Sección "Del Bestiario", Revista Ciencias 53:
LA BIODIVERSIDAD EN EL
ASTEROIDE B 612
Héctor T.
Arita
Si existiera un programa de conservación
de la biodiversidad a nivel del Sistema Solar, el asteroide B 612 difícilmente
se contaría entre las áreas prioritarias para establecer una reserva
biológica. Efectivamente, si un
hipotético exobiólogo realizara el inventario del planetoide hogar del
Principito de Saint-Exupéry, se encontraría con una flora representada por una
vanidosa flor encerrada en un domo protector, unas cuantas flores de otra
especie no muy bien determinada y unos cuantos brotes de baobab. Asimismo, encontraría que no existe
fauna nativa en el lugar, y que el único animal es un borreguito encerrado en
una caja. El asteroide no entraría,
definitivamente, en las listas de sitios de megadiversidad.
El término “megadiversidad” fue acuñado
hace unos años por el biólogo norteamericano Russell Mittermeier para definir a
la docena de países en los que se concentra la mayor parte de la diversidad
biológica del planeta. Para
identificar estos países megadiversos, Mittermeier recopiló información sobre el
número de especies de los principales grupos biológicos y constató que existen
unas pocas naciones que sobresalen en casi todos los rubros. México, por ejemplo, está incluido en
este selecto grupo de países porque tanto su flora de plantas vasculares como
sus faunas de reptiles, anfibios y mamíferos se encuentran entre las diez más
ricas del planeta en número de especies.
La riqueza de especies, es decir el total de especies de plantas o
animales que se encuentran en un sitio dado, es un criterio relativamente fácil
de medir e interpretar, y en muchos casos se ha usado como sinónimo de
biodiversidad. Para muchos
biólogos, el conteo de especies se ha convertido en una especie de obsesión por
cuantificar de alguna manera un fenómeno tan complejo como lo es la diversidad
biológica. Un libro reciente sobre
el tema, por ejemplo, define a la biodiversidad como “una biología de números y
diferencias”.
El Principito no se preocuparía en lo más
mínimo si un exobiólogo exageradamente cuantitativo menospreciara su pequeño
asteroide debido a su pobreza de especies.
Seguramente tal biólogo le haría recordar al hombre de negocios que vivía
en otro asteroide y que había logrado contar quinientos millones seiscientos
veintidós mil setecientas treinta y una estrellas y que se pensaba dueño de
todas ellas por el simple hecho de haberlas catalogado. Podemos imaginar a un exobiólogo
visitando el pequeño planetoide del Principito, observando con desdén a su
alrededor y comentando en forma despectiva que en la Tierra existe un número aún
no determinado de especies de plantas y de animales, pero que la cifra
seguramente rebasa las treinta millones de especies. El Principito, sin inmutarse demasiado,
se encogería de hombros y preguntaría “¿Y qué hacen con todas esas especies?”,
para rematar con una de sus frases favoritas: “Los adultos son definitivamente
extraordinarios”.
Sin duda, la catalogación de las especies
de plantas y animales de cada país es un paso importante para el conocimiento y
el adecuado uso de la riqueza biológica.
Sin embargo, esa labor debe ir aparejada por una comprensión más profunda
de lo que implica el término biodiversidad. Hay que recordar que lo que ahora
observamos como diversidad biológica es el resultado de millones de años de
evolución orgánica y que las diferentes especies que observamos hoy en día no
son sino un pálido reflejo de la increíble variedad y variabilidad dentro y
entre los organismos vivos. Cierto,
el conteo de especies nos sirve de guía para estimar la diversidad de un sitio,
pero poco nos dice sobre la variación que existe entre los individuos de cada
una de las especies, no toma en cuenta la diversidad genética contenida en esos
organismos, ignora la estructura de las comunidades de plantas y animales y
olvida la complejidad de las relaciones funcionales dentro de los
ecosistemas.
El caso de México es muy ilustrativo. Sin duda es interesante e importante
saber que en nuestro país existen alrededor de 26 mil especies de plantas
vasculares, cerca de 280 de anfibios, más de 700 de reptiles y aproximadamente
450 de mamíferos terrestres. Tal
vez también es relevante conocer que nuestro país cuenta con 35 especies de
esquizómidos, 10 ricinuleidos, 13 rafidiópteros y nueve mecópteros, pero si nos
quedamos únicamente con los números fríos y no vemos más allá del simple conteo,
caeríamos en el mismo absurdo que el hombre de negocios que se creía dueño de
millones de estrellas y lo único que poseía era un papel en el que anotaba sus
compilaciones estelares.
Dentro de cada especie, cada individuo es
un reservorio único de información genética que se manifiesta en la variabilidad
que presentan todas las especies de plantas y animales. Esta variabilidad se hace evidente a
nivel local en las diferencias que existen entre los individuos de una
población, y a nivel del país en la variación geográfica de las especies. Por ejemplo, todos los venados de cola
blanca del país pertenecen a la misma especie (Odocoileus virginianus), pero no se
necesita ser especialista en biodiversidad para percibir diferencias entre los
venados de un sitio en particular: habrá algunos que tengan las astas más
grandes, otros que sean capaces de saltar más alto, o tal vez una de las hembras
que tenga un color más pardo que las otras. A nivel geográfico, las diferencias son
aún más marcadas: los venados del norte del país son notablemente más grandes
que su contraparte en el sureste del país, a pesar de pertenecer a la misma
especie. Estas diferencias entre
individuos son un componente importante de la biodiversidad que pasamos por alto
al simplemente contar especies para cuantificar la riqueza biológica.
En otros niveles de organización, existen
otras manifestaciones de la biodiversidad.
A nivel de las comunidades ecológicas, la composición de especies y las
interacciones entre ellas varían considerablemente de un sitio a otro. Para cualquier persona resulta obvia la
diferencia entre un desierto y una selva tropical en cuanto al tipo y número de
especies de plantas y animales que se encuentran en estos biomas. Sin embargo, la estructura de esos
conjuntos de organismos, por ejemplo en cuanto al número de individuos de cada
especie y sus caractérísticas morfológicas, resulta menos evidente. Asimismo, la compleja red de
interacciones entre los organismos es aún menos conspicua y sin embargo es una
parte importante del fenómeno que llamamos biodiversidad.
El asteroide B 612 podrá ser muy pobre en
especies, pero su único habitante puede jactarse de conocer y comprender en
forma más profunda la biodiversidad de su hogar que cualquier ser humano del
planeta Tierra. A través de sus
actividades cotidianas, el Principito efectúa un programa eficiente de
conservación y manejo de sus recursos.
En efecto, al controlar el crecimiento de las plántulas de baobab, regar
su preciada flor y deshollinar los tres volcanes del planetoide para evitar
erupciones violentas, el habitante de B 612 usa, pero al mismo tiempo protege la
diversidad de este asteroide. Es
más, al hacerlo, el pequeño y misterioso ser ama con pasión y se integra en
cuerpo y alma a la riqueza biológica de su planeta, por magra que esta pueda
ser.
Desesperado por la codicia del hombre de negocios cuenta
estrellas, el Principito le espetó: “Es útil para mis volcanes y es útil para mi
flor que yo los posea. Pero tú no
eres útil a las estrellas”. Este
concepto de posesión de la riqueza biológica a través del servicio mutuo es algo
que debería hacernos pensar a la hora de diseñar proyectos de manejo de los
recursos naturales. Asimismo,
deberíamos ir más allá de los simples números, comprender más profundamente la
relevancia y las implicaciones de algo tan complicado como lo es la
biodiversidad y tratar de ver las miles de sutiles facetas que oculta el
fenómeno de la diversidad de los organismos sobre nuestro planeta. Parafraseando al zorro filósofo que se
encontró el Principito en la Tierra: La biodiversidad sólo se ve bien con el
corazón. Su parte esencial es
invisible para los ojos.
Lecturas adicionales:
de Saint-Exupéry, A. 1943. Le
Petit Prince. Existen muchas
traducciones al español de este clásico que nos puede enseñar mucho sobre la
biodiversidad y sobre la vida.
Los
datos sobre número de especies en México fueron obtenidos de:
CONABIO. 1998. La diversidad biológica de México:
Estudio de país. Comisión Nacional
para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad.