(interpretadas y
transcritas por Bruno Nardini y traducidas por María teresa león y
rafael alberti)
El armiño El lobo La araña en el ojo
de la cerradura
Un
ratón, una comadreja y una gata El jilguero
La leona El pavo real El águila
(de Leyendas: Moderación)
Un
zorro estaba comiendo cuando pasó junto a él un armiño.
- ¿Gustas? – dijo el zorro, ya saciado.
- Gracias – respondió el armiño -, yo ya he
comido.
- ¡Ja! ¡ja! – rió el zorro -. Vosotros, los
armiños, sois los animales más comedidos del mundo. Coméis una sola vez al día
y preferís ayunar antes que mancharos el vestido.
En
aquel momento llegaron los cazadores. El zorro, como el rayo, se refugió bajo
tierra y el armiño, no menos rápido que el zorro, corrió hacia su madriguera.
Pero
el sol había fundido la nieve y la madriguera estaba inundada; el armiño, para
no mancharse con el fango, titubeó y se detuvo. Los cazadores lo hirieron de
muerte.
La
moderación ataja todos los vicios. El armiño prefirió morir a manchar su
pureza.
(de Leyendas: Corrección)
Cauto,
silencioso, el lobo salió una noche del bosque atraído por el olor de un
rebaño. Con paso lento se acercó al redil lleno de ovejas, poniendo atención en
dónde ponía la pata para no despertar con el más pequeño ruido al perro, que
dormía.
Sin
embargo, la puso sobre una tabla y la tabla se movió.
Para
castigarse por aquel error, el lobo levantó la pata con que se había equivocado
y se la mordió hasta hacerse sangre.
(de Fábulas)
Una
araña, después de haber explorado toda la casa, por dentro y por fuera, pensó
meterse en el ojo de la cerradura.
¡Qué
refugio ideal! ¿Quién podría descubrirla jamás, allí dentro? Ella, en cambio,
asomándose al borde de la cerradura, podría mirar a todas partes sin riesgo
alguno.
- Allí – decía para sí, observando el umbral
de piedra – tenderé una red para las moscas; más allá – añadía, mirando el
escalón – tenderé otra para los gusanos; aquí cerca, en el marco de la puerta,
armaré una trampa pequeña para los mosquitos.
La
araña se regocijaba. El ojo de la cerradura le daba una seguridad nueva, extraordinaria;
tan oscuro, estrecho, como un estuche de hierro, le parecía más inaccesible que
una fortaleza, más seguro que cualquier armadura.
Mientras
se deleitaba con estos pensamientos, le llegó al oído un rumor de pasos;
prudente, se retiró entonces al fondo del refugio.
Alguien
estaba a punto de entrar en casa. Una llave tintineó, enfiló el ojo de la
cerradura y la aplastó.
(de Fábulas)
Aquella
mañana el ratoncito no podía salir de su casa: estaba cercado.
Una
comadreja hambrienta estaba al acecho y él, por una pequeña rendija, la veía
cómo vigilaba con atención la entrada, pronta a saltarle encima.
El
pobre ratoncito, sabiendo el peligro que corría, temblaba de miedo.
Pero
una gata, cayendo de improviso sobre el lomo de la comadreja, la apresó entre
sus dientes y la devoró.
-
¡Oh, Júpiter, te doy las gracias! – suspiró el ratoncito, que desde su agujero
había asistido a la escena -. ¡Y te sacrificaré con placer algunas de mis
avellanas!
Así,
una vez hecho el devoto sacrificio, salió afuera muy alegre por haber
encontrado la libertad perdida; pero sólo le duró un segundo porque el
pobrecillo la perdió al instante, junto con su vida, entre los dientes feroces
de la gata.
(de Leyendas: Jilguero)

Cuando
volvió al nido, con un gusanito en la boca, el jilguero no encontró a ninguno
de sus hijitos. Alguien, durante su ausencia, se los había robado.
El jilguero
empezó a buscarlos por todas partes, llorando y trinando; todo el bosque
resonaba con sus desesperados reclamos, pero nadie respondía.
Un día,
un pinzón le dijo:
-
Me
parece que he visto a tus hijos en casa del campesino.
El
jilguero voló lleno de esperanza, y en poco tiempo llegó a casa del campesino.
Se posó en el tejado: no había nadie. Bajó a la era: estaba desierta.
Pero
al levantar la cabeza vio una jaula en la ventana. Sus hijos estaban dentro,
prisioneros.
Cuando
lo vieron, agarrado a los palos de la jaula, se pusieron a piar pidiéndole que
los libertase. Él trató de romper con el pico y las patas los barrotes de la
prisión, pero fue en vano.
Entonces,
llorando con desconsuelo, los dejó.
Al día
siguiente volvió el jilguero de nuevo a la jaula donde estaban sus hijos. Los
miró. Después, a través de los barrotes, los besó uno tras otro, por última vez.
Había
llevado a sus crías una yerba venenosa, y los pajaritos murieron.
-
Mejor morir – dijo – que perder la libertad.
(de Leyendas: Leona)
Los
cazadores, armados de lanzas y de agudos venablos, se acercaban
silenciosamente. La leona, que estaba amamantando a sus hijitos, sintió el olor
y advirtió en seguida el peligro.
Pero
ya era demasiado tarde: los cazadores estaban ante ella dispuestos a herirla.
A la
vista de aquellas armas, la leona, aterrada, quiso escapar, pero pensó que si
huía dejaría a sus hijos en manos de los cazadores. Por lo tanto, decidida a
defenderlos, bajó la mirada para no ver las amenazadoras puntas de aquellos
hierros que la aterraban, y dando un salto desesperado se lanzó sobre los
cazadores, poniéndolos en fuga.
Su
extraordinario coraje la salvó.
(de Leyendas:
Engreimiento)
El
campesino partió, después de cerrar la puerta del cercado.
Esperaba
volver pronto, pero pasaron los días sin que se dejase ver.
Los
animales del corral tenían hambre y sed: ni siquiera el gallo cantaba ya.
Estaban
todos quietos, para no consumir las fuerzas, bajo la sombra de una planta.
Solamente
el pavo real, también aquel día, se levantó vacilante sobre sus patas, abrió el
abanico de su gran cola multicolor y comenzó a pasear de arriba abajo.
-
Mamá
– preguntó una gallinita flaca a la clueca -, ¿por qué el pavo real hace la
rueda cada día?
-
Porque
es vanidoso, hija mía, y la presunción es un vicio que sólo desaparece con la
muerte.
(de Fábulas)
Un águila,
cierto día, mirando hacia abajo desde su altísimo nido, vio un búho.
-
¡Qué
gracioso animal! – dijo para sí -. Ciertamente no debe ser un pájaro.
Picada
por la curiosidad, abrió sus grandes alas y describiendo un amplio círculo
comenzó a descender.
Cuando
estuvo cerca del búho le preguntó:
-
¿Quién
eres? ¿Cómo te llamas?
-
Soy
el búho – contestó temblando el pobre pájaro, tratando de esconderse detrás de
una rama.
-
¡Ja!
¡ja! ¡Qué ridículo eres! – rió el águila dando vueltas alrededor del árbol -.
Eres todo ojos y plumas. Vamos a ver – siguió, posándose sobre la rama -,
veamos de cerca cómo estás hecho. Déjame oír mejor tu voz. Si es tan bella como
tu cara, habrá que taparse los oídos.
El águila,
mientras tanto, ayudándose de las alas, trataba de abrirse camino entre las
ramas para acercarse al búho.
Pero
entre las ramas del árbol un campesino había dispuesto unas varas enligadas y
esparcido abundante liga en las ramas más gruesas.
El águila
se encontró de improviso con las alas pegadas al árbol y cuanto más forcejeaba
por librarse, más se le pegaban todas sus plumas.
El búho
dijo:
-
Águila,
dentro de poco vendrá el campesino, te agarrará y te encerrará en una jaula. O
puede que te mate para vengar los corderos que tú te has comido. Tú que vives
siempre en el cielo, libre de peligros, ¿qué necesidad tenías de bajar tanto
para reírte de mí?