LOS POLLOS FEOS

Howard Waldrop

Premios World Fantasy Award y Nebula 1981

 

 

 

Se rompió mi coche, y tenía que dar una clase a las once. Para eso tomé el autobús de la ciudad, algo que raramente hago.

Gasté el verano pasado arrastrándome por The Big Thicket con cámaras y grabadora, fotografiando y grabando dos de los últimos pájaros carpinteros marfileños de la tierra. Puede ver las películas en el salón de su Audubon Society local.

Este año quería algo tan relumbrante, cosa que me impuso una pequeña carga. Quizás un estudio de la población del «cahow» de las Bermudas, o el «takahe» de Nueva Zelanda. Un mes o así al sol caluroso (no abrasador) me haría mucho bien. Sin decir nada del adelanto de la ciencia.

Estaba hojeando ociosamente Pájaros del Mundo Desaparecidos y Extintos, de Greenway. El autobús de la ciudad serpenteaba por los barrios lujosos de Austin, deteniéndose para dejar a las chicanas, mujeres negras, y Vietnamitas que atienden las cocinas y jardines de los ricos.

—No he visto ninguno de esos pollos feos desde hace mucho tiempo —dijo una voz cerca de mí.

Una señora de cabello gris, se apoyaba por el pasillo hacia mí.

Miré hacia ella, alrededor. Quizá era una criada encargada de hacer las compras. Quizá sólo era por conversar. La miré directamente. Ninguna duda sobre eso, me hablaba a mí. Esperaba una respuesta.

—Vivía cerca de unas gentes que los crió cuando era una muchacha —dijo señalando.

Miré hacia la página en que mi libro estaba abierto.

Lo que debería haber dicho era:

—Éso es prácticamente imposible, señora. Éste es un dibujo de un pájaro extinto de la isla de Mauritius. Es quizás el pájaro más famoso muerto en el mundo. Quizá equivoca este dibujo por el de algunos pavos raros asiáticos, pavos reales, o faisanes. Lo siento, pero se equivoca.

Le debería haber dicho todo eso.

Lo que dijo fue:

—Oops, ésta es mi parada —y se preparó para irse.

 

Mi nombre es Paul Linberl. Tengo veintiséis años, estudiante graduado en ornitología en la Universidad de Texas, profesor ayudante. Mi nombre no es desconocido en el campo. Tengo varios vicios y tonterías, pero no pienso que la insensatez sea uno de ellos.

La estupidez por mi parte ha sido seguirla.

Caminó lejos del autobús.

La seguí.

 

Llegué a la oficina del departamento, arrastrando papeles esparcidos en el torbellino detrás de mí.

—¡Martha! Martha! —grité.

Ella estaba haciendo algo en el armario del suministro.

—¡Jesús, Paul! ¿Qué quiere?

—¿Dónde está Courtney?

—En la conferencia en Houston. Ya lo sabe. Perdió su clase. ¿Qué le pasa?

—Un poco de dinero en efectivo. ¡Permítamelo!

—El día de pago es sólo dentro de una semana. Si no puede...

—¡Negocios! ¡Es fama y aventura y la oportunidad de una vida! He de partir a un largo viaje por mar... Un billete de avión. A Jackson, Mississippi o Memphis. Que sea para Jackson, es más corto. ¡Haré ingresos! Seré famoso. Courtney será famoso. ¡Será incluso usted famosa! ¡Esta universidad ingresará más dinero! Lo pagaré a la vuelta. Déme algo de papel. Voy a escribir una nota a Courtney. ¿Cuándo sale el próximo avión? ¿Podrían coger Marie y Chuck mis clases del martes y miércoles? Trataré de estar de vuelta el jueves a menos que pase algo. ¿Courtney estará de vuelta mañana, seguro? Lo llamaré desde, pues, dondequiera que vaya. ¿Tiene algo de café?.

Y así sucesivamente. Martha me miró como si estuviera loco. Pero sin embargo cubrió la petición.

—¿Qué tengo que decirle a Kemejian cuando le pida que firme esto?

—Martha, cariño. Dígale que publicaré este trabajo en Scientific American.

—No lo lee.

—¡En Nature, entonces!

—Veré lo que puedo hacer —dijo.

 

La dama que había seguido fuera del bus se llama Jolyn (Smith) Jimson. La historia que me contó era tan rara que tenía que ser verdadera. Supo cosas que sólo un experto, o alguien con experiencia de primera mano, podría saber. Obtuve nombres de ella, y direcciones, e informaciones exquisitas. Mas un año: 1927.

Y un lugar: Mississippi norte.

Le dí mi copia del Greenway. Le dije que la llamaría en cuanto volviera a la ciudad. La dejé de pie en la esquina cerca de la casa en que limpia dos veces por semana. Jolyn Jimson estaba en los sesenta años.

 

Piense en el dodo como un bebé foca con plumas. Sé que eso no es seguro incluso, pero se conserva en el tiempo.

En 1507 los portugueses, en su viaje a India, encontraron las (entonces sin nombre) Islas Mascarene en el Océano Índico, tres de ellas unos cientos de millas aparte, todas al este y al norte de Madagascar.

No fue hasta 1598, cuando el viejo capitán holandés Cornelius Van Neck tropezó con ellas, entonces las islas recibieron sus nombres, nombres que cambiaron varias veces por los siglos cuando holandeses, franceses, e ingleses los cambiaron tras cada guerra más o menos. Ahora como saben son Rodríguez, Reunión, y Mauricio.

El rasgo mayor de estas islas eran esos pájaros incapaces de volar, grandes, tontos, feos, de mal sabor. Cornelius Van Neck y sus hombres los llamaron dod-aarsen, asnos tontos, o dodars, pájaros tontos, o solitarios.

Había tres especies: el dodo de Mauricio, gris-castaño real; torpe, de pico encorvado que pesaba veinte kilos o más; el dodo blanco, algo más delgado, de Reunión; y los solitarios de Rodríguez y Reunión, que parecían gansos muy gordos, gansos muy tontos con reflejos coloreados.

Los dodos tenían piernas espesas, grandes cuerpos, como sentados en cuclillas, dos veces tan grandes como un pavo, caras desnudas, y picos curvados hacia abajo terminados en un gancho que parece un puñal de linóleo ahuecado. No podían volar. Hace tiempo habían perdido la habilidad de volar, y sus alas habían degenerado en alas flexible del tamaño de una mano humana con sólo tres o cuatro plumas en ellas. Sus colas eran rizadas y cubiertas de pelusa, como la ocurrencia tardía de un niño en decoración. No tenían absolutamente enemigos naturales. Anidaron en tierra abierta. Probablemente incubaban sus huevos dondequiera que los hubieron puesto por casualidad.

Ningunos enemigos naturales hasta que Cornelius Van Neck y otros de su tipo los vieron. Marineros holandeses, franceses, y portugueses que se detuvieron en Mascarenes a llenar reservas encontraron estos de estúpida apariencia, además los dodos eran tontos. Caminaron directamente hacia ellos y los golpearon en la cabeza con garrotes. Mejor todavía, se pueden reunir en rebaño dodos igual que ovejas. Los cuadernos de anotaciones de la nave se llenaron de cosas como: «Partida de diez hombres en tierra. Manada de media centena del gran pájaro de aspecto de pavo en el barco. Traídos al barco donde corren por la cubierta. Tres alimentarán una tripulación de 150».

Aun así, la mayor parte del dodo, salvo el pecho, tenía mal sabor. Una de las palabras holandesas para ellos era walghvogel, pájaro repugnante. Pero en una nave tres meses fuera en un retorno desde Goa a Lisboa, pues, la comida era lo que se encontraba. Se dijo, aun así, la prolongada ebullición no mejoró el sabor.

Dicho esto, los dodos podían haber durado, sólo que los holandeses, y más tarde los franceses, colonizaron Mascarenes. Estas islas se volvieron plantaciones y vertederos para refugiados religiosos. Caña de azúcar y otros productos exóticos se cultivaron allí.

Con los colonos vinieron gatos, perros, cerdos, y el hábil Rattus Norvegicus y el Mono Rhesus de Ceylan. Los dodos que los marineros hambrientos dejaron en sus cacerías fueron cazados (eran torpes y tontos, pero podrían correr cuando les apetecía) por perros al aire libre. Fueron matados por gatos cuando se sentaron en sus nidos. Se robaron sus huevos y fueron comidos por monos, ratas, y cerdos. Y compitieron con los cerdos por todas las golosinas vegetales de escaso crecimiento de las islas.

El último dodo de Mauricio se vio en 1681, menos de cien años después de los primeros que vieron los hombres. El último dodo blanco se despidió de los libros de historia hacia 1720. Los solitarios de Rodríguez y Reunión, último del género así como la especie, pudo haber durado hasta 1790. Nadie sabe.

Los científicos de repente miraron alrededor y no encontraron más dodos vivos, en ningún lugar.

 

Esta parte del país había degenerado antes de que el primer Snopes alguna vez lo viera. No se había pavimentado este camino hasta los últimos cincuentas, y era una carretera principal entre dos sedes del condado. Eso no quiere decir que fuera una región civilizada. He viajado varias millas y no he visto nada más que tierra amontonada roja como el pescuezo de Billy Carter y alguna iglesia ocasional. Esperé ver señales de «Burma Shave», pero me di cuenta de que este camino probablemente nunca las tuvo.

Casi no encuentro el desvío hacia el camino de tierra y grava que el último hombre de la estación de servicio había marcado. Me llevó a la carretera hacia ninguna parte, una senda fuera de un campo. Giré hacia abajo y una piedra del tamaño de una pelota de golf voló sobre el capó y produjo una brecha de tres pulgadas de largo en el parabrisas del coche de alquiler que contraté en Grenada.

Era un día caliente y húmedo para ser tan temprano. La vista se oscureció en una nube de polvo cada vez que la grava enralecía. A una milla de camino, la arena gruesa desapareció completamente. La carretera llegó a ser una serie de surcos en senda de tierra, poco más ancha que el coche, encerrada por ambos lados por una cerca de tres vueltas de alambre de púas.

En unos lugares los postes de la cerca faltaban por unos metros. El alambre reposaba en la tierra y en algunos lugares desapareció bajo ella por largos tramos.

La única vida que vi era un arrendajo haciendo escándalo con algo bajo un arbusto en que se había clavado el alambre de púas, en lugar de a un poste. A un lado ahora había un campo herboso que había crecido salvaje, la apariencia que todos los lugares tendrán cuando nos hayamos echado a nosotros mismos de la faz del planeta. Al otro, un bosque de pinos de rápido crecimiento, robles, algunos alcornoques y ciruelos salvajes, sin fruta en esta época del año.

Empecé a preguntarme lo que hacía aquí. Si Ms. Jimson era alguna imaginativa vieja chalada, pero quién no. Falso, quizá, pero igualmente lo falso merece ser verificado. Pero supe que no me ha mentido a mí. Parecía incapaz de mentir, la buena ancianita, columna vertebral del Sur, de la tierra. Ni una glándula mendaz en su ser.

No podía dudarlo, o dudar de mi juicio. Aquí estaba yo, reptando y dando tumbos por caminos de tierra en Mississippi, después de no dormir por un día, fuera del delgado borde quebrado de un sueño. Tenía que tomarlo con fe.

La parte trasera del coche a veces resbalaba donde la tierra se había soltado y llenado el camino de arena. El neumático trasero estaba atrancado, pero conseguí sacarlo balanceándolo. Volviendo atrás salir de nuevo podría ser otro problema. ¿Es que no usó nadie alguna vez este camino?

 

El bosque estaba cerrado en ambos lados, como el bosque prehistórico, y el cerco hace largo trecho que ha desaparecido. Mi cuentakilómetros marcaba seis millas y habían pasado veinte minutos desde que había abandonado la carretera. En el espejo del retrovisor vi gotas de sudor y tierra en las arrugas de mi cuello. Un patina de fino polvo cubrió todo dentro del coche. Grumos de ella llegaron por las ventanas.

El bosque se extendió y tragó el camino. Ramas rasparon contra las ventanas y el techo. Parecía caerse a un túnel largo, oscuro, frondoso. Oscuro y verde. Luché en un impulso atávico por poner los faros del automóvil. Se debe de haber hecho el firme de la carretera tras varios siglos de acumular hojas y paja. Mantuve la presión constante en el acelerador y me mantuve sobre el camino.

Medio leño alcanzo y golpeó y resonó contra la base del coche. Vi luz. Temiendo por el cárter del aceite, golpeé el pedal y salió a gran velocidad.

Casi atravieso la casa.

Estaba quizá a diez yardas de los árboles. El camino acabó bajo uno de las ventanas. Vi a alguien balanceándose con el rabillo del ojo.

Pisé de golpe los frenos.

Una familia entera estaba en el porche, parece una fotografía de la depresión, de Walker Evans, o un sueño febril de la mente de un productor Hee Haw. La casa era vieja.

—Menos mal que se detuvo —dijo una voz.

Busqué. El hombre más grande que alguna vez había visto en mi vida se apoyó bajo la ventana del copiloto.

—Si lo hubiéramos oído más pronto, hubiera enviado uno de los niños al final de la entrada de autos para advertirlo —dijo.

¿Entrada de autos?

Había manchas castañas en los extremos de su boca. Me figuré que había masticado tabaco hasta que vi la goma de mascar dulce del cepillo de aspirar pegada al bolsillo del lapicero de su mono de trabajo. Sus manos eran el tamaño del guantes de un catcher. Parecían como si nunca hubieran sostenido cualquier cosa más pequeña que un mango de hacha.

—¿Cómo' stá? —dijo, a la manera de introducción.

—Bien, gracias —dije. Salí del coche.

—Me llamo Lindberl —dije, extiendiendo mi mano. La tomó. Por un momento pensé en trampas de oso, bocas de tiburones, puertas de ascensor que se cierran. El pensamiento volvió desde dondequiera que ellos permanezcan.

—¿Esto es Gudger? —pregunté.

Me miró inexpresivamente con sus ojos grises. Llevaba una gorra de conductor de camión diesel, y tenía puesto una camisa de leñador bajo su mono. Sus botas de caucho eran del tamaño de las que Karloff llevó en Frankenstein.

—Na, soy Jim Bob Krait. Ésa es mi esposa Jenny, y aquí, Luke y Skeeno y Shirl. —Apuntó al porche.

Las personas en el porche respondieron inclinando la cabeza.

—¿Arrendatario? ¿Gudger? Ningún Gudger por los alrededores, que se sepa. Soy, digamos, nuevo aquí —tomé esa frase como que no había vivido aquí por más de veinte años o así.

—¡Jennifer! —gritó—. ¿Sabes de alguien llamado Gudger? —A mí me dijo— Mi esposa vivió por los alrededores toda su vida.

Su esposa bajó hacia el segundo escalón del porche.

—Pienso que eran los que vivieron donde los Spradlin antes de los Spradlins. Pero la casa de los Spradlins se abandonó alrededor de la Guerra coreana. Yo no supe de ningún Gudgers. Eso es mientras vivíamos en Valle del Agua.

—¿Usted es un hombre de seguros? —preguntó el Sr. Krait.

—Oh, no —dije. Imaginé a las personas recostadas en el porche hacia mí, todo orejas—. Soy un... Enseño en la universidad.

—¿Oxford? —preguntó Krait.

—Uh, no. Universidad de Texas.

—Pues, sí que ha hecho usted un largo camino. ¿Dice que busca a los Gudgers?

—Sólo su casa. El área. Como su esposa dijo, entiendo que salieron durante la depresión, creo.

—Pues, ellos debían tener dinero —le dijo al gigantesco Sr. Krait—. Nadie de los alrededores de aquí era bastante rico como para salir durante la depresión.

—¡Luke! —gritó. El muchacho más viejo en el porche pasó abajo. Parecía anémico y llevaba una camisa en boga en la época del Twist. Estuvo de pie con sus manos en sus bolsillos.

—Luke, muestra al Sr. Lindbergh...

—Lindberl.

—Sr. Lindberl, aquí, el camino hasta el viejo lugar de los Spradlin. Acompáñele hasta el puente del leño viejo, puede perderse antes de allí.

—El puente del leño se descompuso, papá.

—¿Cuando?

—En octubre, papá.

—¡Pues, infierno, otro para arreglar! De cualquier modo, hasta el riachuelo

Volvió a mí.

—Quiere ir muy lejos allá arriba, que no se le muerdan las serpientes.

—No, estoy seguro que estaré bien.

—Me pregunto qué le lleva a subir hasta allí —preguntó. Estaba mirando lejos de mí. Podía verle viniendo ahora y preguntando si estaba molestándole. Tales cosas normalmente aparecían en el curso de la conversación.

—Soy un-uh, científico de los pájaros. Estudio pájaros. Teníamos un dibujo y alguien nos dijo que en el viejo Gudger y alrededores... Estoy buscando un pájaro raro. Es difícil de explicar.

Me dí cuenta de que sudaba. Estaba caliente.

—¿Quiere decir algo así como un «goodgod»? Vi un goodgod aproximadamente hace veinticinco años, al lado de Bruce —dijo.

—Pues, no. —Un goodgod era uno de los nombres para el pájaro carpintero marfileño, uno de los más raros en el mundo. En otros tiempos habría dejado caer mi mandíbula. Porque se pensaba que se habían extinguido en Mississippi por los años diez, y por el hecho que Krait supo que eran raros.

Fui a cerrar con llave mi coche, entonces pensé en el protocolo de la situación.

—¿Mi coche está en su camino? —pregunté.

—No. Estará bien —dijo Jim Bob Krait—. Esperaremos su regreso hacia el anochecer, ¿de acuerdo?

Por un minuto no supe si eso era una orden o una expresión de preocupación.

—Por si las mordeduras de serpiente —dije—. Trataré de ser cuidadoso allá arriba.

—Que tenga suerte buscando esos pájaros raros —dijo. Caminó hasta el porche con su familia.

—Vamos —le dijo a Luke.

 

Detrás de la casa de Krait había un gallinero y una pocilga donde los cerdos se colocan después de ensuciarse toda la mañana como islas en una bahía de barro, o una escultura Zen porcina. Después pasamos la maquinaria rota de la granja expuesta a la a oxidación, aunque no había nada más que tierra sin cultivar hasta donde alcanzaba la vista. Cómo la familia conseguía vivir, no lo sé. Se lo digo, puede encontrar sólo lugares como este en todo el Sur.

Caminamos bosque a través y por los campos, siguiendo una especie de sendero. Traté de memorizar los giros que tendría que tomar para el regreso. Luke no dijo una palabra en los veinte minutos que me acompañó, excepto maldecir una vez cuando pisó una ortiga con sus zapatillas deportivas.

Vinimos a un arroyuelo que bordeaba una colina boscosa. Había un leño podrido formando un pequeño dique. Sobre él el agua tenía casi tres pies de hondo, abajo, la mitad de eso.

—¿Ve ese camino? —preguntó.

—Sí.

—Sígalo arriba alrededor de la colina, entonces atraviese el próximo campo. Después cruza el reguero de nuevo, por las piedras, y sobre la colina. Tome el camino de la izquierda. Que está al lado izquierdo de la casa; está aproximadamente a los tres cuartos del camino que sube la próxima colina. Si llega a un precipicio con una piedra grande desnuda, ha ido demasiado lejos. ¿Lo entiende?

Asentí moviendo la cabeza.

Dio la vuelta y me abandonó.

 

La casa había sido una vez una cabaña, como la Sra. Jimson había dicho. Ahora se había caído de un lado, lo que llaman «sigoglin» (¿o era «antisigoglin»?). Una vez oí un himno en la radio llamado «La Tierra Donde Ninguna Cabaña se Cae». Esta era la región donde se escribían las canciones rurales como esa.

Cizañas creciendo por todas partes. Había señales de cercos, un allanado montón de madera que había sido una vez un granero. Más allá detrás la casa estaba el retrete. La mitad de una bomba oxidada que estuvo de pie en el traspatio. Una mancha más llana mostró donde había estado la huerta; en él solo un tomate salvaje, picoteado por los pájaros, pudriéndose. Lo pasé. Había madera de tres dependencias, principalmente podrida y verde con algas y musgo. Una había sido una combinación de ahumadero y leñera. Dos habían sido dormitorio de pollos. Uno era más grande que el otro. Allí comencé a escarbar y excavar.

¿Dónde? ¿Dónde? Desearía haber estado en más excavaciones arqueológicas, puesto que los lugares se parecen. Montones de desecho, pudrideros, pilas de desechos de cocina, abono en cajas. ¿Porqué no habría nacido en una granja para que supiera instintivamente donde investigar?

Instigué alrededor de las heces. Moví de un lado a otro como un perro setter tratando de encontrar por el olor la codorniz. Quería más, más. Todavía no estaba satisfecho.

 

Crepúsculo. Oscuridad, de hecho. Caminando pesadamente por el patio delantero de los Kraits. La puntera del pie repleta por la hinchazón. Estaba caliente, cansado, cubierto con cincuenta años de cagadas de pollo. Los Kraits estaban en su porche. Jim Bob se movió pesadamente, como una montaña amistosa.

Le hice unas preguntas, les di un Xerox de uno de los dibujos del dodo, les dejé direcciones y números de teléfono donde podrían localizarme.

Entonces en el coche alquilado. Abandonando Valle del Agua, actuando como informadora, Jennifer Krait me alcanzó. Fui a la casa del administrador de correos a Valle del Agua. Buscando una cama. Hice preguntas. Subió el teléfono. Molesté a personas hacia la una de la mañana. Entonces regresé al fiel coche de alquiler.

Fue en Memphis cuando la luna apareció por mi lado derecho. Interestatal 55, indicaba una cinta de vidrio ante mí. WLS de Chicago estaba en la radio.

Canturreaba junto con ella, cantaba a gritos.

El saco lleno de huesos de dodo, picos, pies y fragmentos de cáscara de huevo me hacían compañía en el asiento del frente.

¿Supo de un museo que una vez intercambió un esqueleto entero de ballena azul por uno de un dodo?

Conduciendo. Conduciendo.

 

EL BAILE DE LOS DODOS

Tenía a veces una visión, la tuve mucho antes de que esta locura apareció. Puedo cerrar mis ojos y lo veo en el pensamiento. Pero viene a mí más a menudo, más vivamente cuando leo y escucho la música clásica, sobre todo el Canon de Pachelbel.

Es cerca del crepúsculo en The Hague y la luz es de Frans Hals, de Rembrandt. La familia real holandesa y sus huéspedes comen y hablan calladamente en el gran salón comedor. Guardias con alabardas y picas están de pie en las esquinas del cuarto. Recuerda la familia alrededor de la mesa; el Rey, Reina, unas princesas, un príncipe, un par de otros niños, y un invitado noble o dos. Sirvientes salen con platos y tazas pero no interfieren.

En una plataforma elevada en un extremo del cuarto una orquesta toca durante la cena música de clavicordio, viola, violoncello, tres violines, e instrumentos de viento de madera. Uno de los enanos reales se sienta en el borde de la plataforma, su pie despacio frotando el trasero de uno de los perros durmiendo cerca de él.

Cuando la música del Canon de Pachelbel se infla y enrolla por el corredor, uno de los dodos camina torpemente, se detiene, inclina su cabeza, su ojos luminoso como una piscina de alquitrán. Oscila un poco, alza su pie con indecisión, uno, después otro, balanceándose de un lado a otro al ritmo del violoncello.

Los violines arremolinan. El dodo empieza a bailar, su gran cuerpo desgarbado ahora elegante. Se junta con los otros dos dodos que vienen en el corredor, los tres en una especie de círculo.

El clavicordio empieza su contrapunto. El cuarto dodo, el blanco de Reunión, viene de su lugar bajo la mesa y se une al círculo con los otros.

Es el más elegante de todos, da vueltas completas donde los otros sólo oscilación y zambullida en el borde del círculo que han formado.

Los ascensos de la música en volumen; el primer violinista ve los dodos hacer inclinaciones al Rey. Pero él y los otros a la mesa lo han visto ya. Son silenciosos, traspasando, incluso a los sirvientes que están de pie todavía, cuencos, ollas y, marmitas en sus manos se olvidan.

Alrededor de los dodos baile con sacudidas y tramas de sus cabezas feas. El dodo blanco se zambulle, toma medio paso, pirouettes en un pie, círculos de nuevo.

Sin una palabra el Rey de Holanda toma la mano de la Reina, y vienen alrededor de la mesa niños antes del espectáculo. Se unen al baile, bailan el vals (anacronismo) entre los dodos mientras la familia, los huéspedes, los soldados miran y se inclinan al ritmo de la música.

Entonces la visión se marchita, y la imagen posterior del titilar de una chimenea y restos de dodo.

 

El dodo y sus parientes llegaron enviados en barcos a los puertos de hombres civilizados. Los primeros de los que tenemos registro es el del Capitán van Neck que devolvió dos en 1599, uno para el Rey de Holanda, y uno que se encontró camino de Colonia en el zoológico del Emperador Rodolfo II.

Esta pajarera real estaba en Schloss Neugebau, cerca de Viena. Estaban aquí las primeras pinturas de los viejos y bobos pájaros, fueron hechas por Georg y su hijo Jacob Hoefnagel, entre 1602 y 1610. Lo pintaron entre más de noventa especies de pájaros que guardaban, el Emperador se divirtió.

Otro artista holandés llamado Roelandt Savery, como alguien dijo, «hizo una carrera del dodo». Los dibujó y los pintó muchas veces, y no había ninguna duda de que personalmente se fascinó por ellos. Se obsesionó, incluso. Temprano, las pinturas son consistentes; los más tardíos tienen inexactitudes. Esto implica que trabajaban con ellos en vida los primeros; después, de memoria, cuando su modelo fue a ese lugar que se reserva, y pronto, para todas las especies. Uno de sus dibujos tiene dos Raphidae corriendo tras alguna exquisitez en la tierra. No se puede decir que sus trabajos no tienen encanto.

Otro artista holandés (parecieron crecer como hongos después de una lluvia de primavera) llamado Pedro Withoos también insertó dodos en sus pinturas, a veces en extraños y excitantes lugares (errando durante las lecciones de música de su dueño), o con Adán y Eva en algún Edénico idilio.

 

La representación más exacta, estamos seguros, viene medio mundo lejos del tumulto religioso y político de los marineros europeos. Hay una pintura de miniatura india del dodo que ahora permanece en un museo en Rusia. El dodo podía haber sido traído por holandeses o portugueses en sus viajes a Goa y las costas del subcontinente indio. O se podían haber traído siglos antes por los árabes que recorrieron al Océano Indico en sus naves artesanas triangulares, y que pudieran haber descubierto la Mascarenes como antes que los europeos hicieron ellos mismos por la Primera Cruzada.

 

En una época temprana en mis días de fascinación por los pájaros (después de que paré de matarlos con escopeta de caza pero antes de que empezara a trabajar gracias a una beca), una vez me senté y comprendí donde habían ido todos los dodos.

Dos con van Neck en 1599, uno a Holanda, uno a Austria. Otro estaba en el Parque de Count Solm en 1600. Un recuento habla de «uno en Italia, uno en Alemania, varios a Inglaterra, ocho o nueve a Holanda». William Boentekoe van Hoorn supo de «uno enviado a Europa en 1640, otro en 1685» que dijo era «también pintado por artistas holandeses». Se mencionaron dos como «guardados en Surrat House en India como animal doméstico» quizás uno de ellos es el de la pintura. Siendo caritativo, y considerando que «varios» significa por lo menos tres, eso supone veinte dodos en total.

Allí tenía que haber más, cuando se había recogido carga para el barco a la vez.

¿Qué sabemos de las aves Dodinas? Algunos registros de los barcos, unas notas abandonadas por viajeros y colonos. Los ingleses estaban fascinados por ellos. Sir Hamon L'Estrange, un contemporáneo de Pepys, vio exhibido «un Dodar de la Isla de Mauricio... no es capaz de volar, siendo tan grande». Uno fue rellenado cuando murió, y se colocó en el Museo Tradescantum en Lambeth Sur. Eventualmente se encontró en el Museo Ashmolean. Fue infectado de ratas y se quemó, todo menos una pierna y la cabeza, en 1750. Por entonces no había ninguno más, pero nadie se había dado cuenta de eso todavía.

Francis Willughby pudo describirlo antes de su incineración. Carolus Clusius, anteriormente, en Holanda estudió uno en Count Solm. Recopiló todo lo conocido sobre los Raphidae, describiendo una pierna del dodo que Pieter Pauw guardó en su gabinete de historia natural, en «Exoticarium libri decem» en 1605, ocho años después de su descubrimiento.

François Leguat, un Hugonote que vivió en Reunión por unos años, publicó una relación de sus viajes en la que mencionó los dodos. Se publicó en 1690 (después de que el dodo de Mauricio fuera extinto) e incluido la información de que «algunos de los machos pesan cuarenta y cinco libras. Un huevo, mucho más grande que el de un ganso, pone por la hembra, y la incubación dura siete semanas».

El Abate Pingre visitó Mascarenes en 1761. Vio el último de los dodos solitarios de Rodríguez, y reunió la información que podía sobre los miembros del género muertos de Reunión y Mauricio.

Después de esas únicas memorias de los colonos, y algunos debates científicos acerca de donde se situaría el Raphidae en el gran esquema taxonómico de estas cosas (llamadas por algunos palomas, llamadas por otros rascones) fue abandonado. Igual que el preocuparse por tales insignificancias. Se olvidó el dodo.

Cuando Lewis Carroll escribió «Alicia en el país de las maravillas» en 1865, la mayoría de la gente pensó que él había inventado el dodo.

 

 

FIN

 

 

Traducción: Luis Getino