Serpientes venenosas
de La Pampa

 
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Artículo publicado en Caldenia,
suplemento cultural del diario La Arena

 

A través de la historia y a lo largo de toda la escala zoológica no existen otros animales que hayan sido tan odiados y vilipendiados como las víboras. A la bien fundada fama de reptiles mortíferos se han sumado, desde nuestra cultura, otras cualidades que terminaron por convertirlas en seres despreciables: el cuerpo vermiforme, frío y escamoso, la lengua viperina, los hábitos rastreros. En fin, pareciera recaer sobre ellas una especie de maldición, que viene ya desde tiempos bíblicos: según las Sagradas Escrituras (Gén. 3:15), Dios, en castigo por el pecado original, dictaminó que el hombre sería “herido en el calcañar” por la serpiente, y que éste a su vez “le heriría en la cabeza”.
Tal sentencia pareciera seguir en pie hoy en día y el solo encuentro con el reptil despierta en el hombre una especie de instinto atávico que le impulsa a atentar, palo en mano, contra el endeble cráneo y las frágiles costillas del ofidio.
Extrañamente, mientras se ejecuta el crimen, prevalece el sentimiento de que se está haciendo un bien, de que se está impartiendo justicia, como si la criatura fuese merecedora conciente de la condena. Y es que en la lógica humana más tosca y primitiva, tal presunción de culpabilidad adquiere sentido: Dios, que hizo el sol y la luna, y dio vida al hombre, las aves y las plantas, no puede haber creado seres tan abyectos como las serpientes. Lo ignominioso no puede ser obra de sus manos que resumen la perfección. Por lo tanto, las víboras, y aquí también caen en la volteada culebras, murciélagos y sapos, son invenciones, hechuras del diablo, cuando no encarnaciones del mismo.
De ahí también su importancia como ingrediente en los menjunjes brujeriles y su presencia obligada en las salamancas – esas cavernas misteriosas que pueblan el mundo mítico pampeano, como herencia directa del hispano – donde los hechiceros, en compañía del mismísimo Satanás, celebran sus aquelarres.
Este papel de “animales malditos” ha sido desempeñado de forma más o menos homogénea en todo el Viejo Mundo, pero en la América previa a la conquista, las leyendas, las imágenes y los roles de las serpientes en las cosmogonías y religiones originarias han sido tan flexibles como sus cuerpos, simbolizando la eternidad, el renacimiento, la fertilidad y la muerte.


Serpientes en La Pampa
Si bien se hace necesario dejar de demonizar a las serpientes, también es aconsejable cierto temor y respeto hacia estas criaturas capaces de producir con su simple mordedura una muerte para nada agradable. En realidad este temor fue tan necesario para la supervivencia de nuestros antepasados que se grabó en los genes y se constituyó en uno de los tres miedos instintivos típicos del hombre y la mayoría de los simios, junto con el temor a las alturas y a la oscuridad.
Dentro de los límites de nuestra provincia existen cuatro especies que pueden considerarse peligrosas, la coral (Micrurus frontalis), la yarará ñata (Bothrops ammodytoides), la yarará chica (Bothrops newiedii) y la yarará o víbora de la cruz (Bothrops alternatus).
La presencia de una quinta especie, la temible cascabel (Crotalus durissus), aún no ha sido fehacientemente comprobada en La Pampa, pero honestamente me inclino a tener por ciertos los testimonios de algunos pobladores de nuestra campaña que me han dado descripciones pormenorizadas de la serpiente en cuestión. Otros, sin embargo, pueden estar confundidos ya que también las yararaes hacen vibrar la cola cuando se sienten intimidadas, produciendo incluso a veces un sonido bien audible. Carl Sagan, con su habitual lucidez, a sugerido que nuestro ssh, con el cual demandamos silencio o atención, o procuramos increpar o detener la acción de un tercero, es una onomatopeya de este sonido y de otros semejantes emitidos por las víboras del viejo mundo con el fin de advertir de su presencia a los posibles agresores.
Estas son las únicas especies de serpientes peligrosas en el ámbito local. Las llamadas “viboritas ciegas” (Amphisbaenidae) que ni siquiera son ofidios, son totalmente inofensivas, al igual que otros vertebrados como escuerzos y matuastos, a pesar de que la opinión popular les haya conferido la mala fama de ser ponzoñosos.

Armadas hasta los dientes
No obstante el aspecto primitivo del grupo, las serpientes en general y sobre todo las formas venenosas son animales altamente evolucionados, con profundas adaptaciones al entorno de acuerdo a sus respectivos modus vivendi.
Se sabe con buen margen de seguridad, si bien el registro fósil no es abundante en restos de ofidios, que los antepasados de las serpientes actuales fueron reptiles de hábitos cavícolas, que llevaban una existencia subterránea. La ausencia de miembros, adquirida por aquellos días, y la elongación del cuerpo, fueron importantes adaptaciones en ese sentido, mejorando las habilidades para excavar y desplazarse por sus galerías.
Posteriormente, la mayoría de las serpientes surgieron a tierra experimentando una radiación de formas de superficie, pero reteniendo buena parte de las características corporales de sus ancestros. Incluso en las boas actuales aún se observan vestigios de las patas traseras, que persisten bajo la forma de muñones laterales. En víboras, culebras y otros ofidios, estos restos han desaparecido por completo.
La pérdida de miembros, que no solo se da en las serpientes sino también en algunos saurios serpentiformes, podría llegar a considerarse una desventaja para animales que viven sobre el suelo. Sin embargo, esto no es así. Algunas cobras, por ejemplo, son capaces de desplazarse a una velocidad del orden de los 40 km/hora, superior a la del más rápido corredor olímpico. El cuerpo ápodo les permite introducirse en los estrechos escondites de sus presas, vedados a la mayoría de los demás depredadores, como así también hallar fácil refugio al final de la jornada, o de la temporada, cuando se disponen a invernar. Por otra parte, tampoco ha reportado mayores inconvenientes para estilos de vida alternativos que algunas serpientes han adoptado. En efecto, sin cambiar demasiado la morfología general del cuerpo hay, además de las familiares formas terrestres, especies marinas con notables habilidades natatorias y serpientes arborícolas capaces de trepar e incluso de ejecutar saltos entre ramas que casi podrían considerarse verdaderos vuelos planeados.
Pero en animales cazadores como los ofidios, la ausencia de extremidades que sirvan para atrapar, sostener e incluso matar a sus víctimas debe ser compensada de alguna manera. La selección natural privilegió entonces el desarrollo de las mandíbulas, que se convirtieron en armas letales capaces de desempeñar por sí solas todas estas funciones. Así, gracias a las articulaciones altamente móviles de los huesos que la conforman, la boca puede abrirse en un ángulo vertical superior a los 90º, y estirarse notablemente en sentido horizontal. Por otro lado, la parte inferior de la caja cerebral se refuerza con huesos masivos que protegen el encéfalo de ser dañado por las presas que pugnan por zafar de los dientes. Debido a la forma recurvada hacia atrás de estos, cuanto más violentos son los movimientos de la víctima, más rápidamente es arrastrada hacia la garganta.
Toda esta admirable especialización alcanza su máxima expresión en las serpientes venenosas, en las que un par de dientes anteriores, acanalados en las corales y tubulares en las yararáes, se vinculan con glándulas salivales modificadas productoras de veneno. De esta forma son capaces de inocular dosis fatales de ponzoña en sus víctimas a la manera de una artera inyección hipodérmica.
En  las llamadas culebras, estos dientes no existen, o bien se implantan en la parte posterior de la boca, siendo la picadura inerme en la gran mayoría de los casos puesto que no alcanzan a inyectar el veneno con el primer mordisco.

Sexto sentido

En términos generales puede decirse que las serpientes perciben el mundo de una manera muy diferente a la nuestra. Mientras que para nosotros el sentido principal, el que más información extrae del entorno, es el de la vista, para los ofidios adquiere fundamental importancia el llamado Organo de Jacobson, una pequeña cavidad sensitiva en el techo de la boca, y la lengua, que con los movimientos trepidantes de su extremo bífido recoge partículas olorosas del aire y el suelo, transportadas luego al interior de dicho órgano. Además de esta y de su función gustativa, la lengua no tiene otros quehaceres, siendo injusta la atribución que se le ha hecho de contener ponzoña o de ser responsable del envenenamiento.
Para los ancestros cavadores de las serpientes, así como para buena parte de los animales actuales de hábitos fosoriales, los sentidos de la vista y del oído tienden a tornarse inútiles y por consiguiente, a involucionar y degenerarse.
En el caso de la vista, cuando los ofidios volvieron a la superficie, la disponibilidad de una capacidad visual desarrollada resultó nuevamente ventajosa, por lo que la selección natural debió reconstituir el sentido a partir de los ojos más o menos atrofiados. Debido a esto, siguen en su estructura un plan distinto al resto de sus parientes reptilianos. El enfoque de la imagen, por ejemplo, no se realiza modificando la curvatura del cristalino, como lo hacemos nosotros y el resto de los vertebrados terrestres, sino moviéndolo hacia atrás y adelante, de forma análoga a los lentes de una cámara fotográfica. Esta estructura también es peculiar por el hecho de presentar una tonalidad amarilla que actúa como filtro de rayos ultravioletas y reduce la aberración cromática, igual que ciertos anteojos de nuestro mercado.
Los músculos asociados al globo ocular se han reducido y ya no existen párpados, por lo que la mirada es forzosamente fija y los ojos permanecen abiertos día y noche. La consecuente apariencia de concentración en su mirada fue la responsable de sembrar en la fértil imaginación popular la idea de que las serpientes hipnotizan a sus presas antes de tragárselas.
En el caso del oído, el tímpano ha desaparecido haciéndolas prácticamente insensibles a los sonidos transmitidos por el aire. Las cobras de los encantadores de serpientes de la exótica India, no bailan embelesadas al ritmo de la música, ya que son sordas como una tapia, sino siguiendo los movimientos de las manos y la flauta de su dueño. Las serpientes, en cambio, sienten muy bien las vibraciones del suelo y pueden percibir los movimientos de cualquier animal, presa o predador, que se aproxime.
A cada lado, entre el ojo y el orificio nasal de yararaes y cascabeles, se ubican unas fosetas ricamente inervadas cuyo significado fue un misterio por mucho tiempo. Hoy se sabe que, verdadero sexto sentido, tales estructuras son sensibles a la radiación infrarroja permitiendo a dichas serpientes discernir variaciones de décimas de grado en la temperatura de los objetos que las rodean. Estos receptores de calor hacen posible la localización y el ataque de sus presas de sangre caliente en la más absoluta oscuridad.

La coral
Los araucanos tenían varias recetas para iniciarse en la práctica de la hechicería. Una de ellas decía que era necesario alimentarse de sangre humana durante un año, al cabo del cual el hombre se transformaría en bruja y la mujer, en brujo. Otra, tal vez más sencilla, consistía en engullirse los corazones de cuatro “víboras rojas”, nuestras corales, “las más bravas” según el propio decir aborigen.
El mito, como ocurre a menudo, se apoya en una observación cierta: la coral es la serpiente más ponzoñosa de toda nuestra fauna rastrera. Sin embargo, los campesinos gringos, menos versados en cuestiones de la naturaleza, suelen creer que las corales son inofensivas, e incluso llegan a decir que son “amigas del hombre”, ya que comen, y esto es cierto, otras serpientes, por lo general culebras de pequeño porte.
Dueña de una coloración espectacular, nuestra coral no tiene nada que envidiarle a las más bellas serpientes tropicales. Pero las tonalidades contrastantes de su diseño no son simple lujo o mera coquetería. Tienen la función concreta de advertir a sus potenciales predadores de la peligrosidad contenida en sus colmillos.
El respeto merecidamente ganado por la coral sí fue envidiable para ciertas serpientes inocuas que imitaron a la original adquiriendo similar reputación entre sus perseguidores. Dos de estas culebras habitan nuestra provincia, la falsa coral ñata (Listrophis semicinctus) y la falsa coral de rombos (Oxyrhophus rombipher) que se diferencian de la verdadera por presentar los anillos incompletos en la faz ventral.
Como la mayor parte de los animales con coloración de advertencia (aposemática en la jerga científica) las corales son serpientes mansas, que prefieren huir antes que atacar. Pero si son molestadas insistentemente adoptan una llamativa estrategia que consiste en enrollarse, escondiendo la cabeza debajo del cuerpo; al mismo tiempo la cola se yergue y se dobla en su extremo simulando una cabeza, no solo con su apariencia sino también por sus meneos amenazantes que acaparan la atención del intruso, mientras el extremo anterior queda libre para ejecutar el mordisco fatal.
Podría pensarse, desde nuestra acostumbrada soberbia humana, que semejante artimaña debe funcionar solo con los animales y no con los inteligentes hombres. Sin embargo, y como prueba de lo contrario, existe una expresión muy difundida que reza que “las serpientes más venenosas son las que pican con la cola.”
El veneno de la coral, de naturaleza proteica pero bajo peso molecular, se difunde rápidamente por los tejidos y actúa sobre el sistema nervioso de la víctima, siendo escaso o nulo el daño en las cercanías de la zona picada.
En el caso del hombre, dicha picadura es fatal, a no ser que por razones fortuitas la cantidad de veneno inoculado sea mínima. Los primeros síntomas aparecen entre 3 y 5 minutos: la palabra se vuelve entrecortada, la visión doble y a menudo existen sensaciones de agrandamiento del miembro afectado. Luego, el daño sobre el sistema nervioso periférico, el primero en ser afectado, se manifiesta en una parálisis progresiva que a la hora ya es prácticamente generalizada. El rostro es inexpresivo pero la persona permanece consciente. De vez en cuando se producen crisis vegetativas con sudoración profusa y palidez, que ceden espontáneamente. El cuadro continúa y la palabra se hace cada vez más lenta e inentendible, hasta llegar al coma. Finalmente se produce la muerte por parálisis cardio-respiratoria, entre 4 y 10 horas después de la picadura.
El suero antielapídico, único remedio contra el envenenamiento, pierde su eficacia luego de 3, a lo sumo 4 horas de haber ocurrido el accidente, cuando los principios activos ya han atravesado las membranas celulares. Pasado ese lapso las esperanzas de recuperación son nulas. Tal situación configura un panorama particularmente desalentador para el picado en nuestra provincia, puesto que en La Pampa no se dispone de dicho suero, según me informa la Dra. Susana Texseire, jefa de Epidemiología del Hospital Lucio Molas.
Afortunadamente, en el ámbito local no existen registros de personas envenenadas por coral en los últimos 15 años, a pesar de ser una especie relativamente abundante (he llegado a ver dos corales en un mismo día). Sin embargo, la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia, y si aún no han ocurrido casos de este tipo es probable que acontezcan en el futuro, por dos actitudes contradictorias, pero igualmente peligrosas, que hemos tenido oportunidad de verificar en el campo: el descuido temerario por considerarlas inofensivas por un lado, y la riesgosa exposición de aquellos que, sabedores de su toxicidad, las persiguen para matarlas por verlas como una amenaza para el ganado y para sí mismos.

Las yararaes
Mientras que las culebras son protagonistas frecuentes en la cultura araucana y criolla, interviniendo en cuentos, leyendas, o formando parte entre los ingredientes de preparados mágicos o medicinales, las serpientes venenosas permanecen prácticamente ausentes. Esto puede obedecer a una de dos razones: que no supieran diferenciarlas, lo cual dificulto,  o bien que, como acontece con otros animales peligrosos entre los cuales el yaguareté es el mejor ejemplo, su mención constituya un tabú, basado en la creencia de que el nombrarlas puede atraerlas. Como el gran felino, las víboras eran consideradas por los araucanos animales que podían resultar benéficos a pesar de su amenaza, intercediendo favorablemente ante Dios si, cuando se las encontraba, se pronunciaban los ruegos adecuados, absteniéndose de atacarlas.
Y si de peligrosidad hablamos, las yararaes se llevan los laureles: son las únicas responsables de las entre seis y diez picaduras de serpientes que ocurren en nuestra provincia todos los años, de acuerdo a datos de Epidemiología provincial.
Según la especie involucrada los casos presentan características y pronósticos diferentes. La víbora de la cruz, por ejemplo, con un tamaño que puede alcanzar los 1,70 metros es la que suele provocar los cuadros más complicados por la importante cantidad de veneno inoculado con la picadura. Sin embargo esta yarará, que se distribuye principalmente por el centro y nordeste de la provincia, es poco común, por lo que los envenenamientos atribuibles a ella son escasos.
El grueso de los accidentes ofídicos es producto de las dos especies restantes, la yarará chica y la ñata, aunque es difícil establecer en qué grado contribuye cada una al número para nada despreciable de afectados en La Pampa. Ambas tienen una amplia distribución en el territorio provincial, faltando solo talvez en el extremo nordeste, pero la yarará ñata es mucho más abundante que su congénere chica. No obstante, esta situación se ve compensada por el hecho de que la yarará chica es de hábitos expuestos y de temperamento agresivo, mientras que la ñata es relativamente mansa y menos propensa al ataque.
Al igual que las corales, las yararaes también tienen imitadoras que procuran asemejárseles para evitar el ataque de los depredadores. Las similitudes de tamaño, morfología, color y comportamiento pueden ser sorprendentes en algunas especies. La falsa yarará ñata (Lystrophis dorbignyi) por ejemplo, una de las más comunes en estas latitudes, adquiere ante el agresor una postura achatada, a la vez que la cabeza se torna triangular y la cola efectúa movimientos vibratorios, como una víbora. La falsa yarará ojo de gato (Pseudotomodon trigonatus) que incluso tiene la pupila elíptica característica de las verdaderas yararaes, es poseedora de una librea muy semejante a la de las temibles serpientes, igual que la falsa yarará ocelada (Tomodon ocellatus). 
Estas culebras inofensivas, habitantes de nuestra provincia, y todas las demás, pueden diferenciarse de las serpientes venenosas por varios rasgos más o menos fáciles de reconocer. Las yararaes presentan sobre la cabeza pequeñas escamas similares a las del resto del cuerpo, mientras que las culebras tienen en ese lugar grandes placas. A cada lado del hocico las víboras tienen dos orificios, el nasal y el correspondiente a la foseta loreal, entretanto que las culebras carecen de este último. Además la cola de las yararaes es más corta, el cuello más marcado y las escamas son quilladas, siendo lisas en las demás formas.
El veneno de las yararaes no está compuesto por un solo principio activo sino por un verdadero cóctel de sustancias que actúan secuencialmente, preparándose el terreno unas a otras. Su acción es local, afectando la sangre y  destruyendo los tejidos en las cercanías de la picadura. El dolor es intenso, y si el accidente ha ocurrido en los miembros inferiores, se hace imposible caminar después de unos minutos. La zona afectada se vuelve entre negra y púrpura, y este color cianótico avanza conforme pasa el tiempo. Luego de unas horas se forman inmensas ampollas llenas de un líquido sanguinolento. Habitualmente a esta altura se ha administrado el suero que neutraliza las moléculas del veneno permitiendo la recuperación casi siempre total del paciente, aunque por lo general el miembro quedará permanentemente debilitado y magullado. Si no se aplica el antiveneno oportunamente casi siempre sobreviene la muerte entre uno y doce días después, normalmente por fallo renal. Bien acertada es la expresión de la gente de campo diciendo que “la yarará cuando no mata, estropea.”
Cabe mencionar que en La Pampa no ha habido decesos, al menos registrados, provocados por yararaes en los últimos quince años. Se dispone de suero en los centros sanitarios de casi todas las localidades de la provincia, por lo que lo más recomendable en caso de un accidente ofídico será acudir a uno de estos centros asistenciales, desaconsejándose totalmente la aplicación de torniquetes, quemar la zona afectada o tratar de succionar el veneno.

Nuestras corales y yararaes, esperamos haberlo demostrado,  son animales fascinantes, admirables. Por supuesto, las víctimas de sus picaduras pueden no compartir nuestra apreciación. Pero lo cierto es que gran parte de los accidentes se deben a la arrogancia de las personas que ante su encuentro, no las dejan escapar. La mejor manera de evitar ser picados es, simplemente, hacer como los araucanos: dejarlas en paz, seguir nuestro camino y permitir hacer lo propio a las serpientes.

Mariano Martín Fernández