájaro repugnante. Pero en una nave
tres meses fuera en un retorno desde Goa a Lisboa, pues, la comida era lo que se
encontraba. Se dijo, aun así, la prolongada ebullición no mejoró el
sabor.
Dicho esto, los
dodos podían haber durado, sólo que los holandeses, y más tarde los franceses,
colonizaron Mascarenes. Estas islas se volvieron plantaciones y vertederos para
refugiados religiosos. Caña de azúcar y otros productos exóticos se cultivaron
allí.
Con los colonos
vinieron gatos, perros, cerdos, y el hábil Rattus Norvegicus y el Mono Rhesus de
Ceylan. Los dodos que los marineros hambrientos dejaron en sus cacerías fueron
cazados (eran torpes y tontos, pero podrían correr cuando les apetecía) por
perros al aire libre. Fueron matados por gatos cuando se sentaron en sus nidos.
Se robaron sus huevos y fueron comidos por monos, ratas, y cerdos. Y compitieron
con los cerdos por todas las golosinas vegetales de escaso crecimiento de las
islas.
El último dodo
de Mauricio se vio en 1681, menos de cien años después de los primeros que
vieron los hombres. El último dodo blanco se despidió de los libros de historia
hacia 1720. Los solitarios de Rodríguez y Reunión, último del género así como la
especie, pudo haber durado hasta 1790. Nadie sabe.
Los científicos
de repente miraron alrededor y no encontraron más dodos vivos, en ningún
lugar.
Esta parte del
país había degenerado antes de que el primer Snopes alguna vez lo viera. No se
había pavimentado este camino hasta los últimos cincuentas, y era una carretera
principal entre dos sedes del condado. Eso no quiere decir que fuera una región
civilizada. He viajado varias millas y no he visto nada más que tierra
amontonada roja como el pescuezo de Billy Carter y alguna iglesia ocasional.
Esperé ver señales de «Burma Shave», pero me di cuenta de que este camino
probablemente nunca las tuvo.
Casi no
encuentro el desvío hacia el camino de tierra y grava que el último hombre de la
estación de servicio había marcado. Me llevó a la carretera hacia ninguna parte,
una senda fuera de un campo. Giré hacia abajo y una piedra del tamaño de una
pelota de golf voló sobre el capó y produjo una brecha de tres pulgadas de largo
en el parabrisas del coche de alquiler que contraté en
Grenada.
Era un día
caliente y húmedo para ser tan temprano. La vista se oscureció en una nube de
polvo cada vez que la grava enralecía. A una milla de camino, la arena gruesa
desapareció completamente. La carretera llegó a ser una serie de surcos en senda
de tierra, poco más ancha que el coche, encerrada por ambos lados por una cerca
de tres vueltas de alambre de púas.
En unos lugares
los postes de la cerca faltaban por unos metros. El alambre reposaba en la
tierra y en algunos lugares desapareció bajo ella por largos
tramos.
La única vida
que vi era un arrendajo haciendo escándalo con algo bajo un arbusto en que se
había clavado el alambre de púas, en lugar de a un poste. A un lado ahora había
un campo herboso que había crecido salvaje, la apariencia que todos los lugares
tendrán cuando nos hayamos echado a nosotros mismos de la faz del planeta. Al
otro, un bosque de pinos de rápido crecimiento, robles, algunos alcornoques y
ciruelos salvajes, sin fruta en esta época del año.
Empecé a
preguntarme lo que hacía aquí. Si Ms. Jimson era alguna imaginativa vieja
chalada, pero quién no. Falso, quizá, pero igualmente lo falso merece ser
verificado. Pero supe que no me ha mentido a mí. Parecía incapaz de mentir, la
buena ancianita, columna vertebral del Sur, de la tierra. Ni una glándula mendaz
en su ser.
No podía
dudarlo, o dudar de mi juicio. Aquí estaba yo, reptando y dando tumbos por
caminos de tierra en Mississippi, después de no dormir por un día, fuera del
delgado borde quebrado de un sueño. Tenía que tomarlo con
fe.
La parte
trasera del coche a veces resbalaba donde la tierra se había soltado y llenado
el camino de arena. El neumático trasero estaba atrancado, pero conseguí sacarlo
balanceándolo. Volviendo atrás salir de nuevo podría ser otro problema. ¿Es que
no usó nadie alguna vez este camino?
El bosque
estaba cerrado en ambos lados, como el bosque prehistórico, y el cerco hace
largo trecho que ha desaparecido. Mi cuentakilómetros marcaba seis millas y
habían pasado veinte minutos desde que había abandonado la carretera. En el
espejo del retrovisor vi gotas de sudor y tierra en las arrugas de mi cuello. Un
patina de fino polvo cubrió todo dentro del coche. Grumos de ella llegaron por
las ventanas.
El bosque se
extendió y tragó el camino. Ramas rasparon contra las ventanas y el techo.
Parecía caerse a un túnel largo, oscuro, frondoso. Oscuro y verde. Luché en un
impulso atávico por poner los faros del automóvil. Se debe de haber hecho el
firme de la carretera tras varios siglos de acumular hojas y paja. Mantuve la
presión constante en el acelerador y me mantuve sobre el
camino.
Medio leño
alcanzo y golpeó y resonó contra la base del coche. Vi luz. Temiendo por el
cárter del aceite, golpeé el pedal y salió a gran
velocidad.
Casi atravieso
la casa.
Estaba quizá a
diez yardas de los árboles. El camino acabó bajo uno de las ventanas. Vi a
alguien balanceándose con el rabillo del ojo.
Pisé de golpe
los frenos.
Una familia
entera estaba en el porche, parece una fotografía de la depresión, de Walker
Evans, o un sueño febril de la mente de un productor Hee Haw. La casa era
vieja.
—Menos mal que
se detuvo —dijo una voz.
Busqué. El
hombre más grande que alguna vez había visto en mi vida se apoyó bajo la ventana
del copiloto.
—Si lo
hubiéramos oído más pronto, hubiera enviado uno de los niños al final de la
entrada de autos para advertirlo —dijo.
¿Entrada de
autos?
Había manchas
castañas en los extremos de su boca. Me figuré que había masticado tabaco hasta
que vi la goma de mascar dulce del cepillo de aspirar pegada al bolsillo del
lapicero de su mono de trabajo. Sus manos eran el tamaño del guantes de un
catcher. Parecían como si nunca hubieran sostenido cualquier cosa más pequeña
que un mango de hacha.
—¿Cómo' stá?
—dijo, a la manera de introducción.
—Bien, gracias
—dije. Salí del coche.
—Me llamo
Lindberl —dije, extiendiendo mi mano. La tomó. Por un momento pensé en trampas
de oso, bocas de tiburones, puertas de ascensor que se cierran. El pensamiento
volvió desde dondequiera que ellos permanezcan.
—¿Esto es
Gudger? —pregunté.
Me miró
inexpresivamente con sus ojos grises. Llevaba una gorra de conductor de camión
diesel, y tenía puesto una camisa de leñador bajo su mono. Sus botas de caucho
eran del tamaño de las que Karloff llevó en Frankenstein.
—Na, soy Jim
Bob Krait. Ésa es mi esposa Jenny, y aquí, Luke y Skeeno y Shirl. —Apuntó al
porche.
Las personas en
el porche respondieron inclinando la cabeza.
—¿Arrendatario?
¿Gudger? Ningún Gudger por los alrededores, que se sepa. Soy, digamos, nuevo
aquí —tomé esa frase como que no había vivido aquí por más de veinte años o
así.
—¡Jennifer!
—gritó—. ¿Sabes de alguien llamado Gudger? —A mí me dijo— Mi esposa vivió por
los alrededores toda su vida.
Su esposa bajó
hacia el segundo escalón del porche.
—Pienso que
eran los que vivieron donde los Spradlin antes de los Spradlins. Pero la casa de
los Spradlins se abandonó alrededor de la Guerra coreana. Yo no supe de ningún
Gudgers. Eso es mientras vivíamos en Valle del Agua.
—¿Usted es un
hombre de seguros? —preguntó el Sr. Krait.
—Oh, no —dije.
Imaginé a las personas recostadas en el porche hacia mí, todo orejas—. Soy un...
Enseño en la universidad.
—¿Oxford?
—preguntó Krait.
—Uh, no.
Universidad de Texas.
—Pues, sí que
ha hecho usted un largo camino. ¿Dice que busca a los
Gudgers?
—Sólo su casa.
El área. Como su esposa dijo, entiendo que salieron durante la depresión,
creo.
—Pues, ellos
debían tener dinero —le dijo al gigantesco Sr. Krait—. Nadie de los alrededores
de aquí era bastante rico como para salir durante la
depresión.
—¡Luke! —gritó.
El muchacho más viejo en el porche pasó abajo. Parecía anémico y llevaba una
camisa en boga en la época del Twist. Estuvo de pie con sus manos en sus
bolsillos.
—Luke, muestra
al Sr. Lindbergh...
—Lindberl.
—Sr. Lindberl,
aquí, el camino hasta el viejo lugar de los Spradlin. Acompáñele hasta el puente
del leño viejo, puede perderse antes de allí.
—El puente del
leño se descompuso, papá.
—¿Cuando?
—En octubre,
papá.
—¡Pues,
infierno, otro para arreglar! De cualquier modo, hasta el
riachuelo
Volvió a
mí.
—Quiere ir muy
lejos allá arriba, que no se le muerdan las serpientes.
—No, estoy
seguro que estaré bien.
—Me pregunto
qué le lleva a subir hasta allí —preguntó. Estaba mirando lejos de mí. Podía
verle viniendo ahora y preguntando si estaba molestándole. Tales cosas
normalmente aparecían en el curso de la conversación.
—Soy un-uh,
científico de los pájaros. Estudio pájaros. Teníamos un dibujo y alguien nos
dijo que en el viejo Gudger y alrededores... Estoy buscando un pájaro raro. Es
difícil de explicar.
Me dí cuenta de
que sudaba. Estaba caliente.
—¿Quiere decir
algo así como un «goodgod»? Vi un goodgod aproximadamente hace veinticinco años,
al lado de Bruce —dijo.
—Pues, no. —Un
goodgod era uno de los nombres para el pájaro carpintero marfileño, uno de los
más raros en el mundo. En otros tiempos habría dejado caer mi mandíbula. Porque
se pensaba que se habían extinguido en Mississippi por los años diez, y por el
hecho que Krait supo que eran raros.
Fui a cerrar
con llave mi coche, entonces pensé en el protocolo de la
situación.
—¿Mi coche está
en su camino? —pregunté.
—No. Estará
bien —dijo Jim Bob Krait—. Esperaremos su regreso hacia el anochecer, ¿de
acuerdo?
Por un minuto
no supe si eso era una orden o una expresión de
preocupación.
—Por si las
mordeduras de serpiente —dije—. Trataré de ser cuidadoso allá
arriba.
—Que tenga
suerte buscando esos pájaros raros —dijo. Caminó hasta el porche con su
familia.
—Vamos —le dijo
a Luke.
Detrás de la
casa de Krait había un gallinero y una pocilga donde los cerdos se colocan
después de ensuciarse toda la mañana como islas en una bahía de barro, o una
escultura Zen porcina. Después pasamos la maquinaria rota de la granja expuesta
a la a oxidación, aunque no había nada más que tierra sin cultivar hasta donde
alcanzaba la vista. Cómo la familia conseguía vivir, no lo sé. Se lo digo, puede
encontrar sólo lugares como este en todo el Sur.
Caminamos
bosque a través y por los campos, siguiendo una especie de sendero. Traté de
memorizar los giros que tendría que tomar para el regreso. Luke no dijo una
palabra en los veinte minutos que me acompañó, excepto maldecir una vez cuando
pisó una ortiga con sus zapatillas deportivas.
Vinimos a un
arroyuelo que bordeaba una colina boscosa. Había un leño podrido formando un
pequeño dique. Sobre él el agua tenía casi tres pies de hondo, abajo, la mitad
de eso.
—¿Ve ese
camino? —preguntó.
—Sí.
—Sígalo arriba
alrededor de la colina, entonces atraviese el próximo campo. Después cruza el
reguero de nuevo, por las piedras, y sobre la colina. Tome el camino de la
izquierda. Que está al lado izquierdo de la casa; está aproximadamente a los
tres cuartos del camino que sube la próxima colina. Si llega a un precipicio con
una piedra grande desnuda, ha ido demasiado lejos. ¿Lo
entiende?
Asentí moviendo
la cabeza.
Dio la vuelta y
me abandonó.
La casa había
sido una vez una cabaña, como la Sra. Jimson había dicho. Ahora se había caído
de un lado, lo que llaman «sigoglin» (¿o era «antisigoglin»?). Una vez oí un
himno en la radio llamado «La Tierra Donde Ninguna Cabaña se Cae». Esta era la
región donde se escribían las canciones rurales como esa.
Cizañas
creciendo por todas partes. Había señales de cercos, un allanado montón de
madera que había sido una vez un granero. Más allá detrás la casa estaba el
retrete. La mitad de una bomba oxidada que estuvo de pie en el traspatio. Una
mancha más llana mostró donde había estado la huerta; en él solo un tomate
salvaje, picoteado por los pájaros, pudriéndose. Lo pasé. Había madera de tres
dependencias, principalmente podrida y verde con algas y musgo. Una había sido
una combinación de ahumadero y leñera. Dos habían sido dormitorio de pollos. Uno
era más grande que el otro. Allí comencé a escarbar y
excavar.
¿Dónde? ¿Dónde?
Desearía haber estado en más excavaciones arqueológicas, puesto que los lugares
se parecen. Montones de desecho, pudrideros, pilas de desechos de cocina, abono
en cajas. ¿Porqué no habría nacido en una granja para que supiera
instintivamente donde investigar?
Instigué
alrededor de las heces. Moví de un lado a otro como un perro setter tratando de
encontrar por el olor la codorniz. Quería más, más. Todavía no estaba
satisfecho.
Crepúsculo.
Oscuridad, de hecho. Caminando pesadamente por el patio delantero de los Kraits.
La puntera del pie repleta por la hinchazón. Estaba caliente, cansado, cubierto
con cincuenta años de cagadas de pollo. Los Kraits estaban en su porche. Jim Bob
se movió pesadamente, como una montaña amistosa.
Le hice unas
preguntas, les di un Xerox de uno de los dibujos del dodo, les dejé direcciones
y números de teléfono donde podrían localizarme.
Entonces en el
coche alquilado. Abandonando Valle del Agua, actuando como informadora, Jennifer
Krait me alcanzó. Fui a la casa del administrador de correos a Valle del Agua.
Buscando una cama. Hice preguntas. Subió el teléfono. Molesté a personas hacia
la una de la mañana. Entonces regresé al fiel coche de
alquiler.
Fue en Memphis
cuando la luna apareció por mi lado derecho. Interestatal 55, indicaba una cinta
de vidrio ante mí. WLS de Chicago estaba en la radio.
Canturreaba
junto con ella, cantaba a gritos.
El saco lleno
de huesos de dodo, picos, pies y fragmentos de cáscara de huevo me hacían
compañía en el asiento del frente.
¿Supo de un
museo que una vez intercambió un esqueleto entero de ballena azul por uno de un
dodo?
Conduciendo.
Conduciendo.
EL BAILE DE LOS
DODOS
Tenía a veces
una visión, la tuve mucho antes de que esta locura apareció. Puedo cerrar mis
ojos y lo veo en el pensamiento. Pero viene a mí más a menudo, más vivamente
cuando leo y escucho la música clásica, sobre todo el Canon de
Pachelbel.
Es cerca del
crepúsculo en The Hague y la luz es de Frans Hals, de Rembrandt. La familia real
holandesa y sus huéspedes comen y hablan calladamente en el gran salón comedor.
Guardias con alabardas y picas están de pie en las esquinas del cuarto. Recuerda
la familia alrededor de la mesa; el Rey, Reina, unas princesas, un príncipe, un
par de otros niños, y un invitado noble o dos. Sirvientes salen con platos y
tazas pero no interfieren.
En una
plataforma elevada en un extremo del cuarto una orquesta toca durante la cena
música de clavicordio, viola, violoncello, tres violines, e instrumentos de
viento de madera. Uno de los enanos reales se sienta en el borde de la
plataforma, su pie despacio frotando el trasero de uno de los perros durmiendo
cerca de él.
Cuando la
música del Canon de Pachelbel se infla y enrolla por el corredor, uno de
los dodos camina torpemente, se detiene, inclina su cabeza, su ojos luminoso
como una piscina de alquitrán. Oscila un poco, alza su pie con indecisión, uno,
después otro, balanceándose de un lado a otro al ritmo del
violoncello.
Los violines
arremolinan. El dodo empieza a bailar, su gran cuerpo desgarbado ahora elegante.
Se junta con los otros dos dodos que vienen en el corredor, los tres en una
especie de círculo.
El clavicordio
empieza su contrapunto. El cuarto dodo, el blanco de Reunión, viene de su lugar
bajo la mesa y se une al círculo con los otros.
Es el más
elegante de todos, da vueltas completas donde los otros sólo oscilación y
zambullida en el borde del círculo que han formado.
Los ascensos de
la música en volumen; el primer violinista ve los dodos hacer inclinaciones al
Rey. Pero él y los otros a la mesa lo han visto ya. Son silenciosos,
traspasando, incluso a los sirvientes que están de pie todavía, cuencos, ollas
y, marmitas en sus manos se olvidan.
Alrededor de
los dodos baile con sacudidas y tramas de sus cabezas feas. El dodo blanco se
zambulle, toma medio paso, pirouettes en un pie, círculos de
nuevo.
Sin una palabra
el Rey de Holanda toma la mano de la Reina, y vienen alrededor de la mesa niños
antes del espectáculo. Se unen al baile, bailan el vals (anacronismo) entre los
dodos mientras la familia, los huéspedes, los soldados miran y se inclinan al
ritmo de la música.
Entonces la
visión se marchita, y la imagen posterior del titilar de una chimenea y restos
de dodo.
El dodo y sus
parientes llegaron enviados en barcos a los puertos de hombres civilizados. Los
primeros de los que tenemos registro es el del Capitán van Neck que devolvió dos
en 1599, uno para el Rey de Holanda, y uno que se encontró camino de Colonia en
el zoológico del Emperador Rodolfo II.
Esta pajarera
real estaba en Schloss Neugebau, cerca de Viena. Estaban aquí las primeras
pinturas de los viejos y bobos pájaros, fueron hechas por Georg y su hijo Jacob
Hoefnagel, entre 1602 y 1610. Lo pintaron entre más de noventa especies de
pájaros que guardaban, el Emperador se divirtió.
Otro artista
holandés llamado Roelandt Savery, como alguien dijo, «hizo una carrera del
dodo». Los dibujó y los pintó muchas veces, y no había ninguna duda de que
personalmente se fascinó por ellos. Se obsesionó, incluso. Temprano, las
pinturas son consistentes; los más tardíos tienen inexactitudes. Esto implica
que trabajaban con ellos en vida los primeros; después, de memoria, cuando su
modelo fue a ese lugar que se reserva, y pronto, para todas las especies. Uno de
sus dibujos tiene dos Raphidae corriendo tras alguna exquisitez en la
tierra. No se puede decir que sus trabajos no tienen
encanto.
Otro artista
holandés (parecieron crecer como hongos después de una lluvia de primavera)
llamado Pedro Withoos también insertó dodos en sus pinturas, a veces en extraños
y excitantes lugares (errando durante las lecciones de música de su dueño), o
con Adán y Eva en algún Edénico idilio.
La
representación más exacta, estamos seguros, viene medio mundo lejos del tumulto
religioso y político de los marineros europeos. Hay una pintura de miniatura
india del dodo que ahora permanece en un museo en Rusia. El dodo podía haber
sido traído por holandeses o portugueses en sus viajes a Goa y las costas del
subcontinente indio. O se podían haber traído siglos antes por los árabes que
recorrieron al Océano Indico en sus naves artesanas triangulares, y que pudieran
haber descubierto la Mascarenes como antes que los europeos hicieron ellos
mismos por la Primera Cruzada.
En una época
temprana en mis días de fascinación por los pájaros (después de que paré de
matarlos con escopeta de caza pero antes de que empezara a trabajar gracias a
una beca), una vez me senté y comprendí donde habían ido todos los
dodos.
Dos con van
Neck en 1599, uno a Holanda, uno a Austria. Otro estaba en el Parque de Count
Solm en 1600. Un recuento habla de «uno en Italia, uno en Alemania, varios a
Inglaterra, ocho o nueve a Holanda». William Boentekoe van Hoorn supo de «uno
enviado a Europa en 1640, otro en 1685» que dijo era «también pintado por
artistas holandeses». Se mencionaron dos como «guardados en Surrat House en
India como animal doméstico» quizás uno de ellos es el de la pintura. Siendo
caritativo, y considerando que «varios» significa por lo menos tres, eso supone
veinte dodos en total.
Allí tenía que
haber más, cuando se había recogido carga para el barco a la
vez.
¿Qué sabemos de
las aves Dodinas? Algunos registros de los barcos, unas notas abandonadas por
viajeros y colonos. Los ingleses estaban fascinados por ellos. Sir Hamon
L'Estrange, un contemporáneo de Pepys, vio exhibido «un Dodar de la Isla de
Mauricio... no es capaz de volar, siendo tan grande». Uno fue rellenado cuando
murió, y se colocó en el Museo Tradescantum en Lambeth Sur. Eventualmente se
encontró en el Museo Ashmolean. Fue infectado de ratas y se quemó, todo menos
una pierna y la cabeza, en 1750. Por entonces no había ninguno más, pero nadie
se había dado cuenta de eso todavía.
Francis
Willughby pudo describirlo antes de su incineración. Carolus Clusius,
anteriormente, en Holanda estudió uno en Count Solm. Recopiló todo lo conocido
sobre los Raphidae, describiendo una pierna del dodo que Pieter Pauw guardó en
su gabinete de historia natural, en «Exoticarium libri decem» en 1605, ocho años
después de su descubrimiento.
François
Leguat, un Hugonote que vivió en Reunión por unos años, publicó una relación de
sus viajes en la que mencionó los dodos. Se publicó en 1690 (después de que el
dodo de Mauricio fuera extinto) e incluido la información de que «algunos de los
machos pesan cuarenta y cinco libras. Un huevo, mucho más grande que el de un
ganso, pone por la hembra, y la incubación dura siete
semanas».
El Abate Pingre
visitó Mascarenes en 1761. Vio el último de los dodos solitarios de Rodríguez, y
reunió la información que podía sobre los miembros del género muertos de Reunión
y Mauricio.
Después de esas
únicas memorias de los colonos, y algunos debates científicos acerca de donde se
situaría el Raphidae en el gran esquema taxonómico de estas cosas (llamadas por
algunos palomas, llamadas por otros rascones) fue abandonado. Igual que el
preocuparse por tales insignificancias. Se olvidó el dodo.
Cuando Lewis
Carroll escribió «Alicia en el país de las maravillas» en 1865, la mayoría de la
gente pensó que él había inventado el dodo.
FIN
Traducción:
Luis Getino